Bread & Puppet

23.09.22 — Vermont

Tras una serie intensa de actividades el día anterior, me sorprendí al despertarme como nuevo. Con esta energía renovada, Megan y yo salimos de casa temprano para desayunar en la casa de sus padres y así despedirnos de Scott antes de que se fuera a Croacia.

Maureen hizo unas tortitas alemanas según una receta familiar antigua. Las acompañamos con una combinación deliciosa de canea, manzana y sirope de arce. Megan me enseñó cómo se deberían rellenar y enrollar para disfrutar de este desayuno fusión entre la cultura alemana y vermontesa.

Luego nos despedimos de Scott y salimos a ver “Bread & Puppet”, algo que yo ni sabía que era. Maureen había dicho que era una cosa muy política y Megan comentó que era muy extraño, así que yo estaba intrigado para ver que nos esperaba.

Tras conducir un buen rato, empezamos a llegar a nuestro destino y vi un cartel que ponía “circo”, así que me empecé a preguntar justo qué iba a ser que íbamos a ver. Al aparcar en un campo vi que había gente sentada en una especie de anfiteatro en la cuesta de una colina, pero tuve que ir al baño antes de acercarme a ellos. Los aseos consistían en un hoyo en una tabla de madera dentro del cual tenía que hacer mis cosas antes de echarle serrín encima – ¡menuda experiencia!

Megan lucía resplandeciente con tantos colores en el sol.

Luego nos incorporamos en el “circo”, subiendo la colina para encontrar un sitio a sentarnos y ver la serie de diferentes actos. Las obras trataban de todo tipo de temas, desde la ignorancia de algunas personas frente a la COVID hasta los derechos de los trabajadores de la industria lechera vermontesa. Fue muy divertido a pesar del sol oprimente. Acabó con una obra que habló de los derechos reproductivos de las mujeres estadounidenses cuya cima era cuando izaron una figura enorme de una mujer tras una batalla contra el Tribunal Supremo de los Estados Unidos.

En ese momento pensé que había ya acabado, pero Megan me informó que había que seguir la procesión de personas que estaban tocando musica. Esto nos llevo al siguiente lugar que por suerte disponía de la sombra generada por un bosque. Nos sentamos allí para ver un desfile muy extraño que consistía en gente vestida de blanco que andaba y se movía en silencio completo en una especie de danza o teatro interpretativo.

Seguimos a la gente de blanco con sus banderas variadas hasta otro prado.

Megan me explicó después cómo lo había interpretado como una historia de amor prohibido entre dos casas y una tormenta que había congelado a uno de los dos, pero yo me había quedado completamente confundido. El clímax de la obra fue la llegada de un dragón enorme hecho de materiales reciclados. Apareció sobre la cima de una colina al sonido de una trompeta tocada por un tío que estaba cerca de nosotros los espectadores.

Al acabar la obra, el calor y la confusión y la deshidratación se nos estaban acumulando. Megan se echó una siesta rápida y yo descansé mis ojos un rato mientras los demás se fueron a ver “Hallelujah”, una obra que pensé que sería una interpretación de la canción pero por lo que escuché desde lo lejos, no fue así.

Se despertó Megan justo mientras estaban acabando otra obra encima de una colina en la distancia. Los dos decidimos acabar el día con la oferta tradicional que hace este grupo de teatro: pan con alioli. Yo estaba hambriento así que la idea de comer me tenía emocionado, pero por mi gusto se habían pasado de ajo así que abandoné la comida al llegar al coche.

Llegamos al aire acondicionado glorioso del coche con unas ganas de pillar unas bebidas y refrescarnos ya que Megan andaba aún bastante cansada. Hicimos una parada en un lago que vimos por el camino para que Megan se mojara las piernas en el agua, después del cual seguimos con el viaje de vuelta hacia Burlington.

Para comprarnos una bebida, paramos en la primera señal de una tienda, lo cual nos llevó a un pueblo en la mitad de la nada y a una tienda que me hacía sentirme algo inquieto. Pillamos unas bebidas y chuches y tiramos para casa.

El azúcar de las cuches y las bebidas nos revivió un poco, así que antes de ir a casa paramos en la de los padres de Megan para recoger un par de maquinas de aire acondicionado. Las instalamos en la casa de Megan y así descansamos de otro día ajetreado en la frescura que proveían.

Megan tenía unas ganas locas de cenar en Chipotle, así que nos subimos al coche y fuimos hacía allá solo para descubrir que habían cerrado temprano. Algo decepcionados pero motivados por hambre, hicimos otro plan y nos acercamos a otro sitio local.

El Cortijo fue un restaurante bonito ubicado en una cafetería antigua renovada en el centro de Burlington. Nos sentamos en la barra y pedimos un burrito y unas enchiladas para llevar mientras picábamos unos totopos con guacamole. Cenamos en el salón de Megan que contenía aún bastantes cajas sin descargar, después del cual nos fuimos a dormir temprano.

Ir a ver las creaciones interpretativas de Bread & Puppet sin duda supuso una experiencia única. Nunca he visto nada así en mi vida y dudo que lo vaya a ver, así que otra vez más he de darle las gracias a Megan por llevarme por la mitad de Vermont para experimentar esta vivencia tan rara. Tras un día intenso, ¡esta experiencia en el campo vermontés fue inolvidable!

Un día intenso en Burlington

19.09.22 — Vermont

Antes de hablar del día intenso, debería mencionar la fiesta que asistimos la noche anterior. Nos habían invitado a la casa de los padres de Megan para echar una mano con las preparaciones para la fiesta de despedida de Scott. Unos días después se iba a mudar a Croacia para empezar un nuevo trabajo – ¡menudo cambio!

A mí y a Megan nos encargaron con preparar las mazorcas de maíz, una tarea que supuso quitar la cáscara de las mismas. Luego preparamos los platos de queso, algo que se convirtió en un concurso al intentar los dos montar el mejor diseño compuesto de quesos, uvas, panes y las tablas de madera en sí.

Enseguida empezaron a llegar todos y se arrancó la fiesta con bebidas variadas y una parrillada. Me puse a hablar con la familia y los amigos de Megan y nos echamos unas buenas risas. ¡La tía abuela de Megan me dijo que soy un encanto!

Tras uno de mis momentos favoritos de la noche – el bufé de postres – la gente empezó a irse. Me despedí de Scott y luego Megan y yo nos fuimos a casa para descansar entes del día siguiente: nuestro día intenso por Burlington.

Fue una tarde bonita y relajada antes de lo que se venía el día siguiente…

De camino al partido de béisbol unos días antes, Megan había comentado que teníamos planes de montarnos en bici por la carretera alrededor del lago. Tanto Breen como Scott se habían reído de nuestros planes, diciendo que iba a hacer demasiado calor y que acabaríamos demasiado cansados como para hacer la ruta.

No fue que Megan y yo madrugaremos el día siguiente y por eso ya hacía bastante calor cuando nos levantamos. A pesar de esto, decimos que completaríamos esta ruta en bici, aunque fuera solo para callarles la boca a Breen y Scott. Sin más retrasos, hicimos una maleta, pillamos las bicis del garaje y partimos en nuestro viaje.

La primera parada tuvo sitio en la farmacia local, donde pillamos unas bebidas y barritas energéticas. Al ver que el guardabarros de la bici de Megan estaba algo suelto, tuvimos que hacer un apaño con cinta aislante que pillamos en la misma farmacia. Debería apuntar aquí que las farmacias estadounidenses son una locura – ¡tienen de todo como si fueran supermercados directamente!

Esta chapuza al final funcionó bastante bien y pudimos seguir volando por las carreteras y hasta la siguiente parada, el mercadillo agrícola. Atamos las bicis a un granero al que entramos para ver las antigüedades a la venta. Hacía calor dentro, pero nos quedamos un rato ya que me gustaban unas señales de carretera viejas y unas matrículas de coche caducadas.

Desde allí nos acercamos a la zona principal del mercadillo que se encontraba petada de puestos. Me compré una gaseosa casera de jengibre y paseamos un rato, resistiendo tentaciones como comida nepalesa y comprado unas galletas con crema de cacahuete y una crema de sirope de arce (por supuesto). ¡Una combinación bastante loca!

Luego seguimos hasta el lago y nos incorporamos en el carril bici que lleva hasta la carretera elevada. Allí encontré mi ritmo y seguimos un buen rato, pasando debajo puentes y a través de barrios residenciales cuando el carril bici se divagó de la orilla del lago.

Hizo un día maravilloso pero el calor supuso un adversario importante.

De camino a nuestro destino descansamos en un mirador sobre el lago y luego un puente interesante para que pudiera sacarle unas fotos y coger un poco de aire. Después hicimos una parada en un parque para ir al baño y rellenar nuestras botellas de agua que ya se encontraban vacías – ¡hacía más de 30°C y estábamos bien exhaustos!

Tras esta última parada fuimos avanzando a tope hasta que un cambio de marcha cuestionable me dejó con la cadena colgando. Con un poco de trabajo en equipo y unos palos robustos que encontramos, la volvimos a colocar en su sitio y seguimos hacia nuestro destino: la carretera elevada.

Este muelle de tierra curvada conecta la tierra firme de Vermont con una de las islas del Lago Champlain, así que continuamos hasta el punto medio y paramos un rato a la sombra. Captamos la vistas sobre el agua en los dos lagos mientras comimos el picoteo que habíamos comprado antes, incluidas las galletas dulces con su fusión de crema de cacahuete y sirope de arce.

Entonces empezamos el viaje de vuelta que en breve se volvió en un reto intenso gracias a la combinación del calor y nuestro agotamiento. Unas cuantas paradas de descanso después y tras echarnos encima lo que nos quedaba del agua, concluimos que no aguantaríamos el resto de la ruta hasta la casa. Decidimos que pararíamos en el puerto, ataríamos las bicis y cogeríamos un taxi hasta casa.

Dejamos las bicis en el parking de una heladería y nos pillamos un helado de sabor a sirope de arce (por supuesto). Creo que nunca me he comido un helado tan rápido en mi vida – ¡me hacía muchísima falta el azúcar y algo frío!

Megan buscó un taxi, pero el más económico para el viaje de cinco minutos nos salía a más de $23. Por eso – y quizá tontamente – decidimos que seguiríamos e intentaríamos empujarnos para pedalear el último tramo ascendente hasta casa.

El viaje empezó con una buena dosis de optimismo, pero la subida lenta de una carretera que a mi parecer no tenía fin acabó a matarme y empecé a quedarme atrás mientras Megan avanzaba. Me motivaron algo una lluvia leve que empezó a caer y los gritos de Megan que me animaba desde un semáforo donde me estaba esperando.

Enseguida la lluvia se volvió torrencial y giramos de esta carretera larga a una sección de una cuesta en picado. La lluvia sentaba muy bien y me quité la gorra para que me empapara. La tortura vino con el segundo tramo de esta subida, donde la cuesta se hizo más empinada aún y la lluvia se volvió violenta. A pesar de todo, seguimos avanzando y llegamos al último tramo hacia casa.

No se aprecia mucho en la foto pero la lluvia era tremenda.

Por fin de vuelta en casa, aparcamos las bicis, dejamos nuestras coas encima del maletero del coche y nos acercamos corriendo a la piscina donde nos lanzamos al agua completamente vestidos. Estuvimos en la gloria, riéndonos y salpicándonos con el agua fría que tanto alivio nos suponía.

Nos metimos dentro después, donde nos secamos y echamos la siesta. Tenía que haberme levantado a las 7pm pero me quedé dormido una hora más – creo que me lo merecía después de un viaje de 32km en temperaturas de unos 32°C. Me duché y bajé para unirme en la cocina con Breen, Aaron, Malory, Martín, Megan y Ryan.

No tardé en prepararme un gintonic y luego cambiamos al porche de la casa para jugar al pong de la cerveza y unos juegos de carta. Esto funcionó de lujo para que nos pusiéramos contentos (menos los que iban a conducir, claro) y salimos por Burlington a seguir pasándonoslo bien.

Ya que había conocido al equipo de béisbol al asistir a su partido amateur, me recibieron con un coro de “¡Ollie!” al llegar al bar donde íbamos a tomarnos la primera copa – ¡resulta que estaban allí de cañas también! Nos tomamos una y luego nos aceramos a otro sitio que se llamaba “Lamp Shop” (“Tienda de lámparas”). Allí el techo estaba lleno de lámparas antiguas que parpadeaban al ritmo de la musica. Los que me conocen y saben de mi obsesión con las luces se podrán imaginar que me encantaba el sitio.

A pesar de esta afición por la decoración, la música no era de mi estilo, por lo cual nos fuimos a otro bar. Allí se había montado un karaoke, ¡así que nos tocó a Breen y a mí volver a coger el micro para enseñarles a todos cómo se hace!

Al final no tuvimos la oportunidad de cantar ya que habíamos llegado tarde y las canciones que habíamos pedido no salieron antes de que se encendieran las luces a las 2am. Aún así nos lo pasamos pipa bailando, cantando y conversando. Yo lo estaba dando todo y cantando a toda voz, ¡así que durante un tiempo la chica al mando del karaoke se me acercó con el micro para que Malory y yo pudiéramos cantar un rato!

Con las luces encendidas en esta bar un poco turbio pero bien divertido, los que nos habíamos quedado hasta el final luego fuimos a pillar un kebab para ponerle lazo a la noche. Tras una espera importante para nuestra fritanga, el kebab sentó muy bien y me llevaron de vuelta a la casa de Megan.

Y así se concluyó un día loco e intenso que a pesar de serlo fue de los mejores que he vivido últimamente. Lo habíamos dado todo: habíamos pedaleado mucho, habíamos dormido mucho y habíamos festejado mucho. Como bien te puedes imaginar dormimos como una piedra y así estuvimos listos para la siguiente aventura, pero de eso tendré que hablar en la próxima entrada de blog…

El partido de béisbol

15.09.22 — Vermont

Retomo mi viaje donde lo dejé en mi última entrada de blog, después de otro día de exploraciones tras una mañana de trabajo en el paisaje pintoresco de Burlington, Vermont…

Otro día más y otra mañana de trabajo me esperaba, a la cual le puse fin cuando salí con Petergaye a comprar algo de comer. Fuimos a un sitio que se llama “Union Jack’s”, una bocadillería que se suponía que era británico pero lo era bastante poco al final. Me hizo gracia ver como interpretaban el estilo británico, con tarjetas regalo diseñadas para parecer billetes de £10 y vinilos en la pared de cabinas telefónicas rojas. Como siempre, tardé un buen rato en elegir que pillarme y me retrasé aún más cuando la servidora no entendía mi pronunciación de la palabra “tomate”. ¡Poco británica la veía!

Después del bocadillo enorme y una galleta igual de grande, me tumbé un rato y acabé durmiendo la siesta. Al volver Megan a casa, los dos nos echamos a la piscina, lo cual fue una idea excelente ya que seguíamos enfrentándonos con el calor y la humedad que no nos rebajan existir sin un sudor constante.

Luego nos tocó vestirnos y salir para las actividades de la tarde. El plan – como seguramente ya habrás adivinado gracias al título de esta entrega – ¡consistió en ir a ver un partido de béisbol! Nunca había visto un partido de este deporte estadounidense, así que andaba con muchas ganas de empaparme en el ambiente y ver de qué iba la cosa.

Nos encontramos con este coche antigua por el camino.

Breen y Adam vinieron a recoger a Megan, Scott y yo y nos acercamos a la casa de Ryan para aparcar. Para llegar al estadio, subimos por una senda turbia que nos llevó por un bosque y luego un cementerio para llegar a nuestro destino. Yo andaba quejándome de la cuesta todo el viaje, pero en nada ya me vi consumido por la emocional al llegar al campo y escuchar a los aficionados aclamar.

Llegamos entre muchas otras personas y había una emoción bastante pronunciada en el aire. La forma del estado de béisbol me pareció curiosa, con todos los espectadores agrupados en la esquina donde pasa toda la acción. Los otros tres lados del estadio no tienen ni butacas, se quedan prácticamente vacíos.

Me había vestido en la ropa más estadounidense que tenía para el evento.

Antes de salir de casa, me habían dicho que era “la noche de los perritos calientes” o algo así. Resulta que esto consiste en la venta de dichos perritos por tan solo 25 céntimos cada uno. Como bien te puedes imaginar, lo primero que hicimos fue acercarnos al puesto de perritos, donde nos avisaron que había un pedido máximo de seis por persona.

Ya sé qué te estás preguntando y sí, todos nos pillamos seis perritos calientes. En nuestra defensa, ¡iba a ser un partido largo y los perritos eran bastante pequeños.

Una pesadilla logística luego se manifestó cuando tuve que hacer un baile delicado para lograr echarle ketchup y mostaza a los perritos mientras sostenía un perrito caliente, la caja con los otros cinco, mi cerveza, mi abanico y mi cámara analógica. Tarea completa, subimos a buscar las butacas, ¡cosa que nos obligó a hacer más bailes improvisados para llegar a nuestros sitios con las manos llenas de perritos calientes!

Los cinco perritos calientes que me quedaban más mi cerveza, ¡todo un sueño americano!

El partido ya había arrancado al sentarnos, así que nos pusimos con las tareas importantes de comer perritos calientes, beber cerveza, corear y vacilar. Megan, Ryan, Scott, Breen y Aaron intentaron explicarme las reglas del juego e intenté seguirlo durante un rato pero luego se me gastó la cerveza ya me entró sed.

Saliendo del vomitorio para buscar más cerveza, acabamos perdiéndonos media hora del partido ya que las colas en los bares ya estaban bien largas. En un momento de repente escuchamos un grito del vomitorio, así que nos dimos media vuelta y vimos el momento que una pelota vino volando hacia abajo.

Pasados unos minutos más este ataque de la pelota volvió a pasar. Esta vez le pegó al chico detrás de nosotros en la cola directamente en la espalda. Disimulaba que no pasaba nada, pero estoy seguro que un golpe de una de esas pelotas tan pesadas tiene que dejar un moretón importante.

Cuando ya volvimos a las butacas, se empezó a poner el sol. Como con cada atardecer en Vermont, este fue impresionante y me tenía subiendo y bajando el vomitorio buscando el mejor sitio para sacarle fotos.

Luego hubo un momento bastante emocionante cuando salió al campo la mascota del equipo de béisbol, el Monstruo del Lago. Iba acompañado por dos chicos con pistolas que lanzan camisetas, así que nos pusimos a gritar y bailar, pero al final nos quedamos con las manos vacías.

Después pasó la cosa más curiosa al empezar a sonar música de órgano en el estadio. Todo el mundo empezó a cantar “Take me out to the ball game, take me out with the crowd…” (“Llévame al partido de béisbol, llévame con el público…”) Naturalmente estuve yo completamente perdido ya que no conocía la canción, pero se me quedó como un momento inolvidable de un viaje que ya había sido increíble.

La próxima salida del vomitorio a coger una cerveza también me dio la oportunidad de pillarme unos regalos. Me compré una gorra azul con una imagen de la mascota del club, una camiseta amarilla con un perrito caliente sosteniendo una moneda de 25 céntimos y un pin con forma de la mascota.

Enseguida tuvimos la suerte de conocer a la estrella en persona, la mascota de los Vermont Lake Monsters. Nos metimos en la cola para darle un abrazo y sacarnos unas fotos maravillosas. Nos lo estábamos pasando súper bien y se nos dio un ataque de risa, así que esta es la mejor foto que hay…

Tras nuestro momento con el monstruo, Megan y yo nos asomamos a un puesto que estaba vendiendo algo que se llama fried dough, masa frita. Resulta que consiste en una ración del tamaño del mismo plato de justo eso: masa de donut que se ha frito. Sabía igual que un donut y vino acompañado por – cómo no – sirope de arce.

Al volver a entrar en el estadio con nuestro capricho, vimos que habíamos estado tanto tiempo fuera que ya se había acabado el partido. Los demás bajaron de las butacas a unirse al picoteo en la primera fila de butacas – ¡ese fried dough era delicioso!

Aproveché la oportunidad de sacarme una foto en las butacas vacías y también unas fotos robadas de Megan y Ryan y otra pareja que estaban descansando con vistas sobre el campo.

Y con eso, mi experiencia en el partido de béisbol llegó a su fin. Había sido una verdadera pasada y algo que nunca había experimentado antes. Tengo que darle las gracias a Megan por organizar todo, fue algo que había estado yo dándole la lata diciendo que quería hacer durante los meses antes de aterrizar en los Estados Unidos.

Para ponerle lazo a la noche acabamos otra vez en Al’s comprando más helado. Pedimos a unas señoras que nos sacaran una foto en mi cámara analógica – tengo muchas granas de compartir esas fotos – y nos pillamos unos helados. Como ya habrás adivinado, estos helados tenían sabor a sirope de arce. ¡No podía haber sido otra cosa!

Megan se muda

14.09.22 — Vermont

Retomamos el viaje tras el finde de camping. ¡Ya era el lunes de la gran mudanza para Megan! Yo tuve que trabajar por la mañana, así que madrugué y bajé a unirme al equipo virtualmente desde la oficina de la casa. Megan ya estaba de pie y metiendo en cajas las últimas cosas, después del cual se fue a recoger la furgoneta que había alquilado para llevar los muebles.

Miraba todo lo que hacía desde la ventana, pero en un momento no podía resistirme a salir y sacarles una foto a todos los implicados en la mudanza. Hacía bastante calor pero Megan, su hermano Scott y su amigo José ya estaban animados y de buena marcha mientras yo estaba atrapado en casa acabado las tareas del día.

Eventualmente acabé el trabajo y me desconecté. Me pasé un rato descansando por la casa ya que me habían encargado con cuidarla mientras los demás andaban echándole una mano a Megan con la mudanza. Sí que es verdad que tuve que hacerme la maleta ya que por la tarde me iba a dónde Megan a unirme con ella y su nueva compañera de casa para pasar nuestra primera noche en la nueva casa.

A Ellie, la perra de la familia de Megan, le gustaban mucho mis calcetines.

Scott me vino a buscar y así fui la última cosa en ser trasladado a la nueva casa. Al llegar conocí a Petergaye, que acababa de instalarse en la otra habitación esa misma mañana. Ella, Megan y yo echamos un buen rato hablando mientras sacaba las cosas de mi maleta y me configuré en mi nuevo hogar para la siguiente semana y media.

Esa tarde, los tres acabamos subiéndonos al coche de Megan para acercarnos al centro de Burlington, donde cenamos unas pizzas delicias y nos tomamos unos cócteles para celebrar el fin de un día largo para todos – ¡a pesar de que logré evitar la mayoría del trabajo manual!

Tras unas cuantas risas al compartir muchas historias gracias, nos acercamos a una institución local (en las palabras de Maureen, no las mías) para tomarnos un helado. Aquel Al’s French Frys parecía el plató de una película de los 70 así que me aseguré de sacarle muchas fotos.

Pedí una tarrina de helado con sirope de chocolate caliente y Reese’s Peanut Butter Cups, unas tacitas de chocolate rellenas de crema de cacahuete que figuren entre mis caprichos favoritos de los Estados Unidos. Fue un postre delicioso sin duda, pero puede que me pasé al pillar algo tan exuberante tras una cena importante de pizza con pollo picante.

El día siguiente me tocó volver a trabajar, así que me reuní con Maureen y Megan por la tarde mientras vacían más cajas y limpiaban los cuartos del piso bajo. Megan y yo compartimos medio bocadillo y una galleta caliente a la hora de comer y luego descansamos lo que quedaba de la tarde. Habían sido dos días demandantes y la humedad y el calor se habían mantenido a lo largo de los dos.

Al final nos levantamos, nos duchamos y salimos para pasar el resto de la tarde noche fuera. En primer lugar fuimos a pillar unos tacos en Taco Gordo, un sitio mono con unos tacos deliciosos y un cóctel gracioso que se llamaba “Ariana Grande” que consistía en dos granizados en espiral.

Me gustaban mucho los estilos eclécticos de las casas por las calles de Burlington.

Taco Gordo era ruidoso, colorido y caótico. Me recordaba a España…

Después de la cena nos acercamos al Centro Universitario en el cual Megan había tenido alguna clase en el pasado. Habíamos quedado en ver allí una obra de teatro que se llamaba “Desperate Measures” (“Medidas desesperadas”). Era una obra de una compañía de drama profesional que estaba visitando el teatro del centro, algo que me recordaba de los años que curré en un teatro en mi pueblo en Inglaterra.

Nos sentamos en las butacas en frente del escenario, el cual reveló que lo que íbamos a ver era un wéstern. Maureen también mencionó que era una comedia – me hizo bastante gracia que iba a ver un wéstern cómico durante mi viaje a los Estados Unidos.

La obra fue bastante graciosa, en parte porque me gustó y en parte gracias a los cócteles que habíamos bajado antes. Eso sí, la trama era muy extraña. Contó la historia de un condenado a muerte que solo podía liberarse si su hermana (una monja) se acostara con el jefe de la policía. Ella luego consiguió engañarle al cambiarse por otra mujer en la forma de una prostituta que estaba enamorada con el condenado y que haría lo que fuera para salvarle la vida.

¿Confundide? Nosotros lo estábamos también.

A continuación, el jefe de la policía se enamora de la “monja” y declara que se tiene que casar con él para que perdone al condenado. Esto implica más movidas logísticas de cambiar a una mujer por otra, esta vez escondida debajo de un velo nuptial en vez de bajo el velo de la oscuridad. Enseguida todo se le echa encima del jefe de policía gracias a un contrato que el sherrif había persuadido a su jefe que firmara, durante lo cual la monja y el sherrif se habían enamorado y se habían casado.

¿Entiendes? Yo tampoco.

El día siguiente y volví a trabajar hasta la tarde, así que las actividades del día se dejaron para un poco más tarde en el día. Megan y yo las arrancamos con unas cervezas baratas en un bar de Burlington que disponía de una terraza bonita. Después volvimos al coche con unos trozos de pizza en la mano que nos los comíamos directamente de los platos de papel mientras íbamos andando.

Hacía buen tiempo y la pizza y la cerveza eran baratas.

Desde allí nos acercamos a un campo de béisbol donde se iba a jugar un partido que se había quedado entre el equipo de Megan y sus amigos y luego otro equipo local. No sabía ni que era el béisbol, pero en breve aprendí que es una versión de rounders, un juego que practicábamos en el instituto. La única diferencia es que los americanos se ponen guantes “por si la pelota nos hace daño a la mano”…

Al empezar el partido, probé un té helado alcohólico. Esta bebida logró lo imposible al ser simultáneamente repugnantemente dulce y demasiado amargo, así que Megan y yo nos acercamos a un supermercado cercano para comprar alguna alternativa.

El supermercado – como todos los supermercados estadounidenses – era grande de más y disponía de demasiadas opciones. Esto me agobiaba, especialmente dado que la mayoría de las bebidas eran mezclas raras y lo único que buscaba era una lata de gintonic ya mezclado. Se nos agotaba el tiempo, así que me pillé la bebida que tenía la pinta de ser la menos horrorosa y volvimos al campo.

Nuestro banco era un lío pero claro que recogimos todo antes de irnos.

It turns out that I made a bad choice, the mojito-style creation that I’d picked up was equally as disgusting as the hard iced tea, but nevertheless I’d still to join everyone in “shotgunning” my can on the pitch. This involved making a hole in the bottom of the can with a key, then opening the top of it and downing the whole thing as it came rushing forth. It was not pleasant.

Resulta que elegí mal: la bebida “al estilo de un mojito” que había pillado era igual de asquerosa que el té helado, pero aún así me vi obligado a unirme a todos en hacer “shotgunning”. Esto consistió en hacer un agujero en la base de la lata con una llave y luego abrir la hebilla para poder beberla toda de golpe. ¡No fue una experiencia muy grata!

Hasta me prestaron una camisa del equipo a pesar de mi falta total de competencia.

Había sido una tarde muy guay, a pesar de derrota de nuestro equipo y las bebidas asquerosas. Iba bastante contento en el coche durante la vuelta a casa, pero ya se me pasó al llegar a casa y zampar unas galletas y un plato de pasta recalentada. Fue muy guay poder unirme al equipo y pasar la tarde, ¡aunque el la única vez que pisé el campo era para beber mi mojito!

Camping pijo

11.09.22 — Vermont

Tras comer en el Lago Champlain y luego hacer una ruta por las islas que contiene con Maureen, ya me había acostumbrado a estar sobre el agua y poco a poco me estaba enamorando de este rincón precioso de los EEUU. Mi primer finde en el país iba a reforzar aún más esta conexión con el agua porque habíamos quedado en ir de camping una noche con Breen y Aaron en las orillas del lago.

El día del viaje empezó con una vuelta por el barrio para sacar a pasear a las perras. Megan se encargó de Ellie, la perra de su familia, y yo me encargué de Libby, la de Breen y Aaron. Esta ruta rápida nos llevo por las calles de Williston y de vuelta a casa para que pudiéramos prepararnos para la noche entre la naturaleza.

Luego nos fuimos hacia el campamento que se encontraba ubicado en un parque nacional en una de las islas del lago. Paramos por el camino para comer en Seb’s donde me procuré un corn dog, un perrito caliente empanado en una masa de maíz dulce y frito. Había probado esta guarrería en Florida unos años atrás y había estado deseando volverlo a probar durante bastante tiempo. ¡Muchas gracias a Megan por cumplir mis sueños más extraños!

Se unieron Breen y Aaron a nosotros para compartir la comida de fritanga y luego los cuatro nos dirijimos a una cervecería local. Me pillé un “flight”, que resulta ser el nombre para una degustación de distintas cervezas artesanales. Megan se cogió lo mismo pero no le gustó la mitad de las cervezas, así que al final acabé bebiendo para dos.

Como te puedes imaginar, llegué al campamento bastante contentito, así que descansé un rato mientras Aaron nos echó una mano (es decir, lo hizo todo) con alistar el sitio para pasar allí una noche de camping pijo. Digo que era pijo ya que no nos vimos expuestos a los elementos, gracias a Breen y Aaron que nos habían conseguido un sitio con una estructura de madera bajo la cual edificar las tiendas. También disponíamos de unas visitas maravillosas sobre el lago.

La hoguera y el lago combinaron para crear una escena pintoresca.

Prendimos bien la hoguera para que nos mantuviera calientes durante la tarde noche. Resulta que lo prendimos demasiado bien – al final estuvimos quemado leña a tal velocidad que nosotros (o mejor dicho, gente menos vaga que yo) tuvimos que volver a la tienda dos veces para comprar más. La hoguera cumplió su función de teneros cómodos mientras abrimos unas cervezas y hablamos hasta tarde, y luego se volvió más útil aún cuando cocinamos unos perritos caliente sobre las llamas.

Luego era la hora de prepararnos el postre para que yo probara otra americanada: los s’mores. Esta comida con su nombre tan raro consiste en una nube tostada que se aplasta con una barrita de chocolate entre dos galletas. Hice el mío lo mejor que pude – quitar una nube tostada caliente de una brocheta y colocarla entre las galletas es un reto logístico más complejo que lo que pueda aparecer – y probé mi primer s’more. Me gustó, pero me quedo firme en mi opinión de que el chocolate americano sabe a queso, así que al final recurrí a las nubes tostadas solo.

Tras una visita a la cabaña de los baños para lavarnos los dientes, nos acostamos para pasar nuestra noche única de camping pijo. Dormí bastante bien a pesar de mi vejiga pesada que me tenía levantándome durante la noche para ir al baño. Esto tuvo su lado bueno, ya que la segunda vez que me levanté fue justo durante el amanecer y así pude ver la salida del sol sobre el agua del lago.

Una vez levantado de verdad, empezamos las preparaciones para el desayuno de tortitas con pepitas de chocolate que – naturalmente – íbamos a empapar con sirope de arce de Vermont. Megan y yo teníamos mucha hambre y poca vergüenza así que decidimos sacar las salchichas que nos habían sobrado de la noche anterior. Las tostamos sobre la hoguera mientras Breen se hartó de esperar a que se calentara su cocina de camping. Al final acabó guardando la cocina y echó la sartén directamente encima de las llamas.

Al terminar el desayuno, los cuatro empezamos a guardar todo, apagamos la hoguera y nos subimos a los coches para volver a la tierra firme. El plan era tomarnos un helado en Seb’s, pero estaba el sitio cerrado así que terminamos tomando algo en una cafetería. Allí echamos un rato leyendo la sección de anuncios para buscar pareja – ¡nos hicieron muchísima gracia!

De vuelta a la casa de Maureen y Terry, guardamos las cosas y yo me senté a escribir las postales destinadas a mis padres, mi hermana y mis tíos. Para enviarlas, solo tuve que salir al jardín, dejarlas en el buzón y levantar la banderita roja para que el cartero supiera recogerlas. ¡Es un sistema muy mono!

Esa noche fue la última que iba a pasar en la casa de los padres de Megan, ya que el día siguiente íbamos a mudarnos a la nueva casa de Megan. Pasamos la tarde cenando un plato de pasta muy rico preparado por Maureen y luego nos echamos en frente de la televisión mientras Megan preparaba las últimas cajas para la mudanza.

Vimos un capitulo de America’s Got Talent, un concurso que busca gente con talento de los EEUU. Un cómico que hacía chistes malos sobre el ciclismo se recibió con abucheos mientras otro que iba vestido de unos pantalones (literalmente) y que hacía chistes igual de malos relacionados con los pantalones fue aplaudido y pasó a la siguiente ronda. Sigo sin entender el sentido de humor estadounidense.