Al caerme de la bici, mi rodilla no fue lo único en romperse. Mientras estaba tumbado en la ambulancia escuchando las sirenas, empecé a preocuparme menos por el dolor en mi pierna y más por la cuestión de si había perdido algo durante la caída. Vi que me faltaba una zapatilla, pero la enfermera me aseguró que estaba conmigo en la cama. Luego me repasé los bolsillos en busca de la cartera, las llaves y el móvil.
El móvil parecía sobrevivido a pesar de mi rechazo de usar una funda protectora. Los cristales delanteros y traseros estaban intactos. Pensé que no había daños, hasta fijarme que faltaba la mitad de uno de los objetivos de la cámara. Mierda.
Más tarde, mientras esperaba los resultados de una radiografía, empecé a quitar nerviosamente las últimas pequeñas esquirlas de cristal hasta que se viese todo el módulo de la cámara. Revisé cuál de las tres cámaras de mi móvil se había reventado y descubrí que fue la 0,5x.
Mi primer pensamiento fue comprarme un nuevo móvil. La verdad es que llevaba tiempo buscando un pretexto para retirar mi iPhone 12 y esta ruptura perecía ser la excusa perfecta. Durante los siguientes días, me entretuve buscando opciones, desde iPhones renovados a móviles Android.
Pero luego empecé a sacar fotos con la cámara rota. Descubrí que las fotos salían borrosas, pasadas de contraste y con perspectivas raras. Mientras pasaba dolor cojeando con las muletas, las fotos que sacaba mareaban y desorientaban: justo como me hacía todo en ese momento. Todo me parecía muy apropiado, entonces me negué a cambiar de móvil.
Aquí van algunas fotos de esa época.





