Semana Santa con Amber

18.04.23 — Madrid

Un calor que ha llegado preocupadamente temprano aquí en España me ha permitido disfrutar de unos caminos por la ciudad, cosa que fue el tema de mi anterior entrada de blog. También hizo que fuera el momento perfecto para recibir a Amber en la ciudad. La última vez que vino a Madrid fue ya hace casi seis años: ¡como vuela el tiempo!

Para recibirla en condiciones, cogí un tren temprano hasta el aeropuerto y me encontré con ella justo mientras me iba buscando en la sala de llegadas. Luego los dos pillamos el tren de vuelta, Amber dejó sus cosas en mi casa y echamos el resto del día caminando, comiendo y descansando por la ciudad.

Por la tarde subimos al centro porque quería que Amber experimentara lo que son las procesiones de Semana Santa. Mi primera experiencia en este aspecto fue en el 2016 cuando estuve trabajando en prácticas aquí en Madrid, y quería que Amber viviera las mismas sensaciones de asombro y confusión que vivía yo en su momento.

Tras unas vueltas buscando un bar en el que instalarnos y esperar la llegada de la procesión, nos tomamos un café y nos bajamos a la ruta de la procesión. Allí ya había un ambiente muy tenso. La procesión iba tarde, caía un sol de justicia y la gente estaba agitada. Esta combinación llevó a que viéramos a bastantes personas desmayarse.

¡Vaya introducción para Amber!

Al final la procesión llegó con sus caballeros, nazarenos y las dos imágenes: en primer lugar Jesús (abajo) y luego María. Como siempre, fue una experiencia muy sensorial gracias a los golpes de los tambores, la banda de vientos, el olor a incienso y el espectáculo visual que se estaba montando en plena calle.

El día siguiente optamos por un plan mucho menos intenso, moviendo entre terraza y terraza para beber, picar y bañarnos en el calor del sol. Echamos un ojo al invernadero que queda cerca de mi casa, vimos el atardecer desde el parque que más le gusta a mi hermana y acabamos cenando en la ciudad antes de volvernos a casa para pasar unas horas de espa allí.

El invernadero es un sitio que se me olvida visitarlo hasta que la gente me visite a mí.

El día siguiente fue el último que pasaría Amber en la ciudad, así que se hizo la maleta antes de volviéramos a echarnos a las calles para un último plan. Nos subimos al autobús y nos bajamos en Retiro, dónde echamos un rato paseando y bebiendo en una terraza más. No me quejo, solo que ¡no suelo dedicarle tiempo a echarme así al sol!

Tras una comida en un bar al lado de mi casa y luego una copa mientras esperábamos que llegara el tren, me despedí de Amber al subirse al tren al aeropuerto para su vuelo de vuelta al Reino Unido. Fue un gustazo tenerla por aquí y claramente la despedida fue dura, pero antes de que me dejara habíamos hecho planes para reunirnos cuando voy a Inglaterra yo en el futuro cercano.

¡Hasta entonces, Bam!

Paseos antes de la Semana Santa

10.04.23 — Madrid

Tras un tiempo fuera de Madrid, en concreto en Praga y luego en mi pueblo, fue un gusto volver a pasar un tiempo en Madrid antes de que llegara la Semana Santa. Ahora que las temperatures están rodeando los 20°C durante el día, realmente ha llegado la época de aprovechar todo lo que ofrece Madrid.

El mismo día que volví de Inglaterra hacía un día estupendo así que me dejé liar por Sara y Eric y me acerqué a tomarme algo en una terraza con ellos. Subí a su barrio tres deshacer la mochila y echamos una tarde maravillosa hablando y viendo el atardecer sobre la calle donde viven los dos.

El ocaso sobre Atocha se hizo más dramático por esa gran nube.

Tanto moverme y exponerme a las distintas temperatures de cada destino al final tuvo su contra, sin embargo. Una semana me la eché entera en casa con un resfrío que no se me quitaba, pero por lo menos aproveché este tiempo para instalar unas nuevas bombillas de colores en mi piso. ¡Justo cuando estaba empezando a pensar que ya no cabía más!

De noche siento que vivo dentro de un videojuego de los 80.

Pasados unos días de confinamiento en mi piso colorido, ya me volví a encontrar como nuevo. Ahora no había excusas para no volver andando a casa bajo el sol antes de que ese mismo sol empiece a subir las temperaturas a un nivel exagerado. Un paseo de estos me llevó por el barrio cercano de Lavapiés, en donde me alegré al ver que las hojas de los árboles habían salido y que unos vecinos habían colaborado para instalar banderines en una de las calles.

Tenía que haber sido una pesadilla coordinar la instalación de esto…

Entre todo este lío también pasaron muchas otras cosas: la fiesta de cumpleaños de Luisa, unas tardes con Pedro por mi barrio, la procesión de Semana Santa que pasa por mi calle y mucho más Lo que pasa es que no tuve la oportunidad de sacarle una foto a casi nada. Últimamente tengo la sensación de no haber podido sentarme ni cinco minutos a darme cuenta de lo que está pasando ni dónde estoy.

Pude ponerle solución a esto, sin embargo, gracias a una visita muy especial la semana pasada. Más sobre eso en mi próxima entrada de blog…

Una semana en Worsthorne

09.04.23 — Burnley

Después de un finde en Praga hace unas semanas, la siguiente salida de Madrid me llevó a la casa de mis padres en el Reino Unido para pasar unos días con ellos. Al final esta vuelta a mi pueblo natal, Worsthorne, se extendió para que pudiera asistir al funeral de mi abuelo. Falleció hace unas semanas, así que este viaje también tenía un propósito algo más triste.

Mirando el lado bueno, esto hizo que tuviera la oportunidad de pasar tiempo valioso con mi familia y amigos. Antes de ni acercarme al aeropuerto en Madrid ya había quedado en cenar con unos amigos y en ir a Leeds a pasar un día con otros durante mi estancia en Inglaterra.

Mi viaje empezó, como suele ser, con un tren de mi barrio hasta el aeropuerto, donde el atardecer estaba inundando la Terminal 4 en un esplendor cálido. Desde allí me subí al autobús hasta la menos atractiva Terminal 1, donde acabé dando vueltas al cambiarse por enésima vez la puerta de embarque.

Eventualmente decidieron cual puerta sería y el vuelo a continuación fue una maravilla en su tranquilidad y falta de incidencias. Mi padre me recogió en Mánchester y me llevó a Worsthorne, el pequeño pueblo de unos mil habitantes donde crecí y donde siguen viviendo mis padres.

Ya que trabajaba mi madre el día siguiente, mi padre y yo salimos a pasar un rato juntos. Aparcamos al lado de un canal y caminamos por su vera hasta divagarnos de la senda establecida y atravesar unos prados antes de volver al coche. Fue un camino bonito que supuso la oportunidad de descubrir un trozo del campo que rodea Burnley y que no había visto antes.

El día siguiente le tocó a mi padre trabajar así que era hora de que yo pasara un rato con mi madre. Los dos echamos la mañana descansando por casa y comiendo juntos antes de ir a Crowwood, el gimnasio de mi madre que también dispone de una piscina y instalaciones de spa. Nos echamos al jacuzzi un rato, nadé unos largos y luego tuvimos que irnos a recoger a mi hermana de la estación de tren.

Ahora que también andaba mi hermana por el pueblo, me sacó de casa a dar lo que iba a ser una vuelta rápida por el campo para aprovechar de un momento efímero de sol. Tanto mi hermana como el mismo sol persistía, sin embargo, así que esta vuelta rápida se convirtió en unas dos horas de senderismo por los campos y los bosques de mi pueblo bonito.

Ver los corderos jugar en el sol de la tarde sirvió para animarnos a seguir.

Me había imaginado que el plan sería darnos media vuelta al llegar al primer embalse, pero al final seguíamos adelante y hasta el segundo antes de empezar el descenso de vuelta a casa. Fue una oportunidad preciosa de ponerme al tanto con Ellie y apreciar el paisaje maravilloso. A veces no hay nada como un viaje al sitio donde naciste y creciste.

Acto seguido pasamos una tarde en familia antes del funeral el día siguiente. Como te puedes imaginar, fue un día sombrío y lleno de reflexión pero también de celebración. Mucha de mi familia extendida se reunió por primera vez en años y nos pusimos a intercambio historias y compartir anécdotas en la pequeña fiesta después de la ceremonia principal. Un momento bonito para mí fue cuando me asignaron como portero del ataúd. Supuso mi último acto de agradecimiento a modo de despedida.

Después del funeral, Ellie volvió a Leeds ya que tenía que trabajar el resto de la semana, así que los tres que quedábamos volvimos a Worsthorne. Allí también tuve que trabajar durante lo que quedaba de la semana, cosa que hice desde la habitación de invitados y bien envuelto en una manta eléctrica.

El jueves por la tarde había quedado en cenar con Abi y Danni después de verlas por última vez cuando volví a pasar la navidad en mi pueblo. Quedamos en Ellis’, una hamburguesería en el centro de Burnley. Echamos unas buenas risas y cenamos muy rico. Fue un gusto disfrutar de un poco de alivio cómico tras unos días tristes; esta vez las lagrimas eran de felicidad.

El día siguiente mi hermana volvió a Burnley nuevamente. Llegó mientras yo estaba durmiendo la siesta y me despertó con la noticia que Jemma nos iba recoger en tan solo diez minutos. Tuve que levantarme, mojarme la cara con agua fría y ponerme el gorro corriendo para llegar bien.

En un pub del pueblo, Ellie, Jemma, Lucy y yo nos vimos reunidos por primera vez en por lo menos un par de años. Jemma y Lucy eran nuestras vecinas de joven así que son de las amigas más viejas que tengo. Tuvimos una buena charla y nos pusimos al día con las noticias de cada uno, luego también hicimos planes para que me vinieran a visitar aquí en Madrid y para ir todos a la casa de Jemma un día para ver la película de Pippi Calzaslargas. ¡Esta fue nuestra película favorita de pequeños!

Me encanta esta foto aunque se nota mucho que me sacaron de la cama con prisa.

De vuelta a casa el día siguiente, los dos echamos la casa de tranquis antes de que mi hermana, mi padre y yo nos fuéramos a tomar un café en HAPPA, un santuario para caballos rescatados en el campo cerca de la casa. Desde allí, me dejaron en Hebden Bridge, un pueblo bonito cercano donde pude coger un tren a Leeds para la última parada de mi semana en el Reino Unido.

En Leeds me quedé en la casa de Em y Lincoln, lo cual nos dio la oportunidad de salir a cenar pizza en un restrautne italiano local. La siguiente mañana desayunamos juntos antes de que tuviera que pedirles el gran favor de acercarme al aeropuerto de Mánchester en su coche. Debido a las huelgas en Reino Unido, no había casi trenes.

Todo eso nos lleva al aquí y ahora. Me encuentro sentado en la Terminal 3 del Aeropuerto de Mánchester mientras los pasajeros de embarque prioritario se suben al avión. Con algo de suerte podré revisar en diagonal esta entrada de blog y publicarla antes de subirme…

Los carretes de Vermont

02.04.23 — Vermont

El año pasado pasé en mes entre Canadá y los Estados Unidos. Este viaje dio paso a una lista de entradas de blog bien extensa que documenta todos los momentos que viví y los lugares que visité por el camino. A pesar de tanto moverme por allí durante las cuatro semanas, el sitio donde más tiempo me quedé fue Vermont.

Vermont es uno de los estados más pequeños en cuanto a tamaño y el segundo más pequeño en términos de su población. Creo que estos factores lo convierten en una joya oculta entre los otros estados en los que he estado como Nueva York y Florida. Tras unas vueltas por el estado lideradas por Megan y también por su Madre, Maureen, ya sabía que será un lugar al que vuelvo con bastante frecuencia.

Mientras estaba allí, llevé conmigo mi fiable cámara analógica durante algunas de las excursiones. Recientemente he podido revelar el segundo de los dos carretes que usé mientras allí, por lo tanto por fin os puedo compartir algunos de estos recuerdos desde el estado. El primero de estas excursiones fue un tour de las islas del Lago Champlain que me hizo Maureen.

Las próximas fotografías son de un fin de semana de camping que montamos en el borde de otra de las islas del lago. Este viaje lo documenté en una entrada llamada “Camping pijo”, porque al final llevamos con nosotros todos los lujos de la vida moderna.

A pesar de la naturaleza de este viajecito, fue una oportunidad maravillosa para desconectar del todo y hablar hasta la madrugada mientras hacíamos s’mores alrededor de la hoguera. Aún me acuerdo bien de las tortitas fabulosas que hicimos a modo de desayuno, las cuales por supuesto tuvieron que empaparse en una cantidad exagerada de sirope de arce vermontés.

Después del camping, la siguiente serie de fotos es del partido de béisbol que fui a ver con Megan y unos cuantos amigos más. Esta tarde se marcó por muchos momentos memorables, entre ellos las cajas de seis perritos calientes de 25 céntimos que compramos todos, un atardecer maravilloso y las travesuras que se montaron en los vomitorios tras unas cuantas latas de la cerveza local…

Hay más fotos de esa misma tarde, pero estas son de una parada que hicimos en una heladería local mítica. Durante mi tiempo en Vermont pasamos por Al’s Ice Cream más que una vez, pero en esta ocasión pedimos a un grupo de señoras que nos tomaran una foto. No lo hicieron tan bien, pero la imperfección es lo que hace que estas fotos me parezcan una auténtica maravilla.

La última serie de fotos viene de un día que pasamos en un prado bajo el sol veraniego. Esto lo aguantamos para ver el espectáculo anual de Bread & Puppet, un grupo teatral independiente de Nueva York que monta esta función extraña que en breve se convirtió en una de las experiencias más únicas que he vivido jamás.

Esta última foto es del viaje de vuelta a Burlington y desde un prado con el que nos topamos mientras conducía Megan. Hacía mucho calor, estábamos agotadas y teníamos sed tras un día tan largo bajo el sol, así que paramos para mojarnos los pies en un lago pequeño por el camino. Esto fue justo antes de acabar en un pequeño pueblo en la mitad de la nada, en el cual nos metimos en una tienda algo turbia para buscar bebidas y algo de picar…

Con estas 18 fotografías concluyo esta mirada sobre el tiempo que pasé en Vermont, mi estado favorito de todos los que he visitado hasta la fecha – aunque solo son tres por ahora. Tengo muchas fotos más de la cámara analógica, pero creía que esta sección resumía bien el viaje. Tengo muchísimas ganas de volver cuanto antes para experimentar más de lo que ofrece el estado del monte verde.

Para ver más sobre mi tiempo en Canadá y los Estados Unidos, échale un ojo a todas las entradas que escribí sobre la experiencia. Para ver más fotos de carrete, hay entradas con fotos así de Madrid, Murcia, mi bario local y Tenerife.

Praga

16.03.23 — Praga

Mi última entrada desde Madrid detalló los multiples roles que intentaba asumir mientras seguía tirando adelante en el frío polar que ha sido protagonista durante esta primavera. Por si no había tiritado lo suficiente, sin embargo, ¡el finde pasado fui volando hasta el este de Europa y a las calles frescas de Praga!

Había organizado el viaje hace unos meses, cogiendo un par de días de vacaciones para crear un fin de semana largo que coincidiera con unos días libres que tenía mi amigo Nacho. Ha estado viviendo en la capital checa durante el último año y medio desde que se mudó allí desde España y amablemente me había ofrecido acogerme en casa y enseñarme su nueva ciudad.

Como siempre, yo había dejado todo hasta la última hora, así que facturé mi vuelo y hice la mochila en la media hora antes de tener que salir de casa. Luego tuve un viaje agradable sin incidencia de Madrid a Praga, donde salí de la terminal y seguí las instrucciones de Nacho hasta su casa. Esto supuso un viaje en bus y luego en tranvía, desde el cual pude echar mi primer vistazo a Chequia, un país que nunca había visitado antes.

El primer tramo del viaje se marcó por los suburbios de la ciudad que lucían algo apagados por sus bloques repetidos de pisos bajo cielos nublados. El segundo tramo me llevó al casco histórico de Praga, en donde la monotonía apagada se cambió por un río amplio y una capa de tejados de terracota salpicada por chapiteles y torres de todo tipo, color y estilo.

En breve llegué a la casa de Nacho, donde dejé mis cosas antes de que saliéramos directamente al centro de la ciudad para empezar nuestras aventuras. En primer lugar paramos para subirnos a un paternóster, un tipo de ascensor que sigue siempre en marcha mientras tú como pasajero tienes que saltarte a la cabina en movimiento para subirte y bajarte. Solo quedan unos pocos en todo el mundo, y otro se encuentra en un edificio de la Universidad de Sheffield donde estudia mi hermana. ¿Quién hubiera dicho que me encontraría con otro?

Tras nuestra roce con la muerte en el paternóster, nos acercamos a la mayor calle comercial que da al museo nacional, un edificio icónico de la ciudad. Nos sentamos para tomarnos un café, merendar un poco y ponernos al tanto. Desde allí, fuimos a ver el reloj astrológico en la fachada del antiguo ayuntamiento justo cuando repicó la hora y las figuras de los doce discípulos aparecían detrás de un par de puertas azules pequeñas.

Enseguida nos perdimos mientras buscábamos el restaurante donde habíamos quedado para cenar con los amigos de Nacho. Nuestros móviles se estaban rayando así que teníamos un reto entre manos, pero al final lo encontramos y nos acomodamos para pasar una cena estupenda de sushi y cervezas locales entre risa y risa. ¡Sus amigos son lo más!

Desde allí, el grupo nos acercamos a un lugar mítico conocido como “el bar del perro”. Este sitio venía recomendado por más de una persona, así que me interesaba ver exactamente que tenía que lo hiciera tan especial.

Al llegar pensé que quizá fuera el sistema de pago propietario el punto diferencial, pero resulta que el lugar es mucho más que un bar con unas tarjetas de pago raras. Bajamos una serie de escaleras y nos encontramos en un laberinto subterráneo de salas y pasillos que acogían distintos bares, clubes, salones y hasta una pizzería y zona de sofás con una hoguera. ¡Era súper raro todo y me encantaba!

Tras un par de copas, un intento por mi parte de entender la moneda local y su cambio con el euro y luego un pequeño baile a unas canciones de Bob Dylan, me cansé del día largo de viajar y por eso los dos volvimos a casa. Este viaje lo realizamos en el tranvía, el método de transporte preferido por la ciudad según Nacho y evidenciado por el montón de tranvías que pasaban por todas las calles principales.

El tranvía que cogimos de vuelta a casa fue de los antiguos. Acabamos viajando de pie al fondo de uno de los dos vagones, así que me vi obligado a grabar un vídeo desde nuestra perspectiva mientras recorríamos las calles praguenses de camino al piso de Nacho.

Luego me llevé una sorpresa por la noche al darme la vuelta en la cama. Al cambiar de lado, escuché un chasquido alto y de repente me encontré medio hundido en la cama. Evidentemente estaba demasiado cansado como para que me importara, así que al final me volví a dormir sin pensarlo más. Solo fue cuando Nacho me despertó para preguntarme si estaba bien que me di cuenta de la situación. La mitad de las lamas se habían desabrochado de la estructura de la cama y había estado durmiendo en el colchón colgado como si fuera una hamaca.

Conseguimos arreglarlo por la mañana y pedí mil disculpas por haber incurrido el daño, pero Nacho me aseguró que ese lado de la cama llevaba un tiempo medio roto. A pesar del consuelo, estaré contando bien las calorías ahora que he vuelto de mis vacaciones…

Nacho tenía que trabajar un poco esa mañana, así que me fui hacia el centro yo solo pero bien informado con unas recomendaciones de qué debería hacer. Las seguí hasta el pie de la letra, visitando una cafetería local llamada Golden Egg. Me pusieron una tostada divina de salmón ahumado, huevo escalfado, salsa béchamel, eneldo y chile, un plato que lo acompañé con una limonada casera con pera y canela. ¡Una pasada todo!

Desde allí, me volví a subir al tranvía y me acerqué al casco histórico, donde mi primera parada fue el antiguo ayuntamiento. Nacho había aconsejado que me apuntara a un tour, pero entre mi tardanza y algo de caos y confusión sobre la compra de entrada dentro del edificio, al final tuve que conformarme con una entrada de acceso general.

Nunca disuadido, subí una última escalera hacia la torre del reloj para ver las vistas sobre la ciudad. Una rampa infinita (que me recordó a una en una torre que escalé en Copenhague) me llevó hasta la cima, donde me eché a la galería para ver las vistas panorámicas.

Las vistas hicieron que valiera la pena la subida y el apretón de la galería.

En la galería me había topado con cuatro mujeres que estaban de visita de Barcelona. Les había escuchado hablando en español y preguntándose a quién podrían pedir que les sacara una foto, así que me ofrecí. Me volví a encontrar con ellas luego en las salas interiores, donde habíamos tenido todos la misma idea de intentar ver el mecanismo del reloj que había visto la noche anterior, el que rota a los dos discípulos detrás de las ventanas azules.

Al final pude verlo en acción y también eché un rato explorando las salas interesantes del antiguo ayuntamiento. Una vez cansado de ver tanto esplendor, salí al exterior y a la ráfaga de nieve que había empezado a caer, debajo de la cual me acerqué al antiguo cementerio judío. Curioso como todo aquí tiene un nombre que empieza con “antiguo”…

Parece que Nacho y yo no tenemos ninguna neurona entre los dos, porque habíamos decidido que yo debería visitar este monumento judío el día sábado – es decir, durante el sabbat. Por razones bien obvias, estaba cerrado. No quería que me importase mucho así que acto seguido continué paseando por las calles bonitas de la ciudad y un barrio que Nacho me había dicho que explorara. Allí descubrí una cafetería bonita y me pillé una sidra caliente servida con canela en rama y trocitos de manzana. ¡Justo lo que necesitaba para calentarme!

Al finalizar mi bebida, fui reunido con Nacho en un restaurante tradicional checo, donde disfruté una ensalada de patatas con pollo frito. La comida no fue nada de otro mundo como fue en sitios como Bilbao o Santander (para poner un par de ejemplos recientes) pero supo bien y nos mantuvo de pie hasta que nos entraron ganas de postre…

El capricho dulce vino en la forma de un trdelník o “tarta de chimenea”, una delicia callejera praguense. Consiste en una masa dulce que se envuelve alrededor de un cono y que se cocina sobre una fogata. Luego se baña en azúcar, canela, trozos de nuez y – en nuestro caso ya que me lo habían recomendado – chocolate fundido en el interior del cono. Vistos los ingredientes, ¡sobra mucho que os confirme que supo divina!

El postre calentito y recién hecho fue un gran acierto en el frío praguense.

Zampamos esta delicia mientras cruzábamos el Puente de Carlos, un punto de referencia de Praga que conecta el casco histórico con Malá Strana, un barrio pequeño en el otro lado del río cuyo nombre literalmente significa “el lado pequeño”.

En Malá Strana echamos un ojo a unos sitios icónicos, entre ellos unas estatuas escandalosas, un mural famoso de John Lennon (él nunca visitó Praga) y el callejón más estrecho de la ciudad. Disponía de su propio juego de semáforos peatones para que la gente no se chocara en este pasillo súper claustrofóbico.

Al volver al centro por el puente pudimos ver la ubicación para nuestras aventuras del días siguiente, el Castillo de Praga. Desde el puente, volvimos a casa en otro de los tranvías eficientes y decidimos que no queríamos estar por las calles muy tarde dado el frío que hacía. Optamos por cenar en un restaurante italiano bonito y luego tomarnos un cóctel en un bar curioso por el barrio donde vive Nacho.

El día siguiente y volvimos a subirnos a un tranvía que nos llevó al castillo que puedes ver encima de todo en la imagen de arriba. Efectuamos una pequeña parada por el camino porque Nacho quería que viera algo de cerca que había observado y que me había hecho mucha gracia el día anterior. No fue ningún punto de interés ni artista callejero, sin embargo: fue una especie de nutria. Wikipedia define el coipo como “un roedor semiacuático”, que es justo lo que había dicho yo: parecen ratas grandes y mojadas.

Debería destacar que la comida en la foto no la dejamos nosotros. Disuaden a la gente de darles de comer a los coipos por su estado como especie invasora que está causando problemas dentro del ecosistema local. A pesar de eso, he de admitir que me hizo mucha gracia ver uno de cerca.

Desde la orilla del río nos subimos al segundo tranvía y al Castillo de Praga, donde se nos unió el amigo de Nacho, Octavio. Ya que los dos ya habían visto todo muchas veces anteriormente, me dejaron que fuera explorando a mi bola dentro de las zonas de pago del castillo, que resulta ser un complejo enorme de edificios, iglesias y hasta casas.

Esta foto la saqué justo antes de que pasara un desfile militar.

Entre una iglesia, una catedral, una calle de casas ancianas y otra torre de reloj enorme, había tanto que ver dentro de los límites del castillo que no sabría ni por dónde empezar si os contara todo. Por eso solo mencionaré lo que más me gustó, empezando con la antigua cárcel. Las fotos no revelan mucho, pero eché un buen rato leyendo los detalles horripilantes de cómo confinaban a los presos dentro de los muros de la prisión en siglos pasados…

El mejor momento del castillo tenía que haber sido la torre, que hizo que la torre que había escalado el día anterior y su rampa gradual parecieran un juguete. La única manera de escalar esta torre fue subiendo más que 280 escalones – y no fueron de una escalera normal, sino una escalera en espiral de piedra que parecía infinita: seguía y seguía y seguía sin ni una plataforma para que pudiera recuperar un poco el aliento. A esto le sumas el hecho de que había gente bajando a la vez que yo subía y hizo por una experiencia claustrofóbica que generaba bastante vértigo.

Eventualmente llegué a la cima, donde me alivió descubrir que habían montado una sala con bancos para que todos los que habíamos sufrido la subida pudiéramos sentarnos un segundo y recuperarnos. Pensé que yo estaba sufriendo con el asunto, pero luego apareció una señora que tenía la cara más colorada que las tejas de terracota del tejado praguense.

Una vez recuperado salí a la galería y me choqué con las mejores vistas sobre Praga que había visto hasta la fecha. Desde este punto podía ver sobre el Puente de Carlos y sobre todo el casco histórico. Hasta pude apreciar los detalles arquitectónicos de los edificios que había visitado justo antes de mi subida mortal por la torre.

Como me había prometido Nacho, las vistas iban a mejor según avanzaba el viaje.

La bajada por la escalera en espiral fue algo menos dura que la subida a pesar de marear igualmente – si no más. Me reuní con Nacho y Octavio en la plaza en frente de la torre y me tuve que parar un segundo ya que me había mareado más que pensaba. Creo que esta experiencia, junta con la que tuve en una atracción giratoria en la feria de Búfalo el año pasado, me han confirmado definitivamente que ya no tengo la capacidad que tenía antes de recuperarme de tanta vuelta.

Una vez recuperado, los tres salimos del castillo y pasamos por Malá Strana para reunirnos con otra amiga y comer en un restaurante por allí. Probé un guiso local que se sirvió dentro de un pan. Estuvo rico, pero era demasiado pan para una sola persona.

Los cuatro luego volvimos a cruzar el Puente de Carlos y nos acercamos a la parada de tranvía para volver a casa. Antes de despedirnos, sin embargo, ¡tuvimos que sacarnos una foto juntos!

Esa noche fue la última que pasaría en la ciudad. Cenamos en un sitio chino local antes de volvernos a casa a acostarnos temprano para que pudiera madrugar un poco a ver algo más de la ciudad antes de irme. Esto al final no funcionó ya que puedo ser muy vago cuando me entra, así que las actividades del día se limitaron a la compra de un regalo para Nacho y luego una visita a una oficina de correos para que pudiera enviar una postal.

Luego recogí mi mochila y me despedí de Nacho para volver al aeropuerto en la misma combinación de tranvía y bus que había cogido para acercarme a su casa unos pocos días antes. El viaje casi acabó en desastre, sin embargo. El bus llegó tarde, me bajé en la terminal equivocada y luego me encontré con una cola enorme en el control de seguridad. Llegué a la puerta de embarque por los pelos y me senté en mi asiento en la última fila para el viaje de tres horas de vuelta a España.

Aparte del pánico al final, mi fin de semana en Praga fue una fantasía. La ciudad es guapísima y llena de sorpresas, Nacho fue un anfitrión fabuloso y me encantó conocer a tanta buena gente mientras estaba allí. Mi única queja sería no poderme habido quedado más tiempo para seguir explorando la ciudad a mi ritmo, pero allí estará la ciudad el año que viene ¡y lo más seguro es que yo también!