Lago Champlain

11.09.22 — Vermont

Amaneció en un nuevo día en Williston, pero teníamos unos planes interesantes que nos sacarían del barrio y a las orillas del agua en el centro de Burlington. Pero antes de acercarnos hasta allí, me desperté con un chute de energía y decidí que debería salir a correr.

Resulta que esto fue una idea terrible. Llevaba bastante tiempo sin hacer ejercicio así (presagiando una entrada de blog próxima), pero por lo menos conseguí salir un rato antes de volver a casa y tumbarme en la hamaca del jardín. Allí esperaba a que volviera Maureen a casa ya que Megan estaba aún currando en el campamento.

Maureen llegó con un capricho dulce en la forma de unas galletas artesanales que imitan la famosa Oreo. Estaban muy ricas y en nada se convirtieron en un problema ya que siempre había en casa y se volvieron en mi picoteo favorito mientras me quedaba en la casa de los padres de Megan. En fin, una vez comidas las galletas nos echamos un baño en la piscina y esperábamos a que llegara Megan a casa.

Megan se echó una siesta al llegar, después de la cual hicimos la maleta y salimos a hacer lo que habíamos organizado antes: ¡una tarde en kayak! Es un deporte que me gustaba mucho cuando era un Scout y salía por los canales de agua sospechosamente opaca en mi condado nativo de Lancashire, pero esta vez fuimos a remar en la amplitud del Lago Champlain.

El Lago Champlain es una masa de agua que separa el estado de Vermont del de Nueva York, cuyas orillas están rodeadas por una cordillera de montañas que se llaman las Adirondack. Había visto el lago y las montañas cuando habíamos estado comiendo por el puerto, pero esta vez fuimos al club de navegación a vela de la comunidad para pillar un par de kayaks.

El viaje hasta el lago nos llevó por el centro de Burlington y pasamos por unas casas de fraternidad: ¡otra cosa que pensaba que solo existían en las películas americanas! Llegamos, alquilamos nuestro equipamiento y en nada ya nos encontramos encima de las aguas algo inestables del lago.

Fue un gusto estar en el agua y volverme a montar en kayak tras tantos años. Suelo ir muy asegurado de mis capacidades en el kayak, pero en un momento de estupidez y mania por sacar fotos de todo había decidido llevar mi móvil conmigo. Esto me tenía agobiado todo el rato pensando que se me iba a caer en la profundidad oscura del agua, así que empecé mi vuelta por el lago con un tambaleo nervioso.

Los cielos nublados y el agua turbia crearon unas vistas preciosas.

Habíamos salido por la tarde así que el sol ya se encontraba bastante bajo en el cielo, lo cual creó unos espectáculos de luz preciosos al bailar la luz sobre el agua. Nos acercamos al sol y a una playa en la distancia, en donde amarramos los kayaks para descansar un poco porque se me dolía la pierna.

Una vez de vuelta al agua continuamos el viaje, un viaje algo dificultado por o los kayaks o la resaca (nunca sabremos cuál fue) que insistía en llevarnos hacia la izquierda. Eventualmente llegamos al límite de la zona que podíamos explorar, donde paramos a ver a unos tíos lanzarse de una roca al lago. Era un sitio precioso, así que nos quedamos allí un rato hablando mientras el sol entraba por las nubes.

Los rayos de sol y la roca aislada crearon una imagen casi mística.

Luego empezamos a tirar de vuelta al club de deportes acuáticos, que en ese momento ya se encontraba lejos gracias a los dos tramos que ya habíamos remado. Fue un viaje algo difícil gracias a la distancia, el agotamiento y la turbulencia no grata creada por unos barcos que pasaban cerca.

Eventualmente llegamos a tierra firma, donde nos duchamos y nos cambiamos para pasar la tarde en el agua una vez más, pero esta vez de otro rollo. Condujimos la distancia corta por las orillas del lago y aparcamos para entrar en un sitio que se llamaba “Splash”, un restaurante flotante con vistas sobre el lago.

Maureen se unió con nosotros en el puerto, donde pillamos una de las mejores mesas al lado del agua. Un cóctel en la mano, pasamos la tarde hablando y picando mientras veíamos el sol ponerse sobre las Montañas Adirondack. También vimos la vuelta de “The Spirit of Ethan Allen”, un barco que lleva a los turistas a ver el atardecer sobre el agua.

Después de cenar, Maureen se fue para casa y Megan y yo nos acercamos a un bar local donde habíamos quedado en tomar algo con sus amigos. El bar era muy americano, decorado con objetos deportivos y gente que había vuelto de una tarde jugando al beisbol. Nos tomamos solo una copa y luego nos fuimos a casa ya que nos esperaba una agenda llena el día siguiente.

Megan volvió al campamento para la penúltima vez mientras yo desayunaba con Maureen. Luego me llevó Maureen a empezar nuestras aventuras juntos. Había planificado un viaje para los dos que nos llevarían otra vez al Lago Champlain, pero esta vez sobre tierra firma en vez del agua en sí. En el lago hay tres islas principales y nuestro plan era visitarlas a ver las vistas más importantes.

El viaje empezó en el Sand Bar, una barra natural que conecta la tierra firme con las islas. Saqué algunas fotos sobre el lago y nos pusimos a hablar con otra tía que estaba pasando por el lago.

Una vez en las islas, la primera parada fue en una playa pequeña. Desde allí, nos acercamos a un antiguo hotel que contaba con unas vistas preciosas sobre el agua que ahora se había convertido en un espacio de eventos. Después de eso, fuimos a un hotel donde trabajaba Maureen de pequeña y conocimos a la nueva dueña que nos dejo echar un ojo a las instalaciones recientemente renovadas.

Estas butacas se llaman Adirondack Chairs, toman su nombre de las montañas del fondo.

Luego tocaba comer. Para eso, Maureen había quedado en que se apuntara un amigo suyo a comer unos bocadillos con nosotros Los pillamos en una antigua gasolinera que también tenía una tienda bonita y una bocadillería. Me pillé un bocadillo de pavo y todas las guarniciones, entre ellas beicon, queso y pepinillos – ¡los estadounidenses saben montar un buen bocadillo!

Comimos los bocadillos en la terraza del ayuntamiento local y hablé con Michael sobre su experiencia viviendo entre los Estados Unidos, el Reino Unido y España, un trío de países que conozco bastante bien. Mientras hablábamos, una frente fría y nublosa se acercó así que al final tuvimos que volvernos a acercar a la tierra firme.

Al final no nos llovió encima, así que Maureen y yo paramos en una institución local: Seb’s. En esta combinación de tienda, cafetería y heladería compré unos postales para enviárselos a mi familia. Luego nos acercamos al puesto de helados y nos mimamos con unos helados de brownie de chocolate. Estuvieron bien ricos y vinieron con una cereza mona encima. ¡Claro que no podría resistirme a sacarnos una foto a los dos con nuestros caprichos dulces!

En el coche de vuelta a casa, Maureen me enseñó su truco de fiesta de hacer un nudo con el tallo de la cereza en la boca. Lo intenté yo también, pero se me daba fatal a pesar de seguir intentándolo toda la tarde hasta que tocó volver a salir.

Esa tarde fuimos al mismo bar que el día anterior, pero esta vez el ambiente era complemtanete distinto: ¡era el jueves de karaoke! Al resto de los del bar no les veía yo muy animados, así que me apunté con Breen para ser los primeras en cantar. Naturalmente tuvimos que arrancarlo con mi canción de confianza que suelo cantar el los karaoke: Wannabe de las Spice Girls. Luego cantamos muchas canciones, comimos palomitas gratis de la maquina que tenían y nos lo pasamos pipa.

De vuelta a casa, Megan echó unos palitos de mozzarella al horno y le introduje al placer de mojarlos en mermelada. Puede que suene raro, pero es una combinación agridulce que no falla nunca.

El día siguiente fue bastante tranquilo: me eché un buen rato a la piscina, comí y luego salí de compras con Megan para pillar unas cosas para su nueva casa y para nuestros planes para el finde – pero en breve os contaré más sobre eso. Acabamos el día con una cena de comida chine en la casa de Maureen y Terry, que supuso una manera bien regalada de ponerle fin a un día de paz.

Un tour pintoresco de Vermont, desde los casoplones hasta los atardeceres preciosos.

Dejaré esta entrada aquí ya que las actividades del finde después merecen su propia entrada de blog – y también porque estas entradas se están volviendo muy largas y estoy tardando una eternidad en escribirlas. Solo os puedo rogar paciencia mientras intento sacarlas entre mi agenda atareada aquí en Madrid…

Williston

31.08.22 — Vermont

Ahora en los Estados Unidos después de un finde en Montreal, Megan y yo subimos el volumen de la música y fuimos echando leches hacia el primer sitio donde me estaría quedando: la casa de sus padres. Viven en el suburbio tranquilo de Williston en la ciudad de Burlington, la ciudad más grande del estado de Vermont en el noreste de los EEUU.

Llegamos a su casa por la tarde y recibimos una bienvenida fría del aire acondicionado, equilibrada por una bienvenida muy cálida de los padres de Megan, Maureen y Terry. Nos quedamos charlando en su cocina un buen rato, hablando de mi viaje y todo tipo de cosas.

Eventualmente decidí que debería deshacerme la maleta, así que me enseñaron mi habitación. Allí dentro encontré un regalo precioso de una cesta llena de productos locales: caramelos de sirope de arce, decoraciones con forma de una hoja de arce y – por supuesto – un frasco enorme de sirope de arce. ¡Megan no estaba exagerando al decirme que los de Vermont aman el sirope de arce!

Cuando ya tenía las cosas colocadas en su sitio, volvía a bajar a la cocina para cenar. Maureen y Terry habían preparado una cena deliciosa de brochetas de carne con verduras asadas, entre los cuales se destacó la piña caramelizada. ¡Riquísima!

Luego me presentó Megan a su amiga, Breen, que había venido a visitar con su perra, Libby. Los tres salimos a dar una vuelta después de la cena, una vuelta que nos llevó por el barrio de casas enormes. Durante este paseo me contaron un asunto importante en el barrio: las mofetas. Tras años de solo ver mofetas en cuentos de hada y otras historias infantiles, me informaron qué tenía que hacer para evitar que me rociasen con su olor fétido.

Paramos a tomar algo rápido en la casa de Breen, tras lo cual Megan y yo volvimos a casa para acostarnos relativamente temprano – ¡había sido otro día largo de viajes!

Otro día de viajes terminó con una tarde relajante en la casa que sería mi hogar durante la siguiente semana.

El día siguiente madrugué sin querer gracias al maldito desfase horario. Bajé abajo, desayuné con Terry y esperé a que apareciera Megan. Se fue con su padre para firmar el contrato de su nueva casa – más detalles en breve – así que me quedé en casa con Maureen cotilleando.

Al volver Megan, salí con ella y con Maureen para disfrutar mi primera excursión americana. Este viaje nos llevó a Costco, una tienda de venta al por mayor que vende versiones enormes de todo: de papel higiénico a cereales e incluso ensaladas. Me lo pasé bien mirando la gente y hasta me pillé unos calzoncillos nuevos, así que al final fue una visita productiva aunque pasaba la mayoría del rato haciendo observaciones algo groseras sobre el consumerismo.

Luego Megan y yo fuimos a su nueva casa, un sitio bonito más cerca al centro de Burlington. Me hizo el tour de la casa, zampamos unas galletas, bebimos un café y esperamos a que llegara un fontanero a arreglar la ducha.

¡Aquí está Megan con las llaves de su nueva casa fabulosa!

El fontanero llegó bastante tarde, así que lo abandonamos mientras trabajaba para ir a comer en un sitio que había elegido Megan. En este sitio bonito en las orillas del lago nos comimos unos nachos y unos cócteles ahumados mientras pasábamos el rato charlando en la barra.

Dentro de nada los cócteles tuvieron su efecto deseado y nos pusimos a cotillear con la chica de la barra. Le conté todo lo que había visto de Burlington hasta el momento y ella y Megan me contaron que tenía que tener cuidado con lo que decía porque todo el mundo se conoce en el estado pequeño de Vermont.

Comimos muy bien en el puerto del lago.

Después de comer, nos acercamos al centro de Burlington para echar un ojo a la ciudad. Tras pasar por el caos de la plaza principal acabamos en Church Street, la vía principal comercial por el centro de la ciudad. Me compré un gorro que ponía “Burlington, Vermont” como un autorregalo y luego un mixer de cóctel de una tienda de bebidas. Probé un poco del mixer directamente de la botella de camino al coche – ¡demasiado dulce!

Al volver a la casa de los padres de Megan nos lanzamos a la piscina, donde Malory, una amiga de Megan, nos estaba esperando con Maureen. Nos quedamos en el agua durante demasiado tiempo, cotilleando y saltando al agua hasta que nos llamaran a cenar. La cena consistió en unas hamburgueses pequeñas de carne mechada y ensalada de repollo – estuvo muy rico todo.

Bien cenados, nos reunimos en el salón con algunos amigos más para el ritual de lunes que tienen. Esta costumbre reúne a todos para ver el capítulo semanal de “The Bachelorette”. Este programa de reality consiste en un concurso en el cual un grupo de hombres solteros intentan que dos mujeres solteras les inviten a una cita. Era tan malo como te puedes imaginar, pero Breen y yo nos lo pasamos bien criticando lo malo y exagerado que era todo. Bueno, hasta que nos echaron la bronca por hablar tanto. The Bachelorette es un asunto muy serio.

Un descanso para comer el postre me dio la oportunidad de tomar un poco más de azúcar en la forma de unas galletas caseras preparadas por las amigas de Megan, pero ni esto pudo detener el sueño que me estaba consumiendo. Cuando acabó el capítulo, me despedí y me fui a dormir.

Al final, The Bachelorette supuso una buena manera de descansar tras otro día ocupado.

La siguiente instalación en mi serie de aventuras americanas consistió en una visita al instituto donde Megan había estado trabajando durante los últimos años. Estuvo de vuelta al aula durante las vacaciones de verano ya que había un campamento para estudiantes para los cuales el inglés no era su idioma nativo.

Llegamos temprano para que Megan pudiera coordinar el plan del día con los otros profesores, y también para que yo pudiera cotillear los pasillos y aulas del instituto. Me emocionó ver que lucía tal cual lucen los institutos estadounidenses en las películas: desde las taquillas en los pasillos hasta el teatro enorme, y luego las banderas americanas y escritorios individuales en todas las aulas.

Al llegar los estudiantes, me liaron para que echara una mano con las actividades del día. No participé en eventos como las sillas musicales y otras actividades físicas, pero estaba encantado de decorar una magdalena. Dibujé un monstruo morado del cual estuve bastante orgulloso a pesar de la mala notica que tendría que esperar al cierre del día para comérmelo.

Mi monstruo morado, Geoff, se veía bien pero supo mal al final.

Al acabar el día, al llegar los autobuses amarillos a recoger a los estudiantes y al comer mi magdalena, Megan y yo volvimos a casa donde nos encargaron con sacar a pasear a su perra, Ellie. Esta vuelta me expuso a más rincones del barrio, de las casas pintorescas hasta la naturaleza de verde intenso que forma la mayoría de Vermont.

En casa, esperamos a que llegará Scott, el hermano de Megan. Cuando llegó, salimos a comer algo de unos food trucks que habían aparcado en el prado al lado de una tienda rural a unos pocos minutos de casa. Allí probé un bocadillo de ternera y queso que se llama un “Philly cheesesteak” y un refresco asquerosamente dulce. Cenamos sentados en el prado y con la musica bonita de un grupo local de a capela.

Después empezamos tirando para casa, pero nos detuvimos en un prado por el camino para ver el atardecer sobre los árboles. Sacamos bastantes fotos, pero el frescor junto con el desfase horario que me seguía afectando al final hicieron que no aguantáramos hasta ver el sol ponerse debajo del horizonte.

Unos tractores interesantes y un poco de Wes Anderson.

Tuve que probar mi nueva gorra y meterme dentro de este contenedor.

Con la familia entera reunida en el salón, pasé un rato enseñándoles las maravillas de Eurovisión, presentando mis artistas favoritas de la edición de este año. Fue como estar otra vez en Noruega viéndolo, ¡menos el hecho de que estaba todo el mundo bastante confundido por esta tradición tan europea!

El día siguiente fuimos a vivir otra aventura por una zona espectacular de Burlington y Vermont en general, pero esta entrada ya está quedando bastante larga, ¡así que me guardo esa historia para la siguiente!

Montreal

26.08.22 — Montreal

Hola, ¡estoy de vuelta!

Ha sido más que un mes desde la ultima vez que publiqué, pero tengo una razón válida: ¡he cruzado el charco a pasar cuatro semanas de vacaciones por las Américas! Esta aventura me llevó por Canadá y los EEUU haciendo tantas cosas que voy a tener que dividir el viaje en doce entradas de blog o así.

Pero basta ya con la introducción: toca prepararse, porque aquí va la primera de esa docena de entradas…


El viaje empezó al despedirme de mis dos plantas, rezando que el dispositivo de riego automático funcionara y que las sostuviera viva durante un mes entero. Me acerqué a la estación de tren con mi maleta y mochila y me subí al tren con destino al aeropuerto. Fue allí que acontecieron los primeros dos dramas del viaje.

El primer lugar, un tío en la cola de facturación me preguntó cuánto llevaba residiendo en España. Entré en pánico, pensando que era por algún tema de la residencia, ¡pero resulta que solo quería felicitarme por el nivel de español!

Sufrí el segundo susto cuando me preguntaron qué tipo de pilas llevaban los dispositivos que tenía en mi maleta y no lo sabía. Este despiste luego me tenía quitando y reponiendo la mitad de mi maleta en frente del mostrador para buscar los dispositivos en cuestión.

Luego el resto del viaje fue sin problema, con la sorpresa bonita de la inclusión de una comida que hasta incluyó una copita de vino tinto. ¡Llevo tantos años volando con Ryanair que ya me sorprende que la más mínima cosa se te dé sin coste adicional! El vino mejoró bastante el viaje y en nada me encontré en Canadá para mi primera visita al país.

Fue mi primera vez en Canadá y la primera vez que había visitado a Megan tras tantos años de decir que iría.

Las cosas empezaron algo regular al negar a funcionar los formularios de inmigración que había preparado para entrar en Canadá. Después de eso, mi maleta tardó la vida en aparecer en la cinta de recogida, pero sí que es verdad que la vi el mismo momento que salió gracias a su color de azul claro. Salí pitando para buscar a mi guía para la primera fase de mi aventura americana: ¡Megan!

La última vez que vi a Megan fue cuando me vino a visitar en el 2019 junto con Loredana y Heidi. Los cuatro nos conocimos en Madrid pero siempre había dicho que iba a visitar a las tres: visité a Heidi en los años 2018 y 2022 y luego a Loredana justo el año pasado. Megan es del estado de Vermont en EEUU, así que este viaje siempre iba a ser más complicado, ¡pero ya tocó que nos reuniéramos!

Megan me recibió en llegados con un globo que ponía “felicidades” en francés (resulta que no había globos que pusieran “bienvenido”.) Los dos fuimos emocionados a buscar su coche y acercarnos al centro de la ciudad. Encontramos nuestro hotel, dejamos las maletas en la habitación y nos preparamos para pasar la tarde en la ciudad.

Pasado poco tiempo nos topamos con un festival de comedia organizado por Just For Laughs, una serie canadiense que veía de pequeño. ¡Jamás me imaginaba que me volvería a encontrar con ellos! Nos echamos unas risas mientras los comidos pasaban por la calle y buscábamos un sitio para tomar algo. Una vez sentados, el desfile continuó y probamos unas cervezas artesanales locales.

Decidimos que ya que estuvimos en Canadá que queríamos probar un plato de poutine, así que pedimos una ración. El camarero nos informó que la cocina estaba cerrada gracias a un error en el sistema de la alarma de incendio que había causado que la cocina se inundara con espuma. Le preguntamos por el mejor sitio cercano para cenarlo, y nos mandó a otro bar en el otro lado de la calle para que probáramos su oferta de las patatas fritas con queso y jugo de carne.

Después de nuestra cena muy canadiense volvimos al bar anterior, donde nos tomamos media pinta y charlamos un rato con el camarero antes de volver al hotel para acostarnos algo temprano. ¡Andaba bastante cansado después del viaje!

Al final dormí fatal gracias al desfase horario, pero el hecho de madrugar (aunque no quisiera) hizo que Megan y yo pudiéramos salir a hacer algo antes de desayunar. Queríamos subirnos a la cima de parque para ver las vistas sobre la ciudad, pero el viaje allí fue en vano porque estaba cortada la carretera. Los dos chicos que estaban vigilando la barricada nos surgieron que subiéramos andando, una sugerencia que nos hizo reír a los dos en unísono.

Por lo menos pudimos ver unas casas y zonas bonitas por el camino.

Volvimos al hotel para aprovechar del desayuno libre, después del cual nos subimos al coche de nuevo para bajar al Puerto Viejo, una de las zonas más antiguas de la ciudad. Dimos una vuelta por allí mientras empezaron a aparecer las nubes, tomando un café y un cruasán de chocolate en un sitio que descubrió Megan.

En esa misma cafetería pillamos un pan que llevaba aceitunas enteras dentro de la masa y decidimos que lo podríamos comer en el coche más tarde. Sacamos unas fotos de la zona, bajamos al agua y luego volvimos al coche y al hotel para hacer la maleta e irnos de Montreal.

Que mi gorro no os engañe, hacía un calor importante.

Una vez de vuelta al coche, empezamos el viaje de Montreal para salir de Canadá: era hora de cruzar la frontera y entrar en los EEUU. Nos despedimos de una cuidad que nos había acogido por menos que 24 horas y nos dirigimos al sur y a un control fronterizo pequeño. El control estaba en una carretera pequeña y solo consistía en una cabaña pequeña y un cono en el asfalto pero me tenían allí un buen rato mientras me preguntaron bastantes cosas y recopilaron mis datos.

Estuve muy aliviado cuando me dejaron pasar y me reuní con Megan, ¡ahora en los Estados Unidos! El resto del viaje nos llevó por una colección de pueblos pequeños y rurales en los cuales el tricolor rojo y blanco de Canadá se vio sustituido por la bandera estrellada estadounidense.

Bueno, eso sería todo por ahora. Estáte al loro para leer mi siguiente entrada, ¡en la cual contaré historias del siguiente destino de mi aventura americana!

El caloret

08.08.22 — Madrid

Ahora en España tras un rato corto en Inglaterra para la boda de Jess y Adam, el calor ha empezado a molestar un poco. Pero da igual, ¡ya que siempre hay planes veraniegos por hacer y métodos innovadores de refrescarse por probar!

Un finde bajé a la casa de Luis para ir a la finca de su familia. Nos llevamos nuestros bañadores, unas cervezas y una caja de dulces que me había llevado de Estambul. ¡Como me encantaron!

Una tarde dominguera pasada en la piscina fue buen plan.

Tras comer fuera por el camino, los dos luego pasamos la tarde entera descansado por la piscina. Hablamos, escuchamos algo de música y luego tuvimos que montar un centro médico espontáneo al pisar yo un nido de avispas. ¡Resulta que la picadura de una avispa duele más que las de abeja que sufría de pequeño!

De vuelta a la ciudad, también había quedado una tarde con Napo, que llevaba un buen rato sin verle. Quedamos en Lavapiés, uno de mis barrios favoritos de Madrid. El paseo hasta el bar que habíamos elegido fue bonito: el día soleado pero fresco proveía unas vistas bonitas por el camino.

Esta calle es de mis favoritas, me recuerda a las de Lisboa.

Para empezar tomamos unas cañas en un bar viejo, sentándonos en la barra para ponernos al día. Pasamos tanto tiempo hablando que no nos dimos cuenta de que nuestro restaurante favorito, NAP, ¡ya estaba abierto! Al final logramos pillar una mesa y pasamos la noche charlando con una cena italiana deliciosa.

El melanzane alla parmigiana tiene que ser mi plato favorito.

Al acabar la noche volvimos hacia mi casa en pie, aprovechando el frescor nocturno y el paseo hacia abajo que lleva a mi barrio. Una vez en casa me acosté temprano para prepararme para lo que me esperaba durante la siguiente semana de calor…

La boda de Jess y Adam

01.08.22 — Burnley

Tras tan solo un mes desde la última vez que estuve en RU, otra vez más me encontré en un avión de rumba a Inglaterra para asistir a un evento bastante importante: ¡la boda de Jess y Adam!

Conozco a Jess desde hace ya bastantes años, desde que trabajamos en un proyecto de drama en su momento y luego éramos compañeros en Burnley Youth Theatre durante un tiempo. Me llegó la invitación por correo el año pasado y desde entonces he estado comiéndome las uñas con las ganas de que llegara el día.

Después de volar de vuelta a Inglaterra con Danni, me acosté temprano ya que el día siguiente era la gran boda. Madrugué y me vestí con prisa para no llegar tarde a la boda: Amber me había dejado la instrucción bien clara de estar allí a la 1pm en punto.

Hice el esfuerzo para estar saliendo de casa en hora para llegar al sitio justo antes de las 1pm. Me despedí de mis padres y se fueron en coche mientras me acerqué al edificio para ojear dentro de la hacienda rural bonita.

Seguí las señales hasta la entrada a la hacienda, entrando en el espacio de la ceremonia en sí, resplandeciente con plantas, luces y unas visitas preciosas sobre el valle. No había nadie en ese espacio, así que me metí aun más para dentro hasta la zona de cenar y la barra, dos espacios que también se encontraban vacíos de gente.

Suponía que Amber me había dicho de estar allí media hora antes de los demás ya que me conoce y sabe que soy bastante tardón. Busqué a algún miembro del personal para preguntar dónde podía dejar mis cosas antes que que empezaran las celebraciones. Me encontré con una señora en un rincón de una sala y le informé que estaba para la boda de Jess y Adam, pero su respuesta me dejó sin palabras: ¡allí no había boda!

También mencionó el nombre de otro lugar, The Out Barn, que fue justo cuando me di cuanta de que no me estaba vacilando y que sí, me había acercado el sitio equivocado. Se me cundió el pánico en ese momento, ya que mis padres ya se habían ido y la señora me avisó que un taxi podría tardar unos 45 minutos en llegar.

Como bien te puedes imaginar, tenía una rabia conmigo mismo: había logrado ser puntual en llegar, ¡solo que había ido a un sitio que no era!

Tras mucho agobio y muchas llamadas frenéticas, mis padres volvieron a recogerme y me llevaron los breves 10 minutos en coche que se tardaron en llegar al sitio que sí que era. Llegué angustiado y media hora tarde, pero por lo menos tenía un cuento gracioso que contar. También resulta que Amber sí que me conoce bien: la ceremonia no empezaba hasta las 2pm.

Las vistas sobre el Valle de Ribble desde la hacienda eran preciosas gracias al día bonito que hacía.

Pasé media hora recontando mi historia dramática y poniéndome al día con unos viejos amigos que llevo sin ver desde que íbamos al instituto hace unos diez años, pero eventualmente nos llamaron a entrar en el espacio principal y nos sentamos para la ceremonia.

El día realmente fue una pasada, desde la ubicación pintoresco al tamaño íntimo del grupo de buenos amigos y nuevas caras que tuve el placer de conocer. Después de las lagrimas de la ceremonia principal, pillamos unas copas y empezó la comida, tras la cual pasamos una noche de cantar, bailar y celebrar ¡como solo lo sabemos hacer los que hemos trabajado en un teatro!

La boda fue una pasada desde el principio hasta el fin.

El día siguiente me dolía la cabeza y me encontraba con una falta pronunciada de energía – ¡algo que tenía que haber previsto! Esto se solucionó con un desayuno preparado por el padre de Jess, lo cual desayunamos todos juntos mientras recontábamos los mejores momentos de la noche anterior.

Tras recuperarme y acercarme a casa con una cuña enorme del pastel de la boda, descansé para recoger fuerzas tras tantos días de diversión con las mejores personas que conozco.

He de dar las gracias a Jess por invitarme a formar parte de su boda preciosa y me gustaría volver a felicitar a la pareja ahora que empiezan su nueva vida juntos. También he de agradecer a Amber por estar encima de mí y a mis padres por aguantar mi caos. ¡Ups!

Luego tuve que trabajar desde el RU durante una semana, pero al final se cortó gracias a un evento de un cliente que os contaré en otro momento. Pasé tres tardes en el tiempo sorprendentemente bueno de Inglaterra, así que disfruté al máximo del sol dando vueltas por mi pueblo con mis padres.

En vez de daros la brasa, os dejaré con estas fotografías bonitas que saqué por mi pueblo.

Y así se concluyeron cincos días cortos en Inglaterra. La verdad que me hubiera gustado quedarme un rato más para disfrutar del tiempo y la buena compañía, pero me tocaba ir a un evento laboral y realizar muchos otros planes que detallaré en breve.

Por ahora, me despido con esta foto de mí disfrutando el paisaje mientras finjo ser uno de los granjeros que tanto miedo me daba de pequeño. Nos echaban la bronca al encontrarnos jugando en sus pastos, seguramente con mucha razón. ¡Cómo vuela el tiempo!

Cuando era joven, ¡el rumor fue que el granjero tenía un arma!