Llega el verano y me hago viejo

09.05.21 — Madrid

El finde tan lluvioso y miserable que predecía al final de mi última entrada de blog resultó suponer, por desgracia, una predicción clavada. Tras un sábado encerrado en casa, sin embargo, tenía ganas de salir, así que no tardé nada en aceptar la propuesta de Napo de comer por allí.

Saliendo bajo un cielo bien oscuro y amenazador, me subí a una bici y me dirigí a le estación más cerca de NAP Pizza, nuestra pizzería favorita por sus pizzas hechas en horno de leña. Nos pusimos al día sobre unos platos deliciosos, pero al salir nos enfrentamos con una lluvia torrencial. Por suerte mi paraguas medio roto aguantó el viaje a la parada de bus y el viaje de vuelta a mi piso.

Después de un finde tranquilo me enfrenté con una semana laboral bastante ajetreada, pero un cambio repentino del clima trajo unas tardes soleadas y me puso de buen humor. Como otra acción para volverme más activo en mi día a día, aproveché de estas tardes de buen tiempo para llamar a unos amigos mientras caminaba de vuelta a casa de la oficina.

Estos paseos me suelen llevar por el Parque del Oeste, que se encuentra justo a lado de la oficina, y por el Templo de Debod. Desde allí también paso por el Palacio Real y los jardines que los rodea – ¡no me quejo nada del viaje!

Al concluir la semana, tocó el caos anual que es mi cumpleaños. El inicio de mi vigésimo sexto año en esta tierra conllevó una cantidad sorprendente de regalos. Mis padres me enviaron una camisa nueva y unas barritas de chocolate Cadbury’s, ¡y Abi y Danni me mimaron con una caja enorme llena de lo mejor del picoteo británico!

En el trabajo luego me sorprendieron unas compañeras con una caja de regalo que trajo vino, aceite y cecina (mi fiambre favorito) entre otras cosas. También me había preparado otra compañera una caja de brigadeiro. Este dulce se suele comer durante los cumpleaños en Brasil, y se hace a base de leche condensada y cacao en polvo que se forma en bolas y se salpica con otros ingredientes. En esta ocasión disfrutamos brigadeiros de almendra o granas de color: ¡las dos opciones híper deliciosas!

Para continuar las festividades, salí a comer con otra compañera, y luego volví a casa para cambiarme rápidamente y prepararme por una cena con Sara y Jhosef. Al final esto no lo hice lo suficiente rápido, cosa que era evidente al llegar yo media hora tarde al restaurante venezolano – ¡ups! Me tomé un par de vermús uno tras otro para alcanzar a los dos, y luego compartimos una botella de agua y unas raciones ricas.

Ya que seguíamos con el toque de queda, nos pusieron la cuenta sobre las diez y media, pero nosotros no queríamos que acabase la noche por ahora. Pillamos un taxi y volvimos a mi casa, abriendo una botella de ginebra y poniendo un poco de música para hablar hasta la madrugada.

Tras despertarnos con la cabeza bien pesada en mi piso, pasé lo que quedaba del día intentando quitarme la resaca en casa. Solo volví a salir por la noche para cenar con Bogar, Hugo y Sergei. Fuimos a una hamburguesería que llevo un rato queriendo probar, y disfrutamos de una cena bien rica, pero me fui yendo para casa relativamente temprano ya que seguía con dolor de cabeza.

Esperamos a que se abra el restaurante mientras me muero yo de dolor de cabeza.

Menos mal que tuvimos un finde largo después de mi finde: el puente me dejó recuperar el día perdido que pasé vagando por mi piso. Aproveché del día extra para cocinar las comidas de la semana corta que venía y para dar unos paseos por mi barrio.

Una tostada con tomate, aceite y un toque de sal nunca falla en resucitar.

Esta semana hemos visto una subida de temperatura repentina a niveles que parecen verano, así que decidimos quedar en Retiro para montar un picnic. Nos tumbamos al lado del lago y picamos unos palos de queso, unas empanadillas y un cubo de pollo del Kentucky que había traído Bogar – ¡todo acompañado por unas latas de cerveza, por supuesto!

Bogar me robó el abanico explícito para montar este shooting.

Una vez a la vuelta las nubes y una vez frustrados nosotros por la falta de dónde comprar más picoteo y bebidas, los cuatro nos subimos a un bus y bajamos a la casa de Bogar para seguir tomando y pasar la tarde compartiendo nuestros videoclips favoritos. También hubo más pollo frito…

Salí de la casa de Bogar a las once y media de la noche – cosa que se puede hacer ahora ya que se ha quitado el toque de queda en Madrid – y he pasado la mayoría del día de hoy cocinando y limpiando el piso como suelo hacer los domingos. Estar encerrado en casa hoy día se me ha hecho bastante fácil, sin embargo, ya que las nubes que nos interrumpieron ayer se han convertido hoy en una tormenta.

Con el fin del toque de queda en Madrid y la suavización de las restricciones en España en general, estoy esperando que pueda volver a visitar lugares como Murcia o Tenerife este verano. Quizá – y depende de cómo van las cosas allí – pueda incluso volver a Inglaterra un rato. Quien sabe…

El engaño de la primavera

24.04.21 — Madrid

Con el avance del abril, parecía que ya disfrutábamos de los primeros momentos de la transición desde las mañanas frías del invierno a las tardes soleadas de la primavera. Al ser tan optimistas habíamos errado, sin embargo, ya que la llegada de la primavera conllevó una racha de tiempo locamente impredecible. Días de supuestos cielos despejados se convirtieron en lluvias alucinantes, y luego las predicciones aterradoras de la previsión del tiempo y su promesa de tormentas acabaron siendo días de buen tiempo.

Fue durante uno de estos días confusos que había quedado con Luis para tomar algo por el río. Salí de la casa con el paraguas en la mano gracias a la previsión pesimista que me había contado mi altavoz inteligente de Google, y me subí con cuidado a una bici bajo cielos grises. Tras coger un pan gratis de una furgoneta promocional y una cerveza de un supermercado local, sin embargo, ya habían vuelto los cielos despejados y nos sentamos en la orilla del río para disfrutar los rayos.

Pasamos un buen rato charlando por allí – demasiado tiempo, de hecho, y tuve que irme pedaleando como un loco para recoger una pizza que había pedido para luego ir a la casa de Bogar y escuchar música nostálgica y hablar de todo tipo de tontería. Llegada la hora de irme antes del toque de queda a las 11pm, sin embargo, había empeorado mi suerte y tuve que volver a casa agarrando fuertemente el paraguas ya que me encontraba atacado por la lluvia y viento de una tormenta que había elegido justo el momento exacto que salí de la casa de Bogar para manifestarse y empapar Madrid con las lluvias de un mes entero en media hora.

El día siguiente el tiempo seguía con sus tonterías, con un cielo azul salpicado por nubes oscuras, pero el plan para comer con Luis y sus amigos seguía en pie. Los dos nos reunimos por el río para coger una bici y acercarnos a un bar en las orillas para tomar algo antes de comer. Desde este nuevo sitio se veía una pared de nubes casi negras que abordaban la sierra que envuelve la ciudad, pero llegamos al restaurante justo antes de que empezó a caer.

Tras una comida deliciosa en el Café del Rey, un sitio que solíamos visitar cuando Luis y yo trabajábamos en una anterior oficina de Erretres cerca de la Plaza de España, subimos a otro lugar que nos trae siempre buenos recuerdos. Sigo sin conocer el nombre de tal sitio, ya que llevamos años ya llamándolo “la esquina” o “el sherif” para honorar uno de los camareros que siempre lleva puesta una placa de sherif.

Una vez sentados en aquella terraza, seguíamos con ronda tras ronda de vino y tapas, y la comida se convirtió en una quedada que duró toda la tarde y noche. Tanto vino me dejó con la cabeza bastante regular el lunes por la mañana, así que tras volver a casa del trabajo, salí a dar una vuelta a ver si podía encontrar algún rincón del barrio que me fuese previamente desconocido.

Sí que encontré al final, al encontrarme al lado de las vías de tren y siguiéndolas hasta volver a mi barrio. Por la ruta había unas vistas interesantes sobre mi parque local, el Parque de las Delicias, y una zona interesante de almacenamiento que se veía abandonada.

Las alturas de la chimenea y la pared de escalar lucían inquietantes en la oscuridad.

Después de otra semana laboral, tocó aprovechar el finde, y lo arranqué con una noche de relax en casa. Una vez preparado un gin tonic, alistado el sofá con un montón de sábanas cómodas y las luces puestas en modo cine, volví a ver la maravilla de película que es James y el melocotón gigante por primera vez en unos quince años.

El día siguiente y como ya se me está haciendo costumbre los sábados por la tarde, quedé con Sara y Jhosef en el centro para tomar algo y cenar. Empezamos con unas copas en el barrio de las letras, antes de cenar en un restaurante coreano del que había hablado tanto Jhosef. Allí cenamos una serie de platos bien ricos, todos ellos acompañados por soju, ¡y al final tuvimos que pillar el autobús de vuelta a casa para no saltarnos el toque de queda!

El domingo se pasó tratando una resaca bien dolorosa así que ni salí de la casa – pero por lo menos ya se me había pasado el lunes cuando tocó volver al trabajo. Durante la semana pasada y conforme con un esfuerzo que llevo un rato haciendo para empezar a vivir de una manera más saludable, he estado comiendo mejor y esforzándome a salir a caminar más. Uno de estos caminos me llevó al Palacio Real y las obras que se están realizando por la zona de la Plaza de España. ¡Al parecer han hallado el sótano de un edificio antiguo!

Eso nos lleva a este mismo finde, que al parecer marca el momento cuando la previsión del tiempo por fin empieza a reflejar la realidad presente en los cielos sobre Madrid. Google me informa que hoy será un día nuboso y frío, algo que puedo confirmar ya que me encuentro aquí sentado con la bata puesta encima de mi ropa normal y teniendo que mantener un ojo en las toallas que he colgado en la cuerda exterior.

Por el tiempo malo que vamos a sufrir durante lo que queda del finde, dudo que al final salga a hacer mucho, más bien me quedaré en casa jugando con la iluminación y viendo otra película que me traiga nostalgias. Quizá me vuelva un poco loco y vuelva a poner todas las luces azules para fingir que estoy en una fiesta de luz UV en un club.

Ay, los clubes – ¿os acordáis de ellos?

Una Semana Santa golosa

10.04.21 — Madrid

Es miércoles por la tarde y desafortunadamente hoy es el último día de una semana de vacaciones que acabo de disfrutar, ya que me cogí tres días más de vacaciones para alargar el puente de Semana Santa. Como mencioné en mi última entrada de blog, había pensado en salir por todos lados, pero al final todo fue más tranquilo que lo esperado – ¡pero de eso hablaré en breve!

Antes de la Semana Santa, tuve un finde que aprovechar antes de la semana laboral de tan solo tres días, y pasé el mismo comiendo y tomando con amigos por distintos sitios por Amadeus. Arrancamos el sábado, cuando Sara y yo salimos de cañas y terraceo por el barrio de las letras. Tras cambiar de bar en bar un rato, los dos cambiamos las cañas por unas copas de vino y cenamos en una mesa por la calle.

El día siguiente, tras esperar que se me pasase algo de resaca, subí a Retiro para tomar unos tequeños y un tinto de verano por allí. 

Al irse Hugo para volver al trabajo, Bogar y yo decidimos aprovechar al máximo el atardecer, así que nos cogimos unas bicis para dar una vuelta por el parque y ver el sol ponerse. Nos detuvimos un momento por el lago antes de volvernos para casa, donde yo me puse a tejer – ¡algo que llevo un buen rato sin hacer! 

El jueves, y después de tan solo tres días de trabajo, me tocó salir para el primer plan de las vacaciones. Bogar y yo habíamos decidido probar uno de los sitios que tengo marcado en mi mapa como “quiero ir”, así que después de tomar unas cervezas con Hugo y Sergei, subimos a un italiano llamado Menomale en el norte de la ciudad.

Disfrutamos una cena bien rica en el restaurante, donde compartimos una ensalada como entrante y luego un par de pastas sabrosas. Al volver a casa en bici (como ya se ha vuelto costumbre), se unió Jhosef, y los tres pasamos la noche tomando y hablado de la vida. Acabamos tan enrollados que se nos olvidó completamente el toque de queda, así que tuve que convertirme en anfitrión, y los dos se quedaron en mi casa.

El día siguiente, Jhosef y yo nos volvimos a ver ya que habíamos quedado en comer con Sara y su novio Eric en un restaurante asturiano que llevan un rato recomendándonoslo. Dado que los dos son de Asturias, tuve muchas ganas de comer en el sitio del que hablan tanto – Sidrería La Cuenca – ¡y no decepcionó nada! Disfrutamos unos platos riquísimos y raciones bien generosas, todo acompañado por sidra, crema de orujo y una ronda de gin tonics.

Sobra decirlo, pero salimos del local bastante hinchados y contentos, así que volvimos asl piso de Sara y Eric para echarnos la siesta antes de tomarnos unas cervezas tranquilamente. Esta combinación de alcohol y comida – de calamares al mítico cachopo – me dejó con nostalgias de mi primera vez en Asturias, y nos dejó a todos bastante cansados como se puede ver en la foto de abajo…

La sidra y las raciones enormes nos dejaron con bastante sueño en el metro…

Durante el finde, Jhosef vino a casa para hacer una tarde de coworking, durante la cual aproveché para seguir currando en el diseño de mi nueva web y para inventar unas nuevos aparatos electrónicos. Los dos luego nos volvimos a ver con Bogar el domingo para echarnos al sol en el parque, y luego para ir de compras para pillar unas cosas que me apetecían. Una vez pillada una mascarilla facial y una botella de una bebida británica que me gusta tanto, decidimos cenar por allí, y para eso fuimos a Goiko – ¡bien rico como siempre!

La combinación de tequeños y hamburguesas era una gran cena dominguera.

Volví a casa bastante emocionado aquel domingo por la tarde ya que tenía un planazo para el lunes: ¡ya había comprado y descargado mi entrada al Parque de Atracciones! Pues te puedes imaginar la decepción al recibir yo un SMS de la Comunidad de Madrid a las 9am para informarme que mi barrio se encuentra encerrado hasta nuevo aviso.

Además de contactar el parque para cancelar mi visita, tuve que también cancelar mentalmente todos los otros planes que había imaginado para mis tres días de vacaciones. No quería quedarme triste por esta mala noticia, así que pasé un día trabajando en mi web y limpiando el piso, y por la tarde salí a ver la nueva frontera entre la nueva zona restringida en la que me encuentro y el resto de la ciudad.

Hubo algo de alivio, sin embargo, al descubrir que los bares y otros sitios dentro del barrio pueden permanecer abiertos, así que he pasado los dos últimos días pasando por las terrazas que aún puedo visitar, llamado a amigos para realizar “copas virtuales” ya que la mayoría de ellos viven fuera del borde. A pesar de ser una cuarentena algo extraña, este nuevo encierre híper-local es mucho más fácil de asumir que el primero que sufrimos hace un año y pico.

Con eso llegamos a esta misma tarde, en la cual estoy viendo una película, disfrutando un gin tonic y preparando para la vuelta al trabajo y a la realidad mañana. No me quejo, sin embargo, ya que solo me quedan dos días de curro antes de otro finde. He hecho un pacto conmigo mismo que, a pesar de encontrarme encerrado dentro de mi barrio, ¡voy a disfrutarlo a tope!

Un marzo caótico

28.03.21 — Madrid

Ha pasado un mes entero desde la última vez que pasé por aquí para poneros al día con las noticias de Madrid, y no miento al decir que ha sido un mes ajetreado. Entre mucho trabajo, no he tenido mucho tiempo para hacer nada muy emocionante, pero he salido entre ratos para apreciar y aprovechar de la llegada de la primavera en la ciudad.

Arrancamos con una noche de diversión relacionada con mi trabajo ¡que tuvo lugar en una pista de pádel! Sin desvelar demasiado, uno de nuestros clientes trabaja en el mundo de este deporte, así que bajé a un centro deportivo a jugar al pádel por primera vez con dos compañeras y Jhosef. Tras bajar al sur de la ciudad en autobús con Jhosef, nos reunimos con Zoe y Cris en las pistas azules.

Después de unas partidas competitivas y un kebab para acabar bien la noche, acabé con agujeras por todo el lado derecho de mi cuerpo. Este dolor no me detuvo cuando tocó salir a tomar algo más tarde en la semana, sin embargo, y visité Citynizer para echar un ojo al nuevo especio que habían estrenado justo el día anterior. El bar es el espacio público de The Central House, un nuevo hostal en Lavapiés, y un client nuestro. Curré en la identidad visual de Citynizer el año pasado ¡y moló bastante ver mi trabajo pintado y aplicado por todos lados!

Al concluirse la semana, tocó vivir un momento agridulce: la salida de María de Erretres. Para despedirnos bien de ella, fuimos a El Toril Gourmet, donde disfrutamos unas hamburguesas delicias y nos quedamos hasta tarde en la terraza recordando los mejores momentos vividos durante su época en la empresa. Luego nos veríamos de nuevo dentro de poco, pero eso os lo contaré en breve…

Ese finde – por si una noche de cenar y tomar no fue suficiente – también pasé una noche en el barrio bonito de La Latina con Sara y Jhosef. Tras buscar en vano una mesa en una de las plazas principales de la zona, bajamos por un callejón a un restaurante mexicano donde habíamos celebrado la cena de navidad de Erretres hace un año y pico. Allí nos comimos unos tacos y nos bebimos unos margaritas, nos reímos mucho y al final ¡tuvimos que coger un taxi a casa para no saltarnos el toque de queda a las 11pm!

Empecé el domingo siguiente con un poco de resaca – al parecer no aguanto unos meros tres margaritas tras la pandemia – y luego bajé al río para tomar algo tumbado al césped con Hugo, Bogar y Sergei. También aprovechamos la oportunidad de sacarnos una foto turística cutre en la nueva escultura de “Madrid” que han edificado en las orillas al lado del palacio real y la catedral.

La semana siguiente acabó con la oportunidad de volver a conectar con mi alma mater, que tuvo forma de una ronda de preguntas y respuestas realizada por Zoom con los estudiantes que se graduarán este año del grado que estudié yo hace unos cuantos años. Tras una charla rápida con mis ex profesores, me conecté con Izzy y otros antiguos alumnos que han acabado haciendo cosas super interesantes y así tuve la oportunidad de responder a unas preguntas intrigantes de los estudiantes actuales.

Una vez acabada la llamada, y como mencioné hace unos momentos, volví a salir para El Toril. Aquí, se le había montado una sorpresa de cumpleaños a María, y al llegar yo tocó presentarle con el regalo que le habíamos comprado: ¡una máquina de tatuar!

El día siguiente volví a salir cuando Luis me llamó para invitarme a tomar un gintonic con él y sus amigos por el Parque Madrid Río. Dentro de nada, se convirtió en otro gintonic y unas raciones en un bar al lado de su casa, donde nos pusimos al día con todos los dramas que se están montando en nuestras vidas. Todas estas distracciones eran fabulosas, pero eran justo eso: distracciones, por las que tuve que hacer todas las tareas el día siguiente que no me había dado la vida hacerlas durante los dos días pasados…

Tras organizar los cables de mi escritorio, limpiar mi piso y salir a hacer la compra para la semana que venía, tuve cinco días de trabajo para mantenerme bien ocupado. El finde siguiente – el finde pasado, de hecho – entonces supuso un descanso bienvenido, así que aproveché el sol de primavera para visitar algunos de mis sitios favoritos en la ciudad: el Parque del Retiro y el Parque de las Delicias.

La semana pasada fue bastante tranquila, con la excepción de una noche que salí con Bogar para romper la monotonía de la semana laboral. El jueves espontáneamente decidimos pasar a ver a Hugo en el restaurante donde trabaja, Ramen Shifu. Allí fuimos a comer un bol de ramen delicioso con gyozas para empezar. Hinchados de comida rica, Bogar y yo luego nos despedimos de Hugo en la cocina y volvimos a las en bici ¡ya que le había liado para que se apuntase al servicio de BiciMad!

Ahora me encuentro sentado en mi sofá, una copa de vino en la mano y algunos videos cutres de YouTube puestos como ruido de fondo, y queda bastante obvio que estamos arrancando el finde. Tengo bastante que hacer estos dos días, pero tengo algunos días de vacaciones ya pillados durante las próximas dos semanas, así que vamos a ver que acabaré haciendo…

Hace dos semanas solo trabajé tres de los cinco días laborales porque me quedaban un par de días de vacaciones del 2020 que tenía que disfrutarlos lo antes posible. Por eso convertí mi finde en unas vacaciones cortas de cuatro días, y arranqué las mismas con una comida con mi amigo Napo.

Los dos nos reunimos en Chueca, dónde me llevó Napo a un restaurante chino que conocía. Allí disfrutamos una selección de platos muy ricos, entre ellos una ración de pato crujiente, ¡uno de mis favoritos! Tras bolas de helado y un par de cervezas, salimos a pasear por la cuidad, aprovechando del sol invernal y la calma que había por las calles.

Tras descubrir una plaza e iglesia que nunca había visto antes, pasamos por Delish Vegan Doughnuts con la esperanza de pillar unos donuts – ¡usualmente no quedan por lo buenos que están! Tuvimos suerte, sin embargo, y pillamos una selección de los mismos y un café para tomárnoslos en una plaza al lado.

No hay mejor manera de empezar unas vacaciones que con unos donuts rellenos de nata.

Una vez acabamos nuestro momento café, bajamos al templo de Debod, donde habíamos decidido ver el atardecer tomando una cerveza. El cielo azul que usualmente abarca el oeste de la cuidad estaba bien elusivo, ya que una capa densa de la contaminación famosa de Madrid había teñido el cielo de un marrón feo…

Por lo menos se veían el palacio y la catedral entre la contaminación.

Una vez llegada la noche y el cansancio – ayudado en parte por la cerveza – bajamos a la estación de tren y volvimos a casa. Me interesaba dormir bien aquella noche porque tenía un gran plan para el día siguiente: subir a Manzanares El Real y ir de senderismo por La Pedriza.

Era todo cuesta arriba durante la primera hora, pero sí que hay vistas muy bonitas.

Tras bajarme del autobús, empecé la subida después de pasar a por algo de comida que me sostuviera durante las horas que iba a pasar caminando por la sierra. Seguí la misma ruta que caminamos mis amigas y yo la primera vez que visitamos La Pedriza hace unos años, pero esta vez vine más preparado: ¡a la primera llegué con una bolsa tote ya que no me daba cuenta de lo duro que iba a ser la subida!

La gran vuelta iba a llevarme dos horas, pero decidí salpicar el viaje con unos descansos para sacar fotos, picar algo, leer mi libro y disfrutar de las vistas que me rodeaban. La primera hora del camino fue todo cuesta arriba, pero sabía que iba a valer la pena, ya que pasada la cima quedan unas vistas panorámicas que son realmente impresionantes.

La cuesta abajo que quede después de este paisaje era bastante más fácil que la primera parte, y no tardé nada en llegar a la cuenca Del Valle y cruzar el Río Manzanares (que pasa por el centro de Madrid y justo al lado de mi calle) por un puente pequeño de madera. Una vez llegado al otro lado del río, me encontré con un refugio en la forma de una cabaña pequeña, y me senté al lado en una silla para leer más de mi libro después de explorar la cabaña un poco.

Una vez leído más de mi novela y con la llegada del frío vespertino, pasé por lo que quedaba del camino, que supone escalar una serie de formaciones de roca bastante interesantes. Eso me llevó a la parte más tediosa del camino, un paseo de unos 40 minutos por una calle vacía y bien aburrida que me llevó al centro de Manzanares El Real donde me cogí el autobús de vuelta a la ciudad.

Una vez de vuelta en mi piso, naturalmente me tumbé un rato en el sofá, y me permití solo media hora de descanso para recuperar de la vuelta de siete horas por las montañas. Esto fue porque luego había quedado en salir con Jhosef y Sara, ya que teníamos ganas de aprovechar el clima de primavera y el nuevo toque de queda que ahora fue a partir de las 11pm.

Los tres arrancamos la noche con unos gin tonics en el centro, antes de entrar en un local bonito que visitamos Jhosef y yo hace unos meses, y donde habíamos disfrutado una cena rica. Esta noche fue igual, los tres disfrutamos de unos platos ricos acompañados por algunos gin tonics más, música en viva y ¡una ronda de chupitos que nos invitó la casa!

Mi sábado empezó, como bien te puedes imaginar, con una buena resaca y una pereza enorme. Tenía ganas, sin embargo, de volver a salir de mi casa, así que bajé al río y pasé por un supermercado para comprarme una nueva sartén y ponerme al día con mi familia por teléfono.

Con la resaca que tenía, ya era noche cuando por fin salí de la casa.

El día siguiente, Jhosef me volvió a visitar para pasar una noche de coworking – cosa que consiste en los dos sentados en mi salón trabajando en nuestras propias cositas. Jhosef me preparó un guisado, comimos juntos, y luego me puse a ver The Rocky Horrow Picture show para entretenerme por la noche.

Jhosef también hizo suficiente arroz como para dar de comer a 5000…

Este finde, a pesar de no ser largo como el pasado, ha sido divertida. Empecé el sábado con una visita espontánea a la tienda británica para pillar algo de chocolate Cadbury’s y luego volví a casa en bici, aprovechando el sol glorioso que hacía.

Justo cuando anduve llegando a casa, Jhosef me llamó para invitarme a coma con él y su familia, que andaban en un restaurante peruano que me queda cerca de casa. No podía desaprovechar la oportunidad de probar un nuevo sitio local y comer unos platos peruanos bien ricos, así que subí al sitio para reunirme con ellos. La comida me enamoró – no pude decidir entre una cosa y otra, así que el camarero me aconsejó que probase un plato mixto, ¡que resultó ser tan grande como era rico!

Tras una comida tan enorme, que se cerró con una tarta tres leches y un vaso de vermú, estábamos hinchados y bien cansados. Ya que no queríamos irnos a casa para dormir la siesta, decidimos bajar al río y descansar tumbados en el césped. Era muy bien plan, ya que el sol nos alcanzaba justo y hubo un cantante que creaba un ambiente bien agradaba. ¡La manera perfecta de acabar una tarde!

Por la tarde, se me ocurrió la idea de coger unas bicis y dar una vuelta por el río en el oeste de la ciudad. Jhosef y yo empezamos lo que suponía yo que sería un viaje rápido de ida y vuelta, ¡pero el cual se convirtió en una vuelta entera de dos horas por el centro de Madrid!

Con eso llego al presente momento, en el cual estoy sentado en casa pasando otro rato de coworking con Jhosef. Tenemos puestos unos témanos de los 80, él está currando algunos correos y yo estoy escribiendo mi blog. ¡Una tarde dominguera bastante relajada!