Empezando 2025

02.04.25 — Madrid

Empezando 2025

02.04.25 — Madrid

Después de unos días de descanso por los festivos, mi año empezó tal y como había terminado el anterior: con sesiones diarias de fisioterapia. Cambié las pantoneras por unas máquinas de la NASA, que me ayudaron a ganar músculo y flexibilidad en la rodilla, una articulación que ahora tenía llena de titanio. Con el paso de las semanas pasé de una silla de ruedas a un par de muletas y, eventualmente, a una sola. Estas mejoras me mantuvieron a flote frente a la monotonía de mi día a día y las molestias que sufría.

Otra cosa que me mantuvo cuerdo fue la parte social de la fisioterapia. Durante mis viajes diarios en ambulancia hablaba con los conductores y con otros pacientes, uno de los cuales era Fernando. Como habíamos empezado la fisioterapia en las mismas fechas y nos tocaba ir a la misma hora, solíamos coincidir en la ambulancia o en las máquinas, lo que nos llevó a hacernos buenos amigos. Su compañía transformó una rutina aburrida en algo mucho más apetecible.

También tuve la suerte de acoger a mi padre, que vino a visitarme y a disfrutar conmigo de alguna salida que empezaba a poder hacer, aunque con las muletas cada pequeña tarea parecía eterna. Mi madre también volvió a verme, lo cual supuso la oportunidad perfecta para que disfrutáramos del tiempo en familia sin que ella tuviese que hacer de cuidadora.

Al cabo de los meses, empecé a ver la luz al final del túnel. Poco a poco fui consiguiendo hacer más y más cosas de manera independiente, hasta llegar a bajar la escalera a pata coja para hacer alguna que otra gestión por la calle. No miento al decir que creo que casi me eché a llorar la primera vez que logré bajar la basura yo solo, y no solo por el dolor…

Navidad en España

06.01.25 — Madrid

Navidad en España

06.01.25 — Madrid

Durante la recuperación después de mi cirugía, tuve la suerte de recibir a mucha gente en casa. Cuando mi hermana me visitó en diciembre, acabó invitada a acompañarme a la cena de Navidad de Erretres, que terminó siendo una noche maravillosa. Tenía muchas ganas de verla, muchas ganas de salir de casa y muchas ganas de reencontrarme con mis compañeros después de tanto tiempo.

Tras el subidón de la fiesta vino una mala noticia: no me iban a dejar volar a Inglaterra para pasar las Navidades. Entré en pánico ante la posibilidad de pasar la Navidad solo en casa, pero entonces vino Sara a salvarme. Por temas de su trabajo, ella también estaría en Madrid en esas fechas. Montamos, entonces, un plan para pasar una Navidad alternativa en mi casa.

Sara se acercó en Nochebuena y pasamos la tarde viendo una película cursi antes de acostarnos. Al día siguiente me esperaba una sorpresa: un regalo de Sara que me había comprado sin avisarme. En ese momento me alivió haber incluido en mi última compra del Mercadona unas tabletas de chocolate extra. Así, me aseguré de que ella también tuviera algo que abrir.

Nuestra Navidad acabó siendo un día relajado y hogareño. Decoramos unas galletas de jengibre y luego preparamos juntos una comida que unía la cultura culinaria española con la británica. Tomamos langostinos de entrante y preparamos un plato que se asemejaba a la típica cena de Navidad inglesa. Todo esto lo acompañamos con una banda sonora en la que dominaban los villancicos de toda la vida junto con algunos carols británicos de mi infancia. Pusimos fin al día de la mejor manera posible: quedándonos hechos sopa en el sofá, con otra película cursi de fondo.

Después de una Navidad tan bonita, me encontré con el siguiente drama: ¿cómo pasar la Nochevieja? Aún no me dejaban salir de Madrid, pero Pedro me salvó con una propuesta estupenda. Dimos la bienvenida a 2025 él, su pareja, su madre y yo. Fue una noche muy especial, con una doble celebración, ya que nos dio tiempo a ver los fuegos de Londres antes de la cuenta atrás de la Puerta del Sol. Fue también el año en el que descubrí que a los españoles os gusta empezar el año con petardos. ¡Casi me vuelvo a accidentar del susto!

Me gusta pensar que supe sacar lo mejor de una mala situación durante esta época navideña, pero no lo podría haber hecho yo solo. Me gustaría volver a expresar mi agradecimiento y mi amor por Sara, Pedro y el resto de amigos y familiares que me acompañaron durante la recuperación. Eché de menos estar en casa, pero nuestra Navidad española fue algo muy especial.

Una época coja

30.12.24 — Madrid

Una época coja

30.12.24 — Madrid

Mientras iba del trabajo de vuelta a casa en una bici, el coche de en frente empezó a frenar, por lo cual yo hice lo mismo… nada fuera de lo normal. Pero el freno de esta bici se bloqueó por completo de manera completamente inesperada. Este frenazo me dejó zigzagueando por la calle mientras intentaba retomar el control. Al final no pude y, junto con la bici, me caí al suelo.

Lo siguiente fue un borrón. Algo grité, un grupo de peatones me llevaron hasta el bordillo, aparecieron dos policías y luego llegó la ambulancia. El diagnóstico inicial fue un esguince, entonces me subí a la ambulancia a pata coja y me llevaron al hospital con las sirenas puestas. Allí me hicieron una serie de investigaciones y me presentaron con la realidad: tenía el hueso en pedazos. Me dijeron que se tendría que operar y me ingresaron una noche. La pasé intentando, sin éxito ninguno, quedarme dormido a pesar de todo lo que me acababa de pasar.

Así empezó el primer mes de lo que sería casi medio año de recuperación. Mi madre, en cuanto se enteró de la operación, pilló un vuelo y acabó quedándose conmigo más de un mes. Su compañía fue imprescindible mientras yo me adaptaba a mi nueva realidad. Me apoyaba a nivel físico con las tareas más básicas de la casa, y también a nivel mental con la conversación ininterrumpida todos los días.

La operación consistió en unas tres horas en las que reconstruyeron todo el hueso debajo de la rodilla con placas y tornillos varios. Aparte de las nauseas que me causó el saber que tenía la pierna llena de grapas y la mano pinchada con la vía intravenosa, lo peor de todo el proceso fue el dolor y la resultante falta de sueño durante los días después de la operación.

A pesar del sueño, dolor y aburrimiento de las semanas que siguieron, yo estaba optimista. Además de la compañía que me hacía mi madre, una ristra de amigos pasaban por mi casa, entre ellos Pedro, Sara, Rhea, Julia y muchos más. Empecé a apreciar más las cosas pequeñas que antes daba por hecho. Me puse a observer mi progreso a través de los hitos y logros más pequeños. El camino a la recuperación se convirtió en una especie de juego.

Hay muchísimo más que podría contar y muchísimos detalles que he omitido, pero dejaré el asunto aquí. Fueron de los meses más difíciles de mi vida, pero los he podido pasar gracias en gran parte al amor y apoyo que me han dado mis amigos, mi familia y mi madre en especial.

Os quiero mucho a todos.

Viejas amigas

10.10.24 — Madrid

Viejas amigas

10.10.24 — Madrid

Bien sea comer nuggets de pollo de la tela de salto de un trampolín o represar un arroyo para hacer una base secreta nueva, mis primeros recuerdos de pasar tiempo con amigos son con las hermanas Smith. Desde el día en el que una de ellas se presentó asomándose la cabeza por encima del muro del jardín, Jemma y Lucy han sido siempre las amigas más viejas mías y de mi hermana. Somos un grupo inseparable, a pesar de las discusiones de antaño y nuestras vidas adultas ajetreadas de hoy.

Además de la dificultad universal de organizar planes como adultos, los cuatro tenemos que lidiar con la geografía compleja de nuestras vidas. Yo resido en el extranjero, Eleanor vive en Leeds, Lucy está en Burnley y el trabajo de Jemma la lleva por todos lados. Parecía poco probable que conseguiremos nunca reunirnos los cuatro, mucho menos que pudiéramos organizar para que las tres me visitaran en Madrid. A pesar de la casi imposibilidad, el año pasado me encontré en un tren al aeropuerto, ciego de la emoción y con un cartel en la mano que ponía «Smith y Briggs».

Lo que procedió fueron tres días de caos en el mejor sentido posible. Nos pusimos al día con unas cervezas, charlamos durante horas mientras comíamos y rememoramos en mi casa ya llena de gente. Entre conversaciones en bares paseábamos por la ciudad, hablando sin parar como si no hubiese pasado tiempo desde que estábamos haciendo tartas de barro y corriendo por los prados detrás de nuestras casas durante los 2000.

He tenido el gusto de hacer muchos amigos en todo tipo de situaciones y de todos lados del mundo durante mis años, pero ahora me doy cuenta de que Eleanor y yo tenemos la muchísima suerte de seguir contando con Jemma y Lucy como amigas cercana. Con ellas podemos reírnos hasta llorar y ver y rever la película de Pippi Calzaslargas por enésima vez desde que la descubrimos en un VHS medio roto en el salón de los Smith.

Retomar este contacto cercano con mis viejas amigas fue la tónica que necesitaba al llegar al fin del verano del año pasado. Aunque no tenía cómo saberlo en aquel momento, su visita marcó un alto absoluto antes del bajón que estaba por venir. Pero esa historia la dejaré para la siguiente entrada de blog.

Para evitar cerrar de manera negativa este viaje celebratorio, me gustaría extenderles las gracias a Jemma, Lucy y Eleanor por venirme a ver y por su amistad, amor y apoyo. No veáis las ganas que tengo de teneros de vuelta y también me muero por veros en Inglaterra.

Búfalo y Toronto

31.08.24 — Búfalo

Búfalo y Toronto

31.08.24 — Búfalo

Mi visita a Búfalo empezó con un viaje de ocho horas desde Nueva York, durante el cual Kevin se puso al volante y yo me puse a entretenerle con una buena conversación. La chapa que le metí estuvo impulsada por una barrita de chocolate que compré en una gasolinera casi abandonada y que resultó contener una cantidad inquietante de colorantes fluorescentes. Así, arranqué la visita a la casa de Kevin y James como pretendía seguirla: hablando sin parar con mi amiga, la Kevin.

Una vez en Búfalo, concluimos que yo ya había visto y hecho casi todo lo que había por ver y hacer durante mi primera visita, así que el plan resultó ser bastante tranquilo. Salía a pasear, fui a visitar el instituto donde trabaja James como profesor y acabé comprando una cantidad obscena de azucarillos bañados en chocolate en una tienda pintoresca del centro de la ciudad.

Un momento destacado del viaje fue una excursión a Six Flags Darien Lake, un parque de atracciones al que fui con James mientras Kevin trabajaba. A priori, mi objetivo era subirme a todas las montañas rusas nuevas que pudiera, pero también resultó ser una oportunidad preciosa de pasar tiempo hablando con James sin que estuviera Kevin. A Kevin le adoro profundamente, pero sí que es verdad que cuando él y yo nos ponemos a hablar, nos quedamos absortos en nuestro propio mundo de conversación.

Pero hablar sí que acabamos hablando Kevin y yo cuando él me dejó frente al hotel de Toronto en el que pasaría los últimos días de mis vacaciones. Kevin y yo ya habíamos visitado la ciudad canadiense al hacer una pequeña excursión hace unos años, pero esta vez tuve la oportunidad de explorar un poco más, y lo que encontré me gustó mucho.

Desde sus callejones llenos de grafiti hasta la deliciosa comida callejera que se encuentra en sus mercados, Toronto me ofrecía mucho más de lo que jamás me había imaginado. Al explorar la universidad de día y pasear por las orillas del lago de noche, descubrí que la ciudad me recuerda a una versión más europea de Nueva York. Me pareció un sitio que combina lo mejor de estos dos continentes en una oferta vibrante y caótica que me agradó mucho.

Durante estos últimos días del viaje, me enamoré un poco de Toronto, aunque la ciudad intentase matarme. Pasé la última noche entre burbujas al bañarme en el hotel, pero la bañera era honda y el suelo bastante resbaladizo. Te puedes imaginar el circo…