Toronto

09.10.22 — Toronto

Como mencioné en mi entrada de blog acerca de los días que pasé en Búfalo, Kevin y yo también pasamos un día de excursión en Toronto. Este viaje nos sacó de Búfalo y de los Estados Unidos para Canadá, pero primero tuvimos que hacer una parada en la frontera entre los dos países.

He de admitir que tras tantas semanas en los EEUU y un rato bastante ajetreado en Nueva York, se me había olvidado por completo que Kevin y James viven cerca de una maravilla natural icónica: las Cataratas de Niagara. Tenía muchas ganas de ver las caídas famosas, así que aparcamos en el lado canadiense del Río Niagara y nos dirigimos hacia la columna inmensa de rocío.

Suena muy cliché, pero la verdad es que me emocioné incluso antes de ver las caídas en su totalidad. Tan solo estar cerca del agua y ver la inmensa cantidad que caía libremente desde lo alto de las cataratas me dejó muy impresionado. Luego tuve que reprimir una lágrima al ver la panorámica de las caídas en toda su gloria.

Las fotos que he incluido – igual que cualquier vídeo que he visto de las cataratas en el pasado – no hacen justicia al lugar. Nunca me había imaginado el tamaño monumental de todo. Fue realmente imponente.

Otro aspecto que no se aprecia en fotos es como te rocía la espuma generada por las cataratas: ¡nos empapamos! Hacía un día soleado y caluroso así que el frescor era bienvenida, menos mal.

También molaba mirar por el río hasta el lado estadounidense.

Tras una visita a la tienda de regalos y los servicios, nos volvimos a subir al coche y nos acercamos al centro de la ciudad. Kevin y yo montamos un buen karaoke por el camino, cantando unos clásicos españoles a toda voz por las carreteras canadienses.

Al llegar en la ciudad, Kevin traspasó por completo una acera en el coche a modo de atajo para entrar en el parking. ¡Incluyo esta anécdota porque fue un momento graciosísimo!

Nos pillamos unos abonos de transporte público y fuimos al barrio gay de Toronto, donde tomamos una copa e hicimos alguna que otra compra. Todo el rato fingíamos ser señoras españolas que sobrestimaban su nivel de inglés. ¡Qué gracia nos hacíamos!

Kevin luego hizo un plan de otras cosas que deberíamos hacer y ver en la ciudad. Pasamos por la plaza principal de Toronto, el antiguo ayuntamiento, un mercado famoso y luego el distrito de destilerías.

Las calles torontonianas son bonitas y enmarcan la silueta icónica de la ciudad.

Este distrito de destilerías fue justo eso, un barrio entero compuesto por antiguas cervecerías y destilerías que se habían convertido en una zona moderna de restauración. Encontramos un bar que tenía una mesa libre en su terraza y nos sentamos a tomar una pinta para ponerle lazo a nuestro día en Toronto.

El distrito de destilerías me gustó mucho, fue la guinda del pastel que fue Toronto.

Al pasar el día a ser la noche, volvimos al coche y empezamos nuestro viaje de vuelta a los EEUU y Búfalo. Kevin quería llevarme a cenar en un sitio cuyo nombre era un secreto, pero el tráfico al salir de torno nos detuvo un buen rato así que tuvimos que recorrer a una cena de pollo frito en Jim’s Stakeout. Esto supuso un presagio de la noche siguiente, ¡en la cual acabaríamos los dos en el mismo sitio en la madrugada y en un estado algo cuestionable!

Tras confundir las fechas y decir al agente de inmigración que había llegado a los Estados Unidos el día 24 de agosto – una fecha que aún no había pasado – por milagro me dejó entrar. ¡Creo que ni se dio cuenta de mi error monumental!

Me pasé un día estupendo en Toronto y en las Cataratas de Niagara (cuyo nombre llevo escribiendo mal toda la vida, ups). Kevin fue un guía turístico fabuloso y la mejor compañía posible para una excursión en una nueva ciudad.

Después de este viajecito volvimos a Búfalo, así que si llegaste en esta entrada desde aquella, ¡te toca volver!

Búfalo

02.10.22 — Búfalo

Tras unos días en Nueva York era hora de que fuera a la última ciudad de mi vuelta de un mes por Canadá y los Estados Unidos: ¡Búfalo! No es una ciudad típica que visitan los turistas, pero iba a ver a dos personas muy especiales: ¡Kevin y James! Conozco a Kevin desde hace tiempo ya y conocí a James cuando vino a Inglaterra y luego cuando pasó por España durante unos días, pero ahora tocaba ver a los dos en su propia casa.

El vuelo desde Nueva York fue rápido y en nada me vino a recoger Kevin del aeropuerto en Búfalo. Pasamos todo el viaje a su casa hablando y cotilleando. En casa, James había preparado una cena casera de pollo, macarrones con queso, verduras y pan de maíz. ¡Estuvo todo delicioso!

Tras cenar, deshice la maleta y me instalé en la habitación. Después fuimos al centro de Búfalo y a un bar para tomar unas copas. Kevin y yo nos pusimos contentos con cócteles de vodka y bailamos y cantamos un poco. Luego volvimos a casa, donde Kevin y yo pasamos el rato hablando hasta la madrugada.

El día siguiente nos despertamos un poco afectados tras tan solo dos cócteles, pero en nada estuvimos de pie y salimos a explorar un poco. Cogimos el coche al centro, donde entramos en el edificio alto y ornamentado del ayuntamiento. El interior supuso una sorpresa bonita gracias a su arquitectura y arte en el estilo Art Deco.

El ayuntamiento de Búfalo tiene mucha presencia en el centro de la ciudad.

Nos metimos en el ascensor y subimos hasta la última planta para ver otra sorpresa. Vimos unas vistas panorámicas sobre la ciudad y el lago Erie. Saqué unas fotos y James me enseñó unos de los sitios más importantes desde este mirador en las nubes.

Al salir del ayuntamiento, subimos una calle y a un hotel para pillar un café. James y yo cotilleamos unas de las salas enormes del hotel mientras Kevin fue a coger las bebidas. Luego reconvenimos en el coche para acercarnos a otro barrio de la ciudad.

Me gustaron mucho estas ilustraciones en la pared del hotel.

Paramos por el camino para ver un mural que James quería enseñarme, donde me sacaron una foto a modo de prueba de que había visitado Búfalo, Nueva York. Si esto te parece confuso, es porque la ciudad de Nueva York se ubica en el estado de Nueva York, en el cual también se encuentra Búfalo. No sé tú, pero a mí nunca me enseñaron la geografía de los Estados Unidos, por lo cual acabo de enterarme de todo esto en estos últimos años…

Para reiterar: ahora andaba en Búfalo en el estado de Nueva York.

Desde allí bajamos al puerto, donde vimos algunos puntos de interés. Echamos un ojo a unos barcos y submarinos militares retirados del servicio y me sacaron una foto con Shark Girl (“la chica / tiburón”), una escultura famosa a nivel local. No pondré aquí la foto ya que salgo horrible…

En nada el cielo se empezó a oscurecer gracias a unas nubes grises sospechosas que empezaron a formar, así que nos acercamos a la seguridad del coche mientras esperamos a que empezara a caer la lluvia. Fuimos a un supermercado que yo quería visitar, efectuando una parada en el camino para pillar unos bagels en Tim Horton’s (una cadena canadiense de cafeterías). ¡Seguía mi obsesión por los bagels tras los que había probado en Nueva York!

El supermercado en cuestión fue Trader Joe’s, en donde compré comida y picoteo para mi visita. Luego nos acercamos al supermercado que prefieren Kevin y James. Este sitio fue guay y tenía unas galletas fabulosas, pero se me hacía muy grande y estresante, como suele ser el caso con los supermercados estadounidenses. Me pillé una lata de root beer y descubrí que sabe a zarzaparrilla – ¡me encantó!

De camino a casa paramos en un centro comercial, donde quería comprarme unas nuevas zapatillas pero al final acabé comprando unos vaqueros. Me tuve que sacar una foto con la bolsa de Old Navy y enviarla a Megan y amigos en Vermont – ¡les flipa esa tienda!

Luego paramos a coger algo de cena: pizza y alitas de pollo. Búfalo se conoce por estas dos comidas ricas así que tenía ganas de probarlas. La pizza estuvo rica pero la estrella fueron las alitas. Tenían una sala ligeramente brava y venían acompañadas por una salsa de queso azul. ¡Riquísimo!

Ahora toca un intervalo mientras Kevin y yo nos acercamos a otro sitio un día…

El día siguiente Kevin y yo cruzamos la frontera con Canadá y fuimos a Toronto a pasar el día, pero eso lo quiero dejar para otra entrada de blog. ¡Dejaré aquí en enlace cuando esté subida!

Ya de vuelta a Búfalo el día siguiente, James y yo andábamos sin Kevin durante la mañana ya que había tenido que ir a trabajar. Los dos nos subimos al coche y dimos una vuelta por la ciudad para que James me pudiera enseñar unas de las joyas arquitectónicas y barrios icónicos de Búfalo. Fue una vuelta bien interesante y fue una pasada tener a un guía que sabe qué tipo de cosas me gustan.

Después fuimos al campus norte de la Universidad del estado de Nueva York en Búfalo (un nombre bien largo) para recoger a Kevin. Antes de irnos del campus dimos una vuelta para que yo cotilleara el sitio. Me interesaba ver una universidad estadounidense tras haber visto el instituto en Burlington. Era interesante pero teníamos sueño y hambre así que encontrarnos con el ganso agresivo del campus fue una señal suficiente para que nos fuéramos.

Comimos en un sitio que se llama Rachael’s, dónde pedí una comida ligera de una ensalada de pollo ya que mi cuerpo estaba pidiendo algo verde a gritos tras unos días de gula completa y absoluta en Búfalo, Toronto y Nueva York. También fue buena idea comer algo sano antes de ir a nuestra siguiente parada: ¡la feria!

Tras ver lo que para mí supuso la primera atracción de la feria, una discusión entre un asistente del parking y un hombre bien cabreado, pillamos las entradas y nos metimos dentro. Vimos unas vacas y otros animales, pero lo que más me llamaba era la gente de la feria. Empecé a entender la antropología – el estudio de las personas y el comportamiento humano.

James quería enseñarme una sección extraña de la feria, en donde se habían otorgado premios por todo tipo de curiosidades, entre ellas la presentación de verduras en vinagre y luego una serie de fotografías patrióticas. Una vez de vuelta al aire libre, me pillé una limonada fresca y nos acercamos a la parte de la feria que más me interesaba a mí: ¡las atracciones!

Me encanta esta foto con todos los colores y la energía de la feria.

No conseguí liar a Kevin y James para que se subieran al Ratón loco o los Coches de choque, así que tuve que conformarme con un viaje en la noria. Esto me supuso una sorpresa agradable ya que proveía unas vistas estupendas sobre la feria enorme desde lo alto.

Luego gasté los puntos que me quedaban en subirme a una monstruosidad que se llama Cero gravedad. Siempre había querido subirme a esta atracción que consiste en una estructura cilíndrica en la cual te quedas de pie mirando al centro con tu espalda pegada a la pared. Me instalé en la atracción con cuatro niños pequeños como compañía – mala señal.

La máquina empezó a girar cada vez más rápido, empujándome a la pared con las fuerzas que se generaban. Luego vino el momento más terrorífico de la experiencia cuando la máquina entera empezó a inclinarse hasta que estuviéramos dando vueltas boca abajo como si estuviéramos en una lavadora. ¡Todo esto mientras estuvimos atados con tan solo la fuerza centrífuga generada por los giros!

Esta fue la vista que tuve al subirme a esta cosa terrorífica.

La sensación de que se me estaban revolviendo los órganos durante todo el viaje no fue la más grata, pero me bajé con una sonrisa y me senté un miento mientras recuperara el aire y el equilibrio. Desde allí, fuimos a buscar “I Got It” (“Lo tengo”), el juego de feria preferido de James.

¡Este juego fue una pasada! Había que lanzar pequeñas pelotas de goma desde un banco a una caja con una retícula de 5 × 5 en su base. La pelota acabaría en uno de los 25 cuadrados y el objetivo fue igual que en el bingo, había que gritar “I got it!” si logramos hacer una línea de cinco pelotas.

No tengo las palabras para expresar lo adictivo que era este juego. Nos quedamos allí jugando hasta gastar todos los dólares físicos que llevábamos encima. No ganamos nada más allá de un juego gratis en un momento, pero valió la pasada ya que nos lo pasemos súper bien. Y oye, ¡en algún momento iba a tener que gastar esos billetes antes de irme del país!

Dinero gastado, entramos en una nave que me pareció un poco turbia gracias a los vendedores pesados, pero por lo menos disponía de aire acondicionado para que nos refrescáramos. Al salir nos topamos con un desfile de caballos y luego fuimos a buscar una comida típica de estas ferias: Oreo fritas. Estos dulces son justo eso: galletas Oreo que se fríen en una masa parecida a la de un donut. No me gustaron mucho, así que me pillé una bolsa de palomitas saladas y dulces – ¡eran frescas y deliciosas!

Luego echamos un ojo a unas autocaravanas, cosa que me horrorizó al fijarme en el exceso que es que la gente tenga una segunda casa vacía y aparcada en su jardín. Sí que me gustó la bebida que pedí después, que era como una zarzaparrilla pero más fuerte. ¡Sigo mosqueado conmigo mismo porque se me ha olvidado por completo cómo se llama!

Se estaba poniendo tarde y algo caliente, así que volvimos al coche y luego a casa. James tuvo que ir a trabajar, así que Kevin y yo andamos a la estación de metro más cercana y lo cogimos hasta el centro de la ciudad para pasar juntos mi última noche en las Américas.

El metro tenía unas pintas horribles pero esto ya no me sorprendía: los Estados Unidos es un país en el cual no se monta nada bien el transporte público. El tren llegó puntual y estaba limpio, así que no me puedo quejar. Nos dejó al lado del puerto que habíamos visitado unos días antes, desde donde nos acercamos a una bierhaus para disfrutar de comida y bebidas alemanas.

Pedimos unas jarras enormes de cerveza que se parecían a las que tomaba siempre en las festivales de cerveza en Herzogenaurach. A pesar de pedir también unas salchichas alemanas, la cerveza empezó a hacernos efecto y nos pusimos a charlar con la camarera y yo cantaba unas de las canciones alemanas que conocía gracias a Luisa y los viajes que he realizado a su pueblo en Alemania.

James eventualmente vino a recogernos y hizo bien en hacerlo ya que Kevin y yo estábamos bastante contentitos. James andaba reventado tras un día largo en el trabajo así que se fue a casa, dejando a Kevin y yo en un bar por el camino. Allí pedimos unos gin tonics y la cosa se nos fue de las manos: acabamos en un figón llamado Jim’s Stakeout donde pillamos unos bocadillos de pollo frito.

Tras coger un taxi de vuelta a casa, me desperté el día siguiente con una resaca monumental y el agobio de tener que hacer la maleta y salir de casa antes del mediodía para coger el vuelo de vuelta a Europa. No sé cómo pero de alguna manera conseguí hacerlo todo, aunque sí que empecé a morirme un poco durante el viaje en coche al aeropuerto.

Hubo una cola de coches importante en la frontera con Canadá, donde el sol empezó a brillar y calentar el coche mientras yo me arrepentía de haber bebido tan solo una gota de alcohol. Sobrevivimos la entrada a Canadá, y en nada tuve que despedirme de Kevin y James en el aeropuerto de Toronto en medio de una tormenta de lluvia que había brotado sobre la ciudad.

Desde allí tuve que aguantar la pesadilla que fue el vuelo de vuelta a Madrid, que incluyó un transbordo de cuatro horas en Lisboa. Andaba muy resacoso y con el estómago revuelto durante el vuelo sobre el Atlántico, cosa que no fue ayudad por el bebé llorón en la fila en frente de mí ni el hecho de estar atrapado en una butaca entre dos otras personas con espacio limitado para mis piernas. Y más, tuve que hacer el transbordo de manera manual en el aeropuerto de Lisboa. Es decir que tuve que pasar por inmigración, recoger mi maleta de la cinta y luego volverla a facturar. ¡Una pesadilla!

Pero no puedo dejar que este viaje poco grato de vuelta a mi continente nativo de Europa arruine los recuerdos excepcionales que hice en Búfalo con Kevin y James. De las exploraciones de la ciudad hasta momentos destacados como la feria y toda la comida deliciosa que comimos, doy las gracias a Kevin y James por acogerme en casa y enseñarme su ciudad. Fue una manera muy bonita de acabar mi viaje por las Américas, pero más que nada me encantó poder reunirme con los dos y pasar tanto tiempo juntos.

Ahora de vuelta a Madrid, casi me dormí en el taxi de vuelta a casa, donde llegué y descubrí que habían sobrevivido las dos plantas que había dejado en casa con un sistema automático de riego. Me fui directamente a la cama a echarme la siesta, después de la cual deshice la maleta y me tumbé para pasar una noche tranquila viendo Legalmente Rubia: El Musical.

¡Menudo viaje!

Solo por Nueva York

28.09.22 — Nueva York

Retomo la historia tras dejarle a Megan en el metro para que volviera al aeropuerto al separarnos tras tres semanas juntos explorando Canadá y el noroeste de los Estados Unidos. De repente me encontraba solo en la ciudad de Nueva York y con 24 horas para explorar todo lo que ofrecía. ¿Cómo iba a empezar? Con una siesta en el hotel, por supuesto.

Después de tumbarme un rato pasé un tiempo escribiendo mi diario, repasando mis fotos y empezando a hacer la maleta para que no anduviera con tantas prisas el día siguiente. Una vez hecho todo, volví al metro en mis cortos medio rotos y me acerqué al primer destino donde tenía pensado hacer dos coas a la vez.

Me bajé del metro cerca de Hudson Yards, donde busqué la tienda de Uniqlo en el elegante centro comercial nuevo. Allí me compré unos nuevos cortos y me los puse en el probador antes de echar los antiguos en un contenedor para que se reciclaran. Luego salí afuera a ver la siguiente atracción: el Vessel (buque).

Había escuchado mucho hablar sobre esta estructura en los canales de YouTube que veo de vez en cuando. Hablaron de los retos técnicos del proyecto de renovación de Hudson Yards y también de la controversia causada por las muertes por suicidio facilitadas por el Vessel. Mientras siguen trabajando para resolver este problema, la estructura se encuentra cerrada a los que buscan subirse, pero sí que nos dejaron entrar en la planta baja a sacar fotos.

Al salir de este barrio nuevo, me cogí un perrito caliente de uno de los puestos omnipresentes de comida. Pasé por el depósito ferroviario y me acerqué a un sitio que había visitado la última vez que estuve por la ciudad: el High Line. Esta pasarela ajardinada pasa por el lado oeste de Manhattan y cuenta con la curiosidad de ser edificada sobre una antigua línea ferroviaria elevada. Por eso ofrece un toque de verde entre los rascacielos y vistas interesantes sobre las calles de la ciudad.

Llamé a mi hermana un rato breve porque pensé que le gustaría ver como es el parque de la High Line. Hablamos un tiempo corto pero ya estaba metida en la cama, así que llamé a Kevin y nos echamos unas risas mientras caminé hasta el final de la pasarela.

Mi plan original fue volverme al hotel para refrescarme y cambiarme antes de salir por la tarde, pero al llegar al final del High Line ya era algo tarde. No quería perderme el atardecer, así que me quedé por la cuidad y decidí ir a la Zona Cero para ver el memorial del 11S ya que se encontraba por el camino.

Tras un incidente frustrante al intentar darme de alta en el sistema público de bicis y luego una espera calurosa por un tren en el metro decadente de la ciudad, por fin llegué al memorial. Eché un rato dando vueltas, asimilando el ambiente sombrío del lugar y sacando alguna foto mientras el sol se ponía detrás de los edificios.

El parque es un homenaje bonito y apto a los que fallecieron durante el atentado, pero parte de mí cuestionaba la comercialización excesiva de la zona y los eventos con los está asociada. Tener una atracción turística que parece un poco un parque de atracciones no me parecía del todo bien – y esto lo digo sabiendo bien que había venido a verlo yo también. Me dejó un poco en conflicto.

Colocan estas banderas en los nombres de los fallecidos en el día de su cumpleaños.

No quería que el transporte público poco fiable de Nueva York estropeara mis planes, por lo cual me acerqué con tiempo a mi siguiente destino. El metro me dejó en el Parque del Puente de Brooklyn, que se sitúa en el otro lado del agua que Manhattan. Desde allí, empecé mi descenso tranquilo a las orillas del agua, donde mi plan era ver el atardecer sobre la silueta famosa.

Esta vista fue guay con el Puente de Brooklyn escondido en el fondo.

Al girar una esquina y enfrentarme con vistas de los rascacielos sobre el agua del Río Este, he de admitir que casi se me soltó una lágrima. Me bajé al muelle, donde me pasé un buen rato apreciando las vistas. Este sitio disponía de vistas sobre todo: los restos del antiguo muelle, la Estatua de la Libertad a lo lejos, los colores del cielo, la silueta impresionante de Manhattan y una panorámica del Puente de Brooklyn que habíamos cruzado unos días antes.

Esta vista me pareció muy singular, combina la naturaleza con los rascacielos.

Estos postes son lo único que queda del muelle antiguo.

Después de sacar fotos innumerables desde este mirador tan especial, por fin le di la vuelta a la cámara y me saqué una foto para probar que sí que había estado en Nueva York. También me tocaba dejar de mirar las vistas y prestar atención a mi propio cuerpo, que estaba ya pidiendo comida y bebida a gritos. Pasé por el largo del parque en el muelle en busca de algo y sabía que me estaba acercando a algún sitio a ver que la gente llevaba helados casi enteros…

Acabé haciendo cola en una pizzería debajo del Puente de Brooklyn, donde me di cuenta de que la cola no se avanzaba y que había una escena caótica dentro del sitio. Impaciente gracias al hambre y la sed, abandoné la cola y fui a buscar un sitio alternativo. Al final tuve que conformarme con un kebab de otro puesto ambulante más. La comida de estos puestos no es la mejor pero en un apaño son como ángeles de la guardia.

Llevé mi kebab de pollo al muelle, donde encontré un banco libre y me senté a ver el avance del atardecer. Al llegar la noche, las luces famosas de La Gran Manzana se encendían y me quedé un rato sacando fotos a todo otra vez.

Al intensificar la oscuridad y el frío, le dije adiós a este sitio encantador y volví al metro. Una vez de vuelta al hotel, coloqué algunas cosas más en la maleta y repasé el mogollón de fotos que había tomado durante el viaje antes de irme a dormir. ¡Había sido una noche final preciosa y emocional en Nueva York!

El día siguiente, según lo que apunté en mi diario, fue “un día bastante mecánico”. Me desperté, acabé de hacer la maleta, me duché, salí del hotel y me llevé la maleta azul fiable al metro para ir al aeropuerto.

No obstante, el viaje de vuelta al aeropuerto no fue como un reloj. Desde el metro vi una curva pasar y algún tío de brújula interior o intuición direccional innata me hizo pensar que el tren tenía que haber girado en esa curva. Revisé el asunto en Google Maps y – como sospechaba – estuve en el tren equivocado y que teníamos que haber girado en esa curva.

No sé de donde saco este sentido de la orientación, pero estaba dando muchas gracias por tenerlo al bajarme del tren en la siguiente parada, coger el siguiente en el sentido opuesto y luego esperar al siguiente que me llevaría al aeropuerto.

Tres trenes después, por fin llegué al aeropuerto, donde pillé un último bagel con queso fresco y me acerqué a la puerta para embarcar. Había sido un viaje completo hasta allí tras llegar tan solo cuatro días antes, pero valió la pena ya que de allí partía para la siguiente parada en mi aventura americana.

Nueva York había sido una experiencia surrealista que cambió mi opinión de la ciudad. Antes la veía como un sitio para ir una vez y ya está, pero ahora la veo como un sitio para volver una vez tras otra – ya estoy pensando en cuando podré volver. El caos de La Gran Manzana es completamente agobiante, por lo cual nunca podría quedarme allí más de una serie de días seguidos, pero la diversidad que crea este caos la hace única entre ciudades.

Volveré a Nueva York sin duda, pero por ahora, me iba a otra ciudad estadounidense…

Nueva York con Megan

25.09.22 — Nueva York

Tras despedirnos e irnos del estado bonito de Vermont, Megan y yo nos encontramos en un avión de rumbo a nuestro siguiente destino: ¡Nueva York! Llegamos al aeropuerto de JFK, esperamos una eternidad a nuestras maletas y eventualmente nos acercamos al metro para que nos llevara al centro de La Gran Manzana. Una vez en el metro, observamos unos de los famosos personajes neoyorquinos: la ciudad realmente es una mezcla de todo tipo de personas.

Luego me sorprendió ver vegetación al salir de la boca del metro más cercana al hotel donde nos íbamos a quedar. Sabía que nos bajábamos en Columbus Circle en una esquina del Central Park, pero que nos dieran la bienvenida unos árboles en lugar de unos rascacielos se me hizo raro. Luego giramos para ver la vista típica de edificios de cristal y nos metimos entre ellos para buscar el hotel.

Nuestra habitación era muy guapa, con vistas sobre el Lincoln Centre y la plaza de en frente que se forma en la intersección de Broadway con Columbus Avenue. Ahora en la ciudad en sí, me preguntaba cómo me sentiría, ya que la última vez que visité hace casi ocho años me dejó bastante indiferente.

Con las maletas deshechas, dejamos el hotel con ganas porque teníamos hambre y yo había decidido que me gustaría visitar Katz’s Deli, un sitio en el sur de Manhattan que se conoce por sus sándwiches enormes de pastrami. Había probado uno la última vez que estuve en Nueva York pero fue en un sitio aleatorio y no me había gustado mucho, así que andaba con curiosidad de probar la versión auténtica.

Llegamos cansados y bien hambrientos, pero nos pusimos a hablar con unos lugareños que dijeron que suelen venir a comer allí y nos indicaron lo que deberíamos pedir para tener una experiencia auténtica. Una vez habíamos descifrado el sistema para pedir, charlamos un rato con el camarero y nos dejó probar el pastrami famoso. Estuvo delicioso y se deshacía en la boca, así que pedí un sándwich reuben como nos habían aconsejado los lugareños mientras Megan fue a pillar unas patatas fritas y cervezas.

El sándwich fue tan delicioso como fue enorme – y menos mal que fuera tan grande ¡dado que nos había costado $26! La verdad que casi no comimos las patatas ya que la mitad del sándwich ya supuso un plato importante. La cerveza casera era muy buena y el ambiente en esta institución neoyorquina estaba eléctrico con gente de todo tipo que se habían juntado para disfrutar las carnes ricas entre pan de centeno.

Ya revividos, paseamos por las calles hasta el Puente de Brooklyn donde habíamos decidido ver el atardecer. El paseo nos llevó por unas vistas interesantes, arte callejera bonita y por el medio de los barrios neoyorquinos más míticos como Chinatown y la Pequeña Italia.

Las calles de estos barrios estaban llenas de gente y actividad, desde terrazas a vendedores ambulantes que vendían y movían sus bienes. El sol ya estaba bajo en el cielo y la hora de oro estaba pintando la ciudad con colores cálidos, así que el camino hasta el puente era muy bonito.

Llegamos al Puente de Brooklyn algo cansados, pero aún así nos montamos y pasamos por el sendero para sacar fotos y disfrutar de los colores del cielo mientras el sol se ponía sobre Manhattan. El clima marcó una diferencia para mejor de la última vez que estuve en Nueva York y crucé el Puente de Brooklyn con mis compañeras de grado – ¡esa vez nos quedamos atrapados en una tormenta de nieve!

Fue muy guay poder ver el puente a esa hora del día.

Al alcanzar el punto medio sobre le puente, decidimos que no avanzaríamos más ya que nos dolían mucho los pies. Descansamos en un banco libre y vimos cambiar los colores del cielo sobre el Puente de Manhattan que se encuentra paralelo al Puente de Brooklyn. Esta paz no duró mucho: llegó un grupo de jóvenes estudiantes y empezaron a gritar a los coches que pasaban que sonaran el pito. Era bastante gracioso, pero pasado un rato nos cansamos de ellos y volvimos a Manhattan y al metro.

También moló estar en el puente sin estar en medio de una tormenta de nieve…

La próxima parada fue Washington Square Park, un pequeño parque que estaba lleno de todo tipo de personajes, entre ellos un tipo que estaba sentado en frente de nosotros que había puesto música relajada en su altavoz. Vino un policía y le dijo que lo apagara, cosa que no le gustó a él ni a nosotros tampoco ya que estábamos disfrutando del rollo. Nos pusimos a hablar con el tío y opinamos igual que él que había asuntos más escandalosos a resolver en el parque que un poco de música…

Después nos acercamos al Comedy Cellar, un sitio famoso de comedia que estaba a unas pocas manzanas. Megan quería pillar entradas a una presentación de comedia allí pero había una cola impresionante, así que hablamos con una chica que estaba repartiendo volantes para el “Grisly Pear”. Decidimos ir allí y pillar una copa ya que andábamos muertos tras una tarde ajetreada.

En nada los cócteles nos habían revivido y andábamos con ganas de ver algo de comedia, así que compramos entradas para la presentación en el mismo lugar. No sabía que me esperaba ya que nunca había estado en un bolo así y había aprendido que el humor estadounidense es algo extraño, pero andaba emocionado al entrar en el teatro pequeño.

La presentación fue muy graciosa a pesar de la cantidad pequeña de espectadores. No podía creerme la cantidad y la variedad de cómicos que se subieron al escenario, que oscilaron entre funciones divertidas y otras que no nos hicieron gracia ninguna. Los cómicos buenos nos tenían partiéndonos de la risa y luego fue muy interesante ver cómo seguían los que no conseguían sacar ni una risa. Fue una experiencia nueva que me encantó.

Megan y yo salimos del club de comedia muy animados y nos encontramos con una pizzería al lado. Allí pedimos un par de trozos enormes y nos sentamos en su terraza para zamparlos y empaparnos en el ambiento nocturno que había en la calle. Desde allí nos tuvimos que colar en un bar para que pudiera ir al baño, después del cual bajamos al metro para ver a unos acompañantes inoportunos: ¡ratas! Les sacamos unas fotos, llegamos (eventualmente) a nuestra parada, compramos unas chucherías de una farmacia 24h y nos fuimos a dormir.

¡Menudo primer día en Nueva York!

El día siguiente me desperté con algo de dolor de cabeza, cosa que Megan solucionó en un instante ya que había salido a comprar unos bagels con queso fresco. Diría yo que fueron los mejores bagels que había probado jamás por su textura gomosa y el queso rico. Después nos subimos a uno de las características más guapas del hotel, una piscina en la azotea que contaba con vistas sobre Broadway. Era pequeña pero un chapuzón en su agua fresca me quitó el dolor de cabeza en un instante.

Bajando a Central Park, luego alquilamos unas bicicletas y nos fuimos a empezar la primera actividad del día, una vuelta por el parque icónico. Tras quitarme el carné de conducir a modo de garantía, los dos nos incorporamos en el flujo de ciclistas que estaban haciendo lo mismo y llegamos a la primera parada: el embalse.

No me interesaba mucho visitar un embalse: los hay bastantes en mi pueblo en el Reino Unido. Solo fue cuando habíamos atado las bicis a una farola y al llegar a las orillas del embalse que entendí por qué valía la pena ir. El espacio abierto creado por el embalse proveyó unas vistas impresionantes sobre Manhattan y los reflejos sobre el agua fueron la guinda al pastel.

Tras esta parada, seguimos hasta el limite norte del parque. Una bajada al lado de unas obras fue muy divertida, pero lo que baja luego tiene que volver a subir. Esta subida tomó lugar en la “Great Hill” (“la gran colina”, un nombre muy apto) y casi me dejó muerto. Perduré un rato y por fin llegamos de vuelta al alquiler de bicis y compramos unos batidos enormes para tener la energía a seguir tirando.

Desde allí pillamos el metro hasta Times Square, donde teníamos una idea en mente. No me interesaba mucho volver a visitar la plaza ocupada y llena de trampas turísticas, pero andamos con un objetivo: conseguir unas entradas baratas para ver un musical en Broadway. Nos incorporamos en la fila enorme que ya se había formado, donde nos informaron que habría una espera de unos 45 minutos.

Hacía calor y estábamos cansados y sudados de la vuelta en bici, pero aún así aguantamos, motivados por la posibilidad de pillar unas entradas al musical que habíamos concordado que queríamos ver: Moulin Rouge. La cola movía lentamente pero constantemente y en una hora ya nos encontramos en la taquilla.

El resto ya es historia: conseguimos comprar un par de entradas para ver Moulin Rouge en Broadway esa misma tarde. Las entradas nos salieron más baratas que lo normal pero no fueron baratas como tal: ¡$115 cada una! Al fijarnos en el plano de butacas nos dimos cuanta que había valido la pasta, íbamos a estar sentados a tan solo dos filas del escenario y un poco a la derecha. Estábamos impresionados y emocionados pero también hambrientos, así que compramos un bocadillo de una bocadillería algo turbia mientras nos emocionábamos más al hablar de la suerte que habíamos tenido.

Ya de vuelta al hotel, subimos el bocadillo a la azotea donde disfrutamos de nuestra comida sorprendentemente deliciosa y nos echamos un baño rápido en el agua fría. Después tuvimos que bajar a la habitación para ducharnos y alistarnos para el teatro: ¡se nos agotaba el tiempo!

Pillamos un taxi al teatro, en parte porque queríamos vivir esa experiencia, en parte porque no queríamos arrugarnos la ropa y en parte porque íbamos contrarreloj. Llegamos con tiempo suficiente como para pedir un gintonic y una botella de agua antes de que empezara la función.

Al entrar en el teatro nos quedamos boquiabiertos. Todo estaba iluminado de rojo y salpicado con lucecitas blancas y el escenario tenía un nivel de profundidad y detalle que nunca había visto antes. Tras sacar unas fotos, encontramos nuestras butacas y empezó el espectáculo.

La función fue todo un espectáculo. La iluminación, las música, el vestuario, la interpretación, el canto, las pirotécnicas, la trama: era todo perfecto. El diseño del escenario y cómo se movía fue un flipe. Supuso un ataque a los sentidos en el mejor sentido de la frase.

En el descanso habían unas colas importantes para ir al baño así que fui a comprar otro gintonic. Decidí permitirme una copa de mi ginebra favorita, Hendicks, pero eso fue un error: ¡me cobraron $34!

El segundo acto luego fue mejor aún que el primero. Me eché a llorar mucho durante los momentos más tristes de la historia y luego el final me abrumó por completo. Fue una mezcla loca de musica y baile y canto y confetis.

Una vez concluida la obra y después de sacar unas últimas fotos en el teatro salpicado por confetis, salimos afuera al aire fresquito y nos pusimos a buscar algo para cenar. Aún andábamos emocionados y las concentraciones de gente que estaban esperando a que salieron los actores fueron una locura, pero las atravesamos y pillamos la cena en un restaurante que encontramos por el camino.

Me pasé al pedir pollo frito con macarrones con queso y ensaladilla de pepinillos: obviamente se me había olvidado que las raciones en los EEUU son enormes. Megan fue más lista y se pilló un para de platos más pequeños. Todo estuvo muy rico, a pesar de mis dudas continuas sobre los méritos culinarios de los macarrones con queso…

Luego fuimos la hotel en pie, pasando por el Lincoln Centre y un disco silencioso que habíamos montado en la plaza en frente de la entrada a este edificio mítico. Sacamos alguna foto pero andábamos demasiado cansados como para apuntarnos al baile, así que volvimos a la habitación y nos acostamos.

Había sido otro día loco en La Gran Manzana, uno en el cual se había cumplido mi sueño de ver un musical en Broadway. ¡Ni tan mal!

El día siguiente empezó tarde ya que me había vuelto a quedarme dormido hasta tarde. Megan había salido y había comprado un desayuno de un mercado de agricultores con el que se había chocado por el camino. Compartimos unos trozos de tarta de zanahoria a modo de desayuno – ¡no me quejaba!

Luego caminamos por Central Park, en donde vimos unas vistas que no habíamos podido ver el día anterior por estar montados en bici. Nos sentamos un rato para disfrutar la musica de un violinista, después del cual nos bajamos al estanque que estaba igual de petado de turistas que tortugas. A las tortugas les daba igual acercarse a los espectadores, así que nos quedamos un rato sacándoles fotos.

Saliendo del parque al lado opuesto al que habíamos entrado, entramos en el primer museo del día: el Neue Galerie. Megan quería ver una obra de Gustav Klimt, el Retrato de Adele Bloch-Bauer I, así que nos acercamos a esta pintura famosa. La historia detrás de la obra me fascinó, pero también descubrí las ilustraciones y pinturas de Egon Schiele, otro pintor expresionista que fue estudiante de Klimt.

Desde el Neue Galerie cruzamos la carretera y nos metimos en el mamotreto de museo que es el Museo Metropolitano de Arte. Era igual de enorme y aplastante que me habían avisado, así que decidimos seguir la ruta recomendada para ver los objetos más destacados. Yo tenía ganas de ver el Temple e Dendur, un templo hermano al Templo de Debod que se encuentra aquí en Madrid que también se mudó piedra a piedra de Nubia en Egipto.

Fue una pasada ver otro templo de Nubia dentro de un espacio tan icónico.

Echamos un rato admirando el templo que está expuesto en una sala enorme e impresionante dentro del museo. Me encontraba conflictuado por su método de preservar la estructura anciana comparado con el templo en Madrid. En Nueva York lo tienen en una sala con un ambiente regulado y en una condición perfecta, pero en Madrid se ha dejado expuesto a los elementos. Por otro lado, el templo en Madrid es totalmente accesible y abierto a todos, mientras en Nueva York lo tienen detrás de pantallas transparentes y el precio alto de la entrada al museo.

Entre las otras exhibiciones que me gustaron fueron la reja del coro de la catedral de Valladolid, una tabaquera incrustada con diamantes y un ramo de flores de Faberge. También pasamos por una serie de recreaciones de las habitaciones de casas aristocráticas y palacios de Europa antes de salirnos fuera a comer.

Para comer nos compramos unas salchichas grasas de un puesto ambulante que se había aparcado en frente del museo. Ya que los museos y Nueva York en sí agotan mucho, no me sorprendió que Megan me dijera que no quería volver a enterar en el museo y que iba a ir a una tienda que quería visitar. Nos separamos para pasar la tarde y yo me volví a meter al Met para ver qué más me podría interesar.

Empecé mi viaje en una exhibición llamada Chroma, que fue una exploración interesante que buscaba revelar los colores intensos originales de la escultura y arquitectura romana y griega que se suele ver solo en mármol o piedra blanca. Luego me acerqué a una exhibición sobre las fotografías de Berns y Hilla Bercher, después de la cual me cansé viendo una serie de planos técnicos y me fui del museo.

Hasta la arquitectura del propio museo parecía una exhibición en sí.

Desde el Museo Metropolitano, me subí a un bus y a la tienda de Apple en la quinta avenida. Desde mi última visita, la escalera y el ascensor de cristal debajo el cubo de cristal famoso se habían cambiado por una escalera de acero y un ascensor espejado. El espacio sorprendentemente amplio abajo se había remodelado con árboles y unos tragaluces que iluminaba con una cantidad impresionante de luz natural.

No vi nada más de interés, así que pillé otro bus hacia el sur y la próxima parada en mi viaje solo: la Terminal Grand Central. Al entrar en la estación icónica de trenes, me vi más conmovido que me había imaged por su vestíbulo enorme y su techo alto pintado.

Ahora algo cansado yo también, salí de la terminal y me subí al metro de vuelta al hotel, dónde descubrí la fuente de una canción molesta al estilo de una caja sorpresa que se oía desde la habitación del hotel: un camión de helados que estaba aparcado en frente del Lincoln Centre.

Reunido con Megan en la habitación, los dos nos echamos una siesta substancial que nos dejó algo mareados. Saqué unas fotos desde la ventana y los dos subimos a la azotea para que yo le llamara a mi hermana para desearle un feliz cumpleaños. Menuda videollamada fue: ella estaba tomando algo en casa con su novio y mis padres y yo les estaba mostrando el atardecer sobre los rascacielos de Manhattan.

Fue de ensueño ver el atardecer y mirar el mundo pasar desde el tejado del hotel.

Después nos duchamos y salimos a la novena avenida al lado del hotel para tomarnos algo antes de cenar. Acabamos en un sitio italiano muy bonito en un callejón en donde probé uno de los cócteles más ricos que había probado jamás. Animados por las bebidas deliciosas, pillamos unos platos para cenar siguiendo las recomendaciones de una mujer que estaba sentada a nuestro lado en la barra.

Este cóctel llevaba ginebra y otros ingredientes excelentes que ya se me han olvidado.

La cena fue muy rica y nos lo estábamos pasando bien, pero decidimos acabar allí la noche y volver al hotel ya que andábamos reventados de tantos planes en Nueva York. Por el camino nos metimos en otra farmacia 24h para comprar algo de picoteo, cosa que nos vino bien ya que acabamos viendo un par de capítulos de Derry Girls en la cama ya que no podíamos dormir gracias a la siesta que habíamos echado unas horas antes.

No sería Nueva York sin una tubería aleatoria en plena calle que emite vapor.

El día siguiente nos despertamos tarde y no nos dimos prisa en levantarnos ya que el único plan que teníamos era salir a desayunar juntos. Para eso, nos cercamos a una cafetería que había encontrado Megan que estaba a un par de manzanas del hotel. Hablamos un buen rato mientras comíamos y agradecí el café medio bueno que me pusieron después de beber tanto café asqueroso desde aterrizar en los Estados Unidos.

Luego volvimos al hotel y descansé un rato mientras Megan se hizo la maleta. Saliendo del hotel, la acompañé hasta la estación de metro más cercana y nos tocó despedirnos el uno del otro. Tras tres semanas juntos en Canadá, Vermont y ahora Nueva York, era hora de que se nos partieran los caminos. Megan iba a volar de vuelta a Burlington para empezar a trabajar el día siguiente mientras yo me quedaba un día más en La Gran Manzana antes de ir a mi siguiente y último destino – pero eso se revelará en breve.

Por ahora, me puse triste al ver a Megan bajar la escalera y coger el metro de vuelta al aeropuerto, pero también estaba emocionado para ver que iba a hacer en estos 24 horas que tenía yo solo en la ciudad enorme que es Nueva York…

Nos despedimos de Vermont

23.09.22 — Vermont

El día tras el circo único de Bread & Puppet, Megan y yo optamos por tener una mañana relajada en casa antes de ir a desayunar algo tarde sobre mediodía. Megan quería llevarme a uno de sus sitios favoritos, una cafetería antigua que había identificado como una visita obligatoria después de que yo le diera la chapa sobre como quería vivir todo tipo de americanadas.

Le echamos unas monedas al parquímetro y nos acercamos a Henry’s Diner, un sitio que lucía feo desde fuera pero era un gusto por dentro. Nos sentamos en una mesa de banco y la camarera nos tomó nota: dos desayunos completos con una selección de nuestros caprichos favoritos.

La comida estuvo absolutamente deliciosa y el café absolutamente asqueroso – pero creo que eso forma parte de la experiencia. Como dijo Megan, ¡no es un desayuno estadounidense sin un café malo! Me zampé unos huevos escalfados, unas patatas sazonadas, una tostada francesa con sirope de arce y un bollo de pan que lo llaman un “English muffin” (bollo inglés). Lo escribo así entre comillas porque nunca vi uno de esos bollos en Inglaterra en mis veinte años de vivir allí.

De vuelta a casa, Megan se echó una siesta y yo me volví a montar en la bici que había usado unos pocos días antes. Me acerqué a un supermercado a pillar algunos regalos, donde le llamé a mi hermana para que nos riéramos del tamaño exagerado de todo y me indicó qué comida quería que le pillara para que la probara en Madrid: unos M&Ms de crema de cacahuete.

Al salir del supermercado me di cuenta de que había empezado a caer, pero me subí a la bici de todas formar para disfrutar del frescor mientras subí la cuesta empinada hacia la casa de Megan.

Por la tarde, nos acercamos a la casa de sus padres para volver a ver The Bachelorette. Maureen nos preparó una cena rica de pollo y nos servimos unos gintonics generosos mientras veíamos la serie juntos. El descanso para tomar el postre incluyó unos caprichos como una tarta de queso con lima y unas de té con chocolate.

El día siguiente volvimos al centro de Burlington para que comprase algún regalo más para Maureen y Terry para darles las gracias por recibirme en casa y enseñarme su estado bonito. Decidimos comer en casa ya que teníamos que comer las sobras antes de irnos de Vermont para nuestra próxima aventura – pero dejaré esa sorpresa para la siguiente entrada de blog.

Luego habíamos quedado en volver a pasar la noche viendo la tele, pero esta vez en la casa de Malory. Unos días antes mientras bebíamos antes de nuestra noche de karaoke, Malory me había preguntado si había visto Diana: El Musical. Me sorprendió enterarme de la existencia de tal musical y se emocionó mucho diciéndome que lo viera, así que se organizó una noche para que lo viéramos todos juntos.

Empezamos la noche con unas pizzas y unas risas, después de lo cual me pusieron otro gintonic mediocre. Probé muchas bebidas ricas durante mi estancia en los EEUU, pero la verdad es que Kevin lo clavó al observar que todas las ginebras estadounidense saben a árbol.

Diana: El Musical supuso una experiencia bastante única. Nos reímos hasta tomar un descanso para que yo probara unas galletas con sabor a lima que estaban bastante ricas. No sabía como reaccionar frente la existencia que habla de la vida y la muerte de Diana, pero fue una noche de diversión inocente que me gustó mucho.

El día siguiente Megan y yo volvimos a salir a las carreteras para nuestra última excursión antes de irnos de Vermont. Este viaje nos llevó a la cima del monte Mansfield, la montaña más alta del estado. Para llegar allí tuvimos que pasar por un camino que se llama Smuggler’s Notch (el paso de los contrabandistas), un paso de montaña que se usaba en su momento por los contrabandistas que traficaban alcohol desde Canadá a los EEUU durante la era que el alcohol quedaba prohibido en el país.

Una vez allí nos aceramos al teleférico, que nos proveyó con unas vistas espectaculares durante el ascenso largo. En la cima, dimos una vuelta para apreciar el entorno, durante lo cual Kevin me llamó y aproveché la oportunidad de coger la videollamada y saludarle desde la cima de la montaña más alta de Vermont.

Tras un rato hablando con Kevin, decimos echarle un ojo a una de las rutas que se puede tomar para llegar a la cima. La senda se veía complicada y el sinfín de avisos en su entrada fueron la gota que colmó el vaso y que nos hicieron abandonar la subido. Sí que entramos un rato para sacarnos unas fotos en algunos sitios chulos, pero luego nos cansamos y nos echamos atrás.

Esta fue la cima de verdad que aún no habíamos alcanzado.

Decidimos abandonar la senda al encontrarnos con este paso estrecho, mojado y musgoso.

De vuelta a la estación del teleférico, Megan se pilló un gofre y salimos a compartirlo en unas sillas que se habían instalado sobre el valle abajo. Empezaron a llegar cada vez más nubes, así que al final nos subimos al teleférico para volver al coche.

Desde allí nos acercamos al siguiente destino, uno que tenía ganas de visitar desde que conocí a Megan en Madrid donde me hablaba tanto de él. El sitio se llama el Von Trapp Lodge, un hotel que sigue siendo operado por la familia Von Trapp, la misma familia cuya historia se ve representada en la película famosa “Sonrisas y lágrimas”.

Por supuesto que conducíamos con la banda sonora de esta película a tope, cantando todas las canciones de ese musical tan maravilloso. Ya llegados al hotel, pillamos una cerveza y salimos a tomarla en la terraza, donde Megan me informó que la chica que nos había servido era la bisnieta de María y el Capitán. ¡Menuda locura!

Megan conocía bien el sitio ya que había trabajado allí, así que sugirió que bajásemos a la cervecería a tomarnos otra caña y comer algo. Compartimos unos pretzels con salsa de queso, unas salchichas y un schnitzel de pollo. La comida estuvo buena y la compañía era guay ya que nos pusimos a hablar con unos ex compañeros de Megan.

Luego nos fuimos del hotel de los Von Trapp, pero nos quedaba una para más por hacer antes de volver a Burlington: ¡la fábrica de Ben & Jerry’s! No nos daba tiempo hacer un tour de la fábrica de la marca de helados más famosa del mundo, pero sí que pudimos probar unos sabores exclusivos en unos conos de gofre fresco.

A Megan le encantó que le obligara a tomar esta foto turística conmigo…

Había sido otro día intenso y me tocaba hacer la maleta para la siguiente parte de mi viaje, pero este momento de organización no supuso el fin del día. Maureen y Terry vinieron hasta la casa de Megan y les presenté con los regalos, después del cual nos fuimos juntos a un restaurante italiano en el centro de la ciudad.

Pascolo’s fue un sitio muy guay con una bodega antigua que creaba un ambiente muy agradable. Compartimos una botella de tinto y pasamos la noche hablando de todo tipo de cosas. Los ñoquis frescos que pillé estuvieron muy ricos y nos lo pasamos muy bien. Después de la cena, me despedí de Terry al irnos a nuestros coches separados.

No me había despedido de Maureen aún ya que vino la mañana siguiente para recogernos y llevarnos a nuestro siguiente destino. Megan y yo dijimos adiós con la mano cuando nos dejó en el Aeropuerto de Burlington, donde pillamos un vuelo de tan solo una hora para empezar nuestra próxima aventura…