Montreal

26.08.22 — Montreal

Hola, ¡estoy de vuelta!

Ha sido más que un mes desde la ultima vez que publiqué, pero tengo una razón válida: ¡he cruzado el charco a pasar cuatro semanas de vacaciones por las Américas! Esta aventura me llevó por Canadá y los EEUU haciendo tantas cosas que voy a tener que dividir el viaje en doce entradas de blog o así.

Pero basta ya con la introducción: toca prepararse, porque aquí va la primera de esa docena de entradas…


El viaje empezó al despedirme de mis dos plantas, rezando que el dispositivo de riego automático funcionara y que las sostuviera viva durante un mes entero. Me acerqué a la estación de tren con mi maleta y mochila y me subí al tren con destino al aeropuerto. Fue allí que acontecieron los primeros dos dramas del viaje.

El primer lugar, un tío en la cola de facturación me preguntó cuánto llevaba residiendo en España. Entré en pánico, pensando que era por algún tema de la residencia, ¡pero resulta que solo quería felicitarme por el nivel de español!

Sufrí el segundo susto cuando me preguntaron qué tipo de pilas llevaban los dispositivos que tenía en mi maleta y no lo sabía. Este despiste luego me tenía quitando y reponiendo la mitad de mi maleta en frente del mostrador para buscar los dispositivos en cuestión.

Luego el resto del viaje fue sin problema, con la sorpresa bonita de la inclusión de una comida que hasta incluyó una copita de vino tinto. ¡Llevo tantos años volando con Ryanair que ya me sorprende que la más mínima cosa se te dé sin coste adicional! El vino mejoró bastante el viaje y en nada me encontré en Canadá para mi primera visita al país.

Fue mi primera vez en Canadá y la primera vez que había visitado a Megan tras tantos años de decir que iría.

Las cosas empezaron algo regular al negar a funcionar los formularios de inmigración que había preparado para entrar en Canadá. Después de eso, mi maleta tardó la vida en aparecer en la cinta de recogida, pero sí que es verdad que la vi el mismo momento que salió gracias a su color de azul claro. Salí pitando para buscar a mi guía para la primera fase de mi aventura americana: ¡Megan!

La última vez que vi a Megan fue cuando me vino a visitar en el 2019 junto con Loredana y Heidi. Los cuatro nos conocimos en Madrid pero siempre había dicho que iba a visitar a las tres: visité a Heidi en los años 2018 y 2022 y luego a Loredana justo el año pasado. Megan es del estado de Vermont en EEUU, así que este viaje siempre iba a ser más complicado, ¡pero ya tocó que nos reuniéramos!

Megan me recibió en llegados con un globo que ponía “felicidades” en francés (resulta que no había globos que pusieran “bienvenido”.) Los dos fuimos emocionados a buscar su coche y acercarnos al centro de la ciudad. Encontramos nuestro hotel, dejamos las maletas en la habitación y nos preparamos para pasar la tarde en la ciudad.

Pasado poco tiempo nos topamos con un festival de comedia organizado por Just For Laughs, una serie canadiense que veía de pequeño. ¡Jamás me imaginaba que me volvería a encontrar con ellos! Nos echamos unas risas mientras los comidos pasaban por la calle y buscábamos un sitio para tomar algo. Una vez sentados, el desfile continuó y probamos unas cervezas artesanales locales.

Decidimos que ya que estuvimos en Canadá que queríamos probar un plato de poutine, así que pedimos una ración. El camarero nos informó que la cocina estaba cerrada gracias a un error en el sistema de la alarma de incendio que había causado que la cocina se inundara con espuma. Le preguntamos por el mejor sitio cercano para cenarlo, y nos mandó a otro bar en el otro lado de la calle para que probáramos su oferta de las patatas fritas con queso y jugo de carne.

Después de nuestra cena muy canadiense volvimos al bar anterior, donde nos tomamos media pinta y charlamos un rato con el camarero antes de volver al hotel para acostarnos algo temprano. ¡Andaba bastante cansado después del viaje!

Al final dormí fatal gracias al desfase horario, pero el hecho de madrugar (aunque no quisiera) hizo que Megan y yo pudiéramos salir a hacer algo antes de desayunar. Queríamos subirnos a la cima de parque para ver las vistas sobre la ciudad, pero el viaje allí fue en vano porque estaba cortada la carretera. Los dos chicos que estaban vigilando la barricada nos surgieron que subiéramos andando, una sugerencia que nos hizo reír a los dos en unísono.

Por lo menos pudimos ver unas casas y zonas bonitas por el camino.

Volvimos al hotel para aprovechar del desayuno libre, después del cual nos subimos al coche de nuevo para bajar al Puerto Viejo, una de las zonas más antiguas de la ciudad. Dimos una vuelta por allí mientras empezaron a aparecer las nubes, tomando un café y un cruasán de chocolate en un sitio que descubrió Megan.

En esa misma cafetería pillamos un pan que llevaba aceitunas enteras dentro de la masa y decidimos que lo podríamos comer en el coche más tarde. Sacamos unas fotos de la zona, bajamos al agua y luego volvimos al coche y al hotel para hacer la maleta e irnos de Montreal.

Que mi gorro no os engañe, hacía un calor importante.

Una vez de vuelta al coche, empezamos el viaje de Montreal para salir de Canadá: era hora de cruzar la frontera y entrar en los EEUU. Nos despedimos de una cuidad que nos había acogido por menos que 24 horas y nos dirigimos al sur y a un control fronterizo pequeño. El control estaba en una carretera pequeña y solo consistía en una cabaña pequeña y un cono en el asfalto pero me tenían allí un buen rato mientras me preguntaron bastantes cosas y recopilaron mis datos.

Estuve muy aliviado cuando me dejaron pasar y me reuní con Megan, ¡ahora en los Estados Unidos! El resto del viaje nos llevó por una colección de pueblos pequeños y rurales en los cuales el tricolor rojo y blanco de Canadá se vio sustituido por la bandera estrellada estadounidense.

Bueno, eso sería todo por ahora. Estáte al loro para leer mi siguiente entrada, ¡en la cual contaré historias del siguiente destino de mi aventura americana!

El caloret

08.08.22 — Madrid

Ahora en España tras un rato corto en Inglaterra para la boda de Jess y Adam, el calor ha empezado a molestar un poco. Pero da igual, ¡ya que siempre hay planes veraniegos por hacer y métodos innovadores de refrescarse por probar!

Un finde bajé a la casa de Luis para ir a la finca de su familia. Nos llevamos nuestros bañadores, unas cervezas y una caja de dulces que me había llevado de Estambul. ¡Como me encantaron!

Una tarde dominguera pasada en la piscina fue buen plan.

Tras comer fuera por el camino, los dos luego pasamos la tarde entera descansado por la piscina. Hablamos, escuchamos algo de música y luego tuvimos que montar un centro médico espontáneo al pisar yo un nido de avispas. ¡Resulta que la picadura de una avispa duele más que las de abeja que sufría de pequeño!

De vuelta a la ciudad, también había quedado una tarde con Napo, que llevaba un buen rato sin verle. Quedamos en Lavapiés, uno de mis barrios favoritos de Madrid. El paseo hasta el bar que habíamos elegido fue bonito: el día soleado pero fresco proveía unas vistas bonitas por el camino.

Esta calle es de mis favoritas, me recuerda a las de Lisboa.

Para empezar tomamos unas cañas en un bar viejo, sentándonos en la barra para ponernos al día. Pasamos tanto tiempo hablando que no nos dimos cuenta de que nuestro restaurante favorito, NAP, ¡ya estaba abierto! Al final logramos pillar una mesa y pasamos la noche charlando con una cena italiana deliciosa.

El melanzane alla parmigiana tiene que ser mi plato favorito.

Al acabar la noche volvimos hacia mi casa en pie, aprovechando el frescor nocturno y el paseo hacia abajo que lleva a mi barrio. Una vez en casa me acosté temprano para prepararme para lo que me esperaba durante la siguiente semana de calor…

La boda de Jess y Adam

01.08.22 — Burnley

Tras tan solo un mes desde la última vez que estuve en RU, otra vez más me encontré en un avión de rumba a Inglaterra para asistir a un evento bastante importante: ¡la boda de Jess y Adam!

Conozco a Jess desde hace ya bastantes años, desde que trabajamos en un proyecto de drama en su momento y luego éramos compañeros en Burnley Youth Theatre durante un tiempo. Me llegó la invitación por correo el año pasado y desde entonces he estado comiéndome las uñas con las ganas de que llegara el día.

Después de volar de vuelta a Inglaterra con Danni, me acosté temprano ya que el día siguiente era la gran boda. Madrugué y me vestí con prisa para no llegar tarde a la boda: Amber me había dejado la instrucción bien clara de estar allí a la 1pm en punto.

Hice el esfuerzo para estar saliendo de casa en hora para llegar al sitio justo antes de las 1pm. Me despedí de mis padres y se fueron en coche mientras me acerqué al edificio para ojear dentro de la hacienda rural bonita.

Seguí las señales hasta la entrada a la hacienda, entrando en el espacio de la ceremonia en sí, resplandeciente con plantas, luces y unas visitas preciosas sobre el valle. No había nadie en ese espacio, así que me metí aun más para dentro hasta la zona de cenar y la barra, dos espacios que también se encontraban vacíos de gente.

Suponía que Amber me había dicho de estar allí media hora antes de los demás ya que me conoce y sabe que soy bastante tardón. Busqué a algún miembro del personal para preguntar dónde podía dejar mis cosas antes que que empezaran las celebraciones. Me encontré con una señora en un rincón de una sala y le informé que estaba para la boda de Jess y Adam, pero su respuesta me dejó sin palabras: ¡allí no había boda!

También mencionó el nombre de otro lugar, The Out Barn, que fue justo cuando me di cuanta de que no me estaba vacilando y que sí, me había acercado el sitio equivocado. Se me cundió el pánico en ese momento, ya que mis padres ya se habían ido y la señora me avisó que un taxi podría tardar unos 45 minutos en llegar.

Como bien te puedes imaginar, tenía una rabia conmigo mismo: había logrado ser puntual en llegar, ¡solo que había ido a un sitio que no era!

Tras mucho agobio y muchas llamadas frenéticas, mis padres volvieron a recogerme y me llevaron los breves 10 minutos en coche que se tardaron en llegar al sitio que sí que era. Llegué angustiado y media hora tarde, pero por lo menos tenía un cuento gracioso que contar. También resulta que Amber sí que me conoce bien: la ceremonia no empezaba hasta las 2pm.

Las vistas sobre el Valle de Ribble desde la hacienda eran preciosas gracias al día bonito que hacía.

Pasé media hora recontando mi historia dramática y poniéndome al día con unos viejos amigos que llevo sin ver desde que íbamos al instituto hace unos diez años, pero eventualmente nos llamaron a entrar en el espacio principal y nos sentamos para la ceremonia.

El día realmente fue una pasada, desde la ubicación pintoresco al tamaño íntimo del grupo de buenos amigos y nuevas caras que tuve el placer de conocer. Después de las lagrimas de la ceremonia principal, pillamos unas copas y empezó la comida, tras la cual pasamos una noche de cantar, bailar y celebrar ¡como solo lo sabemos hacer los que hemos trabajado en un teatro!

La boda fue una pasada desde el principio hasta el fin.

El día siguiente me dolía la cabeza y me encontraba con una falta pronunciada de energía – ¡algo que tenía que haber previsto! Esto se solucionó con un desayuno preparado por el padre de Jess, lo cual desayunamos todos juntos mientras recontábamos los mejores momentos de la noche anterior.

Tras recuperarme y acercarme a casa con una cuña enorme del pastel de la boda, descansé para recoger fuerzas tras tantos días de diversión con las mejores personas que conozco.

He de dar las gracias a Jess por invitarme a formar parte de su boda preciosa y me gustaría volver a felicitar a la pareja ahora que empiezan su nueva vida juntos. También he de agradecer a Amber por estar encima de mí y a mis padres por aguantar mi caos. ¡Ups!

Luego tuve que trabajar desde el RU durante una semana, pero al final se cortó gracias a un evento de un cliente que os contaré en otro momento. Pasé tres tardes en el tiempo sorprendentemente bueno de Inglaterra, así que disfruté al máximo del sol dando vueltas por mi pueblo con mis padres.

En vez de daros la brasa, os dejaré con estas fotografías bonitas que saqué por mi pueblo.

Y así se concluyeron cincos días cortos en Inglaterra. La verdad que me hubiera gustado quedarme un rato más para disfrutar del tiempo y la buena compañía, pero me tocaba ir a un evento laboral y realizar muchos otros planes que detallaré en breve.

Por ahora, me despido con esta foto de mí disfrutando el paisaje mientras finjo ser uno de los granjeros que tanto miedo me daba de pequeño. Nos echaban la bronca al encontrarnos jugando en sus pastos, seguramente con mucha razón. ¡Cómo vuela el tiempo!

Cuando era joven, ¡el rumor fue que el granjero tenía un arma!

Queen y otras aventuras musicales

23.07.22 — Madrid

Entre un par de viajes a Asturias y una semana en el Reino Unido, también he estado haciendo otras cositas aquí en Madrid. Al hojear mis fotos, me di cuenta que muchas tenían que ver con asuntos musicales, así que dichos asuntos quedan agrupados aquí en esta breve entrada de blog.

Mi primera aventura musical fue cuando Sara, Marta y yo fuimos a un club. En este sitio hay una serie de espectáculos y eventos especiales cada veinte minutos. Nos lo pasamos fenomenal, aunque el día siguiente tuvimos que quedar a tomar unos vermús y “equilibrar el pH”…

Otro momento bonito fue cuando Thuy vino a visitar España unos días. Naturalmente tuvimos que vernos para comer, así que pasamos un par de horas en un restaurante a dos manzanas de la oficina donde nos conocimos por primera vez en 2016. ¡Como vuela el tiempo!

También nos acercamos a la oficina para que cotilleara un poco…

Esa misma semana también tuve otra cita para cenar, esta vez con Kevin, James y Sara. Kevin y James iban a pasar una noche en Madrid antes de volver a los EEUU, así que quedamos en vernos y cenar en uno de mis sitios favoritos en la mismísima Gran Vía. Otra vez, pasamos la noche de risas y tapeo, recontando historias graciosas con unos gintonics bien cargados en la mano…

El Palacio de Cibeles se veía resplandeciente en el arco iris para el orgullo.

El siguiente evento musical fue cuando Danni vino a hacer una visita rápida. Aterrizó el jueves mientras yo salía del trabajo, pero ya a las 6:30pm estuvimos saliendo de la casa de camino al WiZink Centre. Llegamos al estadio enorme algo temprano y con muchísimas ganas de ver el concierto de una banda que me era muy importante en mi infancia: ¡Queen!

El concierto fue una pasada de diversión y alegría. Danni y yo salimos afónicos, hambrientos y – en mi caso – meándome vivo. Todo esto se solucionó con una vista al McDonalds, así que acabamos tomándonos unas patatas en un banco de la calle antes de volver a casa para estar en marcha el día siguiente.

Pasamos el día después del concierto vagando por las calles, comiendo por el centro y luego de terraceo por la tarde. Nuestro plan original era acercarnos a las fiestas del orgullo, pero acabamos hablando tanto que sin darnos cuenta ¡ya era medianoche!

El día siguiente fue un sábado y tuvimos que madrugar un poco para coger un vuelo juntos de vuelta a Inglaterra, ya que tenía que estar por mis tierras para otro evento bien emocionante – pero tendré que hablar de eso en la siguiente entrada de blog. ¡No doy abasto en publicarlas!

Os dejo con una anécdota que espero que os entretenga de la misma manera que a mí me agobió…

Hace poco mi madre me compró unas nuevas gafas de sol. Estas gafas eran unas buenas, después de años de llevar gafas baratas que luego las pedería o las rompería, o – como ha sido el caso durante el último año – gafas robadas sin querer de mi tía. ¡Un aplauso para ella por aguantar mi torpeza!

Hablando de la torpeza, ahora tenía en mi posesión unas gafas de sol caras (comparado a lo que valían las anteriores), así que la teoría fue que las cuidaría un poco más y que no las dejaría por allí / no me sentaría encima de ellas / no se me caerían cada cinco minutos. Dicha teoría se probó errónea cuando, al visitar Asturias, las dejé en la mesa del bar donde estuve despidiéndome de Kevin. Menos mal que las vio y me las guardó en su casa para que las recogiera la siguiente vez que subí quince días después.

Luego, tan solo dos días después, las volví a sacar para ir al restaurante donde cené con Kevin, James y Sara. Al salir, había aprendido la lección, así que no se dejaron en la mesa. El problema surgió cuando las metí en la cesta de la bici que usé para volver a casa – incluso al colocarlas allí se me ocurrió que había buena probabilidad de que se me olvidara sacarlas al llegar a casa.

A las dos de la madrugada me desperté para coger un vaso de agua, y por alguna razón algo en mi cabeza se encendió y de repente me acordé: ¡arg! ¡mis gafas de sol!

Bueno, te puedes imaginar que risas cuando yo, vestido en un pijama navideño que tenía en casa, fui corriendo por la calle y hasta la estación de bicis con la esperanza de que aun estarían allí las gafas. Al llegar y darme cuanta de no estaban ni las gafas ni la bici que había utilizado, se me cayó el alma. No había otra que volver a casa. Al volver a acostarme, mandé un email desesperado a BiciMAD (el servicio madrileño de bicicletas públicas) pidiendo que me las devolvieran si ocurriese lo improbable y se encontraran, citando el número de bici que había utilizado tras encontrarlo en mi historial de viajes en la aplicación.

Fue justo en ese momento que de repente se me ocurrió que quizá hubiera una manera de buscar la ubicación actual de la bici por su número, así que volví a la aplicación a ver si podría conseguirla – ¡y la conseguí!

Ya sabes lo siguiente que pasó – me volví a poner el pijama y una vez más estuve corriendo hacia a la misma estación de bicis. Pero esta vez no buscaba nada, ¡fue para coger una bici! Pillé la primera que funcionaba y allí fui echando leches por las calles vacías de Madrid a las tres de la madrugada en mi pijama navideño.

Al llegar a la estación en la que estaba anclada la bici que había usado la noche anterior, encontré la bici en cuestión y – por milagro – ¡las gafas aún estaban en la cesta!

La frustración de antes se cambió por euforia mientras caminaba de vuelta a casa – montado en bici, por supuesto. La euforia no me ayudaba a dormir, sin embargo, asó que el día siguiente andaba cansado y de mal humor – pero por lo menos tenía mis gafas de sol…

Les Fiestes de Cabueñes

17.07.22 — Gijón

Hace una semanas, Kevin aterrizó en España y pasó una noche conmigo en Madrid, una visita breve que marcó el comienzo de sus vacaciones veraniegas aquí en su país natal. Pasó la mayoría del resto de su viaje en Asturias con su familia, ¡así que tenía que subir yo a pasar todo el tiempo posible con él y con nuestros amigos por el norte!

Al final acabé subiendo dos veces a Asturias en un periodo de quince días, pero ya que voy con mucho retraso en publica red mi blog, he decidido combinar los dos viajes en una entrada. Vamos allí…


La Fiesta

El primer finde que pasé en Asturias estuve por Oviedo, donde había quedado en quedarme en la casa de Kevin y su hermana. La idea era que Kevin me recibiera allí, pero al final se quedó atrapado en Gijón gracias a unos vermús y un tren que se negó a abrir sus puertas en su parada. ¡Reclamación!

Al final Kevin llegó en un taxi, indicando por esta “ilegalidad” que se había cometido “contra su persona”. Tras media hora de ponernos al día tuve que acostarme temprano ya que tenía que madrugar y trabajar desde su casa el día siguiente.

Echamos un ojo al interior de esta iglesia bonita en el centro.

Después del trabajo, nos subimos a Gijón en autobús para reunirnos con Cami y ponernos al tanto los tres. Nos tomamos unas cañas en una terraza antes de meternos en un Burger King para cenar. Allí, no paré de darle la chapa a una trabajadora, diciéndole que ojalá pudiera tener un juguete del menú infantil con mi menú adulto. Al final era super maja y me regaló una muñeca de Barbie, ¡resplandeciente con su corona de Burger King!

Desde allí, pillamos un taxi a nuestro destino final: las fiestas de Cabueñes. Esta fiesta de prao era la primera a la cual había ido en mucho tiempo, y claro que supuso bailar, cantar y tomar unas cervezas en un prado.

Le he echado mucho de menos a Kevin desde que se fue a los EEUU hace casi cuatro años.

La fiesta fue una pasada, pero nos dejó bastante cansados el día siguiente. Kevin y yo tuvimos que llegar a su casa en Oviedo, pero no había taxi que nos llevara al centro de Gijón para coger el búho, así que al final tuvimos que pasar una hora o así andando. Una vez llegamos a la estación de autobuses, no hubo búho ni después de una hora esperando, por lo cual tuvimos que caminar aún más hasta la estación de Renfe para pillar el primer tren de la mañana.

Como te puedes imaginar, acabamos completamente agotados, así que pasamos la mayoría del sábado descansando por casa. Eventualmente nos tuvimos que animar, ya que habíamos quedado en pasar la tarde con un grupo de amigos. Para eso, nos acercamos al centro de Oviedo y cenamos en un restaurante asturiano.

Me encanta esta foto de Kevin admirando la carne mientras le mira una señora hambrienta.

Tras ponernos finos de raciones de carne y patatas, acabamos en un pub irlandés para acabar la noche con un gintonic. Al acabar las copas, fuimos a casa, justo evadiendo una tormenta eléctrica que estalló sobre la ciudad.

El día siguiente fue un día corto ya que la mayoría del mismo la pasé en un coche de vuelta a Madrid. Conseguimos tomar un par de vermús con Raquel y Joel antes de salir para Gijón, pero en un momento tonto me dejé las gafas de sol en la mesa al irme…

Una vez en Gijón, fui a comer con Cami antes de que me recogieran para llevarme de vuelta a la capital. Fue una despedida bonita a un finde super divertido en mi segunda casa, Asturias.


La Churrascada

Tan solo diez días después ya estuve de vuelta a Asturias, esta vez para pasar un finde en el piso de Cami en Gijón. Llegué algo tarde, pero conseguimos hacer muchas cosas esa primera noche: fuimos a comprar sábanas para su nuevo sofá cama, pillamos un poco de picoteo y nos pusimos guapos para salir a cenar.

Durante el tiempo que yo había estado de vuelta en Madrid, James (el marido de Kevin) había aterrizado en España para unirse a él a pasar la última semana de sus vacaciones, así que organizamos una cena para comer, beber algo de sidra y movernos el cuerpo un rato.

Y eso hicimos, con una cena deliciosa y graciosa. Contentos gracias a la sidra que íbamos escanciando toda la noche, nos acercamos a un club en el centro de Gijón para bailar un rato antes de cansarnos e irnos a casa.

El día siguiente, Cami y yo fuimos recogidos por Andrea y Andrei para ir todos a la excursión del día: una churrascada en una de las montañas que da a la ciudad. Incluso el viaje hasta la cima supuso una aventura: el coche de Andrei se recalentó en las cuestas empinada que llegaban al sitio que habían elegido.

Eventualmente llegamos sanos y salvos. Abrimos unas bebidas y un poco de picoteo mientras Andrei y Joel encendían la barbacoa para empezar a cocinar la carne. Nos echamos unas risas mientras nos poníamos al día, aunque la brisa marina nos atacaba en el sitio expuesto que habíamos elegido.

Acabamos todos rodeando la barbacoa para intentar calentarnos un poco.

La comida al final duró la mayoría de la tarde, con plato tras plato de carne, patatas y unos postres caseros deliciosos que había preparado unos de los amigos que estaban. Al llegar la niebla y cuando la humedad nos enfrío demasiado, recogimos todo y volvimos al coche.

En el piso de Cami, los dos nos echamos la siesta antes de salir a pasar la noche. Nos acercamos a un bar local para tomarnos algo, después del cual volvimos a casa andando para hacer unos pasos antes de irnos a dormir. Esta vuelta a casa se puso interesante: pasmaos por una floristería para encontrar las luces encendidas y que no había nadie dentro. Un rato después luego nos encontramos con un edificio alto de pisos abandonados en la carretera principal. ¡Qué miedo!

EL día siguiente los dos volvimos al centro de Gijón para comer. Cami me llevó a un sitio de fish and chips (un plato británico de pescado con patatas) que acabó siendo casi mejor que el plato auténtico de mi país. Volvimos luego al mismo bar en la playa donde habíamos tomado algo para celebrar mi cumpleaños. Allí nos tomamos un par de cócteles hasta que el tiempo se volviera muy asturiano y una lluvia torrencial brotó sobre la ciudad.

Ya que era un domingo por la tarde y dado el clima que había, decidimos pasar la tarde en casa, donde vimos un poco de televisión, charlamos y tomamos algo juntos para ponerle un fin bonito al fin de semana.

El lunes trabajé desde el piso de Cami. Después del trabajo, comimos juntos rápidamente antes de que me recogieran para volver a Madrid en coche, concluyendo mi segundo viaje al norte.


Como siempre, me lo pasé fenomenal durante estas dos visitas a Asturias. Fue una pasada tener a Kevin de vuelta en España y también lo fue volver a ver a James en persona desde que visitó el Reino Unido en 2017. Los dos ya están en los Estados Unidos, pero en breve los veré… ¡Pero os contaré más sobre eso en breve!