Tras una vuelta lluviosa a Madrid, el clima nos alteró con su cambio repentino anual de la primavera al verano. De un día a otro me encontré aguantando un calor de más de 35°, así que ya tocaba ir haciendo planes antes de que suba la temperatura a unos 40°…
Un finde quedamos Sara y yo para el Mercado de Motores, un evento mensual que visité por última vez hace unos seis meses. Este mercado artesanal toma lugar en el Museo del Ferrocarril, un sitio que queda cerca de mi casa, y supone una oportunidad única de pillar unos regalos, comprar buena comida y tomar una pausa entre unos trenes antiguos en su terraza.
Lleno de chorizo criollo y papas al mojo, Sara y yo seguíamos explorando mi barrio con una visita al Matadero, un centro cultural que queda a unos pocos minutos andando. Dimos una vuelta por allí, nos acercamos al río y quedamos en volver al Teatro de Cervantes para ver un espectáculo en algún momento.
La ciudad vuelve a lucir bonita con la llegada del verano.
Para poner fin a un finde ajetreado y un domingo de tareas administrativas por casa, salí a recorrer la ciudad en bici. Este viaje me llevó a la estación de Atocha, por el emblemático Paseo del Prado y hasta el icónico Parque del Buen Retiro. Fue la manera perfecta de refrescarme un poco ya que iba echando leches por las calles madrileñas en el frescor de la tarde.
Retiro por la tarde y sin tanto turista se convierte en el refugio tranquilo que siempre pretendía ser.
El viernes siguiente volví a reunirme con Sara para otro plan, esta vez una verbena. La de San Antonio de la Florida se proclama la primera verbena del año en Madrid, así que nos acercamos a tomar algo y bailar las canciones de Vicco y Blas Cantó un buen rato.
Agotados por tanto bailar y tanto calor, nos sentamos en una terraza para tomarnos unos refrescos con mucho hielo. Allí descansamos mientras el calor diurno daba paso al frescor, después del cual Sara se marchó en autobús y yo me fui a casa en bici. Esta vuelta nocturna me vino de lujo tras una semana ocupada.
El día siguiente quería seguir el rollo de descansar a solas fuera de los límites de mi piso. Cuando ya pasó el pico del calor por la tarde, cogí un libro y subí al Templo de Debod, un sitio fantástico para echarse al césped y mirar el mundo pasar mientras se pone el sol detrás de la sierra. Con una lata de cerveza sin alcohol en la mano, pasé el rato mirando la gente y leyendo un poco de poesía.
El parque en el que se encuentra el templo es un sitio maravilloso.
También es un lugar ideal para ver los atardeceres bonitos de Madrid.
Para concluir un finde de disfrute, decidí salir el domingo por la mañana a dar un paseo temprano por mi barrio. Como suele pasar durante estas vueltas, acabé bajando a la zona del río, donde fui de las primeras personas en entrar en el invernadero municipal al abrirse sus puertas a las 10am en punto.
Dentro de la estructura intrincada de hierro y cristal, disfruté el alivio fresco y me desconecté del mundo durante unos minutos entre la flora tropical de sus salas. Me vi especialmente cautivado por una planta cuyos colores brillantes de rosa y verde lima se vieron acentuados aún más por el sol que entraba por la ventana.
Al salir del invernadero, me planté en una terraza con vistas sobre esta zona y me pedí una jarra de cerveza para refrescarme después de tanto caminar. Me imagino las pintas que tenía al estar allí bebiéndome una pinta a las diez y media de la mañana, pero como actualmente no estoy tomando alcohol la cerveza en cuestión no tenía alcohol – ¡y fue muy necesaria!
Con eso más o menos resumo las últimas dos semanas, cuyo cambio repentino de clima desde un diluvio a un bochorno ha causado un cambio igual de radical en mis planes. Iba a bromear que he pasado de quedarme en casa por la lluvia a quedarme en casa por el calor, pero ahora veo que sí que he hecho bastantes cosas. Supongo que allí está la belleza de este blog, sirve a modo de recordatorio para cuando mi mala memoria me falla.
Tras una semana sorprendentemente cálida y seca en el Reino Unido, mi vuelta a Madrid no gozó de un clima tan agradable. Se pusieron a prueba mis nuevas zapatillas al andar por las calles empapadas de Madrid durante la semana, hasta llegar a un crescendo lluvioso el viernes por la tarde.
Salí del trabajo con mi compañera Clara y los dos nos subimos al metro a Retiro, el lugar donde se estaba celebrando la Feria del Libro de Madrid. Habíamos quedado en ir a ver a nuestro compañero Carlos, que acaba de publicar su primera novela así que se encontraba en la feria firmando copias de la misma.
Como buen inglés diría que es el Shakespeare de la oficina.
Echamos unas risas y un buen rato hablando con Carlos hasta la cola detrás se empezó a extender demasiado y el cielo se volvió demasiado gris. Clara y yo nos fuimos por distintos lados y pasados tan solo cinco minutos de andar solo me encontré bajo una de los diluvios más importantes que he experimentado en todos mis años viviendo en Madrid. Llegué a la parada de autobús absolutamente calado, ni las nuevas zapatillas habían podido aguantar la que cayó…
La foto no hace justicia al río en el que se había convertido la calle.
El resto del finde no paraba de jarrear. Sobra decir que no hice mucha cosa, con la excepción de una sola salida que efectué agarrando fuerte el paraguas. No fue la excursión más demandante que he hecho, solo bajé al Matadero para ver una exhibición que estaba en su última semana, pero valió la pena.
La obra que quería ver se titulaba La hoja. Cubría uno de los espacios dentro del Matadero en una superficie de madera que tenía una esquina levantada. Esta estaba iluminada – cosa que me generó mucha alegría – con una serie de focos coloridos que invitaban a que te subieras encima a explorar. Era una intervención sencilla pero me gustó mucho.
Luego pasé el domingo por la tarde con Sara pasando por una serie de bares en Lavapiés para evitar la lluvia y probar unas cervezas tostadas sin alcohol y las tapas gratuitas con las que vienen acompañadas. ¡El concepto del tapeo me sigue teniendo enamorado y bien atado a Madrid! Fue una tarde maravillosa y al final solo empezó a llover cinco minutos después de que los dos llegáramos a nuestras casas. ¡Toma!
Siguió otra semana tranquila y lluviosa, cosa que al final me vino bien ya que conscientemente iba ahorrando energías para el gran evento de la semana ese viernes: ¡la competición anual de natación! A María (una amiga que nada conmigo) y a mí solo nos habían conseguido liar para que participáramos con la promesa de cervezas y tapeo después…
Todos (nosotros incluidos) nos quedamos sorprendidos entonces ¡cuando nuestro equipo ganó! Habíamos llegado bromeando que íbamos a ser los animadores del evento, pero al final puntuamos muy bien en muchas pruebas junto a otros compañeros que, he de admitir, eran mucho mejores que nosotros.
Nos echamos unas risas durante la ceremonia de entrega de las medallas y al saltarnos todos a la piscina después. Luego nos acercamos a un bar cerca de la piscina y echamos un buen rato conociéndonos. A pesar de nadar dos veces a la semana con esta gente, por fin tuvimos la oportunidad de descubrir más sobre cada uno más allá de lo que se puede contar entre largos y con los oídos tapados de agua.
Siguió otra semana tranquila bajo cielos nubosos, pero por lo menos el mal tiempo me dio la oportunidad de intentar algo que llevaba tiempo queriendo probar: hacer croquetas. Muchos extranjeros, yo incluido, pensamos al llegar que las croquetas llevan queso u otras cosas, así que me sorprendió aprender lo sencilla que es la receta – ¡pero luego me fijé en lo complicado que iba a ser el proceso de elaborarlas!
Me alegro decir que me salieron bastante buenas, aunque sí que es verdad que me pasé de nuez moscada y taquitos de jamón. Desde este primer intento ya las volví a hacer y me han salido incluso mejores: más crujientes por fuera y más cremosas por dentro. Yo solo espero que este logro cuente algo en este proceso aparentemente eterno de volverme en un ciudadano español de una vez…
Estuve en el Reino Unido hace apenas tres semanas para celebrar mi cumpleaños en familia y para ponerme al tanto con amigos, por lo cual nunca me imaginaba que estaría de vuelta por tierras británicas después de San Isidro. Acabé pillando un vuelo a la patria por una razón algo sombría. Volví para asistir al funeral de mi vecina de toda la vida, Audrey. Quería estar para honrarla ya que ha sido una presencia importante en mi vida, desde mi infancia jugando en su jardín hasta nuestras charlas de cotilleo como adultos.
A pesar de eso, el tiempo lucía muy optimista al aterrizar en Mánchester, dónde había más sol y más calor que en Madrid. Mis padres vinieron a recogerme y volvimos a su casa, parando para un helado por el camino para así aprovechar del tiempo veraniego que hacía.
Una vez en casa, echamos la tarde en el jardín, jugando partido tras partido de Uno y hablando mientras nos calentaba el sol. Fue la manera perfecta de pasar una tarde dominguera.
Al empezar a ponerse el sol, aún había ningún plan guay para la cena hasta que a mí se me ocurrió una cosa. Dije que deberíamos pillar picoteo de la tienda del pueblo y subirnos al Singing Ringing Tree («el árbol cantante y resonante»). Este punto de interés local toma su nombre raro de su forma de árbol hecho de una serie de tubos metálicos que supuestamente ‘cantan’ y ‘resuenan’ al viento. ¡Yo lo veo más como un gemido demoniaco!
Llegamos al pico al principio del atardecer largo. Traíamos una manta de picnic para echarnos al suelo y comer el picoteo, pero al llegar nos estaba esperando una mesita con tres asientos – ¡perfecto! Montamos la mesa, sacamos la comida y vimos la puesta del sol desde el Singing Ringing Tree.
El día siguiente me tocó volver a trabajar desde casa, pero me motivaba el plan para la tarde que tenía con Danni. Vino a la casa de mis padres a cenar comida china y pasamos un buen rato organizando un viaje que realizaremos juntos al final del año… ¡qué emoción!
Hacía sol en la última tarde que pasaría en Inglaterra – fue una visita rápida de tan solo tres días – así que lié a mis padres a que me acompañaran a dar un paseo por el pueblo. Esta vuelta nos llevó por los prados detrás de su casa y al centro del pueblo. Allí nos encontramos con unos gatos monísimos y compramos unas patas fritas locales que estuvieron buenísimas.
A este gato mimoso y guapísimo le encantaba posar para la cámara.
La mañanas siguiente tuve que madrugar a las 3am para coger mi vuelo a las 6am y así aterrizar en España temprano para estar sentado en mi escritorio a las 10am para empezar a currar. Fue un día horriblemente cansado, pero he de darles las gracias a mis padres por levantarse a esa hora conmigo para dejarme en el aeropuerto en Mánchester. ¡Son un amor!
Ahora me encuentro en casa en Madrid y con la esperanza de no tener que volver a coger ningún vuelo más a horas indecentes…
Después de un par de fines de semana pasados en Inglaterra para celebrar mi cumpleaños, fue imposible que el siguiente finde fuera más castizo: ¡tocaban las fiestas de San Isidro!
Sara, Rocío y yo nos reunimos en Malasaña para arrancar el finde con una comida. Echamos unas cuantas horas comiendo rico y riéndonos mientras tocábamos todo tipo de temas. Desde allí bajamos a Las Vistillas, un parque donde estaban exponiendo el chotis. Durante los actos aprendí que la palabra «chotis» viene del inglés “Scottish” (“escocés”) ya que los orígenes del baile son celtas. No me enteré del todo, ¡pero fue interesante aprender esto!
Como bien se ve, todos andábamos con clavel gracias a una visita a la tienda a por unas latas durante la cual encontré estos claveles rojos para que pudiéramos sacar la chulapa que llevamos dentro. Un año me compraré y me pondré el traje entero y así seré un chulapo de verdad.
Tras admirar el baile y cantar unos refranes de «¡Viva Madrid!», bajamos al sur de la ciudad. Esto nos llevó por un sitio con vistas estupendas sobre algunos barrios de la capital y en el cual nos paramos a tomar algo de sol y ver las flores. De allí, por fin nos acercamos a la terraza de uno de nuestros bares favoritos por el barrio de Pirámides.
Después de cenar, Rocío tuvo que irse, pero Sara y yo seguíamos de tardeo al cruzar el Puente de Toledo y ver el atardecer. También echamos un rato bailando a la musica de uno de los músicos callejeros.
Desde allí bajamos al Matadero, un centro cultural cerca de mi casa que esa noche exponía una serie de conciertos para celebrar San Isidro. Bailamos un rato mientras tocaba una banda de Londres, pero enseguida nos cansamos y nos subimos al bar de al lado de mi casa para tomarnos la última y hablar un rato, poniendo así fin a un día muy completo.
Fue un día estupendo y supuso la manera perfecta de celebrar estas fiestas tan de aquí, de Madrid. Esta ciudad se te puede superar entre su amplitud y su calor, pero la primavera, el ambiente en las calles y las innumerables canciones de amor a Madrid me hizo volverme a enamorar de la capital por enésima vez.
Hace un par de semanas fue el sábado 29 de abril, el día antes de mi cumpleaños. Hacía una tarde calurosa aquí en Madrid, así que Sara y yo habíamos quedado para comer en una terraza cerca de mi casa antes de que me fuera a celebrar mi cumple en un lugar bastante más lejano. Me lo pasé muy bien y vino bien una última hora echado al sol antes de irme al Reino Unido una semana.
Al concluir la comida, el camarero se presentó con un par de trozos de tarta decorada con velas y una placa de “Feliz Cumpleaños”, un detalle que había organizado Sara antes de quedar. También me dio un regalo, y así me fui con dos sorpresas bonitas a la estación de Cercanías para coger el tren al aeropuerto.
Acabé llegando bastante temprano, pero eso solo hizo que tuviera tiempo para disfrutar un helado entre los colores vívidos y la arquitectura bonita del edificio. El vuelo luego fue tan fácil como siempre y llegué a la casa de mis padres antes de la medianoche para que pudiéramos hablar un rato antes de acostarnos.
El día siguiente fue mi cumpleaños de verdad. Esto implicó un viaje a Mánchester, en dónde nos encontramos con mi hermana Ellie y su pareja Johann. Echamos un rato de compras, Johann tocó una pieza bonita en piano ambulatorio y nos aceramos a un restaurante italiano para comer juntos en familia.
Puede que esta sea la primera foto en la que mi hermana y yo nos parecemos.
La comida llegó a su fin con otro postre de sorpresa. Esta vez fue un tiramisu que el personal del restaurante me regaló al ver la chapa fea que me había regalado mi hermana y que me había obligado que llevara puesta. ¡Al final supongo que me vino bien!
Desde el restaurante subimos al Northern Quarter (el barrio norte) y nos instalamos en una cafetería mona para tomarnos un café y un postre (para los que no habían sido presentados con un tiramisu inesperado). Fue la manera perfecta de ponerle fin a un día ocupado por las calles de Mánchester. No es una ciudad muy bonita, pero me encanta lo caótica que es.
Mánchester es bastante feo, pero para mí eso es el encanto que tiene.
Esta es una foto robada que saqué mientras se estaba compartiendo un cotilleo.
Al irnos de Mánchester, no me subí al coche de mis padres sino al de Johann y Ellie. Esto fue porque habíamos quedado en que yo pasara la noche en Sheffield con ellos, cosa que supuso la primera visita desde que visité a Ellie mientras estaba estudiando su grado hace cinco años ya.
Pasamos por su piso para que pudiera dejar mis cosas, fuimos a Tesco (un supermercado típico de allí) a pillar comida para la cena y luego acabamos en un pub local para tomarnos algo en su jardín y así aprovechar del tiempo. Hacía un tiempo muy poco británico: sin lluvia y sin hacer demasiado frío (decir que hacía calor sería exagerarme).
Tras una cerveza en el pub, donde me había envuelto en una manta enorme, llegó el frío de verdad por lo cual nos volvimos al piso de Ellie. Allí preparamos un aperitivo a modo de cena y nos echamos al sofá para pasar la noche hablando, picando y bebiendo Appletiser en flautas champaneras.
El día siguiente tocó que Ellie y yo pasaremos un tiempo de calidad entre hermanos. Ella había reservado una mesa en Tamper Coffee, cosa que fue graciosa ya que fue el sitio que fuimos la última vez que le vi hace cinco años pero que solo nos dimos cuenta del hecho al ver yo la anterior entrada de blog (disponible únicamente en inglés). No habíamos caído ya que han cambiado de identidad visual y de local desde la última vez que fuimos.
Puedo confirmar que la comida fue igual de buena que la última vez, a pesar de que pedí algo distinto en vez de su famoso pan de plátano. Disfruté un plato de huevos escalfados con ternera mechada salada y Ellie optó por un desayuno dulce en la forma de una especie de torrija enorme con un mogollón de movidas.
Otra selfie de hermanos ya que no solemos tener la oportunidad de sacarlas.
De allí volvimos al piso, donde descansamos un rato breve antes de coger el coche al Distrito de los Picos. Esta zona de belleza natural excepcional se encuentra a tan solo veinte minutos en coche de la casa de mi hermana, un verdadero lujo para alguien que vive en pleno centro de una ciudad. Sheffield es la leche.
Después de pasar un buen rato buscando dónde aparcar – parecía que la ciudad entera había tenido la misma idea que nosotros – por fin aparcamos y salimos a dar una vuelta. Esto nos llevó por el puente de una presa y así nos ofreció unas vistas chulas sobre el agua.
Estos desagües siempre me han inquietado a pesar de lo que molan.
Desde allí volvimos a Sheffield para una comida algo tare en mi pizzería favorita del país entero y otro sitio que Ellie y yo visitamos la primera vez que fui a su ciudad: Proove. La pizza estuvo tan rica como siempre pero sí que me durmió mientras me llevaron a Leeds después de comer.
En Leeds me despedí de Ellie y Johann antes de cogerme el tren de vuelta a Burnley para volver a estar con mis padres. El día siguiente también fue festivo aquí en Madrid, así que mi madre y yo habíamos quedado en pasar la tarde de compras y de picoteo por el Trafford Centre, un centro comercial enorme que solíamos visitar cuando yo era joven.
Esto lo hicimos en condiciones, parando para comernos unos sándwiches, tomarnos unos cócteles y luego cenar una pizza entre los ratos que pasamos en las distintas tiendas. Fue un día estupendo y una oportunidad bonita para ponerme al tanto con mi madre.
El día siguiente me tocó volver al trabajo, pero pude desconectarme a mi hora y así dar una vuelta con mi padre para también ponerme al tanto con él. Paseamos por el campo del pueblo y nos topamos con todo tipo de curiosidades: corderos jóvenes, los restos de una casa abandonada y un pequeño edificio dentro de un muro de piedras en forma de círculo.
Para cenar después del paseo me acerqué a un restaurante indio con Abi y Danni. Allí nos echamos unas cuántas risas mientras hablábamos, abría mis regalos y ideábamos unos fututos planes y un proyecto personal en el que ya estamos trabajando juntos. Cuando nos juntamos los tres siempre somos unos pesados: echamos toda la tarde llorando de la risa y luego montando un caos en el parking…
Como acto último para poner fin a mi viaje a Inglaterra, el viernes después del trabajo Amber me recogió de casa y me llevó a la suya en Rawtenstall. No había tiempo que perder, sin embargo, ya que enseguida se acercó Jess para que los tres nos acercáramos a Mánchester a pasar la noche en el teatro.
Cenamos rico y nos reíamos mucho antes de enterar en la sala de actos, con mucho cotilleo y cocteles sin alcohol para mantener nuestro nivel de energía. La obra que luego vimos fue tan maravillosa como fue devastadora, tocando temas como la demencia y la atención sanitaria al final de la vida. Creo que no había un ojo seco en todo el público.
Después y para animarnos pusimos música de nuestra infancia a todo volumen en el coche. Al llegar en Rawtenstall, pasamos por el McDonalds a por unos helados y luego Jess nos dejó para volver a casa. Esa noche dormí en la casa maravillosamente acogedora de Amber.
La mañana siguiente los dos hablamos un buen rato en nuestro pijama, hice la mochila y luego bajamos a la cafetería turca debajo de su casa para desayunar. Al volver a su casa me duché, recogí mis cositas y Amber se despidió de mí cuando me subí al autobús a Mánchester.
Allí eché una tarde tranquila en un Mánchester gris y lluvioso (ninguna novedad allí). Curioseé por algunas tiendas (a pesar de tener la mochila al punto de petar), comí en una pequeña cafetería italiana y al final acabé en la estación de Picadillo para coger un tren al aeropuerto.
Espero que a través de tantas historias y fotos graciosas haya quedado claro que me lo pasé fenomenal por mis tierras. Me encantó pasar mi cumpleaños en familia y con amigos de manera que aprovechó al máximo el puente de cuatro días.
El año pasado pasé mi cumple en Gijón, este año en Mánchester y ahora solo queda descubrir dónde lo pasaré el año que viene…