Fotos analógicas de Murcia

08.12.22 — Murcia

La entrada de hoy supone algo de una ruptura de lo que suelo publicar. Mi idea es ponerme al tanto antes de que las cosas se vuelvan locas en Navidad, pero también quise compartir algunas fotos que me relevaron que me han resultado bastante bonitas.

Igual que las fotos de mi barrio que compartí, estas imágenes vienen de un carrete que lo llevé a que se relevara después de mi viaje por las Américas. No me acuerdo de haber llevado mi cámara analógica a Murcia durante uno de mis numerosos viajes a ver a mis tíos, pero sí que fueron una sorpresa bonita entre las otras que se me devolvieron.

Las primeras dos fotos proceden de uno de los sitios preferidos por mi tía para tomarse un café y picar algo en el paseo marítimo del Mar Menor. La Encarnación cuenta con un patio espléndido lleno de plantas, así que parece que un día aproveché para sacar unas fotos en el sol de la tarde.

Este sitio es igual de bonito y tranquilo que parece.

La tercera y última foto viene de Cartagena, una ciudad que no queda muy lejos de dónde tienen mis tíos su piso. No sé por qué se sacó esta imagen ni que andábamos haciendo, pero reconozco el puerto y las colinas en el fondo.

El otro misterio está en qué son las dos líneas negras que pisan la foto. Al principio me puse a inventar cualquier tipo de teoría loca, pero al subir estas fotos me he dado cuenta (tristemente) que lo más probable es que sean el lazo de la cámara que se metieron en frente de la lente en un momento inoportuno.

No sé qué serán pero le dan una sensación de acción a la foto.

No hay mucho más que comentar sobre estas fotos, ¡así que me despido! Tengo una página en inglés de mis viajes, echadle un ojo si quieres ver cuantas veces he bajado a tierras murcianas.

Clases de pintura y mercadillos

04.12.22 — Madrid

Además de la excursión larga pero divertida a Santander la semana pasada, también he estado haciendo cositas aquí en Madrid a pesar del frío que ha empezado a hacer. Todos mis amigos y yo estamos de acuerdo en que el tiempo actual nos deja sin ganas de hacer nada que no sea descansar en casa.

La primera tarea que tenia quiera fuera la más importante: descansar. Este año y después de la pereza provocada por la pandemia, he estado muy animado y con ganas de hacer de todo. Pero me he dado cuenta que necesito guardarme tiempo para descansar. Esto podría suponer cocinar, pasear por mi barrio o bien apalancarme en el sofá con una copa de vino para ver alguna serie. La semana pasada supuso una vuelta por la ciudad en bici.

Paso por este arco bonito de camino a casa desde la oficina.

Esa misma tarde, volví a esa misma Puerta de Toledo para asistir a otra clase de pintura. Había ido con Sara hace un mes, pero esta vez me acompañó Luis. Me había escuchado hablar del concepto de pintar mientras bebiendo y picando ¡y le apetecía probarlo!

Al final acabó siendo una clase privada ya que los otros que se habían apuntado no se presentaron. ¡Lo aprovechamos al máximo y una vez más me quedé muy contento con el resultado!

De nuevo, ni tan mal, pero quizá tuviera que haber optado por manchas naranjas.

El día siguiente había otro plan para pasar la tarde con unos amigos. Tras hacer la compra semanal en mi lugar favorito de toda España, el Mercadona del Mercado de Santa María de la Cabeza, me acerqué al Museo del Ferrocarril para reunirme con Bogar, Javier, Hugo y Sergejs.

Habíamos quedado en vernos allí para ir al Mercado de Motores, un mercadillo que se monta entre los antiguos trenes una vez al mes. Ya que el sitio queda a tan solo cinco minutos de mi casa, llevo años queriendo ir pero nunca llegué a visitarlo. ¡Típico!

El mercado fue muy guay, así que sí que me autoregañé por no haber ido antes. Nada más entrar ya me puse a hablar con los del primer puesto y acabé comprando una colección de chocolatinas hechas a mano. Esta historia luego se volvió a repetir en cada puesto por el que pasé. Me pillé una serie de fiambres, quesos, mojo tinerfeño, unos carteles y algún que otro regalo de navidad.

El mero hecho de estar dentro del museo también fue una pasada. Había muchos trenes viejos dentro de la antigua estación de tren. Me sorprendió mucho toparme con un tren de color verde y amarillo brillante que ponía la palabra “Yorkshire”. Este es el nombre de uno de los condados donde me crié. ¿Quien lo diría?

Ver uno de mis condados en Madrid fue una sorpresa bonita.

Con las compras hechas, los cinco salimos a la zona exterior de restauración y pillamos una mesa para tomarnos algo. Tras un vermú, Bogar y yo teníamos algo de hambre, así que pedimos un par de raciones ricas. Pillé unos huevos huevos rotos con torreznos y Bogar unas patatas con mojo.

Compartimos los dos platos y estuvieron absolutamente deliciosos. Me sorprendió lo buenas que estaban las patatas. ¡Hasta diría que competieron con las auténticas que me comí la primera vez que estuve en Tenerife!

Tras otro vermú, nos fuimos del sitio y yo me fui a un centro comercial para seguir comprando regalos de navidad. Al final fue un viaje poco productivo, porque aunque sí es verdad que compré bastantes cosas, ¡todas ellas eran regalos para mí mismo!

El día siguiente me volví a quedar en casa descansando, pero empezó a hacer bueno por la tarde así que lié a mi compañera María a que me acompañara para dar una vuelta en bici. Empezamos en Retiro y luego pasamos por la Gran Vía para ver las luces navideñas. Fue una tarde muy agradable y acabó como acaban todas las buenas: con una cerveza fría en un bar.

El Palacio de Cibeles luce siempre resplandeciente durante esta época del año.

De vuelta a casa, me puse una copa de vino ya que era hora de hacer llamada con las chicas de Cake Club: Megan, Loredana y Heidi. Pasamos unas horas cotilleando y echándonos unas risas por videollamada desde nuestros países de residencia: España, los Estados Unidos, Austria y Noruega.

Luego se arrancó la semana laboral, pero iba a ser diferente gracias a la fiesta de navidad del trabajo y también gracias a unos atardeceres espectaculares. Un día salí de la oficina y me choqué con esta vista maravillosa, en que el sol creaba un degradado perfecto sobre el horizonte.

Hace tiempo que un atardecer no me deja sin palabras de esta manera.

Luego llegó el evento de la semana en la forma de la cena de navidad del trabajo. Llevamos un par de años sin montarla gracias a la pandemia, pero ya estuvimos de vuelta y preparados para una tarde de comida rica y copas.

Me puse guapo para la ocasión y nos reunimos todos en un restaurante vasco en el centro de la ciudad. Disfrutamos una serie de entrantes como chorizos y croquetas. Yo pedí bacalao a la brasa y después una copita de pacharán a modo de digestivo. ¡Que peligro el patxaran!

No obstante, no me quedé hasta muy tarde ya que andaba cansado y el día siguiente tenía bastante lío. Pero esa historia ya la dejo para la siguiente entrada de blog…

Santander

25.11.22 — Santander

Durante las últimas semanas he estado por casa, pero como siempre ha sido un rato ajetreado. No suelo estar quito mucho tiempo, así que el otro día me encontré despertándome a las 6am para subir a Santander con un par de compañeras mías.

Nuestro viaje a la ciudad cántabra no supuso un ejercicio de ocio, sin embargo – fuimos por temas laborales. El día arrancó con dicho madrugón para reunirnos los tres en la estación de Chamartín-Clara Campoamor. Allí tuvimos que navegar las obras que están haciendo, pero al final logramos encontrar nuestro tren.

Cuatro horas y pico después llegamos a la ciudad y a la sorpresa de un día despejado y soleado. Cómo el norte de España no tiene mucha fama por su buen clima, había fiado ciegamente en Google Tiempo y había dejado mis gafas de sol en casa. ¡Vaya!

Mi primera impresión de Santander fue que es bastante bonito y muy pequeño. Digo pequeño en el sentido muy positivo, me parecía cogedor y accesible comparado con Madrid o Nueva York. Había mucha arquitectura interesante y mucho espacio abierto. También había – por supuesto – el mar, cosa que mejora cualquier sitio.

Tras aguantar el viaje sin comer andábamos con bastante hambre, así que nos metimos en un mercado para picar algo. Pillamos unos pinchos que entraron fenomenal con una bebida fresca. Este desayuno tardío nos revivió bien para el día de exploraciones por Santander.

Desde allí, bajamos de vuelta al paseo marítimo para empezar nuestras investigaciones. Habíamos venido a empaparnos en el contexto y el ambiente de la ciudad, así que pasamos por la oficina de turismo, en donde nos recomendaron una ruta para ver los sitios más emblemáticos de la ciudad.

La primera parada fue el Centro Botín, un centro de arte en las orillas del agua que tiene vistas sobre e incluso se extiende sobre la ría. Echamos un ojo a la arquitectura preciosa de Renzo Piano y acabamos encima del tejado, donde iniciamos una sesión espontánea de ideación y conceptualización para el proyecto que tenemos entre manos.

Cuando empezó a molestar y enfriar el viento nos bajamos del tejado, parando por el camino para hacer las típicas tonterías. El diseño del centro incluye unas plataformas suspendidas sobre el agua, así que Julia y yo simplemente tuvimos que recrear un momento icónico del cine. ¡Que se ponga la música!

Near, far, wherever you are…

De vuelta a la tierra firme, seguimos por el paseo marítimo hasta llegar a Puerto Chico, un puerto pequeño y bien fiel a su nombre. Acabamos pasando por el Palacio de Festivales, un lugar para conciertos que tiene un diseño arquitectónico bastante único. Al final montamos una reunión al aire libre sobre nuestro proyecto mientras sentados un el muro de un muelle con vistas sobre el mar. ¡La mejor sala de reuniones del mundo!

Ya eran casi las 4pm cuando nos movimos de ese sitio y estábamos hambrientos como bien te puedes imaginar. Siguiendo el consejo de la oficina de turismo, cogimos un bus al Barrio Pesquero a comer por allí. Disfrutamos un entrante de sopa de marisco y luego un plato enorme de un pescado local llamado machote. Estuvo todo fresco, riquísimo y a su punto de ajo. ¡Divino!

Hinchados y algo cansados, empezamos la vuelta hacia el centro de la ciudad. Paramos para admirar las vistas marítimas y también para meternos en el Centro Cívico Tabacalera. Este centro cultural contiene el jardín vertical más grande de Europa, así que fuimos a echarle un ojo y también a una exhibición de arte que se había montado en un teatro dentro del espacio.

Una vez de vuelta al centro, efectuamos una última parada para pillar unas galletas para nuestros compañeros. Viendo que nos quedaba media hora, pillamos una bebidas de un bar al lado de la estación. Tras un vermú delicioso, los tres volvimos a la estación de tren de Santander y nos subimos al tren de vuelta a Madrid.

Me gustó la luz de este sucursal del Banco Santander en Santander.

Llegué a mi piso pasada ya la medianoche. Había sido un día muy agotador y largo, pero había valido mucho la pena. ¡Me lo pasé pipa con mis compañeras Julia y Clara! Ando con muchas ganas de volver a Cantabria para explorar más la ciudad y comer más marisco fresco y delicioso…

Ha vuelto el frío

24.11.22 — Madrid

Ya estoy de vuelta a Madrid tras mucho viajar por allí y también ha vuelto el frío. El otoño ha empezado y la época de los gorros y los guantes ha llegado de una manera muy repentina como suele ser el caso en Madrid.

Pero bueno, tampoco me preocupo, ya que siempre hay muchos planes por hacer con amigos. El primer plan fue una noche en casa con Sara, durante la cual preparamos una cena de canelones con espinacas y ricotta (mi plato favorito) y nos pusimos contentitos con una copa de vino blanco.

El día siguiente nos volvimos a ver Sara y yo, pero esta vez en un entorno algo distinto. Habíamos reservado una clase en Arte Bar, un lugar donde nos enseñaron a pintar en lienzo mientras disfrutamos de picoteo y una copa de vino.

Nos lo pasamos súper bien durante lo que habíamos llamado “pintar y chumar” (‘chumar’ en asturiano es beber mucho). Nuestro maestro para la tarde fue muy gracioso y nos ayudó a aprender las distintas técnicas necesarias para completar nuestras obras. ¡Estoy bastante orgulloso de cómo me salió!

Me quedé muy contento con el resultado, a pesar de tener que pintar los árboles corriendo.

También fue un placer pasar una noche haciendo algo distinto al plan típico de una quedada con cañas o una cena por el centro de Madrid. Ojo, no es que me queje de esas salidas – ¡son de mis actividades preferidas!

La siguiente semana volví al trabajo, pero mi tiempo libre después de trabajar se encontró – como siempre – petada de otros planes y actividades. Un par de días bajé al Matadero para atender Japan Desu, una serie de eventos, exhibiciones y charlas que exploran el diseño y la innovación de Japón. Estos eventos fueron muy interesantes y me dejaron pensando sobre muchos asuntos.

Este espejo parecía un portal a otro mundo.

Para ponerle lazo a la semana, Bogar, Javier, Hugo y yo quedamos el viernes por la tarde. Cenamos en nuestro bar local favorito y luego fuimos al cine. Allí vimos “No mires a los ojos”, un thriller extraño que trató de un hombre que infiltra la casa de una familia al esconderse dentro de un armario que se está instalando en su dormitorio.

Fue, como digo, una película bastante extraña, pero me gustó igual, especialmente cuando empezó a coger más ritmo y la trama empezó a torcerse. Empezó siendo una historia sencilla y extraña, pero acabó convirtiéndose en otra cosa por completo.

El descubrimiento de la noche tuvo que ser el sitio donde fuimos a ver la película. Fuimos a un cine independiente que queda a tan solo dos manzanas de mi portal y que ofrece todas sus películas en VOSE. A pesar de ser británico, no soy nada fan del doblaje, ¡así que volveré fijo!

El día siguiente, Sara y yo volvimos a quedar por el centro. Pillamos un bus hasta Antón Martín, un mercado mítico de Madrid donde va la gente a tomarse algo y picar. Como hacía frío y llovía esa noche, ¡un rato dentro de un espacio cerrado y calentado fue justo lo que hacía falta!

Después de una cena deliciosa y unas cuantas cañas, cruzamos la calle y nos metimos en un bar de jazz que había visitado una vez antes cuando vinieron mis padres a principios de este año. Me apetecía un poco de música en vivo y un buen cóctel, así que “El despertar” fue justo el sitio perfecto.

Un cóctel dulce con amaretto fue justo lo que me pedía el cuerpo.

El día siguiente pensaba quedarme en casa y descansar un poco, pero no podía ser: Luis me llamó para proponer que fuéramos a comer juntos. Nunca digo que no a una buena comida con amigos, así que le sugerí que probásemos un restaurante local que había visto de camino al evento de Japan Desu unos días antes. Luis lo había ojeado también durante sus vueltas por nuestro barrio, así que quedamos allí para probar algo de comida argentina.

El sitio pequeño y bonito fue un éxito total. Pedimos un entrante de queso fundido y un plato de empanadas, luego para el principal una milanesa enorme de ternera con jamón y varias otras cosas encima. Acabamos la comida con un par de postres, entre ellos unos crepes con dulce de leche. ¡Una verdadera pasada!

Desde allí nos acercamos al Matadero para tomarnos una copa a modo de digestivo. El gintonic nos lo tomamos en una terraza escondida que nunca había visto y que se convirtió en el segundo descubrimiento del día. Me encanta Arganzulea, mi barrio de Madrid. ¡Dudo que me vaya de aquí siempre que esté viviendo por la capital!

Esa tarde por fin saqué un rato para arreglar un poco mi casa, justo a tiempo para hacer una llamada bien esperada. Heidi, Loredana, Megan y yo por fin habíamos puesto una fecha y hora para hacer una videollamada entre los cuatro para ponernos al día tras un buen rato sin poder conectarnos todos.

Pasamos una noche graciosísima charlando, cotilleando y pintando. Digo ‘pintando’ ya que se me ocurrió pintar un retrato de los cuatro mientras hablábamos. Os compartiría las pinturas finales pero son poco favorecedoras. Sobra destacar que ningún aprendizaje de mi rato en el Arte Bar se usó durante su creación. También creo que las tres chicas me matarían si enseñara mis obras maestras por aquí, así que a otra cosa, mariposa…

La semana siguiente continué con más cine. En primer lugar, fui yo solo a ver “Cerdita”, un ‘slasher anti-bullying‘ según la descripción oficial. Al final fue exactamente eso, repleta con escenas muy incomodas de bullying y maltrato que dieron paso a mucho suspenso y violencia sangrienta hacia el final.

Debería haber sabido tras ver el tráiler que no iba a ser una película fácil de ver y por lo tanto debería haber ido acompañado, pero a pesar de ese hecho me pareció una peli fabulosa. Lo recomendaría a cualquiera siempre y cuando que se encuentre en una situación emocional y anímica apta para verla.

El segundo viaje al cinema fue para ver As bestas con un par de mis compañeros. Era mitad ocio, mitad visita de investigación, ya que nos habían mandado a tomar nota de cómo se representa Galicia en la obra.

Fue otro largometraje fenomenal, con mucho suspenso y tristeza durante su historia emocionante. También me pareció súper bonito a nivel visual y me ha dejado con muchas ganas de visitar Galicia a pesar de los eventos deprimentes que ocurren durante la trama. ¡Otra película muy recomendable!

Aparte de mis aventuras cinematográficas, el jueves me trajo una sorpresa. Mi jefe Pablo no pudo viajar a Madrid para dar una ponencia en un evento de Japan Desu, así que mi compañera Blanca y yo le sustituimos para presentar la visión y metodología de Erretres.

Fue un placer ser invitado a presentar y conocer al equipo de DiMad, una colectiva de diseño que organiza este tipo de eventos en la ciudad. Creo que Blanca y yo hicimos justicia a la compañía y espero que los que vinieron a vernos disfrutaran de la charla y que aprendiesen algo de cómo abordamos proyectos de diseño estratégico desde Madrid para el resto del mundo.

También me supo un hito personal. La primera vez que visité el Matadero fue cuando me mudé a Madrid a principios del 2016 y me ha encantado el sitio desde entonces. Por eso el hecho de formar parte de uno de estos eventos supuso un momento de reflexión sobre el viaje que me he pegado desde que llegué a España con veinte años. ¿Quién hubiera dicho que pasaría de ser un becario con mi español de libro a dar una charla en el mismo idioma en un sitio que siempre he admirado?

En fin, corro el riesgo de ponerme demasiado sentimental, así que sigamos…

Al acabar la semana, mis planes para el finde estaban apenas empezando. Cami había bajado a Madrid a pasar unos días por la capital, así que cuando llegó el viernes montamos una pijamada en mi casa. Pedimos una pizza, nos hinchamos de picoteo, nos pusimos una mascarilla facial y nos echamos unas risas viendo una película británica que llevaba años y años sin verla: St. Trinian’s.

El día siguiente nos reunimos con Nacho, un amigo de Cami que se ha mudado a lc ciudad, y comimos en un sitio japonés al norte del centro. Desde allí bajamos al centro para que pudiera comprarme algo de ropa de invierno ya que las prendas del año pasado ya me quedan grandes – ¡otra pequeña victoria personal!

Esa tarde también nos quedamos por casa, pero vinieron también Napo y Sara para pasar la noche juntos. Cenamos canelones (otra vez) y tarta de zanahoria casera hecha por su servidor. Luego nos emborrachamos a vinos y nos echamos unas buenas risas hasta la madrugada. Con la llegada del invierno, el plan perfecto ahora supone una noche en casa con buena compañía ¡y la calefacción a tope!

Por eso el domingo fue un día mucho más tranquilo. Me quedé en casa para acabar una limpieza a fondo de mi cocina que – y espero que se entienda el por qué gracias a la cantidad de planes que he tenido – llevaba un buen tiempo sin hacerla. Después salí a dar una vuelta y disfrutar los últimos rayos de sol, cosa que me llevó a sacar una serie de fotos otoñales bastante bonitas.

Había pensado en pasar la tarde solo en casa, pero al final invité a Álvaro a cenar. Preparé un plato rápido y rico de dorada con verduras, después del cual acabamos los últimos trozos de la tarta de zanahoria.

Y con todo eso dicho, creo que por fin estoy al día con mis entradas de blog. Bueno, eso fue así hasta el día de hoy, pero eso ya es una historia para otro momento…

Fotos de carrete de mi barrio

06.11.22 — Madrid

Recientemente dejé un par de carretes de mi cámara analógica para que se relevaran tras mi viaje por los Estados Unidos y Canadá. Como suele pasar al recibir las fotos, hubo alguna que otra sorpresa en la forma de unas fotos que había olvidado que las había sacado.

La primera serie de estas fotos la saqué durante una vuelta por mi barrio durante la desescalada de la cuarentena provocada por la pandemia. La zona que más me gustaba para dar un paseo y escapar las calles densas de la ciudad es el parque que sigue las curvas del río.

Parece que el día que salí con la cámara hubo un atardecer espectacular. Esto supone mucha suerte porque son raras las veces que salgo con mi cámara analógica, lo normal es que solo la saque en ocasiones especiales. El Río Manzanares que forma la columna central del parque, cuyo nombre es el poco imaginativo “Madrid Río”, suele encontrarse con poca agua. Aún así, bastó para reflejar el atardecer brillante de aquella tarde.

A pesar del carrete caducado, los colores del atardecer brillan gloriosamente.

Ser presentado con estas fotos fue una experiencia algo agridulce. Las fotos en sí han salido bonitas, pero me llevaron a une época algo oscura de la pandemia durante la cual estos paseos por el río fueron de las pocas cosas que me animaban.

No he retocado estas fotos nada, ya que creo que el ruido de la película y la viñeta pronunciada (las esquinas oscuras) reflejan perfectamente los tiempos difíciles en los cuales se sacaron las fotos. Pero no es todo tristeza y oscuridad, las otras fotos que salieron de los carretes representan aventuras mucho más alegres. ¡Ya volveré para compartirlas!