Montañas verdes

16.08.24 — Vermont

Montañas verdes

16.08.24 — Vermont

Este es el tercer año que veraneo en Vermont, un lugar al que suelo volver. No hay nada como descansar en plena naturaleza mientras visito a gente que quiero. Y, siendo Estados Unidos, ¡ni siquiera hace falta que aprenda ningún idioma nuevo para viajar!

Como dicen allí, el viaje de este año fue un doozy (algo extraordinario). Reunido con Megan y su familia, visité piscinas naturales, hice senderismo, participé en parrilladas, monté en kayak en el lago Champlain y tomé café de mierda en mi diner de confianza en Burlington.

La mayoría de las noches las pasamos en casa de Maureen, pero en alguna que otra ocasión sí que nos aventuramos a salir después del atardecer. Una noche la pasamos siendo devorados por mosquitos en un autocine, un plan que me gustó mucho a pesar de los bichos infernales. Otra noche la pasamos en un campamento, un lugar al que llegamos con chuches, salchichas y una botella de agua… pero sin tienda de campaña. Habíamos visto la previsión de tormentas eléctricas y decidimos que, dadas las técnicas de supervivencia de las que disponemos Megan y yo, lo más probable es que muriéramos si intentábamos pasar la noche. Al final fue una buena decisión: los cielos se abrieron tras un par de copas de vino. Pocos momentos después, ya estábamos huyendo hacia la cálida seguridad de casa, mientras la lluvia apagaba la hoguera que tanto nos había costado montar.

Son momentos tontos como estos los que hacen que Vermont sea mi destino de confianza. Es verdad que la gente hace el lugar, pero también es cierto que es el refugio ideal para escapar del día a día. Te abrazan las montañas verdes que dan nombre al estado.

Todo lo bueno debe llegar a su fin, sin embargo, y este viaje terminó con una despedida desde el tren que tomé hacia el sur. De eso os contaré más en la siguiente entrada.