Como habrás visto durante las últimas semanas, he publicado unas cuántas entradas de blog que documentan mi viaje por Japón. Aunque mi estancia en el país se limitó a tan solo quince días, he acabado con un total de siete entradas que cuentan los momentos destacados, así que las he vinculado todas a continuación.
Tokio
Un drama importante me da la bienvenida a Japón gracias a mi pasaporte. Exploro la capital nipona con un viaje a la torre más alta del mundo, una exhibición artística interactiva y paseos por los barrios fascinantes de la ciudad más grande del mundo.
Inés y yo nos acercamos a la ciudad en la cual lleva un tiempo viviendo. Exploramos el centro y pasamos un día de desfile tanto en las calles como en el río.
Inés, Joob y yo pasamos un día en una ciudad famosa por estar llena de ciervos. Interactuamos con ellos, comemos y exploramos las zonas antiguas de la ciudad.
Como siempre, puedes navegar al inicio del viaje y darle a “Próxima entrada” en el pie de cada página para leer todo del principio al final. ¡Espero que os guste!
Después de salir de Osaka dos días seguidos, tocaba que me quedara en la ciudad para disfrutar mis últimos días en Japón. Las dos excursiones a Hiroshima y luego a Nara me habían dejado algo cansado, así que no me corría prisa levantarme el día siguiente.
Eventualmente bajé a la calle y me reuní con Inés para comer. Fuimos a un restaurante de sushi en el cual se preparaba todo en el momento y se nos enviaban los platos a través de unas cintas transportadoras. Luego fuimos de compras un rato y me compré unas prendas nuevas en Uniqlo y después me hubiera comprado la mitad de la tienda en Muji si me hubieran dejado…
Las calles de Osaka son la definición del ruido visual.
Sin que nos diéramos cuenta eran las 6pm, por lo cual me encontré corriendo por la ciudad buscando una oficina de correos que estuviera abierta. Al final encontramos una, pero nos quedamos confundidos al ver la multitud de señales y la manera rara en la que operaba la oficina. El que nos atendió era un amor, así que en nada ya tenía mis postales enviadas y fuimos a hacer el siguiente recado en mi listado: pillar un test de antígenos.
Inés buscó una farmacia y llegamos a la ubicación para descubrir que el edificio había sido derrumbado y se había convertido en un parking: ¡menuda suerte la nuestra! Luego buscamos otra y nos acercamos para descubrir que – y no te tomo el pelo – ese edificio también había sido demolido y ahora era un parking. ¡Que casualidad!
Eventualmente conseguimos un test, pero correr por la ciudad nos había dejado con hambre así que buscamos un sitio en donde cenar para ponerle lazo al día. Ya que no había tenido la oportunidad de probar una delicia local durante mis primeros días en Osaka, Inés me llevó a su sitio favorito y nos incorporamos en una cola larga y lenta que se dirigía hacia un sótano.
Lo que cenamos se llama okonomiyaki. Es un plato local hecho con tortitas, huevo, repollo y todo tipo de ingredientes misteriosos y maravillosos. Estas especies de tortilla se nos sirvieron directamente a una plancha incorporada en la mesa. Entre los dos compartimos las dos variedades que habíamos pedido: ¡las dos buenísimas!
Tras despedirme de Inés pasé lo que quedaba de la tarde en un onsen. Este local contaba con una zona exterior en la cual pude tumbarme en unas tumbonas sumergidas y mirar el cielo. Aunque no era tan bonito como los de Arima, sigo insistiendo que estas piscinas nudistas son lo mejor de Japón y algo que habrá que introducir a España y al Reino Unido…
El día siguiente salimos a comer más platos locales, esta vez en la forma de otro plato de ramen. Con ganas de repetir la cena deliciosa que tuve en Kioto, me reuní con Inés y Joab para visitar un sitio que Inés decía que era el mejor.
Nos tocó volver a esperar, esta vez bajo el calor del sol. Esto no supuso un problema, sin embargo, ya que había comprado unas toallitas húmedas de mentol. Este invento maravilloso me mantenía fresco a pesar del calor y la humedad. Por eso me compré muchas antes de volver a España…
La comida fue una pasada. Consistió de un ramen riquísimo de cerdo acompañado por un cuenco de carne con arroz y huevo. Otra ves estaba en la gloria: la comida de Japón es de otro nivel.
Desde el restaurante los tres nos acercamos a la casa de Yuki, la madre de la pareja de Inés. Paramos por el camino en una floristería local para recoger una rama de flores a modo de regalo. Desde allí subimos a la decimocuarta planta de un edificio azul bonito.
Resulta que Yuki había vivido en Madrid durante unos cuantos años así que me quedé sorprendido al encontrarme conversando en español. Traducía lo que podía para Joob y nos echamos unas risas, contando historias y anécdotas toda la tarde. Fue un placer conocerle a Yuki y pasar tiempo dentro de una casa japonesa.
Aquí estamos Yuki, Inés, Joob y yo.
Yuki había comprado una serie de pasteles que fueron muy bien recibidos por nosotros mientras pasamos la tarde hablando. Yo había traído uno de sus quesos preferidos de España a modo de regalo, pero a Inés se le había olvidado comentar que íbamos a la casa de Yuki directo desde el restaurante, así que la pobre tuvo que llevárselo más tarde.
Luego tuve que volver a mi hotel y hacer la maleta para volar el día siguiente. Con casi todo metido en la maleta, cogí mis yenes restantes y bajé a un par de supermercados para cargar el espacio libre de la maleta con picoteo japonés. Todo eso luego lo repartiría en España a modo de souvenirs. Bueno, casi todo, había unas cuantas habas de chocolate para mí…
Con mi dinero gastado y la maleta cerrada, bajé al metro una última vez para reunirme con Joob e Inés a pasar la tarde. Habíamos quedado en la casa compartida en la que vivió Inés durante la mayoría de su estancia en Japón. La idea era volvernos a ver con sus amigos que habían estado en la cabina durante nuestra noche de karaoke.
Era bastante tarde así que el metro estaba casi vacío.
Al final llegamos algo tarde al barrio y a Inés le quedaba aún envolver una serie de regalos de cerámica que había fabricada ella misma. Nos sentamos en un muro debajo de un paso elevado y le echamos una mano mientras conversábamos. Fue una manera rara pero bonita de acabar mi estancia en Japón: en un barrio tranquilo en las afueras de Osaka, pateando una pelota por una calle vacía debajo de una autopista.
El sábado tuve que madrugar para coger el tren al aeropuerto. Menos mal que Inés me preguntó el día anterior desde cúal aeropuerto iba a volar yo. ¡Hubiera ido en el sentido equivocado y al aeropuerto equivocado si no!
Resulta que el bueno era Kansai International, un aeropuerto construido sobre una isla artificial en medio de la bahía de Osaka. Fue un espectáculo a contemplar, aunque es verdad que las vistas desde el tren se fastidiaban por las vallas altas que bordaban las vías.
Al llegar tuve que esperar a facturar la maleta un buen rato en llegadas porque había llegado demasiado pronto. Esta fue una decisión consiente ya que volaba con mi documento de viaje de emergencia (para saber más sobre esa saga échale un ojo a lo que pasó cuando aterricé en Tokio) y no sabía si habría más jaleo. Al final todo fue muy fácil y en nada me encontré sentado en el avión, haciendo un transbordo rápido en Shanghái y luego sufriendo un poco durante el vuelo más largo que he hecho en mi vida: ¡14 horas de Shanghái a Madrid!
Después de un día ajetreado en Hiroshima, una vez más madrugo para salir de Osaka y aprovechar de mi último día de validez en mi abono de tren. Esta vez no iba solo, ya que se apuntaron a la excursión Inés y su amiga Joob.
Pues me perdí nada más llegar a la estación de tren de Namba, pero una vez conseguí algo de cobertura en el móvil pude encontrar el andén correcto y buscarlas a las dos. Desde allí nos subimos al tren con destino a Nara, una ciudad conocida por los ciervos (mayormente) amables que andan libremente por su centro.
Había pensado que hacía calor durante mi excursión a Hiroshima, pero madre mía que bochorno había al bajarnos del tren en Nara. Cogimos un bus fresco hasta el Parque de Nara, un espacio abierto que se encuentra lleno de ciervos. No teníamos tiempo para parar y observar, sin embargo, porque andábamos con mucho hambre. Inés había buscado un restaurante que tenía buena pinta así que la seguimos hasta la chincheta que tenía en su mapa.
Resultó estar cerrado el restaurante por una boda, así que cruzamos un puente y nos topamos con otro restaurante que también estaba chapado. Eventualmente nos topamos con una pequeña cafetería que ofrecía unos platos de curry para comer. Ahora tan sudados como andábamos hambrientos, nos descalzamos según es costumbre y nos metimos dentro.
El local era tan bonito como la presentación de la comida.
El interior consistía en una serie de salas de madera con mesas bajas y cojines para que nos sentáramos en el suelo, algo que me tenía con dolor de espalda hasta que Inés me enseñó la postura correcta a adoptar. La comida se sirvió con una presentación igual de bonita que la decoración. Al final supo igual de bien que lucía. ¡Menudo descubrimiento de sitio!
Desde este restaurante volvimos a cruzar el puente, parando para apreciar el paisaje espectacular ahora que no nos encontramos pensando solamente en la comida. El puente nos llevó al parque, donde compramos unos helados para refrescarnos y echamos un rato viendo los ciervos pasear por el césped.
Esta señora se quedó así de tranquila en medio de la calle.
Desde allí nos acercamos a Tōdai-ji, un templo que Inés había identificado como un sitio a visitar mientras andábamos por Nara. Dentro de las puertas imponentes nos encontramos rodeados por muchos turistas y aún más ciervos. Evitando chocarnos contra uno de estos animales graciosos, nos dirigimos hasta el edificio impresionante principal del complejo.
Estos bichos iban caminando tranquilamente por todos lados.
Dentro del santuario nos encontramos frente a una estatua enorme en bronce de Buda. Caminando alrededor del monumento, aprendimos sobre la historia de las varias iteraciones del templo y las costumbres asociadas con él. ¡Menuda paciencia tenían para reconstruir el complejo multiples veces tras incendios y terremotos! Pero eso sí, los modelos que recreaban cada versión del diseño supusieron una mirada atrás muy interesante al legado arquitectónico de Japón.
Después de sacarnos unas fotos (salimos un poco regular por el calor así que no las subiré aquí), salimos del templo en busca de un sitio para sentarnos y beber algo. Refugiándonos en una cafetería, miramos los turistas alimentar a los ciervos en la plaza de abajo y decidimos que haríamos la mismo al volver al exterior. Pero antes, queríamos quedarnos un buen rato bajo el aire acondicionado…
Compramos unas tortitas de arroz al salir de la cafetería y nos acercamos al césped y al grupo de ciervos. Tras fijarme bien en lo que hacían los demás, sabía que gestos había que hacer y que debería seguir la siguiente rutina:
Hacer una reverencia al ciervo
El ciervo luego te hace una reverencia de vuelta
Darle una tortita al ciervo
Enseñarle al ciervo las palmas vacías de tu mano para indicar que ya no quedaba comida
Este último paso no me funcionaba tan bien, sin embargo. Será que había migas en mi bolsa o en mi persona, porque en nada me encontraba siendo perseguido por un par de personajes muy insistentes. Era gracioso al final y eventualmente se juntaron con el resto de los ciervos a sentarse en el parque después de un día largo de comer de las manos de los turistas. Realmente la ciudad es de ellos, son ellos los que nos dejan visitar.
Eventualmente salimos del parque y volvimos al centro urbano de Nara para cenar un plato típico de la zona: anguila a la parrilla, que resultó estar muy rica. De camino al restaurante, nos tenían entretenidos los ciervos. Hacían actividades humanas como esperar en cruces de cebra, seguirse en fila y hacer reverencias a gente que pasaba cerca para ver si alguien les dejaría unas tortitas de arroz. Están obsesionados, cosa que yo no entiendo porque probé una tortita y sabía a cartón…
Mientras nuestro tren iba pitando por el campo de camino al centro de Osaka, me quedé reflexionado sobre la maravilla de sitio en el que había estado. A pesar del calor – un constante durante mi viaje por Japón – visitar Nara había sido como pasar a otra realidad en la que los humanos y los animales están en una misma jerarquía. Fue una verdadera pasada: la única contra fue que teníamos que quitarnos la caca de las zapatillas al irnos. ¡Ningún guía menciona este dato!
Aquí estamos Inés y yo quitándonos la caca de las suelas.
Después de tan solo un día y medio en Osaka, me tocó levantarme pronto y salir del hotel para aprovechar de los dos días que me quedaban del Japan Rail Pass. Este era el abono que usé para viajar por todo el país en sus famosos trenes bala. Aunque llegué a la estación de tren a las 10:30am, de alguna manera conseguí perderme el tren y por eso acabé llegando en Hiroshima sobre las 2pm, la hora más calurosa del día.
Seguro que al escuchar «Hiroshima» se os producen imágenes de una ciudad antigua y devastada por la bomba, pero saliendo de la estación de tren vi que se parecía mucho a las otras ciudades japonesas que había visitado durante mi viaje. Supongo que se debe a la bomba misma: todo se tuvo que reconstruir después del bombardeo y por eso ahora es una metrópolis moderna.
Para mí, Hiroshima había sido hasta ese momento tan solo el nombre de una tragedia. Era hora de ponerle cara a la ciudad.
Aunque me hubiera gustado ver las otras partes de la ciudad, las altas temperaturas y el tiempo limitado que tenía durante mi excursión de un día hicieron que me enfocase en lo que la hace única: el Parque Memorial de la Paz. Para llegar hasta allí, descarté rápidamente la idea de caminar por el calor húmedo y me subí a un autobús que me llevó sobre el río y hasta ese lugar histórico.
Bajando del autobús, empecé a caminar por el parque, que está ubicado cerca del epicentro de la explosión y en una zona en donde antes se encontraba el centro de la antigua ciudad. Me topé con una estructura pequeña por el camino así que entré, que fue cuando descubrí que contenía una excavación arqueológica que había hallado el suelo quemado de una casa destrozada. Estos restos me impactaron mucho más que los varios monumentos y placas informativas que salpican el parque, una sensación que se amplificó aún más ya que me encontraba completamente solo dentro del edificio. Fue la primera vez que me encontré enfrentado por la realidad de lo que pasó en Hiroshima en 1945 y me hizo reflejar sobre los horrores de la guerra.
El próximo momento impactante vino al llegar al famoso Monumento de la Paz. Este consiste en los restos de un antiguo centro de exhibiciones que que bombardeó pero milagrosamente se encuentro aún de pie. Siendo el único edificio que no se derrumbó al explotar la bomba nuclear en el cielo sobre la ciudad, supuso un espectáculo inquietante, pero supongo que así es la mejor manera de visualizar el poder destructivo de este tipo de armas. Imaginarme un paisaje en el cual se encontraba este edificio completamente solo se me hizo muy extraño, aún más dado que ahora los rascacielos y carreteras de la ciudad moderna rodean el Parque Memorial por todos lados.
El Monumento de la Paz es envocador e impactante, como debe ser.
Luego visité algún momento más en el Parque Memorial, entre ellos la Campana de la Paz, que la tañí según las instrucciones en una placa a su lado. Entonces crucé un puente en busca del siguiente sitio que quería visitar, parando un momento en un Family Mart para recuperarme bajo su aire acondicionado y pillar un helado y una bebida para refrescarme un poco.
Esta ruta me llevó sobre otro cuerpo de agua y hasta el ninomaru del Castillo Hiroshima. Esta fortificación parece ser muy antigua, pero realmente es una recreación exacta ya que la original se derrumbó durante el bombardeo. Pasando por la puerta de la estructura y a una isa artificial, empecé a explorar sus jardines bonitos. Al dirigirme hacia el norte, eventualmente llegué al castillo en sí, otra reconstrucción del original.
Al salir, vi lo que parecía ser los restos de un búnker en las afueras del santuario Hiroshima Gokoku. Al acercarme a las paredes de hormigón, un señor mayor se me acercó y empezó a hablarme en japonés. Viendo la confusión en mi cara, me repitió la palabra “búnker” e hizo un gesto para que le siguiese. Me sorprendí al verle apretujarse por una entrada estrecha y hasta el interior de la estructura. Repitió su gesto para indicarme que hiciera lo mismo, cosa que me sentía obligado a hacer, así que ahí me metí.
Por dentro, el espacio se había reclamado por la naturaleza, pero aún se veía aperturas en el hormigón a los que hacía gestos el señor mientras me explicaba no sé qué cosa en japonés. Aunque no entendía nada, apreciaba mucho sus ganas de enseñarme el búnker: no me hubiera metido si no fuera por él. Tras unos minutos, volvimos a la luz del día y recité mis frases más respetuosas en japonés para darle las gracias mientras le hice una reverencia.
Desde allí, salí del complejo del Castillo Hiroshima e hice una parada rápida en el Gran Torii, una puerta japonesa conocida por aguantar el estallido de la bomba atómica. Me dirigí haste el este y a los Jardines de Shukkeien, un lugar tranquilo para ponerle fin a un día ajetreado por la ciudad.
Los jardines estaban salpicados por una selección de sitios bonitos, entre ellos un puente de piedras, estanques llenos de carpas koi, todo tipo de árbol y plantas y hasta una estructura pequeña de madera en las orillas del agua. Me descalcé según indicado y me senté bajo la sombra de este pequeño edificio, descansando mi cuerpo y mente mientras la tarde pasó a ser la noche.
No había mejor sitio para descansar tras un día de pie.
Ya cansado después de mi excursión, me levanté, salí del jardín y me subí a un autobús de vuelta a la estación de tren. Ahí pillé algo para cenar y esperé al siguiente tren bala a Osaka, donde Inés tenía una última sorpresa antes de que acabara el día: ¡tocaba ir de karaoke!
Tras una ducha rápida en el hotel para refrescarme y revivirme un poco, me acerqué al sur de Osaka y a un karaoke donde había reservado una sala con sus amigos. Andaba cansado, pero me flipa el karaoke, así que no podía irme de la cuna del mismo, Japón, sin echarme un rato cantando mal.
Pagué la entrada, me puse una bebida rara que parecía leche y entré en la sala 19, donde Inés me presentó a sus amigos y antiguos compañeros de casa. Luego cantamos unos temazos clásicos de Europea y observamos mientras los demás cantaban una variedad de canciones de todo el mundo y en muchos distintos diisomas. Hubo canciones en japonés, chino, coreano, alemán, inglés y hasta en español. ¡Hubiera sido una falta de respeto no haber cantado Aserejé y la Macarena para todo el mundo!
Ya completamente agotado y con la hora del cierre del metro cada vez más cerca, Inés y yo nos despedimos y volvimos a nuestros hoteles respectivos. Había sido un día loco de momentos sobrios y luego hilaridad absoluta, así que sin duda tocaba descansar antes del día siguiente. Había un plan para ese día que nos vería volver a salir de Osaka en otra excursión, pero eso ya lo tendré que contar en mi siguiente entrada de blog…
El tren de Arima nos llevó a Inés y a mí a Osaka, la ciudad en la que ella lleva viviendo un buen rato y dónde yo iba a pasar los últimos de mis días en Japón. Después de hacer transbordo al metro de la cuidad, me despedí de Inés al bajarme en la parada de mi hotel.
La habitación que me pusieron estaba situada en la primera planta de habitaciones justo encima de la recepción, lo cual hizo que la llegada fuera fácil, pero al entrar en ella vi que el cristal de la ventana estaba difuminado por privacidad. Esto me hizo sentirme algo claustrofóbico, así que pregunté si había otra habitación en una planta más alta que tuviera una ventana transparente. Por suerte sí que hubo, así que me enviaron a la planta 13, ¡la última de todas!
Tras deshacer la maleta, echarme la siesta y ducharme, salí para volverme a reunir con Inés y para buscar algo de cena durante un paseo nocturno por la ciudad. Inés quería llevarme a un restaurante en particular, pero por más que buscásemos no éramos capaces de encontrarlo. Las vueltas que dimos buscándolo nos llevaron a describir unos callejones preciosos y hasta un santuario en medio de una plaza, pero como había bastante hambre, encontrar un sitio para cenar era prioridad número uno.
Eventualmente descubrimos que no podíamos ubicarlo porque estaba cerrado por vacaciones y por lo tanto faltaban las luces brillantes y los paneles con la carta que de normal se encontrarían tapando toda la fachada. Preparada como siempre, Inés me llevó a un sitio que tenía fichado como opción de respaldo, pero para entrar en este segundo lugar había una cola importante y ya era bastante tarde.
Al final nos conformamos con un ramen. El plato estuvo rico pero no tenía nada que ver con el ramen de otro mundo que yo había probado en Kioto. Hizo lo que tenía que hacer, sin embargo, quitándonos el hambre para que pudiéramos volver a pisar las calles y explorar Osaka de noche.
La ocupada vía principal de Namba me recordó un poco a Tokio.
La mayoría de nuestra tarde la pasamos por el río, una zona bonita llena de linternas, bares, puestos, tiendas y el amientillo de los que habían salido a pasar unas horas. Sorprendidos por la cantidad de gente que había (siendo aquel día un martes), eventualmente encontramos una mesa y nos sentamos a bebernos un refresco de uva y bailar un poco a la música que el dueño del puesto tenía puesta en su altavoz.
La siguiente mañana desayuné en el hotel y luego bajé al metro, donde pude meterme en precisamente el mismo tren y coche en el que ya andaba Inés. Esto fue gracias a la señalética extensa y la organización minuciosa de los ferrocarriles japoneses y los datos correspondientemente detallados que te facilita Google Maps allí.
Reunidos, nos acercamos a otro barrio de la ciudad para ver el Tenjin Matsuri, un festival que toma lugar cada julio. Durante estas celebraciones, las calles se llenan de procesiones que acaban convirtiéndose en un desfile de barcos que pasan por el río por la tarde.
Esta foro parece que la saqué hace 30 años.
Al encontrar la zona por la cual pasaría el desfile, buscamos un bar para tomar algo puesto que ya andábamos cansados y sedientos por el calor opresivo del día. No nos convencía un bar que encontramos apestando a humo, pero tampoco nos apetecía seguir dando vueltas así que nos plantamos en unos taburetes giratorios de madera en la barra y pedimos algo.
Pronto descubrimos que la dueña del bar era la más. Nos puso unos zumos recién exprimidos y nos ofreció unos sándwiches, cosa que no podíamos rechazar ya que también teníamos hambre. Nos preguntó de dónde éramos y le dijo a Inés que era muy guapa, un cumplido que lo siguió con un regalo para Inés en la forma de una vestido tradicional. Fue un gesto muy bonito y había sonrisas por todo el bar hasta que se oyeron los golpes de unos tambores.
Resulta que sin darnos cuenta nos habíamos metido en un bar que se encontraba justo en la misma calle de la ruta del desfile. Todo el bar (la dueña incluida) salió a la calle para unirse a la multitud en la acera y ver el festival pasar. Hubo una mezcla impresionante de distintas carrozas y grupos de gente de todas las edades.
Me empecé a preguntar como estaban aguantando el calor…
Un grupo que hubo en el desfile era de unos jovenes que pasaban agitando unas cabezas de león, una escena que era bastante graciosa hasta que uno de ellos se la quitó y se tiró al suelo. Quedaba claro que estaba sufriendo por el calor, así que de la nada aparecieron muchas personas con abanicos, ventiladores, agua y más. Unos médicos llegaron y lo llevaron al interior del bar, donde Inés y yo nos turnamos para echar una mano con abanicarle mientras le quitaron las infinitas vueltas de faja que le envolvían. ¡Normal que lo estuviera pasando mal!
Al final se estabilizó justo al llegar unos médicos de la ambulancia para llevarlo con ellos. Poco tiempo después también nos fuimos, siguiendo a la aglomeración mientras se movía por las calles. Tuvimos que navegar entre toda esta gente y los puestos de comida callejera para llegar a las orillas del río.
Vimos unos barcos pasar con su música y bailarines, pero el calor empezó a pegarnos a nosotros también así que nos fuimos a buscar un sitio algo más tranquilo. Cruzamos un puente que estaba petado de gente, donde intentamos sacar unas fotos sobre el agua hasta que nos riñeron por detenernos. Al volver a tierra firma encontramos una estación de metro y por ende unos baños que habíamos estado buscando durante un buen rato.
Después de usar el baño y comernos un poco de comida del Family Mart, volvimos al río para buscar un sitio desde donde ver los fuegos artificiales que marcan el final del festival.
Allí disfrutamos de un espectáculo visual, con unos cuantos barcos pasando acompañados por música y danza. Toda esta escena estuvo marcada por una secuencia de fuegos artificiales que iluminó el cielo y creó un ambiente eléctrico que parecía que toda la ciudad había salido a experimentar.
Cuando nuestros pies ya no podían más, volvimos al centro en el metro y nos metimos en un bar para tomarnos algo y ponerle fin a un loco primer día pasado en Osaka. Claramente no iba a ser el único día que iba a pasar allí, pero al acostarme esa noche ya tenía un plan para el siguiente día que me vería irme de excursión para poder explorar más de las ciudades fantásticas que tiene Japón.
¿A dónde iba? Pues eso tendrá que esperar a la siguiente entrada de blog…