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Nara

19.09.23 — Nara

Después de un día ajetreado en Hiroshima, una vez más madrugo para salir de Osaka y aprovechar de mi último día de validez en mi abono de tren. Esta vez no iba solo, ya que se apuntaron a la excursión Inés y su amiga Joob.

Pues me perdí nada más llegar a la estación de tren de Namba, pero una vez conseguí algo de cobertura en el móvil pude encontrar el andén correcto y buscarlas a las dos. Desde allí nos subimos al tren con destino a Nara, una ciudad conocida por los ciervos (mayormente) amables que andan libremente por su centro.

Había pensado que hacía calor durante mi excursión a Hiroshima, pero madre mía que bochorno había al bajarnos del tren en Nara. Cogimos un bus fresco hasta el Parque de Nara, un espacio abierto que se encuentra lleno de ciervos. No teníamos tiempo para parar y observar, sin embargo, porque andábamos con mucho hambre. Inés había buscado un restaurante que tenía buena pinta así que la seguimos hasta la chincheta que tenía en su mapa.

Resultó estar cerrado el restaurante por una boda, así que cruzamos un puente y nos topamos con otro restaurante que también estaba chapado. Eventualmente nos topamos con una pequeña cafetería que ofrecía unos platos de curry para comer. Ahora tan sudados como andábamos hambrientos, nos descalzamos según es costumbre y nos metimos dentro.

El local era tan bonito como la presentación de la comida.

El interior consistía en una serie de salas de madera con mesas bajas y cojines para que nos sentáramos en el suelo, algo que me tenía con dolor de espalda hasta que Inés me enseñó la postura correcta a adoptar. La comida se sirvió con una presentación igual de bonita que la decoración. Al final supo igual de bien que lucía. ¡Menudo descubrimiento de sitio!

Desde este restaurante volvimos a cruzar el puente, parando para apreciar el paisaje espectacular ahora que no nos encontramos pensando solamente en la comida. El puente nos llevó al parque, donde compramos unos helados para refrescarnos y echamos un rato viendo los ciervos pasear por el césped.

Esta señora se quedó así de tranquila en medio de la calle.

Desde allí nos acercamos a Tōdai-ji, un templo que Inés había identificado como un sitio a visitar mientras andábamos por Nara. Dentro de las puertas imponentes nos encontramos rodeados por muchos turistas y aún más ciervos. Evitando chocarnos contra uno de estos animales graciosos, nos dirigimos hasta el edificio impresionante principal del complejo.

Estos bichos iban caminando tranquilamente por todos lados.

Dentro del santuario nos encontramos frente a una estatua enorme en bronce de Buda. Caminando alrededor del monumento, aprendimos sobre la historia de las varias iteraciones del templo y las costumbres asociadas con él. ¡Menuda paciencia tenían para reconstruir el complejo multiples veces tras incendios y terremotos! Pero eso sí, los modelos que recreaban cada versión del diseño supusieron una mirada atrás muy interesante al legado arquitectónico de Japón.

Después de sacarnos unas fotos (salimos un poco regular por el calor así que no las subiré aquí), salimos del templo en busca de un sitio para sentarnos y beber algo. Refugiándonos en una cafetería, miramos los turistas alimentar a los ciervos en la plaza de abajo y decidimos que haríamos la mismo al volver al exterior. Pero antes, queríamos quedarnos un buen rato bajo el aire acondicionado…

Compramos unas tortitas de arroz al salir de la cafetería y nos acercamos al césped y al grupo de ciervos. Tras fijarme bien en lo que hacían los demás, sabía que gestos había que hacer y que debería seguir la siguiente rutina:

  1. Hacer una reverencia al ciervo
  2. El ciervo luego te hace una reverencia de vuelta
  3. Darle una tortita al ciervo
  4. Enseñarle al ciervo las palmas vacías de tu mano para indicar que ya no quedaba comida

Este último paso no me funcionaba tan bien, sin embargo. Será que había migas en mi bolsa o en mi persona, porque en nada me encontraba siendo perseguido por un par de personajes muy insistentes. Era gracioso al final y eventualmente se juntaron con el resto de los ciervos a sentarse en el parque después de un día largo de comer de las manos de los turistas. Realmente la ciudad es de ellos, son ellos los que nos dejan visitar.

Eventualmente salimos del parque y volvimos al centro urbano de Nara para cenar un plato típico de la zona: anguila a la parrilla, que resultó estar muy rica. De camino al restaurante, nos tenían entretenidos los ciervos. Hacían actividades humanas como esperar en cruces de cebra, seguirse en fila y hacer reverencias a gente que pasaba cerca para ver si alguien les dejaría unas tortitas de arroz. Están obsesionados, cosa que yo no entiendo porque probé una tortita y sabía a cartón…

Mientras nuestro tren iba pitando por el campo de camino al centro de Osaka, me quedé reflexionado sobre la maravilla de sitio en el que había estado. A pesar del calor – un constante durante mi viaje por Japón – visitar Nara había sido como pasar a otra realidad en la que los humanos y los animales están en una misma jerarquía. Fue una verdadera pasada: la única contra fue que teníamos que quitarnos la caca de las zapatillas al irnos. ¡Ningún guía menciona este dato!

Aquí estamos Inés y yo quitándonos la caca de las suelas.

Hiroshima

17.09.23 — Hiroshima

Después de tan solo un día y medio en Osaka, me tocó levantarme pronto y salir del hotel para aprovechar de los dos días que me quedaban del Japan Rail Pass. Este era el abono que usé para viajar por todo el país en sus famosos trenes bala. Aunque llegué a la estación de tren a las 10:30am, de alguna manera conseguí perderme el tren y por eso acabé llegando en Hiroshima sobre las 2pm, la hora más calurosa del día.

Seguro que al escuchar «Hiroshima» se os producen imágenes de una ciudad antigua y devastada por la bomba, pero saliendo de la estación de tren vi que se parecía mucho a las otras ciudades japonesas que había visitado durante mi viaje. Supongo que se debe a la bomba misma: todo se tuvo que reconstruir después del bombardeo y por eso ahora es una metrópolis moderna.

Para mí, Hiroshima había sido hasta ese momento tan solo el nombre de una tragedia. Era hora de ponerle cara a la ciudad.

Aunque me hubiera gustado ver las otras partes de la ciudad, las altas temperaturas y el tiempo limitado que tenía durante mi excursión de un día hicieron que me enfocase en lo que la hace única: el Parque Memorial de la Paz. Para llegar hasta allí, descarté rápidamente la idea de caminar por el calor húmedo y me subí a un autobús que me llevó sobre el río y hasta ese lugar histórico.

Bajando del autobús, empecé a caminar por el parque, que está ubicado cerca del epicentro de la explosión y en una zona en donde antes se encontraba el centro de la antigua ciudad. Me topé con una estructura pequeña por el camino así que entré, que fue cuando descubrí que contenía una excavación arqueológica que había hallado el suelo quemado de una casa destrozada. Estos restos me impactaron mucho más que los varios monumentos y placas informativas que salpican el parque, una sensación que se amplificó aún más ya que me encontraba completamente solo dentro del edificio. Fue la primera vez que me encontré enfrentado por la realidad de lo que pasó en Hiroshima en 1945 y me hizo reflejar sobre los horrores de la guerra.

El próximo momento impactante vino al llegar al famoso Monumento de la Paz. Este consiste en los restos de un antiguo centro de exhibiciones que que bombardeó pero milagrosamente se encuentro aún de pie. Siendo el único edificio que no se derrumbó al explotar la bomba nuclear en el cielo sobre la ciudad, supuso un espectáculo inquietante, pero supongo que así es la mejor manera de visualizar el poder destructivo de este tipo de armas. Imaginarme un paisaje en el cual se encontraba este edificio completamente solo se me hizo muy extraño, aún más dado que ahora los rascacielos y carreteras de la ciudad moderna rodean el Parque Memorial por todos lados.

El Monumento de la Paz es envocador e impactante, como debe ser.

Luego visité algún momento más en el Parque Memorial, entre ellos la Campana de la Paz, que la tañí según las instrucciones en una placa a su lado. Entonces crucé un puente en busca del siguiente sitio que quería visitar, parando un momento en un Family Mart para recuperarme bajo su aire acondicionado y pillar un helado y una bebida para refrescarme un poco.

Esta ruta me llevó sobre otro cuerpo de agua y hasta el ninomaru del Castillo Hiroshima. Esta fortificación parece ser muy antigua, pero realmente es una recreación exacta ya que la original se derrumbó durante el bombardeo. Pasando por la puerta de la estructura y a una isa artificial, empecé a explorar sus jardines bonitos. Al dirigirme hacia el norte, eventualmente llegué al castillo en sí, otra reconstrucción del original.

Al salir, vi lo que parecía ser los restos de un búnker en las afueras del santuario Hiroshima Gokoku. Al acercarme a las paredes de hormigón, un señor mayor se me acercó y empezó a hablarme en japonés. Viendo la confusión en mi cara, me repitió la palabra “búnker” e hizo un gesto para que le siguiese. Me sorprendí al verle apretujarse por una entrada estrecha y hasta el interior de la estructura. Repitió su gesto para indicarme que hiciera lo mismo, cosa que me sentía obligado a hacer, así que ahí me metí.

Por dentro, el espacio se había reclamado por la naturaleza, pero aún se veía aperturas en el hormigón a los que hacía gestos el señor mientras me explicaba no sé qué cosa en japonés. Aunque no entendía nada, apreciaba mucho sus ganas de enseñarme el búnker: no me hubiera metido si no fuera por él. Tras unos minutos, volvimos a la luz del día y recité mis frases más respetuosas en japonés para darle las gracias mientras le hice una reverencia.

Desde allí, salí del complejo del Castillo Hiroshima e hice una parada rápida en el Gran Torii, una puerta japonesa conocida por aguantar el estallido de la bomba atómica. Me dirigí haste el este y a los Jardines de Shukkeien, un lugar tranquilo para ponerle fin a un día ajetreado por la ciudad.

Los jardines estaban salpicados por una selección de sitios bonitos, entre ellos un puente de piedras, estanques llenos de carpas koi, todo tipo de árbol y plantas y hasta una estructura pequeña de madera en las orillas del agua. Me descalcé según indicado y me senté bajo la sombra de este pequeño edificio, descansando mi cuerpo y mente mientras la tarde pasó a ser la noche.

No había mejor sitio para descansar tras un día de pie.

Ya cansado después de mi excursión, me levanté, salí del jardín y me subí a un autobús de vuelta a la estación de tren. Ahí pillé algo para cenar y esperé al siguiente tren bala a Osaka, donde Inés tenía una última sorpresa antes de que acabara el día: ¡tocaba ir de karaoke!

Tras una ducha rápida en el hotel para refrescarme y revivirme un poco, me acerqué al sur de Osaka y a un karaoke donde había reservado una sala con sus amigos. Andaba cansado, pero me flipa el karaoke, así que no podía irme de la cuna del mismo, Japón, sin echarme un rato cantando mal.

Pagué la entrada, me puse una bebida rara que parecía leche y entré en la sala 19, donde Inés me presentó a sus amigos y antiguos compañeros de casa. Luego cantamos unos temazos clásicos de Europea y observamos mientras los demás cantaban una variedad de canciones de todo el mundo y en muchos distintos diisomas. Hubo canciones en japonés, chino, coreano, alemán, inglés y hasta en español. ¡Hubiera sido una falta de respeto no haber cantado Aserejé y la Macarena para todo el mundo!

Ya completamente agotado y con la hora del cierre del metro cada vez más cerca, Inés y yo nos despedimos y volvimos a nuestros hoteles respectivos. Había sido un día loco de momentos sobrios y luego hilaridad absoluta, así que sin duda tocaba descansar antes del día siguiente. Había un plan para ese día que nos vería volver a salir de Osaka en otra excursión, pero eso ya lo tendré que contar en mi siguiente entrada de blog…

Osaka

12.09.23 — Osaka

El tren de Arima nos llevó a Inés y a mí a Osaka, la ciudad en la que ella lleva viviendo un buen rato y dónde yo iba a pasar los últimos de mis días en Japón. Después de hacer transbordo al metro de la cuidad, me despedí de Inés al bajarme en la parada de mi hotel.

La habitación que me pusieron estaba situada en la primera planta de habitaciones justo encima de la recepción, lo cual hizo que la llegada fuera fácil, pero al entrar en ella vi que el cristal de la ventana estaba difuminado por privacidad. Esto me hizo sentirme algo claustrofóbico, así que pregunté si había otra habitación en una planta más alta que tuviera una ventana transparente. Por suerte sí que hubo, así que me enviaron a la planta 13, ¡la última de todas!

Tras deshacer la maleta, echarme la siesta y ducharme, salí para volverme a reunir con Inés y para buscar algo de cena durante un paseo nocturno por la ciudad. Inés quería llevarme a un restaurante en particular, pero por más que buscásemos no éramos capaces de encontrarlo. Las vueltas que dimos buscándolo nos llevaron a describir unos callejones preciosos y hasta un santuario en medio de una plaza, pero como había bastante hambre, encontrar un sitio para cenar era prioridad número uno.

Eventualmente descubrimos que no podíamos ubicarlo porque estaba cerrado por vacaciones y por lo tanto faltaban las luces brillantes y los paneles con la carta que de normal se encontrarían tapando toda la fachada. Preparada como siempre, Inés me llevó a un sitio que tenía fichado como opción de respaldo, pero para entrar en este segundo lugar había una cola importante y ya era bastante tarde.

Al final nos conformamos con un ramen. El plato estuvo rico pero no tenía nada que ver con el ramen de otro mundo que yo había probado en Kioto. Hizo lo que tenía que hacer, sin embargo, quitándonos el hambre para que pudiéramos volver a pisar las calles y explorar Osaka de noche.

La ocupada vía principal de Namba me recordó un poco a Tokio.

La mayoría de nuestra tarde la pasamos por el río, una zona bonita llena de linternas, bares, puestos, tiendas y el amientillo de los que habían salido a pasar unas horas. Sorprendidos por la cantidad de gente que había (siendo aquel día un martes), eventualmente encontramos una mesa y nos sentamos a bebernos un refresco de uva y bailar un poco a la música que el dueño del puesto tenía puesta en su altavoz.

La siguiente mañana desayuné en el hotel y luego bajé al metro, donde pude meterme en precisamente el mismo tren y coche en el que ya andaba Inés. Esto fue gracias a la señalética extensa y la organización minuciosa de los ferrocarriles japoneses y los datos correspondientemente detallados que te facilita Google Maps allí.

Reunidos, nos acercamos a otro barrio de la ciudad para ver el Tenjin Matsuri, un festival que toma lugar cada julio. Durante estas celebraciones, las calles se llenan de procesiones que acaban convirtiéndose en un desfile de barcos que pasan por el río por la tarde.

Esta foro parece que la saqué hace 30 años.

Al encontrar la zona por la cual pasaría el desfile, buscamos un bar para tomar algo puesto que ya andábamos cansados y sedientos por el calor opresivo del día. No nos convencía un bar que encontramos apestando a humo, pero tampoco nos apetecía seguir dando vueltas así que nos plantamos en unos taburetes giratorios de madera en la barra y pedimos algo.

Pronto descubrimos que la dueña del bar era la más. Nos puso unos zumos recién exprimidos y nos ofreció unos sándwiches, cosa que no podíamos rechazar ya que también teníamos hambre. Nos preguntó de dónde éramos y le dijo a Inés que era muy guapa, un cumplido que lo siguió con un regalo para Inés en la forma de una vestido tradicional. Fue un gesto muy bonito y había sonrisas por todo el bar hasta que se oyeron los golpes de unos tambores.

Resulta que sin darnos cuenta nos habíamos metido en un bar que se encontraba justo en la misma calle de la ruta del desfile. Todo el bar (la dueña incluida) salió a la calle para unirse a la multitud en la acera y ver el festival pasar. Hubo una mezcla impresionante de distintas carrozas y grupos de gente de todas las edades.

Me empecé a preguntar como estaban aguantando el calor…

Un grupo que hubo en el desfile era de unos jovenes que pasaban agitando unas cabezas de león, una escena que era bastante graciosa hasta que uno de ellos se la quitó y se tiró al suelo. Quedaba claro que estaba sufriendo por el calor, así que de la nada aparecieron muchas personas con abanicos, ventiladores, agua y más. Unos médicos llegaron y lo llevaron al interior del bar, donde Inés y yo nos turnamos para echar una mano con abanicarle mientras le quitaron las infinitas vueltas de faja que le envolvían. ¡Normal que lo estuviera pasando mal!

Al final se estabilizó justo al llegar unos médicos de la ambulancia para llevarlo con ellos. Poco tiempo después también nos fuimos, siguiendo a la aglomeración mientras se movía por las calles. Tuvimos que navegar entre toda esta gente y los puestos de comida callejera para llegar a las orillas del río.

Vimos unos barcos pasar con su música y bailarines, pero el calor empezó a pegarnos a nosotros también así que nos fuimos a buscar un sitio algo más tranquilo. Cruzamos un puente que estaba petado de gente, donde intentamos sacar unas fotos sobre el agua hasta que nos riñeron por detenernos. Al volver a tierra firma encontramos una estación de metro y por ende unos baños que habíamos estado buscando durante un buen rato.

Después de usar el baño y comernos un poco de comida del Family Mart, volvimos al río para buscar un sitio desde donde ver los fuegos artificiales que marcan el final del festival.

Allí disfrutamos de un espectáculo visual, con unos cuantos barcos pasando acompañados por música y danza. Toda esta escena estuvo marcada por una secuencia de fuegos artificiales que iluminó el cielo y creó un ambiente eléctrico que parecía que toda la ciudad había salido a experimentar.

Cuando nuestros pies ya no podían más, volvimos al centro en el metro y nos metimos en un bar para tomarnos algo y ponerle fin a un loco primer día pasado en Osaka. Claramente no iba a ser el único día que iba a pasar allí, pero al acostarme esa noche ya tenía un plan para el siguiente día que me vería irme de excursión para poder explorar más de las ciudades fantásticas que tiene Japón.

¿A dónde iba? Pues eso tendrá que esperar a la siguiente entrada de blog…

Arima

01.09.23 — Arima

Retomo mi cuento de Japón en el segundo tren bala, esta vez saliendo de Kioto. Después de un viaje relativamente corto, me bajé en Kobo, la ciudad conocida por su ternera famosa. No obstante, hace tiempo que no como carne roja, así que no fui a buscarla. En cualquier caso, yo tenía otros planes que suponían coger un par de trenes locales por las montañas y hasta el pueblo de Arima.

El metro de Kobe me dejó con un último tren a coger, o eso pensaba. Mientras el vagón antiguo y bonito subía por las montañas, Google Maps me informó que debería cambiar de tren a otro que parecía que era el mismo en el que ya me encontraba. Me quedé sorprendido porque Google Maps había sido muy preciso en Japón hasta ese momento: me decía por cual boca debía entrar, cuanto me costaría todo y hasta el número de coche al que subirme para que la salida me fuera fácil y rápida al bajarme.

Resulta que tenía que haberle hecho caso. Mi tren se desvió en una bifurcación ubicada apenas unos metros de la estación. Me recordó del misma drama que pasé al volver al aeropuerto de Nueva York el año pasado.

Me había preguntado por qué se había bajado todo el mundo.

Aunque le había ignorado, Google Maps estaba allí para salvarme. Busqué otra ruta y logré llegar a Arima Onsen, una estación cuyo nombre da una buena pista de lo que eran mis planes para los siguientes 24 horas. Onsen es el nombre japonés para su concepto de baños termales: iba a pasar una tarde y una mañana de relajación en las montañas niponas.

A partir de entonces, no andaría solo en mis exploraciones. Inés, mi ex compañera de trabajo que se encuentra viviendo en Japón, se uniría al viaje. Ella es la razón por la cual organicé el viaje en primer lugar: durante tiempo yo andaba con ganas de visitar Japón, así que supe que tenía que aprovechar de oportunidad de visitar cuando ella reveló que se iba a mudar allí.

Habíamos quedado en reunirnos en el hotel, así que volví a abrir Google Maps y me informó que mi destino se ubicaba a tan solo siete minutos andando. Lo que no mencionó fue que dicho camino fue por una cuesta que engañaba en lo empinada que era. La subida se complicó aún más por el bochorno que hacía y mi maleta pesada.

Google Maps se estaba vengando de mí tras mi falta de fe en él.

Al llegar a la entrada del hotel descubrí que aún me quedaba subir un acceso inclinado para llegar a la puerta. En un momento de desesperación, intenté parara a alguien coche para que me llevara a la cima, pero no pasaba ningún vehículo así que tuve que decidir entre achicharrarme al sol, echarme a llorar un rato en la sombra o coger fuerzas y arrastrar esa maleta pesada por la pendiente.

Tiré por la última opción, aunque al final no tuve que subir la cuesta entera. Uno de los porteros me vio sufriendo y se me acercó corriendo con un carro de equipaje. Cuando me insistió que subiría él mi maleta lo que quedaba del camino, le dio las gracias repetidamente y entré al aire condicionado glorioso del vestíbulo.

En uno de sus baños hice lo que pude para refrescarme con unas toallitas y luego me senté en un banco en este salón ostentoso mientras le esperaba a Inés. Cuando llegó, echamos unas risas sobre lo sudados que estábamos después de la subida horrorosa. También comentamos lo extraño que era que los dos nos estábamos viendo por primera vez tras medio año no solo en Japón, sino en una de sus montañas en la mitad de la nada.

Mientras esperábamos a que nos preparasen la habitación, comimos unos sándwiches en la cafetería del vestíbulo, un sitio que disponía de las vistas maravillosas sobre los jardines y la zona de la piscina que se ven en la foto de arriba. Eventualmente pudimos hacer el checkin, después del cual una señora nos guió hasta la habitación y utilizó el traductor de Google para explicarnos la gama amplia de servicios que tenía el hotel. A pesar del sinfín de posibilidades, nuestra prioridad era refrescarnos, así que cogimos nuestros bañadores y bajamos corriendo a la piscina.

Los dos echamos unas horas por la piscina, poniéndonos al tanto mientras nos bañábamos en el vaso principal y luego el jacuzzi mientras el sol se ponía y el aire se refrescaba un poco. Justo antes de irnos, preguntamos a la socorrista si éramos demasiado grandes para bajarnos por el tobogán, pero nos dijo que podíamos. ¡Nuestra tarde de piscina acabó con un salpicón!

Volvimos a subir a la habitación para cambiarnos antes de cenar. Habíamos buscado un restaurante elegante dentro del hotel así que nos pusimos guapos y fuimos a explorar los pasillos del edificio. Descubrimos un salón, vistas asombrosas sobre el valle y una multitud de otros detalles que salpicaban el interior de madera. ¡Nos sentíamos como emperador y emperatriz!

Como se puede apreciar, el hotel y su ubicación eran espectaculares.

Inés comentó que el interiorismo era representativo de los gustos japoneses de lujo.

Al llegar al restaurante descubrimos que era muy pequeño y que no había mesa, así que reservamos una para una hora más adelante y fuimos a buscar una manera de hacer tiempo. Inés sugirió que buscáramos la sala de juego, una sitio que lo encontramos lleno de máquinas, música y luces neón. Como si mis yenes fueran dinero de Monopolio, me puse a prueba con todos los juegos y nos echamos unas cuantas risas. Descubrí que mi destino no está en tocar la batería, sin embargo…

De vuelta al restaurante, nos sentamos y disfrutamos una cena maravillosa. Los ingredientes se servían en platos pequeños y me enseñaron a mezclar carne, verduras, caldo y huevo para crear un plato riquísimo de fideos. Inés cenó algo parecido así que compartimos un poco de todo antes de pagar y volver a subir a la habitación.

La noche aún era joven, sin embargo. Ya que los baños termales del tejado del hotel se quedaban abiertos hasta la medianoche, Inés hizo la sugerencia inteligente de subir allí y aprovechar de nuestra única noche en este hotel pijo. Nos vestimos en una especie de bata tradicional y nos acercamos al onsen.

No teníamos ni idea de cómo se ataba la faja pero creo que nos apañamos bien.

Por el camino, Inés me explicó cómo navegar los baños, que se encuentran separados por género ya que hay que bañarse completamente desnudo. No sabía como me iba a sentir con respeto a la desnudez, pero entré, me desvestí y pasé a la zona de limpieza. Ahí tuve que sentarme en un taburete bajo de madera y limpiarme a fondo. Había todo tipo de jabones, una ducha y mi invento favorito de todos en la forma de un balde de madera. Este se llenaba rápido a través de un grifo enorme y se usaba para quitarse la espuma de golpe.

Sintiéndome muy limpio, relajado y sorprendentemente sin vergüenza ninguna, me eché al primero de los vasos y me quedé apreciando las vistas nocturnas sobre las montañas. Pasé las siguientes dos horas cambiando entre baños, el sauna y una piscina pequeña de agua fría. Durante el tiempo fuera del agua, me asomé por un balcón a ver el valle y a que me refrescara el aire fresco de la noche.

Ahora muy tranquilo pero aún más cansado, me volví a vestir en la bata y volví a bajar a la habitación. Inés llegó pasados unos minutos y por fin nos acostamos sobre la 1 de la madrugada. Había sido un día maravilloso, con el momento destacado siendo la experiencia corporal del onsen.


Nuestros despertadores sonaron temprano ya que queríamos volver a aprovechar de cada minuto de la mañana antes de tener que irnos. En primer lugar teníamos el desayuno, que era al estilo bufé y que nos tenía esperando fuera debido al tamaño enorme del hotel. Al final no tuvo nada que ver con el típico desayuno de hotel europeo: ofrecía de todo, desde pequeñas tortillas hasta fideos y sopas. Era un batiburrillo de delicias.

Inés y yo logramos completar dos rondas del bufé antes de rendirnos ante la gula y subir a la habitación para desalojarla a tiempo. En un momento de desvergüenza total, dejamos las maletas con el portero y nos colamos en el otro onsen, disfrutando de unas horas más de baños termales después de hacer el checkout. ¡Menudo morro el nuestro!

Este segundo onsen era igual de guay que el de la noche anterior, aunque tenía otro aire ya que era de día y las piscinas de este se encontraban en el exterior, entre rocas naturales y árboles altos. Vi un pájaro bañarse en una fuente dentro del bosque vecino a mi piscina y me quedé envuelto por paz.

Creo que los onsen son uno de mis aspectos favoritos de Japón.

Al llegar la hora en la que habíamos quedado en reunirnos, salí del agua, me vestí y le busqué a Inés. Los dos nos sentamos en un salón bonito un buen rato, hablando sobre nuestros pensamientos acerca de todo tipo de temas. Al acabar, volvimos a la recepción a ver si había manera de volver a la estación de tren sin tener que bajar la cuesta horrorosa que nos había intentado matar a los dos unas 24 horas antes.

Resulta que había un autobús desde el hotel a Arima y de vuelta que salía cada veinte minutos, un hecho que ojalá hubiéramos sabido el día antes. Nos subimos a la lanzadera y luego al tren que nos llevaría al siguiente destino. Este era un lugar que Inés conocía de sobra y que me ayudaría a descubrir al empezar la segunda semana de mi aventura nipona…

Kioto

16.08.23 — Kioto

Tras un par de horas de sudoku en el tren bala desde Tokio, los altavoces anunciaron que efectuaríamos una breve parada en Kioto y que los que se fueran a bajar estuvieran bien preparados. Un poco agobiado por la idea de perder mi parada, cogí mis cosas con prisa y me eché del tren a la humedad sofocante de Kioto.

Enseguida procedí a perderme en la estación mientras buscaba una manera de bajar a las líneas del metro sin tener que cargar mi maleta por las escaleras. Al final me rendí y tuve que hacer justo eso, así que supuso un gran alivio la llegada del tren y sus vagones frescos del aire acondicionado.

El hotel que había reservado me trajo muchos recuerdos. Hace unos años trabajamos en la actualización de la marca de la cadena hostelera EN Hotel en Erretres. Había avisado al equipo de EN Hotel de que iba a visitar este, el primero de sus hoteles que se renovó con la nueva marca, y me conmovió encontrar en la habitación una nota de ellos que me dio la bienvenida a la ciudad.

Cansado del viaje, me eché a la cama a dormir la siesta, después de la cual salí a explorar de noche el centro de Kioto y buscar algo de cena. Por el camino me topé con un festival callejero que formó parte de las festividades de le época, así que me quedé un rato sacando fotos. Luego me acerqué a un restaurante de curry japonés que habían recomendado mis contactos del hotel.

Estas linternas formaban parte de una carroza enorme.

Mi primera experiencia en un restaurante japonés no empezó del todo bien. Me senté y pedí antes de darme cuenta que no llevaba efectivo encima. Pregunté si podía pagar con tarjeta, obtuve una respuesta negativa y tuve que preguntar dónde se encontraba el cajero más cercano. Mientras el tío de la barra empezaba a preparar mi cena, yo estuve corriendo hacia un Family Mart para sacar dinero. ¡Menudo comienzo!

El drama valió la pena al final: el curry estuvo riquísimo, aunque eso sí, picaba lo suyo. Esto se solucionó fácilmente con el yogur y las verduras en vinagre que venían con el plato. Mientras disfrutaba del plato y su buena presentación, el cocinero me preguntó de dónde era. Le expliqué que soy del norte de Inglaterra y de un pueblo cerca de Mánchester, después de lo cual fue y cambió la música del bar a un álbum de The Smiths, un pequeño gesto que me tenía sonriendo como un tonto.

Al acabar mi cena, hablé un rato con el dueño del restaurante antes de salir a explorar un poco el centro de Kioto. Me crucé con una de las vías principales, la cual se veía pintoresca al estar decorada por linternas y otros motivos. El cansancio me llegó enseguida, sin embargo, así que cogí un autobús un par de paradas a mi hotel y me fui a la cama.


El día siguiente desayuné en el hotel y cogí un autobús al barrio de Gion en el este de la ciudad. Esta es la zona más famosa de Kioto, conocida por sus templos, sus geishas y sus calles estrechas que lo conectan todo. Tras empezar el día sudado y perturbado por un tufo, estaba esperando que el primer templo me levantaría el ánimo y aportar un poco de sombra.

Este era el templo de Yasaka, un complejo bonito y lleno de estructuras, linternas y sendas. Estos caminos pasaban entre bosques frondosos salpicados por santuarios y otros símbolos. Uno de mis descubrimientos favoritos fue el lavabo lleno de flores que aparece en la foto de arriba.

A pesar de estar rodeado por tanta belleza, en breve me venció el calor opresivo. Para recuperarme me bebí un Aquarius, salí del templo y me senté debajo de un árbol bonito en una zona verde detrás del templo. Esta zona era el parque Maruyama, un sitio que entiendo que luce muy bonito en primavera gracias a su cerezos, pero en ese momento me valía a modo de un santuario del sol constante.

Cuando ya me encontraba mejor, salí del parque y me metí en el laberinto de calles antiguas que forman Gion. Pasé por muchos edificios bonitos que demostraban las distintas épocas arquitectónicas de Japón, desde santuarios de madera roja hasta casas minimalistas.

Los edificios que abrazan las calles de Gion son una pasada.

Un detalle tonto que me fascinaba fue la manera en la cual desaguan los tejados. En vez de contar con una tubería vertical del canalón al suelo, la mayoría de los edificios empleaban una cosa que se llama kusari-doi o una “cadena de lluvia”. Esta consiste en una cadena de cubitos decorados de metal por los cual pasa el agua en serie, creando un pequeño espectáculo del flujo de agua. Quisiera haber visto una en acción, pero no había posibilidades de que lloviera con el sol omnipresente…

Pasado un rato, me topé con una escalera que llevaba hacia lo que parecía una entrada a otro templo. Ya que no tenía plan ninguno, seguí mi curiosidad y subí hacia arriba, pagando una entrada para explorar este siguiente templo.

Resulta que este templo se llama Kōdai-ji y es uno de los santuarios más famosos que forman este barrio antiguo. Entre los árboles pude ver unas vistas impresionantes sobre la ciudad y las montañas en el fondo, pero las verdaderas joyas se encontraban dentro del complejo en sí.

Estuve encantado por las sendas tranquilas que me llevaban entre edificios delicados de madera y el bosque que los rodeaba, pero los espacios interiores también eran muy memorables. Me descalcé y entré para explorar el gran salón del santuario, descansé bajo los tejados de madera de los caminos y hasta caminé solo entre un bosque de bambú. No era el bosque famoso de Arashiyama, pero estar solo entre estas inmensas plantas fue una experiencia única, una que creo que solo se posibilitó por el calor que había echado a huir a los turistas prudentes.

Me encantó mi paseo solitario por el bosque de bambú.

Desde allí salí del santuario y me encontré por las acalles de Gion nuevamente. Un poco cansado ya de los templos, me dirigí al centro para ver la vista famosa de la pagoda Hōkan-ji desde una cuesta de casas tradicionales. Después de la mala suerte con el fiasco de mi pasaporte en Tokio, ahora estuve en plena racha de buena suerte, por lo cual encontré la calle vacía y pude sacar una buena foto.

El helado se apreció muchísimo.

Tocaba poner fin a mi experiencia por Gion, así que fui a coger un helado de té macha antes de volver al centro de Kioto. El té macha no es que sea mi sabor preferido, ¡pero dio el pego!

El camino de vuelta al hotel me llevó por los jardines del templo Kennin-ji, así que divagué un poco de la ruta para refrescarme entre sus árboles y tranquilizarme con los sonidos de las aguas corrientes.

Fue una locura el cambio repentino entre el entorno urbano y los jardines.

Después de coger un autobús de vuelta al centro, pasé por mi hotel y me metí en las calles pequeñas a su lado. Estas me llevaron entre hoteles tradicionales que se llaman ryokans. Luego llegué a mi destino, un restaurante que me habían recomendado por su comida obanzai. Obanzai es una costumbre culinaria nativa a Kioto en la cual los ingredientes tienen que ser de temporada y la mitad de ellos tienen que proceder de la ciudad.

Otro aspecto de obanzai que nadie me había mencionado es que es un menú cerrado. Esto lo descubrí al sentarme e inmediatamente ser servido una serie de platos en sucesión rápida. Todo vino acompañado por té verde ilimitado que técnicamente no puedo tomar por su contenido de cafeína, pero que me sentí obligado a beber como parte esencial de la experiencia. No me quejo, sin embargo, ya que la comida estuvo deliciosas y me costó solo 1.000¥, que en ese momento equivalían a 6,50€.

Los pequeños callejones de Kioto son una maravilla.

Para digerir la comida volví al hotel, donde me eché la siesta, me duché y luego salí a ver otro templo. Este fue Fushimi Inari Taisha, un lugar famoso en todo el mundo por su camino impresionante cubierto por miles de torii. Según mis investigaciones, la montaña en la cual se ubica el santuario podría acoger hasta 10.000 de estas puertas rojas. Esto me lo creo ya que vi muchísimas y eso que solo visité una pequeña sección del complejo.

Aquí va el selfie obligatorio para probar que estuve de verdad.

Pasado un rato mis piernas ya me dolían y el calor ya imponía mucho, así que volví a coger un tren al centro de la ciudad. Al llegar, calculé que me quedaba tiempo suficiente como para recorrer un poco más por Gion y quizá ver el atardecer detrás de la pagoda que había visto antes. Me quedaba una cuesta importante por delante, pero subí con prisa para intentar aventajar al sol poniente.

Esta calle descendiente era igual de tranquila que bonita.

Quizá hubiera venido bien que llegara media hora antes, pero de todas formas alcancé la zona donde quería estar justo a tiempo para ver el sol ponerse detrás de las montañas a lo lejos. Fue un momento bonito, pero al bajar la calle hacia la pagoda vi que mucha gente había tenido la misma idea que yo y se habían acercado al barrio a ver el ocaso. No cabía un alfiler en la calle.

Pero mi nueva racha de buena suerte me volvió a salvar. Encontré un pequeño nicho que ofrecía unas vistas maravillosas sobre Gion. Desde allí saqué la mejor foto del viaje a Kioto. La dejo abajo sin retoques ni nada.

La escena prototípica de una tarde en Kioto.

Al finalizar el atardecer, volví al hotel antes de salir a cenar. Inés me recomendó que visitara un restaurante de ramen que le había gustado cuando vino a Kioto, así que me acerqué en autobús y me uní a la cola para pedir. La fila en Ichiaran avanzaba despacio así que me puse a hablar con una familia de Francia: los pobres estaban algo confundidos por el sistema de pedir ya que acababan de llegar a Japón.

Tras intentar explicarme lo mejor que podía, me llamaron a pedir en la máquina expendedora y incorporarme en la segunda cola, esta para esperar un asiento en una de las cabinas. Estas son compartimentos individuales en los cuales te sientas entre dos pantallas de madera en los laterales con un espacio en frente de ti para comer. Al fondo hay una cortina de palos de bambú que los cocineros pueden abrir para coger tu pedido y luego servirte la comida.

Intrigado por el sistema, solo me desvié de la sugerencia del chef en un aspecto al pedir mi ramen. Pedí que el caldo estuviera un poco más intenso: me encanta un sabor fuertecillo. Esto lo pedí al subrayar una serie de opciones en un tique, lo cual se cogió al instante por una mano anónima y que enseguida se intercambió por la comida. Esta fue un cuenco humeante de ramen, un huevo aún en su cáscara y un plato de más carne y algas para incorporar al ramen después.

En primer lugar abrí el huevo y me quedé completamente desconcertado de cómo habían salarlo a la perfección sin ni abrirlo. Resolví a investigarlo (me queda pendiente), configuré mi cuenco de ramen y probé mi primer bocado de fideos. No estoy exagerando al decir que casi me puse a llorar: creo que no había comido nada así de rico en mi vide entera. Dicho eso, no creo que haga falta que elabore más sobre el asunto. Puedes imaginar que mi día largo por Kioto había acabado con broche de oro: con la mejor cena de mi vida.


La mañana siguiente tuve que madrugar (bueno, las 9am para mí era como si fuera madrugar) para hacer el check out y coger el segundo tren bala del viaje. Otra vez tuve que arrastrar mi maleta por las calles torcidas de Kioto, subirme al metro y buscar el andén correcto para el viaje hacia el sur…


Kioto, al igual que Tokio, había sido una verdadera pasada. Aunque las dos son ciudades enormes, el tiempo que pasé en el barrio de Gion dio la impresión de dejar atrás el casco urbano para poder explorar el lado más natural y tradicional de Japón. Los santuarios, las calles y el ramen excelente me quedarán grabados en el cerebro para siempre.