Entre un par de viajes a Asturias y una semana en el Reino Unido, también he estado haciendo otras cositas aquí en Madrid. Al hojear mis fotos, me di cuenta que muchas tenían que ver con asuntos musicales, así que dichos asuntos quedan agrupados aquí en esta breve entrada de blog.
Mi primera aventura musical fue cuando Sara, Marta y yo fuimos a un club. En este sitio hay una serie de espectáculos y eventos especiales cada veinte minutos. Nos lo pasamos fenomenal, aunque el día siguiente tuvimos que quedar a tomar unos vermús y “equilibrar el pH”…
Otro momento bonito fue cuando Thuy vino a visitar España unos días. Naturalmente tuvimos que vernos para comer, así que pasamos un par de horas en un restaurante a dos manzanas de la oficina donde nos conocimos por primera vez en 2016. ¡Como vuela el tiempo!
También nos acercamos a la oficina para que cotilleara un poco…
Esa misma semana también tuve otra cita para cenar, esta vez con Kevin, James y Sara. Kevin y James iban a pasar una noche en Madrid antes de volver a los EEUU, así que quedamos en vernos y cenar en uno de mis sitios favoritos en la mismísima Gran Vía. Otra vez, pasamos la noche de risas y tapeo, recontando historias graciosas con unos gintonics bien cargados en la mano…
El Palacio de Cibeles se veía resplandeciente en el arco iris para el orgullo.
El siguiente evento musical fue cuando Danni vino a hacer una visita rápida. Aterrizó el jueves mientras yo salía del trabajo, pero ya a las 6:30pm estuvimos saliendo de la casa de camino al WiZink Centre. Llegamos al estadio enorme algo temprano y con muchísimas ganas de ver el concierto de una banda que me era muy importante en mi infancia: ¡Queen!
El concierto fue una pasada de diversión y alegría. Danni y yo salimos afónicos, hambrientos y – en mi caso – meándome vivo. Todo esto se solucionó con una vista al McDonalds, así que acabamos tomándonos unas patatas en un banco de la calle antes de volver a casa para estar en marcha el día siguiente.
Pasamos el día después del concierto vagando por las calles, comiendo por el centro y luego de terraceo por la tarde. Nuestro plan original era acercarnos a las fiestas del orgullo, pero acabamos hablando tanto que sin darnos cuenta ¡ya era medianoche!
El día siguiente fue un sábado y tuvimos que madrugar un poco para coger un vuelo juntos de vuelta a Inglaterra, ya que tenía que estar por mis tierras para otro evento bien emocionante – pero tendré que hablar de eso en la siguiente entrada de blog. ¡No doy abasto en publicarlas!
Os dejo con una anécdota que espero que os entretenga de la misma manera que a mí me agobió…
Hace poco mi madre me compró unas nuevas gafas de sol. Estas gafas eran unas buenas, después de años de llevar gafas baratas que luego las pedería o las rompería, o – como ha sido el caso durante el último año – gafas robadas sin querer de mi tía. ¡Un aplauso para ella por aguantar mi torpeza!
Hablando de la torpeza, ahora tenía en mi posesión unas gafas de sol caras (comparado a lo que valían las anteriores), así que la teoría fue que las cuidaría un poco más y que no las dejaría por allí / no me sentaría encima de ellas / no se me caerían cada cinco minutos. Dicha teoría se probó errónea cuando, al visitar Asturias, las dejé en la mesa del bar donde estuve despidiéndome de Kevin. Menos mal que las vio y me las guardó en su casa para que las recogiera la siguiente vez que subí quince días después.
Luego, tan solo dos días después, las volví a sacar para ir al restaurante donde cené con Kevin, James y Sara. Al salir, había aprendido la lección, así que no se dejaron en la mesa. El problema surgió cuando las metí en la cesta de la bici que usé para volver a casa – incluso al colocarlas allí se me ocurrió que había buena probabilidad de que se me olvidara sacarlas al llegar a casa.
A las dos de la madrugada me desperté para coger un vaso de agua, y por alguna razón algo en mi cabeza se encendió y de repente me acordé: ¡arg! ¡mis gafas de sol!
Bueno, te puedes imaginar que risas cuando yo, vestido en un pijama navideño que tenía en casa, fui corriendo por la calle y hasta la estación de bicis con la esperanza de que aun estarían allí las gafas. Al llegar y darme cuanta de no estaban ni las gafas ni la bici que había utilizado, se me cayó el alma. No había otra que volver a casa. Al volver a acostarme, mandé un email desesperado a BiciMAD (el servicio madrileño de bicicletas públicas) pidiendo que me las devolvieran si ocurriese lo improbable y se encontraran, citando el número de bici que había utilizado tras encontrarlo en mi historial de viajes en la aplicación.
Fue justo en ese momento que de repente se me ocurrió que quizá hubiera una manera de buscar la ubicación actual de la bici por su número, así que volví a la aplicación a ver si podría conseguirla – ¡y la conseguí!
Ya sabes lo siguiente que pasó – me volví a poner el pijama y una vez más estuve corriendo hacia a la misma estación de bicis. Pero esta vez no buscaba nada, ¡fue para coger una bici! Pillé la primera que funcionaba y allí fui echando leches por las calles vacías de Madrid a las tres de la madrugada en mi pijama navideño.
Al llegar a la estación en la que estaba anclada la bici que había usado la noche anterior, encontré la bici en cuestión y – por milagro – ¡las gafas aún estaban en la cesta!
La frustración de antes se cambió por euforia mientras caminaba de vuelta a casa – montado en bici, por supuesto. La euforia no me ayudaba a dormir, sin embargo, asó que el día siguiente andaba cansado y de mal humor – pero por lo menos tenía mis gafas de sol…
Hace una semanas, Kevin aterrizó en España y pasó una noche conmigo en Madrid, una visita breve que marcó el comienzo de sus vacaciones veraniegas aquí en su país natal. Pasó la mayoría del resto de su viaje en Asturias con su familia, ¡así que tenía que subir yo a pasar todo el tiempo posible con él y con nuestros amigos por el norte!
Al final acabé subiendo dos veces a Asturias en un periodo de quince días, pero ya que voy con mucho retraso en publica red mi blog, he decidido combinar los dos viajes en una entrada. Vamos allí…
La Fiesta
El primer finde que pasé en Asturias estuve por Oviedo, donde había quedado en quedarme en la casa de Kevin y su hermana. La idea era que Kevin me recibiera allí, pero al final se quedó atrapado en Gijón gracias a unos vermús y un tren que se negó a abrir sus puertas en su parada. ¡Reclamación!
Al final Kevin llegó en un taxi, indicando por esta “ilegalidad” que se había cometido “contra su persona”. Tras media hora de ponernos al día tuve que acostarme temprano ya que tenía que madrugar y trabajar desde su casa el día siguiente.
Echamos un ojo al interior de esta iglesia bonita en el centro.
Después del trabajo, nos subimos a Gijón en autobús para reunirnos con Cami y ponernos al tanto los tres. Nos tomamos unas cañas en una terraza antes de meternos en un Burger King para cenar. Allí, no paré de darle la chapa a una trabajadora, diciéndole que ojalá pudiera tener un juguete del menú infantil con mi menú adulto. Al final era super maja y me regaló una muñeca de Barbie, ¡resplandeciente con su corona de Burger King!
Desde allí, pillamos un taxi a nuestro destino final: las fiestas de Cabueñes. Esta fiesta de prao era la primera a la cual había ido en mucho tiempo, y claro que supuso bailar, cantar y tomar unas cervezas en un prado.
Le he echado mucho de menos a Kevin desde que se fue a los EEUU hace casi cuatro años.
La fiesta fue una pasada, pero nos dejó bastante cansados el día siguiente. Kevin y yo tuvimos que llegar a su casa en Oviedo, pero no había taxi que nos llevara al centro de Gijón para coger el búho, así que al final tuvimos que pasar una hora o así andando. Una vez llegamos a la estación de autobuses, no hubo búho ni después de una hora esperando, por lo cual tuvimos que caminar aún más hasta la estación de Renfe para pillar el primer tren de la mañana.
Como te puedes imaginar, acabamos completamente agotados, así que pasamos la mayoría del sábado descansando por casa. Eventualmente nos tuvimos que animar, ya que habíamos quedado en pasar la tarde con un grupo de amigos. Para eso, nos acercamos al centro de Oviedo y cenamos en un restaurante asturiano.
Me encanta esta foto de Kevin admirando la carne mientras le mira una señora hambrienta.
Tras ponernos finos de raciones de carne y patatas, acabamos en un pub irlandés para acabar la noche con un gintonic. Al acabar las copas, fuimos a casa, justo evadiendo una tormenta eléctrica que estalló sobre la ciudad.
El día siguiente fue un día corto ya que la mayoría del mismo la pasé en un coche de vuelta a Madrid. Conseguimos tomar un par de vermús con Raquel y Joel antes de salir para Gijón, pero en un momento tonto me dejé las gafas de sol en la mesa al irme…
Una vez en Gijón, fui a comer con Cami antes de que me recogieran para llevarme de vuelta a la capital. Fue una despedida bonita a un finde super divertido en mi segunda casa, Asturias.
La Churrascada
Tan solo diez días después ya estuve de vuelta a Asturias, esta vez para pasar un finde en el piso de Cami en Gijón. Llegué algo tarde, pero conseguimos hacer muchas cosas esa primera noche: fuimos a comprar sábanas para su nuevo sofá cama, pillamos un poco de picoteo y nos pusimos guapos para salir a cenar.
Durante el tiempo que yo había estado de vuelta en Madrid, James (el marido de Kevin) había aterrizado en España para unirse a él a pasar la última semana de sus vacaciones, así que organizamos una cena para comer, beber algo de sidra y movernos el cuerpo un rato.
Y eso hicimos, con una cena deliciosa y graciosa. Contentos gracias a la sidra que íbamos escanciando toda la noche, nos acercamos a un club en el centro de Gijón para bailar un rato antes de cansarnos e irnos a casa.
El día siguiente, Cami y yo fuimos recogidos por Andrea y Andrei para ir todos a la excursión del día: una churrascada en una de las montañas que da a la ciudad. Incluso el viaje hasta la cima supuso una aventura: el coche de Andrei se recalentó en las cuestas empinada que llegaban al sitio que habían elegido.
Eventualmente llegamos sanos y salvos. Abrimos unas bebidas y un poco de picoteo mientras Andrei y Joel encendían la barbacoa para empezar a cocinar la carne. Nos echamos unas risas mientras nos poníamos al día, aunque la brisa marina nos atacaba en el sitio expuesto que habíamos elegido.
Acabamos todos rodeando la barbacoa para intentar calentarnos un poco.
La comida al final duró la mayoría de la tarde, con plato tras plato de carne, patatas y unos postres caseros deliciosos que había preparado unos de los amigos que estaban. Al llegar la niebla y cuando la humedad nos enfrío demasiado, recogimos todo y volvimos al coche.
En el piso de Cami, los dos nos echamos la siesta antes de salir a pasar la noche. Nos acercamos a un bar local para tomarnos algo, después del cual volvimos a casa andando para hacer unos pasos antes de irnos a dormir. Esta vuelta a casa se puso interesante: pasmaos por una floristería para encontrar las luces encendidas y que no había nadie dentro. Un rato después luego nos encontramos con un edificio alto de pisos abandonados en la carretera principal. ¡Qué miedo!
EL día siguiente los dos volvimos al centro de Gijón para comer. Cami me llevó a un sitio de fish and chips (un plato británico de pescado con patatas) que acabó siendo casi mejor que el plato auténtico de mi país. Volvimos luego al mismo bar en la playa donde habíamos tomado algo para celebrar mi cumpleaños. Allí nos tomamos un par de cócteles hasta que el tiempo se volviera muy asturiano y una lluvia torrencial brotó sobre la ciudad.
Ya que era un domingo por la tarde y dado el clima que había, decidimos pasar la tarde en casa, donde vimos un poco de televisión, charlamos y tomamos algo juntos para ponerle un fin bonito al fin de semana.
El lunes trabajé desde el piso de Cami. Después del trabajo, comimos juntos rápidamente antes de que me recogieran para volver a Madrid en coche, concluyendo mi segundo viaje al norte.
Como siempre, me lo pasé fenomenal durante estas dos visitas a Asturias. Fue una pasada tener a Kevin de vuelta en España y también lo fue volver a ver a James en persona desde que visitó el Reino Unido en 2017. Los dos ya están en los Estados Unidos, pero en breve los veré… ¡Pero os contaré más sobre eso en breve!
Ahora que va subiendo el calor en Madrid y ya que tenía que asistir a un par de eventos, hace poco me encontré en un vuelo con destino al Reino Unido para pasar una semana con mi familia y mis amigos. Tuve que trabajar en remoto desde allí entre semana, ¡pero aún así logramos hacer bastantes cosas durante los findes y por las tardes!
Tras ser recogido por mis padres en el aeropuerto, el viaje empezó sin que ni siquiera pudiera pasar por casa a dejar mis cosas. Del aeropuerto fuimos directamente a un centro comercial donde tenía que comprar unas cositas – unas buenas gafas de sol para enfrentarme con el verano español, unas botas para viajar en otoño y algo de ropa para la boda de una amiga.
Con la compra hecha, volvimos a la casa de mis padres en el pueblo, que lucía bonito con banderas celebrando las celebraciones del aniversario del reinado de Isabel II. Las fiestas habían acabado al llegar yo al pueblo, pero las banderas seguían y el sol de tarde me inspiró a sacar unas fotos por allí. Se me hizo curioso ver todo en esta luz, ya que típicamente viajo a Inglaterra en navidades.
Al llegar por fin a casa, deshice la maltreat y probé las nuevas botas antes de ponerme unas que eran más viejas y estaban más embarradas para dar una vuelta por el campo. Este camino nos llevó por los prados y un par de pueblos pequeños bonitos que quedan cerca de donde viven mis padres.
No me quedé hasta tarde, ya que el día siguiente tuve que madrugar un poco para unirme a los planes que tenía con dos amigas – ¡íbamos a Alton Towers! Para celebrar el cumpleaños de Danni, había decidido llevar a Abi y a mí a este parque de atracciones que me tenía obsesionado de joven pero que llevo bastantes años sin visitarlo.
Llegamos bajo un cielo nubloso y algo amenazador, pero no nos perturbaba nada: andábamos con muchas ganas de subirnos a todas las atracciones que pudiéramos. Tras sacarnos unas fotos en Towers Street, la plaza de entrada al parque, nos acercamos a la primera de muchaspero muchas atracciones ese día.
Gracias al hecho de que era domingo y dado el cielo gris que amenazaba con llover todo el día, no había casi nadie en el parque. Esto nos venía de lujo, así podíamos subirnos a una montaña rusa tras otra, haciendo casi nada de cola para embarcar a cada una. Todo esto en un parque de atracciones conocido por sus tiempo de espera exagerados – ¡fue genial!
Tras mi primera experiencia en Wicker Man, una montaña rusa de madera que se ve en la foto de arriba, decidimos pillarnos un abono que nos dejó descargar cada foto que se nos sacara en las atracciones. Como digo, casi no había que esperar nada para subirnos a cada una, así que aprovechamos para subirnos las veces que hicieran falta para conseguir la foto perfecta…
El día seguía pero nuestro ritmo también: hasta pudimos subirnos tres veces a una de mis montañas rusas favoritas, Nemesis, que pensábamos que iba a estar cerrada así que nos alegró muchísimo descubrir que andaba en marcha. La atracción más aterradora tiene que haber sido los barriles giratorios, que me tenían gritando durante el todo el ciclo y me dejaron bastante mareado. Una atracción para los peques – ¡ni de coña!
Nos lo pasamos muy bien en Alton Towers, de verdad creo que llevo un buen tiempo sin reírme tanto en un solo día. Acabamos el día en el McDonalds, en donde cenamos antes de que Danni me dejara en casa, mojado y cansado pero con una sonrisa tonta en el rostro.
El día siguiente volví al trabajo, aunque fuera el teletrabajo desde el dormitorio de mi infancia. Al descontarme del curro, salí a dar una vuelta con mis padres y mi hermana, que se había unido al plan desde Sheffield. Estuvimos un buen tiempo caminando, pasamos por dos embalses mientras el sol se ponía detrás de las colinas.
El día siguiente lo pasamos en familia. Fuimos al condado de Yorkshire para enterrar las cenizas de mi abuela. Esto fue la razón principal por la que fui a Inglaterra y sirvió como una despedida bonita tras su muerte el año pasado.
Después del servicio en el cementerio, mis padres, mis tíos, mi hermana y yo nos acercamos a York, en donde habíamos reservado una mesa para comer en Betty’s, un salón de té famoso. Pasamos la tarde tomando té, sándwiches y pastas, y luego echamos el resto de la tarde de compras por las calles preciosas del centro de la ciudad.
Se me hizo corta la tarde gracias al ambiente vivo de York y el buen día que hacía.
En breve me cansé, así que me puse a sacar fotos desde donde estuve sentado.
Luego pasé el resto de la semana trabajando desde casa, con las tardes dedicas a hablar con mis padres, andando por me pueblo y cenando con amigos en un restaurante en Burnley que nunca había visitado.
El viernes me fui a Leeds, donde por fin me reuní con Emily y pude conocer a su perro, Lando. La pareja de Emily, Lincoln, no estaba en Leeds ese finde, pero su madre sí, así que los cuatro (Lando incluido) pasamos la tarde hablando en casa. El sábado salimos a dar una vuelta por un bosque, aprovechando la naturaleza que está a tan solo diez minutos de la casa de Emily y Lincoln.
Desde allí, Emily me llevó al aeropuerto en Mánchester. Me habían dicho de llegar con mucho tiempo para que el caos en el control de seguridad no hiciera que perdiera el vuelo. Al final pasé por el control en literalmente cinco minutos, así que tuve que hacer mucho tiempo en la sala de salidas, por lo cual me puse a escribir esta misma entrada de blog desde allí.
Bueno, con esto ya os he contado todo sobre mi semana en la patria. Al final conseguí hacer bastantes cosas sin tener que cogerme ningún día de vacaciones, así que he de dar las gracias a Erretres por su flexibilidad a la hora de teletrabajar. Personalmente prefiero trabajar desde la oficina, pero tener la opción de trabajar desde donde mejor te convenga es el futuro.
En un contraste con el ambiente festivo de Oslo, descubrí al volver a Madrid que se me habían muerto cuatro de mis plantas. No tardé mucho en descubrir la causa: una ola de calor que había pasado por Madrid mientras yo andaba de fiesta en el aire fresco noruego.
El sol aún estaba muy presente al llegar yo, así que en nada ya había sembrado unas semillas nuevas. Esta selección de cilantro y flores amarillas ya ha empezado a brotar: vuelve la primavera a la casa de Ollie.
Ponerme jardinero no es lo único que he hecho desde llegar a Madrid, han sido quince días de no parar antes de mi próximo viaje – pero más sobre eso en otro momento.
El primer momento de emoción que pasé fue cuando llegó Kevin de los EEUU para empezar empezar unas vacaciones de seis semanas aquí en España. Fuimos reunidos cuando pasó por mi oficina cuando salí del trabajo, una reunión después de la cual fuimos a cenar juntos por mi barrio antes de que volviera a sus tierras asturianas el día siguiente.
Otra tarde de esa semana salí al teatro. Había comprado entradas con Javier y Bogar para ir a ver Kinky Boots. Quedamos para tomar algo en una terraza antes de ir al teatro por el centro para disfrutar el musical.
Pasamos por la alfombra roja en nuestras botas poco quinquis.
Disfruté mucho el espectáculo que me dejó caminando a casa con un toque extra de descaro. Los 10.000 pasos diarios tienen que hacerse, y una tarde después del teatro presenta una oportunidad perfecta para hacer justo eso con el fresco que hace después los días de calor opresivo.
El nuevo paseo entre la Plaza de España y el palacio ha quedado bastante bonito.
Aunque hace calor con la llegada del sol, bien sé que solo se irá calentando más con el verano, así que estoy aprovechando cada oportunidad de ver la ciudad en flor y utilizar bien mi armario veraniego. Mi colección veraniega este año ahora incluye esta nueva camisa amarilla que me regalaron Bogar y Javier para mi cumpleaños.
Un selfie vano en el cual acabo de fijarme que mi camisa hace juego con la pared.
Me saqué esta foto durante una vuelta por mi barrio, donde tengo la suerte de tener al lado el río y el parque que lo bordea. Últimamente he pasado muchas noches pasando por allí, hablando con amigos en persona o por teléfono.
Pensé que estas flores eran naranjas, pero solo eran eso: flores bonitas.
Esta semana pasada ha sido más tranquila, he pasado tiempo en casa cocinando, limpiando y preparando mi casa para le llegada del verano madrileño. Eso no quiere decir que me haya quedado quieto: una tarde fui a ESNE, la universidad de diseño aquí en Madrid. Asistimos a la presentación de un libro explorando el valor económico del diseño dentro de la Comunidad de Madrid, quedándonos después para tomarnos un vino y hablar con otros amigos y compañeros.
Oye, que la foto no te engañe, ¡las copas no eran todas nuestras!
La vuelta del verano a Madrid trae consigo la vuelta del terraceo y el tapeo, y ya sabes que ya he estado disfrutando de los dos a tope. Ofrecen algo de recompensa por el calor, que sé que en breve me va a empezar a molestar – pero hasta entonces, ¡os dejo con esta pequeña actualización!
Antes de empezar, me gustaría avisar que con esta entrada pongo fin a la racha de entradasbreves que llevo – ¡esta va a ser muy larga! Pero creo que vale la pena, ya que acabo de volver de pasar siete días de diversión en Noruega.
Ya que la última vez que visité a Heidi en su ciudad fue hace más de tres años a finales del 2018, ya tocaba que volviera. Iba a viajar a Oslo el verano pasado, pero una doble infección de coronavirus el año pasado puso un fin rápido a mis planes. Ahora que se han tumbado casi todas las restricciones, estoy intentando recuperar los años perdidos de planes deslucidos.
Este viaje surgió cuando me escribió Heidi de la nada para preguntarme que planes tenía para el 17 de mayo y para proponerme algo que no podía decir rechazar. Me dijo que el 17 de mayo (Syttende Mai en noruego) es el día nacional de Noruega ¡y que fuera a celebrar con ella y con Axel!
Una semana después ya había comprado vuelos, el primero de los cuales lo cogí hace un par de semanas. Después de volar sobre el centro de la ciudad, Heidi me recogió en el aeropuerto y me llevó al piso precioso que ha comprado con Axel, que nos estaba esperando con una cerveza fría.
Heidi luego tuvo que volver a salir porque sus compañeros le habían liado para que participara en una posta. Mientras ella subía la cuesta de una de las colinas que rodean el centro de la ciudad, Axel y yo salimos a tomar algo con sus amigos y para que yo comiera algo – ¡llevaba sin comer desde el desayuno!
Después de unas risas con los amigos de Axel, efectuamos una parada rápida para que comprara unas chucherías para satisfacer mis ganas de dulce. Desde allí nos subimos en unos patinetes eléctricos – un modo de transporte que se volvería en algo íntegro del viaje – y fuimos a reunirnos con Heidi para tomar una caña pos-posta.
Este bar se llamaba “angst”, que significa “ansiedad” en Noruego.
Luego volvimos a su casa, en donde empezamos a preparar las celebraciones de esa noche: ¡tocaba ver Eurovisión! Charlotte, una amiga de Heidi, se unió a la fiesta, para la cual Axel preparó una pizza deliciosa (con piña, ¿y qué?). Me lo pasé fenomenal viendo todas las actuaciones: quería que ganara España (no solo por vivir aquí, Chanel lo hizo muy bien), pero al final acabé votando a Rumania – ¡era todo demasiado mono!
La casa de Heidi y Axel es preciosa, más aún durante el atardecer.
Al final ganó Ucrania gracias a una muestra masiva de apoyo público, después de lo cual todos nos fuimos a dormir para tener la energía necesaria para las aventuras del día siguiente – ¡y tantas hubo!
La primera excursión nos sacó de la ciudad y nos llevó a las montañas, ya que había comentado que me gustaría ver un poco de la naturaleza noruega. Axel nos condujo hasta un bosque donde empezó nuestro camino, una vuelta que – muy a mi pesar – nos llevó cuesta arriba durante el primer tramo.
Como bien se puede ver, el paisaje fue precioso, consistiendo en una senda entre un bosque denso de abetos. A pesar de quejarme de la subida durante la primera parte del viaje, en nada llegamos a nuestro destino: un embalse rodeado por colinas y bosques. Pillé una bebida de una cabaña por allí – que resultó saber bastante mal, pero hay que apañarse – y nos sentamos un rato mientras sacaba unas fotos.
Se me hacía que se podría grabar una película independiente en este lugar.
Luego empezamos la vuelta a donde habíamos dejado el coche, una experiencia agradable hacia abajo siguiendo el camino del río al bajar hacia la ciudad. Paramos a comer por el camino en un claro en la ribera que Axel conocía. En un banco de picnic comimos las sobras de pizza de la noche anterior y hablamos un poco de todo.
Al llegar al coche, volvimos a casa para refrescarnos y acercarnos al sitio donde habíamos reservado una mesa para cenar. Habíamos intentado comer en este sitio cuando visité Oslo la primera vez, pero en esa época del año se encontraba cerrado. Tenía ganas de visitar, ya que me lo habían descrito como un restaurante ribereño en una isla pequeña en el medio del fiordo en el que está situado Oslo – ¡de ensueño!
Un autobús nos llevó a la orilla, donde tuvimos que esperar la llegada de un barco pequeño para que nos llevara a la isla. El viaje corto nos dejó en un sitio bonito y tranquilo, desde donde podíamos mirar sobre la ciudad o hacia las aguas del fiordo. Los pocos que estábamos en aquella isla nos encontrábamos acompañados por una familia de patos, un vídeo de la cual pude grabar mientras se metían en el agua tranquila del fiordo.
Nuestra mesa disponía de unas vistas preciosas sobre el agua y hacía un tiempo perfecto – sentía como si hubiéramos escapado del mundo un rato. Arrancamos la cena con una selección de entrantes – yo había pedido la crema de marisco según la recomendación de Heidi y Axel, y estuvo riquísima.
Disfrutaba del entorno perfecto, la comida rica y la compañía inmejorable.
Ya que aún tenía un poco de hambre y dado el sabor rico de la crema de marisco, pedí también una hamburguesa de salmón como plato principal. Donde fueres, haz lo que vieres…
Luego me fui a los baños que estaban situados en una cabaña roja justo fuera del jardín del restaurante, ¡ pero este pequeño viaje se convierto en una aventura! Al salir del baño, descubrí que podía caminar sobre un pequeño cabo que entraba en el agua del fiordo y no podía resistir la tentación de ir explorando.
En esta pequeña península me esperaban bastantes sorpresas: vistas sobre el centro de Oslo, bancos escondidos para sentarse mirando sobre el agua, formaciones de piedras, texturas y hasta una vista sobre una casa edificada sobre una roca aislada en medio del fiordo.
Podía haberme sentado en esta banco a pasar toda la tarde mirando el atardecer.
Pasado un tiempo decidí que probablemente había estado ausente un rato de más, por lo cual volví casi corriendo a la mesa. Heidi y Axel me informaron de que me habían traído la hamburguesa y que se la habían llevado de vuelta – Heidi había pedido que me la mantuvieran caliente mientras estaba haciendo mis tonterías y sacando mis fotos.
Dicha hamburguesa, igual que la crema que la prefijó, estuvo deliciosa. Consistió en un lomo de salmón entero entre pan y acompañado por unas de las patatas más deliciosas que he comido jamás. Me recordaron de un debate que salió cuando estuve en Suecia el año pasado. Unos suecos y unos noruegos que estaban sentados en mi mesa estaban debatiendo qué país tiene las mejores patatas. Lo siento mucho, Suecia, pero creo que tendré que dar yo el premio a los noruegos.
Acabada la cena, el sol se puso y una brisa fresca empezó a soplar, así que los tres volvimos al puerto a esperar el barco. Nos recogió allí y hicimos el pequeño viaje de vuelta a tierra firme, en donde decidimos coger un patinete eléctrico de vuelta al centro.
Mírales las caras contentas y listas para enfrentarse al viento frío de Oslo.
El plan original era coger los patinetes hasta la parada del autobús, pero las vistas que nos rodeaban nos obligaron a seguir en patinete hasta llegar a casa. Este viaje de tarde nos llevó por la granja real, por el puerto y por en frente de la ópera que tanto me había encantado la última vez que visité. Todo esto fue acompañado por la presencia de una luna llena que brillaba enorme en el cielo.
El ambiente mientras se ponía el sol sobre el agua fue sublime.
Tras llegar a la casa de Heidi y Axel, pasamos una noche tranquila ya que los dos tenían que trabajar el día siguiente. No tenía yo esa preocupación gracias al puente de Madrid, así que me quedé en su salón viendo el atardecer y escuchando música mientras ojeaba las fotos que había sacado ese día. Aunque no lo parece, ¡las fotos que ves en esta entrada representan un intento de recortarlas a las menos posible!
El día siguiente me desperté en una casa vacía, ya que Heidi y Axel se habían ido a trabajar. Pasé la mañana preparándome algo de desayuno y haciendo cosas en mi portátil, pero eventualmente decidí acercarme al centro para explorar las calles de Oslo.
Cuando justo estaba llegando al puerto, me escribió Heidi para preguntarme por dónde andaba y si quería subir a su oficina para echarle un ojo ya que salía temprano. Puesto que no tenía nada que hacer si no, me acerqué al edificio enorme y me subió a su planta para que conociera a sus compañeros.
Las oficinas eran enormes, con un patio interior bastante bonito.
Como se puede ver en la foto arriba, luego nos subimos a la azotea del edificio, un sitio que ofreció unas vistas bastante chulas sobre el centro y el edificio del ayuntamiento (el de los ladrillos rojos). Al volver a la planta baja, Heidi fichó su salida de la oficina y los dos nos fuimos a reunirnos con Axel, que también había dejado el trabajo.
Encontramos un par de invernaderos bien coloridos en la calle.
Ya reunidos, los tres pillamos algo de comer en un sitio que nos recomendó Axel. Con un sándwich en la mano, nos acercamos en un parque que contenía los jardines botánicos de Oslo.
Una vez allí, en nada un segurata nos dijo que no podíamos montar un picnic en justo esa zona de césped especifica que habíamos elegido. Quizá fuera a nuestro beneficio al final, ya que este desalojo nos permitió explorar otras zonas del parque y nos llevó a la zona de picnic designada, una cuesta bañada de sol.
Entre los sitios del parque se destacó esta joya, un patio escondido lleno de tulipanes.
Tras disfrutar una cena con vistas sobre la ciudad, nos cogimos un patinete y volvimos a casa para empezar las preparaciones para el dies siguiente – ¡había mucho que hacer! El plan para el 17 de mayo supuso invitar a los amigos de Heidi y Axel a desayunar en casa, y me habían avisado que podría pasar cualquier cosa después de este desayuno….
Con la preparación básica hecha para el brunch del día siguiente, Heidi y yo salimos a dar una vuelta – ella quería coger unas flores silvestres y yo quería llegar a mi objetivo de 10.000 pasos diarios. Caminamos un buen rato por su barrio local, deteniéndonos para coger unas flores blancas de un árbol que estaba sobrado de ellas.
No hay qué me gusta más que una vuelta para luego dormir y descansar bien.
Cuando me desperté el día siguiente ya había llegado el gran evento – ¡era el 17 de mayo! Heidi había madrugado para poner los toques finales a los platos y preparar la mesa, pero aún así encontró un hueco para presentarme con un lazo bonito con los colores nacionales para que no me sintiera sin el vestido apropiado.
Los invitados empezaron a llegar sobre las 10am, así que abrimos unas botellas de champán y se abrió el bufé. Nos sentamos a comer, beber y conocernos, pero luego nos levantaron para concursar en una serie de juegos y retos. Para esto, nos partimos en dos equipos, y cada miembro tenía que enfrentarse con uno del otro equipo para participar en unas tareas cada vez más extrañas y graciosos.
A mí me tocó cantar y bailar (bueno, lo de bailar fue un extra opcional que sumé) con unos cascos puestos con aislamiento de ruido. Mi equipo tenía que adivinar qué canción estaba cantando/bailando, ¡y creo que al final se nos dio bastante bien!
En nada ya era la tarde, pero seguía la fiesta con más música, copas y picoteo. Eventualmente nos tocó salir de la casa y acercarnos al centro, cosa que hicimos cogiendo el bus. En el autobús había un ambiente eléctrico y estaba todo el mundo vestido en el vestimiento tradicional: los hombres en traje y las mujeres en su bunad, un vestido tradicional super bonito.
Aquí debería destacar que Axel no lleva un traje tradicional noruego, sino sevillano. No sé por qué eligió salir así, ¡pero lucía estupendamente bien en su traje de Sevilla que había comprado allí!
Acabamos dando unas vueltas por la ciudad – para empaparnos en el ambiente, sí, pero también porque nos habíamos equivocado de tranvía entre tanta emoción. Un viaje rápido en metro rectificó nuestro despiste y eventualmente encontramos el bar de vinos donde nos estaban esperando los demás.
Todos acabamos robando el sombrero excelente de Axel para hacernos unas fotos.
Nos lo pasamos súper bien sentados en la terraza de este bar. Conocí a aún más de los amigos de Heidi y Axel y me encontré probando un vino naranja. No sé con qué se hace ni por qué sale naranja, pero sabía bien y no era tan caro (bueno, comparado con el resto de cosas en Noruega), así que me quedé contento.
¿A que Heidi luce fabulosa en su bunad?
Al dar paso la tarde a la noche, al final nos despedimos de los que seguían en el bar de vinos y fuimos a buscar algo para cenar antes de irnos a casa. Esta búsqueda nos llevó al puerto, donde conseguimos una mesa en un restaurante italiano bonito. Allí nos pillamos unas pizzas deliciosas y pasamos un buen rato conversando.
Bien satisfechos tras tanto comer y beber, los tres volvimos a casa para pasar lo que quedaba del día recogiendo el salón y picoteando las sobres de la fiesta mañanera. Está claro que el viaje de vuelta supuso volver a coger unos patinetes eléctricos – ¡la manera más barata y divertida de moverse por Oslo!
Me veo obligado a incluir el vídeo de arriba porque me hace tanta gracia. Me hace mucha gracia como el bunad de Heidi combina con el sombrero de Axel para crear una silueta interesante cuando están saliendo del túnel.
Tras recoger el piso, me sorprendió no haber llegado aún a mi objetivo diario de 10.000 pasos andados, especialmente dado el tiempo que habíamos pasado ese día bailando y celebrando por las calles. Para rectificar este disguste, salí a dar un paseo rápido por el barrio y descubrí unos sitios interesantes por el camino.
El día siguiente fue miércoles y tuve que trabajar a partir de entonces hasta el viernes, así que el viaje se transformó en algo más tranquilo. He de decir que las vistas desde mi escritorio sobre la ciudad debajo eran preciosas, así que el tiempo que me quedó pasó volando.
A la hora de comer el jueves, Heidi y yo salimos al supermercado y para dar una vuelta por una zona verde cerca de su casa. Esto era nuestra despedida, ya que ella se iba al aeropuerto esa misma tarde, donde cogió un vuelo con su madre para pasar el finde en Londres. Su madre nos había visitado unos días antes para vernos, y me había dejado un regalo bonito de un paquete de salmón ahumado.
Al salirme del trabajo esa tarde, Axel me llevó a cenar un bocadillo de gambas en un sitio que habíamos intentado ir dos veces anteriormente para que nos dijeran que no podíamos comer nada por razones varias. Al final fue una cena bonita, ¡a pesar de los precios noruegos!
Ya de vuelta a casa, volví a fijarme que aún me quedaban unos pasos para llegar a mi objetivo, así que fui caminando desde la casa de Heidi y Axel hasta el puerto en el centro. Una vez allí, fui de turismo por la zona de la ópera que tanto me había encantado la última vez que fui.
La arquitectura llamativa y como interactúa con el agua siempre me ha fascinado.
Después de hablar con Ellie por teléfono un rato, cogí un patinete y volví a subir al piso, donde pasé la última noche con Axel. Igual que Heidi, también tenía que irse corriendo para cover un vuelo, en este caso a Mallorca para un viaje laboral. ¡Menuda vida tenemos los tres!
Esa misma tarde, el cielo montó un espectáculo de colores durante el atardecer, así que Axel y yo disfrutamos una caña en su balcón hasta que cundiera el frío. En ese momento me despedí de Axel al irse a dormir, ya que el día siguiente iba a despertarme solo en su piso.
El día siguiente lo pasé trabajando solo en su comedor, pero por suerte salgo de la oficina (la oficina virtual en este caso) a las tres los viernes. Una vez cerrado el portátil, bajé a la ciudad para dar una última vuelta y comprarles un regalo a Heidi y Axel por ser anfitriones tan buenos.
Oslo es una ciudad bonita y vibrante, pero a la vez refrescantemente tranquila.
Con los regalos comprados y montados en el piso esperando su vuelta, salí a buscar algo de cena antes de comenzar con los planes de la noche que consistían en bañarme y escuchar música. Heidi recomendó que fuera a una pizzería local, así que me acerqué y disfruté una pizza con burrata antes de volver a casa.
Me lo pasé pipa allí solo esa noche, con un baño caliente rodeado por velas y luego un buen rato que pasé en el sofá editando las mismas fotos que salen en esta entrada de blog. Fue un momento de tranquilidad pura y la manera perfecta de acabar una semana bastante ocupada.
Luego pasé el sábado entero viajando: tuve que cerrar la casa de Heidi y Axel, coger un autobús al centro de la ciudad, pillar un tren hasta el aeropuerto, volver a Madrid y luego buscar un tren a mi barrio local allí. Aún así, encontré un rato para salir a tomar algo con un amigo esa mima noche – ¡un milagro!
Acabo esta entrada de blog dando las gracias sinceras a Heidi y Axel por abrir su puerta para que pudiera pasar no solo el 17 de mayo de fiesta con ellos, pero también el resto de la semana trabajando en su casa preciosa. Solo espero volver pronto y que ellos encuentren un rato para visitare aquí en España cuando puedan.