El otro día iba hacia el aeropuerto cuando me fijé en que el símbolo de «llegadas» es bastante incorrecto. Representa un avión cayendo en picado, de morro contra la pista. Eso no es un aterrizaje, pensé, sino un desastre aéreo inminente. Pero, pensándolo bien, preferiría morir envuelto en una enorme bola de fuego antes que llegar al aeropuerto de una pieza. Odio los aeropuertos.

En primer lugar, está el llegar hasta allí. Un aeropuerto nunca se encuentra en una ubicación conveniente: o está a unos 100 km de la ciudad o encajonado entre un nudo de autopistas congestionadas. Un taxi siempre te va a costar un riñón, pero el transporte público (si es que lo hay) también te saldrá carísimo para el servicio mediocre que ofrecerá. Elijas el medio de transporte que elijas, nunca llegarás a buena hora. O te convertirás en tu padre y llegarás seis horas antes, o algún atasco por el camino te dejará sin aliento y corriendo desesperadamente para no perder el vuelo.

Al pisar terreno aeroportuario, a la gente se le olvida, de manera colectiva y repentina, cómo comportarse como seres humanos funcionales. Al cruzar el umbral del edificio, se paran en seco, perdidos y sin saber qué hacer a continuación. Aunque la mayoría haya atravesado un aeropuerto al menos una vez en su vida, ahora te tocará abrirte paso a empujones entre masas de cuerpos paralizados por el pánico durante las distintas fases del terror que tú también estás a punto de experimentar.

Todo empieza en los tornos, donde tienes que escanear la tarjeta de embarque. La gente los acapara por completo, intentando escanear un tique de la compra, un turno de carnicería o cualquier otro documento que no sea la tarjeta de embarque. Empiezo a pensar que, en el fondo, nadie quiere que se abran los tornos, porque lo que les espera al otro lado es el zigzagueo interminable de la cola del control de seguridad.

Es aquí donde la cosa empieza a desmoronarse de verdad.

El protocolo es sencillo. Se sacan los dispositivos electrónicos grandes y los líquidos fuera, se quitan los cinturones y las botas altas. Está todo bien señalizado y las normas son de sobra conocidas por cualquiera que haya volado alguna vez. Aun así, hay una señora preguntándole a un agente de seguridad, que no da crédito, si el agua cuenta como líquido. En el carril de al lado, otro agente regaña a un señor por intentar colarse por el detector de metales con la mochila puesta. Su mujer tiene una expresión de terror absoluto; supongo que cree que van a detener a su marido. Si yo fuera presidente, detenido sería.

Una vez hayas conseguido pasar por las multitudes inútiles, llegarás a la zona para recoger y volver a guardar tus cosas, un espacio que parece que nadie sabe utilizar. Siempre te tocará aguantar al típico gilipollas que insiste en meter todas las cosas en la mochila antes de que esta llegue al final de la cinta del escáner. Coge tus cosas y quítate del puto medio para que pueda coger las mías.

Ahora que has pasado por la humillación del control de seguridad, toca volver a ser humillado, esta vez en el control de pasaportes. Nos espera otro laberinto de colas, tras el cual me pedirán la tarjeta de embarque justo en el momento en que se me quede congelada la pantalla del móvil. Al final conseguiré que vuelva a funcionar y me dejarán pasar para enfrentarme al último jefe de los horrores aeroportuarios: el duty free.

¿A alguien le gusta realmente el duty free? ¿O es nuestro odio colectivo lo que hace que nos obliguen a atravesarlo? Con una mochila enorme a la espalda, tengo que hacer eslalon entre estanterías llenas de botellas de cristal y regalos de cerámica. Una receta para el desastre que, milagrosamente, nunca ha acabado en catástrofe. Luego están los vendedores apostados en cada esquina, embadurnados en maquillaje y laca. Te esperan al acecho, preparados para abalanzarse sobre ti y ofrecerte una muestra del último perfume caro. Los demás pasajeros tampoco ayudan, deteniéndose de repente para contemplar un Toblerone gigantesco o un paquete de diez mil pitillos. Esta gincana por uno de los lugares más sobreestimulantes del planeta continúa hasta que sales por el otro lado, más aturdido que nunca.

Y eso no es lo ideal, porque estás a punto de entrar en la pesadilla que es la sala de salidas.

La sala de salidas es lo más parecido al purgatorio que tenemos aquí en la Tierra: un lugar donde no hay nada que hacer salvo esperar. No puedes subirte al avión y acomodarte tranquilamente, pero tampoco puedes relajarte. En parte, porque sigues completamente abrumado por la picadora de carne por la que acabas de pasar, pero también porque tienes que estar en alerta constante. Nunca sabes cuándo pueden modificarte el vuelo, cambiarte de puerta o soltarte cualquier otra estupidez de última hora. Y tampoco puedes comprobarlo cómodamente desde el sitio que tú quieras, porque las pantallas informativas siempre miran hacia el lado contrario.

Tampoco es que haya dónde sentarse. Si alguna vez te has preguntado cuáles son las reglas no escritas de la etiqueta urinaria, basta con observar cómo se distribuye la gente por los asientos del aeropuerto: siempre dejan exactamente una silla libre entre cada persona. Esos asientos suelen estar ocupados por la mochila o la chaqueta de quien se sienta al lado, colocadas ahí para disuadir a cualquiera que se plantee sentarse. Puedes sentarte, parecen decirte, pero tendrás que pedírselo a mi dueño y ya estás demasiado agotado como para hacerlo.

Frente a esto, quizá decidas hacer algo útil con tu tiempo. Si te acordaste de vaciar tu botella de agua antes de que te la confiscara un segurata con cara de amargado, ahora es el momento de rellenarla. Con un poco de suerte, el aeropuerto tendrá fuentes de agua que funcionen, pero estarán rodeadas de alfombras empapadas y llenas de moho. Además, estarán siempre justo al lado de los baños, para que puedas disfrutar del tufo a cigarrillos clandestinos y a heces frescas que emana de los cubículos. Por lo menos, eso te ayudará a quitarte el hambre y te librará del sablazo de los restaurantes del aeropuerto.

Hagas lo que hagas, acabarás vagando por el edificio, esperando dar con algún rincón escondido donde nadie te cobre por el simple hecho de existir. Pero solo encontrarás espacios vacíos, objetos abandonados y rincones liminales cubiertos de polvo. Te darás cuenta de lo polvorientos que están cuando dejes caer tu cuerpo exhausto al suelo, resignado a pasar la próxima hora de tu vida en aquel sitio mugriento.

Cuando por fin llegue la hora, tendrás que caminar hasta la puerta de embarque, que sin duda estará en el extremo opuesto de la terminal. El empleado de la aerolínea insistirá en revisarte el equipaje y luego intentará cobrarte un recargo por exceso de equipaje. O bien pasará de revisártelo por completo, lo que te molestará igualmente, porque te arrepentirás de no haberte atrevido a meter ese último par de zapatillas.

El puente de embarque estará demasiado caliente o demasiado frío, algo que no sería un problema si no te tuvieran esperando allí durante una eternidad. Pero no pasa nada, porque puedes entretenerte con el sinfín de anuncios o jugando a esquivar a los trabajadores aeroportuarios que van de un lado a otro cargando con bultos enormes. Puede que decidas sentarte en el suelo una vez más, pero, si lo haces, será justo en el momento en que la cola empiece a avanzar de nuevo.

Con eso, sin embargo, tu estancia en este lugar insufrible estará llegando a su fin. Pasarás junto a los caraduras que disfrutan de espacio extra para las piernas o rozarás los hombros de la pandilla de engreídos que desfila hacia clase business. Encontrarás tu asiento, sonreirás con incomodidad a la persona que tienes al lado y te prepararás para otra clase de sufrimiento: el vuelo en sí.

Pero, por lo menos, ya no estás en el puto aeropuerto.