Si sigues mi blog, sabrás que recientemente he acogido a bastantes visitantes: amigos, mis padres y luego mi hermana. Esto no supuso el fin de las visitas, ya que me quedaba una más para esta época otoñal: ¡la visita de mis tíos!
Tras la salida de Ellie el jueves, los dos llegaron en Madrid ese mismo viernes, quedándose un par de noches en Madrid como suelen hacer en su camino de Inglaterra a Murcia. Me reuní con ellos después del trabajo al encontrarlos sentados en un bar al lado de mi casa.
Fuimos a cenar en el Matadero esa primera noche. El día siguiente fue el sábado y era hora de salir para aprovechar de su único día entero en la capital. Nos acercamos al centro, pasando por muchos de los sitios más emblemáticos, acabando en la Catedral de la Almudena. Justo fue el Día de la Hispanidad, así que estas vueltas fueron acompañadas por el barullo del desfile aéreo y mucha gente en las calles.
El techo de un diseño muy colorido siempre pide ser fotografiado.
Después de esto subimos al barrio de Malasaña, donde quería que probaran un pincho de tortilla de uno de mis bares favoritos. Al llegar nos encontramos con una cola bien larga, así que al final fuimos a otro sitio a comer antes de volver a casa para descansar un rato.
Esa tarde, los dos volvimos a salir para cenar en un restaurante local, llegando a casa después relativamente temprano para pasar su última noche conmigo en casa. El día siguiente no nos dio tiempo hacer mucha cosa, desayunamos y luego bajamos al apartamento para que cogieran el coche para la vuelta a Murcia.
Me alegró volver a verlos a los dos otra vez aquí en Madrid, aunque fuera una visita muy rápida. Tras su salida el domingo me esperó otra semana ocupada en el trabajo, pero aproveché de las tardes relajadas para recuperar de tanta actividad y movimiento estas últimas semanas.
La hora dorada vista desde el parque al lado de mi oficina me ofrece una vuelta a casa muy bonita.
El finde después de la visita de mis tíos supuso unos días de relajación semiforzadas, ya que el viernes – y tras pasar el coronavirus dos veces – ¡por fin pude vacunarme! Mis felicitaciones a la sanidad madrileña porque el proceso entero fluyó más fácilmente que la compra de pescado en la pescadería, aunque sí que me dejó con algo de fiebre durante los dos días siguientes.
¡Por fin estoy vacunado y preparado para intentar volver a algún tipo de normalidad!
Una tarde sí que decidí rebelar contra mi estado general de malestar al salir a cenar y tomar un vino con Sara. Bajamos a un restaurante gallego cerca de mi casa, en donde justo conseguimos comer tres raciones enormes de mariscos y carnes. Fue todo delicioso, pero me dejó con más fiebre aún. ¡Nunca aprenderé!
El lunes ya me encontré mejor para la vuelta a la oficina, en donde me esperaba otra semana ocupada pero bien gratificante. Me animaba también con quedadas y llamadas con amigos y vueltas por el parque – aunque el frío ya está empezando a molestar.
No hay mejor sitio para llamar a mis amigos y familiares en el RU y por todo el mundo.
Y así queda actualizado al día mi blog. Este finde tengo varios planes para salir con amigos e ir al teatro mañana, así que este puente debería suponer tres días de relajación bien necesarios – a pesar de la lluvia que ha llegado a Madrid y que no tiene pinta de irse hasta la semana que viene.
Cruzo los dedos para que se vaya antes del viernes – tengo pendiente otra visita, pero eso será un secreto hasta más adelante. ¡Hasta entonces!
Una mera semana después de la visita de mis padres, y más de dos años desde la última vez que pudo visitarme, una vez más fui acompañado por mi hermana aquí en Madrid. Tras un día en la oficina, salí del trabajo y me acerqué corriendo al aeropuerto ya que habíamos quedado en reunirnos allí para que pudiera llevarla a mi piso y así arrancar su semana aquí en España.
Nuestra primera tarde juntos se pasó tomando algo: no tenía yo prisa ya que había pillado el día siguiente de vacaciones. Hablamos de lo que podríamos hacer durante los siguientes días y formamos algunos planes preliminares antes de irnos a dormir.
El día siguiente nos acercamos a un restaurante en la Gran Vía que había visitado con mis padres. Esto fue ya que mi madre había hablado tanto de su torrija quemada que decidí que valdría la pena volver. Comimos allí una selección de platos y raciones pequeñas, todo acompañado por un litro de sangría que mi hermana quería. Una vez devorados los postres, ¡empezamos a darnos cuenta de que la sangría era un poco más potente de lo que imaginamos!
No hay nada más peligroso que una sangría que te da una falsa sensación de seguridad…
Luego tiramos hacia el centro de la ciudad, tomándonos un zumo en otra terraza antes de bajar al río. Allí, mi hermana se pilló un helado y descansamos un rato, tumbándonos entre el barullo de los loros en los árboles. Luego volvimos a la ciudad, cogiendo un tren de vuelta a casa.
Esa noche salimos a cenar en mi restaurante italiano favorito que queda al lado de mi casa. Al pedirnos una porción enrome de tarta de chocolate como postre, se estaba haciendo tarde, así que acabamos la última copa de vino y tiramos de vuelta a casa.
Al despertarnos el día siguiente ya nos encontramos en el tercer día de la visita de mi hermana, por lo cual salimos relativamente temprano para aprovechar de un domingo soleado. Tras desayunar cerca de mi piso, bajamos al Matadero y nos tomamos una cerveza mientras esperábamos la apertura de una exhibición en el Central de Diseño.
Tenía muchas ganas de visitar la Exposición Madridgrafía porque algunos proyectos en los que he trabajado en Erretres se vieron incluidos entre esta mirada al diseño gráfico hecho en Madrid. Me alegró ver las marcas que hicimos para Buendía Estudios y Seedtag entre otras grandes obras. ¡Me sentí honrado por tener mi trabajo expuesto en un sitio que llevo años visitando!
Después de sacarme las fotos obligatorias con mi trabajo (las cuales no voy a publicar aquí), continuamos hasta el invernadero público que siempre le gusta a mi hermana ya que es bióloga. La verdad que fue una experiencia mucho más agradable que la última vez – a pesar de las mascarillas – ya que no hacía tanto calor ni humedad.
Cuando habíamos visto todas las plantas y sacado todas las fotos estéticas, volvimos a casa para prepara algo de comer, porque habíamos quedado en montar un picnic en Retiro. Hicimos esto la última vez que Ellie visitó con su novio Johann en 2018 y nos gustó mucho, así que nos acercamos al lago para repetir la experiencia.
Después de comernos nuestra creación original de pan con alioli, tomate y albahaca, salimos del parque para coger unas bicis para luego dar una vuelta por el parque entero. Una vez cansados nos acercamos al Templo de Debod, desde donde pudimos observar un atardecer bonito para acabar otro día de exploraciones.
Uno de los pocos selfies que nos llegamos a sacar durante el viaje…
El día siguiente decidimos aprovechar al máximo las bicis públicas que habíamos contratado, así que bajamos al río para dar una vuelta antes de salir a comer. Ellie tenía ganas de volver a NAP Pizza, mi pizzería madrileña preferida, y fue justo allí donde hicimos el hallazgo del viaje – un entrante delicioso que consiste en láminas de berenjena horneadas con queso y tomate. ¡Una verdadera pasada!
Tras comer, acabamos montados en bici otra vez, pasando por el Anillo Verde hacia el norte de la ciudad. Esta vuelta nos llevó por el lago otra vez, pero no nos quedamos por allí ya que teníamos que estar en otro sitio…
Una vez acabada esta mini exploración de las vías ciclistas de Madrid, ya era hora de coger el metro hacia al sur para hacer algo que no he hecho desde la última vez que vino Ellie – ver la puesta del sol desde un parque por Vallecas. Este punto panorámico supuso el lugar perfecto para pasar un atardecer dominguero.
Cuando ya se hizo de noche, volvimos al centro y empezamos una noche de tapeo por el barrio de las letras. Ellie no paraba de comer tapas de patatas bravas, pero también visitamos un bar de pintxos que tanto había gustado a mis padres cuando vinieron. Acabamos la noche en La Esperanza, uno de mis bares preferidos para tomar algo y picar unas raciones antes de volver a casa.
No hay nada más castizo que un gintonic, un vermú y un poco de picoteo.
Arrancamos el día siguiente en Ojalá, un lugar que nunca falla cuando andes con hambre en búsqueda de un desayuno completo. Desde allí bajamos al Parque de Atracciones, en donde había estado yo por primera vez unas pocas semanas antes. Pasamos el resto del día allí, subiéndonoslas a todo tipo de atracciones antes de volver a casa a cenar en un bar local.
El día siguiente supuso nuestro último día completo juntos en la ciudad y habíamos quedado con Luis para tomar algo. Nos encontramos en el Matadero, desde donde subimos de vuelta a la pizzería que tanto le había gustado a Ellie. Eventualmente acabamos en Citynizer Plaza para tomarnos unas copas después de yo comprarme espontáneamente un nuevo iPad. Ups…
Los Aperol Spritz quizá fluyeran con demasiada facilidad – los helados que compramos después casi acabaron en el suelo.
Acabamos este último día entero con unas copas por el río y el día siguiente me tocó volver a la oficina – ¡pero no fui solo! Ellie me acompañó unas horas por la mañana para echarme una mano con la preparación para un workshop. Tras eso, comimos juntos en un bar a dos manzanas de la oficina y luego la solté a la ciudad para que hiciera algunas compras.
Esa tarde la pasamos en casa, cenando arepas que pedimos y tomando una última copa mientras Ellie se hacía la maleta y se alistaba para volver a Inglaterra la siguiente mañana. Tras madrugar algo el día siguiente, la dejé en un taxi con destino al aeropuerto y me fui tirando hacia la oficina y de vuelta al curro.
Igual que las últimas dos veces que Ellie me visitó en la gran capital, los dos nos lo pasmaos fenomenal. Me quedo con la esperanza de que pueda volver y visitarme con más frecuencia ya que estamos todos vacunados y las cosas ya van más controladas. Ha sido una época bastante ocupada entre una visita familiar y otra – con la visita de mis padres la semana anterior y luego la de mis tíos el día siguiente – pero esa historia me la guardo para la siguiente entrada de blog…
Tras ser acogido por Loredana y David en Viena, me tocó a mí ser el anfitrión para una visita importante: ¡venían mis padres a Madrid! Dado que no los había visto desde enero – y la verdad que no fue un viaje muy grato – me emocionaba saber que los iba a volver a ver y compartir con ellos mis sitios favoritos por la ciudad.
Su visita empezó con un momento de drama en el aeropuerto al ir a recogerlos. Llegué en el metro pro luego no podía entrar a la terminal porque no tenía tarjeta de embarque, así que tuve que salir por un parking que me dejó en una vía de salida abandonada que daba a una carretera enorme. Allí tuve que saltar una valla metálica y arriesgarme la vida para cruzar al otro lado, donde me esperaba más gimnasia y cruces peligrosos antes de llegar a las llegadas de la T1. Y lo que es más, ni podía contactar con ellos para decirles que estaba fuera porque su itinerancia de datos no funcionaba…
Gracias a mera suerte al final pude reunirme con mis padres cuando salieron de la terminal y me vieron sentado donde estaba esperando todo el mundo a recibir a gente. Pillamos un taxi a mi piso, en donde sacaron las cosas de sus maletas y cenamos algo de picoteo antes de irnos a dormir – ya se había hecho bastante tarde.
Empezamos el día siguiente desayunando en un bar que se encuentra a dos manzanas de mi casa, luego bajamos al río a tomarnos algo en el Matadero. De allí nos acercamos al barrio de Lavapiés para comer en una de mis pizzerías favoritas.
Luego continuó la tarde a toda leche. Después de comer tomamos un café y postre en Citynizer, y luego cogimos el metro al lago para sentarnos al sol y tomar una ronda más de sangría. Entonces volvimos al barrio de La Latina, en donde tomamos unas tapas y otra copa en una plaza pequeña lejos del centro turístico.
A mi madre siempre le gusta una copa de sangría por el lago.
Arrancamos el día siguiente con un desayuno en ese mismo bar – en nada se había vuelto el sitio preferido de mis padres, que no se podían creer lo barato que era. Desde allí cogimos luego un autobús al Parque del Retiro para montarnos en bicicletas ya que a mi madre le interesaba experimento. Evitamos luego un catástrofe cuando un tótem de una estación de bicis se negaba a devolver la tarjeta de crédito de mis padres, así que tuve que entrar en un bar cercano para pedir unas pinzas con las que eventualmente logré liberar la tarjeta.
El desastre evitado, eventualmente pudimos sacar unas bicis y así comenzamos nuestra vuelta por los jardines preciosos de este parque enorme, pasando por todos los sitios de interés en el camino. Una vez cansados y con hambre, bajamos a comer en un sitio de tapas catalán, en donde los platos variados y los postres gustaron mucho.
Os juro que cada persona que me viene a visitar se saca una foto en este mismo sitio.
Tras un descanso muy necesitado después de comer, salimos a cenar en un italiano local que me gusta mucho. Mientras escribo esto me estoy empezando a dar cuenta de que parece que lo único que hicimos fue caminar, comer, beber y hablar – y más o menos fue exactamente así. Si no estás haciendo eso, ¡no estás viviendo bien la vida madrileña!
El día siguiente volvimos al centro de la ciudad para ir un rato de compras, después del cual paramos a comer algo antes de volvernos a subir a unas bicis. Tras pasar por el lado del palacio real nos encontramos con un baile callejero, y eventualmente pasamos por el mercado de San Miguel para tomar algo.
Esa tarde acabamos por el Templo de Debod, uno de mis lugares favoritas para observar el atardecer. El cielo montó todo un espectáculo, pero ya andábamos con hambre y con ganas de celebrar la última noche de mis padres en Madrid – ¡el viaje entero se nos había pasado volando!
Los tres bajamos luego al Barrio del las letras para pasar la tarde y para buscar un bar que llevo un rato queriendo visitar. En el camino, sin embargo, vi otro bar que me habían hablado maravillas de él y que tenía una mesa libre para los tres. ¡Perfecto!
Allí disfrutamos de una selección de pintxos deliciosos y me enamoré de un hojaldre con salmón y queso fresco. Mientras cenamos, mi hermana Ellie nos llamó y pasé un rato hablando con ella para preparar su visita a tan solo una semana después.
Con la cuenta pagada y las mochilas de mis padres ya preparadas, tomamos una copa más en casa antes de irnos a dormir. La mañana siguiente pillamos un taxi para dejarme en el trabajo y para llevarles a ellos al aeropuerto para su vuelo a Inglaterra.
Como bien se ve, los tres días que tuve la compañía de mis padres en Madrid se pasaron volando. Me lo pase muy bien, ya que hicimos bastante sin andas con demasiada prisa y aprovechamos la oportunidad de ponernos al día tras casi un año sin podernos ver.
Bueno, creo que ya he desvelado el asunto que trataré en mi siguiente entrada de blog: estaré contando las aventuras que pasamos mi hermana y yo durante su visita a la capital española. Ando con algo de retraso en publicar estas entradas de blog gracias a la cantidad de visitas que he estado recibiendo, pero valdrá la espera. Hasta entonces…
Concluí mi última entrada de blog revelando que eventualmente – tras dos infecciones de COVID – conseguí escapar de España un rato para pasar unas vacaciones fuera. Ahora puedo revelar que este viaje de cuatro días me llevó a la capital austriaca, ¡en dónde me reuní con mi amiga Loredana! No la había visto desde que me visitó, junto con Megan y Heidi, en Madrid hace ya dos años en 2019, así que tenía muchas ganas de pasar unos días en su casa y explorar Viena.
El viaje se arrancó con el despertador sonando a las 05:30am. Luego me subí a un taxi y acabé pasando por el control de seguridad del aeropuerto de Madrid justo a tiempo como para pillar el amanecer espectacular desde la Terminal 4. No tuve mucho tiempo para estar allí observándolo, sin embargo, ya que entre el desayuno que me tomé y el embarque temprano me encontré volando hacia el este de Europa antes de lo previsto.
Aterricé en Viena sobre mediodía y el hombre más gruñón que he visto jamás me inspeccionó la documentación sanitaria antes de dejar que pasase. Mientras esperaba los 45 minutos para la llegada del bus al centro, me puse a comer el sándwich algo pasado que había pillado en Madrid antes de despegar. Me entretuve con esta comida triste hasta un momento de drama cuando llegaron unos bomberos a extinguir un pequeño incendio en una papelera causado por una colilla mal tirada.
Cuando por fin llegué a centro de Viena, me dio la bienvenida Loredana en la estación de autobuses. Ya reunidos, bajamos a la estación de metro y nos acercamos a su casa para que dejase la mochila y que me refrescase un segundo antes de una tarde de exploración por la ciudad.
Me esperaba una sorpresa en su piso: Loredana y su novio, David, habían sacado una bici antigua para que los tres pudiéramos explorar el centro montados en bici. No dejo de comentar cuanto me gusta dar vueltas por Madrid en bici – ¡me conocen muy bien!
Nuestra vuelta en bici luego comenzó y estuvimos corriendo a toda leche por las calles vienesas tras unos momentos de pánico mientras me acostumbraba a la falta de asistencia eléctrica y el método raro de frenar que me tenía pedaleando para atrás. Pasamos por un par de las zonas numeradas de la ciudad hasta llegar al centro y al barrio de los museos, una área peatonal llena de museos y terrazas bonitas. Nos sentamos en la terraza de un café donde trabaja el hermano de David e inmediatamente me pedí una ración de kaiserschmarrn, un plato austriaco que consiste en unas tortitas gruesas que se cortan en pedacitos y se sirven con azúcar y una salsa tipo mermelada para mojarlas. ¡Deliciosísimo!
Casi cada edificio en el centro de Viena lucía como si fuera de cuento.
Después de tomar un café y este pecado dulce, seguimos con las bicis, pasando por muchos edificios icónicos que no fotografié ya que no tenía tiempo mientras montado en bici y muchos de los mismos estaban en obras. Loredana sí que me sacó una foto explorando con el casco puesto, pero luzco horrible – no incluiré esa por ahora…
Luego dimos una vuelta por el “ring”, una calle circular que rodea el centro de Viena. Este camino nos llevó hasta el río, así que aprovechamos para bajar a la ribera y parar por allí a tomar algo con vistas sobre las aguas. Para acompañar mi gin tonic de limón, también me pillé una bandeja de bolitas de masa hervida llenas de carne para quitarme los primeros ecos de hambre.
Esta ronda de copas nos dejó algo cansados, así que nos acercamos a casa para descansar antes de salir a cenar. Ya que acababa de aterrizar en Austria, me apetecía mucho probar la comida local, así que Loredana y David me llevaron a un restaurante asturiano para probar algunos platos típicos de la región. Entre aquellos figuraban fittatensuppe (una sopa con tiras de tortita), carne con spätzle (una especie de fideo), y schitnzel (un filete empanado). Acabamos la cena con un poste de apfelstrudel (un pastel dulce con manzana y salsa de vainilla) y un chupito de schnapps.
El sabor y la fuerza del schnapps me pilló por sorpresa y me dejó con la boca ardiendo.
Antes de volver a casa fuimos a tomar algo en una calle salpicada por bares pequeños montados en los arcos de un puente del metro. En una terraza allí me tragué unos cocteles de tequila y zumo de naranja mientras nos reíamos hablando de todo tipo de tonterías, después del cual nos volvimos a casa.
El día siguiente era el único en el cual estaríamos juntos los tres, así que aprovechamos del buen tiempo y organizamos un plan sobre un desayuno maravilloso que montaron Loredana y David en la mesa en su bonito jardín. Dejando las bicis en casa, decidimos movernos en pie o a través del transporte público, así que volvimos al centro vienés vía un tranvía y luego el metro.
Incluso hice un par de nuevos amigos peludos por el camino.
El metro nos dejó en el centro absoluto de la ciudad y al lado de Stephansdom, la catedral más icónica de la ciudad. Por suerte se había montado un mercadillo en la plaza que rodea la estructura impresionante, así que pasamos por las distintas casetas mientras yo admiraba la altura y el detalle del arquitectura de la catedral.
Los patrones presentes en el diseño del techo de la catedral la han vuelto en un icono de Viena.
En este mercadillo probé por primera ve el sturm, una especie de vino joven que sigue siendo my dulce y con un contenido my bajo de alcohol. Era muy rico y algo que se podría convertir paciente en un vicio si existiera aquí en España. Bueno, quizá haya algo parecido, igual lo podría buscar – pero tal vez sea mejor ni mirar…
Luego penetramos más el casco histórico vienés, viendo muchos edificios, plazas y estructuras icónicas más por el camino antes de plantarnos en una terraza para descansar con una cerveza en la mano. Mientras bebíamos hablábamos de qué comer, ya que tanta exploración nos había dejado con hambre. Loredana sugirió un restaurante libanés que me parecía interesante, así que nos acercamos allí y disfrutamos de una comida delicioso que nos dejó al punto de reventar.
Realmente tuve bastante suerte con el tiempo durante el viaje, el sol no paraba de brillar.
Bien hinchados tras una comida tan grande, continuamos explorando las calles vienesas, acercándonos a uno de los numerosos parques cuando David se tuvo que ir a estar con otros amigos. Loredana y yo ahora nos encontramos en un barrio bastante elegante y acabamos haciendo algo que no nos imaginábamos haciendo, pillando cosas recién tiradas de un contenedor que había en la calle. ¡Encontré una corbata limpia y bonita y me la puse durante el resto de la tarde!
Ya cansados de tanto andar, volvimos a casa y a otra sorpresa que Loredana tenía para mí. Aunque acceder a este espacio técnicamente queda prohibido, la última planta de su edificio tiene un acceso que da al techo, así que sacamos la escalera de manera silenciosa y subimos para arriba hasta la azotea prohibida.
Loredana subió esa escalera sin indicar ningún respeto por las normas de la comunidad.
Las vistas desde la azotea eran inesperadamente espectaculares – había una vista de casi 360° sobre Viena y sus afueras. Además, habíamos subido justo a la hora perfecta para disfrutar el atardecer sobre los techos vieneses. No tengo mucho más que comentar aquí, las fotos hablan solas…
Aún llenos gracias a la comida y bien exhaustos tras tanto caminar, optamos pasar lo que quedaba de la tarde en casa, así que Loredana sacó el Sing Star para Playstation 2. Nunca había jugado al juego de karaoke y puede que sea yo el que peor canta en este mundo, pero nos la pasamos pipa cantando con todas nuestras fuerza hasta cansarnos.
El día siguiente me desperté en un piso vacío ya que tanto Loredana como David se tuvieron que ir a trabajar. Me habían dejado con una llave y unas instrucciones de adonde ir para entretenerme hasta que volviera Loredana sobre la hora de comer. Con mi mapa en la mano y las diez palabras de alemán que conozco, me fui a buscar el Palacio Schönbrunn.
Ese día el sol brillaba bastante y hubo un momento que no me entendía con la que trabajaba en una panadería donde había ido a buscar un desayuno, pero por milagro conseguí pillarme una caracola de canela y bajarme en la parada de metro correcta para entrar en el palacio y sus jardines.
Como bien se puede ver en las fotos, la belleza de este lugar no decepcionó nada. La estructura amarilla enorme era impresionante en sí, pero casi se quedaba pequeña entra los jardines extensos que la rodeaban. Di unas vueltas despachas por esta zona al principio, mirando cada detalle con asombro y sacando fotos a cad acosa, pero luego pensé que siguiendo así no llegaría a ningún lado. Para tener algo de energía, me pillé un helado de kaiserschmarrn y fresa y me acerqué al primer lugar que había marcado Loredana en mi mapa, la Casa de Palmas.
Al ver que tenían kaiserschmarrn (las tortitas dulces) como sabor, sabía que tenía que ser mío.
Tras esta vuelta por los jardines bonitos y planos, tocó empezar a subir la cuesta enorme que se encontraba detrás del palacio para llegar al siguiente punto que tenía marcado en el mapa, La Glorieta. Este mirador tiene vistas sobre el palacio y la ciudad detrás, pero decidí que necesitaba más calorías antes de intentar escalar hasta allí, así que me pillé una comida en la forma de una salchicha con ketchup y mostaza.
Luego empecé a subirme para arriba, parando de vez en cuando para recuperar fuerzas y acabar mi botella de apfelschorle (zumo de manzana con gas) que había comprado en un quiosco. Una vez subido al mirador noté que valió el esfuerzo la subida por las vistas. Pasé un buen rato mirando y fotografiando todo antes de empezar a bajarme para abajo.
Llegué a la altura del palacio principal sobre la hora de comer, así que saqué unas ultimas fotos del edifico y los jardines antes de acercarme otra vez al metro para volverme a reunir con Loredana en su casa. Ella estaba cansada tras un día largo en el trabajo y yo estaba bien exhausto después de unas cuantas horas explorando Schönbrunn, así que nos echamos la siesta antes de comenzar las actividades de mi última tarde en Viena.
Antes de salir a cenar por última vez en Viena me quedaba una tarea por hacer – una visita a un supermercado local para pillar algo de picoteo austriaco para el equipo en Erretres. Loredana me ayudó a elegir unos caprichos salados y dulces para traer a Madrid y también nos pillamos un aperitivo que me contó que era un clásico entre los vieneses – una especie de bocata con carne formada y especiada. Que la carne tuviera una textura y forma así se me hizo raro, pero sabía bien rico y hambre había ¡así que perfecto!
Al llegar la hora de cenar, los tres salimos a un restaurante de comida fusión asiática. Después y para bajar la comida, dije que deberíamos subir la escalera bien alta de un edifico local. Quizá no fuera la decisión más sensata tras una infección reciente de COVID, ¡pero a la cima llegué!
Vimos las vistas desde la azotea durante un rato antes de bajar a la calle y volver a casa, donde nos tomamos unos chupitos de Berliner Luft, un licor con sabor a menta que comenté que sabía igual que el enjuague bucal. Luego tuve que hacer la mochila a regañadientes para el viaje de vuelta el día siguiente – ¡sentía que solo había estado en Viena durante cinco minutos!
La siguiente mañana tuve que levantarme treparon para ducharme, guardar las últimas cositas en la mochila y despedirme de y dar las gracias a Loredana y David por recibirme en su casa y por ser anfitriones y guías turísticos fantásticos para mi primer viaje por esta ciudad preciosa. Aunque seguramente volveré a visitar Viena, también insistía que los dos vinieran a visitarme en Madrid en cuanto podían – ¡me gusta recibir tanto como ser recibido!
Pues no queda mucho más por añadir más que volver a dar las gracias a Loredana y David ¡y prometer que estaré de vuelta a Austria en cuanto se pueda!
Al acabar mis dos encierres por la COVID, con razón buscaba estar en mi piso lo mínimo posible. Afortunadamente tenía muchas ideas en mente de que hacer tras tanto tiempo para estar contemplándolo. Empecé mi libertad con un viaje que me llevó a las afueras de la ciudad, a la casa de un amigo en Las Rozas, donde habíamos quedado en bañarnos un rato en su piscina y luego salir a cenar.
El atardecer sobre Las Rozas creó una serie de colores otoñales bien bonitos.
Nos pusimos al tanto en su piscina antes de salir a cenar pizza, luego pasamos la tarde hablando en el parque con una birra en la mano. Eventualmente me vi obligado a coger el tren de vuelta a casa, ya que era un domingo por la tarde y me tocó volver al trabajo el día siguiente.
El finde siguiente me monté en una bici y subí a explorar el centro de la ciudad, ya que tenía que hacer un poco de reconocimiento para la visita de Izzy y también porque me apetecía visitar unos de mis sitios favoritos por Madrid. En la primera vuelta en bici subí a Ópera y la zona del palacio y la catedral. Allí tomé una pausa para comerme un helado y para inspeccionar las vistas desde el mirador nuevo entre el palacio y la catedral que llevaba años en obras.
Mi segunda vuelta en bici me llevó en un círculo por el centro de la ciudad y luego acabó con una caída libre por una cuesta hasta el lago enorme en la Casa de Campo. Desde allí luego volví a casa por el Parque Madrid Río, deteniéndome en el camino para montarme en un columpio colgado de la parte inferior de un puente – ¡hacía años que no me había montado en un columpio!
Unos días después, cuando tenía que haber estado en Oslo (un viaje cancelado por causa del COVID), decidí que por fin canjearía la entrada al Parque de Atracciones que me había comprado en abril y que no podía utilizar en esas fechas por el encierre perimetral de mi barrio. Aunque en estas fechas tenía que ir solo, decidí que me acercaría al parque ya que se me estaba agotando la plaza de canje y pensé que supondría una buena distracción de la tristeza de no poderme había ido al extranjero.
El Parque de Atracciones queda a tan solo un viaje en metro de mi piso, así que llegué para la hora de apertura (a mediodía) y canjeé mi entrada. Entrar solo rodeado por grupos de amigos se me hizo algo raro, pero después de subirme a la primera atracción (en la cual acabé sentado al lado de un tal Javier, un saludo si estás por allí) me acostumbré al ritmo y empecé a tachar de la lista las atracciones que tenía apuntadas como las más interesantes.
Después de algunas montañas rusas y tras quedarme empapado en los troncos, me senté para comer, que por supuesto tomó la forma de un trozo de pizza mediocre que se suele vender en los parques de atracciones. Después de comer me monté en aún más atracciones de las más intensas, entre ellas algunas que no eran montañas rusas que al final me parecían bien graciosas – todas menos una que nos giraba tanto que sentí que iba a acabar rociando al pobre chico a mi lado con una mezcla de queso y pepperoni…
Me grabé un vídeo en los troncos pero salgo gritando así que no me atrevo a subirlo…
Con el paso del día y la bajada de mis niveles de energía, me volví a sentar para tomarme una cerveza bien grande y un gofre en forma de cono relleno de chocolate y helado. Una vez devorado todo, tocó volver a subirme a las atracciones que más me habían gustado, cosa que me llevó de vuelta a las montañas rusas y hasta una torre de caída libre que no salía en mi listado ¡pero que era bastante emocionante!
Tras otra vuelta por el parque entero el día se convirtió en noche y estaba ya bastante agotado, así que ya pensaba en acercarme a la salida e irme a casa. Dado que el parque cerraba a las 10pm, decidí pillarme otra jarra más de cerveza y una bocata mientras se ponía el sol, pero eso fue después de haber encontrado por accidente Los Rápidos y Los Fiordos.
Me subí a esta última atracción con algunos pocos más y dimos una vuelta por la ruta corta, siendo ligeramente rociado con agua tras la caída principal. Al llegar de vuelta en la estación no había nadie en la cola, así que el grupo de adolescentes en frente de mí preguntaron si podíamos dar una vuelta más. El operador de la atracción insistió que quien quisiera que podía bajarse, pero pensé que dejaría que las cosas fluyeran – ¡y esta decisión la pagué con ser calado en esta segunda vuelta!
Se presentaron unas vistas únicas al estar en un parque de atracciones después del atardecer.
Acabado el día largo en el parque, volví a casa y me sobé casi al instante. El día siguiente había quedado con Sara en ir a comer en el centro, después del cual aclamaos en mi casa con un libro de colorear y practicando un poco de caligrafía – ¡una tarde dominguera bien relajada! Luego pasamos por su casa a vernos con su novio y unos amigos suyos que estaban de visita, bajándonos a una terraza al lado para tomar algo y acabar así otro día ocupado.
El día siguiente marcó la llegada de Izzy, así que pasé un rato limpiando mi paso antes de subirme a la estación de Atocha para darles la bienvenida a ella y a su novio Alex al llegar desde Barcelona. La primera tarea fue pasar por una clínica para que se hicieran una PCR, después del cual pasamos por mi casa para que dejaran sus maletas.
Por la noche salimos a cenar tacos en Mi Ciudad, una taquería mexicana pequeña que visité con Izzy la primera vez que me visitó en Madrid en el 2016 y en la cual no he estado durante mucho tiempo. Llenos de tacos y gringas deliciosas, bajamos a La Latina y luego Lavapiés para tomar algo, tras el cual nos acercamos a casa para descansar antes de un día de excursiones.
Ese sábado fue uno de los días más intensos de exploración que he realizado jamás en Madrid – hicimos tanto entre las horas de 08:30am y 11pm que ni me acuerdo que hicimos como para escribirlo todo aquí. Entre muchas otras cosas más, desayunamos en Ojalá, dimos una vuelta por Retiro en patinete, pasamos por el Palacio Real en bici, tomamos algo en el Matadero, dimos un paseo por el Parque Madrid Río, montamos un picnic para ver el atardecer desde el Templo de Debod y acabamos tomando algo con unas buenas raciones en mi bar local antes de irnos a acostarnos. ¡Menudo día más ocupado!
El día siguiente fue un domingo, pero no nos tocó descansar a pesar del día intenso que acabábamos de experimentar. Nos volvimos a montar en bici por la mañana, subiendo así al norte de la ciudad para desayunar unos croisanes antes de bajar a casa en taxi para que cogieran sus maletas y luego otro taxi al aeropuerto para su vuelo de vuelta a Londres – ¡vaya visita más rápida e intensa!
Tras despedirme de ellos, dormí la siesta un rato para recuperar fuerzas antes de salir a comer, ya que había quedado con Napo en nuestra pizzería favorita. Después de comer acabamos en mi piso tomándonos un gin tonic – la manera perfecta de acabar una tarde.
¡Pero espera! No había puesto fin aún a mi finde atareado. Para celebrar el cumpleaños del novio de Hugo, habíamos quedado en cenar por el centro. Me volví a acostar un rato antes de salir, y nos lo pasamos muy bien – yo disfruté uno de los postres más cargados que he tomado en mucho tiempo…
Tras mi finde loco me tocaba volver al curro, pero eso no me impidió que sacara alguna foto ni que saliera de vez en cuando por la tarde. Esta primera toma con vistas sobre Madrid se vio desde la tercera planta de mi hospital, donde había ido a que me hicieran una prueba rápida.
También pasé un par de tardes por el río donde he estado escribiendo mis entradas de blog y viendo el mundo pasar. Un restaurante y bar que nunca había estado antes se ha convertido en uno de mis lugares favoritos, ya que me puedo plantar con mi iPad para trabajar en lo que sea y tomarme una cerveza con limón mientras veo el atardecer – ¡perfección!
Sari me invitó a su casa otra noche, donde nos pusimos al día con una cerveza en la mano y picando un aperitivo bien bonito que había montado Sari con unas carnes y quesos que había traído desde el norte. Luego acabamos en un bar local, donde acabamos bien la noche con una ración de calamares y una última caña.
Con eso, ya dejo mi blog más o menos actualizado, ya que solo me queda escribir otra entrada que explora la primera – y última – viaje al extranjero del verano: ¡gracias, COVID! No desvelaré adonde me fui por ahora – tendrás que esperar hasta la próxima…