Enfermedades. Arrugas. Embarazos. Bodas. Cada vez que quedo con mis amigos, parece que hablamos de uno de estos temas. Y me encanta. No porque me interesen estos asuntos, sino porque suponen un recordatorio tangible de que nos estamos haciendo mayores, un proceso del que estoy disfrutando bastante. ¿El porqué? Aquí van tres anécdotas.
Negación
Repasé el plan al subir la escalera: ella abriría la puerta, nos abrazaríamos y la distraería mientras colocaba una bolsa de plástico anodina en la habitación de invitados. Me sentía cual agente secreto, solo que la entrega en cuestión no era información sensible. Era una tarta de zanahoria.
Misión cumplida y la fiesta de cumpleaños de Sara iba viento en popa. Eso fue hasta que nos dijo que tocaba ir saliendo hacia el sitio más temido: la discoteca. Con treinta y un años, ya sé que una discoteca no es ningún lugar para mí. No por la edad —no estoy sugiriendo que los viejos no podamos disfrutar de una buena fiesta—, sino porque la edad me ha ayudado a distinguir entre lo que me gusta y lo que no. Las discotecas, sin duda, entran en lo segundo. Pero mi amor por Sara es más fuerte que mi aversión a las discotecas, entonces nos subimos al taxi y nos lanzamos a la pista de baile.
Cuatro horas después, la mesa grasienta del Burger King en la que nos habíamos juntado fue testigo de una de las reflexiones filosóficas más profundas de nuestro tiempo. Aunque no me guste que me den empujones durante horas, hay cierta magia en las conversaciones que se tienen en la zona de fumar o con una hamburguesa en la mano. Estas charlas de madrugada con amigos son singulares, incluso cuando terminan con el mejor pensador que tenemos a día de hoy: un taxista madrileño cualquiera.
Aceptación
Encontrar a Izzy en el centro de Madrid no iba a ser difícil: es una rubia entre un mar de pelo moreno. Luego está su código de vestimenta, limitado a una paleta de negros y grises oscuros. Esta preferencia por la ropa oscura no ha cambiado en absoluto desde que la conocí en la universidad.
Pero algunas cosas sí han cambiado desde entonces. La vida nos ha arrojado bastantes movidas: pandemias, guerras, reuniones y bodas. Con tanto cambio, y a pesar del amor que hay entre los dos, me encontraba nervioso al sentarme a tomar algo con ella por primera vez en años. Me preocupaba que hubiéramos dejado de estar en sintonía.
Entre margaritas, anécdotas y tapas, mis preocupaciones se disiparon. Mientras comentábamos la importancia de la desconexión y los beneficios de la espontaneidad, nos dimos cuenta de que habíamos madurado, juntos y en la misma dirección. Fue maravilloso. Vi que no hay nada del proceso de envejecer que supere poder hacerlo acompañado por amigos. Y, curiosamente, los dos nos habíamos dado cuenta de la necesidad de dejar que las cosas cambien.
Resistencia
Me supuso un gran cambio ver a Heidi sola. Nos conocimos en un piso compartido, formamos un grupo de amigos y ahora suele venir acompañada por su pareja e hija. No suelo tener tiempo a solas con ella, por lo que se me hizo hasta extraño verla llegar sola a mi piso.
Pasamos los días siguientes visitando los viejos sitios de la ciudad que nos unió hace tantos años. La última noche de su visita teníamos los pies reventados de tanto caminar, así que sugerí que volviéramos en coche al piso. Pillamos un Voltio, conectamos mi Spotify y fuimos tirando a casa.
Pero no fuimos a casa. Con temazos nostálgicos de los Vengaboys y las Spice Girls, una ola de nostalgia nos llevó de la ciudad a la autopista, donde cantamos estos clásicos del karaoke sin ninguna preocupación. Mientras el día daba paso a la noche, gritamos y nos reímos hasta quedarnos afónicos.
Creo que tanto Heidi como yo necesitábamos ese pequeño momento de escapismo. Nos hacía falta irnos sin rumbo, gritar letras tontas al aire y olvidarnos de ser adultos durante un rato. Estamos los dos perfectamente contentos, pero eso no quita que necesitemos, de vez en cuando, soltar esa energía infantil.
Entonces, en buena compañía, la soltamos. Reímos, bailamos y —a pesar de estar conduciendo en círculos— cantamos «We’re going to Ibiza!»



