La vuelta a España

13.10.22 — Madrid

Tras un viaje de un mes entero por los Estados Unidos y Canadá, por fin volví a Europa con mucha energía. Después de hacer tanta cosa por las Américas, tenía ganas de hacer todo tipo de planes y mantener el rumbo vacacional en mi ciudad de Madrid.

Lo primero era ponerme a tanto con todos mis amigos que llevaba un mes sin verlos, así que quedé unas cuantas tardes para tomar algo por la ciudad. ¡Si había echado de menos algo fue el concepto de las cañas!

El sol veraniego aún estaba tiñendo mi barrio de oro.

Otra tarde fui al Real Jardín Botánico con Sara. Llevaba diciendo que tenía que visitar este sitio desde la primera vez que visité Madrid pero no lo había hecho, así que quedamos allí ya que la entrada era gratis ese día.

Ojeamos bien las plantas y las exhibiciones, pero era una época algo regular para visitar. Las floraciones del verano ya habían pasado y aún no habían cambiado las plantas veraniegas con las de invierno. Sí que me gustó una exhibición fotográfica que tenían montada en uno de los edificios, así que anoté el nombre de unos fotógrafos que me habían molado.

Al salir del jardín, pasamos por las afueras del Museo del Prado que lo avecina y subimos al Barrio de las Letras para tomar algo y ponernos al tanto. Como siempre nos echamos un buen rato hablado de todo el cotilleo y nuestras aventuras en verano.

El Prado lucía resplandeciente en el sol de la tarde.

Otra tarde de esa misma semana me reuní con Hugo, Sergejs y unos amigos más para cenar fuera y celebrar el cumpleaños de Hugo. Fuimos a un restaurante en el norte que era una parrillada americana – algo que se me hizo irónico ya que había aterrizado de los Estados Unidos unos pocos días antes.

Nos lo pasamos pipa en el sitio, donde un amigo de Hugo conocía a una de las camareras por haber trabajado juntos en el pasado. Compartimos unos platos ricos de carne y unas cuantas copas, ¡durante las cuales nos regalaron unos postres a modo de regalo al cumpleañero!

Para seguir celebrando, quedamos en hacer un picnic ese finde. A pesar de los postres ricos del restaurante, yo pensaba que no sería un cumpleños sin tarta, así que hice un pastel tradicional británico para que lo probáramos todos en el río. También me corría prisa hornear una tarta ya que se me iba a caducar la harina especial que me compré en un supermercado británico en Murcia – ¡es una faena encontrarla aquí en España!

Me salió bien gracias a la harina británica especial.

En otro ejemplo de yo hacer algo que tenía que haber hecho hace ya tiempo, me compré un casco para usarlo mientras me subo en bici por la ciudad. Lo empecé a usar en mis vueltas a casa en bici, pero también eché unas tardes aprovechando el tiempo más tolerable para andar por la ciudad. Una de esos caminos me llevó al Campo del Moro, otro sitio icónico de Madrid que tampoco había visitado jamás.

El siguiente finde volví a salir con Sara, pero esta vez nos acompañaron su novio y unos amigos que estaban de visita desde Asturias. Quedamos por el centro para tomar algo pero al final acabamos cenando en un restaurante en el norte de la ciudad, en donde cené un salmón delicioso y unas copas.

Mi próxima aventura me llevó a Arganda del Rey, un pueblo en las afueras de Madrid. Luis es de allí y su familia sigue viviendo allí, así que cogí el coche con Carmen para reunirme con él y unos amigos más. Cenamos por Arganda y luego nos acercamos al evento principal: ¡las fiestas!

Llevaba desde julio sin ir a unas fiestas de pueblo, así que ya era hora de que volviera. Nos metimos dentro de la feria, donde pillamos unas cubatas y nos acercamos a la pista de baile para esperara a que saliera el amigo de Luis que iba a pinchar.

Nos pasamos una noche fenomenal en las fiestas, bailando y riéndonos hasta cansarnos y luego zampando unos bocadillos enormes de chorizo y morcilla. Como yo era la única persona del centro de Madrid en el grupo, acompañé a Luis a casa donde me dejó una habitación libre para que durmiera allí.

La mañana siguiente me desperté con algo de dolor de cabeza, pero la chica venezolana que cuida a los padres de Luis puso solución a esto con unos tequeños caseros recién fritos. Luis y yo echamos un buen rato en su jardín pintoresco comiéndonos estas delicias mientras nos tomamos un Colacao para aliviar un poco la resaca.

El jardín fue un lugar bonito con una sombra bienvenida creada por las viñas.

Después salimos al centro de Arganda del Rey, donde las calles estaban eléctricas gracias a las fiestas y las preparaciones para el encierro. Bueno, a mí me encantan muchas facetas de la cultura española, pero la tauromaquia no figura entre ellas. Aún así, es verdad que me fascinaba ver como existe una infraestructura permanente para poder montar las vallas y muros.

Mi finde en Arganda llegó a su fin con un helado y un viaje caluroso en coche con Luis de vuelta al centro de Madrid. Me dejó en el portal de mi casa y pasé lo que quedaba del día vagueando por allí y dándome pena gracias a la resaca que no se me quitaba.

Esto no supuso el fin de mis aventuras de verano en España, pero tendré que dejar la próxima historia para otra entrada de blog. ¡Hay mucho que contar tras escribir trece entradas acerca de mi viaje por las Américas!

Los EEUU y Canadá

10.10.22 — Toronto

Si has estado al tanto de mi blog durante el último mes, sabrás que he estado publicando una serie de entradas contando mi viaje de un mes por los Estados Unidos y Canadá. Al final son trece entradas de blog, así que pensé que sería buena idea recopilarlas en un directorio aquí…

Montreal

Aterrizo en Canadá tras un viaje largo desde Europa. Megan me recoge del aeropuerto y pasamos una noche juntos en la ciudad.

Williston

Cruzamos la frontera a los EEUU y par los primeros días con Megan y su familia en su casa en las afueras de la ciudad de Burlington en el estado de Vermont. Exploramos la naturaleza vermontesa y tengo la oportunidad de visitar un instituto americano.

Lago Champlain

Siguen mis aventuras por Williston con una serie de actividades en el bonito lago Champlain. Megan y yo vamos de piragüismo, Maureen me hace un tour de las islas y pasamos unas noches de diversión cenando en restaurantes y cantando en bares de karaoke.

Camping pijo

Megan, Breen, Aaron y yo pasamos un finde en el campo vermontés en un sitio de camping con vistas sobre el lago Champlain. Me como un corn dog, hago s’mores y hablamos alrededor de la hoguera hasta la madrugada.

Megan se muda

Megan se muda a su nueva casa y la acompaño allí para pasar una semana de teletrabajo con otros planes por las tardes. Vamos al teatro, me uno a un partido de beisbol y comemos muchos tacos, pizzas y helados.

El partido de béisbol

Me empapo en una experiencia estadounidense de verdad, un partido de béisbol. Comemos unos perritos calientes de 25¢, vemos un atardecer precioso y nos sacamos unas fotos con la mascota del equipo.

Un día intenso en Burlington

Megan y yo damos una vuelta de 32km en bici bajo el sol veraniego hasta el lago Champlain, después del cual nos pilla una tormenta de lluvia. Celebramos el día con una noche de copas y karaoke.

Bread & Puppet

Megan me lleva a vivir una experiencia alternativa en un teatro exterior en el campo vermontés. Fue una experiencia única que no soy capaz de resumir…

Nos despedimos de Vermont

Mis últimos días en el estado de Vermont. Salimos a desayunar en un sitio típico americano, escalamos la montaña más alta del estado, visitamos el hotel de la familia Von Trapp y pasamos por la fábrica de Ben & Jerry’s.

Nueva York con Megan

Megan y yo pasmos un rato fenomenal en Nueva York. Visitamos el puente de Brooklyn, comemos en Katz’s Deli, vemos una función de comedia, nos montamos en bici por Central Park, vemos un espectáculo en Broadway, visitamos el Museo Metropolitano y disfrutamos las vistas sobre Manhattan desde la azotea del hotel.

Solo por Nueva York

Me despido de Megan y estoy solo en la gran ciudad durante 24 horas. Me subo al parque del Highline, visito el memorial del 11S, me emociono al ver el atardecer sobre la siluetea famosa de Manhattan y luego me pierdo en el metro de salida de la ciudad.

Búfalo

Vuelo a Búfalo para pasar unos días con Kevin y James en su ciudad. Me enseñan lo más destacado de la ciudad y su comida y pasamos un día de hilaridad en la feria. Le pongo lazo a mi viaje con una borrachera con Kevin y vuelo de vuelta a Europa con una resaca importante.

Toronto

Mientras estaba con Kevin y James, Kevin y yo fuimos a Toronto un día de excursión. Paramos en las Cataratas de Niagara y luego exploramos la ciudad canadiense antes de volver a Búfalo.

Si no quieres estar volviendo a esta página todo el rato, también puedes empezar con la primera entrada y luego hacer clic en “Siguiente entrada” en el pie de cada página para leerlas todas en orden.

Espero que te guste esta serie de entradas que documentan un mes loco por Canadá y el noreste de los Estados Unidos – ¡yo sí que me lo pasé pipa!

Toronto

09.10.22 — Toronto

Como mencioné en mi entrada de blog acerca de los días que pasé en Búfalo, Kevin y yo también pasamos un día de excursión en Toronto. Este viaje nos sacó de Búfalo y de los Estados Unidos para Canadá, pero primero tuvimos que hacer una parada en la frontera entre los dos países.

He de admitir que tras tantas semanas en los EEUU y un rato bastante ajetreado en Nueva York, se me había olvidado por completo que Kevin y James viven cerca de una maravilla natural icónica: las Cataratas de Niagara. Tenía muchas ganas de ver las caídas famosas, así que aparcamos en el lado canadiense del Río Niagara y nos dirigimos hacia la columna inmensa de rocío.

Suena muy cliché, pero la verdad es que me emocioné incluso antes de ver las caídas en su totalidad. Tan solo estar cerca del agua y ver la inmensa cantidad que caía libremente desde lo alto de las cataratas me dejó muy impresionado. Luego tuve que reprimir una lágrima al ver la panorámica de las caídas en toda su gloria.

Las fotos que he incluido – igual que cualquier vídeo que he visto de las cataratas en el pasado – no hacen justicia al lugar. Nunca me había imaginado el tamaño monumental de todo. Fue realmente imponente.

Otro aspecto que no se aprecia en fotos es como te rocía la espuma generada por las cataratas: ¡nos empapamos! Hacía un día soleado y caluroso así que el frescor era bienvenida, menos mal.

También molaba mirar por el río hasta el lado estadounidense.

Tras una visita a la tienda de regalos y los servicios, nos volvimos a subir al coche y nos acercamos al centro de la ciudad. Kevin y yo montamos un buen karaoke por el camino, cantando unos clásicos españoles a toda voz por las carreteras canadienses.

Al llegar en la ciudad, Kevin traspasó por completo una acera en el coche a modo de atajo para entrar en el parking. ¡Incluyo esta anécdota porque fue un momento graciosísimo!

Nos pillamos unos abonos de transporte público y fuimos al barrio gay de Toronto, donde tomamos una copa e hicimos alguna que otra compra. Todo el rato fingíamos ser señoras españolas que sobrestimaban su nivel de inglés. ¡Qué gracia nos hacíamos!

Kevin luego hizo un plan de otras cosas que deberíamos hacer y ver en la ciudad. Pasamos por la plaza principal de Toronto, el antiguo ayuntamiento, un mercado famoso y luego el distrito de destilerías.

Las calles torontonianas son bonitas y enmarcan la silueta icónica de la ciudad.

Este distrito de destilerías fue justo eso, un barrio entero compuesto por antiguas cervecerías y destilerías que se habían convertido en una zona moderna de restauración. Encontramos un bar que tenía una mesa libre en su terraza y nos sentamos a tomar una pinta para ponerle lazo a nuestro día en Toronto.

El distrito de destilerías me gustó mucho, fue la guinda del pastel que fue Toronto.

Al pasar el día a ser la noche, volvimos al coche y empezamos nuestro viaje de vuelta a los EEUU y Búfalo. Kevin quería llevarme a cenar en un sitio cuyo nombre era un secreto, pero el tráfico al salir de torno nos detuvo un buen rato así que tuvimos que recorrer a una cena de pollo frito en Jim’s Stakeout. Esto supuso un presagio de la noche siguiente, ¡en la cual acabaríamos los dos en el mismo sitio en la madrugada y en un estado algo cuestionable!

Tras confundir las fechas y decir al agente de inmigración que había llegado a los Estados Unidos el día 24 de agosto – una fecha que aún no había pasado – por milagro me dejó entrar. ¡Creo que ni se dio cuenta de mi error monumental!

Me pasé un día estupendo en Toronto y en las Cataratas de Niagara (cuyo nombre llevo escribiendo mal toda la vida, ups). Kevin fue un guía turístico fabuloso y la mejor compañía posible para una excursión en una nueva ciudad.

Después de este viajecito volvimos a Búfalo, así que si llegaste en esta entrada desde aquella, ¡te toca volver!

Búfalo

02.10.22 — Búfalo

Tras unos días en Nueva York era hora de que fuera a la última ciudad de mi vuelta de un mes por Canadá y los Estados Unidos: ¡Búfalo! No es una ciudad típica que visitan los turistas, pero iba a ver a dos personas muy especiales: ¡Kevin y James! Conozco a Kevin desde hace tiempo ya y conocí a James cuando vino a Inglaterra y luego cuando pasó por España durante unos días, pero ahora tocaba ver a los dos en su propia casa.

El vuelo desde Nueva York fue rápido y en nada me vino a recoger Kevin del aeropuerto en Búfalo. Pasamos todo el viaje a su casa hablando y cotilleando. En casa, James había preparado una cena casera de pollo, macarrones con queso, verduras y pan de maíz. ¡Estuvo todo delicioso!

Tras cenar, deshice la maleta y me instalé en la habitación. Después fuimos al centro de Búfalo y a un bar para tomar unas copas. Kevin y yo nos pusimos contentos con cócteles de vodka y bailamos y cantamos un poco. Luego volvimos a casa, donde Kevin y yo pasamos el rato hablando hasta la madrugada.

El día siguiente nos despertamos un poco afectados tras tan solo dos cócteles, pero en nada estuvimos de pie y salimos a explorar un poco. Cogimos el coche al centro, donde entramos en el edificio alto y ornamentado del ayuntamiento. El interior supuso una sorpresa bonita gracias a su arquitectura y arte en el estilo Art Deco.

El ayuntamiento de Búfalo tiene mucha presencia en el centro de la ciudad.

Nos metimos en el ascensor y subimos hasta la última planta para ver otra sorpresa. Vimos unas vistas panorámicas sobre la ciudad y el lago Erie. Saqué unas fotos y James me enseñó unos de los sitios más importantes desde este mirador en las nubes.

Al salir del ayuntamiento, subimos una calle y a un hotel para pillar un café. James y yo cotilleamos unas de las salas enormes del hotel mientras Kevin fue a coger las bebidas. Luego reconvenimos en el coche para acercarnos a otro barrio de la ciudad.

Me gustaron mucho estas ilustraciones en la pared del hotel.

Paramos por el camino para ver un mural que James quería enseñarme, donde me sacaron una foto a modo de prueba de que había visitado Búfalo, Nueva York. Si esto te parece confuso, es porque la ciudad de Nueva York se ubica en el estado de Nueva York, en el cual también se encuentra Búfalo. No sé tú, pero a mí nunca me enseñaron la geografía de los Estados Unidos, por lo cual acabo de enterarme de todo esto en estos últimos años…

Para reiterar: ahora andaba en Búfalo en el estado de Nueva York.

Desde allí bajamos al puerto, donde vimos algunos puntos de interés. Echamos un ojo a unos barcos y submarinos militares retirados del servicio y me sacaron una foto con Shark Girl (“la chica / tiburón”), una escultura famosa a nivel local. No pondré aquí la foto ya que salgo horrible…

En nada el cielo se empezó a oscurecer gracias a unas nubes grises sospechosas que empezaron a formar, así que nos acercamos a la seguridad del coche mientras esperamos a que empezara a caer la lluvia. Fuimos a un supermercado que yo quería visitar, efectuando una parada en el camino para pillar unos bagels en Tim Horton’s (una cadena canadiense de cafeterías). ¡Seguía mi obsesión por los bagels tras los que había probado en Nueva York!

El supermercado en cuestión fue Trader Joe’s, en donde compré comida y picoteo para mi visita. Luego nos acercamos al supermercado que prefieren Kevin y James. Este sitio fue guay y tenía unas galletas fabulosas, pero se me hacía muy grande y estresante, como suele ser el caso con los supermercados estadounidenses. Me pillé una lata de root beer y descubrí que sabe a zarzaparrilla – ¡me encantó!

De camino a casa paramos en un centro comercial, donde quería comprarme unas nuevas zapatillas pero al final acabé comprando unos vaqueros. Me tuve que sacar una foto con la bolsa de Old Navy y enviarla a Megan y amigos en Vermont – ¡les flipa esa tienda!

Luego paramos a coger algo de cena: pizza y alitas de pollo. Búfalo se conoce por estas dos comidas ricas así que tenía ganas de probarlas. La pizza estuvo rica pero la estrella fueron las alitas. Tenían una sala ligeramente brava y venían acompañadas por una salsa de queso azul. ¡Riquísimo!

Ahora toca un intervalo mientras Kevin y yo nos acercamos a otro sitio un día…

El día siguiente Kevin y yo cruzamos la frontera con Canadá y fuimos a Toronto a pasar el día, pero eso lo quiero dejar para otra entrada de blog. ¡Dejaré aquí en enlace cuando esté subida!

Ya de vuelta a Búfalo el día siguiente, James y yo andábamos sin Kevin durante la mañana ya que había tenido que ir a trabajar. Los dos nos subimos al coche y dimos una vuelta por la ciudad para que James me pudiera enseñar unas de las joyas arquitectónicas y barrios icónicos de Búfalo. Fue una vuelta bien interesante y fue una pasada tener a un guía que sabe qué tipo de cosas me gustan.

Después fuimos al campus norte de la Universidad del estado de Nueva York en Búfalo (un nombre bien largo) para recoger a Kevin. Antes de irnos del campus dimos una vuelta para que yo cotilleara el sitio. Me interesaba ver una universidad estadounidense tras haber visto el instituto en Burlington. Era interesante pero teníamos sueño y hambre así que encontrarnos con el ganso agresivo del campus fue una señal suficiente para que nos fuéramos.

Comimos en un sitio que se llama Rachael’s, dónde pedí una comida ligera de una ensalada de pollo ya que mi cuerpo estaba pidiendo algo verde a gritos tras unos días de gula completa y absoluta en Búfalo, Toronto y Nueva York. También fue buena idea comer algo sano antes de ir a nuestra siguiente parada: ¡la feria!

Tras ver lo que para mí supuso la primera atracción de la feria, una discusión entre un asistente del parking y un hombre bien cabreado, pillamos las entradas y nos metimos dentro. Vimos unas vacas y otros animales, pero lo que más me llamaba era la gente de la feria. Empecé a entender la antropología – el estudio de las personas y el comportamiento humano.

James quería enseñarme una sección extraña de la feria, en donde se habían otorgado premios por todo tipo de curiosidades, entre ellas la presentación de verduras en vinagre y luego una serie de fotografías patrióticas. Una vez de vuelta al aire libre, me pillé una limonada fresca y nos acercamos a la parte de la feria que más me interesaba a mí: ¡las atracciones!

Me encanta esta foto con todos los colores y la energía de la feria.

No conseguí liar a Kevin y James para que se subieran al Ratón loco o los Coches de choque, así que tuve que conformarme con un viaje en la noria. Esto me supuso una sorpresa agradable ya que proveía unas vistas estupendas sobre la feria enorme desde lo alto.

Luego gasté los puntos que me quedaban en subirme a una monstruosidad que se llama Cero gravedad. Siempre había querido subirme a esta atracción que consiste en una estructura cilíndrica en la cual te quedas de pie mirando al centro con tu espalda pegada a la pared. Me instalé en la atracción con cuatro niños pequeños como compañía – mala señal.

La máquina empezó a girar cada vez más rápido, empujándome a la pared con las fuerzas que se generaban. Luego vino el momento más terrorífico de la experiencia cuando la máquina entera empezó a inclinarse hasta que estuviéramos dando vueltas boca abajo como si estuviéramos en una lavadora. ¡Todo esto mientras estuvimos atados con tan solo la fuerza centrífuga generada por los giros!

Esta fue la vista que tuve al subirme a esta cosa terrorífica.

La sensación de que se me estaban revolviendo los órganos durante todo el viaje no fue la más grata, pero me bajé con una sonrisa y me senté un miento mientras recuperara el aire y el equilibrio. Desde allí, fuimos a buscar “I Got It” (“Lo tengo”), el juego de feria preferido de James.

¡Este juego fue una pasada! Había que lanzar pequeñas pelotas de goma desde un banco a una caja con una retícula de 5 × 5 en su base. La pelota acabaría en uno de los 25 cuadrados y el objetivo fue igual que en el bingo, había que gritar “I got it!” si logramos hacer una línea de cinco pelotas.

No tengo las palabras para expresar lo adictivo que era este juego. Nos quedamos allí jugando hasta gastar todos los dólares físicos que llevábamos encima. No ganamos nada más allá de un juego gratis en un momento, pero valió la pasada ya que nos lo pasemos súper bien. Y oye, ¡en algún momento iba a tener que gastar esos billetes antes de irme del país!

Dinero gastado, entramos en una nave que me pareció un poco turbia gracias a los vendedores pesados, pero por lo menos disponía de aire acondicionado para que nos refrescáramos. Al salir nos topamos con un desfile de caballos y luego fuimos a buscar una comida típica de estas ferias: Oreo fritas. Estos dulces son justo eso: galletas Oreo que se fríen en una masa parecida a la de un donut. No me gustaron mucho, así que me pillé una bolsa de palomitas saladas y dulces – ¡eran frescas y deliciosas!

Luego echamos un ojo a unas autocaravanas, cosa que me horrorizó al fijarme en el exceso que es que la gente tenga una segunda casa vacía y aparcada en su jardín. Sí que me gustó la bebida que pedí después, que era como una zarzaparrilla pero más fuerte. ¡Sigo mosqueado conmigo mismo porque se me ha olvidado por completo cómo se llama!

Se estaba poniendo tarde y algo caliente, así que volvimos al coche y luego a casa. James tuvo que ir a trabajar, así que Kevin y yo andamos a la estación de metro más cercana y lo cogimos hasta el centro de la ciudad para pasar juntos mi última noche en las Américas.

El metro tenía unas pintas horribles pero esto ya no me sorprendía: los Estados Unidos es un país en el cual no se monta nada bien el transporte público. El tren llegó puntual y estaba limpio, así que no me puedo quejar. Nos dejó al lado del puerto que habíamos visitado unos días antes, desde donde nos acercamos a una bierhaus para disfrutar de comida y bebidas alemanas.

Pedimos unas jarras enormes de cerveza que se parecían a las que tomaba siempre en las festivales de cerveza en Herzogenaurach. A pesar de pedir también unas salchichas alemanas, la cerveza empezó a hacernos efecto y nos pusimos a charlar con la camarera y yo cantaba unas de las canciones alemanas que conocía gracias a Luisa y los viajes que he realizado a su pueblo en Alemania.

James eventualmente vino a recogernos y hizo bien en hacerlo ya que Kevin y yo estábamos bastante contentitos. James andaba reventado tras un día largo en el trabajo así que se fue a casa, dejando a Kevin y yo en un bar por el camino. Allí pedimos unos gin tonics y la cosa se nos fue de las manos: acabamos en un figón llamado Jim’s Stakeout donde pillamos unos bocadillos de pollo frito.

Tras coger un taxi de vuelta a casa, me desperté el día siguiente con una resaca monumental y el agobio de tener que hacer la maleta y salir de casa antes del mediodía para coger el vuelo de vuelta a Europa. No sé cómo pero de alguna manera conseguí hacerlo todo, aunque sí que empecé a morirme un poco durante el viaje en coche al aeropuerto.

Hubo una cola de coches importante en la frontera con Canadá, donde el sol empezó a brillar y calentar el coche mientras yo me arrepentía de haber bebido tan solo una gota de alcohol. Sobrevivimos la entrada a Canadá, y en nada tuve que despedirme de Kevin y James en el aeropuerto de Toronto en medio de una tormenta de lluvia que había brotado sobre la ciudad.

Desde allí tuve que aguantar la pesadilla que fue el vuelo de vuelta a Madrid, que incluyó un transbordo de cuatro horas en Lisboa. Andaba muy resacoso y con el estómago revuelto durante el vuelo sobre el Atlántico, cosa que no fue ayudad por el bebé llorón en la fila en frente de mí ni el hecho de estar atrapado en una butaca entre dos otras personas con espacio limitado para mis piernas. Y más, tuve que hacer el transbordo de manera manual en el aeropuerto de Lisboa. Es decir que tuve que pasar por inmigración, recoger mi maleta de la cinta y luego volverla a facturar. ¡Una pesadilla!

Pero no puedo dejar que este viaje poco grato de vuelta a mi continente nativo de Europa arruine los recuerdos excepcionales que hice en Búfalo con Kevin y James. De las exploraciones de la ciudad hasta momentos destacados como la feria y toda la comida deliciosa que comimos, doy las gracias a Kevin y James por acogerme en casa y enseñarme su ciudad. Fue una manera muy bonita de acabar mi viaje por las Américas, pero más que nada me encantó poder reunirme con los dos y pasar tanto tiempo juntos.

Ahora de vuelta a Madrid, casi me dormí en el taxi de vuelta a casa, donde llegué y descubrí que habían sobrevivido las dos plantas que había dejado en casa con un sistema automático de riego. Me fui directamente a la cama a echarme la siesta, después de la cual deshice la maleta y me tumbé para pasar una noche tranquila viendo Legalmente Rubia: El Musical.

¡Menudo viaje!

Solo por Nueva York

28.09.22 — Nueva York

Retomo la historia tras dejarle a Megan en el metro para que volviera al aeropuerto al separarnos tras tres semanas juntos explorando Canadá y el noroeste de los Estados Unidos. De repente me encontraba solo en la ciudad de Nueva York y con 24 horas para explorar todo lo que ofrecía. ¿Cómo iba a empezar? Con una siesta en el hotel, por supuesto.

Después de tumbarme un rato pasé un tiempo escribiendo mi diario, repasando mis fotos y empezando a hacer la maleta para que no anduviera con tantas prisas el día siguiente. Una vez hecho todo, volví al metro en mis cortos medio rotos y me acerqué al primer destino donde tenía pensado hacer dos coas a la vez.

Me bajé del metro cerca de Hudson Yards, donde busqué la tienda de Uniqlo en el elegante centro comercial nuevo. Allí me compré unos nuevos cortos y me los puse en el probador antes de echar los antiguos en un contenedor para que se reciclaran. Luego salí afuera a ver la siguiente atracción: el Vessel (buque).

Había escuchado mucho hablar sobre esta estructura en los canales de YouTube que veo de vez en cuando. Hablaron de los retos técnicos del proyecto de renovación de Hudson Yards y también de la controversia causada por las muertes por suicidio facilitadas por el Vessel. Mientras siguen trabajando para resolver este problema, la estructura se encuentra cerrada a los que buscan subirse, pero sí que nos dejaron entrar en la planta baja a sacar fotos.

Al salir de este barrio nuevo, me cogí un perrito caliente de uno de los puestos omnipresentes de comida. Pasé por el depósito ferroviario y me acerqué a un sitio que había visitado la última vez que estuve por la ciudad: el High Line. Esta pasarela ajardinada pasa por el lado oeste de Manhattan y cuenta con la curiosidad de ser edificada sobre una antigua línea ferroviaria elevada. Por eso ofrece un toque de verde entre los rascacielos y vistas interesantes sobre las calles de la ciudad.

Llamé a mi hermana un rato breve porque pensé que le gustaría ver como es el parque de la High Line. Hablamos un tiempo corto pero ya estaba metida en la cama, así que llamé a Kevin y nos echamos unas risas mientras caminé hasta el final de la pasarela.

Mi plan original fue volverme al hotel para refrescarme y cambiarme antes de salir por la tarde, pero al llegar al final del High Line ya era algo tarde. No quería perderme el atardecer, así que me quedé por la cuidad y decidí ir a la Zona Cero para ver el memorial del 11S ya que se encontraba por el camino.

Tras un incidente frustrante al intentar darme de alta en el sistema público de bicis y luego una espera calurosa por un tren en el metro decadente de la ciudad, por fin llegué al memorial. Eché un rato dando vueltas, asimilando el ambiente sombrío del lugar y sacando alguna foto mientras el sol se ponía detrás de los edificios.

El parque es un homenaje bonito y apto a los que fallecieron durante el atentado, pero parte de mí cuestionaba la comercialización excesiva de la zona y los eventos con los está asociada. Tener una atracción turística que parece un poco un parque de atracciones no me parecía del todo bien – y esto lo digo sabiendo bien que había venido a verlo yo también. Me dejó un poco en conflicto.

Colocan estas banderas en los nombres de los fallecidos en el día de su cumpleaños.

No quería que el transporte público poco fiable de Nueva York estropeara mis planes, por lo cual me acerqué con tiempo a mi siguiente destino. El metro me dejó en el Parque del Puente de Brooklyn, que se sitúa en el otro lado del agua que Manhattan. Desde allí, empecé mi descenso tranquilo a las orillas del agua, donde mi plan era ver el atardecer sobre la silueta famosa.

Esta vista fue guay con el Puente de Brooklyn escondido en el fondo.

Al girar una esquina y enfrentarme con vistas de los rascacielos sobre el agua del Río Este, he de admitir que casi se me soltó una lágrima. Me bajé al muelle, donde me pasé un buen rato apreciando las vistas. Este sitio disponía de vistas sobre todo: los restos del antiguo muelle, la Estatua de la Libertad a lo lejos, los colores del cielo, la silueta impresionante de Manhattan y una panorámica del Puente de Brooklyn que habíamos cruzado unos días antes.

Esta vista me pareció muy singular, combina la naturaleza con los rascacielos.

Estos postes son lo único que queda del muelle antiguo.

Después de sacar fotos innumerables desde este mirador tan especial, por fin le di la vuelta a la cámara y me saqué una foto para probar que sí que había estado en Nueva York. También me tocaba dejar de mirar las vistas y prestar atención a mi propio cuerpo, que estaba ya pidiendo comida y bebida a gritos. Pasé por el largo del parque en el muelle en busca de algo y sabía que me estaba acercando a algún sitio a ver que la gente llevaba helados casi enteros…

Acabé haciendo cola en una pizzería debajo del Puente de Brooklyn, donde me di cuenta de que la cola no se avanzaba y que había una escena caótica dentro del sitio. Impaciente gracias al hambre y la sed, abandoné la cola y fui a buscar un sitio alternativo. Al final tuve que conformarme con un kebab de otro puesto ambulante más. La comida de estos puestos no es la mejor pero en un apaño son como ángeles de la guardia.

Llevé mi kebab de pollo al muelle, donde encontré un banco libre y me senté a ver el avance del atardecer. Al llegar la noche, las luces famosas de La Gran Manzana se encendían y me quedé un rato sacando fotos a todo otra vez.

Al intensificar la oscuridad y el frío, le dije adiós a este sitio encantador y volví al metro. Una vez de vuelta al hotel, coloqué algunas cosas más en la maleta y repasé el mogollón de fotos que había tomado durante el viaje antes de irme a dormir. ¡Había sido una noche final preciosa y emocional en Nueva York!

El día siguiente, según lo que apunté en mi diario, fue “un día bastante mecánico”. Me desperté, acabé de hacer la maleta, me duché, salí del hotel y me llevé la maleta azul fiable al metro para ir al aeropuerto.

No obstante, el viaje de vuelta al aeropuerto no fue como un reloj. Desde el metro vi una curva pasar y algún tío de brújula interior o intuición direccional innata me hizo pensar que el tren tenía que haber girado en esa curva. Revisé el asunto en Google Maps y – como sospechaba – estuve en el tren equivocado y que teníamos que haber girado en esa curva.

No sé de donde saco este sentido de la orientación, pero estaba dando muchas gracias por tenerlo al bajarme del tren en la siguiente parada, coger el siguiente en el sentido opuesto y luego esperar al siguiente que me llevaría al aeropuerto.

Tres trenes después, por fin llegué al aeropuerto, donde pillé un último bagel con queso fresco y me acerqué a la puerta para embarcar. Había sido un viaje completo hasta allí tras llegar tan solo cuatro días antes, pero valió la pena ya que de allí partía para la siguiente parada en mi aventura americana.

Nueva York había sido una experiencia surrealista que cambió mi opinión de la ciudad. Antes la veía como un sitio para ir una vez y ya está, pero ahora la veo como un sitio para volver una vez tras otra – ya estoy pensando en cuando podré volver. El caos de La Gran Manzana es completamente agobiante, por lo cual nunca podría quedarme allí más de una serie de días seguidos, pero la diversidad que crea este caos la hace única entre ciudades.

Volveré a Nueva York sin duda, pero por ahora, me iba a otra ciudad estadounidense…