¡Los españoles cenan tan tarde!
¡Hablan a gritos!
¡Son muy directos!

Antes de mudarme a España, ya había oído los rumores. Y, tras tan solo unos días viviendo en Madrid, pude confirmar que, por lo menos, estos tres eran ciertos. Pero ya ha pasado un tiempo y creo que me he acostumbrado a todo. Me he españolizado. Pero aún queda una cosa que me tiene perdido, tanto figurativa como literalmente: la falta de una señalización decente.

Ya sea un hospital, unos grandes almacenes, el Carrefour Express de mi barrio o una estación de tren, siempre hay una notable falta de señales que te indiquen por dónde ir. Los madrileños nos quejamos de la terrible señalización de la M-30, pero el problema es mucho más generalizado que unas cuantas salidas mal señalizadas. Da igual dónde te encuentres: siempre es una odisea averiguar cómo llegar adonde quieres ir o, peor aún, dónde cojones estás.

No estoy exagerando. Entra en cualquier edificio complejo o recinto grande y te encontrarás con uno de dos escenarios. Puede que no haya señalización alguna, en cuyo caso puedes pedirle indicaciones a alguien o lanzarte a la aventura y ver si encuentras lo que buscas. O puede que te encuentres con un sistema incoherente de señales improvisadas, muchas de ellas caseras, colocadas por empleados exasperados que ya están hartos de atender a gente incapaz de orientarse. Esta cacofonía visual suele resultar más confusa que no tener ninguna señal en absoluto.

Esto va en contra de un principio básico del diseño. Cuando nos encontramos con una pared empapelada con mil carteles, lo más probable es que no leamos ni uno solo, aunque alguno de ellos probablemente nos esté indicando exactamente hacia dónde tenemos que ir. Es una situación que me recuerda a una charla de Ken Garland en Leeds hace más de una década, en la que alabó la ausencia de señales en el auditorio en el que nos encontrábamos. Fue la primera vez que alguien me explicó de forma tan sencilla una de las ideas más obvias del diseño visual: cuanto más contenido incluyes, menos va a leer la gente.

Pero aquí esas leyes del diseño no parecen respetarse. A pesar de las muchas cualidades admirables de este país, siempre vuelvo a este fallo en concreto: la señalización es terrible y no paro de perderme.

Y esto suele tener una consecuencia: tengo que abrir la boca y preguntarle a alguien. Me da igual que sea un empleado, un peatón cualquiera o alguien que parezca estar igual de perdido que yo; me acercaré y le pediré indicaciones. Lo hago, en parte, por pura necesidad, pero también es un hábito que he aprendido observando. Ante una señalización pésima, la gente aquí simplemente pregunta.

Ahí está el quid de la cuestión. Quizá los españoles no se preocupan tanto por la señalización porque no dependen de ella. Les da igual que no haya una forma clara de encontrar el departamento de gastroenterología, porque simplemente se acercan a la primera persona que ven y preguntan. Si esa persona no sabe, pues a la siguiente.

Tengo que admitir que esta teoría me la dio una compañera, después de una conversación que seguramente surgió porque yo había vuelto a quejarme de la señalización española. La teoría será suya, pero, como extranjero, siento que puedo dar fe de que tiene cierto sentido. Vengo de una cultura que tiende más a evitar la interacción que a fomentarla, así que esta conclusión me parece bastante razonable.

Así que, dejando de lado las cenas tardías, los gritos y la franqueza, lo que quizá más distingue a España de mi Inglaterra natal es el valor que se da a la comunidad frente al individuo. Creo que es esta diferencia cultural la que fomenta estas pequeñas interacciones sociales: desde la cháchara en las salas de espera hasta la lucha colectiva por encontrar las putas fundas de cojín en El Corte Inglés. La señalización es deficiente porque a nadie le importa demasiado leerla. Es secundaria, un último recurso.

Siendo diseñador e introvertido, tengo que admitir que prefiero el sistema inglés. No hay nada que le guste más a un friki de la tipografía que un sistema de señalización bien diseñado, y no hay nada mejor para alguien con poca batería social que poder recorrer un espacio entero sin tener que mirar a nadie a los ojos. Pero, en el fondo, sospecho que el sistema español puede que sea mejor.

Por mucho que me gusten los carteles de las tiendas británicas, creo que una sociedad en la que la gente se habla es una sociedad un poco menos condenada a la soledad y la infelicidad. Por el bien común, tendré que aguantar los putos papelitos pegados con celo en la pared de mi centro de salud.

Toda esta teoría no deja de ser eso: una teoría. Puedo estar completamente equivocado. La relación entre las prioridades sociales y la calidad de la señalización podría ser una enorme casualidad. Una completa coincidencia.

Igual que acertar con la planta correcta en el hospital.


Siempre está ese familiar que simplemente tiene que hablarte de su último artilugio, con demostración y todo. En mi caso era mi tío abuelo, que un día apareció con un móvil nuevo y procedió a desplegarlo para revelar un teclado numérico circular, al estilo de un antiguo teléfono de disco. Era un tipo estupendo, pero la angustia adolescente que corría por mis venas hizo que mi reacción no fuera precisamente de asombro. Yo también tengo un móvil, pensé, y no tengo que desplegarlo para usarlo.

Pero aguántame un segundo, porque no es de eso de lo que quiero hablar. Entiendo perfectamente el atractivo de llevar una pantalla grande a todas partes. Pero hoy quiero hablar menos del diseño de estos dispositivos y más de lo que representan.

Los móviles han sido un símbolo de estatus desde que tengo memoria. Desde BlackBerry Messenger hasta el último modelo de iPhone, la gente no quiere sentirse excluida. El Duo representa el cambio más radical en el diseño del iPhone desde que el modelo original estableció el estándar del sector: una pantalla grande y poco más. Esto hace que sea más fácil distinguirlo, ya que no hace falta que la gente conozca el último color o la nueva disposición de las cámaras para saber que tienes el modelo más reciente. Esto hará que los frikis de la tecnología, los pijos y tu amigo que se cree influencer se lancen como nunca a por uno. No solo para presumir de dinero, algo que el precio facilita sin duda, sino también como una forma de demostrar que están al tanto de las novedades y las tendencias.

Mi frustración viene de que Apple, al intentar servir a este público, se ha convertido en él. Ahora es ese tío irritante que tiene que demostrar que también está al día. Mira, parecen decir, ¡nosotros también podemos hacer móviles plegables!

Es irónico que esta compañía, cuyo vocabulario se limita cada vez más a palabras como innovación y revolucionario, haya llegado tan tarde a esta fiesta. Los móviles plegables modernos llevan años en el mercado y la oferta de Apple no ofrece nada particularmente rompedor. El más bien descafeinado descriptor de su web, que lo presenta como «el primer iPhone plegable», parece revelar cierta conciencia de sí misma: casi una admisión de que el Duo, si no fuera por la manzanita de la parte trasera, sería simplemente otro móvil plegable más.

Por supuesto, no hay nada de malo en hacer «otro móvil plegable más». Estoy seguro de que será un buen producto. Admiraré su diseño, sus animaciones elegantes y sus materiales de calidad. No estoy tan amargado. Pero sí siento nostalgia —quizá demasiada— por la época en la que Apple aprovechaba su entrada tardía en un sector para innovar sobre lo que había venido antes. Tenía la esperanza de que su primera incursión en el mundo de los plegables viniera acompañada de alguna novedad importante. No ha sido así. Y creo que, si vas a llegar tan tarde a una fiesta, más te vale traer algo que ofrecer. Una caja de birras o algo.

Como dijo el humorista Will Rogers: «Nunca desaproveches una buena oportunidad para callarte». Es una de mis citas favoritas y una que me parece aplicable a casi cualquier situación de nuestro mundo hiperconectado. Encaja perfectamente con mi visión del mundo: que hay una gran alegría en decidir no hacer algo. Ojalá Apple hubiera aplicado esa lógica aquí. A riesgo de volver a ponerme nostálgico, un tipo llamado Steve Jobs dijo una vez que «decidir qué no hacer es tan importante como decidir qué hacer». Es un guiño a una concentración absoluta que se ha ido perdiendo con los años.

Dicho eso, sé por qué lo han hecho. Sé que los accionistas exigen lanzamientos constantes y un crecimiento cada vez más rápido. Sé que Apple tiene que ofrecer algo nuevo a los usuarios del iPhone antes de que abandonen la marca, seducidos por los novedosos plegables de la competencia. Pero también sé que la empresa cuenta con las mentes brillantes, la tecnología y el músculo financiero necesarios para crear algo realmente nuevo. El iPhone Duo no lo es.

Este asunto es, al fin y al cabo, totalmente trivial. Es simplemente otro producto que no tendrá ningún impacto en mí ni en mi vida. Pero estoy aquí para quejarme y desahogarme, y este es el tema del que todo el mundo habla ahora mismo. Lo comentamos todos porque, en el fondo, todos somos ese tío irritante de una forma u otra. O nos apuntamos a la tendencia o nos creemos superiores por no caer en ella. Últimamente, he sido de los segundos. Me estoy volviendo insoportable.

Mi respuesta, entonces, será hacer lo mismo que he hecho después de todos los últimos lanzamientos de Apple: pegaré otro trozo de cinta adhesiva al cristal roto de mi iPhone 12 y seguiré ignorando la insistente notificación de actualización del sistema operativo. Mantendré este móvil con vida, con todos sus achaques, actuales y futuros, hasta que no aguante más.

Al hacerlo, mi móvil viejo y reventado se convertirá en un gesto de virtud tan grande como un iPhone Duo nuevo. Servirá para expresar mi sentimiento de superioridad por no haber cedido a lo que yo percibo como presión social, en lugar de a una verdadera innovación tecnológica.

¿Esto me hace igual de gilipollas que cualquier otro? Probablemente.