Cuando mi hermana Ellie me vino a visitar hacia finales del año pasado, llevó consigo una cámara analógica que estaba utilizando para fotografiar sus vacaciones de ese año. Después de explorar la ciudad, vernos con amigos y tanto cocinar como consumir buena comida, ¡teníamos gansa de ver las fotos reveladas!
Hace un mes o así por fin pudo ir a que las revelasen y me envió una copia del resultado. Me encantaron las fotos, así que le pedí permiso para publicarlas aquí como un repaso de todo lo que hicimos en otoño. Así que nada, sin enrollarme más, ¡aquí están!
Una noche en el restaurante italiano local con Luis.Una copa de tinto de verano tras un paseo por el río.Yo con mi look californiano en el invernadero municipal.Ellie al punto de comerse una pizza deliciosa en NAP.Un desayuno de tortitas elaborado por su servidor.Unas bebidas por el lago en el último día juntos.
Espero que te hayan gustado las fotos tanto como me gustaron a mí. Son una mirada divertida y sin filtro sobre los días que pasamos juntos aquí en Madrid. Parar leer más, échale un ojo a la entrada de blog original de octubre del año pasado. Por ahora os dejo con esta mirada atrás y ¡os prometo que en nada retomaré la programación normal!
Tras unas semanas de estar callado aún estoy aquí, aún ando por Madrid y aún está haciendo un frío que me muero. Después de mi vuelta de Gijón hemos gozado de una semana o así de mayor tiempo, pero estos últimos días la temperatura ha vuelto a bajar a los bajos. No es como cuando pasó la borrasca Filomena por la ciudad hace un par de años, ¡pero basta para que no quiera salir de casa!
Un finde sí que me atreví a enfrentarme con el frío, ya que había quedado en ser guía turístico para unos visitantes muy especiales a la ciudad. Tras pasármelo fenomenal en su boda el verano pasado, Jess y Adam vinieron a visitar Madrid unos días. Antes de que pudiera verlos, había quedado con unos compañeros en ir a ver una exposición en La Casa Tomada. Llevo años queriendo visitar este centro cultural de mi barrio, así que fue guay por fin entrar y luego echarnos al sol un rato en su azotea.
Desde allí, los cuatro nos plantamos en una terraza y nos tomamos un par de vermús antes de que tuviera que irme a buscar a Jess y Adam que acababan de llegar al centro y andaban esperando a que se les diera la llave a su habitación. Jess salió y me encontró esperándolos en la plaza. Echamos un rato hablando hasta que pudieran subir a su habitación y en ese momento yo subí a la azotea del hotel para beberme otra copita de vermú sobre los tejados de Madrid. ¡Ni tan mal!
Enseguida se unieron Jess y Adam para tomarse ua copa antes de bajar al nivel de la calle y empezar a explorar la ciudad. Les enseñé algunos de mis barrios favoritos para comer y beber, pero las calles estaban petadas al igual que los bares. Luego me di cuenta que la concurrencia se debía a una gran manifestación que había finalizado justo a la hora que habíamos salido a hacer una ruta por el centro.
Al final acabamos probando unos platos locales en por mi barrio, después del cual subimos a mi piso a tomarnos algo y para que pudieran cotillear mi casa. Luego volvimos al centro para cenar en un sitio de tapas que sabía que les encantaría. Como acto seguido nos metimos en las calles del Barrio de las Letras para buscar un bar de vinos de Jerez que le encantan a Jess. Resultó estar cerrado por un evento privado, cosa que la interpretamos como intervención divina y por ende nos volvimos a nuestras casas respectivas.
Fue un placer poder enseñarles la ciudad y me quedé muy contento cuando Jess me contó después que les había encanado Madrid. ¡Estoy desando que vuelvan en breve!
La siguiente semana empezaron algunas aventuras culinarias mías, desde una ensalada caprese hasta una tanda temprana de torrijas. Hice estas delicias por primera vez en 2016, la primera vez que viví en Madrid mientras trabajaba en prácticas. La historia de esto se ha contado muchas veces y va así: un día mi compañero Luis trajo a la oficina una torrija que había comprado, la probé y me gustó, luego ese mismo finde me puse a investigar como se hacían y elaboré unas cuentas. ¡Las llevé a la oficina y me comentaron varios compañeros que me habían salido mejores que las de sus propias madres!
El secreto de mi receta es atreverse a pasarse mucho de azúcar y canela.
Ese fin de semana tenía otros planes que suponían cocinar lo menos posible mientras comía lo más posible. Esto empezó con una visita a la casa de Sara, donde se unió Rocío para echar una noche de vino y pizza casera. No salió como quisiéramos ya que acabamos cotilleando tanto que se nos olvidó la pizza y acabó estando un poco más crujiente que lo deseado, ¡pero nos lo pasamos pipa igual!
El día siguiente me reuní con Luis y nos acercamos al centro para verle a Carmen y participar en su proyecto fotográfico. Nos disparó unas fotos en plena calle, después del cual Luis y yo fuimos a desayunar. En ese bar se nos juntaron unos amigos más y acabamos yendo a una panadería buenísima (yo pillé un cruasán de chocolate y Luis se llevó un pan parecido al que compramos Megan y yo en Montreal) y luego a comprarnos unas plantas nuevas en un floristería al lado.
Mientras esperábamos que acabara Carmen, nos plantamos en un bar para tomar un vermú (mi copa favorita por si no te había quedado claro) y algo de picar. Como solo puede pasar aquí en España, esta copa luego se convirtió en unas horas de raciones y conversación al llegar Carmen.
Tras comer sin ni darnos cuentas, Luis, Carmen y yo pillamos un taxi a la casa de Carmen para seguir con nuestra tarde de risas. Pusimos unas películas mudas, nos echamos otra copa de vino y pasamos lo que quedaba de la tarde picando jamón, queso y unas rebanadas de pan casero hecho por Carmen. ¡Estábamos en la gloria!
El día siguiente lo pasé en casa cocinando y limpiando. Hice unas buenísimas (aunque lo diga yo) lentejas a la riojana y luego me puse a elaborar unas alitas de pollo según la receta de una compañera mía. Me salieron también muy ricas a pesar de ser un coñazo a la hora de comerlas. ¡Dejaron mi escritorio todo pegajoso en la oficina el día siguiente!
En el trabajo, me pasé una mañana muy guay un día gracias a la visita de unos estudiantes de diseño de Valencia. Tengo muy buenos recuerdos de la emoción cuando nos visitaron diseñadores de estudios locales cuando yo estudiaba en la universidad, así que me supuso un honor sentarme con ellos y compartir nuestro trabajo y mi experiencia. Espero que les resultase tan interesante y nutritivo como a mí me resultó agradable.
Este fin de semana va a ser muy tranquilo después de una semana algo movida. He estado poniéndome al tanto con mi familia y amigos del Reino Unido y todo el mundo, organizándome un poco la vida y hasta volviendo a poner la silicona de la ducha. Lo digo siempre pero me repito: ¡la vida adulta es nada más que una serie infinita de gestiones y tareas! Me quedé orgulloso del desayuno que me preparé ayer, sin embargo, que por una vez sabía igual de buena que luce en la foto.
Ahora ando esperando en casa a que se acerque Sara para echarnos la tarde tomando té, sándwiches y tal vez un vermucín. He preparado un relleno para los sándwiches que se llama coronation chicken (“pollo de la coronación”), una receta británica que incorpora pollo, mayonesa, curry, pasas, salsa de mango y canela. ¡La idea es que sea una comida británica en toda forma!
Eso sí, echo en falta un bol de patatas fritas de queso y cebolla, fui a buscarlas esta mañana pero resulta que han chapado la tienda británica que tenía cerca de casa y que ahora es una tienda de ropa barata. Esto lo descubrí tras congelarme las manos en la bici esta mañana. ¡Vaya decepción me he llevado un domingo por la mañana! Luego me acerqué a otra tienda en otro barrio, pero resulta que aquella también se va a convertir en otra tienda de ropa.
Mi anterior entrada de blog trató de mi última visita a la casa de mis tíos antes de que la vendiesen a mudarse de vuelta al Reino Unido, pero ya me encuentro con otro viaje que contaros. Esta vez estoy viajando al lado opuesto de la peninsula, hacia el norte y la ciudad de Gijón. Mencioné antes de navidad que mis amigos Bogar y Javier estaban con las últimas preparaciones para mudarse a Asturias, así que este viaje supuso la primera oportunidad de verlos en su nueva casa.
Para ir a la ciudad salí corriendo del trabajo el viernes y me acerqué a Moncloa para pillar un BlaBlaCar. Me recogió un tal Juan que enseguida arrancó una conversación entre los cuatro que íbamos en el coche. Me puse a hablar con otro pasajero que me contó como había trabajado en el teatro toda su vida, en primer lugar como actor y luego en el diseño y producción del decorado. Me acordaba de mis días currando en un teatro de mi pueblo.
Llegamos a Gijón mucho antes de lo previsto, lo caul despistó a Cami, mi buena amiga que sería mi anfitriona durante el finde. Saqué las pocas cosas que llevaba de la maleta mientras ella acababa sus gestiones y como acto seguido los dos cogimos un taxi a la playa para reunirnos y cenar con Bogar y Javier.
Tras un par de bebidas en la barra, nos pusieron una mesa a los cuatro y empezó nuestra cena. Yo había tenido un día muy pesado entre el trabajo y el viaje largo y sabía que Bogar y Javi tenían que hacer unas gestiones el día siguiente, así que había supuesto que sería una noche tranquila. ¡Vaya equivocación!
Una vez contentos gracias a la sidra, Javi dijo que deberíamos salir de fiesta ya que los planes que tenían para el día siguiente se habían tumbado. Estábamos en plena cena con comida rica y buena compañía, así que no pusimos ninguna pega al plan. Después de cenar, nos acercamos a un bar cuyo dueño era amigo de Javi. Allí nos tomamos unos daiquiris de fresa buenísimos y partimos a bailar en un par de discotecas.
Lo mejor de los cócteles fueron las nubes enorme que habían echado encima.
Sobra decir que no dormí temprano como me había imaginado, pero nos lo pasamos fenomenal. Hubo musica buena, copas ricas y me encantó que Cami pudiera conocer a Bogar y Javi ahora que los tres viven en la misma ciudad. Lo malo de todo esto fue que el día siguiente Cami y yo nos encontrábamos exhaustos, así que nos quedamos por casa casi todo el día, salvo una visita rápida al supermercado a por comida para Luke, el perro de Cami.
El domingo nos encontrábamos como nuevo. Salimos por la tarde a visitar el piso de Bogar y Javi, un apartamento bonito cerca de la playa en el que habían entrado ya en diciembre. Tras hacer el tour, acabamos en un bar cercano para tomarnos un aperitivo que luego se convirtió en una tarde pasada entre bar y bar.
El día siguiente fue lunes así que tuve que volver al trabajo, aunque fuera a distancia desde el salón de Cami. Pude salir una hora a comer así que Cami y yo nos aceramos a una sidrería cerca de casa. Allí comimos unos platos deliciosos pero bien pesados, entre ellos un caldo, una churrascada y arroz con leche.
Tras ponernos finos, volvimos a casa para que pudiera acabar el día laboral. Una vez desconectado, hice la mochila y luego Cami me acompañó hasta un aparcamiento cercano para que pudiera coger mi coche de vuelta a Madrid.
He de decir que me lo pasé pipa en Gijón con Cami, Bogar, Javi y sus amigos. Los planes fueron muy espontáneos, como tiene que ser en visitas cortas como esta. Tengo que darle las gracias a Cami por acogerme en casa una vez más y destaco también que ando con ganas de invadir la casa de Bogar y Javi en cuanto tengan montada la habitación para invitados…
De vuelta a la capital, he vuelto a la rutina cotidiana del trabajo, la natación y los planes con amigos. Como últimamente no he parado, he decidido tomarme unos findes para descansar sin viajar ni hacer grandes planes. Este fin de semana parece que lo único que hago es limpiar la casa y hacer alguna que otra gestión, ¡cosa que me está viniendo muy bien por ahora!
Aquí un selfie gratuito en el frío pero con algo de sol.
Todo esto quiere decir que lo más probable es que no haya mucha actividad aquí en mi blog. No te preocupes, sin embargo, porque tengo algunas ideas para otras entradas que aprovecharé para compartir más fotos e historias de estos últimos meses. ¡Estáte al loro!
Publiqué la primera entrada de blog (en inglés) sobre una visita a la casa murciana de mis tíos en el año 2015. Pasé unos días allí con mi madre y mi tía y acto seguido cogí un tren hacia el norte para visitar Madrid por primera vez. Ni siquiera fue la primera vez que había visitado la región, esa sucedió en 2019, un año después de que se mudaran mis tíos a vivir allí. Desde entonces, he visitado muchas veces y he creado bastantes recuerdos.
Quince años después han dedicado vender su casa y volver al Reino Unido, una decisión que me obligó a hacer un plan para visitarles una última vez. Organicé esto antes de volver a Inglaterra a pasar la navidad y justo fue la semana que viene que me acerqué a la estación de tren para empezar mi viaje.
Este viaje fue algo caótico: nunca hay paz cuando yo viajo. Llegué a la estación de Atocha y me encontré con una pantalla de salidas que su segunda mitad estaba rota. Por eso me quedé esperando a que saliera mi tren en la otra mitad, pero al final me aburrí y decidí pasar por el control de seguridad. Fue en aquel momento que una guardia de seguridad me escaneó el billete y me informó ¡que había venido en la estación equivocada!
Me estaba maldiciendo mientras corrí consumido por un pánico ciego hacia los trenes de Cercanías para buscar el siguiente que saliera hacia Chamartín. En un momento de suerte, bajé por la primera escalera mecánica y me topé con uno que estaba al punto de salir hacia donde tenía que haber estado. Por milagro llegué a la estación correcta tan solo diez minutos antes de que saliera el tren a Murcia, cosa que me dejó con el tiempo justo como para pasar por seguridad y recobrarme un poco el aliento.
Parece que siempre monto un drama al viajar, pero nunca he llegado a perderme ninguna conexión ni perderme por completo. Un milagro, vamos…
Esta confusión se había generado por el nuevo tren a Murcia que empezó a prestar servicio este año. La ciudad se ha incorporado en la red de trenes de alta velocidad, por la cual mi viaje ahora consistía en dos partes: un AVE a la capital Murciana y luego un tren local a Balsicas, un pueblo cerca del piso de mis tíos.
El transbordo fue la segunda parte en el viaje en torcerse. El tren que tenía que haber cogido a Balsicas se canceló mientras nos quedamos todos esperándolo en el andén. Tras 45 minutos de espera en el frío y sin recibir información ninguna, por fin nos dirigieron a otro andén donde un tren eventualmente apareció.
Entre el estrés del lío en Madrid y luego la hora que pasé en el frío en la estación de Murcia, no me encontraba del todo bien al llegar en Balsicas. Me recogieron mis tíos y fuimos directamente a su apartamento para que pudiera descansar, ¡que bien me hacía falta!
El día siguiente me quedé trabajando desde su casa, contactando con mi equipo y avanzando con tareas varias. Me había pedido el día siguiente de vacaciones para poder asistir a la happy hour del bar de la urbanización, pero enseguida se me hizo claro que tendría que trabajar sí o sí para cerrar unas cosas urgentes y conectarme a una reunión inmovible.
A pesar de este inconveniente, conseguí desconectarme a mi hora y ducharme para pasar la noche con mis tíos y sus amigos. Nos tomamos unas copas, cenamos, charlamos y nos echamos unas buenas risas con todos los otros personajes que se habían apuntado a la noche. Nos tenían sentados en una mesa muy larga: ¡comenté que aquel parecía la última cena!
Agradecí el paseo nocturno a El Casón a pesar del frío.
El siguiente día me conecté a la reunión y al trabajo desde un espacio facilitado para esto que se encuentra justo encima del bar donde nos habíamos tomado las copas la noche anterior. Luego se unieron mis tíos para tomar algo, después del cual bajamos de vuelta a su casa para toparnos con una pareja que estaba interesada en comprar la casa. Mientras esperaba a que echaran un último vistazo a la casa y negociaran temas de papeleo, me quedé sentado al lado de la piscina.
Cuando se fueron, los tres nos metimos dentro de la casa y me puse a preparar una comida compuesta de una serie de montados y varios platos de picoteo. Nos sentamos a comer juntos, pero luego tuve que seguir con el curro hasta poder desconectarme del todo y disfrutar el finde. Esa noche cenamos en un restaurante venezolana en un pueblo cercano, en el cual compartimos una selección de platos y tuve la oportunidad de enseñarles a mis tíos algunos de mis platos favoritos.
El día siguiente me desperté hecho polvo tras una noche de sueño interrumpido y los síntomas de un resfriado que poco a poco iban a pero. Después de desayunar, me volví a meter en la cama para echarme un rato, algo que al final se convirtió en que echara toda la noche echándome una siesta tras otra. ¡Claramente me hacía falta descansar!
Por la tarde ya me encontraba algo mejor, una mejora ayudad por una dosis casi letal de mentol que me preparó mi tía. Con las vías respiratorias bien despejadas, los tres nos acercamos a un pueblo a tan solo cinco minutos en coche de su casa. Allí, me pedí una cena peruana (un pisco sour y un ceviche) mientras ellos optaron por una hamburguesa. ¡Fue un sitio muy encantador!
Cabe destacar que no comimos dentro del contenedor ese. Estaba fuera del restaurant y por lo que sea me pareció curioso.
El siguiente día fue el último que iba a pasar por Murica, así que pasé la mañana vagueando por la casa y haciendo la maleta. Me despedía del piso que ha supuesto un segundo hogar aquí en España durante tanto tiempo. Luego fuimos a comer con unos amigos de mis tíos en un sitio local antes de que cogiera mi tren de vuelta a Madrid.
Nos lo pasamos tan bien que me descansé tanto que se me fue la hora. Durante las prisas al pagar y salir dejé en la mesa mi cacao, pero podía haber dejado algo mucho más imprescindible así que no me voy a regañar. Al final llegué a la estación de tren con tiempo de sobra. Allí abracé a mis tíos y me subí al tren para empezar el viaje de vuelta a la capital – y esta vez todo fue sin incidencia.
Como puedes ver, al final acabó siendo un finde muy tranquilo por tierras murcianas, pero es justo lo que me hacía falta tras unos meses muy ocupados. Se me hizo raro contemplar que sería mi última vez en ese apartamento, ya que me ha supuesto una especie de casa de campo aquí en la peninsula. Sé que volverán mis tíos a la zona, sin embargo, así que es una cuestión de esperar a que alquilen un sitio durante unos meses para poder volver a bajar y molestarles como tanto me gusta…
Desde que volví de Inglaterra al principio del mes, he pasado unas semanas tranquilas en Madrid gracias al frío. Esto no quiere decir que he estado muy quieto, sin embargo, ya que quedaba mucho por hacer antes de que acabara la época navideña.
En primer lugar, quería ir al centro de la ciudad para ver las luces de navidad antes de que las quitasen. Debido a los dos viajes que realicé a Inglaterra en el mes de diciembre, no había tenido la oportunidad de verlas antes de la navidad. Por eso pasé por el centro una tarde para ver el espectáculo colorido.
También pillé una función de Cortylandia, un espectáculo de animatrónica que se monta en una fachada de El Corte Inglés de Sol. Esta costumbre mítica de Madrid siempre se acompaña con la misma canción pegadiza y este año fue igual. Estaba bailando todo el mundo en la calla al refrán de «Cortylandia, Cortylandia, ¡vamos todos a cantar!»
Mis tíos me visitaron durante el primer fin de semana del año que pasé en Madrid. Subieron desde Murcia para dejar una maleta que no era suya y que la habían cogido durante un momento de confusión al recoger su equipaje tras un crucero. A pesar de la naturaleza repentina de su visita, nos lo pasamos bien. Hice unas comidas caseras en casa, dimos una vuelta y comimos por el centro y hasta pudimos celebrar juntos el día de los Reyes Magos.
Ya que el día 6 de enero no se celebra en Inglaterra, aproveché para enseñarles las costumbres españolas. Pillé un roscón y lo cortamos y lo mojamos en una taza de chocolate. Era la manera perfecta de ponerle fin a un día bien frío.
Hasta el sol montó un espectáculo de luces coloridas.
Ese mismo finde, también salí a cenar en un sitio pijo para celebrar el cumpleaños de Napo. Brindamos la ocasión con unos platos deliciosos, entre ellos una burrata, unos buñuelos de bacalao y un filete de ternera. Todo esto lo acompañamos con unas copas de vino blanco ¡como tiene que ser!
Tan solo una semana después, estaba de vuelta por el centro. Sara y yo habíamos comprado entradas a Naturaleza Encendida unas cuantas semanas antes, una experiencia que se vive en el Real Jardín Botánico en Madrid y cuyas entrada siempre se agotan enseguida gracias a la alta demanda. Consiste en la instalación de una tonelada de luces, altavoces y otros efectos visuales entre la flora del jardín. ¡Te puedes imaginar que llevo años queriendo ir!
Nos reunimos para tomarnos algo antes de acercarnos a los jardines. Una vez dentro, nos enfrentamos con el espectáculo y el tamaño impresionante de la cosa. Los dos habíamos visitado juntos los jardines el año pasado, pero verlo iluminado en matices de rosa, morado y azul suponía una experiencia completamente distinta.
Puedes apreciar por las fotos que fue algo bastante especular, pero no se compara con realmente estar allí en carne y hueso, rodeado por la plétora de luces que cambiaban de color, sonidos misteriosos y árboles que imponían más por el mero hecho de estar iluminado de otra manera. ¡Fue una pasada!
Tras casi dos horas, nuestra ruta por la naturaleza iluminada llegó a su fin, pero no antes que que me comprase un chocolate a la taza y que los dos echáramos un ojo por la segunda parte de la exhibición. Esta nos llevó a un edificio que contenía una exposición fotográfica la última vez que visitamos.
La siguiente semana empezó con un plan espontáneo que montamos Napo y yo el lunes por la tarde. Nos vimos en Chueca, donde nos tomamos un vermú antes de cenar en un sitio venezolano que le apetecía visitar. Tenía ganas de probarlo después de la cena de navidad venezolana tan deliciosa que disfrutamos juntos en diciembre.
La comida al final estuvo bien rica, tengo que mencionar en concreto las bolitas de yuca con una salsa de miel. Hasta la bebida fue distinta y muy rica – ¡aunque se me ha olvidado como se llama! Con algo de suerte, Napo se acuerde para la siguiente vez…
Apenas el día siguiente ya estaba haciendo la mochila para mi primer viaje del 2023. Este viaje prometía ser interesante, pero ya os contaré más de él en la siguiente entrada de blog, ya que ahora mismo estoy intentando moverme un poco por la casa para aguantar el frío horrible que ha caído sobre Madrid. ¡Brrr!