Esta es una entrada breve para marcar una ocasión especial que está celebrándose a más que mil millas de mí – ¡mi hermana, Eleanor, se está graduando!
Desafortunadamente, debido a las restricciones de aforo por COVID en el evento y mi calendario complicado aquí en España, no he podido viajar a Inglaterra para asistir hoy. Además, ya que he dejado de usar mi última cuenta de red social, Instagram, me he quedado sin manera de celebrar públicamente sus éxitos y logros de los últimos años – ¡así que aquí estoy!
Hoy Eleanor celebra el fin de tanto su grado como su máster en biología, a pesar de haberlos acabado hace un año y medio – las celebraciones han sido aplazadas por la pandemia.
Tengo que desearle muchas felicidades hoy que por fin tiene la oportunidad de subir al podio y recibir sus certificados como yo hice ya hace unos cinco años. Estaré viviendo a través de videollamadas y las fotos que les he obligado a mis padres pasarme durante el día.
Por ahora tendrá que bastar esta foto de Eleanor que le saqué durante mi graduación cuando me robó el traje de ceremonia y se lo puso ella…
Para intentar adherirme al último de mis propósitos para el año nuevo, que supone viajar más, ahora mismo me encuentro de camino de vuelta de mi primer viaje fuera de la Comunidad de Madrid que he realizado este año del 2022. Como he hecho ya muchas veces en el pasado, he bajado a Murcia a pasar unos días con mis tíos. La última vez que bajé al sur para verlos fue en verano del año pasado, así que ya tocaba volverles a visitar en su casa murciana en el sol.
Bueno, digo que sol, pero eso supondría una manera muy optimista de describir el tiempo que hacía. Van a engañar las fotos que vas a ver en esta entrada de blog: una combinación de las fechas y un poco de mala suerte hizo que había cielos nublados la mayoría del tiempo que pasé allí.
Mi viaje empezó con un camino de mi oficina en el norte del centro madrileño hasta la estación de Atocha en el sur, una ruta que tardé unos 90 minutos en realizar pero que se me hizo eterno gracias a la mochila pesada que llevaba. Después de parar un momento para comer algo al lado de la estación, entré y me subí al tren con destino Cartagena. Al llegar en la región, me recogieron mis tíos y fuimos a su casa para que pudiera hacerme una cena sana antes de irme a dormir.
Caminar mucho, comer comida casera y viajar: iba así cumpliendo tres de mis propósitos para el año nuevo.
El día siguiente decidimos comer en un restaurante chileno que había descubierto mi tío, así que nos cercamos a un pueblo pequeño para buscarlo después de hacer la compra por la mañana. Al principio nos quedamos decepcionados al encontrar una calle sin restaurante ninguno, parecía que solo habían casas. Enseguida me di cuenta que una de ellas era, de hecho, el restaurante, pero luego nos llevamos otra decepción cuando el chef salió a avisarnos que ya no había mesa. Nos habíamos quedado con las ganas de comer chileno, así que reservé una mesa para el día siguiente.
Luego nos acercamos a otro pueblo cercano y a un sitio que nos había recomendado el chef del chileno, pero ese sitio se encontraba cerrado por vacaciones. Al final tuvimos que consultar Google Maps para buscar un restaurante ya que se nos hacía tarde y había hambre.
Eventualmente comimos bastante bien, pillando una serie de platos españoles para compartir, entre ellos unos calamares y gambas al ajillo. Me llevé una sorpresa al llegar la cuenta gracias a unas gambas que había pedido – ¡no me imaginaba que serían tan caras!
Después de comer volvimos a casa a pasar la tarde allí ya que no había buena previsión de tiempo. Hice hummus casero siguiendo la receta de mi compañera Rocío y luego me senté con una copa de vermú para ver la tele y hablar un rato con mis tíos.
El día siguiente volvimos al chileno para ver qué tal la comida. Había consultado con Cami, que también es de Chile, pidiéndole alguna recomendación de qué pedir. Esto al final fue un acto inútil ya que no había carta, el chef iba sacando una serie de platos que habían preparado basado en los productos que encontraba esa misma mañana.
Buena, ¡vaya experiencia fue! El dueño era súper majo, nos invitó a probar mogollón de cosas desde una ensalada cremosa de aguacate y gambas a unas ostras frescas. Nunca había probado ostras antes y creo que por ahora voy a esperar un buen rato antes de volverlas a probar…
Estos gatitos preciosos que estaban en el patio serán más de ostras que yo.
El resto de la comida fue riquísima, total que al final acabamos pasando casi tress horas en el local, comiendo un gran total de siete platos y tomando dos botellas de vino entre los tres. Al final de la comida, el dueño sacó unos juguetes que le habían gustado de pequeño en Chile y pasamos todos un bueno rato intentado colocar la campana de madera encima del palo al que iba atada con una cuerda. El momento cima de la comida tuvo que ser cuando salió el dueño disfrazado en un disfraz que había pillado del almacén de tonterías para fiestas. ¡Fue una pasada!
Mi tía con el dueño cuyo nombre se me escapó – tanto el suyo como el de su persona drag.
Salimos del sitio rodando, tanto que tuve que echarme una siesta extendida de unas tres horas al llegar a casa. Una vez despertó salí a dar una vuelta por la urbanización, durante el cual me detuve un rato en un bar para tomarme una copa y recuperar fuerzas para volver al piso de mis tíos – ¡es una urbanización enorme!
El sol salió por fin el día siguiente así que nos subimos al coche y nos acercamos a la ciudad de Murcia para pasar el día. Tras aparcar en las afueras y andar un buen rato por las orillas del río, llegamos al casco histórico para echar un ojo a la arquitectura antes de comer.
Echamos un rato al sol y sacando fotos cerca de la catedral en el centro. Siempre se me olvida lo bonito que es el centro de Murcia, siempre me encuentro con nuevas cosas para sacarles fotos cada vez que visito. Desde allí nos acercamos al sitio donde mis tíos querían comer, el Mercado de Correos.
El centro de Murcia siempre encanta con sus rincones y callejones escondidos.
El mercado se sitúa dentro de un edificio que antes era una oficina de Correos, pero que ya se ha convertido en un espacio gastronómico moderno. Dentro hay una serie de puestos que ofrecen todo tipo de comida, desde sushi a platos procedentes de la zona murciana.
Al final pedimos una selección de comida murciana y otros platos pequeños para compartir, disfrutándolos mientras el camarero acercaba más a nuestra más. Una vez satisfechos con la comida salada, pagamos la cuenta y nos fuimos a buscar otro sitio para pillar algo de postre.
En otra instancia de yo metiendo mi cabeza por una puerta abierta, me encontré con esta joya.
Tras andar un poco más, al final encontramos una heladería que estaba abierta. Allí pillamos un sándwich de helado, una bomba de azúcar que tomaba la forma de dos galletas con helado casero dentro – ¡divinos!
Luego nos echamos a las calles a andar un poco más por las calles mientras nos acercábamos al coche. Una vez allí, volvimos a su casa, donde volví a echarme la siesta – pero esta vez era solo de media hora.
Ya que era mi última noche en Murcia, decidí que deberíamos ir al bar de la urbanización a tomarnos unas copas, así que nos acercamos a “El Casón” a tomarnos unos gintonics y picar alguna ración. Allí me puse a hablar con uno de los camareros y me recomendó su mercado favorito en Murcia – ¡uno para la próxima vez!
El día siguiente mi tía dejó a mi tío en una reunión de la presidencia de la urbanización y luego ella y yo salimos a comer juntos. Me llevó a un sitio al lado de una nave que tenía unas pintas dudosas, pero allí comimos un menú diario muy rico. Luego me llevó a la estación de tren a la cual había llegado tan solo cuatro días antes para coger el tren de vuelta a Madrid.
Como siempre, me lo pasé muy bien en Murcia, donde al final pudimos hacer bastantes cosas y comer mucha comida rica a pesar del tiempo regular. Tengo que darles las gracias a mis tíos por abrir sus puertas otra vez y por llevarme a los varios sitios mencionados durante mi vista. Como siempre, ¡en breve estaré de vuelta!
No soy muy de ponerme propósitos de Año Nuevo ya que tampoco soy muy de lograrlos, pero después de dos años de la pandemia me hacía que era hora de empezar a efectuar algunos cambios. Esa sensación, junta con una energía y un optimismo ganados durante mi vuelta a casa para Navidad y la Nochevieja que pasé en Tenerife, me provocó a definir un listado de diez propósitos para el año 2022.
Claro que no iba a empezar el Año Nuevo intentando cambiar diez aspectos de mi vida así de golpe, así que elegí una selección variada de propósitos, de los cuales algunos podía empezar al instante y otros podían ser cumplidos durante el resto del año. Dado que estuve en Tenerife hasta el 6 de enero, decidí poner en marcha mi plan el 7 al llegar de vuelta a Madrid.
Seguro que te estás preguntando cuales son mis propósitos para esta año, así que los listaré a continuación, no solo por motivos informativos pero también como manera de pedirme cuentas a mí mismo a través de esta exposición al resto del mundo – o por lo menos a los que leéis mi blog:
Cocinar y comer mejor
Empezar a hacer ejercicio
Dejar de morderte las uñas
Andar 10,000 pasos al día
Avanzar con el irlandés
Lanzar mi nueva web
Sacar un carnet de conducir español
Apuntarme a clases de caligrafía
Ahorrar
Viajar más
Como mencioné, algunos los empezaré según el paso del año, como las clases de conducir o de caligrafía, pero algunos ya los llevo implementando desde el día uno. El primero del listado ha sido quizá de los más retadores para mí a nivel personal, ya que tengo una historia complicada de intentar comer mejor y bajar de peso, la mayoría de la cual viene de mi tendencia de utilizar la comida como manera de despejar cualquier agobio que esté experimentando.
Esta año he decidido que la clave está en planificar mis comidas semanalmente, decidir cuándo voy a comprar más ingredientes y investigar nuevas recetas cuando tenga la oportunidad. Este último punto usualmente consiste en pedir ideas a amigos, familiares y compañeros al aburrirme de los platos que suelo prepararme. Como se ve a continuación, he montado algunos platos sanos pero bien sabrosos durante estas últimas semanas.
Esta mezcla bonita de ingredientes formó parte de una receta de sopa de verduras que me inventé sobre la marcha.
Menciono la palabra ‘sabroso’ porque a mí me es muy importante que siga disfrutando de la comida – puede que sea de los aspectos que más placer me da de la condición humana. En esta manera, aún estoy logrando mantener estos nuevos hábitos sanos y estoy empezando a disfrutar del reto de cocinar todo entre mi vida social y laboral. Este nuevo espíritu también tiene el beneficio adicional de ayudarme con el penúltimo propósito de mi listado, ya que estoy gastando ahora mucho menos en comer fuera o comprar comida preparada.
Junto con esta nueva actitud hacia la comida, también me he obsesionado un poco con el propósito medible del listado: el objetivo de andar 10,000 pasos diarios. Después de un rato utilizando mi móvil para contar mis pasos, finalmente he caído y me he comprado una pulsera de actividad para mejor rastrear mis pasos y la actividad. Cada día desde el 7 de enero he caminado diligentemente un mínimo de 10,000 pasos – incluso después de una larga noche en la oficina y un domingo que pasé con una resaca bastante molesta.
Un beneficio bonito que ha conllevado este cambio de estilo de vida ha sido la oportunidad de ver mucho más de la ciudad que veía antes, ya que mi viaje de vuelta a casa diario me está incentivando a explorar más de las calles y rutas que nunca había pisado antes. Por supuesto que hay veces que sigo optando por la ruta más rápida, pero este camino me lleva por algunos de los sitios más bonitos que ofrece el centro, como el Palacio Real o el Viaducto de Segovia, un puente enorme con vistas sobre el oeste de la ciudad.
No está mal del todo cuando tengo la oportunidad de ver arquitectura así cada noche.
Puede que parezca una tontería, pero esta combinación de comer mejor y moverme más me ha cambiado bastante las energías. Me encuentro motivado para hacer cosas que llevo un rato posponiendo, como una visita al Museo Nacional de Ciencias Naturales. Me impulsó el viaje un sueño que tuve protagonizado por dinosaurios, así que el día siguiente me acerqué al museo para cotillear unos modelos de huesos de dinosaurios.
También he sido algo más productivo en organizar encuentros con amigos, entre ellos una quedada en el nuevo piso de Hugo para tomar unos tacos y enchiladas preparados por él y sus amigos. Fue una noche muy agradable, con amigos de México, Colombia, Venezuela y España juntándose para estrenar su nueva casa. Las vistas también son muy bonitas, algo que era de esperar ¡ya que el piso de encuentra en la decimosexta planta!
También había quedado en pasar un domingo en la casa de Sara, un plan al cual se unieron su novio, su otro compañero de piso y otra amiga para comer todos juntos. El postre lo puse yo, y tomó la forma de un bizcocho británico con sabor a vainilla que se llama Victoria Sponge. Le eché nata montada y unas fresas para que tuviera un aspecto bonito y un sabor rico, pero la textura del bizcocho me salió un poco rara. Esto pasa porque la receta incluye un tipo e harina que no se encuentra aquí en España – si alguien sabe dónde podría encontrar self-raising flour, ¡házmelo saber!
La falta de esta harina especifica puede que suponga mi mayor queja sobre la vida en España.
Por supuesto que esta tarta no encajaba dentro de mi nuevo plan de comer mejor, a pesar de la cantidad de fruta fresca que llevaba. Esto no me importaba, sin embargo, ya que mi madre me dijo con mucha razón que si no me permitiera algún capricho de vez en cuando que me frustraría y me rendiría. Eso quiere decir que aún estoy dejándome tomar algo con amigos, mi comida semanal con mi compañera Esther los miércoles y algún capricho dulce puntual para satisfacer mi amor por el azúcar.
Con eso concluyo esta entrada de blog, durante la cual os he puesto al tanto con mis actividades este enero a través del medio de una explicación algo extendida de mis diez propósitos para el Año Nuevo. Este finde, sin embargo, tengo unos planes un poco más diferentes, así que en nada volveré para contaros mis aventuras durante mi primer viaje fuera de Madrid del 2022…
Advertencia:Esta entrada incluye un vídeo con luces estroboscópicas que podría afectar a las personas con epilepsia fotosensible.
Concluí mi última entrada de blog con un tono misterioso y he empezado esta con un título que lo desvela todo – es verdad que pasé la Nochevieja en la isla. Celebré la llegada del 2022 con mis amigos Cami, Sam y la familia de Cami, que siempre me han dado la bienvenida con los brazos extendidos desde la primera vez que visité Tenerife.
Acabó mi viaje a Inglaterra cuando Danni me llevó al aeropuerto, donde me dirigí al control de seguridad de la Terminal 1 para que luego me dirigieran a la Terminal 3, algo que mi pobre espalda sufrió mucho gracias a las dos mochilas cargadas que llevaba. Al final encontré la puerta de embarque en una T3 casi abandonada y en nada me encontré a bordo el vuelo de cuatro horas con destino a Tenerife.
En el aeropuerto de Tenerife Sur me recogió Sam, llevándome a la casa de los padres de Cami para que pudiera dejar mis cosas y preparar la habitación que me habían dejado para mi estancia. Al salir Cami del trabajo, los tres bajamos a un restaurante asiático para ponernos al día y cenar sushi y varios otros platos deliciosos.
Luego y de irme a dormir eché un rato mirando las estrellas, ya que la ubicación aislada de las Islas Canarias hace que sean un lugar perfecto para estudiar los cielos. La habitación en la que me encontraba también tenía una terraza que se me hacía perfecta para un momento de reflexión antes de dormir.
El día siguiente ya era Nochevieja ¡y quedaba mucho por hacer! En primer lugar fuimos al supermercado a comprar los ingredientes necesarios para hacer una tarta de zanahoria para las festividades. Después de hacer la compra, nos reunimos con la familia de Family para comer en un restaurante local. Nos hinchamos de sopa, ensalada, queso a la plancha y una selección de carnes. Luego volví a casa para empezar a hacer la tarta.
La tarta de zanahoria luego se finalizó con la ayuda de Miguel, el hijo de una amiga de la familia que nos había invitado a celebrar el año nuevo en su casa. Una vez acabadas nuestras aventuras culinarias, tuve poquísimo tiempo para decorar la tarta con Papá Noel y su trineo (ya era algo tarde, pero da igual) y cambiarme para la cena.
Al llegar a la casa de Eva, una buena amiga de la familia de Cami, llamé a mi familia un rato para felicitarles el año nuevo. Luego nos llamaron a sentarnos para el comienzo de la cena – ¡y menuda cena! Por fin aprendí a comer langostinos, descubrí las virtudes del salmón marinado y probé una de las mejores cremas de marisco que había comido jamás. Al acabar la cena se acercaba rápidamente la medianoche, así que nos juntamos en frente de la tele con el cotillón y un vaso de uvas.
Luego salimos para que Miguel rompiera un plato según la costumbre familiar, acabamos nuestra última copa de champán y nos fuimos a casa.
El primer día del 2022 me trató bastante bien. Cami y yo fuimos a Los Cristianos a comer, dar una vuelta y comernos un postre. Comimos en un pequeño restante italiano que había encontrado Cami y luego bajamos a la playa a tomarnos un helado y un cóctel en un bar ubicado en el paseo marítimo.
Los 26° de Tenerife molaban más que la lluvia de Inglaterra o el frío de Madrid.
Los dos luego volvimos al coche y subimos a un mirador para ver el atardecer. Cami había notado que no había mucha calima y que se podían ver las otras islas desde la costa. Esperábamos poder verlas también desde allí arriba y también apreciar la puesta del dol.
Como se ve, el atardecer y las vistas del mismo no decepcionaron nada, así que Cami y yo nos sentamos un rato para disfrutar de las vistas. Nos pusimos a hablar mientras zampábamos unas patatas y tomábamos unas cervezas que habíamos pillado en una gasolinera en el camino. Echamos un buen rato charlando allí en nuestro sitio elegido, encima del techo de una cafetería abandonada.
El día siguiente nos subimos al coche de Cami para pasar el día en el norte de la isla, desayunando en un sitio local en el camino. Nuestra vuelta por el norte nos llevó a Puerto De la Cruz, donde tomamos unos cócteles y picoteo antes de bajar a Santa Cruz para comer. ¡Los nombres parecidos de estos dos sitios me confundían mucho!
Después de comer subimos al parque central de Santa Cruz para tomar algo y relajarnos entre el verde hasta que el sol se puso y las temperaturas empezaron a volverse demasiado frías. Estando lleno de comida coreana y siendo el vago que soy, insistí que cogiéramos un taxi al coche, después del cual volvimos a casa para dormir relativamente temprano ya que me tocaba trabajar el día siguiente.
Aunque aprecio mucho la flexibilidad del teletrabajo, usualmente soy más de ir a la oficina – pero cuando el teletrabajo supone trabajar desde una terraza soleada en Tenerife pues ¡me quedo con el teletrabajo! Gracias a una revolución en nuestra manera de trabajar que hemos realizado en Erretres, pude trabajar igual de eficientemente desde el jardín de la casa de los padres de Cami como cuando voy a la oficina en Madrid.
Cuando me desconecté del teletrabajo tenía ganas de ver más de la isla con las pocas horas de luz que quedaban. Ya que Cami estaba trabajando, Sam y yo bajamos juntos a la playa, viendo aterrizar a unos parapentistas en la playa en frente de un atardecer espectacular. ¡Fue todo como un cuadro!
Los dos luego bajamos a esa misma playa, tumbándonos en unas tumbonas en la arena en un chiringuito bonito. Pillamos algo de picar y un cóctel cada uno – al final y al cabo estaba de vacaciones a medias aún – y el pobre Samuel tuvo que aguantarme mientras me levantaba cada dos en tres al ver otra posible foto que podría sacar mientras se ponía el sol.
La mejor imagen que conseguí fotografiar esa tarde tiene que ser la siguiente, logre captar el momento de juego entre un padre y su hijo en los últimos rayos del día, con otra de las Islas Canarias visible en el fondo. Era la hora perfecta para estar en la playa, el barullo del día ya había pasado y los visitantes ya se encontraban relajando y disfrutando de la escena pintoresca que se estaba dibujando en el cielo.
Al llegar el frío nocturno volvimos a casa, con el pensamiento de pasar otra tarde en la costa sirviendo como motivación para aguantar nueve horas más de trabajo el día siguiente. Sam me concedió el deseo, y esa tarde volvimos a Los Cristianos para dar une vuelta por el paseo marítimo y buscar algo para cenar.
No había mejor manera de arrancar el año nuevo y relevar en mis propósitos que un camino por la playa.
Nuestra cena tuvo lugar en un restaurante japonés que es un favorito de Cami y Sam, cuya razón en breve llegué a entender al comer una selección de sushi delicioso. Tras hacer tanta cosa en un mismo día me encontraba algo cansado, así que volvimos a casa para que pudiera descansar algo antes de mi último día trabajando desde Tenerife.
El día siguiente fue algo más tranquilo ya que tanto Cami como Sam trabajaban por la tarde cuando yo me desconecté del trabajo. Suponía que iba a tener que entretenerme yo solo, pero los padres de Cami, Nati y Rodrigo, me invitaron a cenar pizza con ellos y con el hermano de Nati que había venido a visitar.
Después de eso llegó el día de los Reyes Magos, lo cual celebramos con un desayuno de pan, carne, aguacate, chocolate a la taza y – cómo no – roscón. Este desayuno festivo fue el último que celebré durante mi vista, ya que luego tuve que despedirme de Cami y Sam al salir ellos al trabajo porque por la tarde tenía que estar en el aeropuerto para coger mi vuelo de vuelta a Madrid.
Como se puede ver, el aeropuerto de Tenerife Sur se destaca por las visitas bonitas sobre la playa, las cuales suavizaron un poco el dolor de irme mientras embarcaba el avión con destino a la capital…
Tengo que acabar esta entrada de blog dándoles las gracias a Cami, Sam, Nati y Rodrigo, que como siempre me acogieron en su casa con los brazos abiertos y me llevaron por la isla en sus coches. Tenerife es un lugar bonito y único, pero mis visitas no sería ni la mitad de fabulosas sin su hospitalidad generosa. ¡En nada estaré de vuelta!
Tal como el año pasado, el fin del mes de diciembre me llevo desde Madrid a Manchester y a la casa de mis padres donde pasaría la navidad con mi familia. Después de muchas dudas generadas por el aumento de casos de la COVID, me preocupaba la posibilidad de no poder volar, pero al final mi test salió negativo y me subí al avión el día siguiente para volver a mis tierras.
El clima no sabía qué hacer al llegar yo al Aeropuerto de Manchester.
Mi padre me vino a buscar al aterrizar en el aeropuerto de Manchester y de camino a casa me hice el primer test de los tres que tenía que hacer durante mi estancia en el Reino Unido. Estaba confinado en casa durante los primeros cinco días como mínimo, pero no suponía un problema ya que me quedaban cuatro días de trabajo antes de la llegada del día 24.
El teletrabajo desde casa era bastante agradable, ya que por las tardes podía aprovechar del sofá cómodo para seguir leyendo Becoming por Michelle Obama (el libro que estoy leyendo actualmente) y echarle una mano a mi madre con tareas por casa. Tras desconectarme del trabajo el día 23 celebré la ocasión con un baño y una copa de vino, empezando así mis días de descanso.
Después de un concurso de repostería entre mi madre y yo (ella hizo una tarta de limón y yo una de vainilla con nata batida fresca y mermelada de frambuesas), ya era Nochebuena. Como ya es costumbre en mi casa, a mi hermana y yo nos toco abrir una bolsa pequeña de regalos por la noche. El mejor regalo fue, sin duda, el pijama nuevo que me lo puso esa misma noche.
El día 25 llegó y con él la apertura de los regalos, lo cual nos llevó la mayoría de la mañana – prisa no había. Mi milagro navideño era el resultado negativo al test que me hice para poder salir de la cuarentena, lo que me impulsó a salir con mi padre a dar una vuelta. Nuestro paseo nos llevó por las sendas camperas donde luchábamos contra vientos fuertes y hasta un embalse que, extrañamente, nunca había visitado en mi vida.
Después de explorar el sitio durante un rato empezamos el camino de vuelta casa, una ruta que nos llevó por unas casas pequeñas decoradas. Al llegar a casa nos esperaba una cena navideña tradicional británica, que lleva pavo, patatas, verduras, salchichas con beicon, coles de Bruselas y salas variadas, entre ellas una que se hace con pan que me parece horrible…
El 26 fue un día bastante tranquilo, el acontecimiento principal fue la comida: una crema de coliflor hecha siguiendo la receta de una amiga de la familia. Es una parte deliciosa de nuestra rutina de navidad y una que nunca falta.
El día siguiente me apetecía aprovechar de mi libertad, así que pedí que fuéramos a “Big Tesco”, el supermercado enorme de dos plantas que se encuentra en mi pueblo. Tras tantos años viviendo en España, me parece fascinante ver lo que se vende en Inglaterra y la cantidad de productos nuevos que han salido desde que me fui. No sé por qué los británicos nos empeñamos en tener tantos sabores de todo…
Como un regalo a mi padre de parte de mi hermana y yo, yo había llevado una colección de carnes, quesos y más para prepararle una cesta regalo de comida española, así que esa tarde le preparé un aperitivo. Estaba bastante orgulloso de mi plato de jamón y lomo – ¡en España en mi vida nunca he conseguido que me saliera tan bonito!
Después de comer salimos a dar otro paseo, subiendo al embalse que mejor conozco, en un pueblo llamado Hurstwood. Antes de volver a casa pasamos un rato en el pub local, donde aproveché para tomarme una Guinness bien fría.
Al salirme otro test negativo el día siguiente, salí a verme con Amber y Jess. Nuestra reunión se hizo en el nuevo piso de Amber, en donde nos había preparado un aperitivo bonito de quesos y otras cosas. Hablamos horas con una copa de vino en la mano antes de volver yo a casa para que me llevaran a mi siguiente destino, la casa de mis abuelos. Era la primera vez que les había visto en los últimos doce meses – ¡como vuela el tiempo!
El día siguiente fuimos mi madre, hermana y yo a un centro comercial en donde me reuní con Danni para comer juntos y echar un ojo a las rebajas. Abi no pudo venir porque andaba con el virus, pero los dos comimos rico y luego fuimos a buscar un capricho favorito mío, pedacitos de pretzel con canela y azúcar. ¡Están que te mueres!
Luego me tuve que despertar relativamente temprano el día siguiente ya que era el último en tierras británicas. Tras despedirme de mi familia, Danni me vino a recoger ya que nos quedaba una cosita antes de mi vuelta a España.
Los dos fuimos a Salford, una ciudad junto al sur de Manchester en la cual se graban muchas series y televisión británica. Allí fuimos a una exhibición interactiva de Van Gough antes de pasar por una tienda de chocolate y acercarnos al aeropuerto.
Como te puedes imaginar era muy agradable volver a Inglaterra y celebrar la navidad con mi familia nuevamente, especialmente dado que la última vez no era una ocasión tan jovial. Quizás hayas notado que no he mencionado nada de la Nochevieja, y eso es porque la celebré de otra manera este año – ¡pero esa historia la dejo para la próxima entrada de blog!