El alta de la fisioterapia y la vuelta al trabajo significaban que tendría, por fin, la libertad de viajar. Desde el accidente no había podido salir de la Comunidad de Madrid, por lo que me puse a buscar algún sitio —cualquier sitio— al que ir. Esta búsqueda de un cambio de aires, naturalmente, me llevó a Asturias.
Asturias es un sitio al que volveré siempre. Desde que mi amigo asturiano Kevin me lo presentó, he sentido una fuerte atracción por este pedazo de la costa norte. Su gente, su paisaje, su comida: algo tiene esta región celta que la hace sentir hogareña para mí.
Cuando Sara me dijo que iría a visitar su ciudad natal, Gijón (Xixón en asturiano), supe adónde tenía que ir. Puede que no sea la ciudad más interesante ni la más bonita de la península, pero es un lugar al que tengo mucho cariño.
Me permití el capricho de un hotel y tampoco me corté a la hora de pedir comida. El deseo insaciable de hacer todo lo que no había podido antes me recordaba a la época pospandémica, una época en la que todos buscábamos, como locos, viajar, celebrar y simplemente vivir un poco más después de tanto tiempo encerrados en casa. Pasé tiempo con Sara y sus amigos, bebí sidra aunque no debería y me quedé viendo el ocaso desde la habitación del hotel que mi dinerito me había costado. Me sentía desafiante, me sentía bien. Ya había tenido mi primera prueba de la normalidad, pero esta era la primera prueba de la libertad —y la primera prueba de un cachopo decente en bastante tiempo…






























