Hoy no vengo para hablaros de mi vida, ¡sino para pedir que me habléis a mí!
Llevo seis años ya actualizando mi blog (en inglés, por lo menos), y durante ese tiempo he tenido la suerte de recibir unos comentarios bonitos sobre él. Recientemente, sin embargo, he estado pensando en maneras de hacer el contenido más interesante y variado, por lo cual me interesa mucho ir que vosotros, los lectores, opináis.
Ahora voy directamente al grano: pido, por favor, que tú rellenes este cuestionario. No deberías tardar más que un par de minutos, pero me ayudará mucho al seguir actualizando mi blog durante los próximos seis años. ¡Gracias por adelantado!
Parece que fue ayer la última vez que bajé a Murcia a ver a mis padres, pero la entrada de blog sobre aquel viaje me recuerda que visité la region hace solo dos meses. Esta vez me quedé allí cuatro días, dos más que lo usual, ¡y me encantó la oportunidad de relajarme y ponerme al día con mis padres!
Tras salir del trabajo el viernes pasado, empecé con la rutina conocida de coger el tren en Atocha y bajar a Murcia. Me reuní con mis padres en la estación y desde allí fuimos al piso de mi tía. Llegamos sobre la medianoche, por lo cual era demasiado tarde como para ponernos a buscar restaurante, así que cenamos unos bocadillos que había preparado en Madrid.
El sábado por la mañana lo pasamos vagueando por el apartamento, y luego fuimos a la costa del Mar Menor. Comimos en un sitio donde habíamos estado previamente en nuestra última visita y que le gustaba a mi madre. Luego dimos un paseo por la playa y paramos a tomar algo con vistas al mar.
Después, y con unos ingredientes que habíamos cogido durante el viaje de vuelta, pasé la tarde preparando una receta que siempre gusta: quesadillas de pollo con ensalada de pico de gallo y yogur natural. No obstante, la cena se amargó cuando vimos que el pronóstico fue que el tiempo nos amenazaba con la cancelación de la excursión que teníamos planificada para el día siguiente – ¡como si no hubiera yo aguantado suficiente lluvia en Madrid!
Las nubes tormentosas empezaron a apartarse al avanzar la mañana y dejaron pasar los rayos de sol – ¡y con él la esperanza de que la excursión podría ocurrir! Al final tuvimos suerte, y fuimos al pueblo costero de Cabo de Palos.
La última vez que visité su costa fue con mi tía en enero de 2018, sin embargo para mis padres era su primera visita. Para enseñarles un poco el pueblo, paseamos por el puerto y dimos una vuelta por el paseo marítimo y sus restaurantes. Después los llevé a un bar en un callejón pequeño para que probaran la cocina local.
Después de comer, bajamos por otro callejón estrecho entre unas casas, y nos encontramos en a otro paseo marítimo que va hasta el faro en la punta del cabo. Fuimos subiendo a nuestro ritmo, pero aún así el calor nos atacaba, por lo cual el paseo terminó en un bar callejero para tomar unas cervezas y un café.
Alguien decidió realizar un ajuste de muy buen gusto a esta señal.
Con las energías recargadas, continuamos hacía el otro lado del pueblo, disfrutando las vistas del mar y mirando las cuevas y casas antiguas al caminar. Mientras bajábamos, las nubes empezaron a volver, así que pensamos que era mejor volver al coche para estar en el piso cuando para cuando empezase a caer.
Cenando unos espaguetis que preparé, conversamos de los planes para los dos días siguientes. El lunes era mi último día entero en Murcia, por lo tanto decidimos que íbamos a cenar fuera para celebrar mi última noche, pero quedaba la cuestión de qué haríamos durante el día.
La respuesta fue bastante obvia: ¡unos baños de barro!
Me bañé en dichos baños en San Pedro del Pinatar la última vez hace un año ya, pero esa vez no logré sacar ni una foto de la experiencia. Esta vez, sin embargo, y mientras me cubría con una capa gruesa el barro sulfúrico apestoso, ¡estaba mi madre para sacarme unas fotos!
Tras quitarme el barro a través de un baño rápido en el mar, los tres fuimos a una terraza en la playa para tomarnos un par de cervezas en el sol. Allí pasamos unas horas de la tarde, y luego volvimos al coche con un pan en la mano y nuestra piel realmente brillando.
Una vez en casa comimos, echamos una siesta y pasamos un rato por el piso y la piscina. Luego nos subimos al coche y fuimos a un restaurante italiano local para cenar. No había estado antes, pero me sorprendió lo majos que eran los camareros y la calidad de la comida. Cené un plato de solomillo y champiñones en una salsa cremosa, ¡y estuvo delicioso!
Luego llegó el martes, siendo mi último día en Murcia. Optando por otro día relajado, pasamos la mañana en la costa y luego fuimos a otro pueblo pequeño para comer.
El restaurante al que fuimos era el mismo sitio en el cual comí la última vez justo antes de volver a Madrid – ¡se está convirtiendo en una costumbre familiar! Igual que la última vez, nos hinchamos comiendo plato tras plato de comida deliciosa, ¡después de los cuales tuvimos que tumbarnos una hora para hacer la digestión!
Poco después, sin embargo, me tocó hacer la mochila, ducharme y volverme a la estación de tren. Después de estar atascados detrás de un tractor en el camino, no nos quedó mucho tiempo al llegar, así que tuve que despedirme rápido de mis padres. ¡Esos cuatro días pasaron en cuatro minutos!
Estoy seguro de que volveré a Murcia dentro de poco, a los principios del año que viene como tarde. Antes de eso, sin embargo, tengo un viaje rápido a Inglaterra en noviembre, y muchas cosas que hacer aquí en Madrid…
Desde volver de Valencia, he estado con la rutina diaria de trabajo, casa y terraceo. Dicha rutina se ha interrumpido unas veces, sin embargo, ¡tanto por yo como por el clima otoñal que me ha afectado todos los planes!
Hace un par de semanas, Bogar y yo fuimos al cine porque nos interesaba ver la nueva versión de uno de los clásicos de Disney: El Rey León. Debo admitir que me gustó bastante la película, a pesar de no ser nada novela: es básicamente la misma película pero con “acción real” (spoiler obvio: es todo CGI). Lo destacado para mi era la interpretación de Timbón por Billy Eichner – ese personaje solo hizo que valiese la pena ver la película.
Interesantemente, el cine pequeño en el cual vimos la película fue de los edificios bonitos que vi la primera vez que visité Madrid. Me acuerdo de imaginarme cómo sería el interior, y ahora que lo he visto, ¡debo decir que no parece nada a lo que me imaginaba! Además de ser mucho más grande de lo que se espera, el interior es muy moderno, ¡y por suerte dispone de aire acondicionado!
Otra tarde me fui a ponerme al día con un amigo que no había visto durante bastante, lo cual supuso unas copas en una terraza. Después fui de compras en el Mercadona, y vi una puesta del sol bonita mientras volvía a casa con un pollo entero en la mochila.
Dicho pollo no se mencionó por nada, sin embargo: ¡ha sido uno de los mayores dramas de la semana! Había visto que comprar el pollo entero renta más que comprar bandejas de piezas, y mi amigo Leo (un cocinero) me dio trucos de como asarlo bien, así que me llevé uno a casa y así empezó el desastre.
No sé cómo logré dejar carne, huesos y caldo por todos lados, pero mi piso parecía un campo de batalla después de tan solo cinco minutos de intentar cortarlo. El resultado ha valido la pena, sin embargo, porque ya tengo una montaña de pollo delicioso guardado en la nevera. El problema ahora será comerlo todo antes del viernes…
Tiene que comerse todo antes del viernes porque voy directamente del trabajo a Murcia, en donde estaré reunido con mis padres durante unas vacaciones breves de cuatro días. Os cuento más sobre eso luego, sin embargo, porque me queda una semana en la oficina con jornada no intensiva por trabajar. Por lo menos, el horror del cambio de horario se hizo más agradable por una bonita salida del sol que vi mientras esperaba mi tren por la mañana…
Que no te engañe el clima, sin embargo, porque recientemente no ha hecho el mejor tiempo. La semana pasada he tenido que aguantar la tristeza de un concierto cancelado de Rodrigo Cuevas, un viaje a IKEA también abandonado, y una visita a une exhibición de la cual salí para que me dase la bienvenida una tormenta.
La llueva nos dejaba en paz durante en día laboral pero atacaba por las noches.
Aún así me disfruté mucho en dicha exhibición, la cual trató de un asunto bastante raro: era una colección de biblias. Quienes me conozcáis sabréis que la religión me interesa cero, pero lo interesante fue que eran de la colección de un hombre que llevó años intentando conseguir una copia de la Biblia en todos los idiomas escritos del mundo.
Ya que aprecio mucho los idiomas, la comunicación visual y los sistemas de escritura, me fascinó ver una variedad tan grande de idiomas y alfabetos en un solo sitio. Desde el alfabeto latino que usamos nosotros hasta el alfabeto Dzongkha de Bután, pasé un bueno rato inspeccionando cada sistema y exposición.
Incluso había unas biblias que me llamaron la atención por otras razones. La exposición final mostraba unas biblias ilustradas de dibujos japoneses, Biblias de Braille, la Biblia interpretada en lengua de signos y incluso una Biblia ilustrada con pantallazos de Minecraft. Otra era escrito en coreano pero tenía la portada en blanco, lo cual hizo que fuera bastante obvio saber de donde había venido: Corea del Norte.
Así más o menos he contado lo que ha pasado estas semanas aquí en Madrid, lo cual acabará con una tarde de tacos con mi amigo Bogar y mi tren a Murcia mañana. Una vez de vuelta a Madrid, volveré con más noticias, pero hasta entonces voy a intentar desconectar y relajarme durante unos días.
Según mencioné mil veces en mi última entrada de blog, uno de los mejores momentos de mi viaje a Valencia fue la segunda noche que pasé con mi amigo Roberto, ¡durante la cual instalamos y jugamos con muchas guirnaldas! Montamos el espectáculo en el patio de la casa de sus abuelos, y me aseguré de sacar muchas fotos – ¡preparaos para una entrada bastante visual!
Previamente hablé de que a Roberto también le fascina la iluminación desde pequeño, por lo cual él también ha reunido una collection inmensa de luces con el paso de los años. A pesar de la semejanza entre su pasión y la mía, los dos tenemos un enfoque un poco distinto: siempre me ha intrigado el acto de diseñar el ‘espectáculo’, y por eso he coleccionado un rango de luces de teatro/disco, mientras que a Roberto le interesa más las guirnaldas navideñas y el lado técnico de todo.
Eso significa que, para empezar las actividades de la noche, me esperó algo muy emocionante: ¡cajas y cajas de bombillas! Algunas eran muy antiguas y sin duda muy raras, y casi no pude contener mi emoción al asumir el trabajo de abrir las cajas, probar las bombillas y organizarlas para ser usadas.
Esta caja de bombillas multicolores espléndidas me emocionó bastante.
Mientas pasé el rato alegremente probando las bombillas en un rincón, Roberto montó los últimos alambres que luego usaríamos para colgar las guirnaldas, y luego nos pusimos a instalar el sistema que había creado. Esto consistía en un par de guirnaldas que eran muy estándares a primera vista, pero había un diferencia: un atenuador de luz en medio de cada una.
Me encantaría explorar los detalles técnicos de cómo funcionaba la cosa, pero en esta entrada de blog voy a resumir diciendo que pudimos controlar cada cuarta bombilla. Eso nos dejaba utilizar cuatro colores de bombilla y controlar cada color individualmente en la guirnalda, algo que hicimos a través de un sistema de DMX.
Unas de las guirnaldas habían venido de los EEUU.
Una vez montadas las luces y conectado todo, freímos un poco de chorizo y patata que habíamos comprado, inventándonos el plato en el acto. Cenamos mientras esperamos que el cielo se oscureciese, disfrutando de unas canciones y una copa de vino mientras se puso el sol.
La noche se volvió interesante una vez llegada la oscuridad total, con tan solo la luz de la luna que iluminó parte del patio cuando se apagaron todas las luces. Fue en ese momento que pudimos apreciar los frutos de la esfuerza que habíamos hecho – bueno, después de un problema con los transformadores que usamos para alimentar las bombillas estadounidenses de 110 voltios (en Europa usamos 240 voltios).
La red de luces iluminaron los restos de nuestra cena.
Los que me conocéis bien sabréis, después de ver las fotos presentadas hasta ahora, que yo estuve en mi elemento. Los que no me conozcáis tan personalmente, creedme cuando digo que sueño en hacer esto durante todos los días del resto de mi vida, ¡da igual lo extraño y nicho que sea!
Quedan muchas fotos más por ver, sin embargo, así que continuemos. Verás en la foto de abajo que también instalamos un par de focos de LED en el sistema, los cuales están ubicados en frente del hueco negro que es la puerta de acceso al desván que exploré en mi última entrada de blog.
Una foto sacada mirando hacía el desván, otra foto sacada mirando desde el desván.
Al seguir adelante la noche, Roberto fue a ducharse, así que tuve media hora para jugar con las luces a solos. Me senté detrás de la mesa de control, puse unas canciones atmosféricas y empece mi actividad favorita: el diseño de iluminación. Esto consistió en mezclar colores para crear ambientes, hacer que las bombillas ‘bailasen’ con la música y tonterías como hacer que todas las luces parpadeasen todo a la vez. Fue maravilloso.
No puedo enfatizar suficientemente lo bonito que fue estar con buena compañía, desconectado del mundo y rodeado por luces.
No puedo enfatizar suficientemente lo bonito que fue estar con buena compañía, desconectado del mundo y rodeado por luces. La noche, junto con las otras tonterías que hicimos durante mi estancia corta en Valencia y Caudete de las Fuentes, crearon unas vacaciones perfectas para contemplar y relajarse.
Una vez más, entonces, tengo que dar las gracias a Roberto y su familia por ser tan generosos como para dejar que me quedase en su piso y casa familiar. Habíamos hablado de reunirnos en Valencia para hacer esto durante mucho tiempo, pero realmente estar en la mitad de la nada y volver a conectar con una pasión de mi infancia hizo que los cuatro días fuesen más divertidos que lo que me podía imaginar.
Dicho eso, espero que os hayan gustado las fotos, y tengo ganas de volver pronto para poneros al días con más noticias de otro verano loco de mi vida ocupada – ¡hasta luego!
Al concluir mi última entrada de blog, mencioné que tenía pensado ir a algún sitio para pasar el puente, pero también dije que no había concretado los planes aún. Al final, sin embargo, logré organizar un BlaBlaCar y hice el viaje a mi destinación: ¡Valencia!
Visité la ciudad solo el año pasado, pero esta vez me recibió mi amigo Roberto, que está viviendo en su ciudad natal hasta que vuelve a Madrid el mes que viene para empezar un nuevo trabajo. Por eso me podía acoger en el piso de su familia durante un par de noches, y luego en su casa de campo, porque habíamos decidido pasar unos días en el campo también.
Los primeros dos días que pasamos en Valencia se pueden describir muy fácilmente: no hicimos nada.
Los primeros dos días que pasamos en Valencia se pueden describir muy fácilmente: ¡no hicimos nada! Menos una excursión a la farmacia, un paseo por el centro para coger un regalo y un intento de encontrar el horario del autobús al pueblo, pasamos los primeros 48 horas cocinando, vagueando por el barrio y quedando con unos amigos que nos visitaron en casa.
Después de mucho drama al intentar encontrar la hora de salida del autobús al pueblo, eventualmente (es decir, después de casi correr por la humedad horrorosa valenciana) subimos al bus que nos llevó al pueblo en el cual pasamos los dos días siguientes: Caudete de las Fuentes. Nos quedamos en la casa antigua de los abuelos de Roberto, la cual ahora se utiliza a veces por su familia para escapar un rato de la ciudad.
Llegando al pueblo pequeño, nuestra preocupación principal era comprar un poco de comida para hacer la cena, así que vagamos por las calles estrechas y a la tienda en la plaza central. Nos preocupada porque si salieras caminando de Caudete de las Fuentes, ¡no encontrarías a nada durante unas horas! Me recordaba bastante de mi pueblo natal…
Al volver a casa – la cual era preciosa – sacamos unas altavoces, nos servimos un vaso de vino y pasamos la tarde escuchando música en el patio. Fue una noche muy agradable y relajada porque había decidido dejar el modo avión activado en mi móvil para que no me molestasen nada.
Se puso el sol mientras escuchábamos una selección de jazz, música acústica y incluso Édith Piaf.
Mientras pasaba la tarde, la naturaleza del clima veraniego valenciano empezó a notarse, y el calor del día se volvió en un frío desagradable. Afortunadamente, estos extremos no afectaban el interior de la casa, ¡ya que sus paredes de piedra miden casi un metro de anchura! Eso significaba que pudimos terminar tranquilamente las bebidas dentro, después del que los dos nos fuimos a dormir.
Para día siguiente habíamos quedado en hacer dos actividades: explorar unas casas abandonadas en las afueras del pueblo y montar un sistema de luces en el patio. Esa última actividad me interesaba mucho – los que me conocéis sabréis que llevo toda mi vida obsesionado con las luces y la iluminación.
Durante los últimos años, sin embargo, no he podido explorar dicho amor por la iluminación por causa de mis estudios y trabajo. Entonces ya podéis imaginaros la ilusión que me hacía al descubrir que ¡Roberto también lleva toda su vida experimentando con las luces!
Voy a dejar el tema del espectáculo de luces que montamos para otra entrada de blog – ¡creedme si os digo que hay suficientes fotos para justificarlo! Por ahora, no obstante, sigo contando lo que hicimos durante el día…
Para preparar por el espectáculo nocturno de luces, subimos al desván donde guarda Roberto todas sus cosas para colgar las luces. No íbamos a sacar ninguna cosa del desván hasta la tarde, pero era un sitio increíble en qué estar, y pasé un buen rato explorando entre las cajas y cajas de bombillas, componentes eléctricos y una plétora de herramientas antiguas.
Esta colección de cruces en el centro del desván era bastante pertubador.
Una vez que saqué muchas fotos (existen muchas más que sólo las que he dejado aquí), volvimos a la planta baja y hicimos unos bocadillos para la comida. Después volvimos a salir de la casa, y fuimos a explorar un barrio entero de casas abandonadas.
Roberto me explicó que las casas empezaron a construirse en los años 2000, y que era una urbanización creada con la esperanza que los ingleses comprarían las casas. Me explicó que su construcción empezó en los años justo antes de la crisis del 2008, una época en la cual cualquier propiedad construida se compraba dentro de muy poco.
Desafortunadamente, ninguna de las propiedades se finalizó nunca, y las obras quedaron abandonadas cuando España sufrió el choque de la crisis. También comentábamos que la idea de construir una urbanización tan extensiva y lujosa en un pueblo tan pequeño nos parecía bastante extraña y quizás estúpida.
Mientras caminábamos por una de las fases de la urbanización, un grafiti nos llamó la atención, el de la foto de arriba. Nos pareció interesante que el artista había respetado la ortografía española mientras pintaba la pared de un edificio abandonado.
Desde allí, bajamos una colina y llegamos a la segunda parte del barrio abandonado, la cual consistía en un grupo de viviendas mucho más expansivas y completas. Muchas de ellas casi se habían completado, y pensamos que algunas hubieran estado completas si no fuera por los vándalos que habían robado cualquier objeto de valor.
La parte más pertubadora se encontraba entra las filas de viviendas, donde una calle daba acceso al garajes subterráneos de las casas individuales. La calle ya servía como un vertedero enorme, salpicado con colchones abandonados y los restos de cerámicos que se habían lanzado de las casas arriba.
Cuando el calor del día empezó a molestarnos, volvimos a la casa, en donde nos esperó una tarde de colgar y conectar el sistema de luces. Tuvimos que esperar un rato más, sin embargo, porque nos dimos cuenta de que tuvimos que ir a la tienda a por comida: ¡no queríamos quedar sin provisiones durante la noche y el día siguiente! (Era un sábado, y resulta que en los pueblos nada se abre los domingos).
Como dije antes, voy a dejar el cuento de las aventuras de las luces para otra entrada de blog (no os preocupéis, será la próxima), y una vez hecho eso, dejaré el enlace aquí…
Ya que hemos saltado el sábado por la noche, retomamos la historia el domingo por la mañana, y el drama de cómo volvíamos a Valencia para que cogiera mi BlaBlaCar de vuelta a Madrid. Habíamos organizado con un amigo de Roberto para que nos recogiera de la casa para dejarnos en la ciudad, pero andábamos muy justos de tiempo y yo tenía miedo de perder el coche a las 5pm ¡ya que volvía al trabajo el día siguiente a las 8am!
Por suerte, sin embargo, resultó que el conductor del BlaBlaCar iba a recoger a otra pasajera de un pueblo de al lado (a 15 minutos en coche, pero sobre una hora en pie). Con un suspiro de alivio, quedé con el conducir para que me recogiese de allí, y luego Roberto y yo salimos para dar una vuelta final por el pueblo. Lo más interesante que encontré fue este ejemplo de tipografía – ¡ya sabréis que me encanta la tipografía hecha a mano!
Una vez que volvimos a casa, el amigo de Roberto llegó preparado para dejarme en la gasolinera en la cual el conductor del BlaBlaCar iba a recogerme. Los tres subimos a su coche, nos despedimos de Caudete de las Fuente y nos enfrentamos con el segundo drama del día: ¿cómo entrar en la gasolinera?
No lo has leído mal, lo complicado no fue encontrar la gasolinera – seguíamos las direcciones de Google Maps sin ningún problema – lo difícil fue entrar en el sitio. Llegamos a la gasolinera vía una calle rural y vimos que el complejo entero era vallado con dos vallas bastante altas. Sin problema, pensamos, solo había que explorar hasta encontrar la entrada.
Bueno, resulta que estas gasolineras que se encuentran al lado de la autopista no quieren que entrase cualquier persona que no haya entrado directamente desde la autopista – no existía ninguna manera de entrar desde la calle de al lado. ¡Genial!
Sin embargo, habíamos logrado entrar en el espacio entre las dos valles, y por lo tanto sólo quedaba una barrera entre yo y mi destinación. ¿Qué hace uno entonces? ¡Saltar la valla, por supuesto!
El intento que veis arriba, a pesar de ser gracioso, no resultó ser exitoso, y eventualmente encontramos otra sección de la valla donde se había bajado el alambre un poco y donde podía saltarla.
Una vez que entré exitosamente en el perímetro de la gasolinera, me despedí de Roberto y di muchas gracias a su amigo Pablo por conducir su coche sobre la tierra peligrosa y por dejarme subirme encima del capó de su coche – ¡le debo mucho!
Concluyendo mi viaje, entré en el restaurante del gasolinera esperando que nadie me hubiese visto tropezando por la broza al lado de la vía de acceso para llegar hasta allí. Me senté en el bar, pedí una cerveza bien merecida y desactivé el modo avión en mi móvil para volver a conectarme con el mundo y contar a todo el mundo las horas finales dramáticas en Valencia.
Para concluir – y en contraste con el viaje de vuelta a Madrid – disfruté mucho de unos días desconectando y relajando en Valencia y Caudete de las Fuentes, y tengo que darles las gracias a Pablo, Roberto y su familia. ¡Espero volver pronto!