Cuando sale un móvil nuevo, todos babeamos con su diseño. Anhelamos sus materiales innovadores y nos matamos por hacernos con el nuevo color. Una vez tenemos entre manos el flamante artilugio, nos quedamos admirando su belleza durante treinta segundos, un minuto si eso. Acto seguido, lo metemos sin contemplaciones en una funda de plástico cutre. Y rara vez volverá a verse liberado de la prisión que es la funda del móvil.
De normal, me encanta una buena contradicción, pero esta en concreto me molesta. Quizá sea porque implica un consumismo irreflexivo, quizá porque soy diseñador o quizá porque está haciendo demasiado calor para ser octubre y estoy de mal humor. Pero comprar un móvil porque te gusta su diseño y luego envolver ese mismo diseño en una monstruosidad de plástico tiene poco sentido, da igual que sea una funda “premium” (fea igual) o “invisible” (destinada a amarillear).
Por mucho que crea en la infinita estupidez de la gente y me encantaría culparla de este comportamiento paradójico, voy a quejarme de los dos culpables.
En primer lugar, tenemos a los que venden las fundas. Las tiendas de La Casa de las Carcasas son igual de cutres y coloridas que el producto que venden, pero de alguna manera me recuerdan a pequeñas cucarachas negras. No solo se encuentran en cada calle de la ciudad, sino que además me puedo imaginar que sobrevivirían al apocalipsis. Una vez se haya asentado el polvo después de que Putin nos haya lanzado una bomba nuclear, seguirá quedando un adolescente con camiseta verde para enseñarte los nuevos diseños florales de las fundas.
Luego están las empresas tecnológicas que van sacando un nuevo modelo de móvil cada año. Más rápido, más ligero, más autonomía. Un nuevo diseño que es más duradero y resistente que nunca. La manera en que dan la vara con la invencibilidad de estos móviles te haría pensar que las fundas ya deberían haberse quedado obsoletas. Pero ninguno nos creemos estas afirmaciones, ¿no? Podría preguntar qué cojones hacemos comprando productos de empresas en las que no confiamos, pero ese es otro asunto y este calor otoñal atípico me limita la cabeza a un solo pensamiento simple a la vez.
También he de confesar mis prejuicios. Los que me conocen saben lo insistente que soy con la maleficencia de los móviles. Creo que son malvados. Y, como los veo malvados, no creo que se merezcan que los protejamos.
Así que venga, vivamos un poco. Tira esa funda rancia a la basura. Es fea y la odio.