—Me encanta viajar a los sitios más aleatorios cuando me voy de viaje —dijo Fer, probablemente mientras comíamos en un bufé libre.
—Deberíamos ir a mi pueblo —dije yo—. No hay sitio más aleatorio que el pueblo donde crecí.
Y fue así como Fernando y yo acabamos llegando al aeropuerto de Mánchester, donde procedió inmediatamente a reservar un taxi al hotel equivocado. Una vez llegados al hotel correcto, pedimos una copa en Canal Street y cenamos en McDonald’s para empezar su inmersión en la cultura británica.
Mientras trazaba cuidadosamente una línea de ketchup sobre una de mis patatas fritas, barajé posibles planes para los siguientes días. Me he dado cuenta de que los turistas españoles no suelen aventurarse más al norte que Nottingham, así que sentía cierta presión por enseñarle a Fernando lo mejor del norte.
Al final decidí que haríamos lo que haría yo normalmente. Comimos con mi hermana, tomamos un café en el Northern Quarter y bebimos unos cócteles espontáneos antes de coger el autobús a Burnley. Una vez instalados en casa de mis padres, dimos una vuelta por el pueblo, montamos una hoguera para Bonfire Night, tomamos el té en una barcaza y cenamos una pizza con Jemma y Lucy que pareció envenenar al pobre Fer, que pasó el día siguiente en la cama.
El momento destacado del viaje fue nuestra excursión a Blackpool. Experimentamos la emoción del parque de atracciones, la decadencia del muelle antiguo y la ludopatía de las tragaperras de dos peniques en un salón de juegos con temática pirata. Comimos fish and chips en la playa y unas ostras en una de las últimas ostrerías de la ciudad. El tren de vuelta estaba lleno de latas de sidra vacías y nos dejó a medio camino para que cogiéramos un autobús de sustitución. Vamos, que fue una experiencia muy propia del norte de Inglaterra, una que podría haber vivido fácilmente en mi infancia.
Una vez recuperado Fer de su intoxicación pizzera, volvimos al aeropuerto para coger uno de mis queridos vuelos de Ryanair con destino a Madrid. En la terminal, entre bebés llorones y viajes escolares escandalosos, le di las gracias a Fernando por acompañarme en el viaje. Siempre sienta bien un viaje al pueblo, pero compartir la experiencia con alguien nuevo me hizo apreciar aún más mi norte de Inglaterra natal.
Viva el norte.




