Viena

25.09.21 — Viena

Concluí mi última entrada de blog revelando que eventualmente – tras dos infecciones de COVID – conseguí escapar de España un rato para pasar unas vacaciones fuera. Ahora puedo revelar que este viaje de cuatro días me llevó a la capital austriaca, ¡en dónde me reuní con mi amiga Loredana! No la había visto desde que me visitó, junto con Megan y Heidi, en Madrid hace ya dos años en 2019, así que tenía muchas ganas de pasar unos días en su casa y explorar Viena.

El viaje se arrancó con el despertador sonando a las 05:30am. Luego me subí a un taxi y acabé pasando por el control de seguridad del aeropuerto de Madrid justo a tiempo como para pillar el amanecer espectacular desde la Terminal 4. No tuve mucho tiempo para estar allí observándolo, sin embargo, ya que entre el desayuno que me tomé y el embarque temprano me encontré volando hacia el este de Europa antes de lo previsto.

Aterricé en Viena sobre mediodía y el hombre más gruñón que he visto jamás me inspeccionó la documentación sanitaria antes de dejar que pasase. Mientras esperaba los 45 minutos para la llegada del bus al centro, me puse a comer el sándwich algo pasado que había pillado en Madrid antes de despegar. Me entretuve con esta comida triste hasta un momento de drama cuando llegaron unos bomberos a extinguir un pequeño incendio en una papelera causado por una colilla mal tirada.

Cuando por fin llegué a centro de Viena, me dio la bienvenida Loredana en la estación de autobuses. Ya reunidos, bajamos a la estación de metro y nos acercamos a su casa para que dejase la mochila y que me refrescase un segundo antes de una tarde de exploración por la ciudad.

Me esperaba una sorpresa en su piso: Loredana y su novio, David, habían sacado una bici antigua para que los tres pudiéramos explorar el centro montados en bici. No dejo de comentar cuanto me gusta dar vueltas por Madrid en bici – ¡me conocen muy bien!

Nuestra vuelta en bici luego comenzó y estuvimos corriendo a toda leche por las calles vienesas tras unos momentos de pánico mientras me acostumbraba a la falta de asistencia eléctrica y el método raro de frenar que me tenía pedaleando para atrás. Pasamos por un par de las zonas numeradas de la ciudad hasta llegar al centro y al barrio de los museos, una área peatonal llena de museos y terrazas bonitas. Nos sentamos en la terraza de un café donde trabaja el hermano de David e inmediatamente me pedí una ración de kaiserschmarrn, un plato austriaco que consiste en unas tortitas gruesas que se cortan en pedacitos y se sirven con azúcar y una salsa tipo mermelada para mojarlas. ¡Deliciosísimo!

Casi cada edificio en el centro de Viena lucía como si fuera de cuento.

Después de tomar un café y este pecado dulce, seguimos con las bicis, pasando por muchos edificios icónicos que no fotografié ya que no tenía tiempo mientras montado en bici y muchos de los mismos estaban en obras. Loredana sí que me sacó una foto explorando con el casco puesto, pero luzco horrible – no incluiré esa por ahora…

Luego dimos una vuelta por el “ring”, una calle circular que rodea el centro de Viena. Este camino nos llevó hasta el río, así que aprovechamos para bajar a la ribera y parar por allí a tomar algo con vistas sobre las aguas. Para acompañar mi gin tonic de limón, también me pillé una bandeja de bolitas de masa hervida llenas de carne para quitarme los primeros ecos de hambre.

Esta ronda de copas nos dejó algo cansados, así que nos acercamos a casa para descansar antes de salir a cenar. Ya que acababa de aterrizar en Austria, me apetecía mucho probar la comida local, así que Loredana y David me llevaron a un restaurante asturiano para probar algunos platos típicos de la región. Entre aquellos figuraban fittatensuppe (una sopa con tiras de tortita), carne con spätzle (una especie de fideo), y schitnzel (un filete empanado). Acabamos la cena con un poste de apfelstrudel (un pastel dulce con manzana y salsa de vainilla) y un chupito de schnapps.

El sabor y la fuerza del schnapps me pilló por sorpresa y me dejó con la boca ardiendo.

Antes de volver a casa fuimos a tomar algo en una calle salpicada por bares pequeños montados en los arcos de un puente del metro. En una terraza allí me tragué unos cocteles de tequila y zumo de naranja mientras nos reíamos hablando de todo tipo de tonterías, después del cual nos volvimos a casa.

El día siguiente era el único en el cual estaríamos juntos los tres, así que aprovechamos del buen tiempo y organizamos un plan sobre un desayuno maravilloso que montaron Loredana y David en la mesa en su bonito jardín. Dejando las bicis en casa, decidimos movernos en pie o a través del transporte público, así que volvimos al centro vienés vía un tranvía y luego el metro.

Incluso hice un par de nuevos amigos peludos por el camino.

El metro nos dejó en el centro absoluto de la ciudad y al lado de Stephansdom, la catedral más icónica de la ciudad. Por suerte se había montado un mercadillo en la plaza que rodea la estructura impresionante, así que pasamos por las distintas casetas mientras yo admiraba la altura y el detalle del arquitectura de la catedral.

Los patrones presentes en el diseño del techo de la catedral la han vuelto en un icono de Viena.

En este mercadillo probé por primera ve el sturm, una especie de vino joven que sigue siendo my dulce y con un contenido my bajo de alcohol. Era muy rico y algo que se podría convertir paciente en un vicio si existiera aquí en España. Bueno, quizá haya algo parecido, igual lo podría buscar – pero tal vez sea mejor ni mirar…

Luego penetramos más el casco histórico vienés, viendo muchos edificios, plazas y estructuras icónicas más por el camino antes de plantarnos en una terraza para descansar con una cerveza en la mano. Mientras bebíamos hablábamos de qué comer, ya que tanta exploración nos había dejado con hambre. Loredana sugirió un restaurante libanés que me parecía interesante, así que nos acercamos allí y disfrutamos de una comida delicioso que nos dejó al punto de reventar.

Realmente tuve bastante suerte con el tiempo durante el viaje, el sol no paraba de brillar.

Bien hinchados tras una comida tan grande, continuamos explorando las calles vienesas, acercándonos a uno de los numerosos parques cuando David se tuvo que ir a estar con otros amigos. Loredana y yo ahora nos encontramos en un barrio bastante elegante y acabamos haciendo algo que no nos imaginábamos haciendo, pillando cosas recién tiradas de un contenedor que había en la calle. ¡Encontré una corbata limpia y bonita y me la puse durante el resto de la tarde!

Ya cansados de tanto andar, volvimos a casa y a otra sorpresa que Loredana tenía para mí. Aunque acceder a este espacio técnicamente queda prohibido, la última planta de su edificio tiene un acceso que da al techo, así que sacamos la escalera de manera silenciosa y subimos para arriba hasta la azotea prohibida.

Loredana subió esa escalera sin indicar ningún respeto por las normas de la comunidad.

Las vistas desde la azotea eran inesperadamente espectaculares – había una vista de casi 360° sobre Viena y sus afueras. Además, habíamos subido justo a la hora perfecta para disfrutar el atardecer sobre los techos vieneses. No tengo mucho más que comentar aquí, las fotos hablan solas…

Aún llenos gracias a la comida y bien exhaustos tras tanto caminar, optamos pasar lo que quedaba de la tarde en casa, así que Loredana sacó el Sing Star para Playstation 2. Nunca había jugado al juego de karaoke y puede que sea yo el que peor canta en este mundo, pero nos la pasamos pipa cantando con todas nuestras fuerza hasta cansarnos.

El día siguiente me desperté en un piso vacío ya que tanto Loredana como David se tuvieron que ir a trabajar. Me habían dejado con una llave y unas instrucciones de adonde ir para entretenerme hasta que volviera Loredana sobre la hora de comer. Con mi mapa en la mano y las diez palabras de alemán que conozco, me fui a buscar el Palacio Schönbrunn.

Ese día el sol brillaba bastante y hubo un momento que no me entendía con la que trabajaba en una panadería donde había ido a buscar un desayuno, pero por milagro conseguí pillarme una caracola de canela y bajarme en la parada de metro correcta para entrar en el palacio y sus jardines.

Como bien se puede ver en las fotos, la belleza de este lugar no decepcionó nada. La estructura amarilla enorme era impresionante en sí, pero casi se quedaba pequeña entra los jardines extensos que la rodeaban. Di unas vueltas despachas por esta zona al principio, mirando cada detalle con asombro y sacando fotos a cad acosa, pero luego pensé que siguiendo así no llegaría a ningún lado. Para tener algo de energía, me pillé un helado de kaiserschmarrn y fresa y me acerqué al primer lugar que había marcado Loredana en mi mapa, la Casa de Palmas.

Al ver que tenían kaiserschmarrn (las tortitas dulces) como sabor, sabía que tenía que ser mío.

Tras esta vuelta por los jardines bonitos y planos, tocó empezar a subir la cuesta enorme que se encontraba detrás del palacio para llegar al siguiente punto que tenía marcado en el mapa, La Glorieta. Este mirador tiene vistas sobre el palacio y la ciudad detrás, pero decidí que necesitaba más calorías antes de intentar escalar hasta allí, así que me pillé una comida en la forma de una salchicha con ketchup y mostaza.

Luego empecé a subirme para arriba, parando de vez en cuando para recuperar fuerzas y acabar mi botella de apfelschorle (zumo de manzana con gas) que había comprado en un quiosco. Una vez subido al mirador noté que valió el esfuerzo la subida por las vistas. Pasé un buen rato mirando y fotografiando todo antes de empezar a bajarme para abajo.

Llegué a la altura del palacio principal sobre la hora de comer, así que saqué unas ultimas fotos del edifico y los jardines antes de acercarme otra vez al metro para volverme a reunir con Loredana en su casa. Ella estaba cansada tras un día largo en el trabajo y yo estaba bien exhausto después de unas cuantas horas explorando Schönbrunn, así que nos echamos la siesta antes de comenzar las actividades de mi última tarde en Viena.

Antes de salir a cenar por última vez en Viena me quedaba una tarea por hacer – una visita a un supermercado local para pillar algo de picoteo austriaco para el equipo en Erretres. Loredana me ayudó a elegir unos caprichos salados y dulces para traer a Madrid y también nos pillamos un aperitivo que me contó que era un clásico entre los vieneses – una especie de bocata con carne formada y especiada. Que la carne tuviera una textura y forma así se me hizo raro, pero sabía bien rico y hambre había ¡así que perfecto!

Al llegar la hora de cenar, los tres salimos a un restaurante de comida fusión asiática. Después y para bajar la comida, dije que deberíamos subir la escalera bien alta de un edifico local. Quizá no fuera la decisión más sensata tras una infección reciente de COVID, ¡pero a la cima llegué!

Vimos las vistas desde la azotea durante un rato antes de bajar a la calle y volver a casa, donde nos tomamos unos chupitos de Berliner Luft, un licor con sabor a menta que comenté que sabía igual que el enjuague bucal. Luego tuve que hacer la mochila a regañadientes para el viaje de vuelta el día siguiente – ¡sentía que solo había estado en Viena durante cinco minutos!

La siguiente mañana tuve que levantarme treparon para ducharme, guardar las últimas cositas en la mochila y despedirme de y dar las gracias a Loredana y David por recibirme en su casa y por ser anfitriones y guías turísticos fantásticos para mi primer viaje por esta ciudad preciosa. Aunque seguramente volveré a visitar Viena, también insistía que los dos vinieran a visitarme en Madrid en cuanto podían – ¡me gusta recibir tanto como ser recibido!

Pues no queda mucho más por añadir más que volver a dar las gracias a Loredana y David ¡y prometer que estaré de vuelta a Austria en cuanto se pueda!

La visita de Izzy y más

19.09.21 — Madrid

Al acabar mis dos encierres por la COVID, con razón buscaba estar en mi piso lo mínimo posible. Afortunadamente tenía muchas ideas en mente de que hacer tras tanto tiempo para estar contemplándolo. Empecé mi libertad con un viaje que me llevó a las afueras de la ciudad, a la casa de un amigo en Las Rozas, donde habíamos quedado en bañarnos un rato en su piscina y luego salir a cenar.

El atardecer sobre Las Rozas creó una serie de colores otoñales bien bonitos.

Nos pusimos al tanto en su piscina antes de salir a cenar pizza, luego pasamos la tarde hablando en el parque con una birra en la mano. Eventualmente me vi obligado a coger el tren de vuelta a casa, ya que era un domingo por la tarde y me tocó volver al trabajo el día siguiente.

El finde siguiente me monté en una bici y subí a explorar el centro de la ciudad, ya que tenía que hacer un poco de reconocimiento para la visita de Izzy y también porque me apetecía visitar unos de mis sitios favoritos por Madrid. En la primera vuelta en bici subí a Ópera y la zona del palacio y la catedral. Allí tomé una pausa para comerme un helado y para inspeccionar las vistas desde el mirador nuevo entre el palacio y la catedral que llevaba años en obras.

Mi segunda vuelta en bici me llevó en un círculo por el centro de la ciudad y luego acabó con una caída libre por una cuesta hasta el lago enorme en la Casa de Campo. Desde allí luego volví a casa por el Parque Madrid Río, deteniéndome en el camino para montarme en un columpio colgado de la parte inferior de un puente – ¡hacía años que no me había montado en un columpio!

Unos días después, cuando tenía que haber estado en Oslo (un viaje cancelado por causa del COVID), decidí que por fin canjearía la entrada al Parque de Atracciones que me había comprado en abril y que no podía utilizar en esas fechas por el encierre perimetral de mi barrio. Aunque en estas fechas tenía que ir solo, decidí que me acercaría al parque ya que se me estaba agotando la plaza de canje y pensé que supondría una buena distracción de la tristeza de no poderme había ido al extranjero.

El Parque de Atracciones queda a tan solo un viaje en metro de mi piso, así que llegué para la hora de apertura (a mediodía) y canjeé mi entrada. Entrar solo rodeado por grupos de amigos se me hizo algo raro, pero después de subirme a la primera atracción (en la cual acabé sentado al lado de un tal Javier, un saludo si estás por allí) me acostumbré al ritmo y empecé a tachar de la lista las atracciones que tenía apuntadas como las más interesantes.

Después de algunas montañas rusas y tras quedarme empapado en los troncos, me senté para comer, que por supuesto tomó la forma de un trozo de pizza mediocre que se suele vender en los parques de atracciones. Después de comer me monté en aún más atracciones de las más intensas, entre ellas algunas que no eran montañas rusas que al final me parecían bien graciosas – todas menos una que nos giraba tanto que sentí que iba a acabar rociando al pobre chico a mi lado con una mezcla de queso y pepperoni…

Me grabé un vídeo en los troncos pero salgo gritando así que no me atrevo a subirlo…

Con el paso del día y la bajada de mis niveles de energía, me volví a sentar para tomarme una cerveza bien grande y un gofre en forma de cono relleno de chocolate y helado. Una vez devorado todo, tocó volver a subirme a las atracciones que más me habían gustado, cosa que me llevó de vuelta a las montañas rusas y hasta una torre de caída libre que no salía en mi listado ¡pero que era bastante emocionante!

Tras otra vuelta por el parque entero el día se convirtió en noche y estaba ya bastante agotado, así que ya pensaba en acercarme a la salida e irme a casa. Dado que el parque cerraba a las 10pm, decidí pillarme otra jarra más de cerveza y una bocata mientras se ponía el sol, pero eso fue después de haber encontrado por accidente Los Rápidos y Los Fiordos.

Me subí a esta última atracción con algunos pocos más y dimos una vuelta por la ruta corta, siendo ligeramente rociado con agua tras la caída principal. Al llegar de vuelta en la estación no había nadie en la cola, así que el grupo de adolescentes en frente de mí preguntaron si podíamos dar una vuelta más. El operador de la atracción insistió que quien quisiera que podía bajarse, pero pensé que dejaría que las cosas fluyeran – ¡y esta decisión la pagué con ser calado en esta segunda vuelta!

Se presentaron unas vistas únicas al estar en un parque de atracciones después del atardecer.

Acabado el día largo en el parque, volví a casa y me sobé casi al instante. El día siguiente había quedado con Sara en ir a comer en el centro, después del cual aclamaos en mi casa con un libro de colorear y practicando un poco de caligrafía – ¡una tarde dominguera bien relajada! Luego pasamos por su casa a vernos con su novio y unos amigos suyos que estaban de visita, bajándonos a una terraza al lado para tomar algo y acabar así otro día ocupado.

El día siguiente marcó la llegada de Izzy, así que pasé un rato limpiando mi paso antes de subirme a la estación de Atocha para darles la bienvenida a ella y a su novio Alex al llegar desde Barcelona. La primera tarea fue pasar por una clínica para que se hicieran una PCR, después del cual pasamos por mi casa para que dejaran sus maletas.

Por la noche salimos a cenar tacos en Mi Ciudad, una taquería mexicana pequeña que visité con Izzy la primera vez que me visitó en Madrid en el 2016 y en la cual no he estado durante mucho tiempo. Llenos de tacos y gringas deliciosas, bajamos a La Latina y luego Lavapiés para tomar algo, tras el cual nos acercamos a casa para descansar antes de un día de excursiones.

Ese sábado fue uno de los días más intensos de exploración que he realizado jamás en Madrid – hicimos tanto entre las horas de 08:30am y 11pm que ni me acuerdo que hicimos como para escribirlo todo aquí. Entre muchas otras cosas más, desayunamos en Ojalá, dimos una vuelta por Retiro en patinete, pasamos por el Palacio Real en bici, tomamos algo en el Matadero, dimos un paseo por el Parque Madrid Río, montamos un picnic para ver el atardecer desde el Templo de Debod y acabamos tomando algo con unas buenas raciones en mi bar local antes de irnos a acostarnos. ¡Menudo día más ocupado!

El día siguiente fue un domingo, pero no nos tocó descansar a pesar del día intenso que acabábamos de experimentar. Nos volvimos a montar en bici por la mañana, subiendo así al norte de la ciudad para desayunar unos croisanes antes de bajar a casa en taxi para que cogieran sus maletas y luego otro taxi al aeropuerto para su vuelo de vuelta a Londres – ¡vaya visita más rápida e intensa!

Tras despedirme de ellos, dormí la siesta un rato para recuperar fuerzas antes de salir a comer, ya que había quedado con Napo en nuestra pizzería favorita. Después de comer acabamos en mi piso tomándonos un gin tonic – la manera perfecta de acabar una tarde.

¡Pero espera! No había puesto fin aún a mi finde atareado. Para celebrar el cumpleaños del novio de Hugo, habíamos quedado en cenar por el centro. Me volví a acostar un rato antes de salir, y nos lo pasamos muy bien – yo disfruté uno de los postres más cargados que he tomado en mucho tiempo…

Tras mi finde loco me tocaba volver al curro, pero eso no me impidió que sacara alguna foto ni que saliera de vez en cuando por la tarde. Esta primera toma con vistas sobre Madrid se vio desde la tercera planta de mi hospital, donde había ido a que me hicieran una prueba rápida.

También pasé un par de tardes por el río donde he estado escribiendo mis entradas de blog y viendo el mundo pasar. Un restaurante y bar que nunca había estado antes se ha convertido en uno de mis lugares favoritos, ya que me puedo plantar con mi iPad para trabajar en lo que sea y tomarme una cerveza con limón mientras veo el atardecer – ¡perfección!

Sari me invitó a su casa otra noche, donde nos pusimos al día con una cerveza en la mano y picando un aperitivo bien bonito que había montado Sari con unas carnes y quesos que había traído desde el norte. Luego acabamos en un bar local, donde acabamos bien la noche con una ración de calamares y una última caña.

Con eso, ya dejo mi blog más o menos actualizado, ya que solo me queda escribir otra entrada que explora la primera – y última – viaje al extranjero del verano: ¡gracias, COVID! No desvelaré adonde me fui por ahora – tendrás que esperar hasta la próxima…

Coronavirus: 2 × 1

14.09.21 — Madrid

Tras un poco de presagio en mi última entrada de blog, estoy seguro que el título de esta aclarará cualquier duda con respeto a lo que me ha pasado: pillé el COVID, y no una vez sino dos.

Antes de explicar como logré matar el tiempo en mi piso solo, debería abordar el misterio que seguro que te tiene algo rayado: ¿cómo conseguí pillar COVID dos veces? ¿Y cómo acabé haciéndolo en tan solo dos meses?

La respuesta sincera es que nadie lo sabe. Tanto mi médica de cabecera como los del servicio COVID de la comunidad me han ayudado mucho durante estas dos infecciones, llamándome periódicamente para ver qué tal estaba y guiándome por los próximos pasos en cada momento. En una de estas llamadas, mi médica admitió que ella tampoco sabía como había conseguido dar positivo por el virus dos veces. Una teoría es que la primera vez supuso un falso positivo, que puede ser, pero nunca lo sabremos definitivamente.

Lo importante es que ahora estoy sano y totalmente recuperado de la COVID – bueno, menos el tema del gusto y el olfato, que me siguen faltando. Como mencioné, tengo que agradecer a los servicios de salud madrileños por el contacto que mantuvieron conmigo durante estas fechas, y también a mi familia y amigos que me mantuvieron entretenido durante las tardes largas confinado en mi piso.

Ahora sigamos con la historia. La primera infección que sufrí se manifestó tras el viaje de Kevin y Cami a Madrid, gracias a una PCR que me hice en una clínica privada para poder viajar a Inglaterra a visitar a mi familia. Me sorprendí mucho al recibir el resultado positivo porque no tenía ningún síntoma, pero aún así me encerré en casa como era mi deber y empecé los diez días de cuarentena.

La iluminación bonita hizo el encierre algo menos díficil.

El primer encierra no se me hizo tan pegado, solo que estuve algo triste por haber perdido la oportunidad de visitar a mi familia o bien salir a aprovechar del buen tiempo por Madrid. Cambié algunos de mis días de vacaciones para poder teletrabajar y así mantenerme ocupado, con la idea de luego disfrutar estos días en otro momento cuando realmente podría aprovechar de ellos.

Como digo, estuve completamente sano, salvo una tos muy ligera, así que me entretenía cocinando y montando noches de spa para mimarme. Un día hasta llegué a hornear pan de plátano por primera vez, pero no me esperaba que me saliera tan grande ni tan rico – ¡tardé bastante en acabarlo!

Tuve que hacer el pan de plátano en un molde de tartas gracias al encierre.

Cuando se me quitó la tos y cuando ya había pasado los diez días de cuarentena, me liberaron, y mi vida volvió a la normalidad durante un rato. Tras la emoción de mi viaje a Suecia, empecé a sentirme un poco regular.

Una noche estuve acostado y noté que me sentía con algo de fiebre, así que me medí la temperatura y descubrí que estaba algo elevada. No me preocupaba mucho, ya que me había comido un salmorejo un poco pocho más temprano en el día, así que supuse que mi cuerpo estaba reaccionado a eso. Fue una conclusión razonable dado que había pasado COVID unas semanas antes – pensé que sería imposible que se me volviera a contagiar tan enseguida.

Como precaución, me quedé en casa. Me tomé un paracetamol el día siguiente y seguí trabajando. El día después, me levanté con algo de perdida de olfato y gusto, y a mediodía ya habían desaparecido por completo. Bien sabiendo que esto supone una señal típica del virus, llamé a mi centro médico y organicé a que me hicieran un test esa misma tarde.

Como era de esperar, el test salió positivo. De vuelta a otra cuarentena de diez días, me vi obligado a buscar otras maneras de entretenerme que no involucrasen hacer comida rica. Jugué un poco con la iluminación de mi piso durante un rato, me puse a practicar caligrafía y empecé a experimentar con la creación y degustación de las creaciones culinarias más asquerosas que me podía inventar…

Con dos viajes cancelados (uno a Oslo para reunirme con Heidi y otro a Tenerife a ver a Cami), este segundo encierre se me hacía más desalentador al principio. Esto, junto con el malestar provocado por el virus, la falta de gusto que me impedía disfrutar la comida y el estar encerrado durante la segunda parte de mis vacaciones veraniegas, hicieron que esta segunda ronda fuera particularmente dura.

Tras algunos días de vivir apoyado por el paracetamol, me llamó mi médica para ver si me podían ya liberar. Gracias a una tos leve que no se me iba, me dijo que me quedara dentro de mi casa tres días más, así que me encontré con la prisión extendida hasta la segunda semana de mis vacaciones.

Esta prolongación de mi cuarentena supuso algo de molestia, pero por lo menos no fastidió los planes que tenía para el finde siguiente: recibir a Izzy y su novio Alex en mi casa. Eso, sin embargo, lo tendré que dejar para otra entrada de blog.

Y así llegamos a la conclusión de una entrada quizá algo aburrida, pero voy a acabar con un tono algo más optimista. Desde que pasé la segunda ronda de COVID, he podido disfrutar de unos días con Izzy y Alex y hay más por venir en este mes y el siguiente, porque tengo pendientes muchas visitas y otras pequeñas aventuras. Ya sabes que os contaré todo en cuanto pueda – ¡hasta entonces!

Båstad

30.08.21 — Båstad

Ahora que mi web está de vuelta tras un error causado por mis capacidades de desarrollo de WordPress dudosas, la entrada de blog de hoy rompe con las actualizaciones típicas de Madrid gracias a un viaje laboral espontáneo a Suecia.

La semana antes de este viaje, un cliente nuestro nos contacto para pedirme que fuera a un evento que tomará lugar en Suecia y que presentase una vista previa de su nueva marca a sus colaboradores allí. El evento tendría lugar en la ciudad costera de Båstad, que queda más cerca a la capital danesa de Copenhague que a la sueca, Estocolmo.

Esto hizo que el viaje fuera algo complicado que consistió en un vuelo de Madrid a Copenhague y luego un tren de dos horas desde Copenhague, por Malmö y por la cosa sueca hasta Båstad, dónde me recogería un taxi para llevarme al hotel. Ya que la COVID aún está arrasando por Europa, la gran complicación de este viaje fue el papeleo variado necesitado por los tres países involucrados: Dinamarca, Suecia y España.

Una vez pasado por el control de salud en Copenhague, cogí algo de comer antes de subirme al tren con destino a Suecia. Los primeros minutos del viaje nos llevó por debajo y luego por encima del mar, pasamos por un túnel de Copenhague a Peberholm (una pequeña isla artificial) y luego por el puente de Øresund. Me quedé demasiado flipado como para sacar ninguna foto, ¡pero vale la pena echar un ojo en Google!

A bordo el tren me quedé impresionado por la falta de uso de mascarillas. Una búsqueda rápida online (gracias al WiFi gratuito – los escandinavos saben como montar la infraestructura pública) relevó que no hay ninguna obligación de llevar mascarilla en Suecia. Dejé la mía puesta y me puse a trabajar en unos cambios de última hora a la presentación que iba a dar justo esa misma noche. ¡Llegué a Båstad una mera hora antes de la hora que me iba a tocar bajar a la cena de gala y presentar!

Me habían dicho que me estaría esperando un taxi en la estación de Båstad, así que me bajé del tren en esta estación en la mitad de la nada y me empecé a preguntar como se suponía que iba a identificar al taxista. Me acerqué al único tío que estaba esperando al lado de un coche. Éste me dio la bienvenida en sueco – un idioma que no manejo nada – pero pensé que reconocí el nombre del hotel entre el resto, así que me subí al taxi sin pensarlo más – ¡no había tiempo que perder!

Siguiendo el viaje en Google Maps – aún no estaba seguro que había cogido el taxi correcto – vi que andábamos por el bueno camino y me relajé un poco, disfrutando las vistas del pueblo pequeño y de la costa antes de llegar a mi destino, el Hotel Skansen. Allí tuve que hacer checkin y encontrar mi habitación lo antes posible, ya que me quedaba tan solo media hora para deshacer la maltea, repasar la presentación una última vez, cambiarme y estar de vuelta en la recepción para ir la cena.

En este momento debería destacar que tanto el pueblo como el hotel eran absolutamente preciosos – Båstad acoge una vez al año el Swedish Open, el principal torneo de tenis en Suecia, y mi habitación de encontraba en un edificio conectado a la pista principal. Esto significó que podía ver la pista de tenis y el mar por detrás al salir de la puerta de mi habitación. ¡Una pasada!

No había tiempo como para procesar todo esto ni disfrutar las vistas, sin embargo, ya que solo me quedaban unos 25 minutos. El proceso de deshacer la maleta consistió en darle la vuelta a la misma y distribuir los contenidos por encima de la cama. Tuve que ensayar la presentación en voz alta a la habitación vacía mientras intenté ponerme unas botas bien apretadas y la única camisa formal que tengo. ¡Cuanta prisa!

Llegué a la recepción a las seis en punto y me encontré rodeado por mucha gente que hablaba entre sí en sueco. Había pensado que la cena tendría lugar dentro del hotel, pero la presencia de una serie de autobuses me hizo pensar que así no sería. Por fin encontré a una persona que reconocía y nos dijeron (en inglés, menos mal) que nos subiéramos al autobús.

El viaje al lugar misterioso de la cena nos llevó por la costa bonita.

En breve llegamos a un aparcamiento grande que estaba bordado por el mar en un lado y una colección de edificios y bonitos que formaron le puerta de entrada a un jardín inmenso en el otro lado. Empecé a darme cuanta que esto iba a ser una cena en funciones, una sensación que se consolidó al pasar por los jardines y hacia una villa enorme que se situaba detrás de un estanque y una serie de setos perfectamente formados.

Resultó que íbamos a cenar en el Restaurante Orangeriet en Norrviken Båstad, una villa y jardines que antes eran propiedad privada pero que ahora están abiertos al público. Habían reservado el restaurante entero para la cena de gala, así que entramos a tomar una copa de vina y buscar nuestros asientos asignados antes del comienzo de las presentaciones.

Una vez sentados, la noche empezó con el entrante y su copa de vino. Sobre un cuenco de crema de marisco, me puse a hablar con mis compañeros de mesa, entre los cuales figuró uno de los mejores tenistas de Suecia, una de las organizadoras del evento y los dueños de varios clubes de tenis y pádel en Suecia y Noruega. He jugado al pádel una vez en mi vida ¡así que me encontraba fuera de mi zona de confort!

Luego empezaron las presentaciones, pero yo aún seguía sin saber exactamente cuando me iba a tocar subirme al escenario. Cuando pasó el técnico para decirme que configurase mi Mac, pensé que ya era hora, pero resultó que primero íbamos a comer el plato principal, así que volví a hablar con mis nuevos amigos durante un rato.

Luego llegó el plato principal, cordero asado, acompañado por una copa más de vino y una guarnición de patatas suecas, un detalle que causó una discusión entre los suecos y los noruegos de la mesa sobre cual país tenía la mejor gastronomía. Estaban ricas las patatas, tengo que admitir, y el vino (un vino español) era mejor aún – pero me estaba controlando el consumo del alcohol hasta después de mi presentación.

Acabado el plato principal, ya me tocó presentar, así que me subí al podio y comencé con un par de bromas antes de pasar a presentar una vista previa de la nueva marca del cliente a un público de unos 200+ de sus colaboradores. Siempre me ha gustado presentar y esta vez me lo pasé bien también – ¡tuve buen publico gracias a la cata de vinos que todo el mundo se había tomado!

Una vez finalizada la presentación, volví a la mesa y no esperé en acabar las copas de vino que había estado guardando. Luego llegó el poste, y aunque a mí me gusta mucho el dulce, tengo que decir que ese postre fue el pico de la cena. Consistió en una pequeña tarta de chocolate con un meringue y un bloque de helado casero con sabor a hjortron, una fruta nativa a la región.

Al finalizar el poste y la copa de vino de porto que lo acompañó, tocó volver al hotel. Nos volvimos a subir al autobús y comentaron que iban a seguir con las celebraciones en el bar del hotel. No me interesaba a mí, sin embargo, ya que había pillado una hora temprana para desayunar porque quería probar el “spa frío”, una experiencia que suponía bañarse en las aguas congeladas del mar del Norte.

Me desperté el día siguiente con algo de resaca leve – la variedad de vinos al parecer no me sentó muy bien después de tanto tiempo en cuarentena – y me bajé a desayunar. Me hinché de beicon, salchichas, huevos y incluso un poco de salmón. Acabé el desayuno con unas tortitas con nata montada y sirope de arce y volví a mi habitación para hacer la maleta.

No hay nada que mejor cure una resaca que un buen desayuno y un rato al aire libre.

Al final no tuve el tiempo ni la ropa correcta para ir al spa, ya que había olvidado llevar un bañador y las opciones que tenían a la venta en su tienda eran demasiadas caras para un baño rápido en el mar. También tuve que navegar otro crisis que se desarrolló cuando la tía de la recepción me informó que las dos compañías de taxi del pueblo no tenían taxis para la hora que quería, así que tuve que decidir si coger un bus a la estación de tren o ir andando.

Eventualmente decidí que iría andando a la estación, ya que el autobús me iba a dejar una hora antes de mi hora de salida y pensé que podría ver un poco del pueblo de Båstad si fuera caminando. Con la mochila bien pesada, bajé primero a la playa al lado del hotel para ver el spa frío que no me había dado tiempo de visitar.

Tras una llamada rápida a mis padres para informarles como iba el viaje, me di cuenta que solo me quedaba una hora y pico para caminar el resto del viaje que Google me informó que tardaría unos 50 minutos. No quería acabar teniendo que correr el último tramo hasta la estación, así que empecé a subir por el centro de Båstad, sacando alguna que otra foto por el camino.

Los colores pastel y el cielo gris crearon unos ambientes interesantes.

Eventualmente pasé por un supermercado, diciendo que podía entrar a pillar unos regalos para mis compañeros ya que iba con buen ritmo. No tomé en cuenta, sin embargo, el hecho de que siempre me distraigo muchísimo en los supermercados en el extranjero, así que tuve que darme algo de prisa al salir y seguir hacia la estación de tren.

Con mi barrita de KEX en la mano (gracias a Danni por recomendármela), me acerqué a toda leche a la estación, pasando por unas casas bonitas y algo de arquitectura interesante por el camino. Llegué a la estación con apenas diez minutos de sobra, y eventualmente me subí al tren de vuelta por el campo sueco y al aeropuerto de Copenhague.

Estaría todo guapo quedarse un rato en una de estas casas con vistas del mar.

En el aeropuerto tuve que hacerme otro test de COVID, pero el proceso fue rápido y eficaz así que en nada me encontré embarcando el vuelo de vuelta a Madrid tan solo 24 horas después de aterrizar en Copenhague el día anterior. En el aeropuerto, la barrita KEX supuso un buen postre después de haber yo medio disfrutado uno de los sándwiches más caros que he comprado en mi vida.

Una vez de vuelta a Madrid, cogí un taxi de vuelta a casa y me fui a dormir bastante temprano – me tocó volver al trabajo el día siguiente. Me habían ofrecido quedarme un rato más en Båstad, pero lo había rechazado ya que tenía que entregar unas cosas en septiembre. En Inglaterra decimos siempre que ¡no hay descanso para los malvados!

El viaje entero a Båstad se me pasó volando, lo cual queda algo obvio con tanta entrada de blog que documenta tan solo unas 24 horas. Me lo pasé muy bien, conocí a mucha gente muy interesante y viví una serie de experiencias chulas, pero todo pasó tan rápido que no tenía ni un momento para procesarlo – ¡era todo como un sueño!

De todas formas me siento muy afortunado de haber sido invitado al evento, que fue como unas vacaciones de dos días a pesar de estar conectado y trabajando durante la mayoría del rato. Båstad es un lugar precioso y lo tendré en mente sin duda si en algún momento se me ocurre escarparme del calor veraniego de Madrid en el futuro.

Antes de cerrar esta entrada de blog, os daré una pista bien sutil sobre el asunto de la próxima. Para hacer esto, os dejo con este comentario críptico: hay una frase dentro de esta entrada de blog que presagia ominosamente lo que está por venir…

Cami y Kevin en Madrid

27.08.21 — Madrid

Retomo las cosas donde las dejé en mi ultima entrada de blog, cuando Kevin, Cami y yo empezamos el viaje a Madrid tras nuestra gran reunión en Oviedo. Después de nuestra gran aventura bajando el Sella y comiendo todo lo que ofrece Asturias, me preocupaba la idea que Cami y Kevin no se la pasaran tan bien en Madrid, pero al final hicimos bastantes cosas…

Tras otro vuelo absurdamente corto de Oviedo a la capital, los tres nos subimos a lo que supuestamente era un tren directo a mi barrio para luego bajar a tomar algo en mi bar local preferido. Como ya he revelado en ese momento de presagio obvio, directo el tren no acabé siendo, tuvimos que hacer dos transbordos para llegar a mi piso.

Una vez en casa, los tres dejamos nuestro equipaje, nos duchamos y bajamos al Bar El Ferrocarril para tomar algo y cenar los mejores huevos rotos de Madrid. Una vez bien satisfechos, sugerí que cogiéramos unos churros recién fritos a modo de postre, así que nos fuimos yendo hacia la churrería.

Se manifestó un catástrofe, sin embargo, porque la churrería en cuestión se encontraba cerrada. Como alternativa, me acordé que había una heladería italiana a quince minutos que llevaba yo un buen rato queriendo visitarla, así que bajamos a probar el gelato que había visto yo que generaba colas.

Pasamos un buen rato por el río disfrutando nuestros helados antes de subir de vuelta a mi casa para descansar para el primer día de aventuras. Por supuesto, había creado un plan de lo que íbamos a hacer, y lo primero fue madrugar algo para estar en Ojalá y pillar una mesa para desayunar.

En este lugar mítico de desayunos de Malasaña, los tres disfrutamos mucho de un desayuno delicioso, completo con todo tipo de alimentos, infusiones, cafés y zumos para sostenernos en el calor veraniego madrileño. Es un sitio al cual he estado llevando gente desde la primera vez que viví en Madrid hace muchos años, ¡nunca decepciona!

Montamos un pequeño shooting en el sótano (la playa) de Ojalá.

Para bajar la comida, luego salimos a dar una vuelta por las calles bonitas de Malasaña, pero dentro de poco nos encontramos dentro de otro bar. Simplemente tenía que llevar a Kevin a comer un pincho de tortilla y tomar un vermú de grifo en la mítica Bodega de la Ardosa.

La tortilla y el vermú se apreciaron mucho en el interior castizo.

De allí fuimos tirando hacia Chueca, el barrio gay de Madrid, donde pillamos una mesa en la plaza central para disfrutar de un cóctel – aunque el mío tenía que ser sin alcohol gracias al maldito antibiótico. No pudimos quedarnos allí mucho, sin embargo, ¡ya que tenía otras cosas planificadas para antes de comer!

Tras pagar la cuenta, los tres luego caminamos por el centro de la ciudad, pasado por los sitios turísticos típicos como La Puerta del Sol, Plaza Mayor, La Almudena y el Palacio Real. Esta caminata bajo el sol del mediodía nos dejaba con ganas de una bebida y algo de comer, y había reservado en el sitio perfecto…

La terraza playera del Café del Rey, donde he pasado muchos jueves por la tarde cuando teníamos oficina en la calle Cadarso, fue el sitio que había elegido para comer. Aprovechamos del menú del día y tomamos algunas copas más antes de pasar al siguiente destino, el lago, donde había pensado que podíamos echar la siesta a la sombra.

Conseguí descansar media hora allí, pero me desperté con dolor de cabeza y la garganta seca gracias al calor opresivo del verano madrileño. Decidimos que solo había una manera de solucionar esto, y nos acercamos a una terraza al lado del lago para tomar una cerveza más antes de volver a casa a echar la siesta en condiciones.

Una vez recuperada algo de energía, nos volvimos a subir al metro y fuimos a uno de los mejores sitios – a mi juicio – a ver el atardecer: el templo de Debod. Llegamos justo a tiempo para ver los últimos momentos de la puesta del sol – el cielo montó un espectáculo magnifico de rayos de luz.

Cuando ya se hizo de noche y nos apetecía otra copa, nos sentamos en el césped para tomar una cerveza y el aperitivo que habíamos llevado. Avisé a Sara de que estábamos por allí, y se acercó para reunirse con Kevin por primera vez en tres años.

El plan original había sido bajar a Lavapiés a tomar algo más antes de volver a casa andando, pero perdimos por completo la noción del tiempo y el espacio, así que decimos tomar algo en un bar cerca del templo. Nos acogió en su bar un tipo super majo, que nos dejó tomar unas copas en su terraza mientras pedíamos comida de otro restaurante al otro lado de la calle.

Una vez llegada la hora de volvernos a casa, los cuatro cogimos el metro de vuelta al barrio, donde tuve la idea de montar una noche de spa y mimos para descansar tras un día bastante frenético de explorar la ciudad. Saqué las mascarillas faciales, exfoliantes corporales y todo tipo de crema y poción, y Kevin, Cami y yo nos sentamos a ponérnoslos mientras escuchábamos música relajante.

El día siguiente volvimos al rumbo, subiendo a Uniqlo (donde compro yo toda mi ropa, tengo un gusto sencillo) porque Cami y Kevin quería echar un ojo. Luego bajamos a Retiro en pie, parando a sacarnos unas fotos en la Puerta de Alcalá.

Las flores resplandecían casi tanto como Cami en el sol de verano.

En el parque nos cogimos una bici para la siguiente aventura del día, una que nos llevó por los sitios más emblemáticos de Retiro. Con sus rincones tan bonitos y sus paseos y bulevares numerosos, queda evidente el por qué lo acaban de nombrar como patrimonio de la humanidad.

Esta aún tiene que ser una de mis vistas favoritas en todo Madrid.

Visto todo lo que había que ver, luego bajamos por la calle montados en bici, corriendo hacia el río debajo para tomar algo en el Matadero a modo de un aperitivo antes de comer.

Después de eso comimos en un sitio italiano local, donde disfrutamos un menú de ensaladas, pastas y un poste delicioso de profiteroles. La comida nos dejó hinchados y cansados, así que Cami y yo volvimos al piso a echarnos la siesta mientras Kevin pasó a hacerse una PCR para su viaje de vuelta a los EEUU unos días después.

Tras descansar un rato en casa, en breve nos encontramos de nuevo montados en una bici y de camino al segundo lugar recién nombrado como patrimonio de la humanidad: el paseo de Prado. Esta zona es más difícil de definir, ya que supone el nombre de una calle, pero el reconocimiento de la UNESCO toma en cuenta los sitios fabulosos que se encuentran por el camino, desde la arquitectura asombrosa hasta la serie de fuentes míticos y el Museo del Prado.

Pasamos por el paseo entero, dando la vuelta en Cibeles, otra de las vistas más bonitas de Madrid. Luego dejamos las bicis para andar por el Barrio de las Letras, donde encontramos una terraza y nos sentamos para celebrar la última noche de Kevin y Cami en Madrid.

Las calles del Barrio de las Letras se encontraban bañadas en la luz del atardecer.

Acabadas las bebidas, los tres luego volvimos a casa, donde pedimos comida china y vimos un par de capítulos de Derry Girls antes de acostarnos relativamente temprano – Kevin y Cami tuvieron que madrugar el día siguiente para pillar sus vuelos: Kevin a Asturias para disfrutar sus últimos días en España y Cami de vuelta a casa en Tenerife.

La despedida emocional el día siguiente se hizo más fácil gracias al estado en el que nos encontrábamos los tres – ¡andábamos demasiado cansados como para entender lo que pasaba! Me despedí de Kevin y Cami con un abrazo grande, prometiendo que estaría pronto en Tenerife y los EEUU para visitarles en cuanto pueda.

Como mencioné en la última entrada de blog, fue una pasada estar reunido con Kevin y Cami de nuevo. Espero y deseo que el mundo se empiece a volver a la normalidad cuanto antes para que no haya que esperar tres años más para la siguiente reunión y serie de travesuras…