Reyes en Gijón

14.01.24 — Gijón

Como tenté la final de mi última entrad de blog, mi vuelta a casa no me llevó directamente a Madrid sino al norte de España. Mi vuelto aterrizó en Santander, una ciudad pintoresca que visité por primera vez hace un año. Cami se había acercado a pasar allí la tarde con su novio, Hessel, y se había ofrecido a recogerme y llevarme a Gijón para que pudiera celebrar el día de los Reyes Magos con Cami, Hessel, Bogar, Javer y – como regalo navideño – ¡Kevin!

Kevin había viajado desde los Estados Unidos para pasar la Navidad en familia. Le había visto unos meses antes cuando se acercó a Vermont para pasar unos días conmigo y con Megan, pero me hizo mucha ilusión poder pasar tiempo con él en su tierra de Asturias.

Tras mi recogida del aeropuerto, Cami, Hessel y yo fuimos a cenar pizza en Santander antes de coger la carretera y hacer el viaje de dos horas a Gijón. El día siguiente nos levantamos, nos vestimos y salimos a uno de nuestros restaurantes favoritos donde habíamos quedado con Kevin para comer.

Como siempre, nos reímos mucho y comimos como reyes. Pasamos el resto del día enseñándole la ciudad a Hessel, desde las alturas ventosas de Cimadevilla hasta los bares y calles estrechas del casco viejo. Parecía que había visitado con mis padres el día anterior, pero realmente les enseñé Gijón y el resto del principado el verano pasado ya. ¡Como vuela el tiempo!

Quién lo diría… ¡una foto de los tres juntos!

Después de descansar un rato en el piso de Cami, Hessel y ella se fueron a patinar sobre hielo, algo que Kevin y yo optamos no hacer a favor de echar la tarde comiendo roscón mojado en chocolate. Así mucho mejor que pasar frío y caerse cada dos en tres, vamos.

El día siguiente tuve que trabajar desde casa, pero el día se hizo más leve gracias a la presencia de Luke, el perro de Cami, que se echó el día observándome y acompañándome mientras trabajaba desde el sofá. También me encantó la comida, para la cual preparó Cami un plato chileno, pastel de papas. Me recordó un poco a un plato británico parecido, pero este tuvo mucho más sabor.

Al desconectarme del trabajo hice la maleta y me cogí un taxi a mi siguiente casa, el piso de Javier y Bogar. Dejé mis cosas allí y volví a salir para verme con Kevin, que había vuelto a pasar la tarde por Gijón.

Mi camino al centro de la ciudad me llevó por el paseo marítimo. Bueno, mentira: pensé que podría ir por allí ya que quería ver el mar, pero resultó ser un desvío importante que me dejó en Cimadevilla en vez de el centro donde había quedado. ¡Ups!

No obstante, este camino alargado valió la pena: Kevin llegó un poco tarde y la luz vespertina del invierno creaba unos matices bonitos de rosa y morado en las nubes. Por fin nos encontramos en la plaza bonita en la que se encuentra el Teatro Jovellanos y vimos que habían montado un mercadillo de Navidad. Yo andaba con hambre, así que pillé una caja de pastas frescas y luego una ración de churros recién fritos: el maridaje perfecto de carbohidratos con más carbohidratos.

Tras acabarnos los churros, Kevin y yo fuimos a tomar algo en un callejón lleno de bares y restaurantes. Mientras buscábamos un sitio, vimos que había un bar cuyo especialidad era el vermú y que estaba poniendo bollos preñaos de tapa. No hacía falta buscar más, ese fue nuestro sitio.

En ese sitio acabamos probando el vermú casero y pidiendo unos pinchos de tortilla. Echamos un rato maravilloso disfrutando esta bebida gloriosa y unos pinchos sabrosos con picadillo y cabrales.

Saliendo de allí nos acercamos al mar y encontramos un bar acogedor que disponía de un sofá. Nos echamos justo allí y procedimos a seguir hablando y bebiendo como solo Kevin y yo sabemos hacer. Eventualmente se unieron también Cami y Hessel, pero a esa hora ya estaba yo escondido debajo de mi abrigo: a pesar del tiempo que acababa de pasar en Inglaterra, estaba pasando bastante frío.

Parezco una abuelita pero está bien porque me sentía como una abuelita.

Desafortunadamente tenía que trabajar el día siguiente y andaba ya algo cansado después de tantos días de viaje, así que me despedí de todos y volví a casa de Bogar para dormir tempranito.

Trabajé desde su piso bonito el día siguiente, pero al llegar la tarde me empecé a encontrar un poco regular. Una siesta rápida para que se me quitara acabó siendo un siestón tras el cual me levanté con fiebre: se me había pegado la gripe.

Esta fiebre me obligó a pasar del plan de la tarde de ir a la cabalgata. Aún no he ido a ninguna nunca: ¡el año que viene será! Ya por la noche me encontraba un poco mejor, así que Bogar, Javi y yo nos tiramos al sofá y vimos una peli para marcar mi última noche en Gijón.

El día siguiente tuve que ponerme hasta arriba de paracetamol, bebida isotónica y jarabe de tos ya que tenía que coger el tren de vuelta a casa en Madrid. Llevé una mascarilla durante todo el viaje, pero aún así observé que todo el mundo – desde el taxista hasta la revisora de la Renfe – también estaba tosiendo. A cuidarse, ¡que hay mucha gripe por aquí!

Fue un gusto ponerle fin a la época navideña con unos días en Gijón, a pesar de pasar los últimos dos vagueando por casa dándome pena. Me encantó poder ponerme al tanto con todos mis amigos que viven allí y claramente también fue un regalo navideño muy special poder verle a Kevin durante uno de sus pocos viajes a la patria desde los EEUU.

Me gustaría acabar esta entrada dándole las gracias a Cami por venir a recogerme de Santander y también por acogerme en casa. También he de agradecerles a Bogar y Javi, no solo por recibirme en su casa, pero por aguantarme mientras vagueaba por su casa pensando que ¡pobre de mí!

Navidad en familia

14.01.24 — Burnley

Después de un fin bonito al 2023 en Madrid me tocó realizar mi peregrinación anual de vuelta a Inglaterra. Para eso, cogí un vuelo al aeropuerto de Mánchester… ¡o eso creía!

Los problemas empezaron en el tren hasta Barajas, un viaje que se interrumpió al anunciarse que el tren finalizaría su trayecto unas estaciones antes de llegar al aeropuerto. Como siempre, había dejado un poco de margen en mi plan para abordar imprevistos así, pero al pasar frío en el andén y pensar en lo concurrido que estaría el aeropuerto dadas las fechas, decidí llamar a un taxi y acercarme a la terminal con estilo.

Una vez pasado por las colas considerables del aeropuerto, me subí al avión de camino a Mánchester. Al empezar el descenso, pude ver sol ponerse encima de la capa de nubes. En el cielo también lucían unas nubes de arco iris, un fenómeno raro que desafortunadamente no se percibe bien en las fotos que saqué.

Tras unos minutos admirando el atardecer, el avión empezó a girar y la escena colorida se me fue. Me volví a acomodar en la butaca hasta que volvió el atardecer, con lo cual me puse a sacar más fotos de las nubes que se estaban poniendo rosas. Empezamos a girar de nuevo y volvió a desparecerse el atardecer.

La tercera vez que volvió el atardecer fue el momento que me di cuenta que estábamos dando vueltas. Miré a mi alrededor para ver si alguien más se había fijado, pero no les veía muy interesados. Fue en aquel momento que me acordé de un comentario rápido que me había hecho mi madre esa misma mañana: que hacía mucho viento en Mánchester.

Dada mi obsesión con los documéntales sobre los aviones, até cabos y deduje que teníamos que estar volando un bucle de espera mientras se bajaba el viento en Mánchester. Esta estimación se confirmó enseguida por el capitán, que nos avisó que iba a intentar aterrizar en Mánchester pero que tal vez tendríamos que acercarnos a otro aeropuerto cercano si las condiciones no mejorasen allí.

Eventualmente empezamos a descender desde nuestra altitud de espera justo encima de la capa de nubes. Fue entonces que nos dieron las noticias sorprendentes: íbamos hacia Birmingham, una ciudad en medio del país.

¡¿Qué?! Cuando habían mencionado los «aeropuertos cercanos» yo me había imaginado ciudades como Leeds o Liverpool, pero ¿Birmingham? ¿Como se suponía que iba a llegar a casa desde allí? Algo se dijo sobre unos autobuses pero ya me estaba imaginando que el caos causado por este viento iba a provocar muchos retrasos más antes de llegar a Mánchester.

Acerté en mi predicción. Al aterrizar en Birmingham pasamos casi dos horas encerrados en el avión esperando la llegad de unos buses que nos llevasen a la terminal. Más de 40 vuelos habían sido desviados hasta el pequeño aeropuerto esa noche, así que la infraestructura del mismo estaba sufriendo con el influjo.

Me había jurado que no pisaría nunca Birmingham, pero aquí me encontraba contra mi voluntad.

Afortunadamente mi madre es muy astuta y estaba rastreando mi vuelo, así que sabía lo que estaba sucediendo. Amablemente mis padres bajaron hasta Birmingham a recogerme, salvándome así de la idea horrible de tener que esperar a unos autobuses que probablemente llegasen con el mismo retraso que los de la terminal.

Después de tanto drama, por fin llegué a casa para trabajar desde allí mi último día laborable antes de la Navidad. Tras desconectarme, pasé esa primera noche cenando con Amber en un sitio italiano en el centro de Burnley. La pobre estaba afónica esa noche, así que quedamos en volvernos a ver e ir al teatro juntos en otro momento de mi visita.

El día siguiente me reuní con Danni y Abi para nuestro intercambio anual de regalos. Quedamos en un restaurante de crepes y acabamos echándonos muchas risas al desenvolver los regalos tontos que nos habíamos hecho. Esta histeria seguramente se alimentó en gran parte por el azúcar excesivo presente en nuestros crepes y chocolates calientes.

Encuentro belleza extraña en los rincones más feos de Burnley.

Luego fuimos a hacer unas compras navideñas de última hora y me despedí de las dos en la estación de autobuses antes de acercarme a un sitio que había indicado mi padre que me recogería. En un momento de mala suerte se puso a llover justo el mismo momento que salí a la calle. Esta lluvia se combinó con el viento para crear unas condiciones poco envidiables y que seguramente fueron lo que me dejó con una tos horrible…

El día siguiente era ya nochebuena, lo cual conlleva unas costumbres navideñas tanto viejas como nuevas. Como novedad, mi madre había reservado para que comiéramos en un gastropub local. Disfrutamos de comida británica muy rica (sí, existe) en un entorno caliente y acogedor. Desde allí nos acercamos al siguiente destino, un pub también.

Cada nochebuena intentamos pasar por el pub del pueblo para reunirnos con viejos amigos y vecinos de nuestra infancia. Este año hicimos lo mismo y nos echamos un buen rato hablando con la gente en cuyos jardines antes jugaba y a los que intentaba liar para que se apuntasen a mis proyectos raros como las montañas rusas caseras o espectáculos montados en el jardín…

Llegamos a casa justo antes de la medianoche, pudiendo así desearnos una feliz Navidad justo antes de acostarnos.

Unas diez horas después estábamos reunidos en el salón para desenvolver los regalos. Enseguida llegaron mis tíos con una olla enorme de crema de coliflor, algo que comemos todos los años pero que este año sería algo distinto. Esta vez la prepararon mis tíos, que se apuntaron a las celebraciones tras unos cuantos años de pasar el invierno en Murica.

Luego llegó el gran suceso. Tras cocinar un poco durante mi visita a Inglaterra en noviembre, mi madre me había encargado con hacer la cena de Navidad por primera vez en mi vida. Después de la comida y mientras los demás se sentaban en el salón, saqué mi plan híper detallado y empecé la odisea de prepara todos los componentes de una cena navideña británica tradicional: el pavo, los coles de Bruselas, los nabos, las zanahorias, las patatas asadas, la salsa gravy (un caldo espeso de carne), la salsa de pan, las salchichas envueltas en beicon…

Solo hubo un retraso pequeño mientras me luché con la salsa gravy, siendo esta la primera vez que la había hecho desde cero. En nada llamé a todo el mundo a que se sentasen y la cena fue todo un éxito. Creo que hice un buen trabajo en general, pero lo que más orgullo me generó fue mi gravy, una salsa que hice con el jugo del pavo y las verduras, un poco de harina y un chorro de vino de Jerez. ¡Supo a gloria!

Aquí estamos la familia inglesa, con los gorros de papel típicos y todo.

Pasé una muy buena Navidad en familia y el día siguiente también tiene nombre en inglés: Boxing Day. En este día hubo una de las pocas veces que tuve la valentía de enfrentarme al frío y salir de la casa. Mi hermana quería salir a correr por el canal, así que la llevamos mi padre y yo hasta allí, donde los dos optamos por una vuelta más tranquila por la zona.

Esa tarde volvimos a salir de excursión, esta vez con mi madre. Fuimos a pasear por los terrenos de Towneley Hall, una casa señorial antigua que se encuentra en medio de 440 acres de zona verde. Al toparnos con un camión de helados, Ellie y yo decidimos que queríamos uno, cosa que nos arrepentimos al tener que pagar casi 5€ por helado. Este tipo de helado en inglés se llama un «99», ya que hace unos años valían 99 peniques cada uno. Como cambian los tiempos…

Durante los próximos días me puse a hacer todo tipo de cosas. En casa monté mi colección antigua de focos y luces de discoteca y teatro por lo que tuvo que ser la primera vez en años. Me sorprendió descubrir que casi todo seguía funcionando, solo tuve que cambiar un fusible y un par de bombillas tras tantos años de tenerlos abandonados en un ático polvoriento.

Siempre me ha enamorado la combinación de luz colorida y el humo para visualizarla.

Otra noche volví a quedar con Amber para que nos acercásemos a Mánchester. Ella había recuperado su voz pero esta vez yo estaba luchando contra una tos persistente: ¡cambio de roles! A pesar del dolor de garganta pasé una tarde muy bonita. Cenamos en un restaurante griego y fuimos a ver una función en un teatro guapísimo que se llama The Royal Exchange.

Para poner fin a su visita a casa, Ellie dijo que quería ir a jugar a los bolos. Hace años que no había ido a la bolera del pueblo, pero cuando propuso el plan yo me apunté entusiasmado, ya que recientemente vi un vídeo que explicó el funcionamiento de las máquinas que reponen los bolos y este me había dejado con ganas de probar el deporte una vez más.

Como era de esperar, fue de risas. Una vez encontré una bola que no pesara demasiado y cuando por fin me convencieron que mi técnica de fuerza máxima siempre quizá no fuera la mejor, empecé a derribar bolos sin parar.

Una toma de acción mientras me preparo a fallar completamente los dos bolos.

El día siguiente tocó celebrar la Nochevieja. Quedamos Abi, Danni y yo en casa de Abi, donde cenamos pizza y nos tomamos unas copas mientras participamos en un concurso sobre las montañas rusas que habíamos encontrado en YouTube. Menudo trío de frikis somos…

Desde allí fuimos a la casa de los vecinos de Abi, donde tenían montada una serie de juegos. Nos reíamos mientras intentábamos meter pinzas en botellas, emparejábamos palabrotas en cartas y luego corríamos por la casa para un juego que se llamaba «la lista de la compra». Este juego supuso buscar ítems en listas escondidas por toda la casa y apuntarlos. Cuando teníamos apuntados los precios de todos los ítems, teníamos que sumar bien el valor total. ¡Fue agotador, tanto a nivel físico como mental!

Casi empecé el 2024 corriendo por la casa de un desconociendo mientras buscaba el precio de un brócoli ficticio.

Los tres vimos el inicio del año desde la tranquilidad del salón de Abi, donde tuve que sustituir las uvas por unos botones de chocolate: los británicos no hacen lo del champán. Vimos los fuegos artificiales de Londres desde el sofá, nos deseamos un feliz año y fuimos a dormir. Así me gusta.

Pasé mi último día en el Reino Unido en Leeds con Emily y Lincoln. Emily había parido su primer hijo, Charlie, en octubre, así que tenía mogollón de ganas de ir a conocerle antes de volver a España. Fue todo un placer verlos a los tres y pasar tiempo con el pequeño Charlie, aunque sí que es verdad que me preocupa que me entren ganas de tener un hijo tras pasar tiempo con un bebé tan precioso y tranquilo.

No tuve mucho tiempo para reflexionar sobre esto, sin embargo, ya que el día siguiente estaba saliendo de casa antes del mediodía. Me acerqué al aeropuerto de Mánchester a través de la red ferroviaria dudosa que tenemos en el norte de Inglaterra, pero al final todo fluyó bien y llegué a la terminal buscando mi vuelo no a Madrid, sino a Santander…

Muchas gracias a mi hermana, Eleanor, por dejarme utilizar algunas de las fotos excelentes que sacó en su cámara analógica.

Muchas luces de Navidad

07.01.24 — Madrid

Después de aterrizar en Madrid tras una visita alargada al Reino Unido, me quedó trabajar un solo día antes de arrancar un puente lleno de planes. Empecé el festivo con una comida con Félix, la cual tuvo lugar en un bar bonito del barrio que nunca había visitado antes.

Nuestro brunch fue tan delicioso como era bonito.

Una vez acabado mi plato de salmón y un batido fresco, cogimos un bus al Parque del Retiro. Nuestra vuelta por allí nos llevó a describir un intercambio de libros que nunca había visto antes. Ahora queda claro que lo que me había imaginado que sería un concepto moderno realmente se lleva haciendo durante un tiempo.

En esta «Biblioteca Popular» encontré unos libros de texto de matemáticas que me recordó al instante a mi infancia, siendo ellos los mismos que usamos con tenía 10 años al estudiar para unos exámenes estandarizados. Literal, fueron el modelo británico en inglés. ¡Menuda casualidad!

Nuestro paseo también nos llevó por el Palacio de Velázquez, una sede satélite del Reina Sofía, uno de los museos de arte principales de Madrid. En todos los años que llevo viviendo en la ciudad, nunca había pisado este lugar, así que nos metimos a ver que había.

La exhibición parecía explorar el espacio, el color y los materiales a través de una colección interesante de telas de color colgadas desde el techo alto. La explicación del concepto que había detrás me parecía un poco exagerada, pero aún así era bonito y siempre gusta explorar un nuevo sitio.

Una pelota blanca sobre un fondo amarillo.

Al salir del parque nos acercamos al Palacio de Cibeles, una punto de referencia en la ciudad que descubrí al visitar Madrid por primera vez en 2015, pero otro sitio que nunca había podido explorar por dentro. Me había enterado de una exhibición gratuita que me interesaba mucho, ya que reunía dos de mis pasiones: la iluminación y la tipografía.

«No va a quedar nada de todo esto» presentó una serie de rótulos y parafernalia de tiendas, bares y restaurantes ya cerrados. Había un enfoque especial en los rótulos iluminados y neones de antaño, cosa que me encantó. Fue una experiencia maravillosa montada por Paco Graco, un colectivo que se dedica a la conservación del patrimonio gráfico de Madrid.

Resulta que el Cibeles en igual de bonito por dentro como por fuera.

Me encantó la exhibición, aunque realmente ya no tenía que irme muy lejos para disfrutar un espectáculo de luces, aunque fuera algo más pequeño. Ya se acercaba la Navidad y Reyes, por lo cual dediqué un fin de semana a llenar mi piso con espumillón, bolas y muchas luces de Navidad. Así podía disfrutar de estar sentado en mi salón a pesar del frío intenso que cunde en Madrid durante estas fechas.

Era un poco demasiado, pero es la época de los excesos.

Con la casa ya montada, pasé quince días poniéndome al tanto con mis amigos. Disfruté de unos desayunos y paseos con Pedro, una comida de hamburguesas sabrosas con Hugo y Sergejs y luego una tarde de hotpot chino con Sara, Rocío e Irene. Fue una manera preciosa de ponerle fin al año aquí en la capital.

La Navidad ya estaba a la vuelta de la esquina, así que os contaré más sobre eso en mi siguiente entrada de blog. ¡Felices fiestas!

Al entrar en la cocina esta mañana descubrí que mi madre había pegado etiquetas a las dos toallas que estaban colgadas en el tirador del horno. Una ponía «hand towel» (toalla de mano) y la otra «t‑towel» (trapo de cocina), como si el mundo fuera a acabar si me sacara las manos limpias con la misma toalla que había usado para secar una olla.

Sin embargo, hoy no estoy para quejarme de la obsesión de mi madre con las toallas, ni el hecho de que técnicamente debería escribirse «tea towel». Más bien la palabra «t‑towel» me recordó a otra palabra en inglés cuyo deletreo siempre me ha molestado: nuestra palabra para la humilde camiseta, «t‑shirt».

Como suelo hacer, me puse a meditar sobre los orígenes de la palabra «t‑shirt», o bien su etimología si nos ponemos finos. Mientras me preparaba una tostada, me pregunté si la palabra había nacido del mundo del golf, ya que a veces se ve escrita «tee shirt» (camisa de tee) o simplemente «tee». Mi teoría era que quizá los polos utilizados por golfistas fueran el precedente de las modernas «camisas de tee».

Bastante equivocado estaba. Resulta que el origen de la palabra es mucho más sencillo. Son «camisetas de T» porque la prenda tiene la forma de una «T» en mayúscula.

Siendo realista, tenía que haberme esperado semejante sencillez de nuestro idioma germánico. A los británicos nos gusta mucho reírnos de los estadounidenses por referirse al otoño como «fall» (por la caída, «fall», de las hojas) o por su híper especificidad en palabras como «eyeglasses» (gafas de ojo), pero en realidad el inglés puede ser muy simplista a la hora de describir las cosas.

¿Para qué usar palabras rebuscadas del latín como «feline» («felino») pudiendo decir «como un gato» con «catlike»? ¿Para qué decir «assist» («ayudar») pudiendo decir el mucho más descriptivo «give a hand» («echar una mano»)? ¿Para qué hablar del latín «noon» pudiendo expresar el concepto del medio del día con «midday» («mediodía»)?

Volvámonos a las camisetas. Mi molestia con esta palabra viene de la combinación de dos de sus características: el uso del guion medio con el uso de una sola letra, la «t».

El uso de los guiones en inglés es bastante común. Escribo palabras como «know‑how» («saber hacer») o «mind‑blowing» («extraordinario») con mucha frecuencia y con mucho gusto. A estos ejemplos no les pongo pega a porque en mi cerebro tienen sentido por estar equilibrados, tanto a la hora de escribir como a la hora de hablar. La palabra «t‑shirt» se me hace asimétrica, como si todo el peso estuviera en «shirt». La pobre «t» parece una adición tardía.

El uso de una sola letra tampoco es un concepto ajeno al inglés: tenemos «a» («un/una») y «I» («yo»). Este segundo me podría llevar a despotricar sobre nuestro uso continuo de una mayúscula a la hora de escribir «I», aunque es verdad que la historia del por qué la seguimos usando es bastante interesante. También estoy acostumbrado al castellano, un idioma que pone las cinco vocales a trabajar como palabras enteras: «a», «e», «y», «o» y «u».

Pero esta combinación de un guion con una letra suelta supone mi queja principal sobre esta palabra: ¿cómo se supone que se escribe en mayúsculas? ¿Sería «T‑Shirt» o «T‑shirt»? ¿Y si nos dejáramos llevar por la anarquía y la escribiéramos «t‑Shirt»? Si es así que utilizamos la mayúscula al escribir «iPhone»…

Técnicamente, la palabra siempre se debería escribir «T‑shirt», con la «T» mayúscula, haciendo así referencia al origen de la misma. Pero no me gusta como luce así, me parece que coloca la palabra al nivel de otros nombres propios como los de las personas, los lugares o los dioses. Venga ya, si es una mera prenda.

Por eso no me sorprende ver que la manera más común de escribirla a día de hoy es «t‑shirt», sin mayúscula ninguna. Esto está bien, pero solo hasta que tenga que escribir un titular.

El «title case» en inglés me encanta tanto como me confunde. Este término se refiere de la manera en la que usamos las mayúsculas a la hora de escribir títulos o titulares en inglés. Por ejemplo, «Smells like teen spirit» luce bastante raro como nombre de una canción, «Smells Like Teen Spirit» se ve mucho mejor.

¿Entonces cómo hacemos al tener que componer una palabra compuesta con guion dentro de un titular? ¿Usamos «Mind‑blowing» o «Mind‑Blowing»? Como suele pasar en inglés, no hay consenso claro. Distintas organizaciones y manuales de estilo prefieren una manera u otra. Tampoco me he decidido yo: lo más seguro es que los titulares de las más de 600 entradas de mi blog contengan un batiburillo de mayúsculas y minúsculas.

Con la maldita «t‑shirt», el lío va a peor. Como digo, técnicamente debería escribirse «T‑shirt», pero este uso provoca un desequilibrio totalmente diferente al que percibo al verlo escrito en minúsculas. Entonces, y después de mucho agonizar, opté por «T‑Shirt» en el titular de la versión en inglés de esta entrada de blog. Es mi web. así que haré lo que me dé la gana.

Dejando de lado esta colección de divagaciones lingüísticas, volvamos justo a eso, al titular de esta entrada de blog. «Una llamada para un mejor deletreo de t‑shirt» es justo eso, una llamada. No tengo propuesta ninguna de cómo podríamos arreglar este caos, ni tengo claro tampoco que la solución sea cambiar su deletreo. Solo sugiero cambiar nuestra manera de escribir la palabra ya que me parece que cambiar la palabra en sí sería más fácil que conseguir que las docenas de comunidades y autoridades anglosajonas se pusieran de acuerdo en un uso estandarizado de las mayúsculas al escribirla.

Además, la palabra es fea de cojones.


Obviamente no guardo la esperanza de que se cambie la palabra «t-shirt», a pesar de la velocidad con la cual avanza el inglés. Seguiré haciendo lo que siempre he hecho: evitaré la palabra cuando pueda y seguiré las normas cuando tenga que usarla.

Si te ha gustado leerme despotricar, déjamelo saber.

Halifax

22.12.23 — Halifax

Llevaba tan solo quince días en Madrid después de mi viaje a Londres cuando me tocó volver a subirme a un avión con destino a Inglaterra. Esta vez me dirigía al norte, donde me reuniría con mi familia para conmemorar una ocasión triste: el funeral de mi abuela.

Debido a la naturaleza extraña del precio de los vuelos, me salió más barato ir de sábado a sábado que volar entre semana, así que tendría tiempo para hacer más cosas mientras andaba por la casa de mis padres. El día siguiente a mi aterrizaje y para aprovechar de este tiempo libre, mi padre y yo echamos el día viajando por su condado nativo de Yorkshire.

El cielo estaba despejado mientras bajamos hacia Mánchester.

El primer destino en nuestra ruta fue Halifax, una ciudad de la cual tengo bonitos recuerdos ya que de pequeño mi padre nos llevaba a mi hermana y a mí a una especie de museo científico para niños. Como el explorador que es, mi padre nos llevó por una calle aislada hasta llegar una fábrica abandonada para sacarle algunas fotos.

El otoño llegaba a su fin pero aún había colores bonitos.

Al volver al coche bajamos más por esa misma calle hasta llegar a otra fábrica, pero esta no se encontraba abandonada. Resulta que el recinto de Dean Clough aún se utiliza, aunque ahora se trata de un espacio de arte y ocio en vez de la fábrica de moqueta de antaño. Dentro, encontramos una exhibición de pinturas, unas oficinas y una tienda de regalos bonita en la cual nos pusimos a hablar con la empleada.

La fábrica es un pedazo de historia victoriana viva.

Al explorar más el lugar nos perdimos en uno de los edificios. Anduvimos por oficinas vacías y escaleras de seguridad dudosa en las que seguramente no teníamos que haber estado. Al final encontramos la salida y volvimos al coche para ir a buscar algo de comer.

Ya que estaba en Inglaterra solo hubo una opción válida de comida: unos fish and chips. Mi padre me llevó a su sitio de confianza para que los comprara y pedí una selección de fritanga para hacer lo que le dije que eran «tapas británicas». Encontramos un banco de picnic en las orillas del canal y nos sentamos a disfrutar de nuestra comida a la británica: pasando frío.

Mi padre se quedó contento con mi selección de guarradas fritas.

Desde allí nos acercamos a Hebden Bridge, un pueblo tan bonito como es pequeño. Allí compré unos regalos de navidad y paseé por el mercadillo navideño que se había montado en el centro. Al llegar la oscuridad y el frío, volvimos al coche y para casa: ¡las noches de invierno por el norte te congelan vivo!

Aquí la entrada llega a un final algo repentino, ya que dos días después me desperté para encontrarme bastante enfermo. Desafortunadamente esto pasó el mismo día del funeral, pero me tomé un paracetamol, me abrigué bien y me uní a la familia para poder asistir a la despedida bonita que tanto merecía.

No obstante, pasado ese día, tuve que pasar unos tres días más en casa. Perdí el vuelo de vuelta a España, pero por suerte hubo otro vuelo barato que salía unos días después. Esa fecha fue el Día da la Constitución Española, así que pude volar tranquilamente sin preocuparme por el trabajo. No hay mal que por bien no venga.

Cierro la entrada de blog dándoles las gracias a mis padres por aguantarme mientras andaba por casa sintiendo pena por mí mismo. Mil gracias específicamente a mi madre, cuyo consejo que no volara con un estómago tan revuelto realmente fue muy bueno…