40 grados. Un flashback de la pandemia, cuando 40 grados eran el límite de la temperatura corporal: a partir de ahí había que llamar al 112. Me quedé mirando los números, cuatro-cero, en el termómetro mientras la pantalla parpadeaba en rojo para señalar lo obvio: 40 grados son demasiados grados. La cifra tampoco me sorprendió. Estaba en calzoncillos, con el cuerpo desparramado sobre la cama. Las sábanas ya estaban empapadas de sudor. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que tenía fiebre.
Si fuese cualquier otro día, me lo habría tomado como una señal del cuerpo de que tenía que parar un poco. Me habría bebido un suero, echado una ducha fría y llevado la televisión a la habitación para poder ver vídeos que me pudren el cerebro. Habría sido un bienvenido descanso.
Pero hoy no, porque tenía cosas que hacer. Tenía planes, y no de tomar una caña con amigos. Era de los planes que tienen código de vestimenta, de los planes a los que tienes que confirmar tu asistencia con meses de antelación. No fue un sábado cualquiera: se nos casaba Julia. Y 40 grados decían que no iba a poder estar.
Mientras me compadecía de mí mismo, la voz de María llegó desde el salón, preguntándome cómo me encontraba. Ella había bajado desde Bilbao para unirse a la celebración, así que sentí de manera aún más aguda la presión de conseguir recuperarme a tiempo. Como la fiebre debilitaba mi capacidad de suavizar las respuestas, contesté de manera algo brusca: me sentía como una mierda, gracias.
Con el paso de las horas, sin embargo, pasó algo milagroso. Me encontraba mejor de ánimos, cesó el sudor y se me quitó la fiebre. Conseguí levantarme, ducharme y subirme a un taxi. Mi cuerpo había encontrado una reserva de energía, lo que me recordó al influjo de sustancias químicas felices que me inundó al romperme la pierna. No sabía que tenía tantas endorfinas escondidas por ahí, pero daba las gracias por ellas. Eso sí, estaría bien que mi cerebro me regalara algunas durante el resto del año…
Al final, llegué sano y salvo a la iglesia para una misa preciosa, y después nos fuimos en autobús hasta una finca guapísima donde celebramos la recepción. De repente era medianoche y estaban llamando para que la gente se subiera al primer autobús de vuelta a Madrid, pero yo me lo estaba pasando demasiado bien como para irme. La fiesta siguió hasta las cuatro de la mañana, una hora a la que yo aún seguía de pie y bailando… más o menos.
Más allá de un milagro de la medicina, esta historia es un testimonio de lo fabulosa que fue la boda de Julia y Javier. Hubo buena compañía, buena música, buena comida y un ambiente inigualable. Me encantó cada segundo y me alegro muchísimo de que mi cuerpo me permitiera estar allí y compartir con ellos su día especial. Desde luego, eso le gana por goleada a pasar la tarde viendo teorías conspiranoicas en YouTube.
Pero nada en esta vida sale gratis: al día siguiente me encontraba peor que antes. Tenía el cuerpo destruido y el cerebro frito, pero no hay ni sudor ni bilis en el mundo que pudieran desmerecer los recuerdos fantásticos de la noche anterior.
¿40 grados? Valores de novato. ¡Vivan Julia y Javier!






