Fer en Inglaterra

17.11.25 — Burnley

Fer en Inglaterra

17.11.25 — Burnley

—Me encanta viajar a los sitios más aleatorios cuando me voy de viaje —dijo Fer, probablemente mientras comíamos en un bufé libre.

—Deberíamos ir a mi pueblo —dije yo—. No hay sitio más aleatorio que el pueblo donde crecí.

Y fue así como Fernando y yo acabamos llegando al aeropuerto de Mánchester, donde procedió inmediatamente a reservar un taxi al hotel equivocado. Una vez llegados al hotel correcto, pedimos una copa en Canal Street y cenamos en McDonald’s para empezar su inmersión en la cultura británica.

Mientras trazaba cuidadosamente una línea de ketchup sobre una de mis patatas fritas, barajé posibles planes para los siguientes días. Me he dado cuenta de que los turistas españoles no suelen aventurarse más al norte que Nottingham, así que sentía cierta presión por enseñarle a Fernando lo mejor del norte.

Al final decidí que haríamos lo que haría yo normalmente. Comimos con mi hermana, tomamos un café en el Northern Quarter y bebimos unos cócteles espontáneos antes de coger el autobús a Burnley. Una vez instalados en casa de mis padres, dimos una vuelta por el pueblo, montamos una hoguera para Bonfire Night, tomamos el té en una barcaza y cenamos una pizza con Jemma y Lucy que pareció envenenar al pobre Fer, que pasó el día siguiente en la cama.

El momento destacado del viaje fue nuestra excursión a Blackpool. Experimentamos la emoción del parque de atracciones, la decadencia del muelle antiguo y la ludopatía de las tragaperras de dos peniques en un salón de juegos con temática pirata. Comimos fish and chips en la playa y unas ostras en una de las últimas ostrerías de la ciudad. El tren de vuelta estaba lleno de latas de sidra vacías y nos dejó a medio camino para que cogiéramos un autobús de sustitución. Vamos, que fue una experiencia muy propia del norte de Inglaterra, una que podría haber vivido fácilmente en mi infancia.

Una vez recuperado Fer de su intoxicación pizzera, volvimos al aeropuerto para coger uno de mis queridos vuelos de Ryanair con destino a Madrid. En la terminal, entre bebés llorones y viajes escolares escandalosos, le di las gracias a Fernando por acompañarme en el viaje. Siempre sienta bien un viaje al pueblo, pero compartir la experiencia con alguien nuevo me hizo apreciar aún más mi norte de Inglaterra natal.

Viva el norte.

Tren de la Fresa

26.10.25 — Madrid

Tren de la Fresa

26.10.25 — Madrid

Mientras estaba echado en la cama, con la pierna rota e inmóvil, tuve mucho tiempo para pensar en lo que haría una vez curado y en pie. El primer elemento de la lista de ideas era «vivir nuevas experiencias con amigos», con «nuevas» subrayada para enfatizar. Por eso supe exactamente lo que tenía que hacer al ver un anuncio para el Tren de la Fresa, un tren histórico que ofrece excursiones diarias en octubre: convencí a Sara y Fernando de que se apuntaran a un viaje conmigo.

Los tres nos reunimos en el Museo del Ferrocarril un domingo por la mañana, cansados e irritables, para que nos dieran la bienvenida los gritos de una tía que iba disfrazada con el uniforme histórico de un conductor de tren. Horrorizado, me di cuenta de que había llevado a mis amigos a una experiencia interactiva pensada para niños, con actores y todo.

Una vez sentados a bordo, rodeados de muchas familias jóvenes, el tren empezó su recorrido hasta Aranjuez. Nos pusimos a hablar y todo parecía bastante normal hasta que aparecieron dos actores con maletas. Procedieron a gritarse en una discusión que no logré seguir, pero Sara, Fer y yo nos pusimos a reírnos del espectáculo tonto.

Lo que no sabíamos era que lo mejor estaba por venir. Después de la actuación espontánea, empezó a sonar música por la megafonía y los actores animaron a todo el vagón a cantar con ellos la canción del Tren de la Fresa. Nosotros no podíamos más y acabamos muertos de risa.

Al llegar a Aranjuez, cambiamos los bancos de madera del tren por la última fila del chiquitren, un tren turístico que va por las carreteras, igual que los que veía en los pueblos de Mallorca en los que veraneaba de pequeño. Siguió una vuelta por el río en barco y luego una comida en la que probé por primera vez las ancas de rana. Diría que sabían a pollo, pero en verdad sabían al ajo con el que se habían preparado.

Durante el viaje de vuelta tuvimos que volver a cantar la canción del Tren de la Fresa, pero esta vez con un cuenco de fresas en la mano, un guiño al uso histórico del tren para llevar la cosecha de fresas de Aranjuez hasta el centro de Madrid.

Fue en ese momento, mientras cantaba «tren de la fresa, tren de la fresa, baila sin parar y mueve la cabeza», cuando me di cuenta de que hasta los planes más tontos, en compañía de buenos amigos, se vuelven geniales. Ya sea comer unas fresas frescas, cantar una canción tonta o pasar de una plataforma a otra entre vagones, hay que tomarse la vida —y la seguridad— con un poco menos de seriedad.

Gaga e invitados

13.10.25 — Mánchester

Gaga e invitados

13.10.25 — Mánchester

Al vivir en un clima cálido, le he pillado el gusto a las estaciones transicionales. Mi estación favorita tiene que ser la primavera, aunque el otoño también me gusta, ya que no conlleva los efectos horrorosos de la astenia primaveral. El otoño de este año se ha caracterizado por ser lo opuesto a la fatiga y la irritabilidad: ¡no he parado!

Mi labor principal fue hacer de anfitrión a un sinfín de invitados durante el mes de octubre. Pasaron por casa mi hermana y su pareja, lo que supuso la excusa perfecta para celebrar su compromiso probando comida rica. Rhea hizo su visita anual y pasamos mucho tiempo fuera juntos, ya que el año pasado tuvo que cuidarme a mí y a mi pierna rota. María también me visitó un finde, la oportunidad perfecta para reunir a los ex-Erretres y enseñarle más rincones de mi barrio.

Pero no solo hice de anfitrión, también fui invitado al volar a Inglaterra en mi vuelo fiable de Ryanair. El motivo principal por el viaje fue un concierto de Lady Gaga al que fui con mi hermana. Fue una pasada, a pesar de que llegué yo cansado al estadio. Menos mal que Gaga sabe que su público se hace mayor y se encargó de que todo el mundo tuviera un asiento para sentarse.

Para acabar octubre, decoré mi casa para Halloween. No es un festivo que me suele interesar, pero parece que cuanto más haces, más ganas tienes de hacer más cosas aún. Por eso empecé noviembre igual de ajetreado con el salón apestando a calabaza quemada, todo gracias a la cantidad ridícula de velas que le metí…

Interrail

09.09.25 — París

Interrail

09.09.25 — París

Ahora creo en la supremacía del tren. Vale, viajando en tren tardas más que en avión, pero estoy aquí instalado en un asiento espacioso tras una visita a la cafetería para un sándwich recién hecho que me comí tumbado en un sofá. Hay cosas que ver por la ventana, hay WiFi y se ahorra bastante tiempo y estrés al no tener que lidiar con los aeropuertos, siendo estos los espacios más hostiles jamás edificados por los humanos.

Mi pase Interrail también me ha salvado de unos cuantos infartos. Saber que es tan sencillo como coger el siguiente tren en caso de perder una conexión no tiene nada que ver con el agobio de correr por el aeropuerto de Doha para llegar al siguiente vuelo. Pensaba que coger trenes por Europa era una actividad más propia de adolescentes, pero la flexibilidad de poderme subir a casi cualquier tren me ha dejado muy tranquilo.

También me ha permitido verme con unos amigos y visitar unos lugares que llevaba tiempo deseando conocer. Desde los picos altos de Austria hasta la llanura inmensa de los Países Bajos, he vivido unos contrastes geológicos importantes, he explorado ciudades y pueblos preciosos y me he topado con unos paisajes naturales que parecían sacados de un documental de National Geographic.

El viaje empezó y acabó con unas noches en París tras pasar por Barcelona. A la ida, fui a un parque de atracciones con Danni y a la vuelta pasé un par de noches de turista soltero. Durante el resto de las tres semanas del viaje subí a las montañas con Loredana, comí pizza casera deliciosa hecha por David, me refugié bajo un toldo durante una cena lluviosa en Alemania con María y recorrí unos cuantos pueblos de Holanda con Cami. Conocí a las familias de mis amigos, a los amigos de mis amigos y a sus amigos también. Incluso me eché algún que otro amigo nuevo por el camino, muchas veces en los sitios más inesperados. Me puse a hablar con un par de estadounidenses en un autobús turístico y cerré un restaurante con la camarera y el cocinero.

Tras pasar el verano en los Estados Unidos tres años seguidos, es verdad que eché de menos la compañía de mis amigos de allí. No obstante, este viaje europeo fue el equilibrio perfecto de viajar solo, reencontrarme con amigos y quedarme en casas de otros amigos que, por una razón u otra, han acabado viviendo en distintos sitios por el continente. Llevaba tiempo deseando hacer un recorrido por mi continente natal y justo este año todo se dio para que pudiera. El accidente que sufrí el año pasado hizo que aún estuviera aprendiendo a caminar en las fechas en que, de normal, estaría buscando vuelos hacia los Estados Unidos. ¡También influyó mucho el precio del seguro de viaje para los meses posteriores a una operación!

Han sido unas vacaciones de verano increíbles y solo han sido posibles gracias a todos los amigos que me acogieron en sus casas y que me han acompañado por el camino. A todos vosotros: muchas gracias. En breve volveré a subirme a un tren…

Vuelve Kevin

05.08.25 — Oviedo

Vuelve Kevin

05.08.25 — Oviedo

El problema con ser inmigrante y tener amigos inmigrantes es que no nos quedamos quietos ninguno. Kevin era un español en Inglaterra cuando nos conocimos, pero luego se mudó de vuelta a España. Yo hice lo mismo unos pocos meses después, pero al rato Kevin se fue a vivir a los Estados Unidos. Yo me he quedado por tierras españolas en su ausencia, levantando el país.

Ya que Kevin no puede volver a casa a menudo, la oportunidad de vernos que solemos tener es mi viaje anual a América del Norte. A partir de este año, he suspendido este viaje: en parte por las secuelas del accidente, en parte por el clima político en EE. UU.

Entonces, cuando Kevin me llamó para decir que estaría en Asturias un par de semanas en verano, no tardé en coger un AVE para visitarle. El tiempo con Kevin es siempre tiempo bien aprovechado, y más aún cuando viene a España, ya que se apunta sin dudar a cualquier cosa que le parezca divertida. Por eso, comimos como reyes, nos pasamos con la sidra y echamos la noche entera en una fiesta de prau. La cima de esa noche en concreto fue verle a Kevin arrastrar una silla de plástico entre toda la gente amasada para que yo pudiera sentarme y descansar la rodilla en medio de la fiesta. Qué tío.

Pero no sólo vi a Kevin. Nos reunimos también con Raquel y Joel, a quienes conocí por primera vez durante la risotada que fue el Descenso del Sella. Tocaba celebrar, ya que los dos acababan de comprar un terreno para construir juntos una casa. Nos llevaron a su parcela para hacer un picoteo, tomar alguna sidra más y comer unas costillas de la parrilla de al lado. Fueron las mejores que he probado jamás y sabían mejor aún gracias a la compañía fantástica y al paisaje precioso.

A este paso, seguramente no haga falta que vuelva a profesar mi amor por Asturias y su gente, pero lo haré igual. Estar con Kevin son risas garantizadas, conversaciones extensas y profundas, y estar en Asturias es el buen comer y la belleza del campo abierto. ¿Las dos cosas juntas? La perfección.