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Boston y RI

11.01.26 — Boston

Boston y RI

11.01.26 — Boston

Seis horas me da para volar de España a Canadá, pero echar seis horas en el coche no se considera nada raro en los Estados Unidos. Eso me dijo Megan mientras nos conducía hacia Boston, la ciudad donde estudió y que queda a unas seis horas en coche de Burlington.

Boston es el lugar que más europeo me ha parecido de todos los sitios estadounidenses en los que he estado. El metro tenía un rollo parisino, las calles parecían inglesas y los cannoli que zampamos sabían a Italia. Me sentía en casa hasta ver a la gente con sus gorras y sus acentos yanquis hablando de ir a ver el «ball game».

Resulta que era justo al «ball game» al que íbamos Megan y yo. Un sitio llamado Fenway Park es el hogar de los Boston Red Sox, un equipo que me sonaba vagamente y del cual Megan es muy fan. Nos consiguió unas entradas de última hora mientras el sonido del himno nacional resonaba por el estadio, una experiencia bastante rara como extranjero. Teníamos unas butacas en lo alto de las gradas, pero nos colamos en un sitio mejor cuando se fueron unos cuantos durante el partido. Eso a mí realmente me daba igual, ya que aún no entiendo este deporte en el que los jugadores parecen echar la mayoría del rato parados sin hacer nada. Por eso pasé la mayoría del tiempo probando los mejores/peores platos típicos del estadio.

Esa noche, y mientras cruzábamos un puente sobre el puerto, se abrieron los cielos. Llegamos a casa calados hasta los huesos, por lo cual fue un milagro que no nos encontráramos con resfriados importantes al día siguiente al subirnos al coche de camino al siguiente destino: Rhode Island.

La parte paterna de la familia de Megan viene del estado más pequeño del país, un lugar con un acento bastante peculiar. Esto lo aprendí mientras probaba el famoso clam chowder en un restaurante de mariscos con vistas a la playa. Pasamos unos días en compañía de la tía y la prima de Megan, pero también pudimos escaparnos a probar un helado rico, comer en un sitio modernillo y pasar la última noche caminando por la playa hasta un bar mítico que da al mar.

Mientras disfrutaba de la música country en vivo en esta taberna tambaleante y llena de personajes, reflexioné sobre cómo cada decisión y acontecimiento en mi vida me había llevado a estar en este sitio aleatorio en este momento concreto. Pero, y solo después de conseguir despegarme de una señora borracha con gorro vaquero que me había obligado a bailar con ella, tuve ocasión de pensarlo mejor mientras hablaba con Megan y miraba las olas. Me di cuenta de que no había mejor sitio para estar ahora mismo.

Montañas verdes

16.08.24 — Vermont

Montañas verdes

16.08.24 — Vermont

Este es el tercer año que veraneo en Vermont, un lugar al que suelo volver. No hay nada como descansar en plena naturaleza mientras visito a gente que quiero. Y, siendo Estados Unidos, ¡ni siquiera hace falta que aprenda ningún idioma nuevo para viajar!

Como dicen allí, el viaje de este año fue un doozy (algo extraordinario). Reunido con Megan y su familia, visité piscinas naturales, hice senderismo, participé en parrilladas, monté en kayak en el lago Champlain y tomé café de mierda en mi diner de confianza en Burlington.

La mayoría de las noches las pasamos en casa de Maureen, pero en alguna que otra ocasión sí que nos aventuramos a salir después del atardecer. Una noche la pasamos siendo devorados por mosquitos en un autocine, un plan que me gustó mucho a pesar de los bichos infernales. Otra noche la pasamos en un campamento, un lugar al que llegamos con chuches, salchichas y una botella de agua… pero sin tienda de campaña. Habíamos visto la previsión de tormentas eléctricas y decidimos que, dadas las técnicas de supervivencia de las que disponemos Megan y yo, lo más probable es que muriéramos si intentábamos pasar la noche. Al final fue una buena decisión: los cielos se abrieron tras un par de copas de vino. Pocos momentos después, ya estábamos huyendo hacia la cálida seguridad de casa, mientras la lluvia apagaba la hoguera que tanto nos había costado montar.

Son momentos tontos como estos los que hacen que Vermont sea mi destino de confianza. Es verdad que la gente hace el lugar, pero también es cierto que es el refugio ideal para escapar del día a día. Te abrazan las montañas verdes que dan nombre al estado.

Todo lo bueno debe llegar a su fin, sin embargo, y este viaje terminó con una despedida desde el tren que tomé hacia el sur. De eso os contaré más en la siguiente entrada.

Oslo, bebé

17.06.24 — Oslo

Oslo, bebé

17.06.24 — Oslo

Mi vida suele ser ajetreada. Puede suponer un reto compaginar mi trabajo con mis pasatiempos mientras me mantengo al tanto de mis amigos, que están repartidos por todo el mundo. Un reto puede ser, pero es un reto muy gratificante.

Uno de estos amigos a distancia es Heidi, que vive en Oslo con su pareja, Axel. He visitado a ambos en alguna que otra ocasión, pero en esta ocasión subí al avión con aún más ilusión, ya que viajaba a conocer a un nuevo miembro de su familia: ¡su hija recién nacida!

A pesar del frío, los días que pasé con Heidi y Axel se llenaron de calidez: acomodarme en su casa y acompañarlos en su viaje como padres primerizos fue un descanso refrescante de los agobios de la vida madrileña. Fue un gusto verlos, pero también poder reunirme con sus amigos y familia, a quienes he ido conociendo con los años.

Luego está la ubicación: Oslo es una capital como ninguna que haya visitado; su rollo relajado no tiene igual, potenciado por lugares acogedores en los que tomarse un café y ver el mundo pasar. Visité la nueva biblioteca municipal, nos reunimos con amigos al lado del fiordo para picar algo y aprovechamos al máximo los bares y restaurantes para pasar horas conversando.

La boda de Heidi y Axel se celebrará en tan solo un año, por lo que me sentí muy agradecido por poder pasar tiempo de calidad con la pareja y su nuevo bebé antes de que empiecen las grandes celebraciones.

Sophie y Joe

01.06.24 — Saltaire

Sophie y Joe

01.06.24 — Saltaire

La universidad fue una experiencia agridulce. Lo bonito fueron las amistades que se formaron; lo difícil, el estrés de los estudios. Mis amigos y yo éramos todos frikis del diseño con las mismas fechas de entrega, lo que dio lugar a un revoltijo de tensiones y apoyo mutuo que luego sirvió para forjar relaciones que perduran hasta el día de hoy.

Una de estas personas fue Sophie, con quien empecé a relacionarme con un tono cómico desde el primer día. Cuando llegó su pareja, Joe, las cosas no cambiaron: las risas surgen con naturalidad cuando el amor es profundo.

Por eso me hizo muchísima ilusión recibir una bonita invitación por correo, convocándome a celebrar con Sophie y Joe en el pintoresco pueblo de Saltaire. Es un pueblo victoriano modelo al que tengo mucho cariño, ya que mi padre solía llevar a mi hermana y a mí a pasar el día entre las antiguas casas adosadas y la fábrica renovada que se encuentra en el centro del pueblo.

No se podía haber pedido un día mejor para celebrar la boda. El sol iluminaba las calles empedradas mientras entrábamos en la iglesia, destacando también la bonita pintura azul del interior mientras Sophie y Joe intercambiaban sus votos. La ceremonia y la celebración posterior fueron un auténtico gozo, ya que todo se sentía tan natural, íntimo y personal: desde los detalles de boda hechos a mano hasta la comida, que fue un plato típico de la clase obrera británica.

Más allá de ser una boda preciosa, el día sirvió también para que los viejos amigos nos pusiéramos al día. Dadas nuestras vidas adultas y ajetreadas, pocas veces surge la oportunidad de reunirnos todos en una misma sala, así que aprovechamos al máximo para charlar, bailar y hablar con el corazón en la mano mientras nos colábamos por la salida de emergencia para tomar el fresco.

Volviendo a lo que decía al principio: la vida es curiosa. Érase un tiempo en que todos estábamos agobiados en la misma situación, pero ahora somos adultos que seguimos cada uno nuestro camino y simplemente prosperamos.

¡Vivan los novios!

Carrete de Vermont

28.05.24 — Vermont

Carrete de Vermont

28.05.24 — Vermont

Lo bonito de la fotografía manual es que nunca sabes qué has capturado hasta que te devuelven las fotos reveladas. Lo feo es la espera, que en mi caso suele ser larga: los carretes se vuelven cada vez más caros, así que saco la cámara analógica solo en ocasiones especiales.

Y un viaje a Vermont siempre es una ocasión especial. Por eso me hizo mucha ilusión encontrar, dentro de la última tanda de fotos, alguna que otra imagen de mi viaje a Estados Unidos del año pasado. Son de un par de planes que hicimos Megan y yo: uno para ver el atardecer sobre el lago Champlain y otro en el que fuimos a mojarnos los pies en una piscina natural, de las muchas que hay repartidas por el estado.

Puedes leer más sobre este viaje en las entradas del blog correspondientes, pero por ahora te dejo con algunas de las mejores fotos del carrete, que documentan recuerdos muy bonitos.