Los tiempos van cambiando

01.04.24 — Madrid

Son once años ya los que llevo escribiendo mi blog.

Empecé al empezar mi carrera en 2013. En aquel momento buscaba contar con un espacio online en el que podría demostrar que yo no solo era el listado de experiencia profesional en mi curriculum. Quería que mis futuros empleadores supieran que hago otras cosas en mi tiempo libre, que tengo otros intereses: viajar, cocinar, fotografiar, escribir, tejer y muchas cosas más.

Empecé con el objetivo de salir con una entrada por día, una propuesta bastante absurda en retrospectiva. No obstante, logré seguir este ritmo durante unos meses, publicando un par de fotos por día con un texto acompañante que escribía apresuradamente.

Naturalmente no podía mantener esto para siempre, así que al final reduje la frecuencia a una entrada por semana. Con el tiempo, esta regla fija se relajó. Empecé a publicar siempre y cuando tenía algo de interés que contar: a veces multiples entradas por semana, a veces una entrada por mes.

Este ha sido el formato que se me ha quedado durante los últimos diez años o así. Poco ha cambiado. Es verdad que lancé la capacidad de buscar mis entradas por destino (en inglés) y empecé a meter alguna que otra entrada más reflexiva o incluso prosa ficticia, pero el formato en general ha seguido siendo el mismo.

Una cosa que sí ha cambiado ha sido el nivel de detalle que incluyo en cada entrada. Lo que antes eran unas fotos con un poco de texto explicativo se ha convertido con los años en unos recuentos detallados de mis aventuras con imágenes más cuidadas y editadas. También empecé a publicar todo en español, como esta misma entrada. Estos cambios suman a que cada entrada me lleva más tiempo en escribir, traducir y publicar.

En resumen, el blog me chupa mucho tiempo.

Recientemente estoy intentando usar este tiempo para hacer otras actividades. Me estoy aficionando al gimnasio, estoy disfrutando mucho de la natación y estoy reservando más tiempo para gozar de las cosas más sencillas: cocinar, leer y pasar tiempo con amigos. También tengo en marcha alguno que otro proyecto personal. Estos me tienen emocionados, pero desvelaré más sobre ellos cuando estén más avanzados.

Como te puedes imaginar, no puedo con todo a la vez. Algo tiene que ceder.

Aquí entra el blog. No puedo seguir con el alcance y detalle que siempre he intentado mantener, así que estoy revaluando el formato y la frecuencia con la que publico. Esto significa que estaré publicando menos a menudo, pero también espero que signifique que publicaré contenidos de mejor calidad.

Mi idea a partir de ahora es no empeñarme tanto en explicar los detalles pequeños de lo que he estado haciendo, sino cambiar a un resumen más entretenido de los mejores (y peores) momentos de mi vida cotidiana, mis viajes y mis otras travesuras – ¡de los cuales habrá aún más este año!

Es verdad que me encanta sacar fotos y que me encanta escribir, así que no existe riesgo ninguno de que deje el blog abandonado en ningún momento. Solo me hace falta reimaginar el formato un poco para que no esté constantemente consciente de la cantidad de fotos y noticias sin publicar. Quiero disfrutar de escribir en mi blog de verdad, no preocuparme siempre por el listado creciente de entradas pendientes.

Por eso, los tiempos van cambiando, pero al final no están cambiando tanto.

Hora de celebrar

31.03.24 — Madrid

Últimamente voy con bastante retraso a la hora de escribir el blog, ya que me encuentro ocupado con la programación de mi nueva web y otros proyectos personales que comentaré cuando ya estén un poco más desarrollados. Por ahora, tengo que ponerme al día por aquí, cosa que arrancamos con otra boda más.

Esta vez le tocó a mi excompañera Teresa celebrar su gran día, una celebración que reunió a compañeros presentes y pasados aquí en Madrid. María y yo nos acercamos a la casa de Julia por la mañana, donde los tres nos pusimos elegantes. Yo me trajeé para la ocasión, con el único drama siendo el momento de terror cuando los gemelos que había comprado no cabían en los ojales de mi camisa. Un poco de labor manual de Javier y Julia los colocó en su sitio, con lo cual nos encontrábamos listos para salir.

La ceremonia tuvo lugar en una iglesia espléndida y se siguió por un viaje en bus hasta El Pardo para tomar los canapés y una copa antes de la comida. Esta acabó con una sorpresa final: Teresa y José repartieron tarjetas de bingo y Teresa cogió el micrófono para leer los números en alto con su mejor voz de profesora.

Te puedes imaginar la sorpresa que tuve al ver que me quedaba un solo número, el 27, y luego que fuera justo el número que cantó Teresa. Me puse en pie gritando «¡bingo!» y luego me asombré al verme presentado con una pata de jamón a modo de premio. Nunca he tenido un jamón entero, pero ahora siento que el proceso de yo españolizarme avanza cada vez más rápido.

La comida fue deliciosa y el baile después fue de muchas risas. Teresa me dijo que había incluido una canción en la lista que me iba a gustar después de haberme escuchado ponerla en la oficina una vez. Yo no sabía cuál podría ser. Pensé que tal vez sería Barbie Girl de Aqua, así que me vi bastante sorprendido al escuchar Tarzan & Jane de Toy-Box. ¡Menudo himno!

El finde siguiente volví a bailar (es decir, saltar un poco) de nuevo. Sara, Rocío y yo habíamos comprado entradas al Teatro Barceló, un antiguo teatro que se ha convertido en un club mítico de la vida nocturna madrileña. Ya que no estamos bebiendo alcohol, Sara había descubierto que ponen una fiesta de las 6pm hasta las 11:30pm en la que solo ponen los mejores temazos de los 90 y los 00. ¡Así me gusta!

Nos lo pasamos pipa en la fiesta, bailando la mezcla ecléctica de canciones españolas, europeas y hasta británicas de nuestra infancia. Yo me puse a cantar el himno de Mónica Naranjo que es Sobreviviré con tanta pasión que no me fijé que ya habían encendido las luces y estaban intentando que desalojáramos la sala…

El día siguiente tenía las piernas reventadas, pero el lunes ya había recuperado y me vi en el norte de Madrid para reunirme con un cliente. La reunión la seguimos con una comida entre compañeros, después de la cual me topé con una oportunidad laboral bastante interesante…

¿Estudio de diseño o estudio de asesinato?

La siguiente semana fue algo ajetreada entre el trabajo, el gimnasio, la natación, el desarrollo técnico de mi web, la escritura y la lectura. Veía que me merecía un finde relajado y parecía que el clima madrileño estaba de acuerdo: se puso frío y empezó a llover. Aproveché para cocinar un poco e hice una tortilla de patatas con chorizo. He de decir que me salió bastante rica.

Por la noche Sara y yo nos reunimos para ir al cine, algo que llevo haciendo cada vez más últimamente después de que mi compañero me volviera a enganchar al mismo. Después acabamos en un restaurante de kaitenzushi, comiéndonos todos los platos de sushi que queríamos y charlando hasta la medianoche.

De España a Japón y de vuelta.

El clima feo siguió durante la semana, pero ya estaba bien metido en mi rutina semanal y casi no me enteré del frío. Mis aventuras culinarias siguieron con la elaboración de un crumble de manzana (típico de Inglaterra) y una crema de verduras. A Pedro le di de probar un poco del crumble y le gustó casi tanto como la mantequilla británica que yo había podido comprar mientras estaba en Murcia. ¡Ahora entiende porque los británicos la comemos tanto!

Las reuniones con clientes siguieron con otra que me llevó a un barrio de Madrid que no suelo explorar, aunque ahora he descubierto que mi gimnasio también tiene un local por allí así que igual acabo subiendo más a menudo.

Lo único que me quedaba por hacer ahora era descansar. Bueno, eso y limpiar mi piso, ya que venían unos invitados especiales. Más sobre eso en la próxima…

Murcia para siempre

01.03.24 — Murcia

Me siento un poco raro al escribir esta entrada de blog. El año pasado me despedí de Murica cuando mis tíos vendieron su piso y se mudaron de vuelta a Reino Unido para vivir allí de manera permanente. Es verdad que al final de la entrada hice alusión a la posibilidad de que alquilaran un apartamento en Murcia en algún momento. Justo es lo que hicieron hace un mes, así que una vez más busqué un tren y volví al sur de la peninsula para estar con ellos.

Se estaban alojando en un piso en el mismo complejo de golf pero en una ubicación distinta, cosa que se me hizo raro al llegar allí y luego otra vez por la mañana al intentar buscar el bloque correcto. Mi biorritmo me tuvo de pie temprano el sábado así que aproveché para dar una vuelta, pasar por la tienda y disfrutar del sol matutino.

La zona es bonita y lo luce aún más en el sol de la mañana.

Fue un gusto pasar el primer día de relax. Por la tarde teníamos planes para cenar con un par de amigos de mis tíos. Sobre las 8pm los cinco nos subimos al coche y nos acercamos a un pueblo cercano. Allí entramos en el restaurante, cuyos dueños son un tipo chileno y su mujer madrileña, que había visitado por primera vez hace un par de años. En esa ocasión nos lo pasamos pipa, así que tenía ganas de volver.

Este gato nos observaba mientras salimos a cenar.

La comida del restaurante fue riquísima como la última vez. El menú consistió en una serie aparentemente infinite de platos, entre ellos sopas, marisco, carne y bebidas. Dado que la clientela estaba disfrutando de vino ilimitado, las cosas se acabaron animando un poco y el restaurante entero acabó cantando disfrazados en unas pelucas que nos dejaron los dueños. ¡Fue muy divertido!

El día siguiente fuimos a la costa, donde habíamos reservado una mesa en nuestro bar de tapas de confianza. Hacía un día feo pero bajo ese cielo gris nos topamos con un mercadillo en el paseo marítimo. Allí me puse a hablar con la dueña de uno de los puestos y acabé comprando un regalo de sorpresa para una de mis amigas.

Todas las tapas que pedimos estuvieran bien ricas y yo me quedé súper contento después porque paramos en Aldi para que pudiera comprarme un poco de chocolate a modo de postre. El chocolate nunca falla.

Cuando llegó el lunes me tocó conectarme al trabajo, cosa que hice con más ilusión de lo normal ya que lo hice desde un rincón sombreado de la terraza del complejo. Hacía un día estupendo con mucho sol, así que me pedí un zumo de naranja y me puse a trabajar bajo un parasol. ¡Así sí!

Por la tarde el atardecer empezó a pintar el cielo de colores.

Mis tíos pasaron por el bar justo antes de que yo acabara el trabajo. Así pudimos hablar un ratio y tomaros algo antes de que se pusiera el sol. Al empezar el atardecer pudimos gozar de un espectáculo impresionante. Me encantan los atardeceres, así que me quedé en las orillas del lado un buen rato mientras sacaba fotos. Aquí os dejo una selección de las mejores.

El día siguiente fue el último que iba a pesar en Murcia; mis visitas al sur siempre pasan volando. Tenía el día de vacaciones y se nos había ocurrido un plan, así que cogimos el coche hasta la costa otra vez para comprar algunas cosas y dar un paseo rápido por la playa. Me quedé contento ya que conseguí comprar un producto británico que tanto echaba de menos y a la vez mis tíos se quedaron contentos porque les invité a comer para darles las gracias por recibirme.

Después de un menú delicioso me tocaba visitar otra vez la estación de tren que tanto conozco y esperar a que llegar el primero de los dos trenes que me llevarían de vuelta a la capital. Tuve una hora de espera en Alicante que me dejó con tiempo suficiente como para ver el atardecer allí mientras me tomaba un café. Un gusto.

Acabo esta entrada con una foto de mi tía. Comprobé con ella si estaba conforme con que la subiera y para mi sorpresa me dijo que sí. Es de la noche en el restaurante chileno con una de las pelucas que nos dejaron…

Más cielos y más planes

13.02.24 — Madrid

Me complace compartir que por fin llegué a hacer mis lentejas, pero eso no es lo único que he hecho. Entre tanto comer me he visto obligado a darle caña en el gimnasio, tanto en mi gimnasio local como en su otro local en Madrid. Este otro resultó ser un hallazgo importante, ya que está dotado con una piscina e instalaciones de espa. ¡De ensueño!

También pasé tiempo con Sara y Julia durante el finde, realizando actividades como la compra de ropa, el alquiler de un traje para una boda y una noche por las calles de La Latina y Lavapiés. Esa noche acabó con unos cócteles sin alcohol en una terraza cuyo dueño italiano nos dejó meados de la risa.

Pasé el finde siguiente con Sara y Rocío, que querían ver el atardecer desde el Cerro del Tío Pío, un parque mítico en el sur de Madrid que ofrece las mejores vistas vespertinas sobre la ciudad. Bajé con Ellie y Johann el año pasado, así que dio gusto volver a ver el ocaso bonito de nuevo.

Eso sí, me levanté de la siesta tan solo media hora antes de haber quedado, así que tuve que salir de casa corriendo y coger la bici echando leches hasta la casa de Sara. ¡Menudo agobio!

El parque ofrece una perspectiva única sobre la ciudad y la sierra.

Luego volvimos al centro de la ciudad y pasamos la noche por el Barrio de las Letras, donde cenamos postas y una selección de raciones. Entre ellas figuraron unas tortillitas de camarones, algo que no había comido antes y que me pareció súper decadente.

La siguiente semana laboral se marcó por un par de eventos clave, el primero siendo un desayuno de gofres que pusieron en mi oficina y que dejó a todo el equipo empachados de tanta Nocilla y dulce de leche. El segundo fue una visita que pegué a la IE University para hablar del trabajo y la metodología de Erretres.

La quinta torre de la IE es una adición imponente a la silueta de Madrid.

Fue un placer poder visitar la universidad después de haber trabajado con su equipo en un libro que celebraba su 50º aniversario el año pasado. También dio mucho gusto hablar con los diseñadores del futuro, ya que me acuerdo que me encantaban las visitas que nos hicieron los estudios de diseño cuando yo era estudiante.

Mi semana terminó en un tren que me llevó a la estación de Chamartín para que cogiera otro a otro sitio para pasar un finde largo, pero tendré que contaros sobre eso en mi próxima entrada de blog…

Cielos cambiantes

25.01.24 — Madrid

Ya de vuelta a Madrid después de un periodo navideño extendido entre Inglaterra y Gijón, pasé unos días de descanso en casa cuidándome por causa de la gripe que se me había pegado. Cuando ya se me dejó de dar ataques de tos, retomé las calles para aprovechar de la ciudad a pesar del frío polar.

Un día me acerqué al centro para empaparme en la oferta turística. Pasé por el palacio y la catedral hasta llegar al mirador occidental que ofrece vistas sobre la sierra, ya tapada de nieve. Era una vita muy bonita a pesar de estar el día nublado.

Ese fin de semana Sara y yo echamos una tarde por Antón Martín, nuestro barrio favorito para ir a tomar algo y cuyo nombre está derivado del mercado que acoge. Tomamos y picamos algo en distintos puestos del mercado y acabamos la noche en un bar de jazz que tiene unos cocteles sin alcohol maravillosos. Para volver a casa me monté en bici y pasé por las farolas decorativas y la estructura impresionante de Atocha. Es un gusto estar de vuelta.

Siguieren entonces unos días de trabajo, después de lo cual me vi volviendo al aeropuerto para coger otro vuelo de vuelta a Mánchester. Volvía a casa tan enseguida para pagarle una visita sorpresa a mi amiga Danni, cuyo abuelo había fallecido unos días antes. Mis ganas de apoyarla durante el funeral me tuvieron de pie a primera hora, pero las vistas al sobrevolar una Inglaterra nevada hicieron que todo valiera la pena.

Al aterrizar en Mánchester busqué el tren al centro y me acerqué a las oficinas de WeWork para trabajar desde allí hasta la hora de desconectare. Llegué a las oficinas y enseguida descubrí que la planta ocupada por el WeWork era la de abajo de la sede local de la empresa en la que trabaja Danni. ¡Menuda casualidad!

Afortunadamente ese día Danni había ido a otra de sus sedes, por lo cual no me iba a describir. Me planté en uno de los escritorios y me eché el día apreciando las vistas sobre la biblioteca municipal mientras hablaba con mis compañeros y preparaba una presentación.

A la hora de comer me pillé una pizza deliciosa y al final del día me cogí el autobús de vuelta a mi pueblo. Durante el viaje entera estaba pegando al móvil rastreando la ubicación de Danni, ya que con mi mala suerte lo más probable era que me encontrara con ella en la estación de autobuses del pueblo.

Tras una noche con mis padres y luego un momento de drama al llegar mi taxi temprano, llegué a la capilla el día siguiente para el funeral. Fue una despedida muy bonita que se siguió con una comida y unas cervezas en buena compañía en el pub de al lado. Danni, Abi y yo acabamos jugando al pool, algo que nos provocó a todos unos cuantos ataques de risa.

Pasadas unas horas me casé y me entró hambre, así que vinieron mis padres a recogerme y comprar comida china del sitio que más nos gusta a modo de cena. El día siguiente mi madre se fue a trabajar, así que mi padre y yo teníamos que entretenernos por la mañana antes de yo volver al aeropuerto. ¡Una visita muy exprés!

Mi padre y yo echamos la mañana montando el tocadiscos y amplificador que me regaló. Pusimos el equipo a prueba con una colección de nuestros discos favoritos: desde ABBA a Kraftwerk. Luego me hice la mochila y salimos para el aeropuerto, haciendo una parada en el hospital para que pudiera despedirme de mi madre antes de irme.

Ya de vuelta a la capital española, pasé lo que quedaba del fin de semana con Sara. Quedamos en el parque y dimos una vuelta por sus lugares más emblemáticos mientras se ponía el sol. Nuestro paseo nos dejó en el otro punto de Retiro, donde buscamos un local para merendar.

Retiro lucía espectacular en la luz del atardecer.

Después de la merienda tuve que irme corriendo para llegar a casa para una cita muy especial. A las 8pm había quedado en llamar a mis amigas de Cake Club, un verdadero lujo. La llamada se alargó tanto que no me dio tiempo a hacer uno de mis platos favoritos, las lentejas, así que las tendré que hacer ya en otro momento…