Más fotografía de Caudete

20.09.20 — Caudete

A modo de una continuación bastante tarde a una entrada de blog publicada hace casi un año en la cual compartí una serie de fotos de película de 35mm, hoy os traigo unas fotos más de mi viaje a Caudete de las Fuentes en 2019. Había olvidado que existían estas fotos del pueblo valenciano de la familia de mi amigo Roberto, así que supuso una sorpresa bonita encontrarlas con unas fotos de Tenerife después de dejar un carrete para que se revelase.

A series of pots, wicker jars, and glass bottles covered in dust in the corner of the loft of an old house.
An old chest of drawers is littered with empty glass bottled, boxes, and an old alarm clock, all covered in dust and perched below an old wooden roof.

Las fotos documentan unas escenas de la casa familiar antigua, y se sacaron en una cámara vieja de Samsung entre nuestras exploraciones del pueblo y la creación de un espectáculo de bombillas en su patio trasero. La calidez y imperfección de las fotos combinada con la naturaleza antigua de la ubicación han producido una serie especial de fotos: una que parece que podría provenir de otro siglo.

A series of old string lights hang from a series of bamboo rods in the worn old loft of an old house.
Chorizo sausages cook in a pan on an old gas stove.
Chorizo and fried potatoes on a plate.
Roberto sets up a series of coloured fairy lights in the corner of an old patio.
A series of coloured lights adorn the old entrance to an outdoor bathroom.
A series of fairy lights hang on an old wall behind a table covered in empty bottles and plates.

Como siempre, no he retocado ninguna de estas fotos, ya que creo fuertemente en dejar este tipo de fotos de película tan íntimas y misteriosas tal cual como salen. Esta segunda mitad concluye mi serie de fotos de este pueblo pequeño valenciano, y representa una contradicción que me llevé al finalizar la visita: hubo un aire melancólico en un pueblo en declive y que sufre tanto de la despoblación, pero el rato que pasé allí con Roberto fue relajante, y pasar las noches jugando con luces con otra persona que comparte mi pasión por la iluminación supuso mucha diversión.

Asegúrate de echar un vistazo a las otras tres entradas de blog de mi vista del año pasado: explorando el pueblo, montando las luces, y la primera mitad de fotos que salieron de otro carrete.

La patria

05.09.20 — Burnley

Para la última de mis tres escapadas de Madrid, conseguí un chollo en la forma de un vuelo de ida y vuelta por tan solo 40€. Este vuelo tenía como destino Mánchester, cosa que solo puede significar una cosa: tocaba visitar la patria. Por primera vez desde la navidad del año pasado iba a visitar Inglaterra. Toto empezó con un madrugón a las 5:30am para coger un taxi al aeropuerto de Madrid.

La novedad de volar durante la pandemia ya se había quitado tras mi vuelo a Tenerife hace unas semanas, pero otra vez me encontré fastidiado por la falta de restaurantes abiertos en el aeropuerto. Tras pasar volando por el control de seguridad, no había una tienda para comprarme ni una miserable botella de agua para el viaje, así que pasé la hora de espera sentado en el suelo al lado de la puerta de embarque.

El avión iba medio vacío y el vuelo fue sin más, por lo cual acabados unos capítulos de Modern Family me encontré bajándome del avión para ver como serán estas nuevas y rigurosas medidas de seguridad contra el coronavirus. Ya que había tenido que rellenar un formulario extenso y guardar un código QR para que me lo escanearan al llegar, me esperaba un protocolo completo al llegar. Este protocolo al final fue: un hombre me preguntó si tenía el formulario, le dije que sí y lo iba a buscar en el móvil, pero el tío pasó y dijo que pasara directamente.

¿En serio, Inglaterra? ¿Solo eso? ¿Esta es vuestra primera línea de defensa? El pibe ni quería ver el formulario, mucho menos escanear el código QR: podía haberle enseñado una factura del McDonalds y no se hubiera dado cuenta. Con una normativa tan estricta de autoconfinamiento en vigor, uno hubiera pensado que por lo menos intentarían que la gente se sintiera obligada a seguir las normas, pero en una cuestión de unos breves minutos ya estaba fuera del aeropuerto y paseando por las calles.

Mientras andaba confundido por la aparente falta de preocupación, mi padre me recogió y me llevó a Burnley. De vuelta a la casa de mis padres, en breve ya estaba solo ya que mi madre estaba durmiendo después de trabajar un turno nocturno, mi hermana estaba en Leeds con unas amigas y mi padre tuvo que salir a hacer la compra.

Tras una tarde relajada de deshacer la maleta, hablar con mi madre y tumbarme un rato, por fin me reuní con mi hermana cuando volvió en tren. Los dos nos quedamos despiertos hasta tarde, cenando pizza y cotilleando hasta la madrugada.

El día siguiente Ellie insistió que nos levantáramos y que hiciéramos algo, así que me vi obligado a dar una vuelta por el pueblo con ella. Este camino nos llevó al pico de una colina, debajo por las orillas de un embalse y luego por medio de un bosque. La senda nos permitió ponernos al tanto aún más y curiosear al toparnos con un espacio para bodas al aire libre que se ha construido en una carpa en uno de los prados. Una idea bastante guay para estos tiempos tan extraños.

El resto del día lo pasé en casa al igual que el día siguiente, que lo eché tirando cosas que había dejado en la casa de mis padres y preparando unas cosas que quería llevar conmigo de vuelta a Madrid. No quería sentirme tan enjaulado, así que de tarde mi padre me prestó su bicicleta para que diera una vuelta por el pueblo.

Me hice unas nuevas amigas por el camino.

Por el camino, como bien puedes apreciar, me detenía a sacar unas cuantas fotos, algunas de las cuales mandé a mis amigos y compañeros en Madrid. Al ver las ovejas, me preguntaban por qué me había ido jamás del pueblo. Es verdad que suelo echar de menos el aire limpio y el verdor de Worsthorne.

El día siguiente volví a limpiar mi habitación e hice más tareas de organización y administración que tenía que hacer mientras andaba por el Reino Unido. Fui a ver a mi vecina, Audrey, y hablamos un buen rato de la situación global y la vida en España. Ella se iba a Gibraltar el día que yo me iba a ir de Inglaterra.

Al volver mi padre del trabajo, los cuatro de mi familia salimos a hacer algo en familia en la forma de un paseo por otro embalse. Mi padre tenía el tobillo fastidiado debido a una caída desde un árbol que sufrió hace unos meses, así que al final me quedé atrás con él. Entre los dos hablamos del pasado, el futuro y todo lo que hay por medio.

Al llegar a casa tocaba tomarse una Guinness en el jardín. Seguidamente salí a visitar el supermercado enorme de Burnley y pasé un vídeo del pasillo dedicado a los sabores y marcas distintas de los baked beans (alubias en una salsa dulce de tomate). ¡A veces Inglaterra es una parodia de sí misma!

Esa noche tuve que acostarme a mi hora, ya que el día siguiente era el día que más estaba desando: ¡había quedado con Abi y Danni! Habíamos organizado un viaje a Blackpool Pleasure Beach, un parque de atracciones donde los tres hemos pasado muchas ocasiones subiéndonos a las atracciones y zampando los donuts frescos.

Abi me vino a recoger a primera hora y antes de que me hubiera despertado del todo los tres ya estábamos en las calles turbias de Blackpool. Paramos en un pub para desayunar algo antes de que abrieran el parque. Me fascinó la promesa que hacía el pub de que tu comida te llegaría en menos de diez minutos. Después de un té negro con leche (un clásico británico) nos acercamos a las puertas del parque para aprovechar las seis horas que tendríamos allí.

Una vez dentro nos acercamos directamente al Ice Blast, una torre de caída neumática que nos dio un impulso de energía para empezar el día, junto con unas vistas sobre la costa. Enseguida nos subimos a lo que quizá fuera la atracción más terrorífica del día: un tiovivo viejo cuyos movimientos maleantes, velocidad exagerada y música turbia de órgano me tenían gritando durante el viaje entero. Luego nos acercamos a la Grand National, una montaña rusa de madera antigua que acababa de abrirse. Nos encontramos en primera posición de la cola y bajo la dirección de un operador de atracciones muy amable que nos dejó separarnos entre dos coches para que pudiéramos hacer carrera.

Acto seguido nos metimos en la cola corta par Icon, su montaña rusa más reciente a la que me subí por primera vez cuando visité con Ellie y Johann. Gracias a la ocupación baja, pudimos subirnos a la Big One (una montaña rusa enorme, por eso su nombre), Infusion (una montaña rusa invertida algo horrorosa) y muchas montañas rusas más en sucesión rápida. En la Big One, Danni me dijo que levantara las manos al pasar por el punto de fotos ya que tenía algo en mente. ¡No podía no comprar la foto!

Al entrarnos hambre paramos a comer pollo frito al lado de dónde antes estaba la Wild Mouse, una montaña rusa de ratón loco que se derrumbó hace unos años – en paz descanse. Una comida tan pesada quizá fuera una mala decisión, sin embargo, porque después nos subimos a unas atracciones que invierten multiples veces. En nada me encontraba mareado y nauseado, pero me negué a que un poco de pollo y la edad avanzada me fastidiaran el día ¡así que seguimos de marcha!

Nos subimos a una sería de otras atracciones más suaves antes de que acabara el día en el parque, entre ellas la Flying Machine (la máquina voladora) que sería la última atracción del día. No sería un día en el Pleasure Beach sin unos donuts recién fritos, así que nos compramos una bolsa antes de volver al pub para cenar.

Después de una pinta y una hamburguesa enorme en el pub, volvimos al coche y echamos un último vistazo al parque. Me dejaron en casa medio dormido de nuevo tras un día tan ajetreado, pero habíamos quedado en hacer algo el día siguiente así que no había acabado el viaje aún.

El atardecer sobre el parque queda muy bonito.

La mañana del día siguiente nos volvimos a reunir en el coche de Abi para acercarnos al Trafford Centre, un centro comercial enorme en las afueras de Mánchester. Me di el capricho de unos chocolates artesanales, una botella pequeña de vodka de caramelo y unas piezas de pretzel bañadas en chocolate. Comimos en su sala de restaurantes antes de volver a Burnley, dónde dispuse de tan solo una hora para descansar y refrescarme antes de volver a salir de casa.

Para este viaje fui al pueblo bonito de Hebden Bridge con mis padres para que mi madre recogiera un collar personalizado que había encargado para mi hermana. Con el recado hecho, los tres dimos una vuelta y me compré unas cositas para llevarlas conmigo a España.

No puedo visitar Inglaterra sin dar una vuelta por Hebden Bridge.

Un sitio que quería visitar era el canal, que lucía resplandeciente en la luz de la tarde. Al acercarnos al agua, nos topamos con una familia que había alquilado un barco y que lo estaba navegando por una de las esclusas y de repente me encontré encargado con la operación de una de las compuertas. ¡Era algo que llevaba queriendo hacer toda la vida!

Luego hubo un momento de drama al ver que un barco se había liberado de su atraque y se había soplado hasta quedar perpendicular al bordillo y bloquear el paso del canal por completo. Hablamos un rato con las otras personas que se encargaron de solcuionarlo y volvimos al centro del pueblo.

El otro objetivo del viaje a Inglaterra fue para que comiera unos fish and chips, ese plato mítico de mi país que consiste en pescado frito con patatas fritas. Aún no tenía hambre así que nos plantamos en la terraza de un pub para tomarnos un vino y mirar la gente pasar. Los fish and chips fueron divinos, por supuesto, pero ya me estaba entrando la realidad de que el día siguiente tenía que despedirme de la familia y volver a la rutina.

Ya que hacer la mochila me llevó menos que pensaba, tuve tiempo suficiente como para elaborar una tarta de Victoria Sponge. Es un bizcocho de vainilla que lo acompañé con mermelada artesanal de frambuesa y nata montada fresca. Cenamos un trozo de la tarta y una taza de té antes de acostarnos para que el día siguiente cogiera mi vuelo temprano y estuviera en la capital española antes de mediodía ese sábado por la mañana.

Al llegar, me sorprendió ver que los españoles estaban mucho mejor organizados que los británicos: tuve que navegar lecturas de temperatura corporal, esperar a que me revisaran el formulario sanitario y pasar por un control de pasaportes mucho más estricto que había experimentado jamás en España. Mis felicidades a los españoles por tener todo así de regimentado, pero supongo que se aprendió mucho durante el brote sin precedentes y la cuarentena procedente.

Sobra decir que me pasé un rato relajado y fabuloso en Inglaterra. Fue un gusto volver a ver a mi familia y a mis amigos de nuevo, aunque fueran unos pocos días. He tenido la suerte de visitar Tenerife, Murcia e Inglaterra este verano, algo que realmente nunca me imaginaba que podría hacer. Aún así me quedo con las palabras de Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda y una de mis personas favoritas:

2020, francamente, ha sido terrible.

De Madrid al cielo

27.08.20 — Madrid

Hace ya casi dos semanas que volví de vacaciones en Tenerife y Murcia, así que decidí que ya tocaba pasar por aquí y actualizaros sobre lo que he hecho desde entonces. Aparte del trabajo que sigo realizando desde mi piso, he aprovechado de las noches más frescas de este mes para visitar unos sitios interesantes por la cuidad y sacar unas fotos.

Una noche, Jhosef y sus amigos me invitaron a subir a la sierra para escapar de las luces de la cuidad, ver la lluvia de asteroides y sacar unas fotos de larga exposición del cielo nocturno. Decidí que era una oportunidad que no surgiría todos los días, así que me subí al coche y cruzamos la cuidad. Más que nada, yo esperaba ver mi primera estrella fugaz.

A group of friends lying on a rock in the dark.

Tras un viaje largo y bastante agitado por un camino de barro, llegamos en el centro de la nada a medianoche, y buscamos una roca donde echar unas mantas y sentarnos. Pasamos un rato picoteando y hablando, y luego unos decidimos tumbarnos mientras los demás sacaban fotos.

No me llevé la cámara, cosa que puede que fuese una mala decisión ahora que lo pienso, pero ya había sufriendo unas excursiones por la sierra en el pasado y no quería volver a tener que llevar la cámara pesada por sendas empinadas. Jhosef y sus amigos sacaron unas fotos preciosas del cielo, sin embargo, y hasta conseguí ver la forma de la Vía Láctea y conté un gran total de seis estrellas fugaces. ¡Era mágico!

I stand on a rock in the darkness.

No creo que haya visto nunca un fondo tan oscuro.

Después de llegar a casa sobre las cuatro de la mañana, luego tuve que pasar el resto del finde intentando reajustar mi reloj interno. Entre semana, sin embargo, descansé después de trabajar con unos viajes al Centro Cultural Matadero, sentándome en un banco en la sombra y escribiendo un poco de mi blog al aire libre.

The water tower at the Matadero, seen in the sunset.

Una noche cogí un bici y subí hasta el centro de la cuidad, donde me senté en una terraza en plena Madrid de los Austrias, el casco viejo de la capital. Después de escribir un poco más y tomarme una caña, decidí volver a casa andando ya que es todo cuesta abajo, y porque a esa hora la luz del atardecer ilumina todo espectacularmente.

The facade of a red brick building in the evening light.
A street in the ancient part of Madrid, lit in the warm sun of an evening.

Una vez que vi el cielo precioso sobre la cuidad, resolví que volvería a salir para sacar más fotos de los atardeceres madrileños tan maravillosos. Para eso, volví a bajar al Parque de las Delicias, un parque local que descubrí durante la desescalada.

Abandoned trains in an abandoned station, with a cat in the foreground.
A tree in the foreground with the Madrid skyline in the background.

Pasé por la estación de tren abandonada en la punta norteña del parque, que queda tapada por una red negra para que la gente no vea que lleva dentro, pero que no consigue frenarme a mí. Después de hacer que la gente me mirase raro por insertar mi móvil en cualquier hueco que encontraba en dicha red, bajé hacia el sur del parque, sacando más fotos al pasar sobre un puente ferroviario en el camino.

A sunset with orange clouds behind a large concrete structure over Madrid.

Este puente me dejó en un camino que sigue hasta el centro del parque, pero me puse curioso al ver que unas personas habían escalado las escaleras del planetario que se encuentra justo al lado del puente. Me acerqué para investigar si las plataformas de concreto de la estructura brutalista se podían subir por el público en general, y al final resulta que sí.

The concrete levels of the planetarium in Madrid.
A blue, pink and orange sunset behind concrete columns.
An evening sky with pink clouds over a black silhouette of trees.

Una vez encima del planetario, saqué estas fotos de la puesta de sol magnífica, y luego me perdí al buscar una bici pública para volverme a casa. Al final tuve que rendirme y pillar un bus de vuelta a casa, pero ya se hacía tarde y iba a trabajar el día siguiente, así que al final creo que fue buena idea.

The sunset over the south of Madrid, with a canopy of trees below in the foreground.
A pink sunset behind the dome of the planetarium in Madrid.

El finde pasado hacía bastante calor y tenía algunas tareas que quisiera hacer y unas cositas que quería comprarme, así que decidí que lo mejor sería aprovechar del aire acondicionado gratis de un centro comercial. En vez de bajar a los de siempre como Parquesur o La Gavia, elegí subir a uno en el norte que llevo queriendo visitar desde hace ya bastante tiempo.

El viaje a dicho sitio me acabó llevando mucho más que lo pensado, porque me perdí cada conexión sea tren o bus en todo el camino. Luego me perdí por completo en una urbanización enorme, pero al final logré encontrar el centro comercial.

A baseball court in between blocks of flats.

Otra actividad que nunca falla es un viajecito en bici por el parque del Río Manzanares al lado de mi casa, así que he pasado un par de noches esta semana haciendo justo eso. Los numerosos puentes que se encuentran por el camino son los sitios perfectos desde los que sacar unas fotos del cielo de Madrid, ¡y los atardeceres de esta semana no han decepcionado nada!

A pink sunset over the Madrid River.
A vivid orange sunset reflected in the water of the Madrid river.

También llevo un rato poniéndome al día con unos amigos desde mi vuelta de vacaciones. Esto ha incluido una noche de peli en casa, una cena rica de hamburguesas veganas con un amigo que llevaba tiempo sin verle y luego una noche de picnic en Retiro con Bogar y Hugo. Los tres, junto con el novio de Hugo, nos vimos en el parque emblemático y nos tomamos unas birras y algo de picoteo mientras que el sol se ponía a nuestro alrededor.

A blue and orange sunset behind the silhouette of trees in Retiro park, Madrid.
A blue sky between the canopies of trees in Retiro park, Madrid.

Y así concluyo este repaso de los eventos de las últimas pasadas, con todas las fotos de los atardeceres de esta cuidad que ya es mi hogar. El coronavirus sigue liando nuestros planes y sueños de viajar en este año terrible que es el 2020, pero cuando ya volvamos a tener la libertad para viajar, insisto que visitéis todos Madrid para ver el por qué los madrileños siempre dicen que “de Madrid al clielo”….

En Murcia otra vez

20.08.20 — Murcia

Mi última entrada de blog acabó cuando cogí un avión después de unos días en Tenerife, pero tal avión no me llevó a Madrid, sino a Alicante. No iba a pasar mis días en Valencia como el año pasado, sin embargo, porque me recogieron mis tíos y me llevaron a Murcia para pasar le segunda semana de mis vacaciones en su casa.

Al llegar hacía mucho mejor tiempo que la última vez que visité, pero el sol ya se ponía cuando llegamos a su piso. No íbamos a desaprovechar de la noche, no obstante, porque mi tía había organizado una quedada con sus amigos en un restaurante local.

Después de comerme unas croquetas de bacalao y aprovechar de los descuentos en las bebidas antes de las diez, volvimos a casa para seguir conversando y descansar para el día siguiente.

A pool surrounded by palm trees.

Ya que había quedado en hacer una tarta de zanahoria para mi tía como regalo de cumpleaños, y porque quería coger unas cosas del supermercado, empezamos el día siguiente con una visita al Mercadona. También pasamos por el supermercado británico para comprar cordial (una bebida de Inglaterra que se mezcla con agua), y luego pasamos el resto del día bañándonos en la piscina.

En la tarde, bajamos a un pueblo costero y un restaurante que habían recomendado mis tíos, donde cenamos rico mientras vimos el atardecer sobre l mar. Después de un caos relacionado con la configuración de la mesa y la confusión de mis tíos al ver que había pedido un entrante de gulas, disfruté un plato delicioso de solomillo y luego un postre casero.

Madrugamos (más o menos) el día siguiente porque teníamos planeado un viaje a un convento en las montañas. Mis tíos habían hablado bastante de este sitio en el pasado, pero nunca había llegado a subir, así que tenía ganas de ver de que tanto hablaban.

An arch with a view over the city of Murcia in the background, flanked by trees.

Resulta que el conjunto de edificios en las montañas es absolutamente pintoresco, contando con vistas panorámicas sobre la cuidad de Murcia. Estas vistas se nos revelaron al pasar por el callejón entre dos edificios y por debajo de un arco, pero me habían hablado de una parroquia bonita que valía la pena visitar antes de explorar más. El interior del sitio está pintado de oro y con frescos, pero nos despidió el apagado de las luces ya que la misa iba a empezar.

A heavily gold-gilded church interior.

Luego paramos en la cafetería del convento para tomar unas cervezas y probar sus empanadas caseras, lo cual nos dejó con suficiente energía para escalar unas de las sendas que nos trajeron a las vistas sobre el convento, las montañas y los barrios de la cuidad debajo.

A view over the covenant on a green hillside.
An old lamppost in between a bunch of pink flowers.
An old house atop a hill.
A bush with pink flowers on the side of an old building.

Las vistas desde el convento eran tanto variadas como espectaculares.

Una vez cansados del calor, volvimos a subirnos al coche y nos pusimos a buscar un restaurante recomendado por los amigos de mis tíos. Nos dijeron que era un sitio modesto, al lado de una gasolinera, pero al entrar se hizo evidente que era muy popular entre los locales. Vi que un plato de cordero en la carta había ganado un premio, así que opté por él a pesar de no ser gran fan del cordero, pero menos mal que lo hice – ¡era delicioso!

El día siguiente decidimos pasar el rato relajando en el apartamento y la piscina, y decidí preparar dicha tarta de zanahoria ya que había mi tía invitado a sus amigos que pasasen a tomar algo con nosotros. Al final hice una tarta de dos capas, cosa no suelo hacer, pero quedó bastante rica al final.

A carrot cake with candles.

Pasamos la noche en un bar local tranquilo, donde compartimos una selección de raciones en la terraza, hablando de muchas cosas mientras el sol se ponía a nuestro alrededor. Dentro de nada ya había llegado mi tercer noche en Murcia, pero aún no había decidido cuál día iba a volver a Madrid, ya que aún estas esperando saber de mi hermana y si al final tuvo que cancelar su visita por la situación del coronavirus.

Caminar por las calles tranquilas de la España rural siempre supone una experience relajante.

The pale yellow walls of a house in rural Spain.

La mañana siguiente mi tía y yo nos subimos al coche juntos y bajamos a un restaurante en la cosa que solemos visitar. Cantamos unas canciones en el coche de camino, y luego disfrutamos un desayuno típico español y después un par de cañas con vistas sobre el Mar Menor.

A woman looking at the notice board of a church.
A selfie of me.

Después de esto vino otro día de relax por la piscina, y al final me avisó mi hermana que por desgracia no podría viajar a Madrid a visitarme, así que pillé el tren para el jueves para descansar unos días en mi piso antes de volver a trabajar.

Ahora que supimos exactamente cuanto tiempo me quedaba, hicimos un plan para el día siguiente, que consistió en coger un tren de un pueblo local a Cartagena. Esta fue otra experiencia de la que habían hablado mucho más tíos, pero que no había experimentado yo, así que me subí al vagón único del pequeño tren con ganas.

An old hand-painted sign.
Animated image of a car heading down a road.
A cliff with a house behind it.

Al llegar en Cartagena, andamos un rato por la muralla y hacia el centro, donde paramos para tomarnos una bebida y escapar del bochorno veraniego. Después de esto pegamos una visita a un bar local, donde volví a ponerme a hablar cone el dueño Ramón y disfrutamos una especialidad local, el café asiático.

Para comer, buscamos un restaurante que conocen mis tíos, y nos sentamos en una terraza para lo que no supimos que sería una experiencia loca de dos horas. Después de pedir nos dejaron una ración de bravas como “regalo por el retraso” y por eso empezamos a pensar que algo iba mal detrás de las escenas, ¡y resulto que acertamos!

Los entrantes salían a intervalos, y pronto se hizo evidente que un caos exponencial se había creado por el sistema de numeración de las mesas, que se había liado al meter más mesas en la terraza sin saber qué números tenían. Llegada la hora de pedir el postre, el camarero evidentemente estaba hasta las narices, y optó ponerse entre todas las mesas y gritar el listado de postres disponibles, pidiendo que la gente levantase la mano. ¡Que risa!

Una vez finalizada la comida, volvimos al puerto, pasando por el paseo marítimo y de vuelta a la estación de tren. Después de nuestra excursión, pasé la noche descansando en la piscina yo solo, llamando a mis amigos por todo el mundo y viendo el atardecer.

A panorama of the see seen from Cartagena, Murcia, Spain.
A sunset seen from a pool.

Demasiado pronto había llegado mi último día en Murcia, y después de una mañana en la piscina, mi tía y yo fuimos a vomer en un bar local mientras mi tío salía con sus amigos. El tío del bar nos puso una selección de platos locales que estuvieron todos muy ricos y luego volvimos a la piscina para descansar un rato más.

Quedaba una cosa que quisiera hacer antes de irme, sin embargo, así que aprovechamos de la última noche para hacerlo antes de mi vuelta a Madrid. Esto fue una visita a los baños de lodo de Lo Pagán, cosa que he hecho varias veces en el pasado pero que mi tía nunca ha experimentado. Consta en bañarse en una piscina poco honda, cubrirse del lodo muy sulfúrico, dejando que se seque al sol y luego volver a bañarse para quitárselo.

Palm trees line a pier in Lo Pagán.
A selfie of me at the mud baths.
The mud baths.
A streetlight and palm trees.
A first-aid building jutting out into the sea.
A bicycle tied to a wooden pier in the mud baths.
The sun set over the sea.

Después de ver la puesta del sol y cenar un kebab (me resulta muy difícil encontrar un buen kebab en Madrid, así que tuve que aprovechar), volvimos a casa y tomamos una última ronda de cervezas. La mañana siguiente se pasó por la piscina, antes de salir a comer en un restaurante que solemos visitar justo antes de coger yo el tren de vuelta a Madrid.

Esta vez, sin embargo, hubo un bus de sustitución para la primera media hora del viaje, así que tuvimos que despedir de mis tíos en el parking antes de un viaje algo aburrido de vuelta a la gran cuidad. A pesar de estar triste por tener que dejar a mis tíos y resignado al hecho que mis vacaciones veraniegas ya llegaban a su final, dio gusto volver a mi piso y encontrar mis plantas en buen estado gracias a un amigo que había pasado para regarlas durante mi ausencia.

Tal y como con Cami, Sam y familia, tengo que dar las gracias a mis tíos por recibirme en su casa y aguantarme durante una semana entera, que se alargó de cinco días a siete por la cancelación de la visita de mi hermana. Creo que tener la oportunidad de viajar ahora mismo supone un gran lujo, así que estoy muy agredecido por haber podido visitar Tenerife y Murcia.

Por ahora me toca volver a trabajar, pero bien sé que Ellie (mi hermana) y Johann (su novio) ¡estarán de vuelta a Madrid en cuanto puedan!

Una escapada a Tenerife

18.08.20 — Tenerife

Como revelé al final de una de mis últimas entradas de blog, ¡arranqué mis vacaciones veraniegas con un viaje a Tenerife! Después de pasarlo fenomenal la última vez que visité a mis amigos Cami y Sam el año pasado, y al decidir quedarme en España este año por el caos del coronavirus, pillé un vuelo a la isla con muchas ganas.

Una vez más me quedé con Cami, Sam y la familia de Cami, cosa que me apetecía mucho ya que el año pasado fueron los mejores anfitriones. Lo extraño de este año sería la experiencia de viajar bajo las nuevas restricciones y medidas implementadas por el coronavirus, ya que este vuelo representó la primera vez que había viajado después de la cuarentena.

El viaje empezó como la mayoría de mis vacaciones, con una vuelta frenética por el piso para asegurar que había regado las plantas, que estaba apagado todo y que las ventanas estaban cerradas. Luego subí al aeropuerto en un tren vacío, llegando al T4 con mucho tiempo extra por si había que esperar más por movidas con la distancia de seguridad. Aparte de una abundancia de gel hidroalcohólico y señales de distancia – de los que ya estamos acostumbrados – la experiencia fue más o menos normal. Pasé por el control de seguridad como siempre, me acerqué a la puerta y me puse a buscar algo de comer antes de mi vuelo a las 3pm.

En este momento logré cagarlo todo. Había visto que la oferta típica de restauración y tiendas estaba cerrada, y por eso había ido a la puerta con la esperanza de encontrar un puesto que me vendiese un sándwich. Resulta que esto implicaba coger un metro, porque el T4 está partido en el edificio principal y un “terminal satélite”.

Bueno, al llegar en dicho “terminal satélite” se me hizo evidente que no había ningún tipo de establecimiento así. No me preocupaba, sin embargo, ya que tenía bastante tiempo antes del comienzo del embarque, así que simplemente volvería al terminal principal para buscar otro sitio allí: estaba convencido que por lo menos podría encontrar un McDonalds. Por eso volví a subirme al metro de vuelta y llegó en el otro edificio para que me parasen dos guardias de seguridad.

Estas dos guardias empezaron a preguntarme de donde había volado, y respondí que solo había vuelto al terminal principal del otro edifico para buscar algo de comer. Eran muy comprensivos, pero me dijeron que tenía que volver a pasar por el control de seguridad que usualmente solo se utiliza para conexiones. Eso hice, pero al llegar al otro lado del control me encontré con dos guardias de seguridad más.

Estos dos me preguntaron de dónde había volado, así que les expliqué que no había volado de ningún lado, que era de aquí, de Madrid, y que todavía me quedaba pisar un avión. Mi historia se recibió con unas miradas sospechosas y un termómetro enfocado en mi frente, y una de las guardias me preguntaba sin parar si había volado de Marraquech. Les conté la historia de cómo había acabado atrapado en la zona de conexiones del aeropuerto solo porque quería un puñetero sándwich, y eventualmente me dejaron pasar, cuando decidí que nunca volvería a dar la vuelta en el aeropuerto nunca jamás.

Me quedé atrapado en una parte equivocada del aeropuerto solo por querer un sándwich.

Esta historia tiene final feliz, sin embargo, porque eventualmente encontré un quiosco y fui a la puerta. Allí me confundí con el nuevo proceso de embarque, que ahora se realiza fila por fila para mantener la distancia de seguridad. El sonido metálico del altavoz del aeropuerto me dejó entre la gente perdida que no sabía qué pasaba…

Bueno, corriendo el riesgo de transformar este blog en un cuento de mis desventuras en el aeropuerto, salto a la parte cuando llego en Tenerife, salgo del aeropuerto para tomar algo de sol, me encuentro con un viento frío inaguantable e intento volver a entrar en el terminal para que me dijesen que no podía entrar sin una tarjeta de embarque válida.

En breves me salvaron de este caos Cami y Sam, que llegaron en su coche para un reencuentro de abrazos y el viaje de media hora al sur de la isla. Después de enseñarme la habitación donde me iba a quedar (con baño propio y una azotea, ni tan mal), los tres salimos a pillar picoteo de la tienda británica y luego para cenar en un mercado de comida. Cenamos una mezcla de platos españoles, árabes y chinos – ¡todo muy rico!

El día siguiente me desperté a la notica que los padres de Cami iban a preparar una barbacoa, cosa que me emocionó bastante después de mi experiencia deliciosa la última vez que visité. Antes de comer, sin embargo, sus padres me llevaron a un mercado de segunda mano mientras Cami y Sam sacaban a sus perros, Luke y Nas.

Si lo que andabas buscando no se encontró en este mercado, simplemente no existe.

A selection of goods on the floor of a car boot sale.

Después de explorar los puestos infinitos de chismes, volvimos a casa y nos pusimos a preparar la barbacoa. Una vez más me llevé mi cámara de carrete, así que saqué muchas fotos con ella que tendré que esperar a ver dentro de unas semanas, ¡pero andaba demasiado ocupado en comer las carnes ricas y la ensalada fresca con salsas caseras como para detenerme y sacar ninguna foto de la comida!

A table is set and a BBQ is lit.

Una vez llenos de comida deliciosa y vino chileno, nos quedamos en casa para dejar que pasase el calor de la tarde, antes de volver a agruparnos y bajar a una playa al lado de La Montaña Roja, una roca interesante cuyo nombre viene de su matiz rojo. Nos bañamos un rato ene l mar antes de pasar por la arena para secarnos, pero luego nos volvimos a meter en el agua para experimentar la fuera de unas de las olas más grandes que he visto jamás.

The red mountain in Tenerife, a rock formation.

La Montaña Roja no es una montaña ni es tan roja.

Una ola en particular me dejó con la boca llena de agua y mis gafas de sol tiradas por la marea, así que lo tomé como señal de que debería volver a la tierra firme. Al volver a casa, los tres acabamos el día con unas copas y un juego de Scrabble en la casa de Cami y Sam – ¡todos andabamos demasiados llenos como para cenar!

A lifeguard's car and flags on a beach with fog in the background.

Los planes del día siguiente incluían un viaje a unas piscinas naturales, pero los planes tuvieron que cambiar por las olas enormes que obligaron que se cerrasen las piscinas. Menos mal que Cami conocía otro sitio, así que nos fuimos a otra piscina natural un poco más al sur.

A white wall, with leafy plants behind and mountains in the background.

No sabía que esperarme cuando me dijeron que íbamos a visitar unas piscinas naturales, pero al final el sitio consistió en una depresión en la base de un acantilado que se había llenado por el agua del mar por las olas. Dejamos nuestras cosas en una roca y bajamos a la piscina, descansando un rato en sus aguas tranquilas antes de acercarnos al borde donde chocaban las olas. Aquí podíamos sentarnos tranquilamente unos minutos hasta que una ola ocasional chocaba con la fuerza suficiente como para generar una columna enorme de agua que nos echaba de vuelta a la piscina.

A natural pool blends into the sea in Tenerife.

Las rocas negras volcanicas de Tenerife hace crean un contraste bonito con el mar azul.

The sea breaks over black volcanic rocks in Tenerife.

Una vez cansados de bañarnos en la piscina y después de quemarme el hombro (cosa que descubrí después), subimos a una pizzería donde Cami y Sam insistían que probase una pizza que llevaba patata. Estuve dudoso, pero después de probar la pizza de patata, salchicha, mozzarella y romero, digo con confianza que ¡es una receta ganadora! Estoy sentado ahora mismo aquí en Madrid escribiendo esto, y al pensar en aquella pizza, me está entrando bastante hambre.

Bueno, en estos momentos se hacía tarde, así que decidimos pasar otra noche tranquila en la casa de Sam y Cami, donde Cami preparó unos nuggets de pollo caseros y los tres llamamos a nuestro amigo Kevin en los EEUU. Fue Kevin que me presentó a Cami y Sam cuando los tres vivían en Asturias, y nos echamos unas cuentas risas en FaceTime, hablando de viejos tiempos y riéndonos de Kevin que había comprado un cobertizo para herramientas pensando que era un armario.

El día siguiente los tres, junto con la madre de Cami y un amigo de la familia, fuimos al norte de la isla. Visitamos uno de los pueblos más antiguos, La Orotrava, donde naturalmente pasé el rato sacándole fotos a todo.

A pink house in front of a manicured garden.
Two old wooden windows on a yellow plaster wall.
The spire of a church behind an old townhouse.
The sea and clouds between two old houses with wooden balconies.
Black and white photo of a house on wooden supports with the sea in the background.
Multiple layers of old houses with a church spire in the background, Tenerife.
A plant pot with red flowers in the foreground, with houses, the sea and sky in the background.

Una vez cansados de andar por las calles empinadas fuimos a un sitio especial para comer. En Tenerife, tienen una cultura de restaurantes independientes llamados “guachinches” qué son especiales porque nacen de una persona que vende comida y vinos caseros desde su casa. Si la comida está buena, y la gente habla bien del sitio, empiezan a expandir su operación, metiendo más mesas en garajes, jardines, sótanos y donde quepan.

El guachinche en el que comimos parecía una casa cualquiera desde fuera, pero una vez que nos dirigieron a nuestra mesa, el tamaño del sitio se hizo evidente. Dejé a Cami y su familia que eligiesen qué pedir, y en breves me encontré compartiendo raciones de champiñones al ajo, pulpo frito, carnes y un postre delicioso que llevaba meringue.

Una vez más estuve demasiado metido en conversación como para sacarle fotos a la comida, pero la cámara sí que la volví a sacar cuando fuimos a la segunda cuidad del día, La Laguna. Allí pasamos por las calles pintorescas del casco histórico, deteniéndonos para tomarnos una caña y recuperar de un día largo.

A blue house next to a white church.
A plant grows out of the crack in a yellow plaster wall.
Palm trees seen from below against a blue sky.
Brightly coloured facades line the street of La Laguna, Tenerife.

Después de volver a casa y recuperarnos de las aventuras del día, decidimos cenar en una hamburguesería local, donde me sirvieron una hamburguesa enorme y una montaña de patatas – ¡todo después de una comida enorme en el guachinche! No sé cómo pero logré acabar la cosa, y luego volvimos a casa a descansar antes de mi último día entero en la isla. ¡Como vuela el tiempo!

El último día se pasó de vagueo. Subí al piso de Cami y Sam para desayunar y luego bajamos todos a una piscina a la que tienen acceso en una urbanización cerca de su casa. Hubiéramos entrado en la piscina de su casa pero me dijeron que ésta sería mucho más tranquila, y se acertaron. Durante la mayoría de la tarde compartíamos la piscina solo con otra pareja, que no se les veía interesados en bañarse, así que nos sentimos que teníamos el sitio entero para nosotros solo.

A swimming pool with apartments in the background.

Después de nadar un rato, volvimos a subir a casa, donde paramos un rato para comer. Pasé un par de horas preparando una tarta de zanahoria para los padres de Cami como regalo de gracias, después de lo que nos preparamos para escalar La Montaña Roja que habíamos visto unos días antes.

The view over colourful facades and a tower, with an evening sky in the background.

Sam aparcó el coche cerca de la base de la “montaña” y empezamos a andar junto con Luke y Nas, sus dos perros. Una vez empezó la subida a ponerse difícil y me empecé a cansar (la cuarentena me ha dejado muy fuera de forma), Sam me dijo que cogiese la correa de Nas, el perro más grande, ¡que tenía suficiente fuerza como para tirarme por la cuesta!

The Montaña Roja (red mountain) in Tenerife.
Cami and Sam walk towards the Montaña Rusa in Tenerife.

Mientras escalábamos la roca el sol se ponía y las colinas y el volcán en el fondo se convirtieron en una silueta oscura. En el punto intermedio paramos un rato para recuperarnos, disfrutando las vistas y viendo un avión despegar del aeropuerto Tenerife Sur, que está al lado de la roca.

A panorama of Tenerife in the dark as seen from the top of the Montaña Roja.

Una vez ya recuperados hicimos el último esfuerzo para llegar a la cima de la “montaña”, donde descubrimos una jaula misteriosa cubierta por unas luces rojas que contenía nada más que un panel solar para alimentar dichas luces rojas. Pensé que sería algún tipo de faro, pero las luces eran demasiado apagadas como para servir para eso, pero nosotros nos centramos en aprovechar de la iluminación interesante y el sitio único para sacar unas fotos.

Cami is illuminated in red atop the red mountain in Tenerife.

La luz roja me queda bien porque oculta mucho del detalle horroroso.

A selfie taken with Tenerife by night in the background. I am illuminated in red.

Por supuesto no podía pasar de la oportunidad de subir hasta el punto más alto de la roca, así que dejé mi cámara con Cami y Sam mientras subía encima de la base de hormigón de un palo de metal que marca la cima absoluta. Agarrando para mi vida en el viento nocturno, me quedé impresionado por las vistas panorámicas del mar y la isla, y también por la sensación de estar completamente expuesto a los elementos en la oscuridad.

I stand atop the peak of the red mountain in Tenerife.

Tras sacar mis últimas fotos del viaje encima de la montaña, los tres bajamos al nivel del mar, casi cayéndonos al pisar las rocas sueltas de la cuesta y perdiéndonos en la oscuridad. Llegamos vivos a casa, sin embargo, y nos pusimos a descansar con unas cervezas antes de mi última mañana en Tenerife.

Dicha última mañana no consistió en mucho al final, porque me levanté de la cama bastante tarde, lo que me dejó con poco tiempo para hacer nada que no fuera hacer mi mochila, desayunar algo rápido y despedirme y dar las gracias a los padres de Cami que habían vuelto a ser los anfintriones más fantásticos. Luego bajé a la casa de Cami y Sam, donde me despedí de sus perros no nos subimos al coche para ir al aeropuerto.

En el camino nos dio tiempo parar una última vez en un bar bien conocido entre los vecinos por vender los mejores bocadillos. Cogí dos, uno para comer y otro por si me entrase hambre en el vuelo, y seguimos al aeropuerto.

Despedirse de alguien en el aeropuerto nunca supone una experiencia alegre, pero la despedida con Cami y Sam se hizo algo más fácil por el saber que mis vacaciones no terminaban allí, porque mi vuelo no tenía como destino Madrid sino Alicante. Allí me iban a recoger mis tíos para que pasase unos días más en la costa de Murcia, pero eso ya es otra historia para otro día…

Puedo decir con toda confianza que una ves más me la pase fenomenal en Tenerife con Cami, Sam y familia, que encontraron el equilibrio perfecto entre el descanso que tanto necesitaba y unos viajes a sitios interesantes que sabían que me gustarían. No puedo darles suficientes gracias por recibirme en casa, conducirme por la isla y generalmente hacerme sentir como miembro de su familia durante los días que estaba allí. Si tuviera que quejarme de algo, sería que el viaje era demasiado corto – ¡la próxima visita tendrá que ser de una semana como mínimo!

¡Hasta la próxima, Tenerife!