Unos arbustos pasan volando en un borrón verde. Unos árboles más alejados parecen girar lentamente, observándome mientras paso. Los rayos de sol individuales se distinguen en el cielo, la luz deshilachada entre unas pocas nubes blancas. Al pasar mi tren a toda velocidad, esta luz tiñe de un tono cálido los campos de Castilla y León. Esta zona tiene su encanto, pero para mí y para muchos otros que vamos hacia la costa, no es más que una especie de zona de paso: una vasta extensión que tenemos que atravesar para llegar a nuestro destino.
Algunos pueden quejarse de este tiempo extra de viaje, pero yo creo que es bastante necesario. Son un par de horas extra que separan el ajetreo de la ciudad de la serenidad del mar. Es un momento para que el cerebro procese el cambio de paisaje. Es un periodo de transición que permite que mi cabeza asimile que antes estaba en un sitio y ahora estoy en otro.
Uso la palabra lugar aquí en su sentido más amplio. Siempre he tenido la sensación de que los sentimientos y las sensaciones parecen estar anclados a lugares concretos. Así que, cuando hablo de pasar de un lugar a otro, en realidad me refiero al acto de pasar de un estado mental a otro. Creo que un poco de fricción por el camino puede ayudar a facilitar este cambio de chip.
No estoy sugiriendo que empeoremos el proceso de viajar: ya es toda una odisea. Los aeropuertos son una pesadilla, los autobuses pueden ser sofocantes y los taxis te cuestan un riñón. Ni siquiera los trenes quedan exentos de mi crítica, a pesar de ser un firme defensor del ferrocarril.
Da igual el vehículo que elijas: siempre habrá algún que otro contratiempo y dolor de cabeza al desplazarse. ¿Pero eso es necesariamente malo? No lo sé. No creo que lo sea. Quizá simplemente me estoy volviendo lento y tengo las neuronas licuadas por años de redes sociales, pero siento una necesidad genuina de disponer de este tiempo para procesar el cambio. En un mundo tan rápido, está bien darle un poco de tiempo a mi materia gris para darse cuenta de que estoy en movimiento.
Este rato extra es lo que me permite desconectarme, relajarme y dejar atrás todo el estrés acumulado de la vida adulta. Estas horas de transición hacen que llegue a mi destino siendo mi mejor versión: una versión de mí preparada para explorar, charlar y relajarse sin el zumbido mental del trabajo y de la vida diaria. Me permiten disfrutar de atardeceres con Kevin en Asturias, de una cena con mi padre en el pub de mi pueblo y de muchos momentos especiales compartidos con amigos.
Por eso doy las gracias a la distancia. Me ayuda a desconectar.





