Mientras estaba echado en la cama, con la pierna rota e inmóvil, tuve mucho tiempo para pensar en lo que haría una vez curado y en pie. El primer elemento de la lista de ideas era «vivir nuevas experiencias con amigos», con «nuevas» subrayada para enfatizar. Por eso supe exactamente lo que tenía que hacer al ver un anuncio para el Tren de la Fresa, un tren histórico que ofrece excursiones diarias en octubre: convencí a Sara y Fernando de que se apuntaran a un viaje conmigo.
Los tres nos reunimos en el Museo del Ferrocarril un domingo por la mañana, cansados e irritables, para que nos dieran la bienvenida los gritos de una tía que iba disfrazada con el uniforme histórico de un conductor de tren. Horrorizado, me di cuenta de que había llevado a mis amigos a una experiencia interactiva pensada para niños, con actores y todo.
Una vez sentados a bordo, rodeados de muchas familias jóvenes, el tren empezó su recorrido hasta Aranjuez. Nos pusimos a hablar y todo parecía bastante normal hasta que aparecieron dos actores con maletas. Procedieron a gritarse en una discusión que no logré seguir, pero Sara, Fer y yo nos pusimos a reírnos del espectáculo tonto.
Lo que no sabíamos era que lo mejor estaba por venir. Después de la actuación espontánea, empezó a sonar música por la megafonía y los actores animaron a todo el vagón a cantar con ellos la canción del Tren de la Fresa. Nosotros no podíamos más y acabamos muertos de risa.
Al llegar a Aranjuez, cambiamos los bancos de madera del tren por la última fila del chiquitren, un tren turístico que va por las carreteras, igual que los que veía en los pueblos de Mallorca en los que veraneaba de pequeño. Siguió una vuelta por el río en barco y luego una comida en la que probé por primera vez las ancas de rana. Diría que sabían a pollo, pero en verdad sabían al ajo con el que se habían preparado.
Durante el viaje de vuelta tuvimos que volver a cantar la canción del Tren de la Fresa, pero esta vez con un cuenco de fresas en la mano, un guiño al uso histórico del tren para llevar la cosecha de fresas de Aranjuez hasta el centro de Madrid.
Fue en ese momento, mientras cantaba «tren de la fresa, tren de la fresa, baila sin parar y mueve la cabeza», cuando me di cuenta de que hasta los planes más tontos, en compañía de buenos amigos, se vuelven geniales. Ya sea comer unas fresas frescas, cantar una canción tonta o pasar de una plataforma a otra entre vagones, hay que tomarse la vida —y la seguridad— con un poco menos de seriedad.



