Jay Peak

11.11.23 — Vermont

Después de mis primeros días en Vermont, tocaba hacer un poco de leaf peeping (descube su significado en mi última entrada de blog) de verdad. Megan estaba trabajando así que Mallory se acercó a casa para unirse al plan con Maureen y yo. Al final fue de los días más pintorescos del viaje entero: ¡sigue leyendo para ver unas fotos chulas!

Los tres nos subimos al coche de Maureen y empezamos nuestro viaje al norte de Vermont, donde las hojas se encontraban «en su pico», es decir, en su momento de color más impactante. Maureen había decidido subir hasta Jay Peak, una montaña que se ubica justo debajo de la frontera canadiense.

Antes de llegar, había que hacer algún recado. La primera parada fue en una tienda insulsa al lado de la carretera. Tanto Maureen como Mallory proclamaron que tenía los mejores helados de sirope de arce en el estado entero, así que pillamos uno de estos caprichos dulces para cada uno.

No soy experto en el sirope de arce, ¡pero estuvo muy bueno!

Tras avanzar un poco más por la carretera, paramos a comer en una cafetería. El año pasado yo me había enamorado de los bocadillos frescos que se elaboran por la zona, así que pedí uno de pavo y beicon. Lo devoré en una mesa de picnic al pie de las colinas detrás de la cafetería. Ahí Maureen hizo conversación con unos ciclistas que iban a pasar el día montando por el área. ¡Un lugar increíble para pasar el día en bici!

Una vez acabada la comida, volvimos al coche determinados que llegaríamos a Jay Peak sin tardar demasiado. Esto lo pensábamos hasta pasar por lo que parecía ser un buen sitio para sacarles fotos a las montañas, así que aparcamos e involuntariamente nos topamos con un proveedor de bienes de piedra cuyo especialidad era la construcción de chimeneas y estructuras para el jardín. Mientras Maureen se puso a hablar con la dueña, Mallory y yo nos largamos un poco para sacar unas fotos del entorno maravilloso.

En nada ya me di cuenta de que me había largado un poco de más al describir un camión cromado y luego unas herramientas de granja abandonadas. Todo esto lucía precioso al encontrarse enmarcado por el bosque otoñal que cubría la colina entera. Pero me corté, volví al coche y seguimos de rumbo otra vez más.

Esta no iba a ser la última parada, sin embargo. Después de conducir un rato más de repente nos encontramos acercándonos a un lago escondido entre las cuestas y las curvas de la carretera rural. Supuso una oportunidad que no podíamos dejar pasar, así que volvimos a aparcar el coche y nos bajamos. En aquel momento nos vimos rodeados por uno de los entornos más impresionantes que he visto jamás.

Alrededor del lago se veían los colores cálidos del bosque denso.

Naturalmente no éramos los únicos en aparcar para apreciar las vistas. Nos pusimos a hablar con una pareja, aunque la pareja que más envidia me daba era una que veía flotando en sus kayaks en el superficie del lago. Imagínate remar por este lago mientras rodeado por esta panorámica.

Si te fijas bien, se ven los dos kayaks en esta foto.

Al volvernos a subir al coche y seguir de rumbo entre el follaje bonito, lo único en lo que podía pensar era la canción de country mítica «Take Me Home, Country Roads» de John Denver. Sé que él era del lado opuesto de los EEUU, pero el sentimiento de la canción me parecía encajar perfectamente con el ambiente mientras rodábamos por las carreteras rurales sin toparnos con ningún otro coche.

Eventualmente llegamos a Jay Peak y subimos el coche lo que podíamos por la montaña hasta tener que aparcar y coger un teleférico para lo que quedaba del camino. El viaje parecía al que hice con Megan hasta la cima del monte Mansfield el año pasado, aunque esta vez gozábamos de un mejor tiempo – ¡aunque sí que hacía frío!

Los colores de estas fotos lucen algo falsos, pero prometo que son de verdad.

Después de comprar billetes para la subida, esperamos hasta la siguiente salida, que se efectuaban cada media hora hasta las 5pm. Ya eran las 4pm cuando nos subimos a la góndola, ¡así que el tiempo nos corría!

El viaje fue una pasada. Desde la cabina veíamos el estado entero y hasta nos acercamos a las copas de los árboles al volar encima de ellos. Mientras no nos quedábamos atontados viendo todo, conversábamos con el operador a bordo. Nos contó la historia de esta «tranvía aérea» y nos apuntó unas de las vistas más importantes durante nuestro ascenso hasta el cielo. Dejaría escritos por aquí algunos datos si pudiera, ¡pero tengo la memoria fatal!

Nuestra góndola pasó al lado de la otra que bajaba, se nos destaparon los oídos y dentro de nada ya habíamos llegado a la cima. Volvimos a pisar tierra firma y seguimos las señales hasta el mirador de Jay Peak, un sitio que nos ofrecía unas vistas panorámicas desde la otra cara de la montaña.

Ojalá que el tío que nos sacó la foto me hubiera avisado que había dejado mi bolsa en plena vista…

Mallory y yo fuimos a explorar un poco y volvimos a encontrar que Maureen se había puesto a charlar con el tipo que nos había sacado la foto. También nos habló otro hombre que había estado sentado solo admirando las vistas. Nos explicó todo lo que estábamos viendo desde la cima, lo cual incluía una línea blanca fina que era el reflejo del agua de los Grandes Lagos. Como molaba.

Cuando le preguntamos a este hombre cómo sabía tanto sobre el tema, nos reveló que había trabajado en el teleférico de la montaña durante muchos años. Al aprender esto, no podía no preguntarle qué nos pasaría que nos perdiésemos el último viaje de vuelta al parking. Dijo que siempre hacen un viaje más después del último que anuncian por si acaso. Así me quedé más tranquilo.

Pero eso sí, también nos relató la historia de un grupo que tampoco llegó a coger este último viaje de emergencia y que se quedó completamente tirado. Nos contó como se ofreció voluntario a ayudarles y que coordinó con las autoridades locales para guiar a los turistas varados de vuelta a la civilización. En mi cabeza me estaba imaginando una misión de rescate con helicópteros y todo, pero no fue así: los pobres tuvieron que pegarse una buena caminata de unas horas por la cara de la montaña en la oscuridad.

Ya suficientemente espantados por su historia, nos aseguramos bien de estar para el descenso de las 4:30pm, tan solo treinta minutos después de haber llegado a la cima. El descenso fue casi más impresionante que la subida, aunque el operador comentó que el mejor momento para ver las hojas había sido una semana antes de nuestra visita.

Ya de vuelta al coche, empezamos el viaje de vuelta a Williston. Por el camino Maureen quería pagar una visita a la tumba de un familiar, así que Mallory y yo le dejamos en paz y dimos una vuelta por el cementerio. Me gusta mucho pasear por los cementerios, porque aunque suponen un espacio con un aire de tristeza, me parecen tranquilos y bonitos y me generan mucha paz.

Este cementerio me parecía un sitio especialmente bonito en el que descansar.

Volvimos a la casa de Maureen y Terry en Williston y Mallory se volvió a su casa desde allí. Yo me tumbé en el sofá y Maureen puso The Great British Bake Off en la televisión. Fue la manera perfecta de ponerle fin a un día de exploraciones de lo mejor que puede ofrecer Vermont en otoño. ¡Muchas gracias de nuevo a Maureen por llevarnos a hacer unos recuerdos maravillosos y sacar unas fotos preciosas!

El otoño en Williston

09.11.23 — Vermont

Nuestro viaje sobre la frontera de los Estados Unidos desde Canadá no nos había dejado en Vermont, el estado adonde nos dirigíamos, sino en el estado de Nueva York. Por desgracia, no iba a visitar Nueva York ni Búfalo como hice el año pasado, así que tendríamos que dirigirnos hacia el este ahora que andábamos en tierras estadounidenses.

Pero esa parte del viaje tendría que esperar hasta después de una parada para pillar picoteo y batidos. Megan y Mallory me llevó a Stuart’s Shop, un sitio mágico en donde podíamos pedir que convirtieran cualquier sabor de helado en un batido enorme. Yo me pedí uno de tarta de manzana y supo a gloria.

Con la mayoría de nuestras calorías diarias ya consumidas, los tres volvimos al coche y nos acercamos a la frontera de Vermont, un tramo que nos llevó sobre el agua del bonito Lago Champlain. Al cruzar la frontera, empecé a ver lo que había venido a ver: los colores otoñales increíbles que se encuentran por toda esta zona norteña de los Estados Unidos.

Enseguida pasamos por una señal que ponía “Leaf peepers: atentos a la carretera”. Pregunté por el significado de la palabra ‘leaf peeper’ (literalmente “espía de hojas”) y me contaron que se usa por esas partes para denominar a los que vienen a Vermont para ver las hojas de los árboles en otoño. ¡Yo era un leaf peeper!

Megan también me explicó que tienen que poner ese tipo de señales por las carreteras ya que la gente se distrae tanto por los colores impactantes de los árboles que se suele subir la taza de accidentes de tránsito durante esa época del año. A Megan no le iba a pasar eso, sin embargo, así que en nada ya llegamos a la casa de sus padres en Williston.

Leaf peepers: atentos a la carretera.

Me alegró mucho de volverles a ver a Maureen y Terry. Quiero darles las gracias desde ya por volverme a acoger en su casa encantadora. Ahí deshice la maleta, descansé un rato tras el finde en Montreal y en nada ya estuve abajo con Maureen ayudándole a hacer una ensaladilla antes de que llegaran los invitados a una cena esa noche.

Todos los amigos de Megan que conocí el año pasado llegaron y nos pusimos todos al día. Terry encendió la parrilla y nos preparó unas brochetas y perritos calientes muy ricos. Cenamos todos juntos en su jardín bajo el calor poco usual para la temporada. ¡Fue una noche maravillosa!


El día siguiente madrugué para conectarme al trabajo, pero gracias a esta misma diferencia horaria me tocó desconectarme a mediodía. Así pude bajar al jardín a charlar con Maureen mientras nos comíamos las sobras de la barbacoa de la noche anterior.

Al salir del trabajo, Megan se acercó con Mallory y los tres salimos a dar un paseo antes de las actividades de esa noche. Sacamos a Ellie, la perra de la familia, para un viaje hasta una tienda de productos agrícolas cercana mientras el sol empezó a ponerse lentamente.

Aquí están las tres chicas de camino a la tienda.

Esta vuelta resultó ser muy agradable a nivel estético. Llegamos a la pequeña tienda de madera para encontrarla rodeada por todo tipo de calabazas y otros productos de temporada. Había cientos de calabazas naranjas por todos lados y entre ellas figuraban estas verrugosas que resulta que las llaman ‘warty goblins’ (“duendes verrugosas”) directamente. ¡Que gracioso!

Me resultaba difícil sacar una foto mala al estar rodeado por estas vistas.

Cuando por fin Megan consiguió persuadirme que entrara en la tienda, eché unos minutos explorando los productos, desde piruletas de azúcar puro hasta un azúcar hecho de sirope de arce. Este último me lo compré para llevármelo de vuelta a Madrid. También me enseñaron otro capricho en la forma de una pajita de plástico llena de miel. Me compré uno de esas también y me la chupé mientras volvíamos a casa.

También pillamos una tarta de manzana a modo de postre para esa noche. Breen y Aaron nos habían invitado a cenar en su casa y luego a ver el primer capítulo de una serie llamada ‘The Bachelor’. No sé si este programa sobre un tipo mayor que buscaba pareja era mejor o peor que ‘The Bachelorette’, otra serie parecida que me obligaron a ver el año pasado

Me quedé encantado por las hojas otoñales que brillaban bajo el sol vespertino.

La cena fue una delicia: una lasaña de pavo acompañada por pan de ajo elaborado con mucho mimo por Megan. También picamos un poco de queso con galletas saladas caseras hechas por Breen. Aún estando muy embarazada ¡se le daba fenomenal en la cocina!

Fue una tarde de diversión y risas mientras cada uno opinábamos sobre las decisiones hechas por dicho señor mayor al buscar el amor en The Bachelor. Se agradecía mucho también la compañía de Libby, la perra de Breen y Aaron, además de la de su gato, cuyo nombre hasta lo que he podido averiguar es simplemente ‘Gato’.

Ya lleno de comida y cansado tras un día largo, me dormí nada más acostarme. Menos mal también, ya que el día siguiente habían organizado un plan bastante intenso: ¡pero os contaré más sobre eso en breve!

De vuelta a Montreal

04.11.23 — Montreal

Como puedes apreciar, he tenido un verano movido. Entre viajes a Japón y Asturias y luego muchas visitas de amigos a mi casa en Madrid, apenas he tenido tiempo para respirar entre julio y septiembre. Octubre también prometía ser un mes entretenido, sin embargo, ya que tenía otro pequeño (véase: grande) viaje: ¡volvía a los Estados Unidos!

El año pasado pasé un mes entero viajando por América del Norte, lo cual documenté en su totalidad aquí en mi blog. Este año hice lo mismo, aunque esta vez durante solo quince días. Empecé la aventura de la misma manera al coger el mismo vuelo fácil y (relativamente) barato desde Madrid a Canadá.

Este viaje fue sin incidencias. Los únicos inconvenientes fueron un viaje largo hasta el avión en las pistas del Aeropuerto de Madrid y luego un desembarco lento en Montreal. Este retraso fue debido al uso de un «PTV» (las siglas representando “vehículo de transporte de pasajeros” en inglés). Esta máquina curiosa parece un autobús que sube hasta la puerta del avión, baja hasta el nivel del suelo y luego vuelve a subir para dejar a los pasajeros en la terminal.

El vuelo fue de 8 horas, pero después de aguantar las 14 al volver de Japón, se me hizo hasta corto.

Tras cruzar la frontera canadiense salí afuera y esperé a mis amigas, ya que venían Megan y Malory para recogerme desde el aeropuerto. Los tres habíamos quedado en pasar una noche juntos en Montreal, esta vez en un hotel de más nivel que el del año pasado cuando fuimos solo Megan y yo.

Reunidos por fin, los tres nos pusimos al tanto entre risas en el coche mientras nos acercábamos al centro de la ciudad. En Montreal esa noche había un partido importante de hockey sobre hielo, por lo cual el parking del hotel estaba bastante lleno cuando llegamos. Conseguimos una plaza y subimos directamente a la habitación ya que Megan y Malory habían hecho el checkin al llegar más temprano.

Ya se hacía de noche así que nos dimos prisa para hacer lo que más nos llamaba: aprovechar al máximo del hotel pijo. Este se encontraba en la décima y última planta de un edificio de oficinas. Contaba con unas vistas maravillosas, junto con una piscina, una sauna y un vestíbulo muy bonito. Nos pusimos los bañadores y Megan se pilló una copa de vino, luego los tres nos echamos a la piscina y pasamos un rato descansando. ¡Me vino de lujo después del viaje largo!

Cansados y hambrientos, volvimos a la habitación en nuestros albornoces blancos y nos cambiamos para salir a cenar. Estando en Canadá, solo existía un plato que nos serviría: ¡poutine! Megan buscó un restaurante local y nos acercamos hasta allí.

Llegamos al restaurante con mucha hambre, por lo cual naturalmente pedimos demasiada comida. Disfrutamos de tres variantes de poutine, una de ellas siendo la combinación clásica de patatas fritas, salsa de carne y queso. Para rematar, pedimos unos batidos enormes a modo de postre. Fue un gusto, pero nos dejó teniendo que volver al hotel rodando…

El sol salió por la mañana en el hotel.

El día siguiente no teníamos pensado hacer mucho. La única prioridad era volver a la panadería buena que habíamos descubierto Megan y yo el año anterior. Ahí desayunamos unos cruasanes y café, sin olvidarnos (bueno, casi nos olvidamos la verdad) de coger unos panes de aceitunas para llevar con nosotros a Vermont.

Por el camino nos topamos con una sorpresa bonita en la forma de una boca de metro parisina que se había traslado a Montreal. Me acordaba de haber estudiado estos iconos del modernismo en mis clases de diseño. Nos sacamos esta foto haciendo referencia a otro obra de arte famosa. ¿La pillas?

El modernismo colisiona con La creación de Adán.

Ya de vuelta al hotel, hicimos las maletas y las subimos al coche para luego conducir hacia el sur y la frontera entre EEUU y Canadá. Al igual que la última vez, Megan nos llevó por un cruce de frontera más pequeño por las calles estrechas del campo. Otra vez más me pidieron bajar del coche mientras Megan y Malory pudieron cruzar directamente.

La experiencia fue agradable, a pesar de tener que esperar un rato mientras mandaron a unos italianos de vuelta a Canadá mientras esperaban a que se aprobara su aplicación. Yo no sufrí problema ninguno: el tío hasta me dejó pasar sin pagar la cuota ya que no le daba la gana activar el datáfono. ¡Que majo!

Ya dentro de los Estados Unidos, voy a dejar el resto del cuento hasta la próxima entrada de blog. Al final fueron solo dos semanas, pero al final conseguimos hacer muchas cosas, así que prepárate para una lluvia de entradas que contarán todas las travesuras…

Gijón, Madrid, Gijón

01.11.23 — Gijón

Ya de vuelta a Madrid después de un viaje a Asturias con mis padres, nos tocó mudarnos a nuestra nueva oficina en Erretres. Esta mudanza se realizó en un plis. Trasladamos todas las cosas en tiempo récord y nos acomodamos al instante. Me recordó al primer cambio de oficina que experimenté en la empresa hace siete añazos ya…

A un nivel ya más personal, he realizado unos cambios de estilo de vida ya después de mis viajes a Japón y Asturias. Entre estos cambios quedaron apuntarme al gimnasio, retomar la natación y hacer un esfuerzo para comer mejor. Aún sigo intentando hacer estas tres cosas mientras escribo esta entrada de blog unos dos meses después, así que ¡a ver como va el tema!

Como bien indica el título de esta entrada de blog, yo aún andaba inquieto aquí en Madrid. Para algo de contexto, llevo intentando canjear mi carné de conducir británico durante un buen rato ya. Como te puedes imaginar, me estaba costando la vida conseguir una cita previa en la DGT.

Al ponerme a investigar, descubrí que habían citas disponibles en la oficina de Gijón. Ya que esta ciudad es como mi segundo hogar, pillé unos trenes y subí a verle a Cami durante un par de días.

Este túnel curioso se situaba en una gasolinera por el camino.

Una vez llegado a Gijón, pasé unos días cortos pero divertidos con Cami. Entre el teletrabajo, conseguimos realizar una sesión en el gimnasio, una tarde de película, ir de compras, pasar por la DGT y hasta cenar en casa un plato de curry japonés delicioso que preparó Cami. Fue un viaje súper agradable pero demasiado corto.

Al volver a Madrid tuve que trabajar una semana más antes de irme de aventura a otro lado – pero más sobre esa en mi próxima entrada de blog. Antes de volar, quería aprovechar el tiempo otoñal aquí en la capital, para lo cual quedé con Sara para dar una vuelta por Retiro.

Este paseo vespertino en la luz cálida acabó con una infusión en una terraza cerca del lago del parque. Fue la manera perfecta de ponernos al tanto y despedirnos antes de que me fuera un par de semanas.

Los próximos dos días andaba ocupado entre hacer la maleta y agobiarme sobre el hecho de haber dejado estas preparaciones hasta el último momento. ¡Estas cosas no cambian nunca! En breve volveré a contaros más sobre este viaje…

Asturias con mis padres

28.10.23 — Gijón

Después de gozar de unas visitas y luego pasar tiempo con amigos de Madrid, era hora de que llegara un par de invitados muy especiales: ¡mis padres! Aterrizaron desde el Reino Unido y consiguieron subirse al tren correcto para llegar a mi barrio sanos y salvos. Los recogí de ahí y fuimos a mi casa para descansar. Ya era tarde y teníamos unos planes importantes para los próximos días…

El día siguiente nos levantamos y salimos antes del mediodía porque habíamos quedado en recoger un coche de alquiler desde Atocha. Con ese iríamos juntos a Asturias, algo que llevo hablando de hacer con mi padre desde hace mucho. Al final mi madre también se apuntó al plan, así que hacia allí íbamos.

Asturias, patria querida. Asturias de mis amores.

El principado me es muy especial: visité a Kevin allí por primera vez en 2017 y desde entonces he vuelto a subir una y otra vez para pasar tiempo con amigos y descubrir más del paisaje, la gente, la sidra y la comida que ofrece. Por eso andaba emocionado para enseñar a mis padres la región mientras conducíamos por las carreteras de Castilla y León hacía las montañas que marcan la frontera asturiana.

Usaríamos Gijón, una ciudad que conozco bien, como base. Al llegar ahí recogí las llaves al apartamento y enseguida empezó el caos cuando intentamos navegar el parking. Mi padre enhebró hábilmente el coche en el garaje subterráneo pero solo fue entonces que descubrió que el Nissan tenía un radio de giro terrible. Hubo unos minutos estresantes mientras buscábamos alguna manera de sacar al coche del laberinto de pilares de hormigón, pero un poco de dirección de mi madre y de mí nos tenía fuera en un plis.

Era hora de que mis padres descubriesen Gijón.

El coche aparcado en la calle, vaciamos las maletas en el piso y salimos a que mis padres vieran por primera vez la ciudad de Gijón. El sol ya se estaba poniendo mientras nos acercamos al centro, pero nos dio tiempo a echarle un ojo a un mercado artesanal, ver el puerto y eventualmente encontrar un restaurante para cenar.

La cena la tuvimos con vistas sobre el agua. Mi madre probó la sidra asturiana por primera vez (no le gustó) y les introduje a mis dos padres al pastel de cabracho y el cachopo. La comida sí que gustó mucho (cómo no) y nos dejó bastante cansados y con ganas de dormir bien antes de nuestro primer día de exploración.


El día siguiente tenía ganas de enseñarles un poco más de Gijón antes de empezar a explorar el resto de Asturias. Bajamos al centro para dar una vuelta debajo un cielo bastante gris, parando para comer justo antes de que se pusiera a llover.

Luego acabamos subiendo el cabo de Cimadevilla, un lugar perfecto para apreciar vistas sobre el mar y las playas de Gijón. Mientras subíamos las nubes se asomaban y claro que empezó a caer justo en el momento que llegamos a la cima.

Esto no nos iba a fastidiar la tarde, sin embargo. Nos echamos unas risas con el resto de la gente que se había refugiado bajo la escultura de hormigón y disfrutamos las vistas de un arco iris de 180° que se había formado sobre el mar.

A pesar del diluvio, realmente no estaban así de gruñones.

Para acabar el día en Gijón, bajamos al casco viejo en Cimadevilla y nos plantamos bajo un toldo para tomar algo antes de volver al piso. Esta ubicación estratégica nos sirvió bien ya que en breve ya volvió a llover y nos ahorramos una buena calada.

Esa noche salí yo solo a quedar con Cami, Bogar y Javier, mis amigos que viven en Gijón y a los que llevaba un buen rato sin verlos. Salimos a cenar pizza y tomar unas copas y nos lo pasamos pipa mientras nos reíamos sobre historias y chistes muchos. Fue muy guay poder verlos mientras andaba por allí.


El segundo día desayunamos en lo que se convertiría en nuestro bar de confianza justo debajo del piso. Desde ahí partimos al oeste y al pueblo costero precioso de Cudillero. Kevin me había llevado a este sitio hace unos años y me había quedado encentando: andaba con ganas de que mis padres lo vieran también.

Evitando el caos de buscar parking y el camino largo que habíamos sufrido Kevin y yo al ir sin preparar nada (como siempre), esta vez investigué antes y dirigí a mi padre al parking gratuito de la zona portuaria. Mientras caminábamos hacia el pueblo desde el puerto se puso a llover – menuda sorpresa.

La mañana entera que pasamos en Cudillero fue así – momentos de lluvia con algo de cielo azul entre medias. El entorno pintoresco y dramático compensó por el clima dudoso, no obstante. Por lo menos pudimos dar una vuelta, explorar las tiendas y tomarnos un café a nuestro ritmo.

A esta gaviota le importaba un bledo que lloviera o hiciera sol.

Una vez habíamos visto todo lo que queríamos ver, volvimos al coche y fuimos a otro lugar cercano que quería volver a visitar: Luanco. Este pueblo era otro sitio costero que me había enseñado Kevin hace unos años y que me acordaba que era muy bonito. Este recuerdo se afirmó al aparcar el coche y admirar las vistas del paseo marítimo bajo el sol que justo estaba logrando perforar las nubes.

Caminamos por la playa y hacia el centro del pueblo, donde buscamos un restaurante al lado del agua para comer. Esta vez conseguimos una mesa en la terraza de un pequeño restaurante en el muro del pequeño puerto. Disfrutamos una serie de mariscos y pescados bajo el sol que por fin había salido a calentarnos los huesos un poco.

Me encantan las líneas irregulares de esta antigua iglesia.

Pasadas unas horas volvimos al coche para hacer una última parada antes de volver a Gijón: Candás. Como ya te puedes imaginar, Candás es otro pueblo que me enseñó Kevin en 2018 y un sitio que pensé que valdría la pena visitar ya que se encuentra en el camino de vuelta hacia Gijón.

Cuando fuimos Kevin y yo nos topamos con un mercado medieval, pero la combinación de las fechas raras y el clima dudoso hizo que Candás estuviera vacío al llegar mis padres y yo. Me habían recomendado una heladería así que fuimos a coger un cono para cada uno. Al final a mi madre no le gustó el helado así que mi padre bajó tan contentamente a la playa, ¡un helado en cada mano!

De camino Gijón mi madre dijo que le apetecía cenar una hamburguesa, así que acabamos parando en el Burger King a la vuelta de la esquina de nuestro piso. Echamos unas risas sobre cómo ella se estaba integrando bien con la comida local, pero la verdad es que a mí siempre me apetece una buena hamburguesa así que al final me gustó el plan.


El día siguiente hice un cambio de última hora a los planes y decidí que quería llevar a mis padres a Oviedo, la ciudad que me sirvió como puerta de entrada para descubrir Asturias ya que Kevin estaba basado ahí durante muchos años. Habíamos pasado un día ajetreado por los pueblos pequeños así que pensé que un día vagando por las calles bonitas, tranquilas y limpias de la capital asturiana supondría un descanso necesario.

En primer lugar fuimos a comer a la ruta de los vinos. En vez de tomarnos una copa, nos sirvieron unas porciones enormes de platos locales. Fue una comida asturiana de verdad y creo que mis dos padres se quedaron impresionados por lo lejos que te pueden llegar 11€ en el principado…

Echamos la tarde explorando la ciudad bajo el sol glorioso que por fin se había presentado tras unos días grises. Entre las actividades quedaron ir de compras, un tour turístico por los sitios más emblemáticos y un par de horas que pasamos tomando una copa en una terraza del parque.

Creo que a mis padres les gustó mucho Oviedo, pero aún quedaba una cosa por experimentar. Esta fue la razón principal por la cual les había llevado hasta la ciudad: Tierra Astur. Este restaurante tiene como especialidad la cocina asturiana y es un favorito tanto con los locales como con los de fuera. Esto es buena señal, pero también complica bastante que se pueda conseguir una reserva. Había pillado una, no obstante, así que ahí fuimos a probar aún más platos asturianos.

Disfrutamos otra cena maravillosa dentro del ambiente acogedor de Tierra Astur. El plato estrella tiene que haber sido la carne con una salsa cremosa de queso: ¡supo divino! Esta cena combinada con la comida enorme nos dejó con sueño, así que después lo único que nos quedaba era bajar lentamente a donde habíamos dejado el coche.

La iglesia vieja bajo la luz de la luna creaba una escena siniestra.

Por el camino nos topamos con una iglesia de piedra que supone el edificio más antiguo de la ciudad entera – un dato que me había contado Kevin la primera vez que fui a visitarle ahí. En la luz de la noche y con la luna medio escondida detrás de las nubes, se creó una escena interesante a modo de despedida de Oviedo.


El día siguiente fue el último que pasaríamos en Asturias así que me había asegurado de guardar lo mejor para el final. Bien descansados después de un día por Oviedo, era hora de que subiéramos a las montañas y a uno de las ubicaciones más bonitas que he visitado jamás: Cangas de Onís.

Este santuario entre las montañas es un lugar de mucha importancia a nivel regional, religioso y hasta nacional, ya que fue un sitio clave de la reconquista de la península. Otra vez más, es un sitio que Kevin me enseño ya hace seis años y al que llevo unos años queriendo volver para de nuevo apreciar sus paisajes impresionantes.

Para llegar hasta allí, aparcamos en un prado donde un autobús nos llevaría por el último tramo de la carretera y hasta el pueblo montañoso en sí. Al llegar en Cangas de Onís empezamos a caminar por sus calles y quedarnos impresionados todos por las vistas de la catedral entre las montañas, las acantilados escarpados y la parroquia pequeña ubicada en una cueva sobre una piscina creada por una fuente de agua mineral.

La parroquia integrada en el acantilado es un espectáculo impresionante.

Mientras mi padre y yo bajamos a ver la fuente natural, mi madre dijo que iba a subir a la parroquia. Al llegar al a escalara hacia la cueva, mi padre y yo no éramos capaces de ubicarla. En breve descubrimos que se había unido a la congregación y que se había sentado en un banco dentro de la parroquia.

Desde la parroquia seguimos el sistema de cuevas hacia el nivel de la catedral, un edifico que impondría en cualquier entorno pero que luce asombrosa aquí en un valle entre dos montañas. En breve nos echaron ya que estaban al punto de iniciar una misa. Esto lo tomamos como una señal de ir bajando a la parada de bus para coger el coche hacia la siguiente parada en nuestro tour.

Ahí está mi madre entre las cruces de la cueva.

Antes de volver a Gijón a pasar la última noche allí, también quería llevar a mis padres a Ribadesella. ¿Y quien fue que me enseñó este pueblo en su momento? Dilo conmigo: ¡Kevin!

Aparcamos bajo un cielo que aún lucía azul y dimos una buena vuelta por la zona portuaria que se sitúa por las orillas de la ría junto antes de su confluencia con el mar. Me encanta este sitio por su combinación de mar, playa, montaña y casco viejo, pero lo primero que nos urgía hacer fue buscar un poco más de comida. Habíamos picado algo en las montañas de Cangas de Onís, pero yo por lo menos aún andaba con antojo de croquetas.

Encontramos un restaurante donde eran tan amables de ponernos unas croquetas a pesar de la hora. Nos sentamos en su terraza y las comimos mientras veíamos las nubes llegar y empezar a amenazarnos.

Por suerte, el cielo gris nunca resultó en lluvias, así que pudimos echar un rato viendo los barcos ir y venir, caminar por el casco viejo y hasta probar un carbayón, un dulce local elaborado con hojaldre, almendras y azúcar en abundancia.

Una vez cansados, volvimos a Gijón para prepararnos para la última noche. Esta la pasamos en el centro de Cimadevilla, donde conseguimos una mesa en El Llavaderu, un restaurante famoso por su enorme cachopo. Disfrutamos una cena deliciosa acompañada por unas risas gracias al camarero, que nos escanciaba mucha sidra y nos entretenía con sus consejos e historias.


El día siguiente nos levantamos, hicimos las maletas y así estábamos listos para salir, pero no antes de desayunar en nuestro bar favorito. Desde ahí nos acercamos al coche y realizamos el viaje largo de vuelta a Madrid, en donde nuestra única tarea era conseguir algo de cenar antes de acostarnos.

Por eso pasamos la tarde por Lavapiés, disfrutando unas pizzas ricas en NAP y luego bajando de vuelta a mi barrio para tomar algo en dos de mis terrazas preferidas. Tomamos unas cañas en la terraza del cine local y luego nos acercamos al bar de toda la vida que llevo unos cuántos años visitando. Fue la manera perfecta de poner fin a la visita de mis padres.


Me lo pasé fenomenal durante esta semana que pasé con mis padres. Fue un verdadero placer poder enseñarles por fin una zona de España a la que tengo tanto cariño. Aunque no pudimos hacer todo lo que quería que hiciéramos, bastante encajamos durante los pocos días que echamos por Asturias. Espero que vuelvan en breve para experimentar un poco más del norte, ¡quizá hasta con un poco de sol!