Nochevieja en Tenerife

21.01.22 — Tenerife

Advertencia: Esta entrada incluye un vídeo con luces estroboscópicas que podría afectar a las personas con epilepsia fotosensible.

Concluí mi última entrada de blog con un tono misterioso y he empezado esta con un título que lo desvela todo – es verdad que pasé la Nochevieja en la isla. Celebré la llegada del 2022 con mis amigos Cami, Sam y la familia de Cami, que siempre me han dado la bienvenida con los brazos extendidos desde la primera vez que visité Tenerife.

Acabó mi viaje a Inglaterra cuando Danni me llevó al aeropuerto, donde me dirigí al control de seguridad de la Terminal 1 para que luego me dirigieran a la Terminal 3, algo que mi pobre espalda sufrió mucho gracias a las dos mochilas cargadas que llevaba. Al final encontré la puerta de embarque en una T3 casi abandonada y en nada me encontré a bordo el vuelo de cuatro horas con destino a Tenerife.

En el aeropuerto de Tenerife Sur me recogió Sam, llevándome a la casa de los padres de Cami para que pudiera dejar mis cosas y preparar la habitación que me habían dejado para mi estancia. Al salir Cami del trabajo, los tres bajamos a un restaurante asiático para ponernos al día y cenar sushi y varios otros platos deliciosos.

Luego y de irme a dormir eché un rato mirando las estrellas, ya que la ubicación aislada de las Islas Canarias hace que sean un lugar perfecto para estudiar los cielos. La habitación en la que me encontraba también tenía una terraza que se me hacía perfecta para un momento de reflexión antes de dormir.

El día siguiente ya era Nochevieja ¡y quedaba mucho por hacer! En primer lugar fuimos al supermercado a comprar los ingredientes necesarios para hacer una tarta de zanahoria para las festividades. Después de hacer la compra, nos reunimos con la familia de Family para comer en un restaurante local. Nos hinchamos de sopa, ensalada, queso a la plancha y una selección de carnes. Luego volví a casa para empezar a hacer la tarta.

La tarta de zanahoria luego se finalizó con la ayuda de Miguel, el hijo de una amiga de la familia que nos había invitado a celebrar el año nuevo en su casa. Una vez acabadas nuestras aventuras culinarias, tuve poquísimo tiempo para decorar la tarta con Papá Noel y su trineo (ya era algo tarde, pero da igual) y cambiarme para la cena.

Al llegar a la casa de Eva, una buena amiga de la familia de Cami, llamé a mi familia un rato para felicitarles el año nuevo. Luego nos llamaron a sentarnos para el comienzo de la cena – ¡y menuda cena! Por fin aprendí a comer langostinos, descubrí las virtudes del salmón marinado y probé una de las mejores cremas de marisco que había comido jamás. Al acabar la cena se acercaba rápidamente la medianoche, así que nos juntamos en frente de la tele con el cotillón y un vaso de uvas.

Luego salimos para que Miguel rompiera un plato según la costumbre familiar, acabamos nuestra última copa de champán y nos fuimos a casa.

El primer día del 2022 me trató bastante bien. Cami y yo fuimos a Los Cristianos a comer, dar una vuelta y comernos un postre. Comimos en un pequeño restante italiano que había encontrado Cami y luego bajamos a la playa a tomarnos un helado y un cóctel en un bar ubicado en el paseo marítimo.

Los 26° de Tenerife molaban más que la lluvia de Inglaterra o el frío de Madrid.

Los dos luego volvimos al coche y subimos a un mirador para ver el atardecer. Cami había notado que no había mucha calima y que se podían ver las otras islas desde la costa. Esperábamos poder verlas también desde allí arriba y también apreciar la puesta del dol.

Como se ve, el atardecer y las vistas del mismo no decepcionaron nada, así que Cami y yo nos sentamos un rato para disfrutar de las vistas. Nos pusimos a hablar mientras zampábamos unas patatas y tomábamos unas cervezas que habíamos pillado en una gasolinera en el camino. Echamos un buen rato charlando allí en nuestro sitio elegido, encima del techo de una cafetería abandonada.

El día siguiente nos subimos al coche de Cami para pasar el día en el norte de la isla, desayunando en un sitio local en el camino. Nuestra vuelta por el norte nos llevó a Puerto De la Cruz, donde tomamos unos cócteles y picoteo antes de bajar a Santa Cruz para comer. ¡Los nombres parecidos de estos dos sitios me confundían mucho!

Después de comer subimos al parque central de Santa Cruz para tomar algo y relajarnos entre el verde hasta que el sol se puso y las temperaturas empezaron a volverse demasiado frías. Estando lleno de comida coreana y siendo el vago que soy, insistí que cogiéramos un taxi al coche, después del cual volvimos a casa para dormir relativamente temprano ya que me tocaba trabajar el día siguiente.

Aunque aprecio mucho la flexibilidad del teletrabajo, usualmente soy más de ir a la oficina – pero cuando el teletrabajo supone trabajar desde una terraza soleada en Tenerife pues ¡me quedo con el teletrabajo! Gracias a una revolución en nuestra manera de trabajar que hemos realizado en Erretres, pude trabajar igual de eficientemente desde el jardín de la casa de los padres de Cami como cuando voy a la oficina en Madrid.

Cuando me desconecté del teletrabajo tenía ganas de ver más de la isla con las pocas horas de luz que quedaban. Ya que Cami estaba trabajando, Sam y yo bajamos juntos a la playa, viendo aterrizar a unos parapentistas en la playa en frente de un atardecer espectacular. ¡Fue todo como un cuadro!

Los dos luego bajamos a esa misma playa, tumbándonos en unas tumbonas en la arena en un chiringuito bonito. Pillamos algo de picar y un cóctel cada uno – al final y al cabo estaba de vacaciones a medias aún – y el pobre Samuel tuvo que aguantarme mientras me levantaba cada dos en tres al ver otra posible foto que podría sacar mientras se ponía el sol.

La mejor imagen que conseguí fotografiar esa tarde tiene que ser la siguiente, logre captar el momento de juego entre un padre y su hijo en los últimos rayos del día, con otra de las Islas Canarias visible en el fondo. Era la hora perfecta para estar en la playa, el barullo del día ya había pasado y los visitantes ya se encontraban relajando y disfrutando de la escena pintoresca que se estaba dibujando en el cielo.

Al llegar el frío nocturno volvimos a casa, con el pensamiento de pasar otra tarde en la costa sirviendo como motivación para aguantar nueve horas más de trabajo el día siguiente. Sam me concedió el deseo, y esa tarde volvimos a Los Cristianos para dar une vuelta por el paseo marítimo y buscar algo para cenar.

No había mejor manera de arrancar el año nuevo y relevar en mis propósitos que un camino por la playa.

Nuestra cena tuvo lugar en un restaurante japonés que es un favorito de Cami y Sam, cuya razón en breve llegué a entender al comer una selección de sushi delicioso. Tras hacer tanta cosa en un mismo día me encontraba algo cansado, así que volvimos a casa para que pudiera descansar algo antes de mi último día trabajando desde Tenerife.

El día siguiente fue algo más tranquilo ya que tanto Cami como Sam trabajaban por la tarde cuando yo me desconecté del trabajo. Suponía que iba a tener que entretenerme yo solo, pero los padres de Cami, Nati y Rodrigo, me invitaron a cenar pizza con ellos y con el hermano de Nati que había venido a visitar.

Después de eso llegó el día de los Reyes Magos, lo cual celebramos con un desayuno de pan, carne, aguacate, chocolate a la taza y – cómo no – roscón. Este desayuno festivo fue el último que celebré durante mi vista, ya que luego tuve que despedirme de Cami y Sam al salir ellos al trabajo porque por la tarde tenía que estar en el aeropuerto para coger mi vuelo de vuelta a Madrid.

Como se puede ver, el aeropuerto de Tenerife Sur se destaca por las visitas bonitas sobre la playa, las cuales suavizaron un poco el dolor de irme mientras embarcaba el avión con destino a la capital…

Tengo que acabar esta entrada de blog dándoles las gracias a Cami, Sam, Nati y Rodrigo, que como siempre me acogieron en su casa con los brazos abiertos y me llevaron por la isla en sus coches. Tenerife es un lugar bonito y único, pero mis visitas no sería ni la mitad de fabulosas sin su hospitalidad generosa. ¡En nada estaré de vuelta!

Una navidad británica

06.01.22 — Burnley

Tal como el año pasado, el fin del mes de diciembre me llevo desde Madrid a Manchester y a la casa de mis padres donde pasaría la navidad con mi familia. Después de muchas dudas generadas por el aumento de casos de la COVID, me preocupaba la posibilidad de no poder volar, pero al final mi test salió negativo y me subí al avión el día siguiente para volver a mis tierras. 

El clima no sabía qué hacer al llegar yo al Aeropuerto de Manchester.

Mi padre me vino a buscar al aterrizar en el aeropuerto de Manchester y de camino a casa me hice el primer test de los tres que tenía que hacer durante mi estancia en el Reino Unido. Estaba confinado en casa durante los primeros cinco días como mínimo, pero no suponía un problema ya que me quedaban cuatro días de trabajo antes de la llegada del día 24. 

El teletrabajo desde casa era bastante agradable, ya que por las tardes podía aprovechar del sofá cómodo para seguir leyendo Becoming por Michelle Obama (el libro que estoy leyendo actualmente) y echarle una mano a mi madre con tareas por casa. Tras desconectarme del trabajo el día 23 celebré la ocasión con un baño y una copa de vino, empezando así mis días de descanso. 

Después de un concurso de repostería entre mi madre y yo (ella hizo una tarta de limón y yo una de vainilla con nata batida fresca y mermelada de frambuesas), ya era Nochebuena. Como ya es costumbre en mi casa, a mi hermana y yo nos toco abrir una bolsa pequeña de regalos por la noche. El mejor regalo fue, sin duda, el pijama nuevo que me lo puso esa misma noche.

El día 25 llegó y con él la apertura de los regalos, lo cual nos llevó la mayoría de la mañana – prisa no había. Mi milagro navideño era el resultado negativo al test que me hice para poder salir de la cuarentena, lo que me impulsó a salir con mi padre a dar una vuelta. Nuestro paseo nos llevó por las sendas camperas donde luchábamos contra vientos fuertes y hasta un embalse que, extrañamente, nunca había visitado en mi vida.

Después de explorar el sitio durante un rato empezamos el camino de vuelta casa, una ruta que nos llevó por unas casas pequeñas decoradas. Al llegar a casa nos esperaba una cena navideña tradicional británica, que lleva pavo, patatas, verduras, salchichas con beicon, coles de Bruselas y salas variadas, entre ellas una que se hace con pan que me parece horrible…

El 26 fue un día bastante tranquilo, el acontecimiento principal fue la comida: una crema de coliflor hecha siguiendo la receta de una amiga de la familia. Es una parte deliciosa de nuestra rutina de navidad y una que nunca falta.

El día siguiente me apetecía aprovechar de mi libertad, así que pedí que fuéramos a “Big Tesco”, el supermercado enorme de dos plantas que se encuentra en mi pueblo. Tras tantos años viviendo en España, me parece fascinante ver lo que se vende en Inglaterra y la cantidad de productos nuevos que han salido desde que me fui. No sé por qué los británicos nos empeñamos en tener tantos sabores de todo…

Como un regalo a mi padre de parte de mi hermana y yo, yo había llevado una colección de carnes, quesos y más para prepararle una cesta regalo de comida española, así que esa tarde le preparé un aperitivo. Estaba bastante orgulloso de mi plato de jamón y lomo – ¡en España en mi vida nunca he conseguido que me saliera tan bonito!

Después de comer salimos a dar otro paseo, subiendo al embalse que mejor conozco, en un pueblo llamado Hurstwood. Antes de volver a casa pasamos un rato en el pub local, donde aproveché para tomarme una Guinness bien fría.

Al salirme otro test negativo el día siguiente, salí a verme con Amber y Jess. Nuestra reunión se hizo en el nuevo piso de Amber, en donde nos había preparado un aperitivo bonito de quesos y otras cosas. Hablamos horas con una copa de vino en la mano antes de volver yo a casa para que me llevaran a mi siguiente destino, la casa de mis abuelos. Era la primera vez que les había visto en los últimos doce meses – ¡como vuela el tiempo!

El día siguiente fuimos mi madre, hermana y yo a un centro comercial en donde me reuní con Danni para comer juntos y echar un ojo a las rebajas. Abi no pudo venir porque andaba con el virus, pero los dos comimos rico y luego fuimos a buscar un capricho favorito mío, pedacitos de pretzel con canela y azúcar. ¡Están que te mueres!

Luego me tuve que despertar relativamente temprano el día siguiente ya que era el último en tierras británicas. Tras despedirme de mi familia, Danni me vino a recoger ya que nos quedaba una cosita antes de mi vuelta a España.

Los dos fuimos a Salford, una ciudad junto al sur de Manchester en la cual se graban muchas series y televisión británica. Allí fuimos a una exhibición interactiva de Van Gough antes de pasar por una tienda de chocolate y acercarnos al aeropuerto. 

Como te puedes imaginar era muy agradable volver a Inglaterra y celebrar la navidad con mi familia nuevamente, especialmente dado que la última vez no era una ocasión tan jovial. Quizás hayas notado que no he mencionado nada de la Nochevieja, y eso es porque la celebré de otra manera este año – ¡pero esa historia la dejo para la próxima entrada de blog!

Diciembre en Madrid

01.01.22 — Madrid

Después de un fin de semana largo en Oporto, me tocó volver a Madrid para pasar allí los últimos días antes de la Navidad. La mayoría de mi tiempo lo pasé haciendo la compra para conseguir los últimos regalos, pero también tomé una noche para decorar mi piso, ajustando las luces LED a una nueva paleta cromática navideña.

Entre ponerme la segunda dosis de la vacuna y organizarme para el viaje al Reino Unido para pasar las navidades con mi familia, pasé muchas tardes con amigos. Entre las quedadas era una noche de pizza con Napo y una tarde graciosa de patinar sobre hielo y cenar en un restaurante chino tradicional con Luis y Yaewon.

Como se pude ver, la cena consistió de una estufa central con tres tipos de caldo en los cuales sumergimos distintos ingredientes durante un tiempo especificado para que se cocinaran a la perfección. También teníamos la opción de crear nuestras propias salsas – ¡era muy delicioso y bien divertido!

El sol bajo del invierno a veces crea unas imágenes pintorescas a pesar del frío.

El trabajo también me ha tenido ocupado, con muchos proyectos a acabar antes del año nuevo y una serie de eventos a los que asistir. No puedo bajar a mucho detalle, pero un evento fue la presentación de una nueva identidad vidual en un evento internacional montado por uno de nuestros clientes. Otro evento me llevó a la sede de otro cliente para ver sus oficinas y hablar de nuevos proyectos en el año nuevo.

El viernes antes de volar al Reino Unido fui al tercer y final evento. Me habían invitado a dar una charla en Referentum Talks, una celebración que pretendía juntar a estudiantes de diseño con los estudios de diseño más importantes de Madrid. Allí di una potencia sobre mi trayectoria de estudiante a director, repasé cómo trabajamos en Erretres y expliqué el proceso de desarrollar la nueva marca de Seedtag.

Aquí estoy, probablemente haciendo alguna broma de cómo iba a dar la charla en inglés.

Era un placer volver a representar a Erretres en un evento de diseño tras la última potencia que di justo antes de la pandemia, y me parece que fue la manera perfecta de acabar un mes de trabajo antes de volar de vuelta a Inglaterra para reunirme con mi familia – pero de eso hablaré en la siguiente entrada de blog…

La nueva Erretres

19.12.21 — Madrid

No suelo mezclar el trabajo con mi vida personal y tampoco he hablado nunca por aquí de nuevos proyectos, pero hoy hago una excepción porque estoy muy orgulloso de lo que hemos conseguido como equipo. Hace tan solo quince días lanzamos nuestra nueva web como la máxima expresión de nuestra nueva marca y la transformación que llevamos unos años llevando a cabo.

También estamos nominados para recibir un Awwward, un premio de diseño digital bastante conocido, así que visita su web y vota. No voy a enrollarme más por ahora, ya que en breve estaré de vuelta con más noticias y historias…

Oporto

11.12.21 — Porto

Acabadas unas semanas atareadas en Madrid, era hora de un finde de viaje espontáneo. Ya que era puente en Madrid, tuve la oportunidad de visitar Oporto en Portugal, una ciudad que llevo un buen tiempo queriendo visitar desde que fui a Lisboa un par de veces en el 2017.

El viaje empezó con un viaje rápido al aeropuerto después del trabajo con mi compañera, Julia, cuya familia vive en Portugal, así que también iba a pasar el finde en la ciudad. Después de un vuelo bien corto, los dos aterrizamos en Oporto juntos antes de luego irnos en sentidos distintos cuando ella se fue a las afueras y yo me acerqué al casco histórico de la ciudad y al piso que había reservado para pasar mis cuatro días.

Mi primera tarea era llenar la bañera, ya que me había gastado el dinero para pillar un apartamento con un cuarto de baño completo porque andaba con muchas ganas de bañarme. Puse música relajante, bajé las luces y eché al agua la bomba de baño que había traído para luego sumergirme entre las burbujas para descansar.

El día siguiente me desperté y vi por primera vez las vistas sobre Oporto y como era su clima, ese día consistió en una niebla baja sobre los techos de terracota. Aún no podía salir a explorar sin embargo, porque era un viernes y aún tenía que trabajar. Monté mi portátil, desayuné unas sobras de la noche anterior y empecé mi día laboral bastante a gusto al lado de la ventana.

Se me hacía algo complicado concentrarme en mis tareas con vistas así a mi lado.

Una vez acabado el trabajó, Julia vino a visitarme en el piso, y los dos salimos a pasar la primera tarde en Oporto juntos. Había hablado de un restaurante asiático, Boa Bao, que era muy bueno – disfrutamos varios platos de bao, curry y fideos. Todo esto lo acompañamos con unos cócteles deliciosos y un gintonic que luego nos tomamos en otro bar, después del cual bajamos a pillar unos pastéis de nata (tartaleta de huevo) en un sitio que Julia insistía que era el mejor. Fue una tarde muy agradable.

Si comes comida rica sin subir una foto de ella a redes, ¿realmente la comiste?

No tenía prisa para moverme la mañana siguiente, más que nada porque la mezcla de bebidas me había dejado con algo de resaca – se me olvidó comentar que también me tomé un chupito de ginjinha (un licor de cereza) con mi postre, que puede que no fuera la mejor idea. ¡La retrospectiva es una cosa muy bonita!

Lo que eventualmente me sacó de la cama eran los cielos azules y los rayos de sol que veía desde mi habitación – eso más el conocimiento que tenía un par más de pastéis de nata como desayuno…

Duchado y energizado, salí a empezar mi primer día de exploraciones por Oporto de día, una cosa que no me llevaba lejos de mi casa ya que había encontrado un piso justo en el centro de todo. Decidí adónde iba a ir para comer (gracias al listado exhaustivo de recomendaciones que me pasó Julia), así que decidí perderme por las calles bonitas en el camino.

Esto fue la primera vez que había visto de día la calle en la que estaba quedándome.

Como se puede ver, las calles tienen su encanto, la edad y el estado abandonado de algunos de los edificios dotando del sitio de una cierta belleza. Seguro que se me veía como un turista perdido mientras cambiaba por las calles mirando para arriba, una observación que no hubiera sido incorrecta – no tenía prisa ninguna.

Una ciudad antigua edificada en una serie de cuestas crea unas soluciones arquitectónicas muy interesantes.

La vuelta que di me llevó por la estación de tren de São Bento, un sitio que tenía apuntado en mi mapa por sus azulejos enormes, así que pasé a verlos antes de seguir hacia mi destino. Eventualmente encontré el sitio donde iba a comer y me senté allí para tomar un sándwich delicioso de carne y un queso local bien cremoso.

Por la tarde pasé por la Librería Lello, un sitio precioso que inspiró el diseño de algunas de las ubicaciones visto en el mundo ficticio de Harry Potter. Mi intención era entrar a verlo pero habían una colas enormes fuera, así que decidí seguir caminando para ver otros sitios que Julia había mencionado.

El primer sitio fue otra oportunidad de ver unos azulejos más, este vez en las paredes externas de una inglesa antigua en el norte del centro. Allí casi me choqué con una de las tranvías famosas de Portugal, después del cual me senté en otro bar local para tomar un zumo y picar algo más.

Seguí por mi camino después de esta segunda comida, pasando por unos edificios bonitos y a veces abandonados y por unas calles estrechas con vistas sorprendentes. Pasé por casa para descansar un poco a media tarde, después del cual volví a salir para visitar uno de los sitios más emblemáticos de Oporto.

Mi destino era el Puente de Dom Luís I, un puente de metal de dos pisos que cruza el Río Duero y que ofrece unas visitas inolvidables sobre la ciudad. Se encontraba a pocas calles del piso, así que me acerqué y empecé a cruzarlo, preocupado por si se me cayera el móvil por uno de los huecos en el suelo metálico o si me atropellase uno de los trenes del metro. Sí, es así: el metro pasa por el piso superior del puente, así que tienes que moverte al escuchar su pito y experimentar las vibraciones que genera su paso – ¡una experiencia total!

Las vistas que se veían desde el puente eran todo un espectáculo.

Sin pensarlo había pasado por el puente justo a la hora perfecta, el sol se estaba empezando a poner sobre el río que separa Oporto de su ciudad vecina, Gaia. Mientras entraba en Gaia, fui a ver cosas como los barcos que pasaban por allí, las cuevas de vino de Oporto en la ribera y las vistas espectaculares sobre las colinas.

Una vez en Gaia, podía apreciar las mejores vistas sobre Oporto, así que subí a un punto para poder experimentar las vistas panorámicas y sacar muchas, muchas fotos. No hace falta que diga ni explique más aquí, las fotos captan muy bien el momento…

Tras un buen rato de meramente existir y asimilar la panorama que me rodeaba, empecé el descenso de vuelta al puente para volver a Oporto mientras el sol se puso en el horizontal. Originalmente había pensado volver directamente al piso, pero mi curiosidad me llevó a la ribera, donde pasé un buen rato asimilando el ambiente y las vistas sobre el agua.

Había notado que el color naranja de las farolas de la ciudad crean unos colores interesantes.

Luego me acerqué a casa, donde me tomé otro baño relajante. Después de eso, volví a pisar las calles de noche para buscar un sitio para cenar. Al final acabé en Gaia otra vez para probar un plato típico de bacalao con un vaso de vino, un viaje que me llevó por el puente de noche – ¡otra experiencia única!

Disfruté mucho de la cena por la ribera, acabándola con un postre delicioso y – cómo no – una copa de vino de Oporto. Después de cenar volví a casa, donde me acosté relativamente treparon para aprovechar el domingo.

El domingo empezó como había empezado el día anterior – con una mañana de vagueo por el piso. Lo que me hizo bajar a la calle fue un mensaje de Julia, que dijo que deberíamos vernos para probar el plato más mítico de la ciudad, la francesinha. Decía que conocía el mejor sitio para comer esta sándwich enorme de pan, jamón cocido, embutidos, carne asada, queso y huevo frito, todo cubierto por una salsa picante a base de cerveza. ¡Vaya listado de ingredientes!

Como te puedes imaginar, la comida supuso otra experiencia única, y al final sí que me gusto la explosión de sabores de la francesinha. Mientras comíamos se había puesto a llover, pero afortunadamente el cielo se despejó al irnos del restaurante, así que Julia me llevó a una terraza bonita para tomarnos un café.

Luego, y después de tomarnos una copa en un bar al que Julia iba hace años, nos reunimos con su hermano y otro amigo para acabar la tarde con unas cervezas en un bar decidido a la cerveza. Allí entramos en un lío de idiomas, hablando algo de inglés, español y portugués a la vez. ¡Por lo menos sirvió para cansarme para que pudiera luego dormir bien!

El día siguiente fue mi último día, así que hice la mochila, salí del piso y me tomé un café y algo de desayuno antes de cogerme un taxi al aeropuerto. Había estado en Oporto tan solo tres días y medio, pero conseguí descansar mucho y evité las prisas, que fue un gusto, ya que la gente me conoce como el que intenta hacerlo todo cuando me vaya de viaje.

Oporto fue la ciudad perfecta para pasar un puente, y tengo que dar las gracias a Julia por sus recomendaciones y por quedar conmigo para enseñarme sitios chulos. Aunque no hice todo lo que tenía apuntado en mi lista, ahora sé lo fácil que es llegar hasta allí desde Madrid, así que seguro que en otro momento cuando haga más calor volveré a la ciudad para ver todo lo que no pude esta vez.

Hasta entonces, acabaré esta entrada de blog con otra foto y un vídeo corto que grabé desde Gaia, mirando sobr Oporto y su puente emblemático. Saqué tantas fotos desde allí que realmente me costó elegir cuales incluir aquí, así que he decidido incluir estas como un extra al final para no sobrecargar esta entrada con demasiadas imágenes…