Alicante

12.07.25 — Alicante

Alicante

12.07.25 — Alicante

Este año es el último en el que puedo disfrutar de los descuentos del Verano Joven, y Sara no iba a dejar que la oportunidad se nos pasara por alto. Después de una quedada de última hora para planificar el viaje, los dos salimos de Chamartín en un AVE con destino a Alicante para pasar un fin de semana juntos en la costa.

Nuestro hotel resultó ser bastante pijillo. Ubicado en el centro del casco viejo, se encontraba a unos cinco minutos de la playa en la que eventualmente pasaríamos una tarde quemándonos vivos al desaprovechar la sombrilla que compramos ese mismo día. Eso sí, la insistencia de Sara sobre las ventajas del plan playa no era una mentira del todo: sí que disfruté el agua templada del Mediterráneo y la desconexión de dejar mi móvil en la habitación. No me entusiasmó mucho el toque crujiente que aportó a la comida la arena que se le coló.

Para hablar de mejores experiencias gastronómicas, aprovechamos al máximo el estar en la Comunidad Valenciana para hincharnos a arroces y marisco fresco. Los dos días desayunamos horchata y fartons y echamos las tardes mirando a la gente mientras paseábamos por las calles. Las noches las pasamos en diferentes coctelerías en el muelle del puerto, donde Sara pudo experimentar lo que es ser un británico en España: no paraban de acercarme camareros y vendedores para ofrecerme excursiones en barco, visitas guiadas y palleas “auténticas”. Creo que le hizo gracia.

Sara fue una compañera de viaje ideal. Tras sugerir que hiciéramos el viaje en primer lugar, nunca se cansó de investigar sitios para comer, cenar y visitar. Mi única aportación a la organización del viaje fue comprar las entradas al ascensor del Castillo de Santa Bárbara la primera noche, un lujo necesario en mi caso ya que la pierna mala aún no me habría permitido escalar el enrome peñón en el que se encuentra el castillo. Subimos a ver el atardecer, una recomendación de mi compañera Rebecca que fue la bienvenida perfecta a la ciudad.

Aún me quedaban kilómetros por caminar, sin embargo. El último día subimos hasta la cima del casco viejo para visitar un barrio cuyas calles eran tan bonitas como eran empinadas. Por milagro conseguí hacerlo con la pata chula, gracias en gran parte a la energía aportada por una lata de Nestea, una cerveza traviesa y una charla que me eché con una pareja de ancianos australianos que, para mi gran vergüenza, subían las escaleras más rápido que yo.

Sobra decir que me lo pasé fenomenal en Alicante. Aunque conseguimos hacer una cantidad brutal de cosas, las 48 horas nos volaron por completo. Sara no es solo una máquina de organizar, es una amiga muy especial. También habla por los codos igual que yo: durante los dos días que pasamos juntos, no paramos ni para respirar en ningún momento.

Volveré a Alicante y, sin duda, volveré a viajar con Sara.