Al entrar el tren en la estación, todas las personas del andén son decapitadas simultáneamente. Parece el inicio de un cuento de terror o quizá de una gran tragedia, pero no es nada de eso. Es el extraño fenómeno que ocurre en el metro de Madrid, donde la gente del otro andén aparece con la cara completamente tapada.

Mientras estoy en el metro, suelo mirar por la ventana. Durante la mayor parte del trayecto solo veo el abismo: una oscuridad interrumpida tan solo por el destello de un conducto de ventilación o el rugido de un tren que pasa en sentido contrario. Miro por la ventana para disociarme, para bloquear el ruido y el olor de las demás personas encerradas conmigo en este espacio claustrofóbico. Al entrar en la siguiente estación, sin embargo, lo que normalmente sería la oportunidad de ver las caras de quienes están fuera no resulta serlo. Hay una gruesa línea negra que separa la parte superior de las ventanas del tren, una zona que antes podía abrirse. Esta línea está situada a la altura perfecta para interponerse entre mis ojos y las cabezas de quienes esperan en el andén. Cuando el tren llega a la estación, lo único que veo es una masa de troncos y extremidades. No veo ninguna cara.

Este efecto siempre me ha parecido inquietante. Es irónico, ya que miro por la ventana precisamente para evitar cruzar miradas con la gente. Pero esto encaja con nuestra forma de ser: somos una panda de contradicciones andantes. Creo que también habla de la deshumanización que provocan el metro, la gran ciudad o el hecho de pasar demasiado tiempo en ambos.

Estas personas sin cara me fascinan. Desde su forma de andar hasta su ropa, pasando por cómo se distribuyen a lo largo del andén, intento averiguar todo lo que pueda sobre ellas: su edad, su subcultura, su relación con quienes las rodean. Me encanta el misterio. Pero hay un grupo, entre este desfile de gente sin cara, que me llama aún más la atención.

Son los que no se suben.

Para poneros en contexto, el metro de Madrid tiene una red relativamente sencilla: todos los trenes que pasan por un mismo andén siguen la misma dirección y paran en las mismas estaciones. Cada tren es igual que el anterior. Entonces, ¿por qué hay personas que se quedan quietas y dejan pasar el tren? A veces, el vagón puede estar lleno; otras, el tren puede tener como destino final una estación intermedia. Pero esto no suele ocurrir. Así que, dadas unas condiciones normales e ideales, ¿por qué hay gente que no se sube?

Yo también he sido uno de los que no suben. Una vez, estaba esperando a un amigo en el andén, pero, mientras esperaba, encontré un sitio donde sentarme y entretenerme con el móvil. Los que se quedan de pie, con aire de disociación, sin reaccionar cuando llega el tren, son los que me parecen interesantes. Son los que permanecen inmóviles, completamente quietos, salvo por un ligero bamboleo provocado por la corriente de aire contaminado que genera el tren al que acaban de dejar pasar.

¿Esperan la llegada de un amigo? ¿Se preparan para la llegada de un enemigo? Quizá les dé pánico la idea de llegar a su destino, o quizá no tengan destino. Puede que simplemente estén recorriendo los laberintos subterráneos para refugiarse del calor de la superficie o del estrés del mundo que hay arriba.

Es un reflejo humano observar el interior del tren cuando llega y fijarse en con quiénes vas a compartir el vagón. Lo que más interesante me parece, sin embargo, no son los que están conmigo, sino los que no se suben. Es para verlos a ellos por lo que giro la cabeza cuando se abren las puertas. Son ellos quienes me llenan la mente de preguntas vagas y narrativas inventadas mientras estiro el cuello y el tren empieza a acelerar.