Reflejando la realidad de cómo ha pasado todo durante estas últimas semanas, vamos directamente de una visita (la de las chicas de Cake Club) a otra – ¡la de Em y Lincoln!
Como mencioné al final de mi última entrada de blog, me despedí de Megan antes de irme yo al trabajo, ¡y al volver a casa encontré a dos intrusos en mi piso! Claro que todo esto se había organizado, habían llegado durante el día y recogieron las llaves de un amigo.
Em era la primera persona que conocí al mudarme a Leeds para estudiar, porque se estaba mudando al mismo piso que yo cuando llegamos. Conoció a Lincoln durante ese mismo año, y desde entonces han sido una pareja.
Recordamos de estos viejos tiempos cuando salimos para la primera tarde en la ciudad, cuando los saqué para enseñarles España por primera vez. Durante esta exploración, pasamos por unos sitios que visité durante mi primer viaje a Madrid, ¡y así empezaron tres días de rememorar el pasado!
Había cogido los dos días siguientes de vacaciones para pasar más tiempo con ellos, y tuvimos que empezar con una comida en Casa Dani para que probasen unos platos españoles bien ricos.
Durante la tarde exploramos más sitios, uno de los más bonitos siendo los alrededores del Palacio de Cristal en Retiro.
El día siguiente decidimos subir a la sierra, ya que sabía que les iba a gustar ver la naturaleza que rodea la ciudad aislada…
Tras un camino largo bajo el sol, llegamos al Río Manzanares, y nos sentamos un rato para hablar de los escándalos de la época universitaria.
Una vez bajados a la ciudad, no nos quedaba mucho tiempo para dar más vueltas por Madrid, así que nos fuimos a casa y decidimos salir para cenar en un restaurante. Los llevé a uno de mis sitios favoritos para cenar comida venezolana, una cocina más o menos desconocida en Inglaterra.
La cena fue la conclusión perfecta a unos días de relax con Em y Lincoln. Mientras me sentaba en el sitio, llenísimo y alegre después de unas jarras de cerveza, me dio pena pensar en tener que despedirme de ellos la mañana siguiente.
Al decirles adiós estuve triste, pero me alegró haber podido ofrecerles una cama en que dormir – tras años de dormir en su casa, ¡ya tocaba que les ofreciese un sitio! Lo pasé fenomenal con los dos, y espero volver a verlos pronto en Leeds.
Ahora os aviso que la próxima entrada también tratará de otra visita de otras dos personas más, pero esta vez no os voy a contar quienes son aún – ¡tendréis que adivinar! Hasta luego…
Solo dos días después de volver a Madrid de Tenerife, ¡me esperaba un jueves emocionante!
Puede que algunos recordéis que pasé mucho tiempo el año pasado con mis amigas Heidi, Loredana y Megan. Los cuatro formamos un grupo que llamamos Cake Club (el club de tartas). El plan original era reunirnos para hacer pasteles y compartir recetas, pero este plan no se llevó a cabo porque al final se nos iba el tiempo comiendo tacos, escalando la sierra de Madrid o hablando durante muchas noches con unas cañas en la mano.
Normal, entonces, que me quedé triste el verano pasado cuando se iban de una en una de Madrid de vuelta a sus países de origen – Heidi a Noruega, Loredana a Austria y Megan a los EEUU. Aseguramos, sin embargo, de no perder el contacto, usando nuestro grupo de WhatsApp por lo menos una vez al día.
Como os imagináis por el párrafo anterior y el título de esta entrada, el finde pasado fue bastante especial, ¡ya que los cuatro nos volvimos a reunirnos en Madrid!
La primera en llegar fue Megan. Ya llevaba un rato en Europa, y voló a Madrid de Roma tras pasar unos días allí visitando a Loredana. Después de reunirnos y abrazarnos en mi piso, salimos a cenar pizza, volviendo temprano a casa porque yo trabajaba el día siguiente.
Esa siguiente tarde llegué a mi piso y mi dio la bienvenida Heidi, quien había llegado durante el día de Oslo, y los tres esperábamos ansiosamente la llegada de Loredana de Roma. Llegó a tiempo para que nos fuésemos a cenar en un restaurante mexicano, un sitio ubicado en la calle del antiguo piso de Loredana y Heidi.
Me obligaron a sacarles una foto en la puerta de su ex piso…
El día siguiente fue un viernes, así que salí temprano, dejando a las chicas que se quedasen en casa y hiciesen lo que querían durante el día. Sí que había, sin embargo, un plan. Justo antes de irnos todos de la oficina, ¡las chicas llegaron a echar un vistazo al nuevo espacio y aprovechar del jardín!
Después de relejarnos en la oficina un rato y jugar unos partidos de ping-pong, volvimos al centro y a la Bodega de la Ardosa, uno de mis sitios favoritos para tomar un pincho de tortilla. Desde allí decidimos vagar por Malasaña un rato, donde las chicas decidieron que iban a volver el día siguiente para explorar más las tiendas.
Esa noche abrimos una botella de ginebra y pusimos unos temazos en mi piso – ¡era hora de salir! Tras mucha risa, unas danzas y unos selfies, subimos al metro y fuimos a uno de mis sitios favoritos – ¡un bar de karaoke super cutre!
Después de cantar y bailar más, los cuatro llegamos a casa sin problemas. La mañana siguiente no me apetecía moverme mucho, así que las chicas salieron a ver un partido de fútbol en el cual jugaba Loredana y volver a dichas tiendas por Malasaña. Al final me moví, sin embargo, y hice una tarta de zanahoria para celebrar mi “cumpleaños” falso.
La parte principal de dichas celebraciones fue una cena en Goiko Grill. Los cuatro más Bogar y Napo salimos a cenar en el sitio, y luego fuimos todos a Chueca para tomar una cañas en una terraza.
Ya que el día siguiente fue un domingo, decidimos realizar un plan que habíamos organizado antes, y fuimos al Retiro para hacer un picnic como el del año pasado. Nos sentamos allí comiendo y charlando unas horas hasta que, tal como el verano pasado, le tocó a Heidi irse al aeropuerto para coger su vuelo de vuelta a Oslo. Nos despedimos de ella, saludando con la mano y casi llorando al verla irse en el taxi.
Los tres que quedábamos volvimos a casa para dejar las sobras del picnic, y luego bajamos a un sitio que no habíamos visitado como grupo antes – el lago de la Casa de Campo. Allí volvimos a sacar la manta de picnic, esta vez echando una siesta en las orillas – después de sacarnos unas fotos, por supuesto.
Si hay una sesión de fotos, se puede presumir que habrá sido la idea de Megan.
Al atardecer, los tres subimos al Templo de Debod, cogiendo una cerveza en el camino y sentándonos para ver la puesta del sol desde uno de los sitios más pintorescos del centro. Otra vez nos acostamos temprano porque yo tuve que trabajar el día siguiente, y Loredana tuvo que madrugarse también para coger su vuelo de vuelta a Italia. Me despedí de ella esa noche, y luego solo éramos dos – Megan y yo – cuando volví del trabajo el lunes por la tarde.
Después de otra tarde relajando y charlando, los dos volvimos a acostarnos temprano, ya que la mañana siguiente le tocó a Megan irse temprano a coger su vuelo al siguiente destino – París. No había descanso para mí, sin embargo, porque el día siguiente volvía a casa para encontrar a otros dos visitantes ya en mi piso – ¡pero tendré que contároslo en la entrada siguiente!
Lo único que falta decirse es lo obvio: ¡espero que Heidi, Loredana y Megan lo pasaron tan bien como yo! Espero visitar a Loredana en Austria este verano, y tendré que cruzar el charco el año que viene para pasar unas semanas en los EEUU con Megan, Kevin y James cuando tenga el dinero…
Como mencioné en la entrada anterior, el siguiente capítulo en mi serie de findes súper ajetreados fue un viaje a Tenerife para pasar unos días con mi amiga Camila y su familia. Técnicamente he estado en Tenerife una vez, pero tenía dos años en esos momentos, por lo cual no tengo ninguna recolección.
El viaje empezó el sábado por la mañana cuando cogí un tren al Terminal 4 del aeropuerto de Madrid. Este terminal se conoce por su diseño colorido, pero no tuve la oportunidad de sacarle ninguna foto buena por haberme perdido mientras buscaba mi puerta. Os dejo la única que logre sacar…
El vuelo duró más que esperaba – siendo un europeo, me parecía extraño poder volar dos horas y media y aterrizar en el mismo país – pero me cerré los ojos y pronto me encontré en la sala de llegadas en Tenerife. Estuvo ahí Cami que me dio la bienvenida a la isla, y luego me condujo al sur de Tenerife y a la casa de sus padres.
Tras conocer a su familia y una bienvenida ruidosa de su perro Luke, salimos a comer en un sitio local. Allí disfrutamos una comida riquísima en la cual probamos un rango de platos locales, uno de mis favoritos siendo un plato llamado “patatas arrugadas” con un cereal en polvo que se llama “gofio”. Tenía un sabor único que no puedo describir, ¡pero estuvo rico!
También tengo que alabar el vino que nos sirvieron, el cual fue uno de los más frescos y afrutado que he probado jamás. Me preguntaba si fue un vino único a la isla, pero Cami me informó que es un vino casero del restaurante. Tendrá que enviarme una botella en algún momento…
Bueno, después de la comida rica volvimos a reunirnos con Sam, el novio de Cami, que llevo mucho sin verle. Una vez reunidos, fuimos a la playa, pasando por un hotel elegante…
Me encanta caminar por hoteles que nunca podré permitirme.
Tras un descenso peligroso por unas escaleras irregulares, un viaje que no fue ayudado por las sandalias que me había puesto, llegamos a la arena y pasamos unas horas de relax. Una vez cansados de bañarnos en el mar y tomar el sol, Sam cortésmente subió a coger el coche para recogernos a Cami y yo directamente de la playa.
Desde allí, bajamos más por la costa y a una heladería que les gusta a Cami y Sam. La compañía y las vistas fueron espectaculares, pero lo que me emocionó más que nada fue encontrar en la carta una cosa que llevo años sin comer: spaghetti eis (helado con forma de espaguetis).
Helado de vainilla con forma de espaguetis, coco rallado, crema montada y salsa de fresa.
Once we were peckish, we headed to yet another coastal spot and tucked into a lovely meal of Lebanese food, with some of the most stellar hummus I have ever tried. The plan afterwards involved going for some drinks along with the rest of the British tourists, but now that we’re all boring old women, we decided to head home instead!
Una vez teníamos hambre, fuimos a otro sitio en la costa para cenar comida libanesa, y un plato del mejor humus que he comido jamás. El plan era salir a tomar con los demás turistas británicos, pero ya que somos unas viejas, ¡decidimos volver a casa!
La mañana siguiente sacamos a Luke, el perro de Cami. Durante este camino saqué unas fotos de la bonita zona alrededor de su casa.
Tras dejar a Luke en casa y cuando empezamos a pasar hambre, Cami, su madre y yo salimos a desayunar justos. Fuimos a un pueblo costero y pedimos un desayuno compartido entre los tres. El desayuno se sirvió en una escultura de platos – como el té que tomé en Inglaterra justo antes de irme – ¡y sabía divino!
Desafortunadamente había dejado mi móvil en casa durante el desayuno así que no tengo fotos del desayuno – o igual sí. Saqué mi cámara de película, así que esperemos a ver si puedo desarrollar las fotos y como salen – ¡y eso solo si salen! Hasta aquel momento, os dejo con esta foto de Cami y yo que sacó su madre.
Luego Cami y yo volvimos a salir, yendo a otra playa para tomar el sol, charlar y mojarnos los pies en las orillas del mar. Sobre las dos, sin embargo, tuvimos que volver a casa, pero por una razón buena: ¡sus padres preparaban una barbacoa!
No tomé muchas fotos durante dicha barbacoa ya que nos importaba más disfrutar la comida, compañía y el vino delicioso. El padre de Cami había abierto una botella de tinto que su familia había enviado desde Chile, y era casi tan delicioso como las carnes que servía de la parrilla. No suele gustarme mucho el pollo, pero no puedo describir la suculencia de la pechuga de pollo que nos servía – ¡todo acompañado con una ensalada chilena y disfrutado entre mil bromas!
Después de comer, hablaban de “subir al Teide”, el nombre del volcán que domina la isla. Con los estómagos llenísimos después de tanta comida, me preguntaba cómo íbamos a llegar al portón de la urbanización, ¡mucho menos cómo íbamos a subir por un volcán! Agradecidamente, dicho viaje íbamos a realizar en el coche de Sam, así que subimos al coche y empezamos la subida con el sol ya bajo en el cielo.
El sol, bajo en el cielo, bañó a la zona con una luz cálida.
Dentro de poco, habíamos subido por las nubes y parado varias veces para admirar las vistas sobre la capa de ellas que se veía abajo.
Subiendo aún más por el volcán, llegamos a una meseta que tenía las pintas de un paisaje lunar. Parando para sacar unas fotos del entorno, encontramos una placa que reveló que la area se usó para probar un vehículo lunar por su semejanza a la faz de la luna.
Luego seguimos hacía la cima del volcán, llegando a la estación base de un teleférico donde decidimos dar la vuelta. Resulta que ese teleférico solo funciona a pedido, ya que hay que obtener un permiso para visitar el cráter.
Dejando el teleférico, empezamos a bajar hacía el nivel del mar, y fue durante esta vuelta a casa que vimos una de las cosas más asombrosas que habíamos visto jamás. Mirando hacía lo que pensaba que era el mar, pregunté cual isla se veía en la distancia, y me respondieron con que lo que veía fue las cimas de las montañas de otra isla. En aquel momento, me di cuenta que no estaba mirando al mar, pero a una capa de nubes flotando bajo una puesta de solo colorida increíble.
Os dejo las fotos de abajo en formato grande y aisladas – ruego que paséis un momento echando un vistazo y apreciando cada detalle.
Después de admirar las vistas durante lo que quedaba del viaje, dentro de poco nos encontramos en un restante pequeño para cenar, y luego nos fuimos a dormir.
Durante el día final, no hicimos mucho, la verdad. Nos sentamos en casa durante un apagón y comimos una pizza en otro sitio local. Tras comer, volvimos al aeropuerto, y cogí un vuelo de vuelta a Madrid que no parecía durar mucho.
Lo pasé fenomenal en Tenerife, y tengo que dar las gracias a Cami y Sam por mostrarme la isla, y también a los padres de Cami por acogerme en su casa y por ser tan hospitalarios. ¡Ya tengo muchísimas ganas de volver pronto!
Para acabar, tengo que admitir que otra vez más vuelvo a publicar esta entrada muy tarde – ya llevo un mes en Madrid. Durante este mes he disfrutado de tres visitas más de amigos de todo el mundo, y claro que volveré en breve para poneros al día con todas las noticias en cuando tengo un momento libre. ¡Hasta luego!
Tras una semana ajetreada en la boda de Soyoung y Pablo en Alicante, otra semana en la oficina siguió. Otra vez más, sin embargo, había un finde lleno ¡porque mis padres venían a visitarme!
Los tres nos reunimos el viernes en mi barrio, y subimos a mi piso para que pudiesen deshacer la maleta y preparase, y luego salimos para cenar. Lo que hicimos fue lo que seguíamos haciendo durante el finde entero. En vez de cruzar la ciudad viendo todo, decidí sacarles para que vivieran la vida madrileña de tomar, tapear y terraceo.
Para cenar, fuimos a mi bar local a un par de bloques de mi casa, y compartimos unas raciones y cañas. Una vez contentos y llenos bajamos al río porque había pensado que sería un buen sitio para tumbarnos en el césped y mirar el mundo pasar. .
Me encanta vivir tan cerca del río y su parque.
Lo que había olvidado fue que ese finde empezó las fiestas de San Isidro, y por eso habían metido vallas para que la gente no se siéntese en el césped y habían construido un escenario. Encontramos, sin embargo, un barco en que sentarnos, y tomamos las cervezas hasta que empezó la música.
El día siguiente fuimos a la única cosa que reservamos durante todo el finde, y subimos al Jardín Secreto de Salvador Bachiller para comer tras ir de compras un rato. Un drama sucedió después cuando, durante el camino de vuelta a casa, ¡nos dimos cuenta de que habíamos dejado una bolsa en el restaurante!
Afortunadamente, sin embargo, la habían encontrado y nos lo guardaron cuando les llamamos, así que seguimos con el día y decidimos volver a cogerla el día siguiente.
Había organizado que el domingo íbamos a pasear por las zonas verdes de Madrid, y por eso fuimos a Retiro para comer un picnic. Después de un rato mirando los pros y tomándonos el sol, nos sentamos a las orillas del lago y nos comimos pan con tomate rallado y alioli.
Para llegar al próximo destino cogimos el bus, parando para recoger la bolsa perdida, y bajamos al lago de la Casa de Campo. Pasamos un rato allí relajándonos, compartiendo una jarra de sangria durante el atardecer.
Durante la última noche que pasamos juntos, elaboré unas quesadillas en casa, y luego salimos para una última ronda de cañas en un bar local. Aquí os dejo con la cara de mi madre, que se vio algo confusa al llegar una panera a la mesa antes de unas raciones que habíamos pedido – ¡que alguien le informe que el pan en España es como otro cubierto más!
Ese lunes por la mañana nosdespertamos muy temprano, mis padres tuvieron que coger un taxi al aeropuerto y tuve que levantarme para explicarle al conductor a donde iban. Con eso se concluyó un finde bonito con mis padres, y tengo que darles las gracias por haber venido y pagado casi todo. ¡Ahora tengo ganas de irme a visitarles en Murcia este verano!
Bueno, las semanas pasadas no solo han sido de diversión, también he trabajado bastante entre los findes caóticos. Como mencioné hace unas semanas, ya estamos en la nueva oficina, y llevamos un mes aprovechando al máximo el nuevo jardín…
Desayunar en el porche siempre es buen plan.
Como consecuencia de la mudanza, me alegra contaros que la mesa de ping-pong – la cual estaba en las dos oficinas anteriores hasta removerse durante nuestra estancia en la segunda – ¡ha vuelto! Reconstruido después de estar en un almacén durante más que un año, ahora es la excusa perfecta para relajarnos cuando tengamos un momento libre.
Entre los muchos proyectos en los cuales estoy currando, encontré una foto de un evento de networking del año pasado, y la cual se había nombrado en el servidor así: “Ollie con patata”. No sé por qué me hizo tanta gracia, pero abajo incluyo dicha foto de Elena y yo aprovechando de las patatas fritas gratuitas…
La próxima aventura empezó el día después de la salida de mis padres, cuando Bogar y yo salimos a las fiestas de San Isidro. Fuimos al Parque de San Isidro, dónde iban a pinchar unos DJs cantar unos artistas famosos.
Llegamos a tiempo para ver La Bien Querida, abriendo una lata y encontrando un hueco en el césped para sentarnos.
Una vez habíamos cantado y tomado unas cervezas más, los dos fuimos a la feria para coger algo de comida. Acabamos compartiendo un revuelto con patatas, un perrito caliente y un kebab, ¡todo acompañado por un mojito enorme!
Tras un par de horas más disfrutando la música, eventualmente decidimos irnos a casa. Después de haber visto el estado del metro durante la ida, elegimos ir andando por el río de vuelta a nuestro barrio.
Fue la manera perfecta de acabar unos findes muy ajetreados y una época muy atareada en la oficina, ¡pero había más por venir en la forma de unas vacaciones a Tenerife durante el finde siguiente! Todo eso, sin embargo, lo dejo para la próxima entrada.
Me gustaría acabar esta entrada de blog compartiendo una foto de mi hermana, Ellie, que acaba de finalizar su tesis (o sea, su TFG). Está en su tercer año universitario (el último en las universidades británicas), pero me ha obligado esperar 12 meses más para verla graduarse porque acaban de aprobarle un máster. ¡Felicidades, Ellie!
¡Enhorabuena a mi hermana!
Y así concluimos otra entrada de blog escrita en mi móvil y durante varios momentos. La he escrito en autobuses, mientras esperando trenes, sentado en la lavandería y tumbado en la cama. ¡Me voy a convertir en todo un experto de escribir en esta pantalla pequeña!
Hoy os vuelvo a escribir mientras viajo, pero esta vez no me encuentro en un tren de camino a la oficina, ¡sino estoy volando por la costa de África de camino a Tenerife! Voy a pasar un finde largo en la costa con mi amiga Cami, pero antes de contar eso, tengo otras novedades que compartir…
Como mencioné en la entrada anterior, mi compañera Soyoung nos había invitado a asistir a su boda. Respondí inmediatamente para informales a ella y Pablo (el marido) que iba, y al acercarse la fecha, organicé unos detalles finales como una camisa y un apartamento.
Sobre las 10am del viernes el 3 de mayo, fui al parking con mis tíos para ayudarles a recoger el coche y despedirme de ellos al comenzar su viaje hacia el norte. Luego tuve nada más que un par de horas para lavar la ropa, hacer la mochila y salir a ser recogido por Blanca. De alguna manera logré estar a tiempo, y desde Madrid empezamos bajando a Villajoyosa, un pueblo bonito en la costa cerca de Alicante.
Al llegar, cogimos las llaves del apartamento, un piso precioso con balcón y una azotea enorme con vistas sobre el mar. Una vez decidido quién cogería cada habitación, volvimos al coche y fuimos al Mercadona para pillar unas provisiones.
Mientras en el centro del pueblo, aprovechamos de la oportunidad de explorar el casco histórico, una colección de preciosos edificios multicolores en el paseo marítimo. No tan precioso, sin embargo, fue el tiempo – una capa densa de nubes amenazaba con quedarse hasta el día siguiente…
Google informaba que las nubes oscuras iban a dispersarse durante la noche para dejar un día bueno para la boda, pero la densidad de las mismas y el viento frío nos dejaron convencidos que una tormenta iba a proyectar una sombra sobre la ceremonia…
No queriendo preocuparnos demasiado, continuamos nuestro paseo por la play, recogiendo unas conchas mientras Helena nos sacaba unas fotos.
Al cansarnos, subimos al coche y volvimos al apartamento, saliendo al balcón para cenar. La mejor parte de la cena tenía que ser el jamón que Helena había traído y el cual se fabrica por su padre. ¡Riquísimo!
Luego nos fuimos a dormir bastante pronto como si fuéramos adultos sensatos, y el plan era que íbamos a levantarnos pronto para poder prepararnos tranquilamente para la boda.
La mañana empezó bastante tranquilamente. Cuando me levanté, Helena y Blanca ya habían salido para coger unas cosas más para el desayuno. Me desayuné la napolitana que había comprado el día anterior y subí a la azotea para disfrutar las vistas y tomar aire. Me alegró que Google había acertado en su predicción del tiempo, las nubes habían disipado y había salido el sol.
¡Así se empieza el día!
Solo fue cuando las dos habían vuelto, habíamos desayunado, y habíamos empezado a vestirnos que la hora se nos fue de las manos. Helena salió con que no sabía planchar, Blanca pasó un buen rato pintándose las uñas y yo rompí la pata de una mesa al sentarme encima. ¡Vaya banda!
Al final, sin embargo, llegamos al hotel a tiempo, bajando a la playa privada en la cual la ceremonia iba a celebrarse.
La playa era preciosa, la temperatura muy agradable y la música de fondo creaba un buen ambiento mientras hablábamos y esperábamos que nos llamasen para el comienzo de las celebraciones.
La ceremonia luego empezó, pero no quiero compartir demasiado de ella – solo digo que fue muy personal y absolutamente preciosa. La llegada de Soyoung y Pablo hizo que unas lágrimas caieran, y el entorno espléndido fue el ambiente perfecto para escuchar unos discursos divertidos y gritar “¡viva la nueva pareja!”
Tras sacar la foto de arriba con la nueva pareja, tocó convenirnos en una terraza para tomar un aperitivo y unas copas de vino. Luego fuimos a comer una selección riquísima de pescado, marisco y, por supuesto, un trozo de la tarta de boda.
Después de la comida comenzó la música, se abrió la barra ¡y empezó la fiesta! Bailamos una selección de temazos y haste intenté bailar el vals – lo cual no salió bien después de unos gintonics…
Antes de volver al piso, aprovechamos de la ubicación mientras se ponía el sol, sentándonos en una roca para ver la puesta del sol sobre el mar.
Me gustaría darles las gracias a Soyoung y Pablo por invitarnos a celebrar su día junto con ellos. Era todo un honor estar entre los invitados, lo pasamos genial, y su generosidad en invitarnos a una cena y las bebidas después no conocía límites.
Uno de los toques más especiales fue un regalo que dieron a todos los invitados, una pareja de patos. Nos dijeron que es costumbre coreano regalar estos patos durante una boda y ahora están viviendo encima de mi nevera.