Es fácil culpar a los muertos de tus problemas. Mi abuela siempre me decía que no les tuviera miedo. Son los vivos los que te la pueden jugar, me decía. Era una mujer muy sabia. Lo irónico es que ahora voy a echarle la culpa de algo.
Soy un goloso empedernido. Muchos bromeáis con que tenéis un segundo estómago para el postre, pero yo tengo un pozo sin fondo. Y de esto voy a tener que culpar a mi pobre abuela muerta. Estaba obsesionada con todo lo dulce y me contagió esa obsesión desde el primer día de mi vida. Mi madre acababa de dar a luz cuando pilló a mi abuela echándome limonada directamente en la boca. Se enfadó viva.
Así empezó el problema.
Unos años después, estábamos en una fiesta navideña en la que Papá Noel repartía cajas llenas de chocolatinas. En cuanto conseguí una, me escondí debajo de una mesa, abrí la caja y me puse a devorarlas, una tras otra. Una señora cotilla me pilló en pleno acto y se chivó a mi madre. «¡Va a acabar potando!», le dijo. «Ah», respondió mi madre entre risas. «No, no va a vomitar».
Mamá tenía razón, por supuesto. Soy inmune al azúcar. A mí no me hace nada. Soy intocable. Por eso, no debería sorprender a nadie que el mayor choque cultural que experimenté al mudarme a España no tuviera nada que ver con las típicas cosas de las que hablan los influencers de viajes. Fue el precio de las chuches.
Así que aquí estoy, en el Carrefour Express de debajo de casa, contemplando su patética selección de dulces y preguntándome si debería gastarme la mitad del sueldo en una bolsa de nubes que, a través del plástico transparente, lucen repugnantes. Una parte de mí piensa que debería volver a casa y comer azúcar a cucharadas. No sería la primera vez, pero esa es otra historia. El problema es que no consigo resistirme a esta curiosidad cultural. No puedo pasar de los caramelos y las chucherías como hacéis vosotros.
Cada vez que vuelvo a Inglaterra, me cuesta más entusiasmarme con sus supermercados. Me dan igual los mil sabores de patatas fritas que tienen, porque no me gusta el aceite en el que las fríen. Odio que toda la verdura venga en bolsas de plástico selladas. La cantidad de comida preparada me parece ofensiva. Pero, madre mía, ¡cómo echo de menos su selección de dulces! Y eso que la mejor selección de chucherías a granel desapareció de Inglaterra hace unos años.
Todos los ingleses de cierta edad hemos discutido alguna vez con el cajero de Wilko’s sobre si habíamos conseguido apretar las chucherías lo suficiente como para que cerrara bien la tapa del recipiente. Era como jugar al Tetris: cada hueco que quedaba libre era una o dos gominolas desperdiciadas. Cualquier científico que se pregunte si un sólido puede comportarse como un líquido debería haber visto a mis amigos y a mí apretar aquellas golosinas hasta conseguir meterlas en un recipiente cilíndrico del tamaño de nuestros puños.
En España no tenéis nada tan guay como aquello. Las chuches de aquí me parecen sosas y grasientas. Les falta variedad de sabores y texturas, y el diseño de los envases tampoco ayuda. Suelen venir en una triste bolsa de plástico que parece baratísima. Luego miras el precio y descubres que baratas, en concreto, no son.
Sí, me quejo de esto porque estoy obsesionado con el azúcar, pero también porque es un fenómeno que detecté primero en las chucherías y que he visto que va mucho más allá: afecta a prácticamente cualquier tipo de producto. No sé cómo llamarlo ni cómo describirlo sin que suene insultante, así que voy a decirlo tal como se me ocurrió ayer: cuando estoy en otro país, cualquier producto, de primeras, me parece peor que en mi Inglaterra natal.
Pero no creo que el problema sean los productos. España, no eres tú, soy yo. La cuestión es que todavía no llevo suficiente tiempo viviendo aquí como para que todo esto me resulte natural. Estoy rodeado de un paisaje visual que aún me resulta completamente extraño.
Esto se nota en lo mucho que me cuesta encontrar ciertas cosas. Recuerdo llegar a España y tener que comprar una regleta para cargar todos mis cachivaches. Antes de que existieran buenas herramientas de traducción, no tenía ni idea de cómo se decía «regleta» en español, y nadie entendía lo que intentaba describir. No pasa nada, pensé. Voy a una tienda y la busco. Pero entonces me di cuenta de que no tenía ni idea de adónde ir. En Inglaterra, entraría en cualquier supermercado y listo. Antes de que quebrara, incluso podía ir a Wilko’s, mi tienda de referencia para las regletas además de las chuches a granel. Pero en España andaba perdido.
Unos años después, puede que me dé la risa al recordar lo poco que sabía en aquella época. Pero, si lo pienso bien, todavía hay muchas cosas que no sabría dónde buscarlas. A día de hoy, sigo sin saber dónde encontrar un cacharro para limpiar la lengua ni una tienda con mochilas de marca rebajadas. Veo un montón de tiendas, pero, salvo por lo que llego a distinguir desde el escaparate, muchas veces no tengo ni idea de qué venden. No paro de toparme con nombres y marcas que son un misterio total para mí. Algo preocupante, teniendo en cuenta que trabajo creando marcas y que seguramente debería conocer mejor el mercado.
Mientras escribo, sin embargo, me doy cuenta de que tampoco echo de menos ninguna marca ni ningún producto en particular de los que hay en Inglaterra. Ya he despotricado bastante sobre la comida terrible que ofrecen…
Lo que echo de menos es la familiaridad, ese conocimiento profundo del mundo del comercio que solo se adquiere al crecer inmerso en él. Echo de menos pasear por la calle y saber de un vistazo qué vende cada tienda.
Vivir en el extranjero es una maravilla, pero también tiene sus complicaciones. Está el idioma, el papeleo interminable y las diferencias culturales, que pueden llegar a ser muy complejas. Son problemas bastante más serios que no saber dónde comprar unos vaqueros. Pero las dificultades más tochas sí que las tengo controladas. Puedo hacer la declaración de la renta sin ningún problema, pero todavía no sé adónde ir para encontrar una bata de calidad.
En esta búsqueda interminable, siempre me pregunto si es que no sé dónde buscar o si el producto en cuestión simplemente no se vende en España. A estas alturas, ya debería saber dónde se compran ciertas cosas, pero los años que llevo en este país me han vuelto viejo y testarudo. Ya ni me molesto en buscar: si no lo encuentro en las tiendas a las que voy todas las semanas, es que no existe.
Así que, españoles, dejad de quejaros de la crisis de la vivienda y poneos ya con los problemas de verdad. No hay palomitas dulces en Mercadona.