Después de un fin de semana largo en Oporto, me tocó volver a Madrid para pasar allí los últimos días antes de la Navidad. La mayoría de mi tiempo lo pasé haciendo la compra para conseguir los últimos regalos, pero también tomé una noche para decorar mi piso, ajustando las luces LED a una nueva paleta cromática navideña.
Entre ponerme la segunda dosis de la vacuna y organizarme para el viaje al Reino Unido para pasar las navidades con mi familia, pasé muchas tardes con amigos. Entre las quedadas era una noche de pizza con Napo y una tarde graciosa de patinar sobre hielo y cenar en un restaurante chino tradicional con Luis y Yaewon.
Como se pude ver, la cena consistió de una estufa central con tres tipos de caldo en los cuales sumergimos distintos ingredientes durante un tiempo especificado para que se cocinaran a la perfección. También teníamos la opción de crear nuestras propias salsas – ¡era muy delicioso y bien divertido!
El sol bajo del invierno a veces crea unas imágenes pintorescas a pesar del frío.
El trabajo también me ha tenido ocupado, con muchos proyectos a acabar antes del año nuevo y una serie de eventos a los que asistir. No puedo bajar a mucho detalle, pero un evento fue la presentación de una nueva identidad vidual en un evento internacional montado por uno de nuestros clientes. Otro evento me llevó a la sede de otro cliente para ver sus oficinas y hablar de nuevos proyectos en el año nuevo.
El viernes antes de volar al Reino Unido fui al tercer y final evento. Me habían invitado a dar una charla en Referentum Talks, una celebración que pretendía juntar a estudiantes de diseño con los estudios de diseño más importantes de Madrid. Allí di una potencia sobre mi trayectoria de estudiante a director, repasé cómo trabajamos en Erretres y expliqué el proceso de desarrollar la nueva marca de Seedtag.
Aquí estoy, probablemente haciendo alguna broma de cómo iba a dar la charla en inglés.
Era un placer volver a representar a Erretres en un evento de diseño tras la última potencia que di justo antes de la pandemia, y me parece que fue la manera perfecta de acabar un mes de trabajo antes de volar de vuelta a Inglaterra para reunirme con mi familia – pero de eso hablaré en la siguiente entrada de blog…
No suelo mezclar el trabajo con mi vida personal y tampoco he hablado nunca por aquí de nuevos proyectos, pero hoy hago una excepción porque estoy muy orgulloso de lo que hemos conseguido como equipo. Hace tan solo quince días lanzamos nuestra nueva web como la máxima expresión de nuestra nueva marca y la transformación que llevamos unos años llevando a cabo.
También estamos nominados para recibir un Awwward, un premio de diseño digital bastante conocido, así que visita su web y vota. No voy a enrollarme más por ahora, ya que en breve estaré de vuelta con más noticias y historias…
Acabadas unas semanas atareadas en Madrid, era hora de un finde de viaje espontáneo. Ya que era puente en Madrid, tuve la oportunidad de visitar Oporto en Portugal, una ciudad que llevo un buen tiempo queriendo visitar desde que fui a Lisboa un par de veces en el 2017.
El viaje empezó con un viaje rápido al aeropuerto después del trabajo con mi compañera, Julia, cuya familia vive en Portugal, así que también iba a pasar el finde en la ciudad. Después de un vuelo bien corto, los dos aterrizamos en Oporto juntos antes de luego irnos en sentidos distintos cuando ella se fue a las afueras y yo me acerqué al casco histórico de la ciudad y al piso que había reservado para pasar mis cuatro días.
Mi primera tarea era llenar la bañera, ya que me había gastado el dinero para pillar un apartamento con un cuarto de baño completo porque andaba con muchas ganas de bañarme. Puse música relajante, bajé las luces y eché al agua la bomba de baño que había traído para luego sumergirme entre las burbujas para descansar.
El día siguiente me desperté y vi por primera vez las vistas sobre Oporto y como era su clima, ese día consistió en una niebla baja sobre los techos de terracota. Aún no podía salir a explorar sin embargo, porque era un viernes y aún tenía que trabajar. Monté mi portátil, desayuné unas sobras de la noche anterior y empecé mi día laboral bastante a gusto al lado de la ventana.
Se me hacía algo complicado concentrarme en mis tareas con vistas así a mi lado.
Una vez acabado el trabajó, Julia vino a visitarme en el piso, y los dos salimos a pasar la primera tarde en Oporto juntos. Había hablado de un restaurante asiático, Boa Bao, que era muy bueno – disfrutamos varios platos de bao, curry y fideos. Todo esto lo acompañamos con unos cócteles deliciosos y un gintonic que luego nos tomamos en otro bar, después del cual bajamos a pillar unos pastéis de nata (tartaleta de huevo) en un sitio que Julia insistía que era el mejor. Fue una tarde muy agradable.
Si comes comida rica sin subir una foto de ella a redes, ¿realmente la comiste?
No tenía prisa para moverme la mañana siguiente, más que nada porque la mezcla de bebidas me había dejado con algo de resaca – se me olvidó comentar que también me tomé un chupito de ginjinha (un licor de cereza) con mi postre, que puede que no fuera la mejor idea. ¡La retrospectiva es una cosa muy bonita!
Lo que eventualmente me sacó de la cama eran los cielos azules y los rayos de sol que veía desde mi habitación – eso más el conocimiento que tenía un par más de pastéis de nata como desayuno…
Duchado y energizado, salí a empezar mi primer día de exploraciones por Oporto de día, una cosa que no me llevaba lejos de mi casa ya que había encontrado un piso justo en el centro de todo. Decidí adónde iba a ir para comer (gracias al listado exhaustivo de recomendaciones que me pasó Julia), así que decidí perderme por las calles bonitas en el camino.
Esto fue la primera vez que había visto de día la calle en la que estaba quedándome.
Como se puede ver, las calles tienen su encanto, la edad y el estado abandonado de algunos de los edificios dotando del sitio de una cierta belleza. Seguro que se me veía como un turista perdido mientras cambiaba por las calles mirando para arriba, una observación que no hubiera sido incorrecta – no tenía prisa ninguna.
Una ciudad antigua edificada en una serie de cuestas crea unas soluciones arquitectónicas muy interesantes.
La vuelta que di me llevó por la estación de tren de São Bento, un sitio que tenía apuntado en mi mapa por sus azulejos enormes, así que pasé a verlos antes de seguir hacia mi destino. Eventualmente encontré el sitio donde iba a comer y me senté allí para tomar un sándwich delicioso de carne y un queso local bien cremoso.
Por la tarde pasé por la Librería Lello, un sitio precioso que inspiró el diseño de algunas de las ubicaciones visto en el mundo ficticio de Harry Potter. Mi intención era entrar a verlo pero habían una colas enormes fuera, así que decidí seguir caminando para ver otros sitios que Julia había mencionado.
El primer sitio fue otra oportunidad de ver unos azulejos más, este vez en las paredes externas de una inglesa antigua en el norte del centro. Allí casi me choqué con una de las tranvías famosas de Portugal, después del cual me senté en otro bar local para tomar un zumo y picar algo más.
Seguí por mi camino después de esta segunda comida, pasando por unos edificios bonitos y a veces abandonados y por unas calles estrechas con vistas sorprendentes. Pasé por casa para descansar un poco a media tarde, después del cual volví a salir para visitar uno de los sitios más emblemáticos de Oporto.
Mi destino era el Puente de Dom Luís I, un puente de metal de dos pisos que cruza el Río Duero y que ofrece unas visitas inolvidables sobre la ciudad. Se encontraba a pocas calles del piso, así que me acerqué y empecé a cruzarlo, preocupado por si se me cayera el móvil por uno de los huecos en el suelo metálico o si me atropellase uno de los trenes del metro. Sí, es así: el metro pasa por el piso superior del puente, así que tienes que moverte al escuchar su pito y experimentar las vibraciones que genera su paso – ¡una experiencia total!
Las vistas que se veían desde el puente eran todo un espectáculo.
Sin pensarlo había pasado por el puente justo a la hora perfecta, el sol se estaba empezando a poner sobre el río que separa Oporto de su ciudad vecina, Gaia. Mientras entraba en Gaia, fui a ver cosas como los barcos que pasaban por allí, las cuevas de vino de Oporto en la ribera y las vistas espectaculares sobre las colinas.
Una vez en Gaia, podía apreciar las mejores vistas sobre Oporto, así que subí a un punto para poder experimentar las vistas panorámicas y sacar muchas, muchas fotos. No hace falta que diga ni explique más aquí, las fotos captan muy bien el momento…
Tras un buen rato de meramente existir y asimilar la panorama que me rodeaba, empecé el descenso de vuelta al puente para volver a Oporto mientras el sol se puso en el horizontal. Originalmente había pensado volver directamente al piso, pero mi curiosidad me llevó a la ribera, donde pasé un buen rato asimilando el ambiente y las vistas sobre el agua.
Había notado que el color naranja de las farolas de la ciudad crean unos colores interesantes.
Luego me acerqué a casa, donde me tomé otro baño relajante. Después de eso, volví a pisar las calles de noche para buscar un sitio para cenar. Al final acabé en Gaia otra vez para probar un plato típico de bacalao con un vaso de vino, un viaje que me llevó por el puente de noche – ¡otra experiencia única!
Disfruté mucho de la cena por la ribera, acabándola con un postre delicioso y – cómo no – una copa de vino de Oporto. Después de cenar volví a casa, donde me acosté relativamente treparon para aprovechar el domingo.
El domingo empezó como había empezado el día anterior – con una mañana de vagueo por el piso. Lo que me hizo bajar a la calle fue un mensaje de Julia, que dijo que deberíamos vernos para probar el plato más mítico de la ciudad, la francesinha. Decía que conocía el mejor sitio para comer esta sándwich enorme de pan, jamón cocido, embutidos, carne asada, queso y huevo frito, todo cubierto por una salsa picante a base de cerveza. ¡Vaya listado de ingredientes!
Como te puedes imaginar, la comida supuso otra experiencia única, y al final sí que me gusto la explosión de sabores de la francesinha. Mientras comíamos se había puesto a llover, pero afortunadamente el cielo se despejó al irnos del restaurante, así que Julia me llevó a una terraza bonita para tomarnos un café.
Luego, y después de tomarnos una copa en un bar al que Julia iba hace años, nos reunimos con su hermano y otro amigo para acabar la tarde con unas cervezas en un bar decidido a la cerveza. Allí entramos en un lío de idiomas, hablando algo de inglés, español y portugués a la vez. ¡Por lo menos sirvió para cansarme para que pudiera luego dormir bien!
El día siguiente fue mi último día, así que hice la mochila, salí del piso y me tomé un café y algo de desayuno antes de cogerme un taxi al aeropuerto. Había estado en Oporto tan solo tres días y medio, pero conseguí descansar mucho y evité las prisas, que fue un gusto, ya que la gente me conoce como el que intenta hacerlo todo cuando me vaya de viaje.
Oporto fue la ciudad perfecta para pasar un puente, y tengo que dar las gracias a Julia por sus recomendaciones y por quedar conmigo para enseñarme sitios chulos. Aunque no hice todo lo que tenía apuntado en mi lista, ahora sé lo fácil que es llegar hasta allí desde Madrid, así que seguro que en otro momento cuando haga más calor volveré a la ciudad para ver todo lo que no pude esta vez.
Hasta entonces, acabaré esta entrada de blog con otra foto y un vídeo corto que grabé desde Gaia, mirando sobr Oporto y su puente emblemático. Saqué tantas fotos desde allí que realmente me costó elegir cuales incluir aquí, así que he decidido incluir estas como un extra al final para no sobrecargar esta entrada con demasiadas imágenes…
Tras la visita de Danni hace unas pocas semanas, el mes de noviembre ha pasado bastante rápido, y con ello unos findes de aventuras. El día antes de la llegada de Danni, me llegaron unas nuevas botas de Dr. Martens, así que aproveché del viaje al aeropuerto para empezar a ablandarlas – ¡y también porque hacían juego con mi bolsa! También pasé unas noches dando vueltas por mi zona y quedando con varios amigos en casa.
Un viernes después de un día ocupado de hacer shooting fotográfico en la oficina, me reuní con Sara para cenar fuera. Había sugerido un restaurante japonés que había visto yo algunas veces antes, un sitio que resultó ser una especie de bufet libre en el cual se pueden coger platos pequeños que van pasando en una cinta. Nos lo pasamos muy bien, hinchándonos de sushi antes de salir a tomar un par de gintonics por la ciudad.
También pasé un buen rato realizando una limpieza profunda de mi piso, la cual supuso la reunión de todas mis plantas para que les diera mimos (es decir, quitar hojas muertas y echarles agua). También me puse cocinillas un día al intentar hacer un desayuno británico antes de ponerme a cocinar unos tallarines por la tarde.
Con la llegada de la siguiente semana laborable tenía otro plan emocionante: el miércoles bajé a Antón Martín en bici para verme con unos ex compañeros en su nueva oficina. También se acercó Luis, y los cuatro nos pusimos al día con una copa de vino en la mano. Desde allí, subimos al piso de un amigo para seguir con la noche, luego acabamos en un bar castizo para tomarnos un pincho de tortilla y una última copa de vino.
Para acabar bien esa semana, unos compañeros y yo nos fuimos a Citynizer Plaza, donde nos tomamos unas copas para celebrar el cierre de algunos proyectos. Las frivolidades de ese fin de semana luego continuaron con una visita de Sara, una quedada que sustituyó nuestro plan original de salir de karaoke ya que aún andaba con sueño tras la noche en Citynizer la noche anterior…
La semana siguiente, pasé unas noches más ablandando las botas nuevas. Una tarde pasé por la nueva Plaza de España en bici y también pasé unas cuantas noches caminando por mi barrio – encontrándome con este callejón turbio que nunca había visto antes…
El otoño madrileño es muy bonito pero terriblemente frío, aunque no lo parezca.
Como descanso entre tantas noches de caminar, una tarde bajé al piso de Luis, donde habíamos quedado con su amiga Carmen para pasar una noche de vino, ramen y cotilleo. Tras una tarde muy agradable con los dos, mi racha de salidas continuó el día siguiente ya que Sara y yo habíamos reprogramado nuestra noche de karaoke. Primero salimos a dar une vuelta por Tapapiés, una ruta de la tapa por el barrio de Lavapiés, y luego tomamos unos gintonics antes de acercarnos a mi karaoke preferido.
Después de una noche de energizar al público con nuestra presentación de “Wannabe” de las Spice Girls, los dos pasamos el domingo recuperándonos antes de pasar a otra semana laboral. Mi semana iba a ser algo distinta, sin embargo, ya que el jueves por la tarde salía de Madrid a pasar el finde en otro lugar – ¡pero guardo esa historia para la siguiente entrada de blog!
Como mencioné, la visita de mi hermana no fue la última de mi racha de recibir a gente. Hace dos semanas dio la bienvenida a una de mis amigos más viejos, Danni, a las calles frías de la gran ciudad.
Las aventuras empezaron el viernes después del trabajo, al subir a El Toril con unos compañeros para celebrar el cumpleaños de una de ellos. Allí nos pedimos unas de las deliciosas hamburguesas y Danni llegó para unirse a la diversión y comer con nosotros.
La comida terminó con una sorpresa bonita gracias al novio de Inés, quien le sorprendió con un postre casero acompañado por una interpretación espontánea de “Cumpleaños feliz”. Bajamos un trozo de tarta con un chupito de crema de orujo, después del cual cogimos un taxi de vuelta a mi piso para que Danni pudiera deshacer la maleta.
Antes de salir a tomar algo por la noche, Danni me dio el pequeño regalo que llevaba consigo: ¡polos de la noche de fogata! El día que llegó, el cinco de noviembre, es “Bonfire Night” en el RU y la tradición dicta que se tiene que comer estos polos de azúcar y melaza mientras se monta la hoguera y los fuegos artificiales. Ya que vivo en un piso en Madrid, tuve que hacer un apaño, así que monté una pequeña hoguera en una sartén vieja…
Claro que mi hoguera interior alimentada por papel y ginebra era muy segura.
Al extinguir bien la hoguera, subimos a un sitio que llevo un rato queriendo visitar pero que había decidido esperar asta que llegara Danni ya que era muy de su estilo: la azotea del Hotel Hard Rock. Tras reservar una mesa, llegamos para que nos dijeran que la azotea había sido cerrada por la lluvia y el viento fuerte, cosa que no nos sorprendió ya que habíamos aguantado ese tiempo horrible durante todo el viaje al hotel.
La noche se salvó cuando nos dieron la opción de tomarnos un cóctel bonito en el restaurante del hotel o unas copas en el bar del vestíbulo. Al final optamos a tomar una cerveza en el ambiente agradable del vestíbulo, escuchando la música de una banda que estaba tocando allí.
Arrancamos el día siguiente con un momento de cultura en la forma de una exhibición de la Fundación Telefónica llamada “Color. El conocimiento de lo invisible“. Esta contuvo una selección de instalaciones que visualizaban el funcionamiento oculto del color y la luz, así que me gustó bastante.
Después de la exhibición, bajamos a dar una vuelta por el centro, acabando por Lavapiés para tomar una pizza deliciosa en la misma pizzería que fui con mis padres y mi hermana. Como postre buscamos un sitio de yogur helado, que comimos antes de bajar a Mercadona para coger algo de comida para el resto de las vacaciones.
El pan casero y el entrante de berenjena, queso y tomate nunca fallan.
Esa tarde nos trajo a Lavapiés, en donde nos vimos con Luis y sus amigos para tomar algo. Echamos unas buenas risas y nos tomamos unos gintonics bien fuertes antes de acabar en el Vurger King (una versión vegetariana de Burger King que acaba de abrirse). Allí intentamos evitar una resaca el día siguiente con una hamburguesa enorme y un batido de Oreo.
Evitar esta resaca era importante, ya que el día siguiente habíamos pillado entradas para ir al Parque Warner, un lugar que llevo años queriendo visitar. El día empezó con un viaje rápido a la Estación Sur de autobuses, en donde recogimos las entradas y nos subimos al bus al parque.
Tras hacer cola un rato entramos en el parque, en donde nos pusimos a subirnos a las atracciones más importantes. ¡Los dos somos bastante frikis de las montañas rusas y los parques de atracciones!
Una de nuestras atracciones favoritas fue “Superman: atracción de hierro”, una montaña rusa sin suelo de B&M.
Una vez disfrutadas las atracciones más grandes, fuimos a subirnos a “Correcaminos Bip Bip”, un nombre que nos hacía gracia por su traducción directa del inglés. Según iba avanzando el día, el cielo iba cambiando y llegó el frío, así que decidimos ir a ver el espectáculo llamado “Loca Academia de Policía”.
El espectáculo incluyó una serie de escenas peligrosas con motos y coches entre chistes malas – ¡nos encantó! Al salir del estadio ya era de noche y hacía bastante frío, así que decidimos subirnos para una ultima vuelta por una montaña rusa que nos había gustado. Después de eso nos encontramos con un desfile nocturno, durante el cual nos pusimos a bailar un poco mientras iban pasando las carrozas.
Ya que nos quedaba media hora para la llegada del bus de vuelta a la ciudad, cogimos un chocolate caliente con sabores navideños antes de salir al aparcamiento para esperar el bus. Al llegar a casa, pillamos un kebab para descansar durante la noche tras un día tan ocupado.
El día siguiente ya supuso el último día entero que iba a pasar Danni en Madrid, así que salimos a desayunar en un bar local antes de bajar al río a montarnos en bici un rato. Desde allí, subimos al centro y dimos una vuelta por Retiro en bici, después del cual fuimos a un restaurante catalán por una comida de tapas variadas.
Una tirolina y una vuelta en bici en un mismo día… vaya cantidad de ejercicio.
Después de comer, tomamos un gofre y fuimos de compras por Chueca, tras el cual nos montamos una bici y dimos una vuelta para ver unos sitios turísticos. Esto nos llevó a unos jardines de la Real Basílica de San Francisco el Grande, en donde vimos el atardecer antes de volver a casa para echarnos en la cama.
El día siguiente salimos a desayunar churros y chocolate en San Ginés, la churrería más emblemática de Madrid y un sitio que Danni tenía ganas de volver a visitar. Llevaba sin ir desde el principio de la pandemia, así que me gustó mucho poder volver y disfrutar de unos churros y porras deliciosas.
Desde allí tuvimos luego que acercarnos a la estación de Príncipe Pío y coger un tren al aeropuerto, en donde me despedí de Danni tras unos días fabulosos con ella en Madrid. Fue una pasada volver a verla después de casi un año entero y me quedé con las ganas de volverla a ver cuándo estoy en Inglaterra durante las navidades – ¡y ya va quedando poco!