Un marzo caótico

28.03.21 — Madrid

Ha pasado un mes entero desde la última vez que pasé por aquí para poneros al día con las noticias de Madrid, y no miento al decir que ha sido un mes ajetreado. Entre mucho trabajo, no he tenido mucho tiempo para hacer nada muy emocionante, pero he salido entre ratos para apreciar y aprovechar de la llegada de la primavera en la ciudad.

Arrancamos con una noche de diversión relacionada con mi trabajo ¡que tuvo lugar en una pista de pádel! Sin desvelar demasiado, uno de nuestros clientes trabaja en el mundo de este deporte, así que bajé a un centro deportivo a jugar al pádel por primera vez con dos compañeras y Jhosef. Tras bajar al sur de la ciudad en autobús con Jhosef, nos reunimos con Zoe y Cris en las pistas azules.

Después de unas partidas competitivas y un kebab para acabar bien la noche, acabé con agujeras por todo el lado derecho de mi cuerpo. Este dolor no me detuvo cuando tocó salir a tomar algo más tarde en la semana, sin embargo, y visité Citynizer para echar un ojo al nuevo especio que habían estrenado justo el día anterior. El bar es el espacio público de The Central House, un nuevo hostal en Lavapiés, y un client nuestro. Curré en la identidad visual de Citynizer el año pasado ¡y moló bastante ver mi trabajo pintado y aplicado por todos lados!

Al concluirse la semana, tocó vivir un momento agridulce: la salida de María de Erretres. Para despedirnos bien de ella, fuimos a El Toril Gourmet, donde disfrutamos unas hamburguesas delicias y nos quedamos hasta tarde en la terraza recordando los mejores momentos vividos durante su época en la empresa. Luego nos veríamos de nuevo dentro de poco, pero eso os lo contaré en breve…

Ese finde – por si una noche de cenar y tomar no fue suficiente – también pasé una noche en el barrio bonito de La Latina con Sara y Jhosef. Tras buscar en vano una mesa en una de las plazas principales de la zona, bajamos por un callejón a un restaurante mexicano donde habíamos celebrado la cena de navidad de Erretres hace un año y pico. Allí nos comimos unos tacos y nos bebimos unos margaritas, nos reímos mucho y al final ¡tuvimos que coger un taxi a casa para no saltarnos el toque de queda a las 11pm!

Empecé el domingo siguiente con un poco de resaca – al parecer no aguanto unos meros tres margaritas tras la pandemia – y luego bajé al río para tomar algo tumbado al césped con Hugo, Bogar y Sergei. También aprovechamos la oportunidad de sacarnos una foto turística cutre en la nueva escultura de “Madrid” que han edificado en las orillas al lado del palacio real y la catedral.

La semana siguiente acabó con la oportunidad de volver a conectar con mi alma mater, que tuvo forma de una ronda de preguntas y respuestas realizada por Zoom con los estudiantes que se graduarán este año del grado que estudié yo hace unos cuantos años. Tras una charla rápida con mis ex profesores, me conecté con Izzy y otros antiguos alumnos que han acabado haciendo cosas super interesantes y así tuve la oportunidad de responder a unas preguntas intrigantes de los estudiantes actuales.

Una vez acabada la llamada, y como mencioné hace unos momentos, volví a salir para El Toril. Aquí, se le había montado una sorpresa de cumpleaños a María, y al llegar yo tocó presentarle con el regalo que le habíamos comprado: ¡una máquina de tatuar!

El día siguiente volví a salir cuando Luis me llamó para invitarme a tomar un gintonic con él y sus amigos por el Parque Madrid Río. Dentro de nada, se convirtió en otro gintonic y unas raciones en un bar al lado de su casa, donde nos pusimos al día con todos los dramas que se están montando en nuestras vidas. Todas estas distracciones eran fabulosas, pero eran justo eso: distracciones, por las que tuve que hacer todas las tareas el día siguiente que no me había dado la vida hacerlas durante los dos días pasados…

Tras organizar los cables de mi escritorio, limpiar mi piso y salir a hacer la compra para la semana que venía, tuve cinco días de trabajo para mantenerme bien ocupado. El finde siguiente – el finde pasado, de hecho – entonces supuso un descanso bienvenido, así que aproveché el sol de primavera para visitar algunos de mis sitios favoritos en la ciudad: el Parque del Retiro y el Parque de las Delicias.

La semana pasada fue bastante tranquila, con la excepción de una noche que salí con Bogar para romper la monotonía de la semana laboral. El jueves espontáneamente decidimos pasar a ver a Hugo en el restaurante donde trabaja, Ramen Shifu. Allí fuimos a comer un bol de ramen delicioso con gyozas para empezar. Hinchados de comida rica, Bogar y yo luego nos despedimos de Hugo en la cocina y volvimos a las en bici ¡ya que le había liado para que se apuntase al servicio de BiciMad!

Ahora me encuentro sentado en mi sofá, una copa de vino en la mano y algunos videos cutres de YouTube puestos como ruido de fondo, y queda bastante obvio que estamos arrancando el finde. Tengo bastante que hacer estos dos días, pero tengo algunos días de vacaciones ya pillados durante las próximas dos semanas, así que vamos a ver que acabaré haciendo…

Hace dos semanas solo trabajé tres de los cinco días laborales porque me quedaban un par de días de vacaciones del 2020 que tenía que disfrutarlos lo antes posible. Por eso convertí mi finde en unas vacaciones cortas de cuatro días, y arranqué las mismas con una comida con mi amigo Napo.

Los dos nos reunimos en Chueca, dónde me llevó Napo a un restaurante chino que conocía. Allí disfrutamos una selección de platos muy ricos, entre ellos una ración de pato crujiente, ¡uno de mis favoritos! Tras bolas de helado y un par de cervezas, salimos a pasear por la cuidad, aprovechando del sol invernal y la calma que había por las calles.

Tras descubrir una plaza e iglesia que nunca había visto antes, pasamos por Delish Vegan Doughnuts con la esperanza de pillar unos donuts – ¡usualmente no quedan por lo buenos que están! Tuvimos suerte, sin embargo, y pillamos una selección de los mismos y un café para tomárnoslos en una plaza al lado.

No hay mejor manera de empezar unas vacaciones que con unos donuts rellenos de nata.

Una vez acabamos nuestro momento café, bajamos al templo de Debod, donde habíamos decidido ver el atardecer tomando una cerveza. El cielo azul que usualmente abarca el oeste de la cuidad estaba bien elusivo, ya que una capa densa de la contaminación famosa de Madrid había teñido el cielo de un marrón feo…

Por lo menos se veían el palacio y la catedral entre la contaminación.

Una vez llegada la noche y el cansancio – ayudado en parte por la cerveza – bajamos a la estación de tren y volvimos a casa. Me interesaba dormir bien aquella noche porque tenía un gran plan para el día siguiente: subir a Manzanares El Real y ir de senderismo por La Pedriza.

Era todo cuesta arriba durante la primera hora, pero sí que hay vistas muy bonitas.

Tras bajarme del autobús, empecé la subida después de pasar a por algo de comida que me sostuviera durante las horas que iba a pasar caminando por la sierra. Seguí la misma ruta que caminamos mis amigas y yo la primera vez que visitamos La Pedriza hace unos años, pero esta vez vine más preparado: ¡a la primera llegué con una bolsa tote ya que no me daba cuenta de lo duro que iba a ser la subida!

La gran vuelta iba a llevarme dos horas, pero decidí salpicar el viaje con unos descansos para sacar fotos, picar algo, leer mi libro y disfrutar de las vistas que me rodeaban. La primera hora del camino fue todo cuesta arriba, pero sabía que iba a valer la pena, ya que pasada la cima quedan unas vistas panorámicas que son realmente impresionantes.

La cuesta abajo que quede después de este paisaje era bastante más fácil que la primera parte, y no tardé nada en llegar a la cuenca Del Valle y cruzar el Río Manzanares (que pasa por el centro de Madrid y justo al lado de mi calle) por un puente pequeño de madera. Una vez llegado al otro lado del río, me encontré con un refugio en la forma de una cabaña pequeña, y me senté al lado en una silla para leer más de mi libro después de explorar la cabaña un poco.

Una vez leído más de mi novela y con la llegada del frío vespertino, pasé por lo que quedaba del camino, que supone escalar una serie de formaciones de roca bastante interesantes. Eso me llevó a la parte más tediosa del camino, un paseo de unos 40 minutos por una calle vacía y bien aburrida que me llevó al centro de Manzanares El Real donde me cogí el autobús de vuelta a la ciudad.

Una vez de vuelta en mi piso, naturalmente me tumbé un rato en el sofá, y me permití solo media hora de descanso para recuperar de la vuelta de siete horas por las montañas. Esto fue porque luego había quedado en salir con Jhosef y Sara, ya que teníamos ganas de aprovechar el clima de primavera y el nuevo toque de queda que ahora fue a partir de las 11pm.

Los tres arrancamos la noche con unos gin tonics en el centro, antes de entrar en un local bonito que visitamos Jhosef y yo hace unos meses, y donde habíamos disfrutado una cena rica. Esta noche fue igual, los tres disfrutamos de unos platos ricos acompañados por algunos gin tonics más, música en viva y ¡una ronda de chupitos que nos invitó la casa!

Mi sábado empezó, como bien te puedes imaginar, con una buena resaca y una pereza enorme. Tenía ganas, sin embargo, de volver a salir de mi casa, así que bajé al río y pasé por un supermercado para comprarme una nueva sartén y ponerme al día con mi familia por teléfono.

Con la resaca que tenía, ya era noche cuando por fin salí de la casa.

El día siguiente, Jhosef me volvió a visitar para pasar una noche de coworking – cosa que consiste en los dos sentados en mi salón trabajando en nuestras propias cositas. Jhosef me preparó un guisado, comimos juntos, y luego me puse a ver The Rocky Horrow Picture show para entretenerme por la noche.

Jhosef también hizo suficiente arroz como para dar de comer a 5000…

Este finde, a pesar de no ser largo como el pasado, ha sido divertida. Empecé el sábado con una visita espontánea a la tienda británica para pillar algo de chocolate Cadbury’s y luego volví a casa en bici, aprovechando el sol glorioso que hacía.

Justo cuando anduve llegando a casa, Jhosef me llamó para invitarme a coma con él y su familia, que andaban en un restaurante peruano que me queda cerca de casa. No podía desaprovechar la oportunidad de probar un nuevo sitio local y comer unos platos peruanos bien ricos, así que subí al sitio para reunirme con ellos. La comida me enamoró – no pude decidir entre una cosa y otra, así que el camarero me aconsejó que probase un plato mixto, ¡que resultó ser tan grande como era rico!

Tras una comida tan enorme, que se cerró con una tarta tres leches y un vaso de vermú, estábamos hinchados y bien cansados. Ya que no queríamos irnos a casa para dormir la siesta, decidimos bajar al río y descansar tumbados en el césped. Era muy bien plan, ya que el sol nos alcanzaba justo y hubo un cantante que creaba un ambiente bien agradaba. ¡La manera perfecta de acabar una tarde!

Por la tarde, se me ocurrió la idea de coger unas bicis y dar una vuelta por el río en el oeste de la ciudad. Jhosef y yo empezamos lo que suponía yo que sería un viaje rápido de ida y vuelta, ¡pero el cual se convirtió en una vuelta entera de dos horas por el centro de Madrid!

Con eso llego al presente momento, en el cual estoy sentado en casa pasando otro rato de coworking con Jhosef. Tenemos puestos unos témanos de los 80, él está currando algunos correos y yo estoy escribiendo mi blog. ¡Una tarde dominguera bastante relajada!

El día de las tortitas

18.02.21 — Madrid

Cómo quizás sepas ya estoy de vuelta a Madrid y al trabajo, donde hemos arrancado fuerte el año con mucho trabajo. Desde que volví de Inglaterra hace unas tres semanas, no he parado, pero sí que he estado llenando mis ratos libres con mini aventuras.

Arranqué el primer finde con una vuelta por el centro de la cuidad, pasando por las calles que me dieron la bienvenida cuando visité Madrid por primera vez hace unos cuantos años ya. Tras pasar por la Puerta del Sol en el centro, subí a un bar mexicano en Malasaña, donde tomé un par de margaritas y unos platos deliciosos y bien picantes con un par de amigos.

Se me olvidó sacar fotos a los tres o a la comida, pero me gustó mucho esta lámpara.

Acabe el finde con una noche de peli y manta tumbado en mi cama, después de haber traído mi TV a la habitación como un profe aburrido del instituto que deja de dar clases en las semanas antes de las navidades y que pone una película en cambio. Pero fuera de coña, ¡ponerle ruedas al soporte de la televisión ha sido una de las mejores ideas que he tenido!

Entre semana, pasé una noche intentando hacer pan por primera vez en mi vida. No fue ninguna barra de masa madre ni mucho menos, pero después de no haberme apuntado a la moda de hornear pan durante la primera cuarentena, al final encontré una receta de pan turco que me apetecía intentarla. Los bolsillos de pan rellenos de queso feta y espinacas me salieron bastante bien, pero hice demasiados, y no pensé en cómo se deshacerían al ser dejados sin hornear en la nevera… ups.

Dejando de lado aquel desastre de la masa líquida que se montó en mi nevera, el finde siguiente llegó dentro de nada, y con él un plan que me apetecía mucho: una excursión al IKEA con Luis. Ya que se ha mudado a un nuevo piso muy bonito a solo diez minutos andando del mío, los dos nos subimos a su coche y fuimos a buscar unas nuevas bombillas inteligentes. ¡Parece que mi obsesión con llenar mi piso con luces coloridas se está contagiando!

¿A quien no le va a gustar que su casa parezca una atracción de Disney?

Luego llegó otra semana laboral, y con ella el cierre de un proyecto de embalaje muy emocionante que pronto desvelaremos al mundo – ha sido un buen reto ¡pero el resultado final va a valer la pena! Dentro de nada, sin embargo, volvió a llegar otro finde, y con él muchas vueltas por la cuidad en bici.

El primer viaje fue con Jhosef para que recogiera unos cascos que había dejado en su oficina, y después del cual aprovechamos para pasar por el centro y comprarnos unas cositas. Me autoregalé un Chromecast para mi tele y una nueva manta super suave para el sofá. ¡Ahora sí que me identifico como adulto ya que tengo más que una manta para mis momentos de pereza en el sofá!

El día siguiente salí a dar una vuelta yo solo, durante la cual fui bastante lejos. Bajé la asistencia eléctrica de la bici y me subí al centro, tomando una pausa por el Palacio Real para beber algo y empaparme en el ambiente soleado. Luego volví a montarme y subí al norte del centro, encontrándome en una senda ciclable que sigue el camino del río.

Allí fui a mi ritmo, manteniendo un ojo en la batería resistente de la bici ya que sabía que me quedaba por subir una cuesta tocha a la vuelta al centro. Paré unas cuentas veces. durante esta aventura por el río, explorando unos puentecitos de madera e isletas que se encuentran en medio del corriente rápido del Río Manzanares.

Luego llegué al final de la senda, que me dejó en un puente que cruza una de las autopistas principales del norte de Madrid. Sorprendido por esta transición tan repentina, me quedé un momento sacando fotos de la cuidad y la sierra que se veía a lo lejos. De repente alguien me llamó por nombre, y me encontré con Pablo, un fotógrafo que ha trabajado conmigo en algunos proyectos. ¡Que casualidad que nos encontrásemos un domingo por la tarde en un puente sobre la autopista!

Después de esta sorpresa feliz, volví al centro y subí lentamente por la cuesta que me llevó a Moncloa, donde pasé a comprar unos sellos y dejar un paquete con destino a Murcia. Realizado este recado, luego pasé por el centro tranquilamente, llegando a casa justo a tiempo para comprar una barra de pan con 30% de descuento para hacerme una bocata de tortilla.

Con eso ya llegamos a esta semana, que ha sido una semana corta de tan solo tres días laborales, ya que me quedaban un par de días de vacaciones por coger del año pasado. Eso no quiere decir que no he estado ocupado, sin embargo, ya que el martes para nosotros británicos supuso un día muy especial: ¡el día de las tortitas! (Pancake Day en inglés).

Es un día que celebramos cenando tortitas con zumo de limón y azúcar, y que tiene raíz religiosa, un día para agotar los ingredientes como mantequilla y harina que eran prohibidos durante la Cuaresma. Invité a Jhosef a casa para que lo experimentase por primera vez, y pasamos la noche comiendo tortitas acompañados por una copa de pacharán: ¡una fusión anglo-española!

¡Tenía muy buena técnica a la hora de darle la vuelta a la tortita aunque fue su primera vez en hacerlo!

Hoy es el primer día de mi finde de cuatro días, y he quedado en comer con mi amigo Napo y luego salir a comprar una nueva sartén – las tortitas, al parecer, eran la gota que colmó el vaso y acabaron destrozando la capa de teflon de mi pobre sartén actual. También aprovecharé de estos días para currar en el nuevo diseño para mi web y otras cosas emocionantes – ¡más detalles por venir!

Un ratito en Inglaterra

03.02.21 — Burnley

Como sabrás si leíste mi última entrada de blog, en la cual revelé mi ubicación actual hacia el final, acabo de realizar un viaje a Inglaterra. El premiso de este viaje no fue muy feliz, ya que fue principalmente para asistir al funeral de mi abuela, pero me alegré poder ir y ¡los días extra pasados con la familia eran un bonus!

El viaje empezó cuando madrugué a las 5am y me puse a preocuparme sobre si el vuelo iba a prestar servicio o no, ya que Madrid todavía se encontraba debajo de montones de nieve y capas de hielo de la Borrasca Filomena. Me recordaba de la última vez que viajé a Inglaterra, cuando también existía la duda de si la nueva cepa iba a interrumpir los vuelos procedentes y con destino al Reino Unido. Me llegó el taxi, sin embargo, y me encontré tropezando cansadamente en el frío fuera del Terminal 4 después de comprobar que el vuelo seguía en marcha.

Andaba cansado, con frío y bastante perdido mientras buscaba una entrada abierta.

Después de hacer un amigo en la forma de un pájaro que había entrado en el terminal, me subí al primer avión. Digo que era el primero porque este viaje supuso la primera vez que tuve que hacer una conexión, que era un transbordo de cinco horas en Londres Heathrow. Esto convirtió el viaje en unas ocho horas, un salta bastante tocho de las dos que suelen ser cuando hay vuelos directos de Madrid a Mánchester.

Pasé el rato en Heathrow buscando todas las tiendas que me pudieran ofrecer el mejor de todos los inventos británicos, algo que se llama un “meal deal”. Es como un menú que suele valer unos £3 que incluye un sándwich frío, una bolsa de patatas y una bebida. Solo tuve dos opciones al final, así que pasé un buen tiempo eligiendo que combinación de patatas, sándwich y bebida más me apetecía. Una vez comprada mi comida, me busqué un rincón tranquilo para sentarme y esperar el segundo vuelo.

El rato en Inglaterra empezó con el funeral que celebró la vida de mi abuela, y que fue triste como te puedes imaginar, pero me gustó por ser una despedida bonita, íntima y perfecta para una gran mujer.

Montamos un servicio que era colorido y alegre como le hubiera gustado.

El finde siguiente llegó una nevada bien bonita, así que mis padres y yo salimos a dar una vuelta por el campo. Saqué bastantes fotos durante este paseo de dos horas, durante el cual nos encontramos un rebaño de ovejas muy inquisitivas que estaban convencidas de que les habíamos traído algo de comer.

Me sentí mal por no llevar nada para darles a mis nuevos amigos.

Como ves, tomé la mayoría de las fotos del viaje durante este paseo nevado. Eso no solo fue porque representó el momento más bonito de la visita a Inglaterra, sino también porque pasé la semana siguiente conectado al trabajo durante unos días atrojados y algo largos. ¡Era todo un lujo, sin embargo, tener las cenas caseras de mi madre cada noche al desconectarme.

Después de desconectarme del trabajo el viernes, tuve que hacer la maleta lo más rápido posible para madrugar el sábado. El viaje de vuelta consistió de dos vuelos, pero con tan solo una hora para realizar la conexión en Londres. Esa hora se cortó a media hora por un retraso en despegar de Mánchester, y acabé teniendo que correr a toda leche por el Terminal 5 de Heathrow para llegar a tiempo a la puerta – ¡al pasar por el control de pasaportes, las pantallas ya ponían que el vuelo se cerraba!

Llegué ayer en Madrid, después de un control de COVID-19 y de inmigración muy riguroso en la frontera. A pesar del propósito triste del viaje, aprecié mucho el tiempo pasado con la familia y estoy contando mis estrellas afortunadas por poder haberlo realizado durante el caos que están causando las nuevas oleadas del virus. ¡Parece que no voy a poder volver a hacerlo durante bastante tiempo! Hasta entonces…

Borrasca Filomena

23.01.21 — Madrid

Ya llevamos tres semanas viviendo en 2021, y el año ya ha arrancado fuerte, desde el drama en los EEUU, la borrasca que ha pasado por Madrid y el fallecimiento de mi abuela. Llevo casi tres semanas de vuelta en España, ¡y mucho ha pasado en tan poco tiempo!

En el trabajo, el año ha empezado con bastantes cosas por hacer, con muchos proyectos y retos nuevos para abordar. Erretres nos ha dado mucha flexibilidad a la hora de decidir si trabajar desde casa o ir a la oficina, cosa que ha sido maravillosa, pero suelo optar por la opción de viajar todos los días a la oficina. Como mencioné al empezar la primera cuarentena, la separación mental entre mi lugar de trabajo y mi espacio de descanso me es bastante importante, y así estoy consiguiendo que mi piso se vuelva en un sitio cómodo y relajante para que pueda descansar.

Las tardes de relajación tienen que iluminarse por una paleta cromática así.

La gran noticia estas semanas, sin embargo, fue la borrasca que pasó por Madrid y que causó un desorden sin restricciones desde entonces. Me sorprendió aprender que dicha borrasca se había denominado “Filomena”, ya que mi difunta abuela se llama “Philomena” (la “ph” suena “f”). ¡Ya bien sabía que no se iba a ir de este mundo sin causar un buen caos!

Y bueno, fue un caos de verdad que causó. Empecé el finde sin ni saber que Madrid se estaba preparando para afrontarse con la borrasca, por lo caul casualmente bajé al IKEA en el sur de la cuidad para comprarme una nueva mesa tras sentarme encima de la anterior y romperla. Ya nevaba cuando salí de la casa, pero suponía que iban a caer unos diez copos que luego durarían en el suelo unos cinco minutos…

Bueno, llegué a la parada de Metro en el sur para encontrarme con una capita de nieva que sí que estaba cuajando, y tuve que avanzar por un viento cada vez más potente que estaba salpicando cada superficie con nieve. Luego llegué al centro comercial y me encontré con una extraña falta de gente y la mitad de las tiendas o ya cerradas o bajando frenéticamente sus cortinas, cosa que me parecía muy rara dado que eran las 7pm de un viernes.

Algunos entraron en pánico, otros pidieron tranquilamente un cono de churros recién fritos.

Continué caminando por el centro comercial y hasta IKEA situado en el otro lado, y que se encontraba también bastante vacío. Al principio suponía una experiencia bastante buena: ya que no había ni dios, pude probar todos los sofás y mesas que me diera la gana sin tener que preocuparme de la distancia social – ¡tal como en los viejos tiempos!

Más luego, alrededor de la zona de las cocinas, el ambiente cambió algo y me empecé a sentirme raro. Ya andaba por una exposición bastante vacía – al parecer hasta había desaparecido el personal. En breves sonó el anuncio inevitable: ya iban a cerrar la tienda por la situación meteorológica. Me acerqué a la salida, abandonando la búsqueda de la mesa y optando por unas plantas pequeñas que serían más fácil de llevar conmigo.

Fue entonces, al pisar el exterior, que la gravedad de la situación se me pegó. Solo había estado confinado dentro de la caja de acero que es IKEA durante una hora o así, pero las condiciones fuera habían empeorado dramáticamente. Una capa de nieve de unos 5cm ya cubría todo, y no había señal de que la tormenta polar se fuera a detener. El parking se encontraba casi vacío, los coches que quedaron iban resbalando hacia las salidas. Me fui hacia el Metro con bastante prisa, esperando que su naturaleza subterránea lo hubiera protegido de la nieve, pero tan solo llegar me era difícil por los vientos fuertes y la caída de nieve casi horizontal que insistía en pegarme directamente en la cara.

Luché contra los vientos fuertes y la caída de nieve casi horizontal que insistía en pegarme directamente en la cara.

Afortunadamente logré volver a mi parada de Metro local, Delicias, pero me esperaba una sorpresa al volver al nivel de la calle. Durante el viaje estaba preguntándome si solo la zona alrededor de IKEA se veía afectada desproporcionadamente por su ubicación fuera de la zona densa del centro. Mi teoría se tumbó, no obstante, el encontrarme con una calle que lucía igual que el parking de IKEA. Con cuidado me acerqué a casa, deteniéndome solo para pillar una pita de pollo de un bar libanés local. Una vez en casa encendí la calefacción, puse unas velas y me fui a la cama preguntándome cómo sería el día siguiente.

Ya que vivo en un interior, me desperté sin saber muy bien cómo sería la situación en las calles. La única pista que tenía fueron los ventisqueros que se habían acumulado en las ventanas de mis vecinos. Después de una mañana de vaguear (era un domingo), decidí salir a ver que tal el tema de la dichosa nevada.

Como bien ves, las escenas que se presentaron eran algo apocalípticas. Ramas enromes habían caído por el peso inmenso de la nieve y se encontraban tumbadas encima de coches y en plena carretera. Algunas familias habían salido a construir muñecos de nieve o lanzar pelotas de nieve, pero la mayoría de la gente en la calla andaba como yo: dando vueltas por su barrio para ver estas escenas tan extrañas.

Dentro de poco el frío se me hacía demasiado, y luego casi me caí por una depresión en el superficie que no se veía por estar tapada por medio metro de nieve. Esta caída me dejó con la bota mojada y de mal humor, así que volví a casa para secarme antes de salir al supermercado. Eso al final fue otra vuelta poco productiva, ya que se había cerrado antes el Mercadona por la nieva, así que regresé a casa y me apañé con una lata de crema de champiñones.

Estar mojado y con frío se arregla fácilmente en casa con unas velas encendidas.

Una vez acabado el finde tan nevado, pensé que la nieve tardaría poco en derretirse y que el caos se iba a relegar a un recuerdo, pero me equivocaba. El viaje a la oficina supuso un ejercicio en intentar no caerme patas arriba en la cuesta helada que era la calle de la oficina. Las condiciones se empeoraron con el paso de la semana, ya que se acumulaban bolsas de basura en las calles y caían trozos peligrosos de nieve e hielo desde las cornisas.

Más luego, y con una semana laboral ya acabada, tocó descansar y disfrutar un finde bien tranquilo. Arranqué todo el viernes, al salir a comer unas tapas catalanas con mi compañero Jesús. El día siguiente bajé a visitar el nuevo piso de mi excompañero Luis, donde andaba colocando sus plantas justo antes de la gran mudanza al barrio la semana siguiente.

Después de unas copas de vino y picar un poco de chosco de tineo (que cosa más rica, por favor) en una vinoteca local, dejé a Luis para quedar con Napo en Five Guys. Habíamos quedado en cenar una hamburguesa y ponernos al día después de vernos la última vez justo antes de mi viaja a Inglaterra para pasar la Navidad. El domingo salí a comer fuera una vez más, tomando unos pinchos y cañas con Sara en la azotea del El Corte Inglés de Callao.

Este finde bonito luego dio paso a una semana que ha resultado ser algo de una aventura, pero ya tendré que dejar esa historia para la siguiente entrada de blog. Con decir que ando en Inglaterra escribiendo esta, ¡creo que os da bastante pista con respeto a lo alterada que ha sido! Hasta entonces…