Los Urrutias

22.02.26 — Murcia

Los Urrutias

22.02.26 — Murcia

Mientras estaba tumbado en la cama durante mi primera noche en la residencia universitaria, escuché una cacofonía de sonidos desconocidos. Oía sirenas de policía, el rugido del tráfico y voces amortiguadas provenientes de las habitaciones de arriba, de abajo y de ambos lados de la mía. Este nuevo paisaje sonoro resultaba claustrofóbico comparado con el de mi pueblo, donde el silencio nocturno sólo se rompe por algún pío o mugido ocasional.

Al mudarme de Leeds a Madrid, subió el volumen. Tuve que aguantar el paso de los camiones de basura a medianoche, las fiestas en casa que se alargaban hasta las tantas y unos compañeros de piso que desconocían el concepto de hablar en voz baja. En el momento, me lo tomé como una aventura, pero doy gracias por estar viviendo ahora en un piso bien aislado del ruido constante de la ciudad.

Menciono todo esto porque he llegado a darme cuenta de que el ruido es un recordatorio constante e inquebrantable de dónde estoy. Al acabar el día me acuesto, apago las luces y cierro los ojos para estar a solas con mis pensamientos. Aun así, los sonidos distintivos de mi entorno son ineludibles. Mientras el resto de mis sentidos se van apagando, sigo escuchando la ciudad. La ciudad siempre está allí. Nunca he aprendido a bloquearla.

A pesar del ocasional pájaro dramático o vaca escandalosa, sigo echando de menos la calma de esas noches en el pueblo. Más de una década después de salir de la casa de mis padres, veo que aún me atrae la vida rural. La cabra siempre tira al monte. Yo también.

Es raro que no llegara antes a esta conclusión, la verdad, puesto que todas las pistas necesarias las he tenido a mano durante años. Tras mudarme a Madrid, empecé a buscar lo contrario a la capital sin darme cuenta. Asturias se convirtió en mi refugio, ya que me sentía como en casa entre las laderas frondosas de sus valles. Luego descubrí Vermont, una zona de Estados Unidos cuyo nombre, que significa “montaña verde”, no precisa de más explicación.

Mientras caminaba por Los Urrutias, sentí esa familiaridad una vez más. A pesar de su falta de verdor, me encontraba en paz en las calles tranquilas de este pequeño pueblo murciano. No me sentía como en casa, pero sin duda era más cómodo que la gran ciudad.

No tengo ni idea de adónde me llevará el futuro, y tampoco tengo prisa por efectuar ningún cambio drástico. Pero ahora, a pesar del ruido de la ciudad, me duermo más fácilmente sabiendo que entiendo lo que quiero.

Navidad y Tenerife

15.01.26 — Burnley

Navidad y Tenerife

15.01.26 — Burnley

Ante el reto casi imposible de coordinar los múltiples calendarios de la vida moderna, desde el laboral hasta el social, la Navidad es uno de los pocos momentos del año en los que se garantiza algo de tiempo en familia. El año pasado fue una excepción a esa regla. Unas circunstancias extraordinarias me obligaron a quedarme en Madrid y, a pesar de haber disfrutado mucho de mi Navidad española, este año tenía ganas de recuperar el tiempo perdido con mi familia.

Las celebraciones empezaron temprano con la llegada de mis padres para una visita rápida a Madrid y Alcalá de Henares. Pillamos unos churros, exploramos el mercadillo navideño y, al toparnos con un concierto de villancicos, aprovechamos para probar el roscón de Reyes.

Unos días después de que partiesen, me tocó cambiar el aire fresco de Madrid por el campo empapado y escarchado de Burnley. Pasamos una Navidad muy bonita en familia, asegurándonos de que no faltara ningún elemento esencial: una cena enorme, varias noches de películas y el concurso anual de los Briggs, preparado por su servidor.

Al terminar las festividades, cogí un tren a Leeds para visitar a Em, Lincoln y Charlie, con los que paseé y me puse al día mientras tomábamos el té en un parque. Luego celebré la Nochevieja en la granja de unas amigas. Se montó una fiesta en una nave para celebrar tanto el cumpleaños de mi amiga como el Año Nuevo en una misma noche. Fue un gusto pasar tiempo con gente a la que, por distintas razones, llevaba años sin ver.

Nada más volver a Madrid, me tocó volver a subir a un avión. Aterricé en Tenerife, donde pasé unos días con Cami y su familia. Entre cócteles en la playa y vueltas en coche por la isla, organizaron una parrillada y una fiesta de karaoke para celebrar mi regreso a Tenerife tras unos cuantos años sin visitar la isla. Mientras Cami y yo cantábamos Hopelessly Devoted to You, reflexioné sobre lo bonito que es pasar tiempo con gente a la que quiero y que me quiere tanto a mí.

Desde Inglaterra hasta Tenerife, pasando por Madrid, me lo pasé muy bien durante esas semanas. Muchas gracias a todos los mencionados y a unos cuantos más — sabéis quiénes sois.

Segovia a Murcia

05.12.25 — Murcia

Segovia a Murcia

05.12.25 — Murcia

¿Te acuerdas de la pandemia? Yo tampoco. Siempre me ha fascinado la capacidad del cerebro humano para olvidar lo malo y recordar lo bueno. Me fijé en este fenómeno después de nuestras vacaciones familiares en Orlando, que fueron maravillosas pero también suponían muchas horas de hacer cola en la humedad tórrida de Florida. No obstante, una vez de vuelta a Inglaterra, sólo me acordaba de la emoción de las atracciones, la magia de los desfiles y las risas cuando descubrimos todos que el chocolate de Estados Unidos sabe a queso.

He divagado. Saco el tema de la pandemia porque fue entonces cuando empecé a apreciar algo que antes daba por sentado: caminar. Caminar es algo que he llegado a disfrutar y apreciar, pero no quería aburriros vinculando el tema con mi accidente. No quiero dedicar otra entrada a enrollarme hablando de cómo me rompí la pierna.

Entonces: la pandemia. Pasé unos cuantos meses encerrado en mi pequeño piso aquí en Madrid, en donde esperaba ansiosamente el día en el que nos dejarían salir a dar una vuelta rápida, aunque fuera. Este alivio al final llegó con las caminatas diarias sancionadas por el estado: una hora para estirar las piernas y llenar los pulmones de aire fresco y libre de virus. El ejercicio humano más básico se había vuelto un lujo. Mis caminatas, desde entonces, me son sagradas.

Últimamente, esta nueva perspectiva me ha llevado a aprovechar cualquier oportunidad de visitar un sitio nuevo. Acepté con ganas la invitación de Fer para visitar Segovia y también la de mi tía, que me invitó a pasar unos días en Murcia. Tenía ganas de ponerme las zapatillas cómodas (recuerda que ya tengo 30 años) y descubrir lo que escondían sus calles.

Repasando las fotos que saqué, veo que lo que más me impactó de ambos lugares fue la belleza de lo antiguo, bien cuidado o no. Las casas viejas de Segovia y su acueducto romano tienen una gravedad ineludible, pero los rincones oxidados de aquel pueblo murciano también me embrujaron… quizá más que Segovia.

¿A qué conclusión he llegado tras esta reflexión? Ni idea. Ni siquiera son las 8am y estoy sentado en el aeropuerto de Madrid, frotándome los ojos y acabando un café. Sin embargo, mientras me preparo para pasar dos horas sin poder mover las piernas, espero con ganas mi llegada a Milán y las muchas horas de caminar que me esperan. Supongo que eso es todo, al final: una carta de amor al caminar.

Fer en Inglaterra

17.11.25 — Burnley

Fer en Inglaterra

17.11.25 — Burnley

—Me encanta viajar a los sitios más aleatorios cuando me voy de viaje —dijo Fer, probablemente mientras comíamos en un bufé libre.

—Deberíamos ir a mi pueblo —dije yo—. No hay sitio más aleatorio que el pueblo donde crecí.

Y fue así como Fernando y yo acabamos llegando al aeropuerto de Mánchester, donde procedió inmediatamente a reservar un taxi al hotel equivocado. Una vez llegados al hotel correcto, pedimos una copa en Canal Street y cenamos en McDonald’s para empezar su inmersión en la cultura británica.

Mientras trazaba cuidadosamente una línea de ketchup sobre una de mis patatas fritas, barajé posibles planes para los siguientes días. Me he dado cuenta de que los turistas españoles no suelen aventurarse más al norte que Nottingham, así que sentía cierta presión por enseñarle a Fernando lo mejor del norte.

Al final decidí que haríamos lo que haría yo normalmente. Comimos con mi hermana, tomamos un café en el Northern Quarter y bebimos unos cócteles espontáneos antes de coger el autobús a Burnley. Una vez instalados en casa de mis padres, dimos una vuelta por el pueblo, montamos una hoguera para Bonfire Night, tomamos el té en una barcaza y cenamos una pizza con Jemma y Lucy que pareció envenenar al pobre Fer, que pasó el día siguiente en la cama.

El momento destacado del viaje fue nuestra excursión a Blackpool. Experimentamos la emoción del parque de atracciones, la decadencia del muelle antiguo y la ludopatía de las tragaperras de dos peniques en un salón de juegos con temática pirata. Comimos fish and chips en la playa y unas ostras en una de las últimas ostrerías de la ciudad. El tren de vuelta estaba lleno de latas de sidra vacías y nos dejó a medio camino para que cogiéramos un autobús de sustitución. Vamos, que fue una experiencia muy propia del norte de Inglaterra, una que podría haber vivido fácilmente en mi infancia.

Una vez recuperado Fer de su intoxicación pizzera, volvimos al aeropuerto para coger uno de mis queridos vuelos de Ryanair con destino a Madrid. En la terminal, entre bebés llorones y viajes escolares escandalosos, le di las gracias a Fernando por acompañarme en el viaje. Siempre sienta bien un viaje al pueblo, pero compartir la experiencia con alguien nuevo me hizo apreciar aún más mi norte de Inglaterra natal.

Viva el norte.

Tren de la Fresa

26.10.25 — Madrid

Tren de la Fresa

26.10.25 — Madrid

Mientras estaba echado en la cama, con la pierna rota e inmóvil, tuve mucho tiempo para pensar en lo que haría una vez curado y en pie. El primer elemento de la lista de ideas era «vivir nuevas experiencias con amigos», con «nuevas» subrayada para enfatizar. Por eso supe exactamente lo que tenía que hacer al ver un anuncio para el Tren de la Fresa, un tren histórico que ofrece excursiones diarias en octubre: convencí a Sara y Fernando de que se apuntaran a un viaje conmigo.

Los tres nos reunimos en el Museo del Ferrocarril un domingo por la mañana, cansados e irritables, para que nos dieran la bienvenida los gritos de una tía que iba disfrazada con el uniforme histórico de un conductor de tren. Horrorizado, me di cuenta de que había llevado a mis amigos a una experiencia interactiva pensada para niños, con actores y todo.

Una vez sentados a bordo, rodeados de muchas familias jóvenes, el tren empezó su recorrido hasta Aranjuez. Nos pusimos a hablar y todo parecía bastante normal hasta que aparecieron dos actores con maletas. Procedieron a gritarse en una discusión que no logré seguir, pero Sara, Fer y yo nos pusimos a reírnos del espectáculo tonto.

Lo que no sabíamos era que lo mejor estaba por venir. Después de la actuación espontánea, empezó a sonar música por la megafonía y los actores animaron a todo el vagón a cantar con ellos la canción del Tren de la Fresa. Nosotros no podíamos más y acabamos muertos de risa.

Al llegar a Aranjuez, cambiamos los bancos de madera del tren por la última fila del chiquitren, un tren turístico que va por las carreteras, igual que los que veía en los pueblos de Mallorca en los que veraneaba de pequeño. Siguió una vuelta por el río en barco y luego una comida en la que probé por primera vez las ancas de rana. Diría que sabían a pollo, pero en verdad sabían al ajo con el que se habían preparado.

Durante el viaje de vuelta tuvimos que volver a cantar la canción del Tren de la Fresa, pero esta vez con un cuenco de fresas en la mano, un guiño al uso histórico del tren para llevar la cosecha de fresas de Aranjuez hasta el centro de Madrid.

Fue en ese momento, mientras cantaba «tren de la fresa, tren de la fresa, baila sin parar y mueve la cabeza», cuando me di cuenta de que hasta los planes más tontos, en compañía de buenos amigos, se vuelven geniales. Ya sea comer unas fresas frescas, cantar una canción tonta o pasar de una plataforma a otra entre vagones, hay que tomarse la vida —y la seguridad— con un poco menos de seriedad.