La boda de Em y Lincoln

01.11.22 — Leeds

Tras acoger a mis padres y luego a mi hermana, ahora me tocó a hacer de anfitrión para Rhea, que vino a visitarme tan solo seis meses después de su última visita a Madrid. Llegó el miércoles mientras andaba trabajando desde casa y se acomodó en mi casa antes de un finde intenso de un evento de baila al cual se había apuntado.

Le vino bien tener planes que le ocupara, ya que nuestro plan original de pasar el finde juntos se había ido al garete. Hace unos meses me llamaron Em y Lincoln desde Inglaterra para avisarme de la noticia emocionante de que habían podido concretar una fecha para su boda tras todo el caos causado por la pandemia.

La fecha, el 22 de octubre, coincidió con la visita de Rhea, así que en su momento le había llamado para confirmar si no le importaba que le dejara con una copia de mis llaves para que se entretuviera ella sola durante el finde. Como con cualquier buen amigo, le dio exactamente igual y lo entendió todo, así que el día siguiente me despedí de ella al irme a dormir pronto antes del viaje.

Mi vuelo a Inglaterra salió repugnantemente temprano. Tuve que levantarme a las 4:30am para subirme a un taxi al aeropuerto, donde pasé volando por el control de seguridad y acabé teniendo que entretenerme durante tres horas mientras esperaba que nos pusieran puerta. Conseguí dormir un rato breve en el avión que luego me dejó en el Aeropuerto de Mánchester donde mis padres habían quedado en recogerme.

Desde Mánchester, los tres nos fuimos a Leeds, donde fuimos de compras un rato en la ciudad donde estudié mi carrera. Fue una experiencia rara pero agradable volver a pisar las calles de Leeds, ya que la última vez que fui fue en el 2019 justo antes de que se nos cayera encima la pandemia.

Visité algunos de los sitios que más me gustaban de estudiante, entre ellos la librería Village Books, una tienda de diseñadores llamada Colours May Vary y un antiguo intercambio de granos que se ha convertido en un espacio comercial que acoge a una colección de tiendas independientes.

También tuve que zamparme un almuerzo británico clásico, un sausage roll vegano de una cadena de panaderías que se llama Greggs. Los sausage rolls consisten en una salchicha enrollada con hojaldre. ¡Suena sencillo pero están buenísimos!

Mientras andaba en el ex intercambio de granos, me compré una nueva bolsa que pone “Dirty Leeds” (“Leeds sucio”) y procedí a llenarla con regalos, entre ellos un cuadernillo con una frase local y un diccionario que traduce entre el inglés estándar y mi acento nativo. También busqué un caramelo tradicional para llevármelo de vuelta a España pero no había en ningún lado.

No existe nada que me gusta más que una bolsa tote que haga juego con mi ropa.

Después fuimos a comer en otro sitio que me gusta mucho, Belgrave Music Hall. Solíamos refugiarnos en este sitio de estudiantes para comer pizza barata y sentarnos a currar en nuestros portátiles durante huras y horas. Me gustó mucho ver que no había cambiado nada y que mantiene hasta el día de hoy su ambiente encantador y personal amable.

Pedimos unas hamburguesas y una ración de “session fries” para compartir. Esta ración consiste en una bandeja llena de patatas fritas adornadas con mayonesa picante, chiles, pancetta y queso. Estuvieron muy ricas y lo parecían más aún gracias a la pinta de cerveza cítrica que un tío me recomendó. Al final me saltaban las lágrimas, y no por la emoción ni los chiles – ¡el precio de una pinta en Inglaterra últimamente está totalmente desorbitado!

Esta ración de patatas fritas estuvo tan rica como me acordaba de antes.

Después de comer volvimos a las tiendas, después del cual acabamos en Ibérica, un restaurante español que había visto que se pueden comprar vinos importados de España. Fue una experiencia muy agradable y el camarero me regaló unos picos gratis. ¡Estuvimos tan a gusto que nos sentamos a tomarnos una copa allí!

Luego volvimos al coche, donde añadí el vino a la colección de delicias españolas que había llevado conmigo para Em y Lincoln a modo de un regalo de boda. Mis padres luego me dejaron en la casa de Em y Lincoln, donde me iba a quedar una noche antes de la boda para ahorrarme el precio caro de una noche de hotel.

Allí conocí a las familias y amigos de Em y Lincoln que se habían acercado a tomar algo tranquilamente para celebrar la última noche antes de la ceremonia. Nos tomamos una copa de vino y nos echamos unas risas a pesar del cansancio que me estaba consumiendo tras un día largo de viaje, compras y socializarme.

Al irse todo el mundo, me dejaron con el sofá esponjoso y cómodo ya que las otras dos habitaciones se encontraban ocupadas. Al final me costó bastante acostarme, ¡ya que el perro de Em y Lincoln había decidido que el nórdico era suyo!

Frente a esos ojos de cachorro casi me echo a dormir al suelo.

El día siguiente fue el momento de la boda, así que nos vestimos de guapos y bajamos a Millennium Square y el ayuntamiento donde iba a realizarse la ceremonia. Al llegar los demás invitados, los actos empezaron y sentía la presión ya que me habían encargado con responsabilizarme de dos aspectos de la boda: la música y los anillos.

Hacer de DJ no me costó tanto, pero apenas me habían dicho la noche anterior que sería yo el encargado de dejar los anillos a los novios. Había agarrado la caja que los contenía como si fuera mi primer hijo durante todo el viaje y luego conseguí hacer mi trabajo bien durante la ceremonia. Fue un honor estar involucrado de esta manera en un entorno tan bonito e íntimo.

Tras el intercambio de los anillos nos volvimos a juntar en la escalera del ayuntamiento para echarles los confetis a los novios y sacarnos unas fotos a todos. Se me había saltado una lágrima durante la boda y luego tuve que contenerla de nuevo durante las fotos, pero esta vez fueron lágrimas provocadas por las risas que nos echamos al sacarnos una foto los tres juntos.

Estuvimos bastante distraídos cuando nos sacaron esta foto pero me encanta igual.

Al acabar las fotos nos acercamos a Franco Manca, una pizzería en el centro de Leeds. Me senté al lado de la madre de Lincoln, Ros, y nos echamos unas buenas risas durante la comida. Ros vive en Croacia y entiende bien las costumbres europeas, así que solo fuimos los dos los que se tomaron un digestivo en la forma de un chupito de grapa.

Después de la comida, los invitados nos separamos para descansar antes de volvernos a juntar en la casa de Em y Lincoln para la fiesta. Me fui al hotel que había reservado en las afueras de la ciudad y me acomodé en la habitación. Aproveché bien las instalaciones al echarme una siesta de dos horas en la cama cómoda y luego una ducha de una hora en la bañera.

Mi tarde de mimos y relajación me había dejado con bastante retraso, así que me vestí con prisa y me cogí un taxi a la casa de Em y Lincoln. La fiesta estaba ya en marcha cuando llegué así que salí al jardín a tostar unas nubes y hablar con los invitados que aún no había tenido la oportunidad de conocer bien.

La celebración fue la manera perfecta de ponerle lazo a un día tan bonito. Entre los momentos se destaca mi baile improvisado encima de una silla de oficina a la canción “Chandelier” de Sia. Conocí a mucha nueva gente guay, me tomé unos vinos ricos, comí unos quesos deliciosos y me hubiera quedado toda la noche si no tuviera planes para el día siguiente.

El día siguiente me desperté en la habitación del hotel y me dio los buenos días un Leeds muy nuboso. Mientras en Inglaterra hay que arrancar el día con un buen desayuno británico, cosa que hice al llegar al restaurante del hotel y llenar mi plato con mis elementos favoritos de este desayuno icónico: salchichas, beicon, morcilla y un huevo escalfado en pan tostado.

Después salí del hotel y me senté en una pequeña cafetería que se encontraba al lado. Allí había quedado en verme a otra amiga, Luisa, que por coincidencia y muy buen surte también estaba por Leeds justo esas fechas. No la había visto durante unos tres años, durante los cuales ha cambiado de trabajo, ha conocido a su novio y se ha mudado a Norwich en el sur del país – ¡mucho puede cambiar en tan solo tres años!

Por eso fue una suerte tremenda que pudiéramos vernos y que pudiera yo conocer a su novio, Sol, que también se apuntó a tomarse un café con nosotros.

Nos lo pasamos fenomenal en las horas cortas que estuvimos juntos. Luisa y yo nos pusimos al tanto de muchas cosas y recontamos muchas anécdotas de nuestro tiempo estudiando juntos en Leeds y mis viajes a verla en Alemania. También hablamos de la posibilidad de volver a ir a la fiesta cervecera en Alemania el año que viene… ¡a ver qué pasa!

Demasiado temprano Luisa y Sol se tuvieron que ir y yo tuve que acercarme al centro de Leeds para coger el primero de muchos trenes que me llevarían al aeropuerto en Mánchester. Luisa y Sol me dejaron en la estación de tren y empecé a navegar el estado delicado de la red ferroviaria británica. He de decir que a pesar de las noticias terroríficas de huelgas y retrasos que tuve un viaje bastante agradable. Eso sí, tuve que cambiar de tren tres veces, pero no me quejaba ya que me gustó poder ver un poco del centro de Mánchester así de camino.

Eventualmente llegué al aeropuerto, una experiencia que fue igual que en Madrid y que no tuvo nada que ver con las noticias que salían de los retrasos en el control de seguridad. Mi única queja fue que llegara tan temprano, cosa que me obligó a buscarme la vida durante tres horas en la terminal tres del Aeropuerto de Mánchester, un sitio que no se conoce por la calidad de su oferta.

Mi vuelo me dejó en Madrid a eso de la medianoche, a que hora tuve que luego sufrir un viaje penosamente lento de la terminal 4S a mi piso. Fue un gusto enorme volver a estar en mi propia cama así que dormí como un bebé antes del trabajo del día siguiente.

Me quedó tan solo una noche con Rhea, durante la cual pasamos un rato relajado. Nos quedamos en casa y preparamos una cena casera de gamones con mayonesa casera y verduras asadas. Comimos todo acompañado por una copa de la bebida favorita de Rhea mientras se encuentra en España: el vermú.

El día siguiente me despedí de Rhea cuando se fue de vuelta al Reino Unido y nuestro finde loco de intercambio de países llegó a su fin. Me encantó verla a Rhea, fue un honor jugar un papel tan íntimo en la boda de Em y Lincoln y luego hasta tuve el placer de volver a un piso que Rhea había mantenido caliente y acogedor tras su finde largo de bailar swing.

¡Vaya vida más loca tenemos todos!

La visita de Ellie

28.10.22 — Madrid

Después de la visita de mis padres hace unas pocas semanas, volvió a tocar que diera la bienvenida a otra familiar. Esta vez fue el turno de mi hermana, Ellie, que me vino a visitar. Igual que mis padres, ha visitado Madrid unas cuantas veces ya, la última vez hace un año más o menos, pero siempre da gusto que venga a pasar un rato para que hagamos cosas chulas y relajadas juntos por la ciudad.

Llegó por la tarde y se acercó a mi oficina, donde tuve que acabar un día ajetreado en el trabajo. Después salimos juntos y volvimos a mi piso, donde teníamos un plan relajado por casa. Vino Pedro, abrimos una botella de vino y los tres acabamos conversando tanto que ¡casi se nos olvidó meter los canelones caseros al horno!

Pasamos una noche de muchas risas y mis canelones de espinacas y ricotta estuvieron bastante ricos, aunque lo diga yo. Supuso un milagro que se hicieran, ya que la noche anterior me encontré dando vueltas por Madrid visitando seis supermercados distintos al ver que se había gastado la ricotta en Mercadona. ¡Una pesadilla

El día siguiente empezó con una vuelta por el río tras quedarnos dormidos algo tarde. Volvimos a casa para comer, donde preparamos una ensalada caprese, humus casero y alguna cosa más. Descansamos por casa para recuperar fuerzas para nuestro plan después que nos llevaría fuera del centro de la ciudad.

Los colores otoñales están brotando y todo se ve muy bonito.

Una de las actividades que nos gusta hacer a Ellie y a mí es visitar un parque al sur de Madrid para ver el atardecer. Echamos unas latas y algo de picoteo a una bolsa y nos subimos al bus, donde se unieron Luis y una amiga suya que se habían apuntado al plan.

Nos lo pasamos fenomenal en el parque. Cuando Ellie se comió una pipa entera (es decir, con su cáscara), Luis se encargó de enseñarle cómo se hace aquí en España. Compartimos unas bebidas y vimos cómo se puso el sol sobre la silueta de la ciudad. Luego empezó a hacer algo de fresco así que nos acercamos al metro y de allí al centro.

Para tomar algo y luego cenar fuimos a dos de mis sitios favoritos por Antón Martín. El primero es un bar que cuenta con un interior de los años sesenta, un ambiente muy agradable y unos cócteles muy buenos. Desde allí, pasamos a un bar vasco para tomarnos unos pinchos y acabar nuestra noche de risas y cotilleo.

El día siguiente Ellie y yo fuimos al centro de Madrid para echar un ojo a las tiendas y mimarnos un rato. Luego subimos a la azotea de El Corte Inglés en Callao, pero el sitio estaba algo pegado así que al final volvimos a bajar a la calle y seguimos con las compras hasta cansarnos y bajar al lago de la Casa de Campo.

Compartimos una jarra generosa de sangría por las orillas del lago ya que teníamos que hacer un poco de tiempo antes de nuestro último plan del día. Al llegar la hora, volvimos al centro en el metro para ver el atardecer desde un mirador al lado del palacio real y la catedral de la Almudena.

Ellie se quedó contenta al encontrar unos nuevos sabores de chocolatina.

El atardecer desde el sitio fue tan bonito como siempre. Vimos cómo cambió el cielo de azul a naranja brillante y luego cómo pasó a formarse de matices de morado y rosa al avanzar la tarde. Todo esto enmarcado por el palacio y la catedral – ¡una manera estupenda de ponerle lazo a otro día!

Me encantan estas fotos y los colores creados por la luz de la tarde.

El día siguiente habíamos quedado en hacer unas tortitas caseras, así que pasamos la mañana friéndolas, rellenándolas con fruta y luego empapándolas con una cantidad generosa de sirope de arce de Vermont que me había regalado la madre de Megan cuando fui a visitarles en los Estados Unidos.

Tras nuestro desayuno pesado, Ellie y yo preparamos la comida para nuestro picnic y fuimos a coger el autobús hasta el Parque del Retiro. Buscamos un hueco en nuestra zona preferida del parque que tiene vistas sobre el estanque y nos sentamos para pasar unas horas picando, leyendo y conversando.

Una vez llenos de comida y cansados por el sol, recogimos nuestras cosas y salimos del parque. Al final echamos el viaje de vuelta a casa entero en pie para poder pasar por y así ver otros sitios bonitos por el camino. Descansamos un buen rato en el piso antes de salir a cenar, ¡una cena a la cual se apuntó Luis otra vez!

Nuestra cena en el restaurante italiano local fue tan graciosa como fue deliciosa, con un par de botellas de vino (compartidas, por supuesto) obligándonos a intentar recrear unos vídeos que había visto Luis en Instagram. Estos consistían en un truco de magia en el cual Luis levantó una servilleta para luego bajarla a revelar que se había cambiado por mí. Esto nos salió algo mal: Luis acabó en el suelo ¡y yo casi me caí también de la risa que esto me provocó!

El día siguiente decidimos tomarnos las cosas con calma de nuevo y preparamos unos batidos de fruta en casa a modo de desayuno. Nuestro plan original había sido alquiler unas bicis, pero no nos apetecía al final así que optamos a dar una vuelta tranquila por el río en su lugar.

El viaje entero fue una experiencia bastante tranquila.

Acabamos tomando algo rápido antes de volver a casa, donde nos echamos la siesta antes del plan que teníamos para esa noche. Nos reunimos con Sara en un bar local para cenar algo y tomar unas rondas de copas, después del cual pillamos un taxi y nos acercamos a mi karaoke favorito. A pesar de que Ellie no entendiera la mayoría de las canciones, lo dio todo y hasta le liaron unos chicos para que cantara una canción en español. ¡Fue muy gracioso!

Los dos nos encontramos un poco regulares el día siguiente, así que pasamos la mayoría de él descansando por casa antes de eventualmente encontrar las fuerzas para salir a dar una vuelta por la ciudad. Pasamos por una tienda para que Ellie pudiera comprarse algo que había visto unos días antes y luego pasamos por el palacio real y el oeste del centro para ver el atardecer.

Esta vista desde el palacio real es una pasada con la sierra en el fondo.

Luego Ellie se fue el día siguiente por la madrugada y a mí me tocó volver a trabajar tras unos días de diversión tranquila. Me encantó volverla a coger en casa y ponerme al tanto con todo el cotilleo y noticias. Hoy en día se encuentra igual de liada que yo, siempre está viajando y haciendo de todo, así que nos suele tocar actualizarnos con todo lo pasado cuando por fin nos vemos.

A pesar de su salida, casi no pude descansar nada, ya que me tocó volver a prepara mi casa para recibir a otra visitante tan solo dos días después de que Ellie se fuera – ¡pero ya tocaré ese tema en la siguiente entrada de blog!

Al volver mis padres al Reino Unido, tenía una plenitud de otros planes entretenidos para mantenerme ocupado. Tras mi viaje a los Estados Unidos y Canadá, había decidido hacer más cosas y vivir más experiencias, ¡así que no dudé en apuntarme a un concierto de Arcade Fire con Carmen!

Quedamos una tarde en un bar ajetreado justo al lado del Wizink Centre, el auditorio principal de Madrid en el que había ido a ver a Queen con Danni en verano. Nos tomamos un par de cañas para animarnos un poco y luego salimos con el resto de la gente al acercarse la hora del concierto

Resultó que nuestras butacas se encontraban a lo alto de los vomitorios, pero me quedé contento ya que eso significaba que podía disfrutar del espectáculo de luces en su totalidad. Si me conoces sabrás que me encanta fijarme en la iluminación durante cualquier evento en vivo. Luego salió Arcade Fire al escenario y empezaron a tocar una serie de unas de sus canciones que más me gustan junto con unas joyas nuevas que descubrí en vivo.

Fue una experiencia brutal, desde el estilo único del grupo que mezcla todo tipo de estilos al espectáculo visual del escenario y la iluminación. Cambiaban entre el escenario principal y una plataforma más pequeña en medio de la pista, llegando hasta allí pasando directamente por el público. ¡Fue una verdadera pasada, Carmen y yo lo pasamos súper bien!

El siguiente finde tenía otro plan. Esto supuso un viaje con un amigo al Parque Warner, un parque de atracciones enorme en las afueras de Madrid que visitamos Danni y yo por primera vez el año pasado. Al final no podía venir mi amigo porque se encontraba malo, pero en un momento de espontaneidad e improvisación llamé a otro amigo que vive cerca de mí. ¡Apenas le dio tiempo para vestirse y bajar a coger el autobús conmigo y así acompañarme en esta excursión!

Le lié para que se subiera a esta conmigo, lo cual no le sentó muy bien.

La atracción de Superman fue nuestra favorita: ¡nos subimos cuatro veces!

Nos divertimos mucho en el parque. Entre los momentos graciosos se destaca la comida, durante la cual nos echamos a reír al ver a una familia en la terraza volverse loca y empezar a sacudir las manos y gritar mientras les atacaba una abeja bien persistente. No podíamos parar de reír mientras les veíamos entrar en pánico, cosa que igual debería hacernos sentirnos mal, pero bueno, podían haberse cambiado de mesa…

El resto de las atracciones también fueron una pasada, todas menos una de agua a la que Álvaro quería subirse. Esta nos empapó por completo. Tuve que controlarme bastante para no acabar soltando todo tipo de barbaridades a lo largo del viaje dolorosamente lento durante el cual nos rocían con agua los espectadores, los chorros de agua y otros instrumentos de la tortura.

Al acabar el día nos acercamos al espectáculo de la Loca Academia de Policía. Había visto este cuando visité con Danni, pero los trucos que hacen con los vehículos y la comedia mala eran igual de divertidos esta segunda vez.

El sol se puso durante el espectáculo, pero aún gozábamos de temperaturas de los finales de verano así que podíamos seguir disfrutando de la oferta del parque hasta su cierre. Dimos una última vuelta por el parque, subiéndonos a otra montaña rusa y luego perdiéndonos el desfile nocturno gracias a la app que ponía una hora que no era. ¡Vaya!

Saliendo del parque y su bonita iluminación nocturna, tuve que esperar apenas una semana para mi siguiente experiencia en un parque de atracciones. Para esta excursión, me acerqué al Parque de Atracciones (vaya nomenclatura más aburrida) en la Casa de Campo. Allí me reuní con mi compañera María y los dos echamos un día súper divertido. Nos subimos a todas las atracciones múltiples veces y gozamos al máximo las 10 horas de apertura.

Uno de los momentos más graciosos fue en la atracción en la que estoy sentado en la foto de arriba, una maquina que giraba por los cielos sobre Madrid y que ofrece algunas de las mejores vistas sobre la ciudad y la sierra. La experiencia se nos hizo muy graciosa ¡y estuvimos riendo de principio a fin!

Otro momento destacado tuvo lugar en los rápidos. Había convenido a María a que me acompañara en la atracción y luego conseguí liarla a que se quedara para dar otra vuelta ya que no había cola cuando volvimos a la estación. Grabé este segundo viaje en su totalidad, durante el cual María fue calada por una ola desgraciada. Incluiría el vídeo aquí, pero mejor que no lo haga por pena de muerte…

Bueno, con todo esto, pongo fin a otra entrada de blog y sigo poniéndoos al tanto con todo lo que he hecho últimamente. Estáte al loro para la siguiente, ¡espero no tardar mucho!

Toledo con mis padres

25.10.22 — Toledo

Tras volver de la boda de Andrea y Andrei en Asturias, me quedaba una semana de trabajo antes de que comenzara mi próxima aventura: ¡esta vez con la compañía de mis padres! Habían volado desde el Reino Unido para pasar unos días conmigo en Madrid tras mi visita a Inglaterra en verano, ¡y teníamos unos planes interesantes en mente para el viaje!

Llegaron a la estación de Atocha al acabar yo el trabajo, así que me acerqué con prisa para reunirme con ellos en la sala de llegadas. Reunidos, los tres nos acercamos a mi piso y salimos a tomar algo y cenar, para lo cual conseguimos una mesa en una terraza popular en mi barrio local.

Nos lo pasamos muy bien poniéndonos al día y compartiendo unas raciones ricas, pero no nos quedamos hasta muy tarde ya que teníamos un plan intenso para el día siguiente. Este plan se puso en marcha con ganas al llegar nosotros a la estación de tren para coger un viaje a Toledo.

Habían pasado bastantes años desde la última vez que visité la antigua capital. Sería apenas la segunda vez que visitaba la ciudad, así que me aseguré de pedir unos consejos y recomendaciones a mis amigos y compañeros para averiguar los mejores sitios para visitar y comer.

La estación de Toledo luce muy bonita pero no es tan antigua como puede parecer.

Después de llegar a la estación de tren bonita, empezamos la subida en pie hasta la cima de la ciudad. Las vistas al cruzar el puente sobre el río eran bastante espectaculares, pero en nada nos tuvimos que enfrentar con la cuesta arriba hacia el caso histórico. ¡Menos mal que llevábamos abundante agua!

Una vez llegados a la cima, empezamos a explorar las calles medievales de Toledo. En nada ya andábamos un poco cansados y calientes así que optamos parar a tomar algo en una terraza pequeña que una compañera mía había recomendado. Desde allí partimos a explorar un poco más antes de llegar al restaurante que habíamos reservado para comer.

Comimos en una cervecería que también venía recomendada por mi compañera de trabajo. Probamos una selección de platos locales, desde una ensalada al perdiz. Todo fue delicioso y fue servido en un ambiente muy agradable en la antigua bodega. ¡Las cervezas artesanales también estaban bien ricas!

Tras la comida, continuamos con nuestra excursion por las calles inclinadas de la ciudad y al final acabamos en la entrada de la catedral enorme. Mi padre tenía ganas de explorar su interior, así que pillamos unas audioguías y nos metimos en el espacio cavernoso que solo había visto desde fuera la última vez que visité.

Como bien se ve en estas fotos, la catedral es absolutamente espectacular. Es un sitio bonito desde fuera, pero en su interior me quedé atontado al ver la variedad y el detalle de sus maravillas arquitectónicas y esculturales. Esta sensación de intriga y asombro creo que la experimenté por última vez cuando visité la mezquita en Córdoba.

Habíamos entrado queriendo ojear el sitio durante cinco minutos, pero al final acabamos pasando una hora y pico escuchando la guía y traveseando el espacio vasto. Fue una experiencia muy interesante y nutritiva a pesar de la voz de la audioguía que se me hacía un poco melodramática – ¡y eso que lo digo yo!

El espacio fue asombrador en su grandeza y ornamentación.

Después de cansarnos bien en la catedral, devolvimos las audioguías y volvimos a explorar las calles. Nos topamos con una tienda que vendía dulces y mazapanes tradicionales, así que compramos una bolsa de ellos de la monja que estaba trabajando allí, cosa que le hacía mucha gracia a mi madre.

El día se nos estaba pasando volando y andábamos un poco agotados, así que nos plantamos en otra cafetería por el camino para tomarnos una copa de vino y unas tapas mientras mirábamos el mundo pasar. Allí pedí un taxi para que nos llevara a otro sitio que me habían dicho que valdría la pena visitar.

A pesar de ver la catedral increíble, creo que esta foto es la mejor que saqué en Toledo.

Resulta que vale muchísimo el viaje y el precio del taxi. El mirador ofrece vistas panorámicas sobre la ciudad desde una colina que la avecina. Pasamos un buen rato empapándonos en las vistas y el ambiente mientras veíamos cómo el sol de la tarde bañaba los edificios con su luz dorada.

Lo único que nos impulsó a salirnos de allí que el miedo de perdernos el tren de vuelta a Madrid. Bajamos el camino hasta la estación en pie, una elección que nos permitió disfrutar de más vistas pintorescas sobre la ciudad desde el camino por las orillas del río.

La ciudad impresionante se ubica entre un paisaje igual de dramático.

Ya de vuelta a Madrid, nos acostamos temprano para poder disfrutar del domingo. El plan era hacer un picnic bajo el sol veraniego, así que pasé la mayoría de la mañana preparando la comida. Hice una ensaladilla casera con gambas según la receta de mi compañera y también una ensalada y varias otras cositas. Llevamos todo al Parque del Oeste y disfrutamos de nuestro pequeño bufé entre los colores otoñales del arbolado.

Disfrutamos la tarde en el parque antes de regresar a casa para pasar una noche tranquila allí. ¡Había sido un fin de semana ajetreado y las subidas y bajadas de las calles toledanas nos habían dejado cansados! Este descanso siguió hasta el lunes, cuando pasamos nuestra última tarde juntos en un bar local donde ya me conocen por ir tanto.

Me despedí de mis padres la mañana siguiente al dejarlos en un taxi a primerísima hora para que pudieran coger su vuelo de vuelta a Inglaterra. Fue un gusto volverlos a acoger en casa y ahora tenía ganas de seguir haciendo cosas en los días siguiente. No había descanso para mí ya que tenía muchos más planes que disfrutar con el avance de la semana – ¡pero todo eso y más os contaré en la próxima entrada de blog!

La boda de Andrea y Andrei

17.10.22 — Oviedo

Después de aterrizar en España y ponerme al tanto con mis amigos por Madrid, era hora de que fuera a vivir una de las primeras aventuras fuera de la ciudad. Esto me llevó a Gijón donde tenía que asistir a un evento muy importante: ¡la boda de Andrea y Andrei!

Me subí al coche tras trabajar el viernes y me pasé un viaje muy agradable con la conductora, Ana, con la que había viajado a Gijón cuando pasé mi cumpleaños por allí en Abril. Nos echamos unas buenas risas en el viaje hasta llegar a una gasolinera en Asturias. Cami me vino a buscar allí y nos acercamos a la ciudad.

Ya que había llegado relativamente temprano, teníamos tiempo para ir a la playa y cenar juntos por el centro de la ciudad. Eso hicimos y me gustó mucho poder ver el atardecer rosa sobre el mar gijonés antes de irnos a comer unos platos ricos de sushi.

También nos topamos con unas celebraciones callejeras gracias a las fiestas locales. Seguimos el sonido de una banda y unos tambores enormes hasta la plaza mayor de Gijón, en donde nos encontramos con una oportunidad de sacarnos una foto que no podíamos perder…

Es un secreto, pero Cami y yo realmente somos un par de niños asturianos de hace un siglo.

El día siguiente llegó y con él el gran evento. Pillamos un taxi con David, que había sido invitado a ser un padrino en la boda, hasta el hotel donde se estaban preparando los novios. Infiltré la habitación donde Andrea se estaba maquillando y me tomé una cerveza con las otras madrinas: ¡Cami también era una de ellas!

Cuando estaba todo el mundo preparado, cogimos otro taxi al sitio de la boda. Nos tomamos una copa de vino antes de sentarnos para asistir la ceremonia, que fue muy bonita y única, con lo cual encajó perfectamente con la pareja. Hubo unos momentos bien graciosos durante los discursos de los familiares y los amigos de los novios. Después de echarnos unas risas, salimos de debajo de la carpa y empezaron los canapés.

¡Cami lucía absolutamente resplandeciente como madrina!

Arrancamos la tarde con unas copas de vino y canapés en los jardines delegar. ¡Probé unos quesos, carnes y mariscos locales que estaban buenísimos! Luego nos sentamos a comer, que consistió en unos cinco platos deliciosos.

Después de la comida, nos unimos en la pista de baile para ver el primer baile de la pareja, después del cual se abrió la barra libre y el DJ empezó a pinchar. Bailamos un poco, salimos fuera a hablar y luego acabamos comiendo aún más al servirse una selección de canapés y platos a modo de cena.

La noche llegó a su fin en la madrugada con una rendición tradicional de ‘Asturias’, una canción que vive en los corazones de todo asturiano y asturiana. Nosotros queríamos seguir de rumbo, así que nos subimos a un coche ¡y nos acercamos al centro de Oviedo para que siguiera la fiesta!

Después de cantar y bailar en un club entre las fiestas que mencioné antes, nos costó bastante encontramos un taxi pero al final conseguimos conseguir un viaje a Gijón para descansar bien en casa. El plan nos salió bien, porque a pesar de los gin tonics ilimitados, me había controlado y había tomado bastante agua entre copas.

Esto significó que podíamos aprovechar del domingo, así que bajamos a la playa otra vez para dar una vuelta y comer. Acabamos mi viaje con un bol de ramen delicioso y una cerveza en otro restaurante japonés que conocía Cami. De allí, me acercó a la estación de tren y me fui de vuelta a Madrid.

El paseo marítimo de Gijón es el lugar perfecto para echar la tarde.

Fue un honor ser invitado a participar en la boda de Andrea y Andrei, así que he de darles las gracias a los dos por dejarme formar parte de sus celebraciones. También quería agradecerle a Cami por dejarme quedar en su piso bonito en Gijón – ¡es el sitio ideal para escapar de la locura que es la vida madrileña!