Como me emocionaba anunciar al final de mi última entrada de blog, en breve iba a viajar a Asturias para reunirme con Kevin y Cami, dos amigos que antes vivían por la zona. He visto a Cami cuando pasó por Madrid un día y luego durante un par de visitas que he realizado a su nuevo hogar en Tenerife, pero llevo casi tres años sin ver a Kevin en persona – gracias a su mudanza a los EEUU y luego la pandemia mundial que nos ha caído…

Bueno, esa introducción concluida, pasemos a la historia principal. Tras recuperarme de una infección gastrointestinal horrible, por suerte tuve la energía como para acercarme al aeropuerto y realizar el vuelo más corto (40 minutos) que he experimentado jamás. ¡Fue un caso de despegar, mirar por la ventana durante unos minutos y luego empezar el descenso!

Había embarcado el vuelo sin ningún plan de cómo iba luego a moverme del aeropuerto de Asturias en el norte del principado hasta la ciudad de Oviedo donde andaban Kevin y Cami. Confiando plenamente en Google Maps, fui corriendo desde el avión al aparcamiento y luego a la estación de autobuses del aeropuerto, ya que el bus salía a las 21:15 y aún andaba en la pasarela de desembarque a las 21:10.

Me dio la bienvenida el clima asturiano: gris, frío y con nubes llenas de lluvia.

Se me había olvidado, entonces, que andaba en Asturias, y que las cosas irán a su ritmo si me viniera bien o no. En este caso me venía bastante bien la verdad, ya que me dejó con la oportunidad de descansar de mi sprint durante unos minutos antes de subirme al bus y continuar con mi viaje mientras empezó a llover.

Al acercarme a la estación de autobuses en Oviedo, donde había acabado mi viaje durante mi primera visita a la ciudad en 2017, pasamos por unas calles familiares durante el camino. La vista de los edificios conocidos y hasta el estilo híper-gótico de las farolas de Oviedo me emocionó mucho, pero en nada había vuelto a la realidad al bajarme del bus y sentir el aire frío de la noche.

Luego me quedó por delante un camino de diez minutos hasta la Calle Gascona, una de las calles míticas que está bordada por sidrerías por todos lados. Kevin y unos amigos suyos, Cami incluida, me estaban esperando en una de las sidrerías, donde me dieron la bienvenida con muchos abrazos y una ración de pastel de cabracho, uno de mis platos favoritos de la región.

Tras cenar volvimos a salir por Gascona, cuyo olor a sidra siempre me hace sentirme como en casa – ¡hay muchos pubs británicos que huelen igual! Por allí encontramos una terraza para tomarnos unas cervezas más y aproveché para ponerme al tanto con unos viejos amigos que no había visto desde la salida de Kevin a los EEUU.

Al empezar a cerrase los bares según el toque de queda, el grupo volvimos al coche de un amigo de Kevin que nos acercó al piso de Kevin en las afueras de Oviedo. Habíamos quedado en no trasnochar, ya que teníamos un plan único y algo exigente para el día siguiente….

Ese sábado, era el momento para bajar el Sella, una actividad veraniega mítica.

Como revelé –quizá antes de tiempo– en el título de esta entrada, habíamos organizado todo para bajar el Río Sella, un viaje de 15km por las aguas que supone una costumbre icónica de Asturias.

No es tan exigente como puede parecer, ya que cualquier día en verano hay cientos –si no miles– de otras personas bajando el río también. Todo el mundo está por la emoción que provoca el piragüismo, claro, pero también porque la ruta está salpicada por chiringuitos para pillar sidra, cerveza y todo tipo de fritanga y guarrerías. Por cierto, Kevin me había vendido el plan como “piragüismo, pero borracho”. Me apunté sin ni pensarlo.

El día empezó con algo de drama, ya que yo había pasado de matar un mosquito que daba vueltas por la habitación donde dormía en el piso de Kevin. Suponía que, ya que había tapado la mayoría de mi cuerpo con una sábana, me dejaría en paz y que no atacaría tanto mi cara. Me equivoqué bien, no obstante – me desperté con picaduras en los dos párpados que los habían dejado muy inflamados.

Nada iba a meterse entre mí y el piragüismo borracho, así que me tomé un antihistamínico y andando. Bajamos a un bar local para desayunar y luego pasamos al Alimerka a pillar cervezas y algo de picoteo para el viaje. Allí nos recogió Raquel, una amiga de Kevin, y nos llevó al pueblo de Arriondas dónde empieza el descenso.

El primer susto fue gracias a la manera en la que teníamos que entrar en el agua: ¡nos lanzaban, ya montados en la canoa, por un tobogán viejo de madera! Al principio pensé que era broma, pero en nada dejaron volando a Kevin por la rampa y al agua fría del Sella. Luego nos tocó a Cami y a mí en nuestra canoa doble – ¡chocamos con el agua con una salpicadura enorme que casi nos volcó!

Tras vaciar el agua de la canoa y tener que bajarnos de la misma para arrastrarla por unas rocas en una zona poco profunda del río, nos encontramos siendo llevados por la corriente. Al perder de vista a los demás del grupo, paramos en un punto donde habían mogollón de canoas, abrimos una bolsa de chuches y esperamos a que llegasen los demás.

No era una parada oficial en la ruta, pero había sidra, así que todo bien.

Al llegar los demás, fueron a comprar unas botellas de sidra y Kevin abrió una lata de cerveza. Andaba yo aún tomando antibióticos gracias a la infección gastrointestinal de la semana anterior, así que a mí me tocó una botella de agua, pero nos lo pasamos muy bien hablando y riéndonos y viendo el mundo pasar. Un momento bonito fue cuando un tren pasó y nos pitó, que dejo a toda la gente del río gritando y aclamando. ¡Había un ambiente maravilloso!

Después de un buen rato en las orillas, volvimos a subirnos a las canoas. No había mucha prisa, pero tenía todo el mundo que estar fuera del río a las 6pm, así que teníamos que estar en la penúltima parada a los 10km antes de las 5pm para que nos dejasen continuar hasta el final.

Mientras andábamos remando hasta la primera parada oficial de la ruta, salió el sol y me atreví a sacar mi móvil del barril hermético que nos habían dejado para guardar nuestros móviles, comida y cervezas durante el viaje. Así pudimos sacar unas fotos y grabar algún vídeo mientras bajábamos – ¡aquí dejo un vídeo de mí remando a tope!

Un rato después, y gracias a su viaje solo mientras los demás íbamos en pares, perdimos a Kevin. Cami y yo nos encallamos en las orillas una vez más para esperar a los demás y contactar con Kevin por WhatsApp para decirle dónde le estábamos esperando.

Los paisajes por el camino eran tan bonitos como era divertido el viaje.

Al llegar Kevin – lata en la mano – decidimos descansar un rato. Acabamos hablando con el novio de una despedida de soltero que andaba vestido de Ariel de La Sirenita. Kevin cambió un par de cigarillos por una lata grande de cerveza y luego volvimos a seguir por el camino y hacia la primera parada oficial – ¡aún no habíamos llegado a ese primer hito!

Eventualmente llegamos a la primera parada, donde nos bajamos de las canoas sobre las 3pm para pillar algo de comida. Cami y yo fuimos al chiringuito, donde pillamos un par de refrescos y un bocadillo cada uno (me zampé uno de beicon y queso – ¡me hacía falta la energía!) antes de volver a las canoas.

Hasta las vistas desde el chiringuito me tenían cautivado.

Cuando habíamos comido todos, volvimos manos a la obra ya que nos quedaban unos 2km para remar en una hora. El tiempo también había empezado de volverse algo feo, así que Cami y yo decidimos intentar remar a toda leche para llegar a la penúltima parada antes de las 5pm para poder acabar los 15km enteros.

Tras navegar unos rápidos algo peligrosos, esperábamos a que Kevin nos alcanzase ya que le habíamos vuelto a perder de vista. Eventualmente pasó flotando por nuestro lado con su cerveza recién adquirida en la mano – ¡así se vive!

Otro tramo de rápidos luego nos tenía encallados, pero luego el río se volvió planto y calmo. Ya que la mayoría o había abandonado el descenso en la primera parada o había seguido más rápido, el viaje se volvió más tranquilo, nos encontramos rodeado por cada vez menos canoas.

Llegamos a la segunda y penúltima parada justo antes de tiempo, así que tomamos la decisión de no seguir. El clima se había vuelto algo impredecible, nos dolían bien los brazos tras tanto remar en el último tramo y habíamos visto en el grupo de WhatsApp que las otras chicas se habían bajado igual en esta parada.

Encallándonos por última vez en las orillas del Sella, subimos las canoas algo por las rocas y nos quitamos los chalecos salvavidas mientras esperábamos la llegada del último que nos faltaba. Adivinad quién fue…

Nuestro descenso del Río Sella llegó a su fin aquí, entre las montañas verdes de Asturias.

Kevin apareció justo antes de las 5pm, la hora a la que ya cortaban el paso por el río. Vimos que el pobre andaba empapado – ¡resulta que se le había volcado la canoa en unos rápidos! Tras reírnos profundamente a sus expensa, nos subimos los cuerpos cansados a una furgoneta y nos devolvieron a dónde habíamos aparcado al principio.

Después de cambiarnos y comprar unas fotos de recuerdo –las cuales voy a escanear y subir aquí en cuanto pueda– volvimos al coche de Raquel y salimos de vuelta a Oviedo. Decidimos echar la siesta antes de reunirnos de nuevo para cenar en un restaurante nuevo al lado de la casa de Kevin.

El descenso del Sella –y quizá sobra decirlo tras contar las historias divertidas contadas arriba– fue una experiencia fenomenal. ¡Urjo a quien pueda que lo haga si se presenta la oportunidad! Hay un montón de operadores y compañías que te lo ponen todo –la canoa, el chaleco salvavidas, el barril hermético, el transporte e incluso una clase rápida de como remar– por tan solo 30€ por una canoa doble o 20€ por una sencilla.

Bajar el Sella es una costumbre asturiana que representa una experiencia inolvidable, ¡da igual lo bueno o lo malo que se te da remar!

Bueno, volvamos a Oviedo, en donde nos habíamos despertado de la siesta aún bastante dormidos pero con unas ganas locas de una cena bien pesada que nos volviera a hacer dormir. Bajamos al restaurante en donde habíamos quedado y disfrutamos de una serie de platos divinos, entre ellos un buen cachopo, unos tortos con picadillo y huevo frito, unos chipirones a la plancha y una ración de croquetas.

¡Sobra comentar que esa noche nos sobamos nada más llegar a casa y que dormimos mejor que nunca!

Al día siguiente, Cami y yo nos levantamos antes de Kevin, cuyo despertador había estado sonando durante diez minutos sin que él mostrase señales de vida. Decidimos salir a desayunar por allí mientras descansaba – ¡un descanso bien merecido tras 10km recorridos él solo! Cami sabía justo adonde ir y me llevó a una panadería local que tenía una selección amplia de pasteles y zumos. Allí desayunamos como reyes en su terraza.

Cami comentó que una amiga suya vivía cerca, así que fuimos a vernos con ella y su perro tras pagar la cuenta. Newton, el perro, ¡se emocionó mucho al volverle a ver a Cami tras tanto tiempo! Los tres luego nos pusimos a hablar, sentándonos en una terraza después para tomar algo rápido.

Una vez recibido un mensaje de Kevin, volvimos a subir a su piso en donde hicimos las mochilas y nos preparamos para irnos de Asturias mientras él salió a pillar algo de comida para acompañar el vino chileno que Cami nos había llevado. Se lo había dejado su padre tras un viaje a Chile. Como aprendí en Tenerife, ¡no hay nada mejor que un vino tinto chileno auténtico!

Los tres comimos tranquilamente en casa antes de coger las mochilas, cerrar bien el piso y acercarnos al centro de Oviedo para tomar una última caña antes de subirnos al bus al aeropuerto. “¿Y por qué fuisteis los tres al aeropuerto?” os escucho preguntándoos – y ahora puedo desvelar que mi viaje a Asturias supuso solo la primera parte de este viaje de reunión. Kevin y Cami luego vinieron a pasar un par de días más en Madrid antes de su vuelta, Kevin a los EEUU y Cami a Tenerife.

Una vez acabadas las últimas cañas por el norte, los tres nos subimos al autobús al aeropuerto. Nada más llegar allí, nos encontramos en la puerta y siendo llamados a embarcar – ¡el aeropuerto de Asturias es mazo pequeño!

Con esto, corto aquí la historia, ya que voy a tener que dejar la segunda parte del viaje –que documenta los dos días que pasamos explorando Madrid– para la siguiente entrada de blog. Seguro que sobra volver a decir que me lo pasé fenomenal en Asturias tras tantos años sin verle a Kevin y sin volver a las tierras verdes donde me siento como en casa. No podía haber mejor compañía ni me lo pudiera haber pasado mejor – eran unos días de alegría muy necesitados después de un año y medio de depresión por la pandemia.

¡Estáte al tanto para leer la próxima entrada!


Esta entrada representa la primera vez que subo vídeos con las fotos. Si tienes algún comentario o tienes algún problema con la visualización de los mismos, por favor, avísame por correo electrónico.

La entrada de hoy, a pesar de que recopila los sucesos de las tres semanas pasadas de mi vida, será bastante cortita. Será así porque os escribo tras casi dos semanas de una enfermedad de la cual estoy justo empezando a mejorarme, pero os contaré algo más del asunto al final de esta entrada.

Por ahora, empecemos en el centro de Madrid, donde Sara y yo habíamos quedado para cenar en Gracias Padre, un sitio mexicano que he visitado unas cuentas veces y que nunca decepciona. Nos pasamos un poco a la hora de pedir, pillando un entrante de queso fundido con chorizo y luego una quesadilla gringa y unas flautas de pollo – ¡pero estuvo todo muy rico!

Un sábado de comida rica con buena compañía y en un entorno agradable.

El día siguiente salí a hacer algo que hago rara vez – comprar ropa. Tras pasar por Uniqlo a comprarme alguna prenda nueva subí al barrio de Chueca, donde comí en una terraza y pasé por Lush antes de coger una bici y volver a casa para luego echarme al césped en las orillas del río y tomar el sol.

Bueno, así era mi plan hasta recibir un mensaje de Laura – una amiga que se mudó a Miami hace un par de años – diciendo que estaba de visita por Madrid un mes. No iba a desaprovechar de la oportunidad de verla esa misma noche, así que me volví a montar en bici y subí al Templo de Debod para ver el atardecer y ponerme al día con ella y un amigo suyo.

Al salir del trabajo el día siguiente, volví a bajar al río, ya que me había gustado el ambiente veraniego el día antes. Pasé un par de hora tomando el sol, hablando con mi familia por teléfono y tomando una cerveza mientras observaba un grupo de perros jugando. Se fueron todos menos un rubio, así que le saqué una foto mientras su pelo brillaba en la luz dorada de la tarde.

Con las temperaturas altas por la ciudad, pasé la mayoría de los días siguientes dentro de la casa, donde miraba los colores del atardecer una noche y luego fui a ajustar los colores de mis luces para crear una serie de degradados bonitos. Mi noche fue interrumpida, sin embargo, al pasar Inglaterra a la final de la Eurocopa – mi hermana me llamó por FaceTime para compartir el ambiente y la emoción del pub en el que estaba viendo el partido.

El día siguiente, sin embargo, me puse enfermo con alguna infección misteriosa del estómago. Tras unos días de reposo intentando solucionarlo yo solo en casa, acabé en urgencias con dolor gastrointestinal muy grave, todo esto mientras tenía que estar viendo la final de la copa. Esto supuso justo el comienzo de una semana algo horrible, en la cual hasta investigaron la posibilidad de que fuese el coronavirus.

Tras varias llamadas con mi médico de familia y otra visita a urgencias en la cual casi me ingresaron, por fin han podido identificar lo que tengo y me han puesto el antibiótico correspondiente para ir ya mejorándome. Quiero volver al trabajo lo antes posible y luego estar al cien para mi viaje a Asturias para volver a estar reunido con Kevin y Cami en Asturias tras casi tres años sin verle a Kevin.

Me gustaría concluir esta entrada de blog dando las gracias a mis amigos, familiares y compañeros que me han apoyado mucho durante este rato feo. También quisiera expresar mi admiración y respeto profundo por los profesionales que me atendieron – todo fue muy rápido y con mucha compasión. La sanidad publica aquí es una maravilla, tenemos que hacer todo lo posible para protegerla.

Me quedan unos días de reposo y mejora, pero seguro que en nada estaré de vuelta con historias de lo que consigo hacer – ¡espero no decepcionar!

Entretanto

06.07.21 — Madrid

Por haberme metido prisa en sacar las entradas de blog sobre mi viaje al norte de España con Jhosef y una visita rápida a ver a mis tíos en Murcia, acabé olvidando de mencionar algunas cosas que hice entre los viajes y estando en Madrid. Que no cunda el pánico, sin embargo, ya que ahora estoy para arreglar este descuido y compartir algunas actualizaciones.

Arrancamos en el mejor barrio de Madrid, Delicias (donde vivo yo, naturalmente). Luis y yo habíamos quedado en enfrentarnos con el tiempo amenazador y pasar la tarde en Lavapiés. Decidimos pasar por una pizzería y una liberaría antes de ir a una exhibición que había encontrado Luis.

El viaje a dicha pizzería fue una experiencia en sí, ya que empezó a caer una buena mientras andábamos, una lluvia torrencial que nos amenazaba con dejarnos empapados si no fuera por el paraguas que llevaba. En un momento hasta tuvimos que mérenos en la entrada de un supermercado junto con una banda de gente que hacía lo mismo para esperar a que se pasase lo peor de las lluvias. Desde allí, subimos a la pizzería evitando los charcos enormes en nuestros pantalones ya bien mojados sin ninguna incidencia meteorológica más.

Tras una comida deliciosa, bajamos a la librería, donde me pillé un par de libros y bajamos a la galería en el sótano donde se exhibía una serie de pinturas. No nos quedamos mucho, pero me gustaron bastante los colores fluorescentes y las caritas sonrientes.

Desde allí cruzamos la calle a la Tabacalera, donde me costó entender el arte pero donde me fascinó el espacio físico en sí. Saqué muchas fotos de muchas cosas, pero os dejo con una selección rápida de lo que vi – incluida una obra de arte porque encontré una bombilla escondida entre los otros objetos que la componía.

También me puse a reformar la casa un poco antes de coger el tren a Murica. Esto implicó mucho movimiento de los muebles de mi piso para mejor reflejar mi nueva rutina de pasar más tiempo en la oficina que en casa teletrabajando. Volví a sacar la mesa bonita de mármol que vino con el piso y la repuse en el salón. Para tener un sitio donde ponerme a hacer mis cosas, me he comprado un nuevo escritorio y lo he instalado en el dormitorio.

Mi vuelta a Madrid después de mi viaje a Murcia no supuso el fin de mis viajes durante el mes de junio, sin embargo. Me quedó un sitio más por visitar: Cuenca.

El viaje fue por una reunión del trabajo, pero también tuve la oportunidad de entrar en una de las famosas casas colgadas y ver las vistas increíbles.

Una vez en Madrid, otro finde conllevó otra quedada con Sara por el centro. Volvimos al barrio de las letras, donde nos sentamos a tomar unos cócteles ricos en una plaza pequeña en una de sus calles estrechas.

El día siguiente tenía la cabeza bien, y pasé el sábado recableando y reprogramando la iluminación de mi piso – algo que no se hace en breve – antes de empezar otra semana laboral. Con el cambio a la jornada intensiva durante el verano, ahora salgo del trabajo a las 3pm, así que una tarde quedé en cenar con Bogar, Hugo, Sergei y Jhosef en un sitio italiano que nos queda cerca.

Una noche de buena compañía y buena comida recomendada por la dueña graciosa.

El finde siguiente se pasó, como siempre, por la ciudad. El sábado quedé con Soyoung – a quien llevo un año y pico sin ver tras la última vez que nos vimos justo antes de la pandemia – y fuimos a desayunar en una terraza por el barrio Salamanca. Me alegró mogollón de verla y ponernos al día con todo lo ocurrido durante estos últimos catorce meses o así – ¡como vuela el tiempo!

La puerta de Alcalá lucía espléndida al pasarla en mi bici de vuelta a casa.

El domingo quedé con Jhosef y su hermana Ximena para dar una vuelta por el barrio. Los tres luego acabamos tomando una cerveza en el Matadero, que luego se convirtió en una comida completa al pedir unas raciones. Hacía buen tiempo, había buena compañía y andábamos en una terraza bien bonita – ¡la combinación perfecta para que saliera un plan espontáneo sobre la marcha!

Con esta serie caótica de noticias y tonterías os dejo más o menos al tanto con todo lo pasado durante estas semanas entre mis viajes al norte y al sur. Digo más o menos porque ahora que nos encontramos en pleno verano, tendré más tiempo para salir y explorar más, así que te puedes asegurar que quedan bastantes travesuras más por venir…

Un finde largo en Murcia

23.06.21 — Murcia

Tan solo dos semanas después de mi viaje a Bilbao con Jhosef, me tocó coger un tren con destilo a las tierras muricanas que tanto conozco. Otra vez más bajé a la costa mediterránea para pasar unos días con mis tíos tras verlos por última vez el verano pasado.

El viaje empezó con un momento de pánico cuando llegué corriendo a la estación de Atocha y me subí al tren solo dos minutos antes de su salida. Esto fue gracias a la distracción que me supuso un Carrefour lujoso que había encontrado al buscar una botella de agua para el viaje. Me quedé un buen rato dentro de la tienda mirando la oferta variada que tenía y salí de la misma con una bolsa llena de picoteo y una botella de vermú.

Una vez en el tren y aliviado de no haberlo perdido, tuve la rara suerte de contar con dos asientos libres, así que me puse bastante a gusto en el portátil y trabajaba en mi nueva web durante el viaje al sur. Esta comodidad combinada con dicha bolsa llena de comida hicieron que el viaje pasase volando, en nada me estaba bajando en la estación de Balsicas donde me recibieron mis tíos.

Desde allí los tres nos acercamos a un chiringuito local que habían descubierto, donde pillamos una selección de raciones y una cerveza para aprovechar de las pocas horas del viernes que quedaban. Una vez llenos de gambas al ajillo y chopitos, volvimos a su piso para descansar.

Un paseo mañanero para pillar pan era el comienzo perfecto para el finde.

Arrancamos el finde con un paseo a la tienda de la urbanización a por comida para preparar el desayuno, tras el cual los tres nos subimos al coche y bajamos a la costa para visitar un restaurante que contaba con un bar con vistas sobre el mar. Allí estábamos de suerte, porque no había mucha gente y estaban probando el sistema de altavoces para una cena la noche siguiente. Esto supuso un concierto privado mientras la cantante ensayaba las canciones que iba a cantar durante la cena y mientras nosotros nos tomábamos una copa. ¡Una verdadera pasada!

Desde allí luego seguimos por la costa y a los baños de lodo de Lo Pagan, donde otra vez más aproveché para sumergirme en el barro apestoso que dicen que es bueno para la piel. Mientras intentaba que se me pegase la sustancia extraña, me puse a hablar con dos señoras que me acabaron atrapando en una conversación de una hora y media – ¡al final tuvo que venir mi tía a buscarme para que no nos quedásemos sin comida!

Comimos en un restaurante en un puerto que nunca había visitado y al que llegamos pasando entre las salinas que se encuentran al lado de los baños de lodo. Pensé que debería probar el marisco ya que me encontraba en un puerto, así que mi comida consistió en una sopa de marisco con una dorada a la sal, los dos platos muy ricos.

El cielo nos amenazaba con tormentas, pero al final no cayó ni una gota.

Ya que habíamos hecho bastantes cosas por la mañana, pasamos la tarde en el piso, donde introduje a mi tía a la maravilla que son las mascarillas faciales de carbón que se secan y luego se quitan pelando. Dicen que tienen muchos beneficios para la piel, pero a mí me atrae más el acto divertido de quitarlas.

Empezamos el día siguiente con otra vuelta por el complejo de golf en el que viven mis tíos. Decidimos quedarnos por allí durante el día, así que pasé unas cuantas horas en la piscina leyendo mi nuevo libro. Se me había olvidado llevarme una gorra o algo para protegerme del sol, sin embargo, así que me tocó improvisar…

Una vez cansado de la piscina, me duché y nos preparamos para salir a cenar. Habíamos quedado en visitar un sitio que habían recomendado a mis tíos, así que volvimos a la costa del Mar Menor para buscar el restaurante en cuestión.

La cena no decepcionó nada, desde los entrantes variados a la ración deliciosa de secreto en una salsa cremosa de champiñones que compartimos. Me enganché a los buñuelos de bacalao tanto que tuve que pedirle al tío que me trajera algunos más…

Una vez bastante contento tras un par de vasos de vermú, pagamos la cuenta y salimos de vuelta al coche, pero me detuve en el camino para pillar unos churros con chocolate. Nos sentamos en un muro bajo en el paseo marítimo para comérnoslos: la manera perfecta de acabar otro día relajante.

El día siguiente volvimos a salir a comer, esta vez en un restaurante viejo que nos sirvió una selección de platos locales como parte de su menú diario. De allí pasmos a un supermercado para que comprase algunas cosas para compartir con mis amigos y compañeros que en Madrid. Creo que se me está cambiando el gusto, sin embargo, ya que una bolsa de patatas fritas de una marca que tanto me gustaba antes ahora me sabía grasa y sosa…

Esa tarde nos visitaron unos amigos de mis tíos para tomar una copa. Pasamos la noche hablando hasta las altas horas de la madrugada mientras acababa yo la botella de vermú que me había llevado y que casi me costó el viaje en tren.

Por suerte y también por la fuerza de voluntad que tuve para beber dos pintas de agua antes de acostarme, me desperté sin resaca ninguna. No quería que este día, mi último en Murcia, se pasase vagueando antes de coger el tren de vuelta a las 4:30pm, así que mi tía y yo fuimos a desayunar en un sitio bonito en la cosa. Fuimos a La Encarnación, un hotel y restaurante bonito con vistas sobre el mar y un patio interior muy bonito.

Tras hacer la mochila pero antes de coger el tren de vuelta a Madrid, nos quedaba otra costumbre por cumplir. Antes de ir a la estación en Balsicas, casi siempre comemos en un pueblo pequeño llamado Roldán – y esta vez hicimos lo mismo. Nos reunimos con otros amigos de mis tíos y disfrutamos una comida enorme que siempre me mantiene bien satisfecho y algo cansado durante el viaje largo de vuelta a casa.

Esto no fue el último momento guay del viaje, sin embargo, ya que me esperaba una última sorpresa en el tren. Mientras salíamos lentamente de la estación de la ciudad de Murcia, de repente alguien me cogió del cuello, y di la vuelta para encontrarme cara a cara con Borja, un ex compañero de mis primeros días en Erretres. ¿Cuales serían las probabilidades?

Mi viaje se concluyó con esta sorpresa feliz y una charla rápida con Borja para ponernos al día mientras salíamos de la estación de Atocha, la guinda tras cuatro días de relajar y ponerme al día con mis tíos. Sobra decir que, como siempre, mis vacaciones rápidas eran bien divertidas, y tengo que darles las gracias a mis tíos por aguantarme y atenderme durante el rato.

Ahora tengo ganas de volver a las tierras murcianas otra vez más, pero la próxima vez seguramente ya será cuando me tienen bien vacunado. Hasta entonces, bye!

Un finde en Bilbao

08.06.21 — Bilbao

La actualización de hoy se centra en el lugar donde escribí mi última entrada entera – Bilbao. Esto no supone ni la primera ni la segunda vez que visito esta ciudad bonita del norte de España, pero me parecía una experiencia completamente nueva ya que tuvimos esta vez cuatro días enteros para explorar y también entradas al Guggenheim – pero de eso hablaremos en un ratito. Por ahora, empecemos el inicio, un sitio bueno para empezar…

El viaje empezó con unas cinco horas largas en un autobús que nos dejó en la ciudad más grande del País Vasco sobre las 9pm. Al llegar nos dirigimos directamente al hotel para dejar las maletas y ducharnos rápidamente. Ya que el viaje había sido una idea de última hora, sin embargo, ni habíamos revisado las restricciones locales relacionadas con la pandemia, así que investigué a comprobar que no había toque de queda antes de salir.

Afortunadamente no lo había, pero desafortunadamente sí que había una hora de cierre para toda restauración a las 10pm. Nos imaginábamos que aún así podríamos pillar algo para cenar, así que pisamos la calle justo antes de dicha hora.

Bueno, esto resultó ser un gesto bastante optimista – nos encontramos de contraventana bajada tras contraventana bajada. Menos mal que me puse a hablar con una señora por la calle que nos aconsejó de golpear en la contraventana de cualquier kebab por allí. Sorprendentemente un tío salió, anotó nuestro pedido y nos dijo de esperar a la vuelta de la esquina para disimular para que la policía no notase la venta ilegal de kebabs después de las 10pm. ¡Jhosef y yo encontramos la situación bastante graciosa!

Tras zampar nuestros kebabs en la habitación del hotel, nos acostamos, levantándonos el día siguiente con mucha energía para explorar. Nuestro día empezó en un bar local, donde desayunamos una selección de pintxos.

El palacio de Txabarri Jauregia lucía bonito a pesar del cielo gris.

Luego nos acercamos al casco viejo, cruzando el río y deteniéndonos para sacar unas fotos de la estación de tren y su sótano misterioso que se encuentra flotando sobre las aguas debajo. Para conseguir unas imágenes con perspectivas interesantes, nos bajamos por una escalera de concreto que llevó al agua. Tuvimos que pisar con bastante cuidado como para que el barro mucoso verde de las escalones bajos no nos acabase tirando a las profundidades verdes del agua…

La escalera supuso un lugar ideal para hacer un shooting con un aire de grunge.

Una vez llegamos al centro del barrio más antiguo de la cuidad, nos metimos en un bar para tomar un par de pintxos más. Con el subidón de energía que esto proveyó, volvimos a cruzar el río y exploramos otra zona del centro que descubrimos por coincidencia mientras buscábamos donde comer.

Al final nuestra búsqueda de un restaurante no era tan exitosa, así que nos volvimos al barrio donde se encontraba nuestro hotel. La abundancia de pintxos a 1,50€ nos salvó, sin embargo, y comimos unos cuantos antes de volver al hotel por las sendas de un parque.

Después de echarnos la siesta bajamos a una zona del río que había descubierto Jhosef al salir a correr por la mañana. Partiendo de la grúa roja famosa, seguimos las orillas del río hasta el Guggenheim, donde nos metimos otra vez en el centro para buscar algo de cena.

Antes de ni pisar el restaurante que habíamos elegido tomamos un par de pintxos en el bar de al lado, donde nos pusimos a hablar con la dueña de la vida en Bilbao. En estos momentos los dos ya nos habíamos ajustado bastante bien al ritmo de la cuidad, y esta sensación de comodidad se mantenía al pasar al restaurante, donde cenamos unos baos deliciosos y un plato bien rico de pato con setas.

Tras salirnos casi corriendo del restaurante para poder tomarnos una copa más en otro bar antes de la hora de cierre a las 10pm, volvimos al hotel bastante despacio gracias a la cantidad de comida y patxaran consumidos. En el camino nos encontramos con algo que me emocionó mucho y que me llevó a mi infancia: una obra de arte hecha de varios modelos de farola.

Debería explicarme para los que no me conocéis: llevo toda la vida obsesionada con las luces y la iluminación desde el momento que empecé a hablar (mi primera palabra fue “light” [luz] gracias a mi abuela). También cabe destacar que cuando me presentaron de niño con mi primera juego de pintura, lo primero que dibujé fue una carretera y sus farolas acompañantes. Otra vez me regalaron un juego de trenes de plástico y enseguida perdí todas las piezas menos las tres farolas que traía… bueno, ya te haces una idea.

Jhosef y yo nos tumbamos en el césped un rato para mirar las luces y bajar la comida un poco, y luego volvimos al hotel para preparar por la actividad principal del día siguiente: una visita al Guggenheim.

La mañana empezó, como ya se estaba volviendo costumbre, con un café y una ronda de pintxos. Después echamos el viaje corto al museo, cogiendo nuestras entradas y entrando en el atrio de la obra maestra de Frank Ghery por primera vez. Como ya os conté, he estado en Bilbao dos veces ya en el pasado, y había entrado en la tienda de regalos del museo en ambas ocasiones, pero nunca había llegado a entrar para ver las obras dentro.

El museo era fascinante, y varias obras me llamaron la atención, pero aquí no voy a entrar en detalles. Os dejo con este mensaje: vale mucho la pena visitar, da igual el tipo de arte que te interese. Hasta si crees que el arte no te interesa a ti, de verdad que hay una plétora de cosas interesantes y bonitas dentro. Para probar esto lo que digo, incluyo debajo unas fotos que saqué durante nuestra visita:

Dejando atrás el museo tras un buen rato explorando la tienda de regalos (como me gusta una tienda de regalos), volvimos a la ciudad y al restaurante donde habíamos reservado para comer, Monocromo. El pequeño restaurante cuenta con una cocina abierta y tiene especialidad en vermú (una de mis bebidas favoritas) y la comida era un exitazo, nos encantó cada plato que nos pusieron.

Salimos del sitio completamente hinchados, así que volvimos al hotel para descansar y bajar la comida. Jhosef se encontraba bastante cansado, así que mientras dormí yo salí a dar una vuelta solitaria y comprar algo de picoteo para que no nos volviéramos a quedar sin cena después de las 10…

No soy nada fan del rascacielos, pero a esta pareja le daba igual.

Al acercarme al hotel con mi bolsa llena de comida y vermú, vi que el atardecer se estaba convierte do en un festival de colores, así que divagué de mi camino para verlo desde las orillas del río. La puesta del sol no decepcionó nada, y vi une explosión celestial de rosa y naranja en frente de la silueta de la grúa roja.

El atardecer lucía espectacular detrás de la grúa roja enorme.

After spending that evening munching on crisps and watching the second half of a Batman film in the hotel room, we were once again on the move the day after. For breakfast, we’d arranged to meet up with Jhosef’s friend, Sergio. We headed to a local bakery for some pastries, chatted for a good while over coffee, and I thanked him for the restaurant recommendation from the day before.

Tras pasar esa noche cenando patatas fritas y viendo la segunda mitad de una película de Batman en el hotel, nos encontramos de viaje otra vez más el día siguiente. Habíamos quedado en desayunar con un amigo de Jhosef, Sergio. Fuimos a una panadería local para tomar unas napolitanas y charlar sobre un buen café, y aproveché para agradecerle la recomendación de restaurante del día anterior.

Cuando Sergio se tuvo que ir a trabajar, Jhosef y yo nos bajamos a las profundidades del metro de Bilbao por primera vez, subiéndonos al tren equivocado para pasar el día en Getxo. Tras cambiar trenes a uno que realmente iba a donde queríamos ir, llegamos en Algorta, un pueblo costero muy bonito famoso por su puerto viejo.

Nos cansó bastante la vuelta que dimos bajo el sol intenso (un evento algo raro en el norte), así que nos sentamos en la terraza de un pequeño bar para comernos algo y tomar una cerveza. La especialidad del sitio eran las gildas, y Jhosef se convirtió en un fan tras probar la primera.

Luego bajamos al puerto viejo, pasando por unas calles estrechas de casas pequeñas y nos llevaron al mar. Durante el descenso al puerto, pasamos por el lado de un restaurante que tenía una terraza enorme cubierta por las ramas de unos árboles, y decidimos que volveríamos a este sitio para comer después de echar un rato al lado del mar.

El puerto era muy bonito pero bastante pequeño, así que pasmaos mucho tiempo por allí – una decisión facilitada por el hecho de que el sol ya brillaba directamente encima y así amenazaba con quemarme mi piel anglosajona. Evité las quemaduras con la ayuda de un paraguas… vaya imagen tenía que ser.

Tras un rato viendo cangrejos volvimos a la terraza que mencioné, donde nos sentamos para disfrutar de una de las comidas más largas que he experimentado jamás. En este pequeño pueblo parecía que se frenaba el tiempo, y al final echamos unas cuatro horas comiendo, bebiendo y hablando, entre los dos pero también con la camarera maja que nos puso una serie de platos locales deliciosos.

Eventualmente decidimos seguir con lo que quedaba de nuestros planes, impulsados por la brisa que se había manifestado y la capa de nubes que había empezado a echar sombra sobre la costa. Queríamos aprovechar de la oportunidad de pasear por el paseo marítimo, así que bajamos a la playa y pasamos media hora o así cruzando la longitud de la misma. Mientras Jhosef se mojaba los pies en las olas, yo me puse a recoger cosas, pillando un par de conchas que ahora las tengo puestas al lado de una planta en mi piso.

Una vez llegados al otro lado de la playa y tras un intento fallado de coger un bus, decidimos acercarnos a la ría en pie. Aquí quería ver de cerca el puente Bizkaia, el primero de su tipo que aún sigue en funcionamiento, cruzando el Río Nerbioi antes de su llegada al mar.

Para ver mejor el puente, Jhosef y yo bajamos por otra escalera de concreto que daba a las aguas agitadas de la ría. Tras un momento de vertigo causado por la estela de un barco, subimos de vuelta a tierra firma y nos subimos a la plataforma al lado del puente. Allí sacamos algunas fotos más antes de coger el metro de vuelta a Bilbao – deteniéndonos para tomar un par de pintxos más y un vaso de vino, por supuesto. ¡Que no falten!

Esa noche, la última que íbamos a pasar en esta gran cuidad, no era nada aburrida. Tras un día de pie no queríamos irnos lejos buscando un restaurante, así que bajamos al bar de al lado del hotel para cenar unos cuantos pintxos más. Por no haber pensado en revisar la previsión de tiempo antes decidimos ponernos en la terraza – y ya seguro que te puedes imaginar justo lo que pasó después.

Después de disfrutar de un día bastante soleado hasta aquel momento, ya tocaba que el clima vasco se torciera. En un instante el calor del día se fue y vino una tormenta eléctrica tocha, que nos dejo empapados pero no nos podía quitar los ánimos: en vez de buscar asilo dentro del bar, decidimos aprovechar al máximo la lluvia, ¡grabando una parodia del videoclip de el temazo “All The Things She Said”!

Ahora completamente empapados, subimos a nuestra habitación tras pagarle la cuenta al dueño perplejo del bar, y llegó nuestro último día en la ciudad. Ya que teníamos el autobús de vuelta a Madrid a las 4pm, era un día algo raro porque no queríamos irnos demasiada lejos por si llegásemos tarde a la estación – pero aún así aprovechamos del día.

La mañAna comenzó con un paseo por la otra orilla del río, pasando por detrás de la arquitectura torcida del Guggenheim y hasta el casco viejo. Una vez allí, exploramos algunas de las calles que no habíamos visto durante la primera visita, y pasamos por una pastelería para comprar unos regulas para nuestros amigos, compañeros y familia en Madrid.

Volvimos al hotel tras un último vermú, habiendo decidido que sería buena idea comer en el restaurante al lado del hotel para poder luego recoger las maletas y subir la pequeña distancia a la estación de autobús cuando tocase. Disfrutamos un menú entero en la misma terraza que nos había dejado empapados la noche anterior, y acabamos nuestro viaje con un helado y una copa de vino.

Pagada la última cuenta y recogidas las maleta del hotel, los dos tuvimos que subir con algo de prisa al autobús, llegando justo a tiempo para figurar entre los últimos en subirse al autobús. La gran comida nos sirvió para dejarnos dormidos durante el viaje de vuelta, y nos encontramos en Madrid dentro de casi nada.

Lo único que me queda decir es que me lo pasé fenomenal en Bilbao – pero creo que esta admiración hacia el lugar se ha hecho evidente e a lo largo de esta entrada de blog. Gracias a Jhosef por surgeries la idea de pegarnos una escapada y luego por aguantarme durante los cuatro días que viajamos juntos, y también a mi compañera María, una vasca sin cuya guía no hubiéramos hecho ni la mitad de lo que hicimos ni hubiéramos comido la mitad de los platos locales que problemas.

Bilbao, ya esteré de vuelta. Hasta entonces, ¡agur!