El problema con ser inmigrante y tener amigos inmigrantes es que no nos quedamos quietos ninguno. Kevin era un español en Inglaterra cuando nos conocimos, pero luego se mudó de vuelta a España. Yo hice lo mismo unos pocos meses después, pero al rato Kevin se fue a vivir a los Estados Unidos. Yo me he quedado por tierras españolas en su ausencia, levantando el país.
Ya que Kevin no puede volver a casa a menudo, la oportunidad de vernos que solemos tener es mi viaje anual a América del Norte. A partir de este año, he suspendido este viaje: en parte por las secuelas del accidente, en parte por el clima político en EE. UU.
Entonces, cuando Kevin me llamó para decir que estaría en Asturias un par de semanas en verano, no tardé en coger un AVE para visitarle. El tiempo con Kevin es siempre tiempo bien aprovechado, y más aún cuando viene a España, ya que se apunta sin dudar a cualquier cosa que le parezca divertida. Por eso, comimos como reyes, nos pasamos con la sidra y echamos la noche entera en una fiesta de prau. La cima de esa noche en concreto fue verle a Kevin arrastrar una silla de plástico entre toda la gente amasada para que yo pudiera sentarme y descansar la rodilla en medio de la fiesta. Qué tío.
Pero no sólo vi a Kevin. Nos reunimos también con Raquel y Joel, a quienes conocí por primera vez durante la risotada que fue el Descenso del Sella. Tocaba celebrar, ya que los dos acababan de comprar un terreno para construir juntos una casa. Nos llevaron a su parcela para hacer un picoteo, tomar alguna sidra más y comer unas costillas de la parrilla de al lado. Fueron las mejores que he probado jamás y sabían mejor aún gracias a la compañía fantástica y al paisaje precioso.
A este paso, seguramente no haga falta que vuelva a profesar mi amor por Asturias y su gente, pero lo haré igual. Estar con Kevin son risas garantizadas, conversaciones extensas y profundas, y estar en Asturias es el buen comer y la belleza del campo abierto. ¿Las dos cosas juntas? La perfección.




