Este año muchos hemos pasado bastante tiempo en casa. Por la llegada de la cuarentena que nos cogió a todos de sorpresa en Madrid a principios de este año, he visto más del interior de mi piso que quizás quisiera, por lo cual he intentado hacer que el sitio sea lo más acogedor y confortable posible.
Si llevas tiempo siguiendo mi blog, sabrás que soy muy fan de la iluminación. Cada vez que me mudo a un nuevo espacio, retoco un poco la configuración de la iluminación, ya que me resulta difícil descansar y relajarme en el lugar si no está bien iluminado.
Por eso instalé el sistema actual de iluminación en mi casa. Durante un buen tiempo han estado conectadas todas las lámparas de la casa – incluida la bombilla de la campana de cocina – a mi móvil a través de una combinación de un router de IKEA y el HomeKit de Apple. Este sistema me permite ajustar el brillo de la mayoría de las luces de mi casa desde mi móvil, y he configurado una serie de “ambientes” que uso dependiendo de la hora y mi estado de ánimo.
Naturalmente no podría estar contento con solo eso, así que me compré unas luces LED del IKEA para sumar a unas que me llevé de Inglaterra que antes se encontraban instaladas en mi habitación en la universidad. Durante la cuarentena, me puse a diseñar e instalar una configuración comprehensiva de estas luces, para que pudiera cambiar el color de mi casa entera con tan solo darle a un botón en mi móvil.
Una consideración importante de este sistema, sin embargo, fue que las luces de LED solo deberían verse al estar encendidas. Me encanta la idea de poder activar una serie de luces coloridas para crear ambientes variados en casa, pero no quisiera que la inclusión de dicho sistema comprometiera el aspecto limpio y minimalista que he intentado crear dentro del piso.
Por eso diseñé un sistema que es totalmente discreto cuando se encuentre apagado. Consiste en una serie de luces LED escondidas que, a pesar de no verse, pueden iluminar la casa entera una vez activadas. Bien instaladas detrás de los muebles, montadas en rincones discretos de la casa o hasta insertadas entre los tallos de una planta, la activación de estas luces coloridas es tanto inesperada como es bonita.
Todo esto nos lleva a una serie de fotos que documentan unos de los rincones del piso que más me gustan. Las imágenes que se encuentran a continuación enseñan como luce la casa en tonos de rojo, rosa, morado y azul. Los colores se pueden cambiar, y seguro que sacaré unas fotos más en algún momento para explorar esto, pero por ahora disfrutad de esta paleta que llevo unas semanas utilizando mucho…
Ahora toca ver si puedo encontrar espacio para añadir aún más, ya que ahora estoy configurando un nuevo escritorio en mi salón puesto que el teletrabajo se está convirtiendo en una parte clave de esta nueva normalidad. Para ver eso, y para ver mi piso iluminado en muchos colores más, ¡seguid echando un vistazo a mi blog!
Hace tiempo que no publico nada sobre mi vida cotidiana aquí en Madrid, de hecho, ya llevo un mes sin publicar noticias de la capital española. Por supuesto que he estado quedando con amigos, montándome en bici por las noches y cocinando un poco de todo en casa (la creación de hoy ha sido un montón de galletas), pero la verdad es que no he hecho mucho que vale la pena publicarlo aquí en mi blog.
No pasa nada, sin embargo, ya que estoy aquí hoy para rectificar justo eso. Arrancamos con un brunch delicioso que preparó mi compañera Blanca cuando pasé a visitarle en su nueva casa. Después de unas cañas y un plato enorme de comida (incluyendo un huevo escalfado excelente, mis habilidades no tienen nada que ver), pasamos la tarde hablando de la vida y ¡monté una clase de caligrafía espontánea para su hija!
El día siguiente decidí pasar el día por la cuidad a solos, así que subí a una tienda británica que se encuentra en el barrio de Salamanca. Allí aproveché un código de descuento que tenía y me pillé el chollo del sigo cuando encontré una funda para el iPad oficial de Apple ¡por tan solo 6€! Luego monté mi bolsa llena de chocolate británico en la cesta de una bici y pasé un rato admirando las calles de Madrid mientras pasaba por ellas de camino a casa.
La puerta de Alcalá es muy bonita y emblemática pero difícil de navegar en bici.
Entre semana he estado bastante ocupado, pero siempre hay tiempo para andar por el río con Jhosef o para dar una vuelta por el centro de la cuidad en bici – ¡hay que aprovechar de nuestra libertad mientras todavía la tenemos! Ahora que hay varios barrios de Madrid que se encuentran en cuarentena, ya sospecho que dentro de nada vamos a entrar en una nueva ronda de restricciones que se aplicarían a la cuidad entera, así que es muy bienvenida cualquier excusa u oportunidad para salir de casa.
Este finde he estado por las calles madrileñas de nuevo, pasando por el centro a la hora perfecta para encontrarme con los rincones de Lavapiés bañados en una luz dorada justo antes del atardecer. También pasé por un hotel recién reformado y abierto, que está dentro de un edificio que ha estado en obras desde la primera vez que visité Madrid hace ya cinco años.
Esta vuelta por la noche acabó con una cena rica en Ramen Shifu, donde estuvo mi amigo Hugo trabajando el turno. Mientras nos poníamos al día me comí un bol de ramen de ternera delicioso y un mochi, todo acompañado por una cerveza japonesa deliciosa.
El ambiente y la comida en Ramen Shifu eran muy espléndidos.
Justo anoche me volví a reunir con Jhosef y los dos bajamos al Matadero, donde han montado una terraza y bar al aire libre para aprovechar al máximo las noches veraniegas después de tantos meses de cuarentena.Nos sentamos a tomarnos un tinto de verano, y pasamos la noche hablando de la vida mientras escuchábamos un cantador y su rendición española de “Another One Bites the Dust” de Queen. Una vez cansados de esta nueva letra española, los dos volvimos a mi piso y pasamos lo que quedaba de la noche viendo Salt, una película que nunca había visto y que me tendía loco con tantas giras en el argumento.
Esta actualización rápida más o menos resume mis últimas semanas de escapadas y exploraciones en la cuidad, pero seguro que habrán más por venir ahora que vamos entrando en un otoño muy repentino – digo eso ya que su llegada ha sido muy brusca, denotada por unos días tormentosos y una bajada de temperatura de unos 10°C que ¡nos pilló a todos de sorpresa!
Pues aquí os dejo, mientras me preparo para cambiar la ropa de mi armario de mi collection de verano a la de invierno – ¡preparaos para ver la vuelta de mi abrigo amarillo en las próximas entradas de blog!
A modo de una continuación bastante tarde a una entrada de blog publicada hace casi un año en la cual compartí una serie de fotos de película de 35mm, hoy os traigo unas fotos más de mi viaje a Caudete de las Fuentes en 2019. Había olvidado que existían estas fotos del pueblo valenciano de la familia de mi amigo Roberto, así que supuso una sorpresa bonita encontrarlas con unas fotos de Tenerife después de dejar un carrete para que se revelase.
Las fotos documentan unas escenas de la casa familiar antigua, y se sacaron en una cámara vieja de Samsung entre nuestras exploraciones del pueblo y la creación de un espectáculo de bombillas en su patio trasero. La calidez y imperfección de las fotos combinada con la naturaleza antigua de la ubicación han producido una serie especial de fotos: una que parece que podría provenir de otro siglo.
Como siempre, no he retocado ninguna de estas fotos, ya que creo fuertemente en dejar este tipo de fotos de película tan íntimas y misteriosas tal cual como salen. Esta segunda mitad concluye mi serie de fotos de este pueblo pequeño valenciano, y representa una contradicción que me llevé al finalizar la visita: hubo un aire melancólico en un pueblo en declive y que sufre tanto de la despoblación, pero el rato que pasé allí con Roberto fue relajante, y pasar las noches jugando con luces con otra persona que comparte mi pasión por la iluminación supuso mucha diversión.
Para la última de mis tres escapadas de Madrid, conseguí un chollo en la forma de un vuelo de ida y vuelta por tan solo 40€. Este vuelo tenía como destino Mánchester, cosa que solo puede significar una cosa: tocaba visitar la patria. Por primera vez desde la navidad del año pasado iba a visitar Inglaterra. Toto empezó con un madrugón a las 5:30am para coger un taxi al aeropuerto de Madrid.
La novedad de volar durante la pandemia ya se había quitado tras mi vuelo a Tenerife hace unas semanas, pero otra vez me encontré fastidiado por la falta de restaurantes abiertos en el aeropuerto. Tras pasar volando por el control de seguridad, no había una tienda para comprarme ni una miserable botella de agua para el viaje, así que pasé la hora de espera sentado en el suelo al lado de la puerta de embarque.
El avión iba medio vacío y el vuelo fue sin más, por lo cual acabados unos capítulos de Modern Family me encontré bajándome del avión para ver como serán estas nuevas y rigurosas medidas de seguridad contra el coronavirus. Ya que había tenido que rellenar un formulario extenso y guardar un código QR para que me lo escanearan al llegar, me esperaba un protocolo completo al llegar. Este protocolo al final fue: un hombre me preguntó si tenía el formulario, le dije que sí y lo iba a buscar en el móvil, pero el tío pasó y dijo que pasara directamente.
¿En serio, Inglaterra? ¿Solo eso? ¿Esta es vuestra primera línea de defensa? El pibe ni quería ver el formulario, mucho menos escanear el código QR: podía haberle enseñado una factura del McDonalds y no se hubiera dado cuenta. Con una normativa tan estricta de autoconfinamiento en vigor, uno hubiera pensado que por lo menos intentarían que la gente se sintiera obligada a seguir las normas, pero en una cuestión de unos breves minutos ya estaba fuera del aeropuerto y paseando por las calles.
Mientras andaba confundido por la aparente falta de preocupación, mi padre me recogió y me llevó a Burnley. De vuelta a la casa de mis padres, en breve ya estaba solo ya que mi madre estaba durmiendo después de trabajar un turno nocturno, mi hermana estaba en Leeds con unas amigas y mi padre tuvo que salir a hacer la compra.
Tras una tarde relajada de deshacer la maleta, hablar con mi madre y tumbarme un rato, por fin me reuní con mi hermana cuando volvió en tren. Los dos nos quedamos despiertos hasta tarde, cenando pizza y cotilleando hasta la madrugada.
El día siguiente Ellie insistió que nos levantáramos y que hiciéramos algo, así que me vi obligado a dar una vuelta por el pueblo con ella. Este camino nos llevó al pico de una colina, debajo por las orillas de un embalse y luego por medio de un bosque. La senda nos permitió ponernos al tanto aún más y curiosear al toparnos con un espacio para bodas al aire libre que se ha construido en una carpa en uno de los prados. Una idea bastante guay para estos tiempos tan extraños.
El resto del día lo pasé en casa al igual que el día siguiente, que lo eché tirando cosas que había dejado en la casa de mis padres y preparando unas cosas que quería llevar conmigo de vuelta a Madrid. No quería sentirme tan enjaulado, así que de tarde mi padre me prestó su bicicleta para que diera una vuelta por el pueblo.
Me hice unas nuevas amigas por el camino.
Por el camino, como bien puedes apreciar, me detenía a sacar unas cuantas fotos, algunas de las cuales mandé a mis amigos y compañeros en Madrid. Al ver las ovejas, me preguntaban por qué me había ido jamás del pueblo. Es verdad que suelo echar de menos el aire limpio y el verdor de Worsthorne.
El día siguiente volví a limpiar mi habitación e hice más tareas de organización y administración que tenía que hacer mientras andaba por el Reino Unido. Fui a ver a mi vecina, Audrey, y hablamos un buen rato de la situación global y la vida en España. Ella se iba a Gibraltar el día que yo me iba a ir de Inglaterra.
Al volver mi padre del trabajo, los cuatro de mi familia salimos a hacer algo en familia en la forma de un paseo por otro embalse. Mi padre tenía el tobillo fastidiado debido a una caída desde un árbol que sufrió hace unos meses, así que al final me quedé atrás con él. Entre los dos hablamos del pasado, el futuro y todo lo que hay por medio.
Al llegar a casa tocaba tomarse una Guinness en el jardín. Seguidamente salí a visitar el supermercado enorme de Burnley y pasé un vídeo del pasillo dedicado a los sabores y marcas distintas de los baked beans (alubias en una salsa dulce de tomate). ¡A veces Inglaterra es una parodia de sí misma!
Esa noche tuve que acostarme a mi hora, ya que el día siguiente era el día que más estaba desando: ¡había quedado con Abi y Danni! Habíamos organizado un viaje a Blackpool Pleasure Beach, un parque de atracciones donde los tres hemos pasado muchas ocasiones subiéndonos a las atracciones y zampando los donuts frescos.
Abi me vino a recoger a primera hora y antes de que me hubiera despertado del todo los tres ya estábamos en las calles turbias de Blackpool. Paramos en un pub para desayunar algo antes de que abrieran el parque. Me fascinó la promesa que hacía el pub de que tu comida te llegaría en menos de diez minutos. Después de un té negro con leche (un clásico británico) nos acercamos a las puertas del parque para aprovechar las seis horas que tendríamos allí.
Una vez dentro nos acercamos directamente al Ice Blast, una torre de caída neumática que nos dio un impulso de energía para empezar el día, junto con unas vistas sobre la costa. Enseguida nos subimos a lo que quizá fuera la atracción más terrorífica del día: un tiovivo viejo cuyos movimientos maleantes, velocidad exagerada y música turbia de órgano me tenían gritando durante el viaje entero. Luego nos acercamos a la Grand National, una montaña rusa de madera antigua que acababa de abrirse. Nos encontramos en primera posición de la cola y bajo la dirección de un operador de atracciones muy amable que nos dejó separarnos entre dos coches para que pudiéramos hacer carrera.
Acto seguido nos metimos en la cola corta par Icon, su montaña rusa más reciente a la que me subí por primera vez cuando visité con Ellie y Johann. Gracias a la ocupación baja, pudimos subirnos a la Big One (una montaña rusa enorme, por eso su nombre), Infusion (una montaña rusa invertida algo horrorosa) y muchas montañas rusas más en sucesión rápida. En la Big One, Danni me dijo que levantara las manos al pasar por el punto de fotos ya que tenía algo en mente. ¡No podía no comprar la foto!
Al entrarnos hambre paramos a comer pollo frito al lado de dónde antes estaba la Wild Mouse, una montaña rusa de ratón loco que se derrumbó hace unos años – en paz descanse. Una comida tan pesada quizá fuera una mala decisión, sin embargo, porque después nos subimos a unas atracciones que invierten multiples veces. En nada me encontraba mareado y nauseado, pero me negué a que un poco de pollo y la edad avanzada me fastidiaran el día ¡así que seguimos de marcha!
Nos subimos a una sería de otras atracciones más suaves antes de que acabara el día en el parque, entre ellas la Flying Machine (la máquina voladora) que sería la última atracción del día. No sería un día en el Pleasure Beach sin unos donuts recién fritos, así que nos compramos una bolsa antes de volver al pub para cenar.
Después de una pinta y una hamburguesa enorme en el pub, volvimos al coche y echamos un último vistazo al parque. Me dejaron en casa medio dormido de nuevo tras un día tan ajetreado, pero habíamos quedado en hacer algo el día siguiente así que no había acabado el viaje aún.
El atardecer sobre el parque queda muy bonito.
La mañana del día siguiente nos volvimos a reunir en el coche de Abi para acercarnos al Trafford Centre, un centro comercial enorme en las afueras de Mánchester. Me di el capricho de unos chocolates artesanales, una botella pequeña de vodka de caramelo y unas piezas de pretzel bañadas en chocolate. Comimos en su sala de restaurantes antes de volver a Burnley, dónde dispuse de tan solo una hora para descansar y refrescarme antes de volver a salir de casa.
Para este viaje fui al pueblo bonito de Hebden Bridge con mis padres para que mi madre recogiera un collar personalizado que había encargado para mi hermana. Con el recado hecho, los tres dimos una vuelta y me compré unas cositas para llevarlas conmigo a España.
No puedo visitar Inglaterra sin dar una vuelta por Hebden Bridge.
Un sitio que quería visitar era el canal, que lucía resplandeciente en la luz de la tarde. Al acercarnos al agua, nos topamos con una familia que había alquilado un barco y que lo estaba navegando por una de las esclusas y de repente me encontré encargado con la operación de una de las compuertas. ¡Era algo que llevaba queriendo hacer toda la vida!
Luego hubo un momento de drama al ver que un barco se había liberado de su atraque y se había soplado hasta quedar perpendicular al bordillo y bloquear el paso del canal por completo. Hablamos un rato con las otras personas que se encargaron de solcuionarlo y volvimos al centro del pueblo.
El otro objetivo del viaje a Inglaterra fue para que comiera unos fish and chips, ese plato mítico de mi país que consiste en pescado frito con patatas fritas. Aún no tenía hambre así que nos plantamos en la terraza de un pub para tomarnos un vino y mirar la gente pasar. Los fish and chips fueron divinos, por supuesto, pero ya me estaba entrando la realidad de que el día siguiente tenía que despedirme de la familia y volver a la rutina.
Ya que hacer la mochila me llevó menos que pensaba, tuve tiempo suficiente como para elaborar una tarta de Victoria Sponge. Es un bizcocho de vainilla que lo acompañé con mermelada artesanal de frambuesa y nata montada fresca. Cenamos un trozo de la tarta y una taza de té antes de acostarnos para que el día siguiente cogiera mi vuelo temprano y estuviera en la capital española antes de mediodía ese sábado por la mañana.
Al llegar, me sorprendió ver que los españoles estaban mucho mejor organizados que los británicos: tuve que navegar lecturas de temperatura corporal, esperar a que me revisaran el formulario sanitario y pasar por un control de pasaportes mucho más estricto que había experimentado jamás en España. Mis felicidades a los españoles por tener todo así de regimentado, pero supongo que se aprendió mucho durante el brote sin precedentes y la cuarentena procedente.
Sobra decir que me pasé un rato relajado y fabuloso en Inglaterra. Fue un gusto volver a ver a mi familia y a mis amigos de nuevo, aunque fueran unos pocos días. He tenido la suerte de visitar Tenerife, Murcia e Inglaterra este verano, algo que realmente nunca me imaginaba que podría hacer. Aún así me quedo con las palabras de Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda y una de mis personas favoritas:
Hace ya casi dos semanas que volví de vacaciones en Tenerife y Murcia, así que decidí que ya tocaba pasar por aquí y actualizaros sobre lo que he hecho desde entonces. Aparte del trabajo que sigo realizando desde mi piso, he aprovechado de las noches más frescas de este mes para visitar unos sitios interesantes por la cuidad y sacar unas fotos.
Una noche, Jhosef y sus amigos me invitaron a subir a la sierra para escapar de las luces de la cuidad, ver la lluvia de asteroides y sacar unas fotos de larga exposición del cielo nocturno. Decidí que era una oportunidad que no surgiría todos los días, así que me subí al coche y cruzamos la cuidad. Más que nada, yo esperaba ver mi primera estrella fugaz.
Tras un viaje largo y bastante agitado por un camino de barro, llegamos en el centro de la nada a medianoche, y buscamos una roca donde echar unas mantas y sentarnos. Pasamos un rato picoteando y hablando, y luego unos decidimos tumbarnos mientras los demás sacaban fotos.
No me llevé la cámara, cosa que puede que fuese una mala decisión ahora que lo pienso, pero ya había sufriendo unas excursiones por la sierra en el pasado y no quería volver a tener que llevar la cámara pesada por sendas empinadas. Jhosef y sus amigos sacaron unas fotos preciosas del cielo, sin embargo, y hasta conseguí ver la forma de la Vía Láctea y conté un gran total de seis estrellas fugaces. ¡Era mágico!
No creo que haya visto nunca un fondo tan oscuro.
Después de llegar a casa sobre las cuatro de la mañana, luego tuve que pasar el resto del finde intentando reajustar mi reloj interno. Entre semana, sin embargo, descansé después de trabajar con unos viajes al Centro Cultural Matadero, sentándome en un banco en la sombra y escribiendo un poco de mi blog al aire libre.
Una noche cogí un bici y subí hasta el centro de la cuidad, donde me senté en una terraza en plena Madrid de los Austrias, el casco viejo de la capital. Después de escribir un poco más y tomarme una caña, decidí volver a casa andando ya que es todo cuesta abajo, y porque a esa hora la luz del atardecer ilumina todo espectacularmente.
Una vez que vi el cielo precioso sobre la cuidad, resolví que volvería a salir para sacar más fotos de los atardeceres madrileños tan maravillosos. Para eso, volví a bajar al Parque de las Delicias, un parque local que descubrí durante la desescalada.
Pasé por la estación de tren abandonada en la punta norteña del parque, que queda tapada por una red negra para que la gente no vea que lleva dentro, pero que no consigue frenarme a mí. Después de hacer que la gente me mirase raro por insertar mi móvil en cualquier hueco que encontraba en dicha red, bajé hacia el sur del parque, sacando más fotos al pasar sobre un puente ferroviario en el camino.
Este puente me dejó en un camino que sigue hasta el centro del parque, pero me puse curioso al ver que unas personas habían escalado las escaleras del planetario que se encuentra justo al lado del puente. Me acerqué para investigar si las plataformas de concreto de la estructura brutalista se podían subir por el público en general, y al final resulta que sí.
Una vez encima del planetario, saqué estas fotos de la puesta de sol magnífica, y luego me perdí al buscar una bici pública para volverme a casa. Al final tuve que rendirme y pillar un bus de vuelta a casa, pero ya se hacía tarde y iba a trabajar el día siguiente, así que al final creo que fue buena idea.
El finde pasado hacía bastante calor y tenía algunas tareas que quisiera hacer y unas cositas que quería comprarme, así que decidí que lo mejor sería aprovechar del aire acondicionado gratis de un centro comercial. En vez de bajar a los de siempre como Parquesur o La Gavia, elegí subir a uno en el norte que llevo queriendo visitar desde hace ya bastante tiempo.
El viaje a dicho sitio me acabó llevando mucho más que lo pensado, porque me perdí cada conexión sea tren o bus en todo el camino. Luego me perdí por completo en una urbanización enorme, pero al final logré encontrar el centro comercial.
Otra actividad que nunca falla es un viajecito en bici por el parque del Río Manzanares al lado de mi casa, así que he pasado un par de noches esta semana haciendo justo eso. Los numerosos puentes que se encuentran por el camino son los sitios perfectos desde los que sacar unas fotos del cielo de Madrid, ¡y los atardeceres de esta semana no han decepcionado nada!
También llevo un rato poniéndome al día con unos amigos desde mi vuelta de vacaciones. Esto ha incluido una noche de peli en casa, una cena rica de hamburguesas veganas con un amigo que llevaba tiempo sin verle y luego una noche de picnic en Retiro con Bogar y Hugo. Los tres, junto con el novio de Hugo, nos vimos en el parque emblemático y nos tomamos unas birras y algo de picoteo mientras que el sol se ponía a nuestro alrededor.
Y así concluyo este repaso de los eventos de las últimas pasadas, con todas las fotos de los atardeceres de esta cuidad que ya es mi hogar. El coronavirus sigue liando nuestros planes y sueños de viajar en este año terrible que es el 2020, pero cuando ya volvamos a tener la libertad para viajar, insisto que visitéis todos Madrid para ver el por qué los madrileños siempre dicen que “de Madrid al clielo”….