Tras recibir a Ellie y Johann aquí en Madrid, ahora me tocaba a mí ser recibido. Este viaje trató de visitarle a Rhea en Londres, un viaje que tuve que retrasar debido al fiasco que sufrí al romperse mi pasaporte en Tokio. Originalmente iba a viajar a la capital de la patria justo después de este viaje a Japón, pero al final tuve que esperar un par de meses más.
Mi vuelo a Stansted aterrizó sobre las 4:30pm, lo cual significó que ya era de noche al llegar en el Reino Unido. Mientras mi tren avanzaba hasta el centro de Londres, revisé las instrucciones que me había mandado Rhea para llegar a su casa ya que tendría que entrar yo con la llave que me había dejado.
Ella andaba por Leeds, la ciudad en el norte de Inglaterra donde estudiamos juntos. Ahí estaba celebrando el compromiso de nuestra amiga Sophie, así que tuve que acercarme a su piso en Londres acompañado tan solo por una bolsa de patatas fritas de aro de cebolla que compré en Tesco, un supermercado británico. Echo de menos el Tesco.
Hacía frío, era de noche y había mucha gente por la calle, pero por lo menos pude ir al Tesco.
Una vez instalado en la casa de Rhea, me acerqué a otro supermercado para pillar unas cosas para que Rhea luego pudiera hacer la cena al llegar. Como es su estilo, preparó un plato delicioso y lo disfrutamos juntos antes de irnos a dormir.
El día siguiente salimos a desayunar en la panadería preferida de Rhea. No me decepcionó nada su selección de pasteles y panes y café rico. Desde allí bajamos la calle de Portabello Road, un mercado callejero mítico que ofrece todo tipo de antigüedades y productos de segunda mano.
El olor de pan recién salido del horno era irresistible.
A mediodía le dejé a Rhea en una librería para acercarme a la estación de metro. Había quedado mi hermana Ellie, que también andaba por Londres. ¡Como si no la tuviera ya muy vista tras su visita a Madrid apenas unos días antes!
Me bajé del metro en Richmond, donde me recibió mi hermana mientras hablaba por teléfono con mis padres. Me enseñó el centro de este pueblo bonito de Londres, incluido el río donde se me hizo caca encima una gaviota. ¡Encima me manchó el abrigo nuevo!
Tras cotillear unas tiendas y las calles curiosas del casco viejo de Richmond, andábamos con hambre así que nos metimos en un restaurante italiano local en busca de zampar algo rico. El sitio cumplió su función: compartimos unos platos deliciosos mientras nos pusimos al tanto. Fue una manera muy agradable de pasar un domingo por la tarde.
Después de la comida Ellie se tuvo que ir, por lo cual yo volví al barrio de Ladbroke Grove para reunirme de nuevo con Rhea. Luego salimos a pasar la tarde noche juntos en Camden, donde pillamos comida china callejera muy rica y subimos hasta la cima de una colina para intentar ver los fuegos artificiales de la Noche de Guy Fawkes.
Este festivo británico se celebra cada 5 de noviembre con hogueras y fuegos artificiales para conmemorar el atentado al parlamento británico del 1605. Un tal Guy Fawkes intentó tumbar el edificio con pólvora, por lo caul celebramos su fracaso quemando imágenes de él encima de hogueras públicas: cosas de Inglaterra…
Esta foto la saco la tía del puesto de comida que no paraba de llamarle a Rhea «una señora muy guapa».
Nuestra aventura al final fue un fracaso. No encontré bonfire toffee (un dulce típico del festivo), tampoco había bengalas a la venta y tampoco vimos muchos fuegos artificiales. Uno sabe que ha sido un fiasco cuando la multitud acaba gritando y celebrando el fuego artificial más pequeño del fondo. El espíritu británico en toda regla.
El día siguiente fui a trabajar en una oficina compartida y luego volví a la casa de Rhea para pasar una noche con Izzy. Llevo sin verle a Izzy desde que vino a visitarme en Madrid hace un par de años. Los tres quedamos un buen rato hablando con una cena deliciosa preparada por Rhea. Comentamos que la quedada nos recordaba a los años que vivimos juntos durante la universidad.
Rhea me acompañó a la oficina el día siguiente y juntos conseguimos unas entradas para ver un musical esa misma noche. Nos costaron tan solo £25 cada uno, así que salimos con ganas para pasar una tarde viendo The Book of Mormon en el West End.
La función fue graciosísima: se nos caían las lágrimas de la risa durante la duración entera. Fue curioso que acabáramos viendo The Book of Mormon, ya que unos días antes de mi viaje a Londres había visto que había llegado el musical aquí en Madrid también. Me alegro de haberlo visto en mi idioma nativo, sin embargo. Pero eso sí, me da curiosidad ver como se han traducido las bromas al castellano.
El día siguiente lo tenía libre ya que volvía ese día a Madrid. Ya que yo no volaba hasta la tarde, Rhea y yo salimos otra vez a desayunar unos cruasanes y café en la panadería local. Luego Rhea se tuvo que ir así que me despedí de ella y le di las gracias por acogerme tan bien. Desde su barrio me acerqué al mercado de Spitalfields para ver que había por ese barrio de Londres.
El mercado me gustó, pero se me hizo muy concurrido y comercializado.
Mientras andaba en el tren de vuelta al Aeropuerto de Stansted fui hablando con Loredana y David que estaban pasando el día en Madrid antes de volar a América del Sur para pasar un mes de vacaciones. Desafortunadamente ellos iban a despegar justo a la misma hora que yo llegaba, así que no iba a poder verlos por una cuestión de horas. ¡Vaya!
Al llegar en Madrid, no obstante, me sorprendió ver que Loredana aún estaba en línea y enviándome mensajes. Resultó que su vuelo se había retrasado un poco, así que si yo podría desplazarme de la T1 hasta la T4 a tiempo tal vez pudiera saludarles durante cinco minutos antes de que se fueran. Fui corriendo a coger el autobús del aeropuerto, pasé el viaje esperando que el autobusero lo pisara un poco más fuerte y luego me bajé y entré en la T4 volando. Allí casi me choqué con los dos que justo habían acabado de facturar las maletas en el momento que llegué.
Ilusionadísimos de vernos y sin creernos la coincidencia perfecta que se acababa de montar, los tres pasamos diez minutos hablando y abrazándonos en una T4 que ya se encontraba prácticamente vacía. Me despedí de ellos y se fueron de camino a Chile mientras yo me fui de camino al Cercanías para acercarme al barrio. Una vez allí, pasé por mi bar de confianza y me pedí una bocata de lomo y queso para llevar.
Si tuviera que elegir entre el Tesco y el bar de mi barrio, no sé cuál acabaría ganando…
Apenas una semana después de ir a Cuenca por trabajo y tan solo quince días después de aterrizar en España tras mi visita a los Estados Unidos, me tocaba limpiar la casa y alistarla para la llegada de un par de visitantes: Ellie y Johann. Mi hermana suele venir una vez al año pero hace ya cinco años que no viene con Johann, su pareja.
Tras recogerlos del aeropuerto, nuestra prioridad era encontrar algo que cenar. Visitamos un restaurante griego maravilloso al lado de mi casa y cenamos unos platos riquísimos, entre ellos unas zanahorias asadas que me dejaron loco. Desde allí nos acercamos al Matadero, donde se habían montado una serie de instalaciones de Luz Madrid.
Como te puedes imaginar, soy muy fan de esta celebración anual de la luz y la iluminación. La última vez que pude disfrutarla fue ya hace dos años, asó que andaba con ganas de ver lo que traería la edición de este año. Llegamos y la cosa no decepcionó; había todo tipo de instalaciones, entre ellas mi favorita que fue una gran estrella montada entre la estructura de la torre de agua del Matadero.
Luego seguimos nuestro camino por el río, pasando por otras instalaciones como una matriz de focos parpadeantes bajo un puente y luego una serie de flexos que cambiaban de color. Ellie y Johann también se montaron en unos toboganes por el camino, lo cual casi fue un peligro…
Aquí ves el contorno de Ellie en la oscuridad bajo el flexo.
Al cruzar el puente empezó a llover de una manera muy madrileña: de repente y con ganas. Lo tomamos como una señal de que era hora de volver a casa y dormir, así que nos refugiamos bajo un toldo y pillamos un taxi.
El día siguiente hacía bueno de nuevo, por lo cual cogimos el metro hasta el centro para ir de compras y hacer un poco de turisteo. Por supuesto que entre estas actividades figuraron desayunar churros y comer pizza en el restaurante italiano que más le gusta a mi hermana.
Al ponerse el sol volvimos a salir para explorar un poco más de Luz Madrid, pero no antes de tomarnos unas cañas en un bar. Esa noche nos encontrábamos por la Plaza de España, donde parecía haber aterrizado una nave espacial enorme y colorida.
Luego yo quería ver una instalación montada dentro de una iglesia, pero había mucha cola, teníamos hambre y se había puesto a llover de nuevo. Por eso bajamos un par de calles hasta un restaurante cerca de mi antigua oficina, un sitio que antes frecuentaba con mis compañeros y en que sabía que nos pondrían una buena ración de patatas bravas.
Al acabar la cena improvisada volvimos a la iglesia y nos metimos en la cola. Valió la espera al final: la instalación fue una delicia visual que contaba con focos, espejos y otros efectos sincronizados con la música y en este entorno tan especial.
Siempre me ha encantado el uso del humo para visualizar los rayos de luz.
El día siguiente fuimos a comer tacos y luego nos reunimos por la tarde para ir a ver el atardecer desde el Cerro del Tío Pío. Picamos unas patatas, disfrutamos las vistas panorámicas sobre la ciudad y empezamos a temblarnos cuando el sol poniente trajo el frío tajante del invierno madrileño.
Este parque es uno de los mejores sitios para apreciar la silueta de Madrid.
Ya que yo llevaba tiempo queriendo visitar Navacerrada, otro día subimos juntos a la sierra. Como les gusta el senderismo tanto a Ellie como a Johann, cogimos el bus hasta el embalse después de un drama en la estación de Moncloa al darme cuenta de que no llevaba el suelto suficiente como para pagar el viaje de los tres.
Una vez llegamos a Navacerrada nos dio la bienvenida un paisaje muy bonito. Partimos con la intención de caminar por el perímetro entero del embalse pero al final nos desviamos para acercarnos a un pueblo cercano ya que acabamos con bastante hambre y sueño. Al final fue un acierto: encontramos una terraza con estufas para comer y luego cogimos el bus de vuelta a Madrid desde la parada de autobús que quedaba justo al lado del restaurante.
Había sido una excursión larga pero aún quedaban ganas de ver la puesta del sol. Para eso, pillamos una bici los tres y bajamos a un sitio que yo llevaba tiempo queriendo visitar: la Dama del Manzanares. Esta escultura reside encima de una colina artificial en un parque que borda el río cerca de mi casa. Llegamos justo a tiempo para ver los últimos rayos de sol.
Tras volver a casa y devolver las bicis, nos quedaba tiempo suficiente para reunirnos con Luis. Eso hicimos en NAP, la pizzaría que nos gusta a todos, y echamos unas risas mientras cenábamos. Desde allí cruzamos Lavapiés para tomar una copa en Bodegas Lo Máximo, un bar mítico del barrio. ¡Nos lo pasamos pipa!
Esa noche marcó la última de la visita de Ellie y Johann. El día siguiente nos levantamos relativamente temprano para que los pudiera llevar a la estación de tren para que volvieran al aeropuerto. Como siempre, fue un placer recibirlos a los dos aquí y tengo ganas de que vuelvan.
Mi próxima aventura supuso un cambio de roles: me tocó a mí volar al extranjero para pasar unos días en la casa de una amiga. Esa experiencia la dejaré para la siguiente entrada de blog…
Ya de vuelta a España después de mi viaje por los Estados Unidos, no había descanso para mí ya que tuve que volver al trabajo el lunes, el día después de mi aterrizaje. Eso estaba bien, pero luego el jueves tuve que volver a irme de Madrid porque me habían invitado a un evento.
Este viaje corto me llevaría a Cuenca, una ciudad que visité en un día con mis compañeros hace un par de años. Esta vez, sin embargo, me quedaría una noche.
Justo después de acomodarme en mi propia cama, tuve que ir a dormir en otro sitio.
El evento en cuestión fue organizada por la AUGAC, la Asociación de Profesionales de Gabinetes de Comunicación de Universidades y Centros de Investigación del Estado Español. El evento trataba de la comunicación visual y la promoción institucional, así que me invitaron a contar el proyecto de marca que realizamos en Erretres para UDIT.
El viaje a Cuenca casi empezó da manera catastrófica. Otra vez me vi confundido por el lío que está siendo la redirección de trenes de Atocha a Chamartín-Clara Campoamor. Me pasó lo mismo que me pasó al ir a Murcia a principios del año: llegué a Chamartín por los pelos. El viaje en tren luego fue rápido y sin incidencia. Al llegar en Cuenca me subí a un taxi con otra ponente para que nos dejara en el Parador bonito que habían reservado para nosotros.
El Parador era muy grande y muy bonito.
Después de dejar mis cosas volví a salir del hotel para acercarme a un restaurante por el casco viejo en el que me habían invitado a comer. Hacía un tiempo malísimo, con lluvia y viento de sobra, pero el camino por la ciudad me ofreció unas vistas bonitas y luego la comida fue fantástica.
Desde el restaurante bajamos al espacio del evento y en nada ya me encontré encima del plató y hablando del proceso de cambiar la marca de una escuela asociada para que pudiera transformarse en una universidad independiente. Estuve en compañía de otros ponentes muy inspiradores a los que pude conocerles bien después de las charlas. Para facilitar el networking hubo una cata de vinos y luego una cena maravillosa en otro restaurante de la ciudad. ¡Un día redondo!
El día siguiente me levanté tan tarde que me perdí el desayuno y luego casi me perdí el tren ya que el taxi que había reservado llegó muy tarde. La taxista lo pisó fuerte, sin embargo, así que llegue a la estación de tren y a mi AVE a Madrid justo a tiempo. Menuda semana de prisas…
Luego hubo más cosas del trabajo a disfrutar la semana siguiente. Entre ellos figuró un evento especial interno para celebrar nuestro cambio de marca, para el cual pasé un rato con mi compañera montando un regalo para el equipo. Este paquete incluía entre otras cosas un tarjetón con una goma que usamos para lanzarnos bolas de papel durante el desayuno de empresa.
Un par de días después fui de excursión con unos compañeros para visitar a uno de nuestros clientes. Tenían un puesto en la Global Mobility Call, una feria internacional que reunió a las empresas más importantes del sector de la movilidad. Pasamos una mañana por la feria aprendiendo sobre el futuro de la movilidad y probando las nuevas marquesinas de autobús de la comunidad de Madrid.
Para acabar la semana tuve un viernes ajetreado. Hugo había conseguido unas entradas gratis a «Bailo Bailo», un musical que celebra la vida de Rafaella Carrà, cuya música siempre me ha gustado. La función me encantó, pero tuve que largarme durante el descanso ya que tenía que cruzar el centro para llegar a otro teatro a las 8pm. Allí había quedado con Nacho, que estaba visitando desde Praga, en ver otra función.
Al final nuestra tarde fue algo distinto a lo que pensábamos. Al llegar al teatro nos avisaron que la obra duraba cuatro horas y Nacho tenía que estar en casa sobre la medianoche para poder marcharse a coger un vuelo temprano. Por eso decidimos abandonar la función e irnos a cenar en su lugar. Así por lo menos podríamos aprovechar de las pocas horas que teníamos para hablar y ponernos al tanto en condiciones. Al final se unió una amiga suya y los tres nos lo pasamos pipa.
Dejo esta entrada por aquí, sin embargo, ya que el día siguiente llegaron un para de visitantes a Madrid y lo que acabamos haciendo merece su propia entrada…
Puede que ya hayas visto que poco a poco he estado escribiendo entradas de blog que documentan los quince días que pasé en Canadá y EEUU a principios de octubre. Fueron tan solo dos semanas, pero hice bastantes cosas así que partí la visita en seis entradas. Las recojo a continuación:
De vuelta a Montreal
Llego a las Américas para comer poutine y pasar un finde de relax con Megan y Mallory. Desde allí bajamos y cruzamos la frontera estadounidense.
Por fin Megan y yo podemos pasar un rato juntos. Nos subimos a un barco para ver el atardecer sobre el Lago Champlain y también nos bañamos en una poza.
Se realiza un sueño de Danni y mío al reunirnos en Tennessee para visitar el parque de atracciones de Dolly Parton. Vemos un espectáculo de vaqueros, nos subimos a unas montañas rusas fabulosas y nos echamos unas cuantas risas en esta vuelta por el sur estadounidense.
Como siempre, también puedes empezar con la primera entrada de blog del viaje e irle dando a “Próxima entrada” en el pie de cada página después de leer cada entrada. ¡Espero que os guste!
Mi vuelo desde Burlington fue interesante ya que fue un avión pequeño que nos llevó durante el viaje de una hora y media hasta hacer escala en Washington DC, la capital del país. Salí del avión corriendo y ansioso para efectuar esta conexión, que salía tan solo 40 minutos después del aterrizaje de este primer vuelo, pero nada más bajarme del puente aéreo di la vuelta por una esquina y me topé al instante con la puerta del segundo vuelo. ¡Fue el destino!
Este vuelo me llevó más al sur y hasta Tennessee, donde Danni me recogió del aeropuerto en Knoxville. Desde allí nos condujo una hora hacia el este y hasta Pigeon Forge, la ciudad que nos acogería durante unos días mientras vivíamos un sueño colectivo: ¡íbamos a Dollywood!
Para los que no lo sepáis, Dollywood es un parque temático que tiene como dueña a la mismísima Dolly Parton. Su temática gira alrededor de la música country y el sur estadounidense y el parque en sí se encuentra en medio de las montañas Great Smokey. Danni y yo somos muy fans de tanto las montañas rusas como Dolly Parton, ¡así que este viaje prometía mucho!
No estaríamos «working 9 to 5» durante los próximos días.
Yo había llegado de noche así que lo único que nos quedaba por hacer era irnos a dormir en el hotel que Danni había reservado. El día siguiente desayunamos en la área pequeña de la recepción: ¡vaya experiencia! Observamos mientras los lugareños se llenaban los platos con pan con gravy, gofres con sirope y cereales con leche. Queriendo integrarnos bien, les copiamos el menú. Menuda bomba.
Tras desayunar alrededor de 5.000 calorías cada uno, nos subimos al coche y Danni condujo el tramo corto hasta el parque. Aparcamos el coche, pillamos la tranvía hasta la entrada y nos metimos dentro. ¡Por fin estábamos en Dollywood!
Pasamos un día estupendo de atracciones, picoteo y espectáculos, pero voy a pasar de todo eso por ahora ya que quiero saltar directamente al momento destacado del día: el espectáculo nocturno que fuimos a ver.
Al pillar nuestras entradas a Dollywood habíamos descubierto que el reino del entretenimiento de Dolly incluye unos espectáculos en vivo, entre ellos Stampede (en español, «estampida»). Intrigados por la premisa de un espectáculo de vaqueros, reservamos para verlo el primer día del viaje, lo cual suponía cortar el día en el parque para volver al hotel, echarnos una siesta breve en el hotel y caminar la distancia corta hasta el teatro.
Tardamos 15 minutos en caminar de un sitio a otro, estando los dos a solo 98m el uno del otro y separados por una carretera. Sé la distancia exacta porque la acabo de medir en Google Maps. Gracias a la brillantez de la priorización de los coches encima de todo que se hace en Estados Unidos, tuvimos que caminar por la carretera un rato hasta encontrar un cruce, esperar una eternidad en el semáforo que claramente estaba priorizando a los coches y luego volver a caminar por la otra acera. Al final se nos hizo gracioso todo: el ejemplo ideal del planeamiento urbano terrible que existe en América.
La caminata valió la pena al final porque el espectáculo fue una experiencia total. Llegamos mientras se bajaban grupos enormes de ancianos jubilados de una serie de autobuses y en eso momento supimos que nos iba a gustar el plan. Nos guiaron hasta nuestras butacas alrededor del anfiteatro de arena, nos preguntaron qué queríamos beber durante el espectáculo y luego se bajaron las luces.
El espectáculo fue muy divertida, con momentos cómicos y la participación del público entre escenas peligrosas realizadas a caballo. Luego nos encontramos algo distraídos al llegar la cena en medio del espectáculo: ¡nos sirvieron un pollo asado entero a cada uno! Fue un pollo pequeño, eso sí, pero al final cenamos una cantidad espantosa de comida mientras observábamos la acción suceder.
Creo que el momento más gracioso de la tarde fue justo al final del espectáculo, un momento en el cual todo se volvió muy estadounidense. Mientras sonaba ‘Color Me America‘ de Dolly, el presentador gritó «¡levantaos si estáis muy orgullosos de ser americanos!». En ese momento Danni y yo nos levantamos inmediatamente, gritando y berreando más alto que los estadunidenses verdad que estaban presentes. Donde fueres, haz lo que vieres…
Al irnos saliendo del anfiteatro Danni y yo nos estábamos carcajeando, un ataque de risa que se nos fue a peor al llegar a la tienda de regalos. Probamos todo tipo de productos de vaquero, pero nuestro favorito tuvo que ser este sombrero exaltado por la bandera estadounidense. No sé si se va a apreciar bien en la foto, pero habíamos estado llorando lágrimas reales de risa mientras nos los poníamos.
Salimos del lugar relativamente temprano así que decidimos dar una vuelta a conocer Pigeon Forge un poco mejor. Esta ruta nos llevó por la señal de Dollywood y luego pasamos una series de restaurantes y atracciones decoradas hasta petar con neones. Ente ellas figuraban unas tiendas en las que entramos en busca de un pijama, pero al meternos nos inquietaban los productos que exponían mensajes cuestionables y propaganda ideológica.
Aquí estoy yo junto a la mejor señal que he visto jamás.
Tras dormir bien en el hotel tras un día de pie, estábamos preparados para echar un día entero en el parque. Nos habíamos subido a bastantes atracciones el día anterior pero aún nos quedaban cosas por hacer, así que fuimos a hacer lo que mejor hacemos: crear una estrategia que nos dejara montarnos en las montañas rusas más grandes mientras esquivando las colas más largas.
Esta placa pone que no admiten a las mujeres en esta mina.
Hacía un día estupendo y nuestro plan estaba funcionando a la perfección. Pudimos montarnos en todas las principales montañas rusas antes de que se pusiera el sol. Entre ellas figuraron:
Blazing Fury: una vieja y cubierta montaña rusa de madera que tiene alguna que otra sorpresa.
Thunderhead: la mejor montaña rusa de madera que he experimentado, quizá llegue a ser la mejor montaña rusa a la que me he subido en la vida.
Mystery Mine: una montaña rusa cubierta con una caída más inclinada que una vertical.
Big Bear Mountain: una montaña rusa divertida y apta para toda la familia.
Lightning Rod: una montaña rusa de madera que es única en que te lanza por una subida enorme y luego te lleva por una serie loca de curvas, subidas y bajadas.
Wild Eagle: una montaña rusa en la cual los viajeros están sentados en los lados laterales de la vía en vez de estar encima de ella.
Esta última supuso el ejemplo perfecto de lo que hace que Dollywood sea tan especial. Su ubicación montañosa hace que la mayoría de las montañas rusas empiecen en el valle, se suben por las caras de las montañas y luego desaparecen fuera de la vista para el grueso del viaje. Esta configuración crea unos momentos espantosos mientras al rozar la vía el suelo y también te desorienta y te sorprenda ya que no tienes ni idea de lo que va suceder una vez te montas.
También fue una de las atracciones en las que nos sacaron una foto. Aquí estamos los dos intentando mantener la compostura mientras volamos por la cara de una de las montañas.
Después del atardecer el ambiente mejoró aún más en Dollywood. Junto a la emoción de montarse en una montaña rusa de noche, también se podía disfrutar de las luces. Echamos un rato caminando por el parque para verlo todo y pasamos por todo tipo de esculturas, pasillos iluminados y hasta una discoteca nocturna de terror. Esta caminata nos llevó de vuelta a Thunderhead, la montaña rusa de madera que tanto me había gustado. Acabamos subiéndonoslas tres veces seguidas ya que a esa hora no había cola casi.
El día siguiente volvimos al parque para el tercer y último día. Esta vez teníamos otros objetivos en mente, entre ellos subirnos a una última montaña rusa y buscar el famoso pan de canela que se hornea en el mismo parque. Ya que el sol había salido y hacía algo de calor, echamos un par de vueltas en los troncos. Al llegar de vuelta a la estación no había nadie en la cola así que nos dejaron quedarnos en nuestro tronco y pegarnos otro viaje. ¡Toma!
Tras subirnos a alguna atracción más ya nos apetecía un capricho dulce. Echamos un ojo a los caramelos de una confeccionaría pero al final decidimos que ya era hora de comprarnos un pan de canela. Tuvimos que esperar un rato a que saliera del horno, pero este pan enorme resultó ser una bomba riquísima de canela, azúcar y mantequilla. Hubiéramos guardado la mitad para más tarde, pero la bolsa en la que vino el pan ya estaba tan aceitosa que decidimos acabarlo todo en ese mismo momento.
Ya hinchados de pan, decidimos acercarnos a una atracción que sabíamos que tendría una espera larga para que se nos bajara un poco la comida: Lightning Rod. Esta montaña rosa no es solo única en el mundo por lo cual tiene mucha demanda, también es famosa por ser poco fiable y por estar rota casi más que está operativa.
En ese momento ya hacía bastante calor así que tuvimos suerte al llegar y ver que estaba la atracción operativa, por lo cual pudimos meternos en la cola y disfrutar de la sombra. Sin embargo resultaría que no éramos los únicos en sufrir por la temperatura: el sistema de lanzamiento se sobrecalentó y se rompió justo cuanto íbamos a ser los próximos en subirnos.
Nos encontramos justo detrás de las puertas en la estación y teníamos que decidir entre esperar a que arreglaran la montaña rusa o abortar la misión. Danni y yo no somos de rendirnos y también nos generaba curiosidad ver como arreglarían un fallo así, así que nos sentamos en el suelo de hormigón y observamos mientras el personal de la atracción despachaba coche vacío tras coche vacío.
Eventualmente dieron la luz verde, un momento que celebramos todos con gritos y aplausos. El pobre personal se veía tan cansados como nosotros, pero por lo menos nosotros disfrutamos de la recompensa de poder echarnos un viaje en esta atracción loca. Al pillar una foto a modo de recuerdo de este momento, vimos que la pobre chica en la siguiente fila se lo estaba pasando algo mal…
Nos urgía tanto subirnos a Lightning Rod todas las veces que pudiéramos ya que el 2023 será su último año de operar como está haciéndolo a día de hoy. Ya que el lanzamiento en subida les causa tantos problemas, durante el invierno van a cambiarlo por un elevador de cadena convencional, así que queríamos experimentarlo en su estado actual mientras pudiéramos.
Ya contentos de habernos subido a todas las atracciones, habernos comido todo el picoteo y habernos visto todas las vistas, pedimos a una tía que nos sacara una foto bajo el corpóreo icónico de Dollywood. Antes de salir por última vez del parque, compramos unos regalos en la tienda y luego cogimos el coche para hacer una última aventura antes de irnos de Tennessee.
Cerca de Pigeon Forge hay una gasolinera enorme con un supermercado igual de enorme que se llama Buc-ee’s y que Danni quería visitar. De camino a nuestro destino yo andaba con ganas de picoteo y chicles así que paramos en un supermercado local para coger alguna cosa.
Al entrar en el súper vi algo que para mi es el culmen de la cultura estadounidense: los carros motorizados de compra que utiliza la gente dentro de los supermercados. Nunca había tenido la oportunidad de usar uno, así que me acerqué y me subí a uno.
Estoy al punto de vivir mi sueño americano.
Luego empecé a recorrer el supermercado en mi carro mientras Danni intentaba alargarse de mí, cosa que ahora que lo pienso lo entiendo perfectamente. Llené la cesta con patatas, chocolates y otras guarradas sin tener que levantarme de la silla: la cima de la pereza humana y el consumerismo. Nos echamos unas cuántas risas a pesar de temer por la humanidad…
Aquí va lo que todos queríais: un vídeo de mi nuevo juguete:
Después de pagar y dejar el carro en su sitio, nos acercamos hasta Buc-ee’s. Aparcamos y entramos en otro plano de experiencias americanas: el sitio era una catedral al jarabe de maíz con alta fructuosa y las grasas saturadas. Había una pared entera de máquinas de refresco y puestos con todo tipo de sándwiches de carne y perritos y chucherías y patatas…
Cuando ya se nos pasó el asombro, Danni y yo pillamos un refresco y una cena cero sana. Esta la disfrutamos desde encima de una barbacoa que tenían a la venta en el parking. Fue una manera perfectamente cutre para ponerle lazo a unos días en el sur de los Estados Unidos.
hay nada más americano que una cena de comida industrial en medio de un parking enorme.
El día siguiente solo nos quedaba levantarnos, hacer la maleta y volver juntos al aeropuerto en Knoxville. Allí me despedí de Danni al subirse ella a un vuelo hasta Nueva York para pasar los últimos días de su viaje. Luego yo me subí al primero de dos aviones que me llevarían a cruzar de nuevo el charco.
Durante mi escala en Charlotte, me puse a hablar con una tipa muy charladora que me recomendó unas canciones menos conocidas de Dolly Parton. Me puse a escucharlas durante el segundo vuelo y me gustó una que se llama Mule Skinner Blues. ¿Quien diría que volvería a Madrid escuchando un canto a la tirolesa?
Estoy seguro que después de tantas historias me sobra decir que me lo pasé fenomenal en Pigeon Forge. Fue una experiencia habilitada por y mejorada infinitamente por la presencia de una de mis más viejas amigas. Estáte al loro para ver que planes tenemos juntos para el año que viene y luego para celebrar nuestros 30 años en el 2025…