Praga

16.03.23 — Praga

Mi última entrada desde Madrid detalló los multiples roles que intentaba asumir mientras seguía tirando adelante en el frío polar que ha sido protagonista durante esta primavera. Por si no había tiritado lo suficiente, sin embargo, ¡el finde pasado fui volando hasta el este de Europa y a las calles frescas de Praga!

Había organizado el viaje hace unos meses, cogiendo un par de días de vacaciones para crear un fin de semana largo que coincidiera con unos días libres que tenía mi amigo Nacho. Ha estado viviendo en la capital checa durante el último año y medio desde que se mudó allí desde España y amablemente me había ofrecido acogerme en casa y enseñarme su nueva ciudad.

Como siempre, yo había dejado todo hasta la última hora, así que facturé mi vuelo y hice la mochila en la media hora antes de tener que salir de casa. Luego tuve un viaje agradable sin incidencia de Madrid a Praga, donde salí de la terminal y seguí las instrucciones de Nacho hasta su casa. Esto supuso un viaje en bus y luego en tranvía, desde el cual pude echar mi primer vistazo a Chequia, un país que nunca había visitado antes.

El primer tramo del viaje se marcó por los suburbios de la ciudad que lucían algo apagados por sus bloques repetidos de pisos bajo cielos nublados. El segundo tramo me llevó al casco histórico de Praga, en donde la monotonía apagada se cambió por un río amplio y una capa de tejados de terracota salpicada por chapiteles y torres de todo tipo, color y estilo.

En breve llegué a la casa de Nacho, donde dejé mis cosas antes de que saliéramos directamente al centro de la ciudad para empezar nuestras aventuras. En primer lugar paramos para subirnos a un paternóster, un tipo de ascensor que sigue siempre en marcha mientras tú como pasajero tienes que saltarte a la cabina en movimiento para subirte y bajarte. Solo quedan unos pocos en todo el mundo, y otro se encuentra en un edificio de la Universidad de Sheffield donde estudia mi hermana. ¿Quién hubiera dicho que me encontraría con otro?

Tras nuestra roce con la muerte en el paternóster, nos acercamos a la mayor calle comercial que da al museo nacional, un edificio icónico de la ciudad. Nos sentamos para tomarnos un café, merendar un poco y ponernos al tanto. Desde allí, fuimos a ver el reloj astrológico en la fachada del antiguo ayuntamiento justo cuando repicó la hora y las figuras de los doce discípulos aparecían detrás de un par de puertas azules pequeñas.

Enseguida nos perdimos mientras buscábamos el restaurante donde habíamos quedado para cenar con los amigos de Nacho. Nuestros móviles se estaban rayando así que teníamos un reto entre manos, pero al final lo encontramos y nos acomodamos para pasar una cena estupenda de sushi y cervezas locales entre risa y risa. ¡Sus amigos son lo más!

Desde allí, el grupo nos acercamos a un lugar mítico conocido como “el bar del perro”. Este sitio venía recomendado por más de una persona, así que me interesaba ver exactamente que tenía que lo hiciera tan especial.

Al llegar pensé que quizá fuera el sistema de pago propietario el punto diferencial, pero resulta que el lugar es mucho más que un bar con unas tarjetas de pago raras. Bajamos una serie de escaleras y nos encontramos en un laberinto subterráneo de salas y pasillos que acogían distintos bares, clubes, salones y hasta una pizzería y zona de sofás con una hoguera. ¡Era súper raro todo y me encantaba!

Tras un par de copas, un intento por mi parte de entender la moneda local y su cambio con el euro y luego un pequeño baile a unas canciones de Bob Dylan, me cansé del día largo de viajar y por eso los dos volvimos a casa. Este viaje lo realizamos en el tranvía, el método de transporte preferido por la ciudad según Nacho y evidenciado por el montón de tranvías que pasaban por todas las calles principales.

El tranvía que cogimos de vuelta a casa fue de los antiguos. Acabamos viajando de pie al fondo de uno de los dos vagones, así que me vi obligado a grabar un vídeo desde nuestra perspectiva mientras recorríamos las calles praguenses de camino al piso de Nacho.

Luego me llevé una sorpresa por la noche al darme la vuelta en la cama. Al cambiar de lado, escuché un chasquido alto y de repente me encontré medio hundido en la cama. Evidentemente estaba demasiado cansado como para que me importara, así que al final me volví a dormir sin pensarlo más. Solo fue cuando Nacho me despertó para preguntarme si estaba bien que me di cuenta de la situación. La mitad de las lamas se habían desabrochado de la estructura de la cama y había estado durmiendo en el colchón colgado como si fuera una hamaca.

Conseguimos arreglarlo por la mañana y pedí mil disculpas por haber incurrido el daño, pero Nacho me aseguró que ese lado de la cama llevaba un tiempo medio roto. A pesar del consuelo, estaré contando bien las calorías ahora que he vuelto de mis vacaciones…

Nacho tenía que trabajar un poco esa mañana, así que me fui hacia el centro yo solo pero bien informado con unas recomendaciones de qué debería hacer. Las seguí hasta el pie de la letra, visitando una cafetería local llamada Golden Egg. Me pusieron una tostada divina de salmón ahumado, huevo escalfado, salsa béchamel, eneldo y chile, un plato que lo acompañé con una limonada casera con pera y canela. ¡Una pasada todo!

Desde allí, me volví a subir al tranvía y me acerqué al casco histórico, donde mi primera parada fue el antiguo ayuntamiento. Nacho había aconsejado que me apuntara a un tour, pero entre mi tardanza y algo de caos y confusión sobre la compra de entrada dentro del edificio, al final tuve que conformarme con una entrada de acceso general.

Nunca disuadido, subí una última escalera hacia la torre del reloj para ver las vistas sobre la ciudad. Una rampa infinita (que me recordó a una en una torre que escalé en Copenhague) me llevó hasta la cima, donde me eché a la galería para ver las vistas panorámicas.

Las vistas hicieron que valiera la pena la subida y el apretón de la galería.

En la galería me había topado con cuatro mujeres que estaban de visita de Barcelona. Les había escuchado hablando en español y preguntándose a quién podrían pedir que les sacara una foto, así que me ofrecí. Me volví a encontrar con ellas luego en las salas interiores, donde habíamos tenido todos la misma idea de intentar ver el mecanismo del reloj que había visto la noche anterior, el que rota a los dos discípulos detrás de las ventanas azules.

Al final pude verlo en acción y también eché un rato explorando las salas interesantes del antiguo ayuntamiento. Una vez cansado de ver tanto esplendor, salí al exterior y a la ráfaga de nieve que había empezado a caer, debajo de la cual me acerqué al antiguo cementerio judío. Curioso como todo aquí tiene un nombre que empieza con “antiguo”…

Parece que Nacho y yo no tenemos ninguna neurona entre los dos, porque habíamos decidido que yo debería visitar este monumento judío el día sábado – es decir, durante el sabbat. Por razones bien obvias, estaba cerrado. No quería que me importase mucho así que acto seguido continué paseando por las calles bonitas de la ciudad y un barrio que Nacho me había dicho que explorara. Allí descubrí una cafetería bonita y me pillé una sidra caliente servida con canela en rama y trocitos de manzana. ¡Justo lo que necesitaba para calentarme!

Al finalizar mi bebida, fui reunido con Nacho en un restaurante tradicional checo, donde disfruté una ensalada de patatas con pollo frito. La comida no fue nada de otro mundo como fue en sitios como Bilbao o Santander (para poner un par de ejemplos recientes) pero supo bien y nos mantuvo de pie hasta que nos entraron ganas de postre…

El capricho dulce vino en la forma de un trdelník o “tarta de chimenea”, una delicia callejera praguense. Consiste en una masa dulce que se envuelve alrededor de un cono y que se cocina sobre una fogata. Luego se baña en azúcar, canela, trozos de nuez y – en nuestro caso ya que me lo habían recomendado – chocolate fundido en el interior del cono. Vistos los ingredientes, ¡sobra mucho que os confirme que supo divina!

El postre calentito y recién hecho fue un gran acierto en el frío praguense.

Zampamos esta delicia mientras cruzábamos el Puente de Carlos, un punto de referencia de Praga que conecta el casco histórico con Malá Strana, un barrio pequeño en el otro lado del río cuyo nombre literalmente significa “el lado pequeño”.

En Malá Strana echamos un ojo a unos sitios icónicos, entre ellos unas estatuas escandalosas, un mural famoso de John Lennon (él nunca visitó Praga) y el callejón más estrecho de la ciudad. Disponía de su propio juego de semáforos peatones para que la gente no se chocara en este pasillo súper claustrofóbico.

Al volver al centro por el puente pudimos ver la ubicación para nuestras aventuras del días siguiente, el Castillo de Praga. Desde el puente, volvimos a casa en otro de los tranvías eficientes y decidimos que no queríamos estar por las calles muy tarde dado el frío que hacía. Optamos por cenar en un restaurante italiano bonito y luego tomarnos un cóctel en un bar curioso por el barrio donde vive Nacho.

El día siguiente y volvimos a subirnos a un tranvía que nos llevó al castillo que puedes ver encima de todo en la imagen de arriba. Efectuamos una pequeña parada por el camino porque Nacho quería que viera algo de cerca que había observado y que me había hecho mucha gracia el día anterior. No fue ningún punto de interés ni artista callejero, sin embargo: fue una especie de nutria. Wikipedia define el coipo como “un roedor semiacuático”, que es justo lo que había dicho yo: parecen ratas grandes y mojadas.

Debería destacar que la comida en la foto no la dejamos nosotros. Disuaden a la gente de darles de comer a los coipos por su estado como especie invasora que está causando problemas dentro del ecosistema local. A pesar de eso, he de admitir que me hizo mucha gracia ver uno de cerca.

Desde la orilla del río nos subimos al segundo tranvía y al Castillo de Praga, donde se nos unió el amigo de Nacho, Octavio. Ya que los dos ya habían visto todo muchas veces anteriormente, me dejaron que fuera explorando a mi bola dentro de las zonas de pago del castillo, que resulta ser un complejo enorme de edificios, iglesias y hasta casas.

Esta foto la saqué justo antes de que pasara un desfile militar.

Entre una iglesia, una catedral, una calle de casas ancianas y otra torre de reloj enorme, había tanto que ver dentro de los límites del castillo que no sabría ni por dónde empezar si os contara todo. Por eso solo mencionaré lo que más me gustó, empezando con la antigua cárcel. Las fotos no revelan mucho, pero eché un buen rato leyendo los detalles horripilantes de cómo confinaban a los presos dentro de los muros de la prisión en siglos pasados…

El mejor momento del castillo tenía que haber sido la torre, que hizo que la torre que había escalado el día anterior y su rampa gradual parecieran un juguete. La única manera de escalar esta torre fue subiendo más que 280 escalones – y no fueron de una escalera normal, sino una escalera en espiral de piedra que parecía infinita: seguía y seguía y seguía sin ni una plataforma para que pudiera recuperar un poco el aliento. A esto le sumas el hecho de que había gente bajando a la vez que yo subía y hizo por una experiencia claustrofóbica que generaba bastante vértigo.

Eventualmente llegué a la cima, donde me alivió descubrir que habían montado una sala con bancos para que todos los que habíamos sufrido la subida pudiéramos sentarnos un segundo y recuperarnos. Pensé que yo estaba sufriendo con el asunto, pero luego apareció una señora que tenía la cara más colorada que las tejas de terracota del tejado praguense.

Una vez recuperado salí a la galería y me choqué con las mejores vistas sobre Praga que había visto hasta la fecha. Desde este punto podía ver sobre el Puente de Carlos y sobre todo el casco histórico. Hasta pude apreciar los detalles arquitectónicos de los edificios que había visitado justo antes de mi subida mortal por la torre.

Como me había prometido Nacho, las vistas iban a mejor según avanzaba el viaje.

La bajada por la escalera en espiral fue algo menos dura que la subida a pesar de marear igualmente – si no más. Me reuní con Nacho y Octavio en la plaza en frente de la torre y me tuve que parar un segundo ya que me había mareado más que pensaba. Creo que esta experiencia, junta con la que tuve en una atracción giratoria en la feria de Búfalo el año pasado, me han confirmado definitivamente que ya no tengo la capacidad que tenía antes de recuperarme de tanta vuelta.

Una vez recuperado, los tres salimos del castillo y pasamos por Malá Strana para reunirnos con otra amiga y comer en un restaurante por allí. Probé un guiso local que se sirvió dentro de un pan. Estuvo rico, pero era demasiado pan para una sola persona.

Los cuatro luego volvimos a cruzar el Puente de Carlos y nos acercamos a la parada de tranvía para volver a casa. Antes de despedirnos, sin embargo, ¡tuvimos que sacarnos una foto juntos!

Esa noche fue la última que pasaría en la ciudad. Cenamos en un sitio chino local antes de volvernos a casa a acostarnos temprano para que pudiera madrugar un poco a ver algo más de la ciudad antes de irme. Esto al final no funcionó ya que puedo ser muy vago cuando me entra, así que las actividades del día se limitaron a la compra de un regalo para Nacho y luego una visita a una oficina de correos para que pudiera enviar una postal.

Luego recogí mi mochila y me despedí de Nacho para volver al aeropuerto en la misma combinación de tranvía y bus que había cogido para acercarme a su casa unos pocos días antes. El viaje casi acabó en desastre, sin embargo. El bus llegó tarde, me bajé en la terminal equivocada y luego me encontré con una cola enorme en el control de seguridad. Llegué a la puerta de embarque por los pelos y me senté en mi asiento en la última fila para el viaje de tres horas de vuelta a España.

Aparte del pánico al final, mi fin de semana en Praga fue una fantasía. La ciudad es guapísima y llena de sorpresas, Nacho fue un anfitrión fabuloso y me encantó conocer a tanta buena gente mientras estaba allí. Mi única queja sería no poderme habido quedado más tiempo para seguir explorando la ciudad a mi ritmo, pero allí estará la ciudad el año que viene ¡y lo más seguro es que yo también!

El carrete de Ellie

06.03.23 — Madrid

Cuando mi hermana Ellie me vino a visitar hacia finales del año pasado, llevó consigo una cámara analógica que estaba utilizando para fotografiar sus vacaciones de ese año. Después de explorar la ciudad, vernos con amigos y tanto cocinar como consumir buena comida, ¡teníamos gansa de ver las fotos reveladas!

Hace un mes o así por fin pudo ir a que las revelasen y me envió una copia del resultado. Me encantaron las fotos, así que le pedí permiso para publicarlas aquí como un repaso de todo lo que hicimos en otoño. Así que nada, sin enrollarme más, ¡aquí están!

Una noche en el restaurante italiano local con Luis.
Una copa de tinto de verano tras un paseo por el río.
Yo con mi look californiano en el invernadero municipal.
Ellie al punto de comerse una pizza deliciosa en NAP.
Un desayuno de tortitas elaborado por su servidor.
Unas bebidas por el lago en el último día juntos.

Espero que te hayan gustado las fotos tanto como me gustaron a mí. Son una mirada divertida y sin filtro sobre los días que pasamos juntos aquí en Madrid. Parar leer más, échale un ojo a la entrada de blog original de octubre del año pasado. Por ahora os dejo con esta mirada atrás y ¡os prometo que en nada retomaré la programación normal!

Entre chef, modelo y guía turístico

26.02.23 — Madrid

Tras unas semanas de estar callado aún estoy aquí, aún ando por Madrid y aún está haciendo un frío que me muero. Después de mi vuelta de Gijón hemos gozado de una semana o así de mayor tiempo, pero estos últimos días la temperatura ha vuelto a bajar a los bajos. No es como cuando pasó la borrasca Filomena por la ciudad hace un par de años, ¡pero basta para que no quiera salir de casa!

Un finde sí que me atreví a enfrentarme con el frío, ya que había quedado en ser guía turístico para unos visitantes muy especiales a la ciudad. Tras pasármelo fenomenal en su boda el verano pasado, Jess y Adam vinieron a visitar Madrid unos días. Antes de que pudiera verlos, había quedado con unos compañeros en ir a ver una exposición en La Casa Tomada. Llevo años queriendo visitar este centro cultural de mi barrio, así que fue guay por fin entrar y luego echarnos al sol un rato en su azotea.

Desde allí, los cuatro nos plantamos en una terraza y nos tomamos un par de vermús antes de que tuviera que irme a buscar a Jess y Adam que acababan de llegar al centro y andaban esperando a que se les diera la llave a su habitación. Jess salió y me encontró esperándolos en la plaza. Echamos un rato hablando hasta que pudieran subir a su habitación y en ese momento yo subí a la azotea del hotel para beberme otra copita de vermú sobre los tejados de Madrid. ¡Ni tan mal!

Enseguida se unieron Jess y Adam para tomarse ua copa antes de bajar al nivel de la calle y empezar a explorar la ciudad. Les enseñé algunos de mis barrios favoritos para comer y beber, pero las calles estaban petadas al igual que los bares. Luego me di cuenta que la concurrencia se debía a una gran manifestación que había finalizado justo a la hora que habíamos salido a hacer una ruta por el centro.

Al final acabamos probando unos platos locales en por mi barrio, después del cual subimos a mi piso a tomarnos algo y para que pudieran cotillear mi casa. Luego volvimos al centro para cenar en un sitio de tapas que sabía que les encantaría. Como acto seguido nos metimos en las calles del Barrio de las Letras para buscar un bar de vinos de Jerez que le encantan a Jess. Resultó estar cerrado por un evento privado, cosa que la interpretamos como intervención divina y por ende nos volvimos a nuestras casas respectivas.

Fue un placer poder enseñarles la ciudad y me quedé muy contento cuando Jess me contó después que les había encanado Madrid. ¡Estoy desando que vuelvan en breve!

La siguiente semana empezaron algunas aventuras culinarias mías, desde una ensalada caprese hasta una tanda temprana de torrijas. Hice estas delicias por primera vez en 2016, la primera vez que viví en Madrid mientras trabajaba en prácticas. La historia de esto se ha contado muchas veces y va así: un día mi compañero Luis trajo a la oficina una torrija que había comprado, la probé y me gustó, luego ese mismo finde me puse a investigar como se hacían y elaboré unas cuentas. ¡Las llevé a la oficina y me comentaron varios compañeros que me habían salido mejores que las de sus propias madres!

El secreto de mi receta es atreverse a pasarse mucho de azúcar y canela.

Ese fin de semana tenía otros planes que suponían cocinar lo menos posible mientras comía lo más posible. Esto empezó con una visita a la casa de Sara, donde se unió Rocío para echar una noche de vino y pizza casera. No salió como quisiéramos ya que acabamos cotilleando tanto que se nos olvidó la pizza y acabó estando un poco más crujiente que lo deseado, ¡pero nos lo pasamos pipa igual!

El día siguiente me reuní con Luis y nos acercamos al centro para verle a Carmen y participar en su proyecto fotográfico. Nos disparó unas fotos en plena calle, después del cual Luis y yo fuimos a desayunar. En ese bar se nos juntaron unos amigos más y acabamos yendo a una panadería buenísima (yo pillé un cruasán de chocolate y Luis se llevó un pan parecido al que compramos Megan y yo en Montreal) y luego a comprarnos unas plantas nuevas en un floristería al lado.

Mientras esperábamos que acabara Carmen, nos plantamos en un bar para tomar un vermú (mi copa favorita por si no te había quedado claro) y algo de picar. Como solo puede pasar aquí en España, esta copa luego se convirtió en unas horas de raciones y conversación al llegar Carmen.

Tras comer sin ni darnos cuentas, Luis, Carmen y yo pillamos un taxi a la casa de Carmen para seguir con nuestra tarde de risas. Pusimos unas películas mudas, nos echamos otra copa de vino y pasamos lo que quedaba de la tarde picando jamón, queso y unas rebanadas de pan casero hecho por Carmen. ¡Estábamos en la gloria!

El día siguiente lo pasé en casa cocinando y limpiando. Hice unas buenísimas (aunque lo diga yo) lentejas a la riojana y luego me puse a elaborar unas alitas de pollo según la receta de una compañera mía. Me salieron también muy ricas a pesar de ser un coñazo a la hora de comerlas. ¡Dejaron mi escritorio todo pegajoso en la oficina el día siguiente!

En el trabajo, me pasé una mañana muy guay un día gracias a la visita de unos estudiantes de diseño de Valencia. Tengo muy buenos recuerdos de la emoción cuando nos visitaron diseñadores de estudios locales cuando yo estudiaba en la universidad, así que me supuso un honor sentarme con ellos y compartir nuestro trabajo y mi experiencia. Espero que les resultase tan interesante y nutritivo como a mí me resultó agradable.

Este fin de semana va a ser muy tranquilo después de una semana algo movida. He estado poniéndome al tanto con mi familia y amigos del Reino Unido y todo el mundo, organizándome un poco la vida y hasta volviendo a poner la silicona de la ducha. Lo digo siempre pero me repito: ¡la vida adulta es nada más que una serie infinita de gestiones y tareas! Me quedé orgulloso del desayuno que me preparé ayer, sin embargo, que por una vez sabía igual de buena que luce en la foto.

Ahora ando esperando en casa a que se acerque Sara para echarnos la tarde tomando té, sándwiches y tal vez un vermucín. He preparado un relleno para los sándwiches que se llama coronation chicken (“pollo de la coronación”), una receta británica que incorpora pollo, mayonesa, curry, pasas, salsa de mango y canela. ¡La idea es que sea una comida británica en toda forma!

Eso sí, echo en falta un bol de patatas fritas de queso y cebolla, fui a buscarlas esta mañana pero resulta que han chapado la tienda británica que tenía cerca de casa y que ahora es una tienda de ropa barata. Esto lo descubrí tras congelarme las manos en la bici esta mañana. ¡Vaya decepción me he llevado un domingo por la mañana! Luego me acerqué a otra tienda en otro barrio, pero resulta que aquella también se va a convertir en otra tienda de ropa.

Estoy desconsolado…

De Madrid a Gijón

11.02.23 — Gijón

Mi anterior entrada de blog trató de mi última visita a la casa de mis tíos antes de que la vendiesen a mudarse de vuelta al Reino Unido, pero ya me encuentro con otro viaje que contaros. Esta vez estoy viajando al lado opuesto de la peninsula, hacia el norte y la ciudad de Gijón. Mencioné antes de navidad que mis amigos Bogar y Javier estaban con las últimas preparaciones para mudarse a Asturias, así que este viaje supuso la primera oportunidad de verlos en su nueva casa.

Para ir a la ciudad salí corriendo del trabajo el viernes y me acerqué a Moncloa para pillar un BlaBlaCar. Me recogió un tal Juan que enseguida arrancó una conversación entre los cuatro que íbamos en el coche. Me puse a hablar con otro pasajero que me contó como había trabajado en el teatro toda su vida, en primer lugar como actor y luego en el diseño y producción del decorado. Me acordaba de mis días currando en un teatro de mi pueblo.

Llegamos a Gijón mucho antes de lo previsto, lo caul despistó a Cami, mi buena amiga que sería mi anfitriona durante el finde. Saqué las pocas cosas que llevaba de la maleta mientras ella acababa sus gestiones y como acto seguido los dos cogimos un taxi a la playa para reunirnos y cenar con Bogar y Javier.

Tras un par de bebidas en la barra, nos pusieron una mesa a los cuatro y empezó nuestra cena. Yo había tenido un día muy pesado entre el trabajo y el viaje largo y sabía que Bogar y Javi tenían que hacer unas gestiones el día siguiente, así que había supuesto que sería una noche tranquila. ¡Vaya equivocación!

Una vez contentos gracias a la sidra, Javi dijo que deberíamos salir de fiesta ya que los planes que tenían para el día siguiente se habían tumbado. Estábamos en plena cena con comida rica y buena compañía, así que no pusimos ninguna pega al plan. Después de cenar, nos acercamos a un bar cuyo dueño era amigo de Javi. Allí nos tomamos unos daiquiris de fresa buenísimos y partimos a bailar en un par de discotecas.

Lo mejor de los cócteles fueron las nubes enorme que habían echado encima.

Sobra decir que no dormí temprano como me había imaginado, pero nos lo pasamos fenomenal. Hubo musica buena, copas ricas y me encantó que Cami pudiera conocer a Bogar y Javi ahora que los tres viven en la misma ciudad. Lo malo de todo esto fue que el día siguiente Cami y yo nos encontrábamos exhaustos, así que nos quedamos por casa casi todo el día, salvo una visita rápida al supermercado a por comida para Luke, el perro de Cami.

El domingo nos encontrábamos como nuevo. Salimos por la tarde a visitar el piso de Bogar y Javi, un apartamento bonito cerca de la playa en el que habían entrado ya en diciembre. Tras hacer el tour, acabamos en un bar cercano para tomarnos un aperitivo que luego se convirtió en una tarde pasada entre bar y bar.

El día siguiente fue lunes así que tuve que volver al trabajo, aunque fuera a distancia desde el salón de Cami. Pude salir una hora a comer así que Cami y yo nos aceramos a una sidrería cerca de casa. Allí comimos unos platos deliciosos pero bien pesados, entre ellos un caldo, una churrascada y arroz con leche.

Tras ponernos finos, volvimos a casa para que pudiera acabar el día laboral. Una vez desconectado, hice la mochila y luego Cami me acompañó hasta un aparcamiento cercano para que pudiera coger mi coche de vuelta a Madrid.

He de decir que me lo pasé pipa en Gijón con Cami, Bogar, Javi y sus amigos. Los planes fueron muy espontáneos, como tiene que ser en visitas cortas como esta. Tengo que darle las gracias a Cami por acogerme en casa una vez más y destaco también que ando con ganas de invadir la casa de Bogar y Javi en cuanto tengan montada la habitación para invitados…

De vuelta a la capital, he vuelto a la rutina cotidiana del trabajo, la natación y los planes con amigos. Como últimamente no he parado, he decidido tomarme unos findes para descansar sin viajar ni hacer grandes planes. Este fin de semana parece que lo único que hago es limpiar la casa y hacer alguna que otra gestión, ¡cosa que me está viniendo muy bien por ahora!

Aquí un selfie gratuito en el frío pero con algo de sol.

Todo esto quiere decir que lo más probable es que no haya mucha actividad aquí en mi blog. No te preocupes, sin embargo, porque tengo algunas ideas para otras entradas que aprovecharé para compartir más fotos e historias de estos últimos meses. ¡Estáte al loro!

Una última visita a Murcia

28.01.23 — Murcia

Publiqué la primera entrada de blog (en inglés) sobre una visita a la casa murciana de mis tíos en el año 2015. Pasé unos días allí con mi madre y mi tía y acto seguido cogí un tren hacia el norte para visitar Madrid por primera vez. Ni siquiera fue la primera vez que había visitado la región, esa sucedió en 2019, un año después de que se mudaran mis tíos a vivir allí. Desde entonces, he visitado muchas veces y he creado bastantes recuerdos.

Quince años después han dedicado vender su casa y volver al Reino Unido, una decisión que me obligó a hacer un plan para visitarles una última vez. Organicé esto antes de volver a Inglaterra a pasar la navidad y justo fue la semana que viene que me acerqué a la estación de tren para empezar mi viaje.

Este viaje fue algo caótico: nunca hay paz cuando yo viajo. Llegué a la estación de Atocha y me encontré con una pantalla de salidas que su segunda mitad estaba rota. Por eso me quedé esperando a que saliera mi tren en la otra mitad, pero al final me aburrí y decidí pasar por el control de seguridad. Fue en aquel momento que una guardia de seguridad me escaneó el billete y me informó ¡que había venido en la estación equivocada!

Me estaba maldiciendo mientras corrí consumido por un pánico ciego hacia los trenes de Cercanías para buscar el siguiente que saliera hacia Chamartín. En un momento de suerte, bajé por la primera escalera mecánica y me topé con uno que estaba al punto de salir hacia donde tenía que haber estado. Por milagro llegué a la estación correcta tan solo diez minutos antes de que saliera el tren a Murcia, cosa que me dejó con el tiempo justo como para pasar por seguridad y recobrarme un poco el aliento.

Parece que siempre monto un drama al viajar, pero nunca he llegado a perderme ninguna conexión ni perderme por completo. Un milagro, vamos…

Esta confusión se había generado por el nuevo tren a Murcia que empezó a prestar servicio este año. La ciudad se ha incorporado en la red de trenes de alta velocidad, por la cual mi viaje ahora consistía en dos partes: un AVE a la capital Murciana y luego un tren local a Balsicas, un pueblo cerca del piso de mis tíos.

El transbordo fue la segunda parte en el viaje en torcerse. El tren que tenía que haber cogido a Balsicas se canceló mientras nos quedamos todos esperándolo en el andén. Tras 45 minutos de espera en el frío y sin recibir información ninguna, por fin nos dirigieron a otro andén donde un tren eventualmente apareció.

Entre el estrés del lío en Madrid y luego la hora que pasé en el frío en la estación de Murcia, no me encontraba del todo bien al llegar en Balsicas. Me recogieron mis tíos y fuimos directamente a su apartamento para que pudiera descansar, ¡que bien me hacía falta!

El día siguiente me quedé trabajando desde su casa, contactando con mi equipo y avanzando con tareas varias. Me había pedido el día siguiente de vacaciones para poder asistir a la happy hour del bar de la urbanización, pero enseguida se me hizo claro que tendría que trabajar sí o sí para cerrar unas cosas urgentes y conectarme a una reunión inmovible.

A pesar de este inconveniente, conseguí desconectarme a mi hora y ducharme para pasar la noche con mis tíos y sus amigos. Nos tomamos unas copas, cenamos, charlamos y nos echamos unas buenas risas con todos los otros personajes que se habían apuntado a la noche. Nos tenían sentados en una mesa muy larga: ¡comenté que aquel parecía la última cena!

Agradecí el paseo nocturno a El Casón a pesar del frío.

El siguiente día me conecté a la reunión y al trabajo desde un espacio facilitado para esto que se encuentra justo encima del bar donde nos habíamos tomado las copas la noche anterior. Luego se unieron mis tíos para tomar algo, después del cual bajamos de vuelta a su casa para toparnos con una pareja que estaba interesada en comprar la casa. Mientras esperaba a que echaran un último vistazo a la casa y negociaran temas de papeleo, me quedé sentado al lado de la piscina.

Cuando se fueron, los tres nos metimos dentro de la casa y me puse a preparar una comida compuesta de una serie de montados y varios platos de picoteo. Nos sentamos a comer juntos, pero luego tuve que seguir con el curro hasta poder desconectarme del todo y disfrutar el finde. Esa noche cenamos en un restaurante venezolana en un pueblo cercano, en el cual compartimos una selección de platos y tuve la oportunidad de enseñarles a mis tíos algunos de mis platos favoritos.

El día siguiente me desperté hecho polvo tras una noche de sueño interrumpido y los síntomas de un resfriado que poco a poco iban a pero. Después de desayunar, me volví a meter en la cama para echarme un rato, algo que al final se convirtió en que echara toda la noche echándome una siesta tras otra. ¡Claramente me hacía falta descansar!

Por la tarde ya me encontraba algo mejor, una mejora ayudad por una dosis casi letal de mentol que me preparó mi tía. Con las vías respiratorias bien despejadas, los tres nos acercamos a un pueblo a tan solo cinco minutos en coche de su casa. Allí, me pedí una cena peruana (un pisco sour y un ceviche) mientras ellos optaron por una hamburguesa. ¡Fue un sitio muy encantador!

Cabe destacar que no comimos dentro del contenedor ese. Estaba fuera del restaurant y por lo que sea me pareció curioso.

El siguiente día fue el último que iba a pasar por Murica, así que pasé la mañana vagueando por la casa y haciendo la maleta. Me despedía del piso que ha supuesto un segundo hogar aquí en España durante tanto tiempo. Luego fuimos a comer con unos amigos de mis tíos en un sitio local antes de que cogiera mi tren de vuelta a Madrid.

Nos lo pasamos tan bien que me descansé tanto que se me fue la hora. Durante las prisas al pagar y salir dejé en la mesa mi cacao, pero podía haber dejado algo mucho más imprescindible así que no me voy a regañar. Al final llegué a la estación de tren con tiempo de sobra. Allí abracé a mis tíos y me subí al tren para empezar el viaje de vuelta a la capital – y esta vez todo fue sin incidencia.

Como puedes ver, al final acabó siendo un finde muy tranquilo por tierras murcianas, pero es justo lo que me hacía falta tras unos meses muy ocupados. Se me hizo raro contemplar que sería mi última vez en ese apartamento, ya que me ha supuesto una especie de casa de campo aquí en la peninsula. Sé que volverán mis tíos a la zona, sin embargo, así que es una cuestión de esperar a que alquilen un sitio durante unos meses para poder volver a bajar y molestarles como tanto me gusta…