Puede parecer raro que, después de tantos años viviendo en Madrid, nunca se me hubiera presentado la ocasión de recibir a mis padres y a mi hermana a la vez. Como mi madre y mi padre siguen trabajando y mi hermana anda inmersa en su doctorado, simplemente no había ocurrido. Bueno, no había ocurrido hasta ahora.
Tras recogerlos en el aeropuerto, los cuatro nos apretamos como sardinas en mi piso de una sola habitación, y así comenzó la prueba definitiva de nuestra dinámica familiar. Cedí mi cama a mis padres y mi hermana y yo nos quedamos en el sofá cama. Al final lo llevamos bastante bien, gracias en gran parte a la restrictiva política de equipaje de Ryanair: nadie tuvo la oportunidad de llenar mi casa de cachivaches que estorbaran…
Bromas aparte, nos lo pasamos genial. Pasamos los días comiendo, bebiendo y callejeando por la ciudad en modo familiar. Nos quedamos por mi barrio, pero también nos fuimos a explorar zonas con más caché. Entre los momentos destacados, una cena italiana en el barrio pijillo de Salamanca y una vuelta en bici hasta el río para ver el amanecer con mi hermana. No me había levantado tan temprano desde el desfase horario que arrastré tras mi viaje a Japón, aunque lo arreglé fácilmente con una buena siesta…
Empeñado en que todos disfrutaran, me aseguré de cumplir con los gustos de cada uno: el Mercado de San Miguel para mi madre, la pizzería NAP para mi hermana y unas calles cualquiera para mi padre. Él siempre es capaz de encontrar rincones y detalles interesantes que fotografiar en los lugares más anodinos.
A pesar del aire fresco de marzo y de unos cielos nubosos que amenazaban con fastidiarnos los planes, tener a toda la familia junta durante unos días fue un auténtico placer. Puede que yo sea la oveja negra por haberme ido a miles de kilómetros, pero momentos como estos, en los que podemos reunirnos y hacer algo distinto, hacen que la distancia merezca la pena. Ojalá vuelvan pronto los tres.











