Esta breve entrada de blog que vas a leer a continuación supone mi tentativa de hacer dos cosas. En primer lugar, intentaré poneros al día antes de publicar la siguiente entrada que hablará del viaje que estoy realizando ahora mismo. En segundo lugar, intentaré publicar una entrada que no se alarga hasta parecer una obra de Shakespeare. Vamos allá al grano…
Lo primero que tengo que recontar es una noche de fiesta que tuvimos para celebrar el cumpleaños de Sara. Esta noche tuvo lugar en un bar pequeño en Lavapiés y luego una discoteca por el centro cuyo nombre se me ha escapado por completo. Nos lo pasamos súper bien y me puse a bailar un poco ¡cómo no he hecho desde antes de que cayera la pandemia!
Recuperándome de esta noche, pasé la tarde siguiente vagueando por el río con otro amigo, donde nos topamos con un atardecer bien bonito. Incluyo a continuación dos de las innumerables fotos que saqué aquella noche…
El día siguiente bajé a la casa de Hugo ya que me había invitado a pasar una tarde de comida mexicana y cañas con unos amigos más. Cenamos tan ricamente una selección de tacos, totopos y enchiladas, con un trocito de tarta de zanahoria elaborada por su servidor.
La mayoría del rato que pasé allí lo pasé hablando con los amigos de Hugo y asomándome por la ventana de su apartamento de la planta 16 – la foto que se encuentra abajó lo explica todo.
Salí otra tarde entre semana con Luis, que me invitó a probar la comida en una hamburguesería que había encontrado cerca de su casa. Nos pasamos una buena tarde de risas, aunque la hamburguesa enorme luego me dejó con el estómago hinchado el día siguiente.
Y con eso, pongo fin a esta entrada cortita. Apunte para mí mismo: eso fue bastante fácil, ¿no? Supongo que no tengo que enrollarme siempre para decir lo que hay que decir. Avísame si te gusto este formato más breve.
La visita de Rhea
01.05.22 — Madrid
Después de mis vacaciones breves al sur del país, Rhea me vino a visitar Madrid para que pasáramos juntos la Semana Santa. Su visita supuso la primera vez que me ha podido visitar en España, así que era una ocasión especial – ¡y acabamos haciendo bastantes cosas para aprovechar de ella y hacerle justicia!
Su visita empezó cuando la fui a buscar al aeropuerto, en el cual tuvimos nuestro gran reencuentro en la sala de llegadas. Digo gran reencuentro ya que ¡no la había visto desde antes de que empezara la pandemia! Tras dejar sus cosas en mi casa, nuestra prioridad era buscar un sitio para comer, así que nos acercamos a un bar local para que probase una selección de raciones.
Rhea lucía tan radiante como siempre al sol, el cual había vuelto para su visita.
Luego tuvimos que cambiar de plan ya que habíamos echado tanto tiempo comiendo, bebiendo y hablando que ya se nos había hecho demasiado tarde como para poder caminar por el río. En su lugar, subimos directamente al centro, donde yo insistía que viéramos una de las procesiones por La Latina. Hace dos años que no las veo por la pandemia, así que ya apetecía volver a experimentarlas.
Por el barrio de La Latina las calles estaban llenas de gente, una masa de personas que imposibilitaba que pudiéramos ver la procesión mientras pasaba. Escuchábamos la música de la banda un rato, acabando al final en un bar por la calle de Cava Baja donde nos tomamos un vermú y donde Rhea tuvo su primera experiencia con el concepto de las tapas gratuitas.
Nos tomamos este selfie justo antes de ponernos contentos con vermú y queso.
Nuestra tarde de tapeo por la Cava Baja continuó luego con una parada para tomarnos un vino y compartir unas croquetas, después de la cual nos encontrábamos bastante cansados y con ganas de volver a casa.
Empezamos el día siguiente con un desayuno bien madrileño de churros con chocolate, subiendo a San Ginés para probar la versión auténtica de este plato castizo. Tras eso, exploramos los sitios más emblemáticos de la ciudad. Pasamos por una serie de mercados, calles y otros puntos de interés antes de llegar finalmente al Palacio Real.
El centro estaba petado de gente, algo que atribuyo a la combinación de que fue Semana Santa, la relajación de las regulaciones de viaje por coronavirus y también al buen tiempo que hacía justo ese finde. Para escaparnos de la multitud de gente, subimos al norte del centro y a un restaurante asturiano que Sara había recomendado que fuéramos.
Disfrutamos de una comida deliciosa y exageradamente enorme en Llagar El Quesu. Arrancamos con un pastel de cabracho, seguido de unas alcachofas con jamón y un filete de ternera con patatas fritas. ¡Salimos rodando!
La comida rica, el camarero gracioso y el interiorismo bien guapo.
Rhea y yo luego nos acercamos a la estación de metro abandonada, pero al final decidimos pasar de la visita al ver que había que hacer cola para entrar. Bueno, a ver, hacía mucho sol y andábamos hinchados: ¡no era buen momento como para estar parados en una cola!
La comida asturiana la guardaré siempre en el corazón, pero no es buena idea si tienes pensado hacer más cosas después…
En su lugar, volvimos hacia el centro, pasando por el barrio gay de Chueca. Rhea se emocionó al descubrir las tiendas de calcetines, así que echamos un rato eligiendo algunos pares mientras evitábamos el sol fuerte del mediodía.
A medida que pasaba la tarde, nos acercamos a un sitio mexicano, donde me comí unos tacos y nos tomamos unas margaritas. Cuando se acercaba el atardecer, pagamos y nos fuimos a un punto desde donde se puede ver la puesta del sol sobre el palacio y la catedral.
Al ponerse el sol se empezó a enfriar el aire, así que empezamos a caminar hacia Sala Equis para tomarnos la última copa de la noche. Acabamos topándonos con otra procesión por el camino, con su musica, multitud de gente y el olor a incienso en el aire.
Como la noche anterior, no pudimos ver mucho de lo que acontecía gracias a la mera cantidad de personas que había en cada rincón de la plaza, así que al final nos rendimos y empezamos a irnos por otra calle. Allí tuvimos un golpe de suerte al encontrar una entrada alternativa a la plaza.
Entrando en el núcleo de la procesión, veíamos de cerca las carrozas y las imágenes que se apoyaban encima, y así Rhea pudo vivir la experiencia como la viví yo por primera vez en el 2016. Con los gritos, los olores y la música intensa, es una experiencia surrealista la primera vez que la vives como extranjero.
Al salir la procesión de la plaza, nos acercamos al bar en cuestión y nos tomamos un par de cañas antes de volver a casa. ¡Había sido un segundo día bastante ocupado!
Para descansar un poco, el día siguiente lo arrancamos en casa preparando una serie de platos españoles. Rhea, una excelente chef y fotógrafa de comida, tenía ganas de llevarse unas recetas españolas al Reino Unido, así que habíamos decidido empezar el finde con un picnic en el parque.
Nos subimos al parque con unas bolsas llenas de comida, entre ella una ensaladilla rusa que habíamos hecho según la receta de la madre de una compañera. Al acabar nuestra comida al fresco, pasamos un rato leyendo nuestros libros con una sangría en la mano. Lo malo fue que tuvimos que irnos moviendo periódicamente para huir de los rayos – ¡no soy muy fan del sol!
Luego dimos une vuelta por el resto de El Retiro, pillando un helado por el camino ya que iban subiendo la temperatura. Al volver a estar reventado, cogimos el bus de vuelta a casa, donde descamamos un rato.
Al final decidimos quedarnos por el barrio esa tarde. Salimos a dar una vuelta por el río, charlando todo el rato hasta que el frío empezó a cundir. Ya de vuelta en casa, pasamos el resto de la tarde viendo Señora Doubtfire, ¡una película graciosísima que no me lo puedo creer aún que no la había visto antes!
El día siguiente ya fue La Pascua, así que celebré en la única manera que conozco como británico – ¡desayunando un huevo de chocolate entero!
Rhea y yo luego empezamos La Pascua aprovechando de la peatonalización de ciertas calles que se hace en Madrid los domingos. El plan original fue caminar por el Paseo del Prado, pero el bus nos dejó en el otro lado de la estación de Atocha.
Al final esto nos vino bastante bien a los dos, ya que yo tenía ganas de volver a echar un ojo a los jardines tropicales dentro de la estación, un sitio algo escondido que no había visto en unos años. Nuestra vuelta por esta selva interior nos llevó a donde queríamos estar así que seguimos con el paseo hast donde habíamos decidido comer.
Después de una comida rica en Vinitus, pasamos el resto de la tarde de compras, pasando por un mercado artesanal y luego el centro para que buscara yo unas nuevas gafas de sol. Acabamos tomando algo por Malasaña y luego fuimos a casa, donde nos pintamos las uñas y nos echamos un rato para luego pasar la tarde por la ciudad.
Mientras el sol se ponía, Rhea y yo dimos une vuelta por el centro, empapándonos en el ambientillo y paseando por las calles bonitas del Barrio de las Letras. En un golpe de mala suerte, el bar de Jazz que había visitado con mis padres y al cual quería llevarle a Rhea estaba cerrado, pero en breve nos encontramos en otro sitio para tomarnos unas raciones y ponernos contentios con unos cócteles sabrosos.
Las calles pequeñas de Lavapiés son muy bonitas de noche.
El día siguiente ya fue el último que Rhea iba a pasar conmigo en la ciudad. Aún estábamos cansados tras tantos días de actividades, así que pasamos la mañana por el Matadero, el centro cultural que tengo cerca de casa. Bajamos a echar un ojo a las exposiciones después de desayunar en mi bar local.
Allí quería echar un ojo a la exhibición gratis que había montado el ayuntamiento de Arganzuela, mi barrio. Esto tuvo lugar en una sala de la Casa del Reloj, un edificio muy bonito que forma parte del complejo del matadero.
La exhibición contaba una breve historia del trabajo de Luis Bellido, el arquitecto municipal de Madrid desde 1905 a 1939. Fue él que diseñó el Matadero y la misma Casa del Reloj, así que me parecía muy bonita poder descubrir más sobre su trabajo desde dentro de uno de sus edificios.
A Rhea le gustó mucho la arquitectura y al ambiente del recinto.
Después de la exhibición, salimos del Matadero y nos acercamos al parque de Madrid Río. Encontramos un sitio en el césped para volver a sacar la manta de picnic y echar un rato tumbados leyendo nuestros libres – aunque sí que tuvimos que volver a huir del sol y sus rayos crueles…
Al subir otra ves más el calor, volvimos a casa para preparar algo de comer. En la segunda instalación de las clases de cocina española para Rhea, hicimos una tortilla de patatas acompañada por unas verduras. Entre los dos, ¡he de decir que la tortilla nos salió bastante espectacular!
Esa tarde volvimos a salir a cenar en un sitio de pintxos que nunca falla. Desde allí pasamos por mi oficina para que Rhea pudiera ver dónde trabajo y luego bajamos al Templo de Debod para ver el atardecer sobre la sierra en el oeste.
Puede que mi opinión no valga ya que vivo aquí, pero las calles madrileñas son muy bonitas.
Al llegar la noche y con ella su frío, nos tomamos una caña en una terraza cerca del templo. Después de eso, dimos nuestro último paseo por la ciudad para llegar a casa, logrando llegar hasta la mitad del camino antes de decidimos rendirnos y esperara que pasara el bus para que nos llevará a la puerta de mi casa.
Así se concluyó la visita de Rhea a Madrid, ya que tuvo que madrugar e irse muy temprano al aeropuerto el día siguiente. Fue un placer tenerla por aquí y una oportunidad para que yo volviera a conectar con unas partes de la ciudad que no he visitado en mucho tiempo. Solo digo que espero que esta visita fuera la primera de muchas, y también tengo ganas de visitarla y visitar a todos en Londres ¡lo antes posible!
Unas medias vacaciones
12.04.22 — Murcia
Ya que el tiempo en Madrid ha sido un poco regular últimamente, estaba esperando ver el sol al empezar un viaje a Murcia para pasar el finde con mis tíos. La rutina familiar se puso en marcha al coger el tren de la estación de Atocha, pero esta vez el viaje presentó un par de giros – tuve que cambiar de tren y acabé yendo en marcha atrás al acercarme al Mar Menor.
La primera tarde fue relajada ya que andaba cansado tres un día largo, pero el sábado fue bastante diferente. Tras desayunar algo rápido nos subimos al coche y nos acercamos a la costa. Antes de llegar a la ciudad, nos paramos en un complejo industrial, donde mi tío conocía un camino que nos llevaría a la cima de una colina con vistas sobre el mar.
Aparcamos el coche y caminamos por este bosque de transformadores y cables eléctricos, marchando hacia arriba para llegar a una zona para sentarnos y apreciar las vistas. Mi tío siguió para arriba, pero mi tía y yo optamos por descansar un rato mientras el viento nos atacaba – ¡hacía muchísimo viento!
Dentro de poco ya me inquieté y decidí saltarme una seña de “no entrar” para ver que había más allá. Esta aventura me llevó por una cresta de la pared del acantilado y hasta la esquina donde conectaba con el mar. Este lugar peligroso ofrecía unas vistas bonitas sobre el agua, pero no me quedé allí mucho tiempo debido a los vientos fuertes y una estabilidad estructural bastante dudosa.
Mi tía y yo luego esperamos hasta que bajara mi tío. Una vez de vuelta, los tres bajamos al coche, donde el olor a salchichas nos daba hambre y ganas de un aperitivo antes de comer. A raíz de eso, bajamos a otro lugar en la costa para entrar en una cala pequeña que nunca había visto antes.
Este túnel colorido nos llevó a la cala escondida y bonita.
No hacía suficiente sol como para meternos en el mar o tumbarnos en la arena – ¡pero eso no detenía a los de allí! Decidimos no unirnos a ellos, prefiriendo tomarnos una cerveza y unas marineras murcianas para pasar el rato.
Siempre apetece una clara con limón y algo de picoteo local al lado del mar.
Luego bajamos a la ciudad de Cartagena en sí, paseando por sus calles bonitas y echando la tarde de cañas y tapeo en vez de sentarnos en ningún sitio para comer: cuando haga sol ¡es buen plan! Acabamos la visita con un postre de yogur helado, después del cual nos dirigimos de vuelta a su apartamento.
Esa noche nos acercamos al pueblo local para echar un ojo a un restaurante que nunca habían visitado, pero estaba casi vacío y no tenía buena pinta. Pasando de esa opción, volvimos a su pueblo más cercano, Sucina, donde compartimos unas raciones en otro sitio.
Desde allí, fuimos al bar de su urbanización, donde acabé echando la noche hablando con el personal cuando se cansaron mis tíos y se fueron a casa. Descubrí algunas cosas bastante interesantes, entre ellas los detalles de las fiestas locales y la historia de la duquesa de la casa sobre la cual se construyó el complejo, cuya tumba se movió durante las reformas de la casa para convertirla en el restaurante que a día de hoy ocupa el sitio.
El día siguiente fuimos a la costa, donde había un viento fuerte y un cielo algo nublado: presagiando lo que estaba por venir. Pasamos por la playa, parando al final en un restaurante para compartir algo de comer. Al irnos, me pillé un chocolate a la taza, cosa que se me hizo útil para calentarme las manos durante el viaje de vuelta al coche.
Este coche retro en frente de esta fachada antigua me llevó al pasado.
La cena de esa noche tuvo lugar en un restaurante indio local, donde disfruté mucho de un curry y unas pakoras de pescado que me había recomendado la dueña. Al concluir la cena volvimos a casa a dormirnos temprano, ya que el día siguiente tendí que conectar al trabajo – por eso el nombre de esta entrada de blog.
Al final no me costó trabajar desde allí, ya que el tiempo fuera había copiado el estilo del de Madrid y se había vuelto en unas lluvias bien fuertes. Se me hace muy guay tener la flexibilidad de trabajar desde Murica, y la experiencia fue mejorada aún más al ver el picoteo que había preparada mi tía para comer.
Al desconectarme del trabajo, nos acercamos al apartamento de unos de sus amigos, en donde Viv y Martin nos recibieron con picoteo casero y un gintonic. Desde allí, nos acercamos luego al restaurante del complejo, donde cenamos unas hamburguesas y burritos.
El día siguiente fue un martes, con la llegad del cual tenía que volver a Madrid por la tarde. Esta vez, retomamos nuestra costumbre de salir a comer en una pizzeria para que no pasara hambre durante mi viaje de tren. Se unieron dos amigos más de mis tíos a la comida, que se me hizo corta por la necesidad de yo estar en la estación de tren a la hora dada.
Este viaje no fue como debía. En la estación, me quedé un buen rato en el andén esperando la llegada del tren, preocupándome algo al ver que no figuraba en las pantallas informativas. Al final, una de la Renfe llegó para decirme que había un autobús de sustitución, pero que aquel autobús – a mi horror – ya se había marchado. Al inspeccionar el billete, sí que ponía que se tenía que realizar el primer tramo por autobús – pero en mi defensa se había puesto en una letra muy pequeña en el pie de la página.
Parecía que la única opción para que llegara a Madrid a tiempo fue que mis tíos me subieran hasta Albacete, donde podría coger el tren que formaba el segundo tramo del viaje. Nos fuimos pitando por la autopista, pero mi tía me dijo que revisara el billete otra vez, cosa que mi hizo descubrir que el autobús no realizaba todo el tramo hasta Albacete. Cambiamos de plan y al final pudieron dejarme en un pueblo pequeño por el camino, donde me dejaron subirme al tren hacia Albacete.
El viaje de vuelta a Madrid se estaba poniendo bastante interesante, pero aún quedaban más dramas por manifestarse…
Ya en el AVE de Albacete a Atocha, yo pensaba que las cosas ya iban bien – ¡pero así no iba a ser! Mientras escribía una entrada de blog, percibí que algo se estaba montando el el pasillo. Al final veía mientras un chico descubrió que otro le había robado el portátil y lo había guardado en su mochila. Sobra decir que esto dio paso a muchas conversaciones entre ellos y los inspectores del tren, y que al bajarme del tren me encontré con unos policías que estaban esperando para interrogar a la gente implicada en el robo.
Después de revisar que mi portátil se encontraba seguro en mi mochila, caminé la distancia corta de vuelta a casa, preparado para descansar bien tras un viaje tan caótico.
Aunque tuve que trabajar un día y a pesar de los dramas que se montaron durante mi viaje de vuelta a la capital, me lo pasé muy bien en Murcia. Otra vez más tengo que darles las gracias a mis tíos por acogerme y llevarme a hacer cosas distintas – ¡volveré en otoño!
Una primevera lluviosa
06.04.22 — Madrid
Después de mi última entrada de blog, que habló de una vuelta por la sierra con un solazo, esta vez vuelvo a estar por la gran cuidad y esta vez ando empapado. Este año, al parecer, la primavera templada que Madrid suele experimentar se ha cambiado por una racha de lluvia y viento. ¡Pero esto no me ha impedido nada!
Un sábado quedé con una compañera y su hija para echar un vistazo a la Imprenta Municipal, un edificio antiguo bonito que ahora alberga un museo que conserva una colección de imprentas y técnicas de impresión a través de una exhibición gratuita y talleres de impresión. Me recordó de mi tiempo en Leeds como estudiante y un taller de encuadernación que asistí allí.
La arquitectura era igual de interesante que las imprentas que contenía.
Después de una vuelta por el museo, salimos a comer. Compartimos uno de mis platos favoritos, huevos rotos con picadillo. Luego salimos de compras para comprar unas gomas y volvimos a su casa para conocer a su hámster, Melocotón. Allí me hizo la hija de mi compañera un taller de cómo hacer pulseras bonitas con las gomas pequeñas coloridas que habíamos comprado.
Este bichito era tan amable como era suavecito y peludo – tal cual como un melocotón.
Esa misma tarde subí al norte de Madrid y a IFEMA, donde había quedado con Luis y Carmen para ir juntos a ARCO. El viaje a esta exhibición enorme resultó ser más complicado que pensábamos, parcialmente gracias al cierre parcial de la línea 8 del metro, pero parcialmente gracias al momento de confusión cuando Luis y yo nos bajamos del autobús de servicio especial en la parad equivocada. Menos mal que nos encontramos con dos otras almas perdidas que habían hecho lo mismo, así los cuatro pudimos compartir un taxi para completar el viaje.
Sobra decir que llegamos bastante tarde al evento, así que no tuvimos mucho tiempo para empaparnos en el arte de todos los puestos en la feria. Vi unas tantas cosas chulas, entre ellas una bola enorme de espaguetis que me recordó del hambre que había acumulado. Esto nos llevó a echar un buen rato en el bar VIP con un gintonic en la mano y un pintxo en la otra…
Esta bola gigante de espaguetis pedía a gritos que alguien se cayera encima de ella…
En vez de volver a casa después de la feria, me acerqué al norte del centro, donde había quedado con Sari y su amiga Rocío para tomarnos unas cañas y cenar. Una vez llenos de croquetas y otros platos ricos, las dos ya tenían ganas de salir de fiesta, ¡pero mi día había sido un sin parar por lo cual la única opción que me quedaba era irme a dormir!
La siguiente semana dio paso a más tiempo impredecible en Madrid. Algunas de mis vueltas a casa suponían un autentico placer con el alargamiento de los días, mientras otras solo podía realizarlas gracias a mi fiel (y algo machacado) paraguas.
El finde siguiente fui a la nueva casa de Bogar y Javier para celebrar una fiesta que combinó una celebración para estrenar el nuevo piso con las festividades para celebrar el cumpleaños de Bogar. Me acerqué con unos gintonic y una tarta de zanahoria casera y todos pasamos una buena noche hablando y bebiendo. ¡Me cuesta creer que ya han pasado tres años desde que los dos estábamos llevando su colchón por la calle a su piso anterior!
El cumpleañero, la famosa tarta de zanahoria y su servidor.
Pero este no fue el único finde de cumpleaños que atendí, ya que el finde siguiente le tocó a Luis celebrar el suyo. Bajo un cielo gris, un grupo enorme nos reunimos en un restaurante al lado del lago. Allí comimos, bebimos y cotilleamos unas cuantas horas – otro plan estupendo para pasar un sábado por la tarde para celebrar el cumpleaños de Luis y el de su amiga, Marta.
La semana siguiente luego era una de bastante movimiento para mí, ya que tenía a unos visitantes en casa y había muchas cosas interesantes pasando en el trabajo.
A la hora de comer el lunes, me interrumpió un golpe en mi puerta. La abrí para recibir a mis padres, que habían volado desde Inglaterra para pasar una semana conmigo aquí en la ciudad. Pasamos esa primera tarde comiendo juntos y descansando un rato, ya que andábamos cansados y el tiempo no pintaba muy bien.
El día siguiente nos dio los buenos días una escena algo apocalíptica: la calima había llegado hasta Madrid. Ya la he visto unas cuentas veces en Tenerife, pero fue la primera vez que había salido de mi casa para chocarme con una ciudad colorada con el polvo fino.
Este fenómeno coincidió con un shooting que estuvimos realizando ese mismo día para un cliente, así que les dije a mis padres que se unieran un rato al evento para ver lo que pasa detrás de las escenas.
Una vez acabadas las grabaciones de ese día, salí a cenar con mis padres, así marcando la rutina para el resto de la semana. Nos veíamos para comer cerca de mi oficina y luego pasábamos las tardes picando y bebiendo antes de irnos a casa.
Ya que salgo del trabajo unas horas antes los viernes, decidimos hacer algo distinto ese día. Bajamos al Matadero para tomarnos unas copas y para que pudiera descansar tras una semana ocupada en el trabajo. Disfrutamos nuestros gintonics antes de salir a cenar relativamente temprano para guardar algo de energía para las exploraciones del día siguiente.
Nos plantamos en un bar chulo en el Matadero que solo había visitado una vez antes.
El sábado, y bajo cielos grises persistentes, salimos a pasear por el río hacia el lago, un sitio que siempre nos gusta para tomarnos algo al lado del agua. Por el camino, mi madre mencionó que nunca se había sacado una foto entre los rótulos enormes que se ven en muchas ciudades como lugar turístico, ¡así que bien sabía a dónde les tenía que llevar!
Tras una tarde pasada por el lago, volvimos al centro para nuestra ultima cena y unas cañas para celebrar su última noche conmigo en la capital – ¡cómo había volado el tiempo!
La cena tuvo lugar en una taquería que había visitado por primera vez con Hugo y Bogar unas pocas semanas antes. Allí introduje a mis padres a los sabores ricos y variados que ofrece la comida mexicana. Después de comernos el último taco, acabamos en un bar de jazz, donde pillamos una y dos rondas de cócteles mientras disfrutamos la música en viva de un grupo de jazz. ¡Fue una manera muy bonita de acabar su visita y supuso un hallazgo curioso de un sitio al cual volveré seguro!
Con esto, ya acabo esta entrada de blog para intentar no alargarla demasiada – aún quedan bastantes cosas que os tengo que contar, pero que tenga el tiempo como para hacerlo se me está poniendo algo complicado estas últimas semanas. Os estoy escribiendo hoy desde un tren de vuelta a Madrid – pero esa historia la dejo para la siguiente…
Andando por La Pedriza
20.03.22 — Madrid
Publiqué mi última entrada de blog en tiempo récord, ¡pero esta vez voy batiendo récords de tardanza! Han sido unas semanas locas, pero de eso hablaré más en próximas entradas, así que hoy os traigo tan solo una pequeña actualización con alguna que otra foto bonita.
Hace ya un mes entero fui con tres compañeras a la sierra de Madrid para pasar el día caminando por La Pedriza. He subido allí unas cuantas veces desde que lo descubrí con unas amigas en el 2018, nunca falla en ofrecer una oportunidad para escaparse de la vida loca de la ciudad entre los panoramas impresionantes que se pueden ver.
Esta vuelta también tenía el fin de demostrarme a mí mismo que uno de mis propósitos para el 2022, específicamente mi meta de andar 10.000 pasos al día, estaba teniendo efecto alguno. Al costarme la vida hacer unos paseos bastante fáciles durante la Navidad en Reino Unido, decidí que ya era hora de ser más activo, así que este día por las montañas también supuso para mí una oportunidad de ver que tal iba la cosa. ¡Me alegro decir que no me costaba nada!
Empezamos con un viaje en autobús a Manzanares El Real, donde pillamos un poco de picoteo (saludable, por supuesto) antes de subir la carretera que nos llevaba al comienzo de la vuelta que daríamos por la sierra. Nos lo pasamos muy bien por el camino, ¡con la perspectiva de una cerveza fresquita animándonos por el camino!
Justo después de sacarnos este selfie a los cuatro, encontré un palo guay, lo cual acabé utilizando como un apoyo al andar / accesorio de moda que me hacía parecer Rafiki del Rey León. Lástima que esto no me duró mucho, porque acabé olvidándome de recogerlo tras dejarlo fuera del bar en el que nos tomamos una cerveza y unas croquetas recién fritas.
Al acabar la comida, esperamos en la cola penosamente larga para ir al baño, durante lo cual me encontré con un gato amable cuya foto incluyo debajo. Más allá que prestar atención en el paisaje que nos rodeaba, pasábamos las horas hablando un poco de todo – desde temas mundiales profundos hasta los proyectos en los que habíamos estado trabajando juntos.
Este gato guapo se sentaba encima de una pared y sabía bien posar para la cámara.
Desde allí seguimos tirando con una energía renovada gracias a la fritanga y el valle bonito en el cual nos encontramos pasando. Yo llevaba encima mi abrigo amarillo voluminoso que contenía una botella de agua pesada, lo cual no venía muy bien a la hora de intentar navegar los pendientes precarios del valle…
Las vistas de la sierra de Madrid son fabulosas y siempre sorprenden.
Una vez de vuelta a la civilización acabamos la última parte del viaje con la poca energía que nos quedaba. El viaje de vuelta a la ciudad en autobús luego siempre presenta la tentación de echar una siesta rápida, pero logré aguantarme. ¡Tenía cosas que hacer al llegar a casa!
Con más que 24.000 pasos completados, diría yo que el viaje por La Pedriza fue todo un éxito. Menos mal que hice algunos pasos de más ese día, ya que el resto de la semana fue bastante ocupada y me dejó sin suficiente tiempo como para llegar a mi objetivo de 10.000 pasos diarios.
Pero de eso trataré más en mi próxima entrada de blog. Por ahora, os dejo con esta foto excelente de Julia, Inés y yo, haciendo como si fuéramos tres mujeres de California que se juntan para caminar por su suburbio soleado…