Mientras estaba tumbado en la cama durante mi primera noche en la residencia universitaria, escuché una cacofonía de sonidos desconocidos. Oía sirenas de policía, el rugido del tráfico y voces amortiguadas provenientes de las habitaciones de arriba, de abajo y de ambos lados de la mía. Este nuevo paisaje sonoro resultaba claustrofóbico comparado con el de mi pueblo, donde el silencio nocturno sólo se rompe por algún pío o mugido ocasional.
Al mudarme de Leeds a Madrid, subió el volumen. Tuve que aguantar el paso de los camiones de basura a medianoche, las fiestas en casa que se alargaban hasta las tantas y unos compañeros de piso que desconocían el concepto de hablar en voz baja. En el momento, me lo tomé como una aventura, pero doy gracias por estar viviendo ahora en un piso bien aislado del ruido constante de la ciudad.
Menciono todo esto porque he llegado a darme cuenta de que el ruido es un recordatorio constante e inquebrantable de dónde estoy. Al acabar el día me acuesto, apago las luces y cierro los ojos para estar a solas con mis pensamientos. Aun así, los sonidos distintivos de mi entorno son ineludibles. Mientras el resto de mis sentidos se van apagando, sigo escuchando la ciudad. La ciudad siempre está allí. Nunca he aprendido a bloquearla.
A pesar del ocasional pájaro dramático o vaca escandalosa, sigo echando de menos la calma de esas noches en el pueblo. Más de una década después de salir de la casa de mis padres, veo que aún me atrae la vida rural. La cabra siempre tira al monte. Yo también.
Es raro que no llegara antes a esta conclusión, la verdad, puesto que todas las pistas necesarias las he tenido a mano durante años. Tras mudarme a Madrid, empecé a buscar lo contrario a la capital sin darme cuenta. Asturias se convirtió en mi refugio, ya que me sentía como en casa entre las laderas frondosas de sus valles. Luego descubrí Vermont, una zona de Estados Unidos cuyo nombre, que significa “montaña verde”, no precisa de más explicación.
Mientras caminaba por Los Urrutias, sentí esa familiaridad una vez más. A pesar de su falta de verdor, me encontraba en paz en las calles tranquilas de este pequeño pueblo murciano. No me sentía como en casa, pero sin duda era más cómodo que la gran ciudad.
No tengo ni idea de adónde me llevará el futuro, y tampoco tengo prisa por efectuar ningún cambio drástico. Pero ahora, a pesar del ruido de la ciudad, me duermo más fácilmente sabiendo que entiendo lo que quiero.







