Tarragona

12.04.26 — Tarragona

Tarragona

12.04.26 — Tarragona

Hay momentos en los que me vuelvo bastante irritable. Luego, me cuesta entender por qué estoy tan irritado, lo cual me acaba frustrando. Esta frustración, como consecuencia, me hace estar más insoportable todavía. Los que me conocen saben lo mucho que puedo dar por saco cuando estoy así de bajón.

A veces, este malestar es por haberme quemado y que simplemente esté falto de un buen descanso. Pero en otras ocasiones, la causa es más compleja y difícil de averiguar. Puede que necesite un tiempo para llegar a entender qué es lo que me pasa. «Un tiempo» suena sospechosamente similar a «un descanso», entonces —seamos realistas— lo que me suele hacer falta es un buen retiro.

Me di cuenta de esto justo antes de Semana Santa, por lo cual decidí hacer algo que llevo años contemplando: me busqué un spa-hotel de cinco estrellas. Me daba igual dónde fuera, solo quería que las decisiones más importantes de mi día a día fueran el ratio de salado a dulce en el desayuno bufé y si quisiera que el agua de mi baño jacuzzi fuera caliente o templada.

Al redactar esto, me he fijado en que estoy siendo bastante insufrible. «Trabajador corporative se va de hotel de lujo por haberse quemado» no es la historia más original y tampoco es una con la que la persona media se vea identificada. Escucho juzgarme mi yo del pasado: problemas del primer mundo, revisa tu privilegio, etcétera, etcétera. Pero, sinceramente, es lo que hay. Al hacerme mayor, he empezado a entender a mis padres y su insistencia en pasar quince días al año echado en una tumbona en Mallorca. La vida adulta es cansina.

Pues con este cansancio vital encima me enfrentaba al reto de organizar un viaje. En el pasado, viajar siempre suponía la emoción de planear, la gracia de coger un tren o avión y conceptos como «no es el destino, es el viaje». Ahora, es un rollo enorme que tengo que aguantar para llegar a donde tenga que ir. Por eso, y a pesar de todas las reservas que tengo alrededor de la descarga cognitiva, abrí ChatGPT. Como ya tenía el cerebro frito, conjeturé que su uso no podría hacerme más daño.

Y así acabé en Tarragona. Me bajé del tren en una estación que la todopoderosa IA me había informado, con mucha seguridad, que se encontraba cerca del hotel. Llegué al mismo después de 45 minutos y 55 euros de taxi, una buena dosis de karma después de sermonear a todos sobre la necesidad de revisar todo lo que dice la inteligencia artificial.

Al hacer check-in en el hotel, hice check-out de la vida. Eché el móvil a la caja fuerte y me cambié las zapatillas por unas chanclas de algodón. Repartía mi tiempo entre el spa, la piscina y la playa. Creo que nunca antes había pasado tanto tiempo vestido de bata. Y, justo cuando me estaba empezando a aburrir de tanta relajación y soledad, encontré a alguien con el que pasar el tiempo restante… pero esa es otra historia por completo.

Aunque físicamente no hacía absolutamente nada, disciplina en la que soy un auténtico especialista, mi cerebro tardó más en relajarse. Al principio, este entorno lujoso fue tan solo un fondo bonito para mis pensamientos. Reflexioné sobre muchos temas, pero el principal fue la necesidad de saber por qué tenía tantas ganas de un retiro así. La conclusión a la que llegué fue bastante sencilla y algo evidente. Es que necesitaba, de una vez, un puto descanso.