Milán

21.06.26 — Milán

Milán

21.06.26 — Milán

«Pasa todas las tardes que puedas con las personas que te criaron», dice Lorde en su canción «Stoned at the Nail Salon». Siempre he admirado sus letras, y esta frase se me ha quedado grabada. Es una llamada a la acción en una canción que, por lo demás, es muy tranquila. Una directriz arraigada en la inquietud que todos sentimos cuando nos preocupamos por aprovechar bien nuestro tiempo. También hay un pequeño memento mori: la palabra «puedas» le aporta cierta urgencia a la situación. Ni nosotros ni las personas que más queremos estaremos aquí para siempre.

Entonces, ¿cómo debemos pasar nuestro tiempo limitado? He aprendido que necesito equilibrar el tiempo a solas con el estar rodeado de gente. A veces necesito el reto de relacionarme con personas que me sacan de mi zona de confort, pero otras veces simplemente quiero estar con gente con la que pueda relajarme. Mi familia es parte de ese segundo grupo. Mis padres y mi hermana me conocen mejor de lo que yo me conozco a mí mismo, así que no siento ninguna presión por ser o comportarme de una determinada manera cuando estoy con ellos.

En treinta años, la dinámica familiar también ha madurado hasta convertirse en una relación entre cuatro adultos. Mi hermana y yo ya no somos niños dependientes ni adolescentes rebeldes. Ya no sentimos la necesidad de poner tanta distancia como sea posible entre nuestros padres y nuestras personalidades emergentes. Nuestra rebeldía ha dado paso a la aceptación de que nos parecemos mucho más a nuestros padres de lo que antes pensábamos. En definitiva, nos llevamos bien.

Y menos mal que nos llevamos bien, porque hace poco nos reunimos en Italia para pasar tres días haciendo turismo, comiendo pizza y charlando. Las majestuosas calles de Milán eran preciosas, pero acabaron convirtiéndose en un bonito telón de fondo para nuestras conversaciones, muchas de las cuales empezaban por la mañana en el vestíbulo del hotel. Aquel pequeño rincón del café, que no era más que cinco sillas alrededor de una cafetera automática, se convirtió en nuestro salón particular. Entre café y café, organizábamos el día y nos reíamos de anécdotas, tanto antiguas como nuevas.

Por supuesto, también vimos buena parte de la ciudad, desde la impresionante catedral hasta las ostentosas galerías comerciales. Visité un museo de diseño y convencí a mis padres para que me acompañaran a un cementerio repleto de monumentos. Incluso pudimos hacer una escapada a Como, donde disfrutamos del lago, recorrimos las callejuelas antiguas y tuvimos una experiencia bastante caótica a la hora de comer. Los errores del camarero y los malentendidos con la traducción podrían haber sacado de quicio a una familia menos unida, pero nosotros acabamos simplemente riéndonos de lo surrealista de la situación.

Era mi primera vez en Italia y fue una pasada. No porque intentáramos aprovechar cada minuto al máximo, sino porque fuimos haciendo lo que nos apetecía cuando nos apetecía. Pasamos tiempo juntos y vivimos experiencias nuevas juntos. Lorde lo clavó. De eso se trata.

Los treinta

12.05.26 — Madrid

Los treinta

12.05.26 — Madrid

Enfermedades. Arrugas. Embarazos. Bodas. Cada vez que quedo con mis amigos, parece que hablamos de uno de estos temas. Y me encanta. No porque me interesen estos asuntos, sino porque suponen un recordatorio tangible de que nos estamos haciendo mayores, un proceso del que estoy disfrutando bastante. ¿El porqué? Aquí van tres anécdotas.

Negación

Repasé el plan al subir la escalera: ella abriría la puerta, nos abrazaríamos y la distraería mientras colocaba una bolsa de plástico anodina en la habitación de invitados. Me sentía cual agente secreto, solo que la entrega en cuestión no era información sensible. Era una tarta de zanahoria.

Misión cumplida y la fiesta de cumpleaños de Sara iba viento en popa. Eso fue hasta que nos dijo que tocaba ir saliendo hacia el sitio más temido: la discoteca. Con treinta y un años, ya sé que una discoteca no es ningún lugar para mí. No por la edad —no estoy sugiriendo que los viejos no podamos disfrutar de una buena fiesta—, sino porque la edad me ha ayudado a distinguir entre lo que me gusta y lo que no. Las discotecas, sin duda, entran en lo segundo. Pero mi amor por Sara es más fuerte que mi aversión a las discotecas, entonces nos subimos al taxi y nos lanzamos a la pista de baile.

Cuatro horas después, la mesa grasienta del Burger King en la que nos habíamos juntado fue testigo de una de las reflexiones filosóficas más profundas de nuestro tiempo. Aunque no me guste que me den empujones durante horas, hay cierta magia en las conversaciones que se tienen en la zona de fumar o con una hamburguesa en la mano. Estas charlas de madrugada con amigos son singulares, incluso cuando terminan con el mejor pensador que tenemos a día de hoy: un taxista madrileño cualquiera.

Aceptación

Encontrar a Izzy en el centro de Madrid no iba a ser difícil: es una rubia entre un mar de pelo moreno. Luego está su código de vestimenta, limitado a una paleta de negros y grises oscuros. Esta preferencia por la ropa oscura no ha cambiado en absoluto desde que la conocí en la universidad.

Pero algunas cosas sí han cambiado desde entonces. La vida nos ha arrojado bastantes movidas: pandemias, guerras, reuniones y bodas. Con tanto cambio, y a pesar del amor que hay entre los dos, me encontraba nervioso al sentarme a tomar algo con ella por primera vez en años. Me preocupaba que hubiéramos dejado de estar en sintonía.

Entre margaritas, anécdotas y tapas, mis preocupaciones se disiparon. Mientras comentábamos la importancia de la desconexión y los beneficios de la espontaneidad, nos dimos cuenta de que habíamos madurado, juntos y en la misma dirección. Fue maravilloso. Vi que no hay nada del proceso de envejecer que supere poder hacerlo acompañado por amigos. Y, curiosamente, los dos nos habíamos dado cuenta de la necesidad de dejar que las cosas cambien.

Resistencia

Me supuso un gran cambio ver a Heidi sola. Nos conocimos en un piso compartido, formamos un grupo de amigos y ahora suele venir acompañada por su pareja e hija. No suelo tener tiempo a solas con ella, por lo que se me hizo hasta extraño verla llegar sola a mi piso.

Pasamos los días siguientes visitando los viejos sitios de la ciudad que nos unió hace tantos años. La última noche de su visita teníamos los pies reventados de tanto caminar, así que sugerí que volviéramos en coche al piso. Pillamos un Voltio, conectamos mi Spotify y fuimos tirando a casa.

Pero no fuimos a casa. Con temazos nostálgicos de los Vengaboys y las Spice Girls, una ola de nostalgia nos llevó de la ciudad a la autopista, donde cantamos estos clásicos del karaoke sin ninguna preocupación. Mientras el día daba paso a la noche, gritamos y nos reímos hasta quedarnos afónicos.

Creo que tanto Heidi como yo necesitábamos ese pequeño momento de escapismo. Nos hacía falta irnos sin rumbo, gritar letras tontas al aire y olvidarnos de ser adultos durante un rato. Estamos los dos perfectamente contentos, pero eso no quita que necesitemos, de vez en cuando, soltar esa energía infantil.

Entonces, en buena compañía, la soltamos. Reímos, bailamos y —a pesar de estar conduciendo en círculos— cantamos «We’re going to Ibiza!»

Julia y Javier

02.05.26 — Madrid

Julia y Javier

02.05.26 — Madrid

40 grados. Un flashback de la pandemia, cuando 40 grados eran el límite de la temperatura corporal: a partir de ahí había que llamar al 112. Me quedé mirando los números, cuatro-cero, en el termómetro mientras la pantalla parpadeaba en rojo para señalar lo obvio: 40 grados son demasiados grados. La cifra tampoco me sorprendió. Estaba en calzoncillos, con el cuerpo desparramado sobre la cama. Las sábanas ya estaban empapadas de sudor. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que tenía fiebre.

Si fuese cualquier otro día, me lo habría tomado como una señal del cuerpo de que tenía que parar un poco. Me habría bebido un suero, echado una ducha fría y llevado la televisión a la habitación para poder ver vídeos que me pudren el cerebro. Habría sido un bienvenido descanso.

Pero hoy no, porque tenía cosas que hacer. Tenía planes, y no de tomar una caña con amigos. Era de los planes que tienen código de vestimenta, de los planes a los que tienes que confirmar tu asistencia con meses de antelación. No fue un sábado cualquiera: se nos casaba Julia. Y 40 grados decían que no iba a poder estar.

Mientras me compadecía de mí mismo, la voz de María llegó desde el salón, preguntándome cómo me encontraba. Ella había bajado desde Bilbao para unirse a la celebración, así que sentí de manera aún más aguda la presión de conseguir recuperarme a tiempo. Como la fiebre debilitaba mi capacidad de suavizar las respuestas, contesté de manera algo brusca: me sentía como una mierda, gracias.

Con el paso de las horas, sin embargo, pasó algo milagroso. Me encontraba mejor de ánimos, cesó el sudor y se me quitó la fiebre. Conseguí levantarme, ducharme y subirme a un taxi. Mi cuerpo había encontrado una reserva de energía, lo que me recordó al influjo de sustancias químicas felices que me inundó al romperme la pierna. No sabía que tenía tantas endorfinas escondidas por ahí, pero daba las gracias por ellas. Eso sí, estaría bien que mi cerebro me regalara algunas durante el resto del año…

Al final, llegué sano y salvo a la iglesia para una misa preciosa, y después nos fuimos en autobús hasta una finca guapísima donde celebramos la recepción. De repente era medianoche y estaban llamando para que la gente se subiera al primer autobús de vuelta a Madrid, pero yo me lo estaba pasando demasiado bien como para irme. La fiesta siguió hasta las cuatro de la mañana, una hora a la que yo aún seguía de pie y bailando… más o menos.

Más allá de un milagro de la medicina, esta historia es un testimonio de lo fabulosa que fue la boda de Julia y Javier. Hubo buena compañía, buena música, buena comida y un ambiente inigualable. Me encantó cada segundo y me alegro muchísimo de que mi cuerpo me permitiera estar allí y compartir con ellos su día especial. Desde luego, eso le gana por goleada a pasar la tarde viendo teorías conspiranoicas en YouTube.

Pero nada en esta vida sale gratis: al día siguiente me encontraba peor que antes. Tenía el cuerpo destruido y el cerebro frito, pero no hay ni sudor ni bilis en el mundo que pudieran desmerecer los recuerdos fantásticos de la noche anterior.

¿40 grados? Valores de novato. ¡Vivan Julia y Javier!

Tarragona

12.04.26 — Tarragona

Tarragona

12.04.26 — Tarragona

Hay momentos en los que me vuelvo bastante irritable. Luego, me cuesta entender por qué estoy tan irritado, lo cual me acaba frustrando. Esta frustración, como consecuencia, me hace estar más insoportable todavía. Los que me conocen saben lo mucho que puedo dar por saco cuando estoy así de bajón.

A veces, este malestar es por haberme quemado y que simplemente esté falto de un buen descanso. Pero en otras ocasiones, la causa es más compleja y difícil de averiguar. Puede que necesite un tiempo para llegar a entender qué es lo que me pasa. «Un tiempo» suena sospechosamente similar a «un descanso», entonces —seamos realistas— lo que me suele hacer falta es un buen retiro.

Me di cuenta de esto justo antes de Semana Santa, por lo cual decidí hacer algo que llevo años contemplando: me busqué un spa-hotel de cinco estrellas. Me daba igual dónde fuera, solo quería que las decisiones más importantes de mi día a día fueran el ratio de salado a dulce en el desayuno bufé y si quisiera que el agua de mi baño jacuzzi fuera caliente o templada.

Al redactar esto, me he fijado en que estoy siendo bastante insufrible. «Trabajador corporative se va de hotel de lujo por haberse quemado» no es la historia más original y tampoco es una con la que la persona media se vea identificada. Escucho juzgarme mi yo del pasado: problemas del primer mundo, revisa tu privilegio, etcétera, etcétera. Pero, sinceramente, es lo que hay. Al hacerme mayor, he empezado a entender a mis padres y su insistencia en pasar quince días al año echado en una tumbona en Mallorca. La vida adulta es cansina.

Pues con este cansancio vital encima me enfrentaba al reto de organizar un viaje. En el pasado, viajar siempre suponía la emoción de planear, la gracia de coger un tren o avión y conceptos como «no es el destino, es el viaje». Ahora, es un rollo enorme que tengo que aguantar para llegar a donde tenga que ir. Por eso, y a pesar de todas las reservas que tengo alrededor de la descarga cognitiva, abrí ChatGPT. Como ya tenía el cerebro frito, conjeturé que su uso no podría hacerme más daño.

Y así acabé en Tarragona. Me bajé del tren en una estación que la todopoderosa IA me había informado, con mucha seguridad, que se encontraba cerca del hotel. Llegué al mismo después de 45 minutos y 55 euros de taxi, una buena dosis de karma después de sermonear a todos sobre la necesidad de revisar todo lo que dice la inteligencia artificial.

Al hacer check-in en el hotel, hice check-out de la vida. Eché el móvil a la caja fuerte y me cambié las zapatillas por unas chanclas de algodón. Repartía mi tiempo entre el spa, la piscina y la playa. Creo que nunca antes había pasado tanto tiempo vestido de bata. Y, justo cuando me estaba empezando a aburrir de tanta relajación y soledad, encontré a alguien con el que pasar el tiempo restante… pero esa es otra historia por completo.

Aunque físicamente no hacía absolutamente nada, disciplina en la que soy un auténtico especialista, mi cerebro tardó más en relajarse. Al principio, este entorno lujoso fue tan solo un fondo bonito para mis pensamientos. Reflexioné sobre muchos temas, pero el principal fue la necesidad de saber por qué tenía tantas ganas de un retiro así. La conclusión a la que llegué fue bastante sencilla y algo evidente. Es que necesitaba, de una vez, un puto descanso.

Los Urrutias

22.02.26 — Murcia

Los Urrutias

22.02.26 — Murcia

Mientras estaba tumbado en la cama durante mi primera noche en la residencia universitaria, escuché una cacofonía de sonidos desconocidos. Oía sirenas de policía, el rugido del tráfico y voces amortiguadas provenientes de las habitaciones de arriba, de abajo y de ambos lados de la mía. Este nuevo paisaje sonoro resultaba claustrofóbico comparado con el de mi pueblo, donde el silencio nocturno sólo se rompe por algún pío o mugido ocasional.

Al mudarme de Leeds a Madrid, subió el volumen. Tuve que aguantar el paso de los camiones de basura a medianoche, las fiestas en casa que se alargaban hasta las tantas y unos compañeros de piso que desconocían el concepto de hablar en voz baja. En el momento, me lo tomé como una aventura, pero doy gracias por estar viviendo ahora en un piso bien aislado del ruido constante de la ciudad.

Menciono todo esto porque he llegado a darme cuenta de que el ruido es un recordatorio constante e inquebrantable de dónde estoy. Al acabar el día me acuesto, apago las luces y cierro los ojos para estar a solas con mis pensamientos. Aun así, los sonidos distintivos de mi entorno son ineludibles. Mientras el resto de mis sentidos se van apagando, sigo escuchando la ciudad. La ciudad siempre está allí. Nunca he aprendido a bloquearla.

A pesar del ocasional pájaro dramático o vaca escandalosa, sigo echando de menos la calma de esas noches en el pueblo. Más de una década después de salir de la casa de mis padres, veo que aún me atrae la vida rural. La cabra siempre tira al monte. Yo también.

Es raro que no llegara antes a esta conclusión, la verdad, puesto que todas las pistas necesarias las he tenido a mano durante años. Tras mudarme a Madrid, empecé a buscar lo contrario a la capital sin darme cuenta. Asturias se convirtió en mi refugio, ya que me sentía como en casa entre las laderas frondosas de sus valles. Luego descubrí Vermont, una zona de Estados Unidos cuyo nombre, que significa “montaña verde”, no precisa de más explicación.

Mientras caminaba por Los Urrutias, sentí esa familiaridad una vez más. A pesar de su falta de verdor, me encontraba en paz en las calles tranquilas de este pequeño pueblo murciano. No me sentía como en casa, pero sin duda era más cómodo que la gran ciudad.

No tengo ni idea de adónde me llevará el futuro, y tampoco tengo prisa por efectuar ningún cambio drástico. Pero ahora, a pesar del ruido de la ciudad, me duermo más fácilmente sabiendo que entiendo lo que quiero.