Ahora que va subiendo el calor en Madrid y ya que tenía que asistir a un par de eventos, hace poco me encontré en un vuelo con destino al Reino Unido para pasar una semana con mi familia y mis amigos. Tuve que trabajar en remoto desde allí entre semana, ¡pero aún así logramos hacer bastantes cosas durante los findes y por las tardes!
Tras ser recogido por mis padres en el aeropuerto, el viaje empezó sin que ni siquiera pudiera pasar por casa a dejar mis cosas. Del aeropuerto fuimos directamente a un centro comercial donde tenía que comprar unas cositas – unas buenas gafas de sol para enfrentarme con el verano español, unas botas para viajar en otoño y algo de ropa para la boda de una amiga.
Con la compra hecha, volvimos a la casa de mis padres en el pueblo, que lucía bonito con banderas celebrando las celebraciones del aniversario del reinado de Isabel II. Las fiestas habían acabado al llegar yo al pueblo, pero las banderas seguían y el sol de tarde me inspiró a sacar unas fotos por allí. Se me hizo curioso ver todo en esta luz, ya que típicamente viajo a Inglaterra en navidades.
Al llegar por fin a casa, deshice la maltreat y probé las nuevas botas antes de ponerme unas que eran más viejas y estaban más embarradas para dar una vuelta por el campo. Este camino nos llevó por los prados y un par de pueblos pequeños bonitos que quedan cerca de donde viven mis padres.
No me quedé hasta tarde, ya que el día siguiente tuve que madrugar un poco para unirme a los planes que tenía con dos amigas – ¡íbamos a Alton Towers! Para celebrar el cumpleaños de Danni, había decidido llevar a Abi y a mí a este parque de atracciones que me tenía obsesionado de joven pero que llevo bastantes años sin visitarlo.
Llegamos bajo un cielo nubloso y algo amenazador, pero no nos perturbaba nada: andábamos con muchas ganas de subirnos a todas las atracciones que pudiéramos. Tras sacarnos unas fotos en Towers Street, la plaza de entrada al parque, nos acercamos a la primera de muchaspero muchas atracciones ese día.
Gracias al hecho de que era domingo y dado el cielo gris que amenazaba con llover todo el día, no había casi nadie en el parque. Esto nos venía de lujo, así podíamos subirnos a una montaña rusa tras otra, haciendo casi nada de cola para embarcar a cada una. Todo esto en un parque de atracciones conocido por sus tiempo de espera exagerados – ¡fue genial!
Tras mi primera experiencia en Wicker Man, una montaña rusa de madera que se ve en la foto de arriba, decidimos pillarnos un abono que nos dejó descargar cada foto que se nos sacara en las atracciones. Como digo, casi no había que esperar nada para subirnos a cada una, así que aprovechamos para subirnos las veces que hicieran falta para conseguir la foto perfecta…
El día seguía pero nuestro ritmo también: hasta pudimos subirnos tres veces a una de mis montañas rusas favoritas, Nemesis, que pensábamos que iba a estar cerrada así que nos alegró muchísimo descubrir que andaba en marcha. La atracción más aterradora tiene que haber sido los barriles giratorios, que me tenían gritando durante el todo el ciclo y me dejaron bastante mareado. Una atracción para los peques – ¡ni de coña!
Nos lo pasamos muy bien en Alton Towers, de verdad creo que llevo un buen tiempo sin reírme tanto en un solo día. Acabamos el día en el McDonalds, en donde cenamos antes de que Danni me dejara en casa, mojado y cansado pero con una sonrisa tonta en el rostro.
El día siguiente volví al trabajo, aunque fuera el teletrabajo desde el dormitorio de mi infancia. Al descontarme del curro, salí a dar una vuelta con mis padres y mi hermana, que se había unido al plan desde Sheffield. Estuvimos un buen tiempo caminando, pasamos por dos embalses mientras el sol se ponía detrás de las colinas.
El día siguiente lo pasamos en familia. Fuimos al condado de Yorkshire para enterrar las cenizas de mi abuela. Esto fue la razón principal por la que fui a Inglaterra y sirvió como una despedida bonita tras su muerte el año pasado.
Después del servicio en el cementerio, mis padres, mis tíos, mi hermana y yo nos acercamos a York, en donde habíamos reservado una mesa para comer en Betty’s, un salón de té famoso. Pasamos la tarde tomando té, sándwiches y pastas, y luego echamos el resto de la tarde de compras por las calles preciosas del centro de la ciudad.
Se me hizo corta la tarde gracias al ambiente vivo de York y el buen día que hacía.
En breve me cansé, así que me puse a sacar fotos desde donde estuve sentado.
Luego pasé el resto de la semana trabajando desde casa, con las tardes dedicas a hablar con mis padres, andando por me pueblo y cenando con amigos en un restaurante en Burnley que nunca había visitado.
El viernes me fui a Leeds, donde por fin me reuní con Emily y pude conocer a su perro, Lando. La pareja de Emily, Lincoln, no estaba en Leeds ese finde, pero su madre sí, así que los cuatro (Lando incluido) pasamos la tarde hablando en casa. El sábado salimos a dar una vuelta por un bosque, aprovechando la naturaleza que está a tan solo diez minutos de la casa de Emily y Lincoln.
Desde allí, Emily me llevó al aeropuerto en Mánchester. Me habían dicho de llegar con mucho tiempo para que el caos en el control de seguridad no hiciera que perdiera el vuelo. Al final pasé por el control en literalmente cinco minutos, así que tuve que hacer mucho tiempo en la sala de salidas, por lo cual me puse a escribir esta misma entrada de blog desde allí.
Bueno, con esto ya os he contado todo sobre mi semana en la patria. Al final conseguí hacer bastantes cosas sin tener que cogerme ningún día de vacaciones, así que he de dar las gracias a Erretres por su flexibilidad a la hora de teletrabajar. Personalmente prefiero trabajar desde la oficina, pero tener la opción de trabajar desde donde mejor te convenga es el futuro.
A ver hasta donde me lleva el teletrabajo…
Va llegando el sol
09.06.22 — Madrid
En un contraste con el ambiente festivo de Oslo, descubrí al volver a Madrid que se me habían muerto cuatro de mis plantas. No tardé mucho en descubrir la causa: una ola de calor que había pasado por Madrid mientras yo andaba de fiesta en el aire fresco noruego.
El sol aún estaba muy presente al llegar yo, así que en nada ya había sembrado unas semillas nuevas. Esta selección de cilantro y flores amarillas ya ha empezado a brotar: vuelve la primavera a la casa de Ollie.
Ponerme jardinero no es lo único que he hecho desde llegar a Madrid, han sido quince días de no parar antes de mi próximo viaje – pero más sobre eso en otro momento.
El primer momento de emoción que pasé fue cuando llegó Kevin de los EEUU para empezar empezar unas vacaciones de seis semanas aquí en España. Fuimos reunidos cuando pasó por mi oficina cuando salí del trabajo, una reunión después de la cual fuimos a cenar juntos por mi barrio antes de que volviera a sus tierras asturianas el día siguiente.
Otra tarde de esa semana salí al teatro. Había comprado entradas con Javier y Bogar para ir a ver Kinky Boots. Quedamos para tomar algo en una terraza antes de ir al teatro por el centro para disfrutar el musical.
Pasamos por la alfombra roja en nuestras botas poco quinquis.
Disfruté mucho el espectáculo que me dejó caminando a casa con un toque extra de descaro. Los 10.000 pasos diarios tienen que hacerse, y una tarde después del teatro presenta una oportunidad perfecta para hacer justo eso con el fresco que hace después los días de calor opresivo.
El nuevo paseo entre la Plaza de España y el palacio ha quedado bastante bonito.
Aunque hace calor con la llegada del sol, bien sé que solo se irá calentando más con el verano, así que estoy aprovechando cada oportunidad de ver la ciudad en flor y utilizar bien mi armario veraniego. Mi colección veraniega este año ahora incluye esta nueva camisa amarilla que me regalaron Bogar y Javier para mi cumpleaños.
Un selfie vano en el cual acabo de fijarme que mi camisa hace juego con la pared.
Me saqué esta foto durante una vuelta por mi barrio, donde tengo la suerte de tener al lado el río y el parque que lo bordea. Últimamente he pasado muchas noches pasando por allí, hablando con amigos en persona o por teléfono.
Pensé que estas flores eran naranjas, pero solo eran eso: flores bonitas.
Esta semana pasada ha sido más tranquila, he pasado tiempo en casa cocinando, limpiando y preparando mi casa para le llegada del verano madrileño. Eso no quiere decir que me haya quedado quieto: una tarde fui a ESNE, la universidad de diseño aquí en Madrid. Asistimos a la presentación de un libro explorando el valor económico del diseño dentro de la Comunidad de Madrid, quedándonos después para tomarnos un vino y hablar con otros amigos y compañeros.
Oye, que la foto no te engañe, ¡las copas no eran todas nuestras!
La vuelta del verano a Madrid trae consigo la vuelta del terraceo y el tapeo, y ya sabes que ya he estado disfrutando de los dos a tope. Ofrecen algo de recompensa por el calor, que sé que en breve me va a empezar a molestar – pero hasta entonces, ¡os dejo con esta pequeña actualización!
El diecisiete de mayo
09.06.22 — Oslo
Antes de empezar, me gustaría avisar que con esta entrada pongo fin a la racha de entradasbreves que llevo – ¡esta va a ser muy larga! Pero creo que vale la pena, ya que acabo de volver de pasar siete días de diversión en Noruega.
Ya que la última vez que visité a Heidi en su ciudad fue hace más de tres años a finales del 2018, ya tocaba que volviera. Iba a viajar a Oslo el verano pasado, pero una doble infección de coronavirus el año pasado puso un fin rápido a mis planes. Ahora que se han tumbado casi todas las restricciones, estoy intentando recuperar los años perdidos de planes deslucidos.
Este viaje surgió cuando me escribió Heidi de la nada para preguntarme que planes tenía para el 17 de mayo y para proponerme algo que no podía decir rechazar. Me dijo que el 17 de mayo (Syttende Mai en noruego) es el día nacional de Noruega ¡y que fuera a celebrar con ella y con Axel!
Una semana después ya había comprado vuelos, el primero de los cuales lo cogí hace un par de semanas. Después de volar sobre el centro de la ciudad, Heidi me recogió en el aeropuerto y me llevó al piso precioso que ha comprado con Axel, que nos estaba esperando con una cerveza fría.
Heidi luego tuvo que volver a salir porque sus compañeros le habían liado para que participara en una posta. Mientras ella subía la cuesta de una de las colinas que rodean el centro de la ciudad, Axel y yo salimos a tomar algo con sus amigos y para que yo comiera algo – ¡llevaba sin comer desde el desayuno!
Después de unas risas con los amigos de Axel, efectuamos una parada rápida para que comprara unas chucherías para satisfacer mis ganas de dulce. Desde allí nos subimos en unos patinetes eléctricos – un modo de transporte que se volvería en algo íntegro del viaje – y fuimos a reunirnos con Heidi para tomar una caña pos-posta.
Este bar se llamaba “angst”, que significa “ansiedad” en Noruego.
Luego volvimos a su casa, en donde empezamos a preparar las celebraciones de esa noche: ¡tocaba ver Eurovisión! Charlotte, una amiga de Heidi, se unió a la fiesta, para la cual Axel preparó una pizza deliciosa (con piña, ¿y qué?). Me lo pasé fenomenal viendo todas las actuaciones: quería que ganara España (no solo por vivir aquí, Chanel lo hizo muy bien), pero al final acabé votando a Rumania – ¡era todo demasiado mono!
La casa de Heidi y Axel es preciosa, más aún durante el atardecer.
Al final ganó Ucrania gracias a una muestra masiva de apoyo público, después de lo cual todos nos fuimos a dormir para tener la energía necesaria para las aventuras del día siguiente – ¡y tantas hubo!
La primera excursión nos sacó de la ciudad y nos llevó a las montañas, ya que había comentado que me gustaría ver un poco de la naturaleza noruega. Axel nos condujo hasta un bosque donde empezó nuestro camino, una vuelta que – muy a mi pesar – nos llevó cuesta arriba durante el primer tramo.
Como bien se puede ver, el paisaje fue precioso, consistiendo en una senda entre un bosque denso de abetos. A pesar de quejarme de la subida durante la primera parte del viaje, en nada llegamos a nuestro destino: un embalse rodeado por colinas y bosques. Pillé una bebida de una cabaña por allí – que resultó saber bastante mal, pero hay que apañarse – y nos sentamos un rato mientras sacaba unas fotos.
Se me hacía que se podría grabar una película independiente en este lugar.
Luego empezamos la vuelta a donde habíamos dejado el coche, una experiencia agradable hacia abajo siguiendo el camino del río al bajar hacia la ciudad. Paramos a comer por el camino en un claro en la ribera que Axel conocía. En un banco de picnic comimos las sobras de pizza de la noche anterior y hablamos un poco de todo.
Al llegar al coche, volvimos a casa para refrescarnos y acercarnos al sitio donde habíamos reservado una mesa para cenar. Habíamos intentado comer en este sitio cuando visité Oslo la primera vez, pero en esa época del año se encontraba cerrado. Tenía ganas de visitar, ya que me lo habían descrito como un restaurante ribereño en una isla pequeña en el medio del fiordo en el que está situado Oslo – ¡de ensueño!
Un autobús nos llevó a la orilla, donde tuvimos que esperar la llegada de un barco pequeño para que nos llevara a la isla. El viaje corto nos dejó en un sitio bonito y tranquilo, desde donde podíamos mirar sobre la ciudad o hacia las aguas del fiordo. Los pocos que estábamos en aquella isla nos encontrábamos acompañados por una familia de patos, un vídeo de la cual pude grabar mientras se metían en el agua tranquila del fiordo.
Nuestra mesa disponía de unas vistas preciosas sobre el agua y hacía un tiempo perfecto – sentía como si hubiéramos escapado del mundo un rato. Arrancamos la cena con una selección de entrantes – yo había pedido la crema de marisco según la recomendación de Heidi y Axel, y estuvo riquísima.
Disfrutaba del entorno perfecto, la comida rica y la compañía inmejorable.
Ya que aún tenía un poco de hambre y dado el sabor rico de la crema de marisco, pedí también una hamburguesa de salmón como plato principal. Donde fueres, haz lo que vieres…
Luego me fui a los baños que estaban situados en una cabaña roja justo fuera del jardín del restaurante, ¡ pero este pequeño viaje se convierto en una aventura! Al salir del baño, descubrí que podía caminar sobre un pequeño cabo que entraba en el agua del fiordo y no podía resistir la tentación de ir explorando.
En esta pequeña península me esperaban bastantes sorpresas: vistas sobre el centro de Oslo, bancos escondidos para sentarse mirando sobre el agua, formaciones de piedras, texturas y hasta una vista sobre una casa edificada sobre una roca aislada en medio del fiordo.
Podía haberme sentado en esta banco a pasar toda la tarde mirando el atardecer.
Pasado un tiempo decidí que probablemente había estado ausente un rato de más, por lo cual volví casi corriendo a la mesa. Heidi y Axel me informaron de que me habían traído la hamburguesa y que se la habían llevado de vuelta – Heidi había pedido que me la mantuvieran caliente mientras estaba haciendo mis tonterías y sacando mis fotos.
Dicha hamburguesa, igual que la crema que la prefijó, estuvo deliciosa. Consistió en un lomo de salmón entero entre pan y acompañado por unas de las patatas más deliciosas que he comido jamás. Me recordaron de un debate que salió cuando estuve en Suecia el año pasado. Unos suecos y unos noruegos que estaban sentados en mi mesa estaban debatiendo qué país tiene las mejores patatas. Lo siento mucho, Suecia, pero creo que tendré que dar yo el premio a los noruegos.
Acabada la cena, el sol se puso y una brisa fresca empezó a soplar, así que los tres volvimos al puerto a esperar el barco. Nos recogió allí y hicimos el pequeño viaje de vuelta a tierra firme, en donde decidimos coger un patinete eléctrico de vuelta al centro.
Mírales las caras contentas y listas para enfrentarse al viento frío de Oslo.
El plan original era coger los patinetes hasta la parada del autobús, pero las vistas que nos rodeaban nos obligaron a seguir en patinete hasta llegar a casa. Este viaje de tarde nos llevó por la granja real, por el puerto y por en frente de la ópera que tanto me había encantado la última vez que visité. Todo esto fue acompañado por la presencia de una luna llena que brillaba enorme en el cielo.
El ambiente mientras se ponía el sol sobre el agua fue sublime.
Tras llegar a la casa de Heidi y Axel, pasamos una noche tranquila ya que los dos tenían que trabajar el día siguiente. No tenía yo esa preocupación gracias al puente de Madrid, así que me quedé en su salón viendo el atardecer y escuchando música mientras ojeaba las fotos que había sacado ese día. Aunque no lo parece, ¡las fotos que ves en esta entrada representan un intento de recortarlas a las menos posible!
El día siguiente me desperté en una casa vacía, ya que Heidi y Axel se habían ido a trabajar. Pasé la mañana preparándome algo de desayuno y haciendo cosas en mi portátil, pero eventualmente decidí acercarme al centro para explorar las calles de Oslo.
Cuando justo estaba llegando al puerto, me escribió Heidi para preguntarme por dónde andaba y si quería subir a su oficina para echarle un ojo ya que salía temprano. Puesto que no tenía nada que hacer si no, me acerqué al edificio enorme y me subió a su planta para que conociera a sus compañeros.
Las oficinas eran enormes, con un patio interior bastante bonito.
Como se puede ver en la foto arriba, luego nos subimos a la azotea del edificio, un sitio que ofreció unas vistas bastante chulas sobre el centro y el edificio del ayuntamiento (el de los ladrillos rojos). Al volver a la planta baja, Heidi fichó su salida de la oficina y los dos nos fuimos a reunirnos con Axel, que también había dejado el trabajo.
Encontramos un par de invernaderos bien coloridos en la calle.
Ya reunidos, los tres pillamos algo de comer en un sitio que nos recomendó Axel. Con un sándwich en la mano, nos acercamos en un parque que contenía los jardines botánicos de Oslo.
Una vez allí, en nada un segurata nos dijo que no podíamos montar un picnic en justo esa zona de césped especifica que habíamos elegido. Quizá fuera a nuestro beneficio al final, ya que este desalojo nos permitió explorar otras zonas del parque y nos llevó a la zona de picnic designada, una cuesta bañada de sol.
Entre los sitios del parque se destacó esta joya, un patio escondido lleno de tulipanes.
Tras disfrutar una cena con vistas sobre la ciudad, nos cogimos un patinete y volvimos a casa para empezar las preparaciones para el dies siguiente – ¡había mucho que hacer! El plan para el 17 de mayo supuso invitar a los amigos de Heidi y Axel a desayunar en casa, y me habían avisado que podría pasar cualquier cosa después de este desayuno….
Con la preparación básica hecha para el brunch del día siguiente, Heidi y yo salimos a dar una vuelta – ella quería coger unas flores silvestres y yo quería llegar a mi objetivo de 10.000 pasos diarios. Caminamos un buen rato por su barrio local, deteniéndonos para coger unas flores blancas de un árbol que estaba sobrado de ellas.
No hay qué me gusta más que una vuelta para luego dormir y descansar bien.
Cuando me desperté el día siguiente ya había llegado el gran evento – ¡era el 17 de mayo! Heidi había madrugado para poner los toques finales a los platos y preparar la mesa, pero aún así encontró un hueco para presentarme con un lazo bonito con los colores nacionales para que no me sintiera sin el vestido apropiado.
Los invitados empezaron a llegar sobre las 10am, así que abrimos unas botellas de champán y se abrió el bufé. Nos sentamos a comer, beber y conocernos, pero luego nos levantaron para concursar en una serie de juegos y retos. Para esto, nos partimos en dos equipos, y cada miembro tenía que enfrentarse con uno del otro equipo para participar en unas tareas cada vez más extrañas y graciosos.
A mí me tocó cantar y bailar (bueno, lo de bailar fue un extra opcional que sumé) con unos cascos puestos con aislamiento de ruido. Mi equipo tenía que adivinar qué canción estaba cantando/bailando, ¡y creo que al final se nos dio bastante bien!
En nada ya era la tarde, pero seguía la fiesta con más música, copas y picoteo. Eventualmente nos tocó salir de la casa y acercarnos al centro, cosa que hicimos cogiendo el bus. En el autobús había un ambiente eléctrico y estaba todo el mundo vestido en el vestimiento tradicional: los hombres en traje y las mujeres en su bunad, un vestido tradicional super bonito.
Aquí debería destacar que Axel no lleva un traje tradicional noruego, sino sevillano. No sé por qué eligió salir así, ¡pero lucía estupendamente bien en su traje de Sevilla que había comprado allí!
Acabamos dando unas vueltas por la ciudad – para empaparnos en el ambiente, sí, pero también porque nos habíamos equivocado de tranvía entre tanta emoción. Un viaje rápido en metro rectificó nuestro despiste y eventualmente encontramos el bar de vinos donde nos estaban esperando los demás.
Todos acabamos robando el sombrero excelente de Axel para hacernos unas fotos.
Nos lo pasamos súper bien sentados en la terraza de este bar. Conocí a aún más de los amigos de Heidi y Axel y me encontré probando un vino naranja. No sé con qué se hace ni por qué sale naranja, pero sabía bien y no era tan caro (bueno, comparado con el resto de cosas en Noruega), así que me quedé contento.
¿A que Heidi luce fabulosa en su bunad?
Al dar paso la tarde a la noche, al final nos despedimos de los que seguían en el bar de vinos y fuimos a buscar algo para cenar antes de irnos a casa. Esta búsqueda nos llevó al puerto, donde conseguimos una mesa en un restaurante italiano bonito. Allí nos pillamos unas pizzas deliciosas y pasamos un buen rato conversando.
Bien satisfechos tras tanto comer y beber, los tres volvimos a casa para pasar lo que quedaba del día recogiendo el salón y picoteando las sobres de la fiesta mañanera. Está claro que el viaje de vuelta supuso volver a coger unos patinetes eléctricos – ¡la manera más barata y divertida de moverse por Oslo!
Me veo obligado a incluir el vídeo de arriba porque me hace tanta gracia. Me hace mucha gracia como el bunad de Heidi combina con el sombrero de Axel para crear una silueta interesante cuando están saliendo del túnel.
Tras recoger el piso, me sorprendió no haber llegado aún a mi objetivo diario de 10.000 pasos andados, especialmente dado el tiempo que habíamos pasado ese día bailando y celebrando por las calles. Para rectificar este disguste, salí a dar un paseo rápido por el barrio y descubrí unos sitios interesantes por el camino.
El día siguiente fue miércoles y tuve que trabajar a partir de entonces hasta el viernes, así que el viaje se transformó en algo más tranquilo. He de decir que las vistas desde mi escritorio sobre la ciudad debajo eran preciosas, así que el tiempo que me quedó pasó volando.
A la hora de comer el jueves, Heidi y yo salimos al supermercado y para dar una vuelta por una zona verde cerca de su casa. Esto era nuestra despedida, ya que ella se iba al aeropuerto esa misma tarde, donde cogió un vuelo con su madre para pasar el finde en Londres. Su madre nos había visitado unos días antes para vernos, y me había dejado un regalo bonito de un paquete de salmón ahumado.
Al salirme del trabajo esa tarde, Axel me llevó a cenar un bocadillo de gambas en un sitio que habíamos intentado ir dos veces anteriormente para que nos dijeran que no podíamos comer nada por razones varias. Al final fue una cena bonita, ¡a pesar de los precios noruegos!
Ya de vuelta a casa, volví a fijarme que aún me quedaban unos pasos para llegar a mi objetivo, así que fui caminando desde la casa de Heidi y Axel hasta el puerto en el centro. Una vez allí, fui de turismo por la zona de la ópera que tanto me había encantado la última vez que fui.
La arquitectura llamativa y como interactúa con el agua siempre me ha fascinado.
Después de hablar con Ellie por teléfono un rato, cogí un patinete y volví a subir al piso, donde pasé la última noche con Axel. Igual que Heidi, también tenía que irse corriendo para cover un vuelo, en este caso a Mallorca para un viaje laboral. ¡Menuda vida tenemos los tres!
Esa misma tarde, el cielo montó un espectáculo de colores durante el atardecer, así que Axel y yo disfrutamos una caña en su balcón hasta que cundiera el frío. En ese momento me despedí de Axel al irse a dormir, ya que el día siguiente iba a despertarme solo en su piso.
El día siguiente lo pasé trabajando solo en su comedor, pero por suerte salgo de la oficina (la oficina virtual en este caso) a las tres los viernes. Una vez cerrado el portátil, bajé a la ciudad para dar una última vuelta y comprarles un regalo a Heidi y Axel por ser anfitriones tan buenos.
Oslo es una ciudad bonita y vibrante, pero a la vez refrescantemente tranquila.
Con los regalos comprados y montados en el piso esperando su vuelta, salí a buscar algo de cena antes de comenzar con los planes de la noche que consistían en bañarme y escuchar música. Heidi recomendó que fuera a una pizzería local, así que me acerqué y disfruté una pizza con burrata antes de volver a casa.
Me lo pasé pipa allí solo esa noche, con un baño caliente rodeado por velas y luego un buen rato que pasé en el sofá editando las mismas fotos que salen en esta entrada de blog. Fue un momento de tranquilidad pura y la manera perfecta de acabar una semana bastante ocupada.
Luego pasé el sábado entero viajando: tuve que cerrar la casa de Heidi y Axel, coger un autobús al centro de la ciudad, pillar un tren hasta el aeropuerto, volver a Madrid y luego buscar un tren a mi barrio local allí. Aún así, encontré un rato para salir a tomar algo con un amigo esa mima noche – ¡un milagro!
Acabo esta entrada de blog dando las gracias sinceras a Heidi y Axel por abrir su puerta para que pudiera pasar no solo el 17 de mayo de fiesta con ellos, pero también el resto de la semana trabajando en su casa preciosa. Solo espero volver pronto y que ellos encuentren un rato para visitare aquí en España cuando puedan.
Ha en fin syttende mai!
Madrid huele regular
15.05.22 — Madrid
Aquí os traigo otra entrada de blog breve para poneros al tanto con todos los acontecimientos cada vez más frenéticos de mi vida. Hoy volvemos a Madrid tras un viaje a Asturias para celebrar mi cumpleaños. Empezó mi vuelta a la ciudad con algo de bajón, me enfermé con un virus durante unos días (no fue el gran bicho otra vez, menos mal) lo cual me tenía encerrado en casa.
Cuando yo ya me encontraba algo mejor, el clima también, con lo cual pude ver el segundo día de los dos que suponen la primavera madrileña – os juro que cada año pasamos de frío seco a calor inaguantable en un finde. Este calor trae consigo unos olores bien interesantes que han inspirado el título de esta entrada de blog…
No me dejan de sorprender los sitios interesantes que encuentro por mi zona.
No quería hablar mal así de mi querida ciudad, así que he de admitir que estoy siendo un exagerado. En realidad, el mejor tiempo ofrece la oportunidad de pasar las tardes con amigos y dando vueltas por mis barrios favoritos de Madrid.
Con estas tres fotos, hago un breve resumen de una semana que pasé viendo a amigos, comiendo unos scones británicos en una caferería que me enseñaron, comiendo carne a la brasa ilimitada en un restaurante cerca de mi casa y hasta una tarde que pasé en la casa de Luis haciendo un plato casero de curry. ¡Ha sido un sin parar!
Hablando de sin parares, escribo esta entrada de blog desde el extranjero otra vez – mi propósito de año nuevo de viajar más está cogiendo más peso que otro que me puse que era empezar a ahorrar algo de dinero. Bueno, he decidido que no se puede hacerlo todo y que tengo que aprovechar del poder viajar tras dos años de restricciones.
Pero ya os contaré más de esto en la siguiente entrada de blog, ¡en la cual hablaré del sitio donde actualmente me encuentro!
Mi cumpleaños en Gijón
07.05.22 — Gijón
No soy muy fan de mi cumpleaños – los que me conocéis sabréis que tengo una costumbre de retrasar las celebraciones de mi cumpleaños para poderlo celebrar en el momento que mejor me apetezca. Suelo estar de mal humor cada 30 de abril, así que este año decidí pasarlo solo y fuera de Madrid, tomando algo de tiempo para desconectar y descansar tras un arranque atareado del año.
Por eso, aseguré a mis amigos que celebraría mi día más adelante este verano y decidí irme solo al norte del país. Tengo la suerte de que es puente el finde de mi cumpleaños, así que me pillé una habitación en un hotel en Gijón.
Con la mochila hecha, salí del trabajo el viernes por la tarde para buscar mi BlaBlaCar hasta Asturias. El viaje fue muy cómodo, los cuatro que íbamos pasamos el trayecto entero hablando de todo, acompañados por un perro tranquilo llamado Theo que pasó el viaje entero durmiendo.
Tras parar un rato para estirar las piernas y picotear algo en una gasolinera (en la cual encontré unos columpios y un tobogán algo turbios que me encantaron, por eso las fotos), llegué al hotel sobre las 11pm. Salí a buscar algo de cena y luego volví para tumbarme en la cama enorme que la recepcionista amable me había asignado – con vistas sobre el mar y todo.
El día siguiente me desperté para pasar mi primer día con 27 años, de mal humor como ya es costumbre. Me eché la mañana en la cama vagando hasta que tuve que levantarme y ducharme, porque al final mi plan de pasar mi cumpleaños solo se había tumbado cuando me liaron unos amigos.
Mi amiga Cami se había mudado a Asturias meros días antes de mi viaje, y estuvo viviendo en la casa Andrea y Andrei, dos amigos que viven en Mieres, cerca de Gijón. Al final me había dejado llevar y me apunté a una comida para celebrar un año más – ¡y al final quedé muy contento de haberlo hecho!
Al salir del hotel me di cuenta que andaba tarde ya que no tenía ni idea de cómo funcionaba el transporte público en Gijón. Me perdí el bus gracias a mi insistencia que no existe nunca un por qué correr, eché diez minutos o así intentando pillar un taxi y eventualmente conseguí coger uno que me llevara el restaurante donde habíamos quedado. Pasé el viaje mirando por la ventana, viendo por primera vez esta zona de Gijón que nunca había visto de día.
Cami, Andrea y Andrei me recibieron al llegar al restaurante. Fue un reencuentro emocionante ya que no había visto a Andrei ni Andrea desde la última vez que subí a Oviedo cuando vino Kevin el año pasado. Disfrutamos mucho de la comida, la sidra y la conversación graciosa de esta comida especial.
Tras unas botellas de sidra y descubrir un “gintonic de sidra” en la carte, las cosas luego se nos fueron un poco de las manos y acabamos conociendo a un grupo que andaban de despedida de soltero. Luego nos comimos los postres enormes – bueno, lo que pudimos – y fuimos a la playa para tomarnos unos cócteles en un bar por allí.
En retrospectiva, los gintonics de sidra igual sobraron…
Seguimos pasándonoslo súper bien en “La Buena Vida”, con un momento especial cuando uno de los cócteles vino con un fuego artificial atado a la botella de ginebra. Me dijeron que intentara soplarlo – ¡un desastre si lo hubiera intentado!
Cuando no hay tarta ¡hay que ir con un cóctel pirotécnico!
Un incendio catastrófico evitado, continuamos charlando y tomando por allí. Eventualmente Andrei y Andrea se fueron a casa, pero Cami y yo decidimos que íbamos a seguir y salir por Gijón esa noche.
Este plan resultó ser bastante optimista, ya que al final acabamos echando una siesta de unas tres horas en el hotel, una siesta de la cual nos despertamos con dolor de cabeza y el estómago algo revuelto. A pesar de eso, decidimos que teníamos que cenar algo, así que pedimos comida japonesa para recoger.
Al bajar a recoger la comida, resultó que el restaurante era un espacio pequeño pero muy bonito. Preguntamos a la camarera si pudiéramos cenar allí en el local, y gentilmente nos dijo que sí, así que pasamos una hora cenando en este local a pocos minutos del hotel.
Tras una llamada rápida con mis padres, Cami y yo queríamos tomarnos un cóctel aunque solo uno fuera. Encontramos un bar tranquilo en el centro y nos tomamos un cóctel que el tío nos creó basado en los gustos de cada uno. Yo le dije que le echara solo ginebra, no quería seguir mezclando licores tras el día que había tenido…
El día siguiente nos despertamos a un clima un poco más nuboso y fuimos a desayunar en una cafetería que habíamos encontrado en el centro. Pasamos por el paseo marítimo y acabamos en Catlove, en donde desayunamos muy rico y nos tomamos un par de cafés para poder seguir de pie.
Después de un desayuno tan completo, decidimos que no hacía falta comer, así que pasamos unas horas explorando le centro y Cimadevilla. Este cabo bonito ofrece vistas panorámicas sobre el mar, las playas y los puertos de la ciudad, y fue de mis lugares favoritos la primera vez que visité Gijón en 2017.
Según seguía la tarde nos cansamos, así que Cami se fue a casa. Yo seguí andando un rato, aprovechando para llamar a mi hermana Ellie y ponerme al tanto con ella mientras me daba el aire del mar. Al colgar, volví al hotel, en donde pasé un par de horas en videollamada con Megan. Esta llamada fue para compartir ideas y planes para mi viaje a los EEUU y Canadá este verano – ¡qué emoción!
Luego pasé lo que quedaba de la noche en el hotel. Aproveché para escribir mi anterior entrada de blog, trabajar en el nuevo diseño de mi web y ponerme una mascarilla facial que me habían regalado en Navidad. Fue una manera muy agradable de acabar un finde fabuloso de cumpleaños en las tierras especiales de Asturias.
La última mañana de mi viaje fue bastante breve, ya que pasé la mayoría de ella metido en la cama. Tuve que moverme sobre las 11am dado que a mediodía me echaban de la habitación y me venían a recoger en coche para volver a Madrid. Salí a coger un café y una napolitana para desayunar, y luego me senté al lado de un culín de sidra abandonado – ¡solo en Asturias!
Me la pasé fenomenal durante mi finde en Gijón, y tengo que agradecerles mucho a Cami, Andrea y Andrei por liarme el día de mi cumpleaños y obligarme a pasar un rato tan bueno. Esto de estar fuera durante mi cumpleaños puede que se convierta en un evento anual…