Al entrar el tren en la estación, todas las personas del andén son decapitadas simultáneamente. Parece el inicio de un cuento de terror o quizá de una gran tragedia, pero no es nada de eso. Es el extraño fenómeno que ocurre en el metro de Madrid, donde la gente del otro andén aparece con la cara completamente tapada.

Mientras estoy en el metro, suelo mirar por la ventana. Durante la mayor parte del trayecto solo veo el abismo: una oscuridad interrumpida tan solo por el destello de un conducto de ventilación o el rugido de un tren que pasa en sentido contrario. Miro por la ventana para disociarme, para bloquear el ruido y el olor de las demás personas encerradas conmigo en este espacio claustrofóbico. Al entrar en la siguiente estación, sin embargo, lo que normalmente sería la oportunidad de ver las caras de quienes están fuera no resulta serlo. Hay una gruesa línea negra que separa la parte superior de las ventanas del tren, una zona que antes podía abrirse. Esta línea está situada a la altura perfecta para interponerse entre mis ojos y las cabezas de quienes esperan en el andén. Cuando el tren llega a la estación, lo único que veo es una masa de troncos y extremidades. No veo ninguna cara.

Este efecto siempre me ha parecido inquietante. Es irónico, ya que miro por la ventana precisamente para evitar cruzar miradas con la gente. Pero esto encaja con nuestra forma de ser: somos una panda de contradicciones andantes. Creo que también habla de la deshumanización que provocan el metro, la gran ciudad o el hecho de pasar demasiado tiempo en ambos.

Estas personas sin cara me fascinan. Desde su forma de andar hasta su ropa, pasando por cómo se distribuyen a lo largo del andén, intento averiguar todo lo que pueda sobre ellas: su edad, su subcultura, su relación con quienes las rodean. Me encanta el misterio. Pero hay un grupo, entre este desfile de gente sin cara, que me llama aún más la atención.

Son los que no se suben.

Para poneros en contexto, el metro de Madrid tiene una red relativamente sencilla: todos los trenes que pasan por un mismo andén siguen la misma dirección y paran en las mismas estaciones. Cada tren es igual que el anterior. Entonces, ¿por qué hay personas que se quedan quietas y dejan pasar el tren? A veces, el vagón puede estar lleno; otras, el tren puede tener como destino final una estación intermedia. Pero esto no suele ocurrir. Así que, dadas unas condiciones normales e ideales, ¿por qué hay gente que no se sube?

Yo también he sido uno de los que no suben. Una vez, estaba esperando a un amigo en el andén, pero, mientras esperaba, encontré un sitio donde sentarme y entretenerme con el móvil. Los que se quedan de pie, con aire de disociación, sin reaccionar cuando llega el tren, son los que me parecen interesantes. Son los que permanecen inmóviles, completamente quietos, salvo por un ligero bamboleo provocado por la corriente de aire contaminado que genera el tren al que acaban de dejar pasar.

¿Esperan la llegada de un amigo? ¿Se preparan para la llegada de un enemigo? Quizá les dé pánico la idea de llegar a su destino, o quizá no tengan destino. Puede que simplemente estén recorriendo los laberintos subterráneos para refugiarse del calor de la superficie o del estrés del mundo que hay arriba.

Es un reflejo humano observar el interior del tren cuando llega y fijarse en con quiénes vas a compartir el vagón. Lo que más interesante me parece, sin embargo, no son los que están conmigo, sino los que no se suben. Es para verlos a ellos por lo que giro la cabeza cuando se abren las puertas. Son ellos quienes me llenan la mente de preguntas vagas y narrativas inventadas mientras estiro el cuello y el tren empieza a acelerar.

Es fácil culpar a los muertos de tus problemas. Mi abuela siempre me decía que no les tuviera miedo. Son los vivos los que te la pueden jugar, me decía. Era una mujer muy sabia. Lo irónico es que ahora voy a echarle la culpa de algo.

Soy un goloso empedernido. Muchos bromeáis con que tenéis un segundo estómago para el postre, pero yo tengo un pozo sin fondo. Y de esto voy a tener que culpar a mi pobre abuela muerta. Estaba obsesionada con todo lo dulce y me contagió esa obsesión desde el primer día de mi vida. Mi madre acababa de dar a luz cuando pilló a mi abuela echándome limonada directamente en la boca. Se enfadó viva.

Así empezó el problema.

Unos años después, estábamos en una fiesta navideña en la que Papá Noel repartía cajas llenas de chocolatinas. En cuanto conseguí una, me escondí debajo de una mesa, abrí la caja y me puse a devorarlas, una tras otra. Una señora cotilla me pilló en pleno acto y se chivó a mi madre. «¡Va a acabar potando!», le dijo. «Ah», respondió mi madre entre risas. «No, no va a vomitar».

Mamá tenía razón, por supuesto. Soy inmune al azúcar. A mí no me hace nada. Soy intocable. Por eso, no debería sorprender a nadie que el mayor choque cultural que experimenté al mudarme a España no tuviera nada que ver con las típicas cosas de las que hablan los influencers de viajes. Fue el precio de las chuches.

Así que aquí estoy, en el Carrefour Express de debajo de casa, contemplando su patética selección de dulces y preguntándome si debería gastarme la mitad del sueldo en una bolsa de nubes que, a través del plástico transparente, lucen repugnantes. Una parte de mí piensa que debería volver a casa y comer azúcar a cucharadas. No sería la primera vez, pero esa es otra historia. El problema es que no consigo resistirme a esta curiosidad cultural. No puedo pasar de los caramelos y las chucherías como hacéis vosotros.

Cada vez que vuelvo a Inglaterra, me cuesta más entusiasmarme con sus supermercados. Me dan igual los mil sabores de patatas fritas que tienen, porque no me gusta el aceite en el que las fríen. Odio que toda la verdura venga en bolsas de plástico selladas. La cantidad de comida preparada me parece ofensiva. Pero, madre mía, ¡cómo echo de menos su selección de dulces! Y eso que la mejor selección de chucherías a granel desapareció de Inglaterra hace unos años.

Todos los ingleses de cierta edad hemos discutido alguna vez con el cajero de Wilko’s sobre si habíamos conseguido apretar las chucherías lo suficiente como para que cerrara bien la tapa del recipiente. Era como jugar al Tetris: cada hueco que quedaba libre era una o dos gominolas desperdiciadas. Cualquier científico que se pregunte si un sólido puede comportarse como un líquido debería haber visto a mis amigos y a mí apretar aquellas golosinas hasta conseguir meterlas en un recipiente cilíndrico del tamaño de nuestros puños.

En España no tenéis nada tan guay como aquello. Las chuches de aquí me parecen sosas y grasientas. Les falta variedad de sabores y texturas, y el diseño de los envases tampoco ayuda. Suelen venir en una triste bolsa de plástico que parece baratísima. Luego miras el precio y descubres que baratas, en concreto, no son.

Sí, me quejo de esto porque estoy obsesionado con el azúcar, pero también porque es un fenómeno que detecté primero en las chucherías y que he visto que va mucho más allá: afecta a prácticamente cualquier tipo de producto. No sé cómo llamarlo ni cómo describirlo sin que suene insultante, así que voy a decirlo tal como se me ocurrió ayer: cuando estoy en otro país, cualquier producto, de primeras, me parece peor que en mi Inglaterra natal.

Pero no creo que el problema sean los productos. España, no eres tú, soy yo. La cuestión es que todavía no llevo suficiente tiempo viviendo aquí como para que todo esto me resulte natural. Estoy rodeado de un paisaje visual que aún me resulta completamente extraño.

Esto se nota en lo mucho que me cuesta encontrar ciertas cosas. Recuerdo llegar a España y tener que comprar una regleta para cargar todos mis cachivaches. Antes de que existieran buenas herramientas de traducción, no tenía ni idea de cómo se decía «regleta» en español, y nadie entendía lo que intentaba describir. No pasa nada, pensé. Voy a una tienda y la busco. Pero entonces me di cuenta de que no tenía ni idea de adónde ir. En Inglaterra, entraría en cualquier supermercado y listo. Antes de que quebrara, incluso podía ir a Wilko’s, mi tienda de referencia para las regletas además de las chuches a granel. Pero en España andaba perdido.

Unos años después, puede que me dé la risa al recordar lo poco que sabía en aquella época. Pero, si lo pienso bien, todavía hay muchas cosas que no sabría dónde buscarlas. A día de hoy, sigo sin saber dónde encontrar un cacharro para limpiar la lengua ni una tienda con mochilas de marca rebajadas. Veo un montón de tiendas, pero, salvo por lo que llego a distinguir desde el escaparate, muchas veces no tengo ni idea de qué venden. No paro de toparme con nombres y marcas que son un misterio total para mí. Algo preocupante, teniendo en cuenta que trabajo creando marcas y que seguramente debería conocer mejor el mercado.

Mientras escribo, sin embargo, me doy cuenta de que tampoco echo de menos ninguna marca ni ningún producto en particular de los que hay en Inglaterra. Ya he despotricado bastante sobre la comida terrible que ofrecen…

Lo que echo de menos es la familiaridad, ese conocimiento profundo del mundo del comercio que solo se adquiere al crecer inmerso en él. Echo de menos pasear por la calle y saber de un vistazo qué vende cada tienda.

Vivir en el extranjero es una maravilla, pero también tiene sus complicaciones. Está el idioma, el papeleo interminable y las diferencias culturales, que pueden llegar a ser muy complejas. Son problemas bastante más serios que no saber dónde comprar unos vaqueros. Pero las dificultades más tochas sí que las tengo controladas. Puedo hacer la declaración de la renta sin ningún problema, pero todavía no sé adónde ir para encontrar una bata de calidad.

En esta búsqueda interminable, siempre me pregunto si es que no sé dónde buscar o si el producto en cuestión simplemente no se vende en España. A estas alturas, ya debería saber dónde se compran ciertas cosas, pero los años que llevo en este país me han vuelto viejo y testarudo. Ya ni me molesto en buscar: si no lo encuentro en las tiendas a las que voy todas las semanas, es que no existe.

Así que, españoles, dejad de quejaros de la crisis de la vivienda y poneos ya con los problemas de verdad. No hay palomitas dulces en Mercadona.


Tengo dos carreras frustradas: tipógrafo, alguien que diseña letras, y escritor, alguien que coloca letras en un orden satisfactorio. Lo segundo no debería sorprender a alguien que ahora se dedica a publicar artículos mediocres en Substack.

Ambas profesiones se centran en las letras, esos simbolitos que utilizamos para comunicar todo lo que se pueda dejar por escrito. La mayoría de las palabras se construyen con unas cuantas letras, aunque hay algunas que cuentan con bien pocas.

El español tiene demasiadas palabras de solo dos letras, y son una pesadilla para la gente que tiene que aprenderlas. Me acuerdo de tirarme los pelos al leer frases como «yo no se lo di». Parece una canción de Sonrisas y lágrimas, pensé. ¿Cómo cojones se supone que esa frase va a tener un significado real?

Pero también existen las palabras de una sola letra. Hay «y», «o» y «a», aunque olvidémonos del «a» por ahora. Es una palabra estable que no sufre la transformación fabulosa que hacen las otras dos, una transformación que me tiene completamente obsesionado.

Al escuchar una conversación en español, un inglés se preguntará sobre qué estarán discutiendo los hablantes y luego se preguntará cómo puede ser que fluya tan bien el idioma. Centrémonos en esta última observación. A diferencia del caos del inglés, el castellano fluye bien por estar estructurado de manera predecible. Sin ponerme técnico, tenéis un idioma que evita combinar sonidos difíciles de pronunciar juntos. Es algo que, como no nativo, agradezco muchísimo.

¿Pero qué pasa cuando una palabra consta de una sola letra? ¿Qué se hace cuando hay que decir «o» seguido de otra palabra que empieza por o? Como hispanohablante ya sabrás que muta la «o» para transformarse en «u» y la «y» pasa a ser «e». Es un pequeño detalle del idioma que a mí me hace bastante gracia. Tenéis mucho que decir y queréis decirlo siempre rápido, así que habéis desarrollado una manera de hacerlo sin que se pierdan estas pequeñas palabras.

Pero tampoco es que sea una característica exclusiva del español. El inglés cambia su «a» por «an» antes de ciertos sonidos vocálicos: «a apple» suena terrible. Es un concepto parecido, así que no debería fascinarme tanto.

Pero sí que me fascina. Hay algo en cambiar por completo la palabra que me intriga. Que se diga «Instagram y Facebook», pero «Facebook e Instagram» me parece una puta locura.

Y he aquí una confesión. Estoy tan obsesionado con este fenómeno que cambio deliberadamente las frases para poder usar palabras tan exóticas como «u» y «e» en lugar del aburrimiento que son «o» e «y». Si tengo que usar una palabra que empieza con la i, fijo que me la llevo al final de la frase para poder usar el «e» justo antes.

Lo más seguro es que se me pase usar estas palabras al hablar. Mi cerebro aún no se ha acostumbrado a esta regla del español. Pero si surge la oportunidad de añadir «u otros» a alguna frase, puedes estar seguro de que lo haré.

Algunas personas se pinchan heroína. Yo hago esto.


El otro día iba hacia el aeropuerto cuando me fijé en que el símbolo de «llegadas» es bastante incorrecto. Representa un avión cayendo en picado, de morro contra la pista. Eso no es un aterrizaje, pensé, sino un desastre aéreo inminente. Pero, pensándolo bien, preferiría morir envuelto en una enorme bola de fuego antes que llegar al aeropuerto de una pieza. Odio los aeropuertos.

En primer lugar, está el llegar hasta allí. Un aeropuerto nunca se encuentra en una ubicación conveniente: o está a unos 100 km de la ciudad o encajonado entre un nudo de autopistas congestionadas. Un taxi siempre te va a costar un riñón, pero el transporte público (si es que lo hay) también te saldrá carísimo para el servicio mediocre que ofrecerá. Elijas el medio de transporte que elijas, nunca llegarás a buena hora. O te convertirás en tu padre y llegarás seis horas antes, o algún atasco por el camino te dejará sin aliento y corriendo desesperadamente para no perder el vuelo.

Al pisar terreno aeroportuario, a la gente se le olvida, de manera colectiva y repentina, cómo comportarse como seres humanos funcionales. Al cruzar el umbral del edificio, se paran en seco, perdidos y sin saber qué hacer a continuación. Aunque la mayoría haya atravesado un aeropuerto al menos una vez en su vida, ahora te tocará abrirte paso a empujones entre masas de cuerpos paralizados por el pánico durante las distintas fases del terror que tú también estás a punto de experimentar.

Todo empieza en los tornos, donde tienes que escanear la tarjeta de embarque. La gente los acapara por completo, intentando escanear un tique de la compra, un turno de carnicería o cualquier otro documento que no sea la tarjeta de embarque. Empiezo a pensar que, en el fondo, nadie quiere que se abran los tornos, porque lo que les espera al otro lado es el zigzagueo interminable de la cola del control de seguridad.

Es aquí donde la cosa empieza a desmoronarse de verdad.

El protocolo es sencillo. Se sacan los dispositivos electrónicos grandes y los líquidos fuera, se quitan los cinturones y las botas altas. Está todo bien señalizado y las normas son de sobra conocidas por cualquiera que haya volado alguna vez. Aun así, hay una señora preguntándole a un agente de seguridad, que no da crédito, si el agua cuenta como líquido. En el carril de al lado, otro agente regaña a un señor por intentar colarse por el detector de metales con la mochila puesta. Su mujer tiene una expresión de terror absoluto; supongo que cree que van a detener a su marido. Si yo fuera presidente, detenido sería.

Una vez hayas conseguido pasar por las multitudes inútiles, llegarás a la zona para recoger y volver a guardar tus cosas, un espacio que parece que nadie sabe utilizar. Siempre te tocará aguantar al típico gilipollas que insiste en meter todas las cosas en la mochila antes de que esta llegue al final de la cinta del escáner. Coge tus cosas y quítate del puto medio para que pueda coger las mías.

Ahora que has pasado por la humillación del control de seguridad, toca volver a ser humillado, esta vez en el control de pasaportes. Nos espera otro laberinto de colas, tras el cual me pedirán la tarjeta de embarque justo en el momento en que se me quede congelada la pantalla del móvil. Al final conseguiré que vuelva a funcionar y me dejarán pasar para enfrentarme al último jefe de los horrores aeroportuarios: el duty free.

¿A alguien le gusta realmente el duty free? ¿O es nuestro odio colectivo lo que hace que nos obliguen a atravesarlo? Con una mochila enorme a la espalda, tengo que hacer eslalon entre estanterías llenas de botellas de cristal y regalos de cerámica. Una receta para el desastre que, milagrosamente, nunca ha acabado en catástrofe. Luego están los vendedores apostados en cada esquina, embadurnados en maquillaje y laca. Te esperan al acecho, preparados para abalanzarse sobre ti y ofrecerte una muestra del último perfume caro. Los demás pasajeros tampoco ayudan, deteniéndose de repente para contemplar un Toblerone gigantesco o un paquete de diez mil pitillos. Esta gincana por uno de los lugares más sobreestimulantes del planeta continúa hasta que sales por el otro lado, más aturdido que nunca.

Y eso no es lo ideal, porque estás a punto de entrar en la pesadilla que es la sala de salidas.

La sala de salidas es lo más parecido al purgatorio que tenemos aquí en la Tierra: un lugar donde no hay nada que hacer salvo esperar. No puedes subirte al avión y acomodarte tranquilamente, pero tampoco puedes relajarte. En parte, porque sigues completamente abrumado por la picadora de carne por la que acabas de pasar, pero también porque tienes que estar en alerta constante. Nunca sabes cuándo pueden modificarte el vuelo, cambiarte de puerta o soltarte cualquier otra estupidez de última hora. Y tampoco puedes comprobarlo cómodamente desde el sitio que tú quieras, porque las pantallas informativas siempre miran hacia el lado contrario.

Tampoco es que haya dónde sentarse. Si alguna vez te has preguntado cuáles son las reglas no escritas de la etiqueta urinaria, basta con observar cómo se distribuye la gente por los asientos del aeropuerto: siempre dejan exactamente una silla libre entre cada persona. Esos asientos suelen estar ocupados por la mochila o la chaqueta de quien se sienta al lado, colocadas ahí para disuadir a cualquiera que se plantee sentarse. Puedes sentarte, parecen decirte, pero tendrás que pedírselo a mi dueño y ya estás demasiado agotado como para hacerlo.

Frente a esto, quizá decidas hacer algo útil con tu tiempo. Si te acordaste de vaciar tu botella de agua antes de que te la confiscara un segurata con cara de amargado, ahora es el momento de rellenarla. Con un poco de suerte, el aeropuerto tendrá fuentes de agua que funcionen, pero estarán rodeadas de alfombras empapadas y llenas de moho. Además, estarán siempre justo al lado de los baños, para que puedas disfrutar del tufo a cigarrillos clandestinos y a heces frescas que emana de los cubículos. Por lo menos, eso te ayudará a quitarte el hambre y te librará del sablazo de los restaurantes del aeropuerto.

Hagas lo que hagas, acabarás vagando por el edificio, esperando dar con algún rincón escondido donde nadie te cobre por el simple hecho de existir. Pero solo encontrarás espacios vacíos, objetos abandonados y rincones liminales cubiertos de polvo. Te darás cuenta de lo polvorientos que están cuando dejes caer tu cuerpo exhausto al suelo, resignado a pasar la próxima hora de tu vida en aquel sitio mugriento.

Cuando por fin llegue la hora, tendrás que caminar hasta la puerta de embarque, que sin duda estará en el extremo opuesto de la terminal. El empleado de la aerolínea insistirá en revisarte el equipaje y luego intentará cobrarte un recargo por exceso de equipaje. O bien pasará de revisártelo por completo, lo que te molestará igualmente, porque te arrepentirás de no haberte atrevido a meter ese último par de zapatillas.

El puente de embarque estará demasiado caliente o demasiado frío, algo que no sería un problema si no te tuvieran esperando allí durante una eternidad. Pero no pasa nada, porque puedes entretenerte con el sinfín de anuncios o jugando a esquivar a los trabajadores aeroportuarios que van de un lado a otro cargando con bultos enormes. Puede que decidas sentarte en el suelo una vez más, pero, si lo haces, será justo en el momento en que la cola empiece a avanzar de nuevo.

Con eso, sin embargo, tu estancia en este lugar insufrible estará llegando a su fin. Pasarás junto a los caraduras que disfrutan de espacio extra para las piernas o rozarás los hombros de la pandilla de engreídos que desfila hacia clase business. Encontrarás tu asiento, sonreirás con incomodidad a la persona que tienes al lado y te prepararás para otra clase de sufrimiento: el vuelo en sí.

Pero, por lo menos, ya no estás en el puto aeropuerto.


Cuando sale un móvil nuevo, todos babeamos con su diseño. Anhelamos sus materiales innovadores y nos matamos por hacernos con el nuevo color. Una vez tenemos entre manos el flamante artilugio, nos quedamos admirando su belleza durante treinta segundos, un minuto si eso. Acto seguido, lo metemos sin contemplaciones en una funda de plástico cutre. Y rara vez volverá a verse liberado de la prisión que es la funda del móvil.

De normal, me encanta una buena contradicción, pero esta en concreto me molesta. Quizá sea porque implica un consumismo irreflexivo, quizá porque soy diseñador o quizá porque está haciendo demasiado calor para ser octubre y estoy de mal humor. Pero comprar un móvil porque te gusta su diseño y luego envolver ese mismo diseño en una monstruosidad de plástico tiene poco sentido, da igual que sea una funda “premium” (fea igual) o “invisible” (destinada a amarillear).

Por mucho que crea en la infinita estupidez de la gente y me encantaría culparla de este comportamiento paradójico, voy a quejarme de los dos culpables.

En primer lugar, tenemos a los que venden las fundas. Las tiendas de La Casa de las Carcasas son igual de cutres y coloridas que el producto que venden, pero de alguna manera me recuerdan a pequeñas cucarachas negras. No solo se encuentran en cada calle de la ciudad, sino que además me puedo imaginar que sobrevivirían al apocalipsis. Una vez se haya asentado el polvo después de que Putin nos haya lanzado una bomba nuclear, seguirá quedando un adolescente con camiseta verde para enseñarte los nuevos diseños florales de las fundas.

Luego están las empresas tecnológicas que van sacando un nuevo modelo de móvil cada año. Más rápido, más ligero, más autonomía. Un nuevo diseño que es más duradero y resistente que nunca. La manera en que dan la vara con la invencibilidad de estos móviles te haría pensar que las fundas ya deberían haberse quedado obsoletas. Pero ninguno nos creemos estas afirmaciones, ¿no? Podría preguntar qué cojones hacemos comprando productos de empresas en las que no confiamos, pero ese es otro asunto y este calor otoñal atípico me limita la cabeza a un solo pensamiento simple a la vez.

También he de confesar mis prejuicios. Los que me conocen saben lo insistente que soy con la maleficencia de los móviles. Creo que son malvados. Y, como los veo malvados, no creo que se merezcan que los protejamos.

Así que venga, vivamos un poco. Tira esa funda rancia a la basura. Es fea y la odio.


¡Los españoles cenan tan tarde!
¡Hablan a gritos!
¡Son muy directos!

Antes de mudarme a España, ya había oído los rumores. Y, tras tan solo unos días viviendo en Madrid, pude confirmar que, por lo menos, estos tres eran ciertos. Pero ya ha pasado un tiempo y creo que me he acostumbrado a todo. Me he españolizado. Pero aún queda una cosa que me tiene perdido, tanto figurativa como literalmente: la falta de una señalización decente.

Ya sea un hospital, unos grandes almacenes, el Carrefour Express de mi barrio o una estación de tren, siempre hay una notable falta de señales que te indiquen por dónde ir. Los madrileños nos quejamos de la terrible señalización de la M-30, pero el problema es mucho más generalizado que unas cuantas salidas mal señalizadas. Da igual dónde te encuentres: siempre es una odisea averiguar cómo llegar adonde quieres ir o, peor aún, dónde cojones estás.

No estoy exagerando. Entra en cualquier edificio complejo o recinto grande y te encontrarás con uno de dos escenarios. Puede que no haya señalización alguna, en cuyo caso puedes pedirle indicaciones a alguien o lanzarte a la aventura y ver si encuentras lo que buscas. O puede que te encuentres con un sistema incoherente de señales improvisadas, muchas de ellas caseras, colocadas por empleados exasperados que ya están hartos de atender a gente incapaz de orientarse. Esta cacofonía visual suele resultar más confusa que no tener ninguna señal en absoluto.

Esto va en contra de un principio básico del diseño. Cuando nos encontramos con una pared empapelada con mil carteles, lo más probable es que no leamos ni uno solo, aunque alguno de ellos probablemente nos esté indicando exactamente hacia dónde tenemos que ir. Es una situación que me recuerda a una charla de Ken Garland en Leeds hace más de una década, en la que alabó la ausencia de señales en el auditorio en el que nos encontrábamos. Fue la primera vez que alguien me explicó de forma tan sencilla una de las ideas más obvias del diseño visual: cuanto más contenido incluyes, menos va a leer la gente.

Pero aquí esas leyes del diseño no parecen respetarse. A pesar de las muchas cualidades admirables de este país, siempre vuelvo a este fallo en concreto: la señalización es terrible y no paro de perderme.

Y esto suele tener una consecuencia: tengo que abrir la boca y preguntarle a alguien. Me da igual que sea un empleado, un peatón cualquiera o alguien que parezca estar igual de perdido que yo; me acercaré y le pediré indicaciones. Lo hago, en parte, por pura necesidad, pero también es un hábito que he aprendido observando. Ante una señalización pésima, la gente aquí simplemente pregunta.

Ahí está el quid de la cuestión. Quizá los españoles no se preocupan tanto por la señalización porque no dependen de ella. Les da igual que no haya una forma clara de encontrar el departamento de gastroenterología, porque simplemente se acercan a la primera persona que ven y preguntan. Si esa persona no sabe, pues a la siguiente.

Tengo que admitir que esta teoría me la dio una compañera, después de una conversación que seguramente surgió porque yo había vuelto a quejarme de la señalización española. La teoría será suya, pero, como extranjero, siento que puedo dar fe de que tiene cierto sentido. Vengo de una cultura que tiende más a evitar la interacción que a fomentarla, así que esta conclusión me parece bastante razonable.

Así que, dejando de lado las cenas tardías, los gritos y la franqueza, lo que quizá más distingue a España de mi Inglaterra natal es el valor que se da a la comunidad frente al individuo. Creo que es esta diferencia cultural la que fomenta estas pequeñas interacciones sociales: desde la cháchara en las salas de espera hasta la lucha colectiva por encontrar las putas fundas de cojín en El Corte Inglés. La señalización es deficiente porque a nadie le importa demasiado leerla. Es secundaria, un último recurso.

Siendo diseñador e introvertido, tengo que admitir que prefiero el sistema inglés. No hay nada que le guste más a un friki de la tipografía que un sistema de señalización bien diseñado, y no hay nada mejor para alguien con poca batería social que poder recorrer un espacio entero sin tener que mirar a nadie a los ojos. Pero, en el fondo, sospecho que el sistema español puede que sea mejor.

Por mucho que me gusten los carteles de las tiendas británicas, creo que una sociedad en la que la gente se habla es una sociedad un poco menos condenada a la soledad y la infelicidad. Por el bien común, tendré que aguantar los putos papelitos pegados con celo en la pared de mi centro de salud.

Toda esta teoría no deja de ser eso: una teoría. Puedo estar completamente equivocado. La relación entre las prioridades sociales y la calidad de la señalización podría ser una enorme casualidad. Una completa coincidencia.

Igual que acertar con la planta correcta en el hospital.


Siempre está ese familiar que simplemente tiene que hablarte de su último artilugio, con demostración y todo. En mi caso era mi tío abuelo, que un día apareció con un móvil nuevo y procedió a desplegarlo para revelar un teclado numérico circular, al estilo de un antiguo teléfono de disco. Era un tipo estupendo, pero la angustia adolescente que corría por mis venas hizo que mi reacción no fuera precisamente de asombro. Yo también tengo un móvil, pensé, y no tengo que desplegarlo para usarlo.

Pero aguántame un segundo, porque no es de eso de lo que quiero hablar. Entiendo perfectamente el atractivo de llevar una pantalla grande a todas partes. Pero hoy quiero hablar menos del diseño de estos dispositivos y más de lo que representan.

Los móviles han sido un símbolo de estatus desde que tengo memoria. Desde BlackBerry Messenger hasta el último modelo de iPhone, la gente no quiere sentirse excluida. El Duo representa el cambio más radical en el diseño del iPhone desde que el modelo original estableció el estándar del sector: una pantalla grande y poco más. Esto hace que sea más fácil distinguirlo, ya que no hace falta que la gente conozca el último color o la nueva disposición de las cámaras para saber que tienes el modelo más reciente. Esto hará que los frikis de la tecnología, los pijos y tu amigo que se cree influencer se lancen como nunca a por uno. No solo para presumir de dinero, algo que el precio facilita sin duda, sino también como una forma de demostrar que están al tanto de las novedades y las tendencias.

Mi frustración viene de que Apple, al intentar servir a este público, se ha convertido en él. Ahora es ese tío irritante que tiene que demostrar que también está al día. Mira, parecen decir, ¡nosotros también podemos hacer móviles plegables!

Es irónico que esta compañía, cuyo vocabulario se limita cada vez más a palabras como innovación y revolucionario, haya llegado tan tarde a esta fiesta. Los móviles plegables modernos llevan años en el mercado y la oferta de Apple no ofrece nada particularmente rompedor. El más bien descafeinado descriptor de su web, que lo presenta como «el primer iPhone plegable», parece revelar cierta conciencia de sí misma: casi una admisión de que el Duo, si no fuera por la manzanita de la parte trasera, sería simplemente otro móvil plegable más.

Por supuesto, no hay nada de malo en hacer «otro móvil plegable más». Estoy seguro de que será un buen producto. Admiraré su diseño, sus animaciones elegantes y sus materiales de calidad. No estoy tan amargado. Pero sí siento nostalgia —quizá demasiada— por la época en la que Apple aprovechaba su entrada tardía en un sector para innovar sobre lo que había venido antes. Tenía la esperanza de que su primera incursión en el mundo de los plegables viniera acompañada de alguna novedad importante. No ha sido así. Y creo que, si vas a llegar tan tarde a una fiesta, más te vale traer algo que ofrecer. Una caja de birras o algo.

Como dijo el humorista Will Rogers: «Nunca desaproveches una buena oportunidad para callarte». Es una de mis citas favoritas y una que me parece aplicable a casi cualquier situación de nuestro mundo hiperconectado. Encaja perfectamente con mi visión del mundo: que hay una gran alegría en decidir no hacer algo. Ojalá Apple hubiera aplicado esa lógica aquí. A riesgo de volver a ponerme nostálgico, un tipo llamado Steve Jobs dijo una vez que «decidir qué no hacer es tan importante como decidir qué hacer». Es un guiño a una concentración absoluta que se ha ido perdiendo con los años.

Dicho eso, sé por qué lo han hecho. Sé que los accionistas exigen lanzamientos constantes y un crecimiento cada vez más rápido. Sé que Apple tiene que ofrecer algo nuevo a los usuarios del iPhone antes de que abandonen la marca, seducidos por los novedosos plegables de la competencia. Pero también sé que la empresa cuenta con las mentes brillantes, la tecnología y el músculo financiero necesarios para crear algo realmente nuevo. El iPhone Duo no lo es.

Este asunto es, al fin y al cabo, totalmente trivial. Es simplemente otro producto que no tendrá ningún impacto en mí ni en mi vida. Pero estoy aquí para quejarme y desahogarme, y este es el tema del que todo el mundo habla ahora mismo. Lo comentamos todos porque, en el fondo, todos somos ese tío irritante de una forma u otra. O nos apuntamos a la tendencia o nos creemos superiores por no caer en ella. Últimamente, he sido de los segundos. Me estoy volviendo insoportable.

Mi respuesta, entonces, será hacer lo mismo que he hecho después de todos los últimos lanzamientos de Apple: pegaré otro trozo de cinta adhesiva al cristal roto de mi iPhone 12 y seguiré ignorando la insistente notificación de actualización del sistema operativo. Mantendré este móvil con vida, con todos sus achaques, actuales y futuros, hasta que no aguante más.

Al hacerlo, mi móvil viejo y reventado se convertirá en un gesto de virtud tan grande como un iPhone Duo nuevo. Servirá para expresar mi sentimiento de superioridad por no haber cedido a lo que yo percibo como presión social, en lugar de a una verdadera innovación tecnológica.

¿Esto me hace igual de gilipollas que cualquier otro? Probablemente.