Estamos todos demasiado cómodos. Así se lee una nota en mi móvil del 8 de enero de 2014. ¿Qué hacía yo ese día? Nada, según mi calendario. Estaba filosofando, pensando en cómo solemos evitar los asuntos incómodos en nuestras conversaciones cotidianas. Me molestaba que evitar estos temas difíciles acabara provocando un estancamiento social. Son grandes palabras. Demasiado grandes para un lunes por la tarde. Así que hoy no hablaré de la comodidad abstracta, sino de la física.
Yo estoy más cómodo en esta época del año. Hace sol, pero también fresco. No hay lluvia que me cale ni viento que me deje despeinado. Soy hijo del norte de Inglaterra, así que no aguanto tanto calor. Parece que seguí mi propio consejo cuando Sara me sugirió que volviéramos a Alicante. Quizá me sintiera demasiado cómodo bajo el aire acondicionado de mi piso en Madrid. Quizá pensara que era precisamente la humedad pegajosa de la costa este lo que necesitaba.
Al igual que la última vez, me lo pasé fenomenal con Sara. Comimos de lujo, probamos algún que otro cóctel y hasta fuimos a visitar Tabarca. Fue genial, pero todas las actividades se vieron algo eclipsadas por la humedad opresiva del verano alicantino. Cada paso que dábamos fuera del hotel me provocaba rozaduras en la entrepierna y, después de cada bocado, tenía que recurrir a la servilleta para secarme las gotas de sudor de la frente.
A veces me siento totalmente integrado en España, pero luego se interpone mi cuerpo y me recuerda que es sangre anglosajona la que corre por estas venas sobrecalentadas. No aguanto el calor como Sara.
Pero la belleza de la retrospección es que el tiempo sana todos los males. Al hacerlo, ha eliminado todo rastro de incomodidad de mi memoria. Ahora solo pienso en los restaurantes bonitos, nuestro paseo por la isla de Tabarca y las charlas interminables que nos pegamos hasta la madrugada. Sonrío al acordarme de la primera noche. Al salir del hotel, entré en pánico al pensar que ya era tarde y que no habíamos reservado para cenar. Sara me dijo que no me preocupara, que ya se había anticipado y había reservado una mesa en un restaurante cercano. Me lee la mente.
Igual mi yo de 19 años tenía razón. Quizá esté demasiado cómodo. Quizá deba sumergirme más a menudo en el calor de la Costa Blanca.




