Segovia a Murcia

05.12.25 — Murcia

Segovia a Murcia

05.12.25 — Murcia

¿Te acuerdas de la pandemia? Yo tampoco. Siempre me ha fascinado la capacidad del cerebro humano para olvidar lo malo y recordar lo bueno. Me fijé en este fenómeno después de nuestras vacaciones familiares en Orlando, que fueron maravillosas pero también suponían muchas horas de hacer cola en la humedad tórrida de Florida. No obstante, una vez de vuelta a Inglaterra, sólo me acordaba de la emoción de las atracciones, la magia de los desfiles y las risas cuando descubrimos todos que el chocolate de Estados Unidos sabe a queso.

He divagado. Saco el tema de la pandemia porque fue entonces cuando empecé a apreciar algo que antes daba por sentado: caminar. Caminar es algo que he llegado a disfrutar y apreciar, pero no quería aburriros vinculando el tema con mi accidente. No quiero dedicar otra entrada a enrollarme hablando de cómo me rompí la pierna.

Entonces: la pandemia. Pasé unos cuantos meses encerrado en mi pequeño piso aquí en Madrid, en donde esperaba ansiosamente el día en el que nos dejarían salir a dar una vuelta rápida, aunque fuera. Este alivio al final llegó con las caminatas diarias sancionadas por el estado: una hora para estirar las piernas y llenar los pulmones de aire fresco y libre de virus. El ejercicio humano más básico se había vuelto un lujo. Mis caminatas, desde entonces, me son sagradas.

Últimamente, esta nueva perspectiva me ha llevado a aprovechar cualquier oportunidad de visitar un sitio nuevo. Acepté con ganas la invitación de Fer para visitar Segovia y también la de mi tía, que me invitó a pasar unos días en Murcia. Tenía ganas de ponerme las zapatillas cómodas (recuerda que ya tengo 30 años) y descubrir lo que escondían sus calles.

Repasando las fotos que saqué, veo que lo que más me impactó de ambos lugares fue la belleza de lo antiguo, bien cuidado o no. Las casas viejas de Segovia y su acueducto romano tienen una gravedad ineludible, pero los rincones oxidados de aquel pueblo murciano también me embrujaron… quizá más que Segovia.

¿A qué conclusión he llegado tras esta reflexión? Ni idea. Ni siquiera son las 8am y estoy sentado en el aeropuerto de Madrid, frotándome los ojos y acabando un café. Sin embargo, mientras me preparo para pasar dos horas sin poder mover las piernas, espero con ganas mi llegada a Milán y las muchas horas de caminar que me esperan. Supongo que eso es todo, al final: una carta de amor al caminar.